miércoles, 18 de noviembre de 2020

SORPRESA Y FURIA

La mujer se desplomó en el sillón del salón, con furia incontrolable.

            Pensó en Álvaro. Lo amó apenas lo conoció. Era inteligente y con un humor admirable. Buen deportista, todos los días, desde aquel, al amanecer la buscó para salir a correr alrededor de las canchas de golf del club. Su carácter era algo introvertido y poco comunicativo, pero alegre. Le trastornó la vida. Destruyó todos sus planes. Ella pensaba en vivir eternamente sola, sin pareja. La soltería era perfecta. Un día de invierno, llegó envuelto en una larga gabardina de cuero, debajo, escondido, traía varias docenas de orquídeas, una botella de champagne y un diamante. Un beso apasionado selló el amor.

            Pasó dieciocho años de felicidad y ternura. Nada empañará ese tiempo, pensó. Ahora todo era una catástrofe. Esa llamada telefónica, la dejó, en primer momento, atónita y después sumida en una ira indescriptible.

            Furiosa, se bañó lentamente. Buscó su mejor vestido. Usó medio frasco de Channel Nº 5 y se adornó con aros de brillantes y el diamante que le diera Álvaro, en su boda. Tomó las llaves del coche y partió. La cita era en la confitería del club, a las 19 horas. Quiso llegar tarde. Ella era una reina que se daba el lujo de recibir a una extraña en su territorio. Cuando llegó, vio el auto gemelo al suyo, de color gris, junto a la puerta y la ira fue en aumento. Álvaro le compró un auto igual al suyo, se dijo. Seguro era una mujerzuela.

            Entró pisando fuerte. Varios rostros se volvieron para mirarla. Fueron, luego, abandonando el lugar. Quedó ella y en una mesa alejada, una mujer y una niña de alrededor de catorce años. La adolescente la miró con odio manifiesto. La extraña la miró casi con ternura, sin resentimiento. La invitó a sentarse junto a ellas y sin mucha ceremonia dijo:

-          Me llamo Marcela, y esta es mi hija Azul.

-          Bueno, señora, acá me tiene. ¿Qué quiere?

-          Deseo que conozca que Álvaro tiene cáncer. Sería importante ayudarlo y comprometernos las dos en su tratamiento.

-          ¿Cómo? ¿De qué habla?¿Qué le sucede a mi esposo?

-          Tiene un linfoma sub-dural, que abarca parte del parietal derecho. Los médicos creen que pronto, si no lo pueden operar, después de la quimioterapia, quedará ciego. Puede morir.

-          ¿Cáncer, Álvaro tiene cáncer?

-          Parece que nos ocultó todo. Hace unos días, cuando llevaba a Azul a hockey, se descompuso. La nena, me llamó y lo llevamos a una clínica especial, según aconsejó el doctor Thomas.

-          Si, lo conozco, al menos a él, lo conozco. Pero no supe del ataque; no me dijo nada de su problema.

-          No la quiso preocupar.

-          ¿No cree que es peor así?

-          Bueno, siempre la protegió de todo.

-          Incluso de ¿Ustedes? Marcela y Azul, ¿Qué papel ocupan en la vida de mi esposo?

-           Soy su amiga, bueno, es difícil decirlo. Su amiga y la madre de sus hijos. Los que no pudo darle, señora.

-          Nosotros no quisimos tener hijos.

-          Usted, señora. Álvaro soñaba con tener hijos, muchos más de los que yo pude darle. Aparte de Azul, está Álvaro Jr., que cumplió 16 y no vino hoy.

-          Nunca imaginé esta historia.

-          Sí, yo sabía que no conocía nuestra existencia; que ignoraba la verdad. Los chicos y yo, aceptamos siempre un segundo plano, pero ahora todo cambió.

-          Y, ¿qué dicen los médicos, los especialistas, de la salud de mi esposo?

-          Tiene que probar drogas muy fuertes y tal vez, pasar por cirugía. Será muy difícil. No saben cómo quedará.

-          ¡Es horroroso! ¿Y usted cree que yo voy a quedarme así?

-          Señora, no puedo decirle que hará sobre su problema de personal, pero tiene que ayudarlo. Le ruego serenidad.

-          ¿Él sabe que nos hemos reunido?

-          No, La gente se retiró cuando la vieron entrar. Todos conocían que los chicos y yo existíamos en la vida de Álvaro, la única a la que se le ocultó, fue a usted, para protegerla y que no sufriera.

-          No me protegieron de la murmuración, de la burla y de la humillación.

-          No es nuestro problema. Ahora queda en sus manos la salud del padre de mis hijos. Ellos llevan el apellido del padre, y ha dejado sus papeles y su A.D.N. en manos de su abogado para cuidar sus destinos.

La ira se fue transformando en dolor. La mujer había envejecido mil años en pocos momentos. No encontró lágrimas en su corazón. Tampoco respuesta a su duda. Sobre el mantel, en la mesa, dejó tirada su alianza y el diamante que le diera Álvaro el día de su boda.

  

DEL LIBRO INÉDITO: pOEMAS PARA EL OLVIDO

 

                  Un día   navegué entre corales

que saludaban mi paso de gaviota ingrávida

un día  caminé la calle solitaria que humedeció

la contagiosa locura de mi cintura joven

sorprendiendo a la arboleda

con mi paso

y el silencio de palmeras desdibujó las nubes que

tapaban mi desnudez de sombra

un día desdoblé mis palabras en poemas

que quedarán como las quimeras en la orilla de mi pena.

Un recuerdo de cielo se evapora

La sal se ha reposado en mis pestañas

cambiando la mirada de las olas que atropellan.

Se ha llevado a la niña de los sueños,

ya no juega la arena en mi pecho ni en el pubis

estamos programando la partida.

 

UN AMOR SIN RESPUESTA

 

Ojos que miran hacia adentro y ojos que miran hacia fuera.

                                              Un fuerte portazo hace vibrar los cristales de la oficina de María Julia. Otra vez ha discutido con Jorge. Siempre entre ellos ese arma mortal llamada “competencia”. Jorge medalla de honor en medicina pierde la beca a Frankfurt por no saber alemán. María Julia no obtiene el cargo de jefa del hospital por ser mujer.

 Luego, los logros de Jorge en diagnósticos que se diluyen tras los interminables trabajos de papeles, en la dirección del nosocomio.

            Todo el personal observa esa pelea constante en silencio. María Julia siempre atenta a la moda. Hermosa. Para ella no hay cansancio ni fatiga. Una sonrisa que corona su belleza europea, su ropa elegante incluso cuando usa la bata para operar. Sus manos hábiles y seguras con el bisturí. Nunca una duda o un signo de dolor, frente a las tragedias. María Julia es solitaria, siempre lista para remplazar al colega enfermo o con problemas de familia. En las guardias nocturnas o en los días en que todo el personal quiere irse a casa para festejar algún acontecimiento, allí la sonrisa amable de ella para relevarlo. La alegría festejando algún chiste o comentario de un compañero de tareas. Él, detesta más que su euforia cuando todos gritan un gol frente al viejo TB. de la sala de terapia a esa María Julia que nunca olvida un cumpleaños, un aniversario o el día del secretario o del enfermero. Ella es tan detallista que saca de quicio.

 Salió con un portazo porque él no le quiso aceptar que la sala de cirugía tiene un virus inter-hospitalario y hay que clausurarla. Exponerlo frente a los medios y ¿su reputación? ¡Nunca jamás haría eso!

            Doctor, el teléfono celular de María Julia, digo de la doctora, no responde. Es la primera vez que falta sin aviso. ¿Qué hacemos?

          Bueno ya mando una persona a su departamento.

         Gracias, sí, luego le aviso. Un sorprendido comentario en voz imperceptible en los labios de todo el personal.

 

            El joven chofer está parado frente a la puerta del departamento. Golpea persistente pero no hay respuesta. Silencio. La vecina abre y sostiene que no debe estar. “Siento la ducha desde anoche”, y el portero trata de abrir. Una llave está puesta en la cerradura. Rompen la puerta. En el piso del baño, María Julia aterida, con los ojos vidriosos y casi exánime, apenas abre los labios. La ambulancia desparrama miedo con su sonido agudo en las calles inhóspitas. Cae la lluvia sobre el cristal frente al chofer y sus lágrimas, compiten con las gotas enérgicas que golpean el parabrisas. Todo el hospital está alerta. Jorge espera con un enorme nudo en el pecho. Percute su corazón en las sienes. Sacan la camilla. El pulso ha bajado a cuatro. Un tomógrafo está listo. El laboratorio parece una colmena.

            Tumor encefálico muy avanzado con dolores que han hecho crisis. “Hace por lo menos un año ella trajo una ecografía y una tomografías, diciendo que eran de un paciente. El nivel de glóbulos era bajo en rojos y tenía alrededor de 15.000 glóbulos blancos”. Murmuró un médico sorprendido por su ingenuidad, ya que no sospechó que podía ser de María Julia.

Está muriendo. Jorge, abraza el cuerpo. No había advertido que es ahora casi la mitad de la figura de la muchacha. Besa desesperado los labios apenas tibios que se le escapan. Le ruega que siga viva porque no podrá amar nunca a nadie. Ella, sólo ella, puede salvarlo de su egoísmo y soledad.

            Nadie sospecha la desesperación de amor que quema el pecho del frío director del nosocomio. Su vida no tiene sentido sin ella. Llama a sus colegas de Europa y de Estados Unidos. Llegan, algunos. Otros envían todo tipo de sugerencias.

            La mirada afiebrada de María Julia sostiene un mudo diálogo con sus ojos. En ese mundo algodonoso que la aleja de él, murmura “nunca me diste una señal” Apenas tuve el primer síntoma hubiera buscado ayuda. El amor que hoy, delirante me proporcionas, no llegó a tiempo.

           

REAL Y PERMANENTE

NO ERES AMBICIOSO: TE CONTENTAS CON SER FELIZ

JORGE LUIS BORGES.

 

 

No sabré jamás por qué busco la belleza en todo y además ser feliz,   pensé mirándome la frente lesionada. Es pequeña la herida, pero sangra y me da una extraña imagen. Siento frío y salgo de mi cuerpo para observarme con la bala incrustada en la cabeza.

            Veo arremolinarse a gente extraña. Echado sobre mi pecho un muchacho trajeado de verde claro trata de resucitarme. Es tarde.

            La carta había llegado temprano. La dejaron debajo de la puerta de la casa y se la acercó Enriqueta. Llevaba puesto un pantalón de algodón oscuro y arrugado, se tapaba con un delantal que le cubría el pecho y el cabello entre cano, sujeto con una cinta mustia. Vamos, remolón, le había dicho, hoy tenés que llegar temprano para tomar el tren antes de las diez. Ponete el pantalón de corderoy verde y la camisa limpia. Te lustré los zapatos. Te preparé algo de comer y el desayuno. El baño está listo, me había dicho. Ahora lo recuerdo y me veo acostado fumando un cigarrillo negro a disgusto de Enriqueta que odia el olor penetrante y fuerte. Salí corriendo para llegar al tren de las siete. Si tengo suerte después se trepo al Bondi y llego a la entrevista. Si consigo entrar en la oficina seré el tipo más feliz del mundo. ¡Pero no, justo una manifestación en medio de la calle y la cana! Una bala perdida y…a la mierda…

            Jefe me parece que el pibe no vuelve. Dele un poco más de oxígeno, hágale mejor el masaje cardíaco…epinefrina y golpe eléctrico; resucitación. Pero la bala se le incrustó justo entre los ojos. ¿Tiene orificio de salida? Me perece que no. ¡Qué pena!

            Parece el tercer ojo de los hinduistas, mi “jermu” le ha dado por  eso de las religiones raras, del budismo y no se qué otra “meresunda” más. ¡Es lindo el pibe y no traía ningún panfleto! No parece un tipo revoltoso. Acá tiene una carta, lástima que se manchó con sangre. Parece que iba a buscar trabajo. Siempre pasa lo mismo, caen inocentes. Cuidado, jefe, vienen con palos contra nosotros, corra. ¡Corramos que nos matan a nosotros también, estos boludos!

           

INVIERNO EN LA MONTAÑA

             Miró hacia la montaña y reconoció que la tormenta se avecinaba,  perturbada tomó su poncho mapuche, ese que la acompañaba desde que Horacio había partido la primera vez hacia la frontera. Negros nubarrones cargados de nieve pesaban en las laderas. Bajaban los grises sobre los riscos.

             Comió un buen trozo de pastel, un trago de “chicha” y se enfundó la mochila a modo de refuerzo, llena de jamón, queso de cabra y agua, para llevarle apoyo al hombre. Él, la esperaría en el viejo puente junto a los abrevaderos. Las llamas y las guanacas estaban en tiempo de parición y no podían dejarlas solas. El comprador europeo, llegaría en verano para pasada la esquila, llevarse los vellones de mejor calidad a Milán.

            El año anterior, habían sacado un muy buen precio y las colecciones de moda en Italia, se regocijaban con la novedad de esa lana fina y natural americana. La tormenta, con sus ráfagas de viento helado, la tiraba sobre la agresiva senda. Siguió un trecho pero un tapiz de nieve se iba acumulando. El frío le impedía continuar. Decidió regresar a la cabaña. Horacio la estaría esperando ansioso. Era imprescindible que se abrigara. El calor de la chimenea era una fuerte tentación. Pero... debía volver a salir hacia ese destino previsto.

            Ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más. Seguro que en el refugio, aunque lejos, su hombre otearía el paisaje en la espera. Nunca lo dejaría solo allí. En la nieve las huellas le advirtieron la presencia de un puma, pero siguió hasta que avistó el humo de la chimenea. Los perros ladraban con regocijo, el corazón le golpeaba el pecho como un tambor de carnaval.

            Pero cuando llegó alrededor de la cabaña, no encontró a Horacio. Tendría que esperar. ¡Adónde estaría el hombre?  El aullido de un lobo la despertó, se había quedado dormida y ahí de pie Horacio la contemplaba con la pipa en la mano, que entinta en sangre le advirtió que había tenido una pelea con la fiera. Pasarían otro invierno más.

 

CINCO ESTRELLAS

 ¡Sabía que las noticias malas llegan como las tormentas sin aviso!

-Señor Gordon, tendrá que acompañarnos-

Llegó cantando. Estaba feliz. Se había tatuado en la nuca cinco estrellas de cinco puntas. Eran de tamaño pequeño, pero se veían hermosas. -¡Nosotros pusimos el grito en el cielo. ¡Un judío no puede hacerse eso. La Ley lo prohíbe. Ya verás como se enojará el rabino.- dijo la madre.

-Mamá, yo no practico, me he cortado la barba y los peiot.- ¿Qué dirá el Seide? ¡Hay, qué fácil es para ustedes todo ahora!- ¡Cortala mamá! Soy el mejor de mi clase y en básquet y tengo el record en natación en la piscina juvenil.

-¡Ariel!¡Hijo Mío! Que Yahvé te proteja.-

Esa madrugada del sábado llegó la patrulla hasta el edificio. Salió Esther con la peluca sobre los ruleros y apenas cubierta con una bata gastada. -¿Familia Gordon? El dueño de casa por favor, que baje a la vereda con documentos somos de la policía estatal.-

Ismael se puso un pantalones, se acomodó la kipá, como pudo en su calva y bajó corriendo, con el documento en la mano y aterrado.

-¡Hay una posibilidad que identifique a unos muchachos que se han accidentado!-

¡Mi Dios! ¡Subió, se cambió bajo el diluvio de lágrimas de su mujer y su hija! Ya verán que no pasa nada, les dijo. Subió a su coche; que como todas la familia de esa cuadra estacaba en la calle. Siempre defendiéndose de los bribones, entre la vereda y las alcantarillas. Siguió a los policías. Llegaron, como era de esperar a un edificio descascarado, sucio y sombrío. Con olor a creolina y a cigarrillos, humedad que atravesaba cada pared y arista de las habitaciones mugrientas. Lo hicieron entrar a una sala donde estaban sentados unos tipos ignotos, groseros malolientes, con lentes gruesos, ropa vieja; que se escarbaban con palillos comida de la boca mal cuidada. Algunos sin rasurarse y silenciosos que lo miraron con desprecio ¿Quién sabe quién este fulano?

Señor Gordon pase. Sobre unas mesas de granito negro lidiaban con tres cuerpos. Se acercó despacio; destaparon a uno de los jóvenes. Sus ojos  se agrandaron cuando vio en la nuca del muchacho cinco estrellas de cinco puntas con un balazo en el medio. Un grito se atascó en su garganta y cayó con un infarto mortal sobre el piso de la morgue.

COMO SI ME OLVIDARAS CADA NOCHE

Para recordarme en la mañana que estamos vivos.

Recuérdame que aun late mi corazón herido

 

Recuérdame que sale el sol y brilla en sus ojos la vida plena

 

Recuérdame que hay un solsticio de invierno donde duermen las hadas

 

Recuérdame, que he vivido esperando con la mirada puesta al este

 

Recuérdame que no me despertaré con alguien sin conocer su nombre

 

Porque si me olvido de ser yo misma

 

Porque si huelo al viento y no penetra el perfume de las retamas

 

Porque si me siento sobre una roca cerca del mar y no te veo

 

Porque si tus brazos escapan de mi cintura profusa de enrona

 

No seré yo. Será mi cuerpo perdido en la penumbra de la muerte.

 

No serás tú, mi consejero y amigo de milagros esperados.

 

No será la vida, ni el sol, ni los tulipanes, ni las dunas…

 

Ya seré un recuerdo en la fachada desdibujada del calendario

 

Que ha perdido su color y su hermosura. Entonces me olvidarás.

 

Cada noche me olvidarás y en la neblina seré aire, humo y nada.