martes, 20 de enero de 2026

SOLTERONA

 

Marcela sintió que tenía alas. Y esas alas tenían que estar desplegadas hacia un territorio donde existiera un ser que la acompañara en sus sueños. Sentada en la banca de la alameda, creyó oír un murmullo imperceptible. ¿Rocío? ¿Puede el rocío murmurar estrofas de canciones y sueños? El sol penetraba su piel, era verano y caía a pleno bajo el cielo abierto, estaba desnuda de protección a ese calor insospechado en otros tiempos.

Vio a un personaje que llevaba una camisa violeta, igual a su vestido. Recordó a un enamorado que tuvo en la adolescencia, Ese quedó desterrado en el ocaso, no era un hombre esperado. Ella entonces era traviesa, alegre y parlanchina. Lo desterró donde duermen la lágrimas, esas de seda de la juventud inicial.

Recordó a ese otro costeando el horizonte de sus quince. Era como un sol celeste o azul, congelando con voces planetarias, con gaviotas sin ritmo y olas. Partió a un tiempo de olas que abrazaban las costas milenarias del mar.

Selló los labios con su nombre. Vasallo de la pequeña historia de un enamorado que pasó como el viento.

Marcela, pensó en la noche, que se había insinuado en los ojos desprotegidos del invierno. No hay camino sin retorno. Otro amor imposible. Prefiero la soledad, sin voces que mientan, sin besos delirantes y necios.  Y ahora, escucha el follaje de los álamos, que le hablan de de aquellos tiempos. Oro viejo. Sonríe. Un hombre avanza, lleva una camisa violeta como su vestido. Cierra los ojos al alma y despliega la estrategia... rememora los fuegos artificiales de Año Nuevo, piensa en metales labrados en países lejanos con figuras de dioses artificiales, en ríos que corren locos entre rocas enormes. El hombre se acerca y sonríe. Ella mira sus alas rotas, no, no están rotas. Puede echar vuelo al horizonte, al camino que está cubierto de pétalos violetas, azules rojos y amarillos. ¡Tú no existes en mi historia! Seguiré soltera y sin miedo a la mentira a la tristeza, a la ira, al abandono. se yergue y camina lentamente por la senda que la lleva a su pequeño hogar donde la esperan sus mascotas.

MUJER AL BORDE DEL ABISMO

 

Hace que su ternura refleje “la ternura” cuando abraza mi piel aligerada.

Es cierto que mi boca lo pregona en cascadas de metales y peonías.

Como será mi amanecer sin aves acurrucadas en la frente del amor,

Sigo buscando en el camino la mirada penetrante de los besos.

Pues bien, he llegado a la orilla de mi río;

Su canción atraviesa el lecho y me acaricia con un arpegio de flautas y granates.

Porque no habrá un cordero de esmeralda apoyando su tersura en mi colmena.

Cuando quede mi cálida luna acumulada en la cintura poblada de silencio.

Sabré que se acerca una tropilla de mariposas de cristal iluminando el día.

Bien, te presiento en el aliento tormentoso que arrastra el mar con su quimera.

Tal vez en la montaña alterada de cariño, tal vez

un viento arrastre nuestra aventura, colgando un nido de amapolas

en las colinas o en la cúspide helada de la cordillera

y así generará un sueño inalcanzable para una mujer que soy o fui

mujer sin cuestionamientos ni indulgencias.

 

 

SU SOMBRERO DE PANAMÁ


Era breve, silencioso y astuto. Miraba de soslayo y con frecuencia murmuraba palabras irreproducibles. Nadie sabía de dónde había llegado. Deambulaba por las calles sedientas de la Villa. Su figura reproducía en la memoria de los ancianos, el recuerdo de un vecino que había ido a trabajar a otro país, lejos, tal vez tanto, que nunca se supo nada de él.

Siempre con un sombrero panamá que parecía haber pasado siglos en la cabeza de cien hombres. Una larga gabardina de color negro despintada, zapatones de piel, como esos que se ven en las películas del veinte. ¡Era un hombre vencido por el tiempo! Se depositaba como un arbusto frente a la fachada de la casa principal, mirando con ojos perdidos el horizonte inexistente. Ya la ciudad había invadido cada trozo de terreno, altos edificios de pisos rodeaban la casa antigua que lentamente el tiempo iba devorando.

Don Nazario, el sastre, un día se acercó y se sentó junto a él. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas y a qué te dedicas? Y lo miró de frente, como miran los hombres de bien. Se produjo un silencio y giró la cabeza hacia la casa, se sacó el sombrero y le dijo:- Me llamo Oliverio soy el hijo de Plácido Valera. Mi padre murió en uno de sus interminables viajes alrededor del mundo. Y vine a saber. Vivo de algunas promesas de amor que le dejó a mi madre. Vea, esta es una...- Y sacó de su bolsillo un bello collar de perlas color gris con un precioso broche de oro.

El hombre se estremeció al ver la joya. ¿No serás un ladrón? Preguntó asustado. - Puede ser que lo sea o no, según como lo crea la gente común y simple. He robado un par de panes y unos ojos hermosos a una muchacha de uno de mis viajes. ¡También robé sus besos! Así era mi padre. Así me echaron a este mundo incomprensible y mustio.

Don Nazario, se levantó y lo enfrentó. No sabía bien si denunciarlo, creer o dejarlo ahí, como a un fantasma desdichado. ¿Qué quieres que haga por ti? Conozco a todos en este pueblo, ya no es una Villa pequeña como cuando vivía tu padre, hoy es una ciudad, pequeña pero de gente buena y complicada. Todos te tienen miedo, nadie se atrevía a acercarse.

-¿Cómo han dejado que la casa se destruyera así? - la pregunta sorprendió al sastre. Era hermosa, mi padre solía sentarse junto al fuego en la playa de mi tierra y nos platicaba sobre lo hermosa que era. Y contaba su historia, por lo que tuvo que huir.

-¡Nunca supimos porqué se fue tu padre y de esa casa no queda nadie! Todos están en el camposanto de la zona sur, junto a la carretera.- se volvió a sentar. - ¿Acaso tu padre la conocía? Nunca se lo vio entrar en ella. Allí vivía una niña. Tatiana era cuidada como una pieza de alabastro por los ogros familiares. Su padre, el dueño del molino, que fue el que se auto erigió gobernante del lugar, era un león afiebrado y rugiente; la madre, una estela de seda que bailaba al son de sus rugidos. Estaba el tío Flavio, un cachafaz que se aprovechaba del dinero del viejo, jugador empedernido y rompe familias; y la abuela que parecía un alma en pena que murió sin pena ni gloria, como todos.

- ¿Y la tal Tatiana? ¿Qué fue de su vida? - De ella hablaba mi padre, como de una estrella, un sol o una luna de plenilunio. ¡Era, según él, una belleza y buena como un durazno maduro!- dijo mirándole a los ojos sorprendidos de don Nazario.

- Ella, se quedó encerrada, fue quedándose sola y una mañana, la encontraron flotando en el río Talasio. Fría y azul como la noche. Está con todos ellos en el mismo lugar que te nombré. Puedes ir a ver la placa que le hizo el pueblo. ¡Pobre muchacha! De joven era linda y muy buena. Nunca se casó ni tuvo hijos. Por eso está la casa así, como sus vidas, innecesarias y tristes. Consumidas por el abandono y la tristeza. Nadie se ha atrevido a entrar, desde aquél día.

Oliverio, le dio la mano y se fue caminando por una calle desierta hacia el sur. Quería ver todo lo que este buen hombre le había dicho. Su paso era más firme que antes, se irguió y se acomodó el panamá con aire de seguridad. ¡Adiós, murmuró al retirarse!

El sastre apresuró el paso y se acercó a la comandancia. Relató la historia. Habló del muchacho que representaba más edad, tal vez, de la que realmente tenía. Un suspiro de tranquilidad los sorprendió, cuando el comandante, le dijo: - Le entregaré las llaves de la casa, él debe ser el único que puede entrar. Seguro que el padre, fue el intruso que visitaba en las madrugadas a la muchacha esa.

A lo lejos, se sintió la voz de una mujer. Era Mafalda, que venía corriendo por la vereda. - ¡He visto a un fantasma en el cementerio! ¡El hombre del sombrero es igual a mi padre! - la mujer inevitablemente sintió terror al ver a Oliverio.

- ¡Tranquila, es el hijo de Plácido Valera! - Es de carne y huesos. Y no puede ser tu padre... su padre, tu padre. ¿Me entiendes?

- No, sólo entiendo que en mi cómoda, tengo una foto del hombre que amó mi difunta madre, que huyó hace mucho tiempo. - Lloraba.

Los presentes que habían oído la historia del extraño de sombrero panamá, se miraron cómplices. Tatiana, la madre de Mafalda, el tal Plácido Valera eran todos amantes en silencio de ese pueblo hipócrita y maldito. Había que buscar en algún punto la verdadera historia de esa Villa hoy ciudad moderna.

UN MUCHACHO EXQUISITO

 

Entró por el pasillo con un caminar pausado, afirmando los pies a cada paso. Vestía un traje oscuro de esos que usan los jóvenes para las fiestas importantes. Nada inesperado en un espacio del hospital más importante de la ciudad. Camisa blanca impecable. Llevaba algo entre sus manos. No se veía desde donde yo esperaba mi turno para que el cardiólogo me hiciera un estudio.

La enfermera le sugirió que se ubicara en la fila. Él, se molestó. Usó un extraño movimiento de hombros y sacudió la larga cabellera que abrazaba sus espaldas. No habló, pero era muy notorio el disgusto. Parecía urgido a ser atendido. Pero al solicitarle el turno que debía presentar dijo con una voz soterrada que no tenía turno pero que necesitaba hablar con un médico. Un cardiólogo, claro.

Le pidieron que esperar y dio un golpe con el pie izquierdo sobre las baldosas que retumbó en el silencio de la tarde. La enfermera le señaló un cuadro donde una dulce dama señalaba sus labios con el clásico dedo pidiendo silencio. ¡Antigua pero imperativa! Él, se quedó allí parado, sosteniendo entre sus manos "algo", delicadamente envuelto en papel cristal de color rojo. Llamaron a dos pacientes antes de mí, yo decidí esperar con paciencia y le sugerí a la joven auxiliar que podía ceder mi lugar, mi turno. En realidad era una forma bastante cobarde de alargar el estudio. Y ella sonriente aceptó dada la ira que mostraba el muchacho. Salió un paciente y lo hizo pasar al consultorio, donde mi cardiólogo esperaba su ingreso expectante.

¡Lo hice yo solo! Tome, acá lo tiene. De sus manos salió el exquisito paquetito. Cuando el facultativo lo abrió, el grito se oyó hasta el salón central de nosocomio. Un palpitante corazón lleno de sangre yacía inerte en una cajita de cristal. ¡Ella, me dejó de amar, ya no lo necesita! Y cuando llegaron los guardias, tomó asiento tranquilo en el hall y estiró ambas manos para que le pusieran las esposas. Luego salió caminando con seguridad y me saludó agradecido por que yo le cedí el turno.

 

lunes, 19 de enero de 2026

LA COTIDIANA Y MONÓTONA VIVENCIA DE GENTE QUE NO TIENE TIEMPO PARA DETENERSE A SOÑAR


 

En el camino se avistaba un quitrín que brillaba con el sol que ya se iba tornando rojo en el horizonte. Los caballos negros también relucían por el sudor y el galope.

Elina se zarandeaba con los baches y saltos que debía soportar en el asiento. Un suave temor la envolvía. ¿Encontraría a la madrina Arcelia y al tío Bernardo?

Había salido de la hacienda durante los primeros rumores de la revolución, ellos la empujaron que viajara a la tierra de sus antepasados. Allá en la casa de piedra en la que vivieron sus abuelos paternos estaría a salvo. Partió muy joven, apenas con dieciséis años. Ahora ya había pasado los veinte y se sentía madura para atravesar todas las vicisitudes que le deparara el destino. A los lejos avistó la vieja casa con las altas chimeneas renegridas por los años. Los árboles estaban enormes y el camino desastroso, lleno de piedras y ramas caídas, que dejaran saltando el quitrín.

Cuando se vio muy cerca miró con amor la gruesa figura del tío, que miraba el reloj con los ojos tan cerca que comprendió que apenas veía. Atrás delgadísima su madrina y cinco perros reumáticos que afónicos ladraban como para hacer un coro de recepción. Los dejó cachorros y estaban viejos y desdentados. Los amó. A su historia no podía restarle esos recuerdos amorosos de la infancia.

Llegó, descendió del coche y apareció el anciano Alfonso arrastrando una pierna que tomó las riendas y recibió los bolsos con los pocos valores que traía. Elina, volvía a su tierra con muchas esperanzas. Su vida, allá lejos, había sido tranquila pero con su trabajo de institutriz; monótona y sin poder dedicarse a sus sueños.

De muchacha soñaba con ser actriz. ¡Imposible con la revolución!

Los abrazos y besos la dejaron mareada. Los perros le habían mordisqueado los tobillos con sus mandíbulas flojas y estaba impresionada; la habían reconocido.

Ingresaron a la gran recepción donde el hogar entibiaba las pedreras de paredes húmedas y añejas. Un olor penetrante y agrio a col hervido y a carne de conejo, llenó sus pulmones acostumbrados al salitre del mar, allá en su refugio.

Su madrina la miraba con arrobo y el tío sacaba sus viejos lentes y los limpiaba tratando de tener una visión más clara de su muchacha. Perezoso un gato blanco se acercó, la olfateó y se restregó en sus piernas cubiertas por medias de algodón indio.

Estaba cansada y hambrienta. La jovencita que traía una bandeja con comida y limonada, era una cara nueva en ese momento. ¡No la conozco, pero es igual a Clarita, la cocinera! Tomó de la mano de la niña la copa con líquido y bebió a fondo. Tomó un trozo de pastel con perfume a salvia y a tomillo. Era conejo desmenuzado y tierno. La chica la miraba asombrada. Era la nueva “señora” de la casa. Supo que se llamaba Carla y que era hija de Alfonso y Clara. Una doncella de cabello naranja que escapaba de la cofia con desorden, ojos de un celeste profundo como el agua del mar y arrebol en las mejillas llenas de pecas. ¡Hermosa!

Comenzaron los relatos vividos en la época de su ausencia, los soldados saqueando los gallineros y conejeras, matando los cerdos y ciervos del bosque para alimentarse.

Escondida estaba Carla en esa época, era pequeña pero en la gran casa no pudieron encontrarla. Se llevaron la platería y hasta los retratos de los antepasados. Quemaron muebles y libros, pero sobrevivimos, dijo el tío carraspeando.

Ahora hay que comenzar todo desde el principio. ¡Adiós a los sueños de Elina! Volvería todo a los antiguos ritos familiares, a restaurar cada rincón y cada cosa perdida. A la monótona vida de los ancianos que la salvaron de una guerra.

 

INTRUSOS

 

EL INT                   Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.

LEONARDO RECORRÍA EL LARGO PASILLO

 


            Estaba en una galería de personajes indispensables para un relato increíble. Leonardo nació una noche de luna. Extraña luna de color rojo sangre que presagiaba una vida rara. Su madre trabajaba en un hermoso hotel donde famosas estrellas de cine aceleraban el pulso de los viajeros poco experimentados. Ella pasaba inadvertida. Era delgada, pálida, de ralo cabello castaño que rara vez se podía ver detrás de un pañuelo de color violeta que le obligaban a usar.

            Viuda con su hijo vivió limpiando arañas de caireles de cristal haciendo piruetas en una escalera destartalada, sacando brillo a platería antigua y rehaciendo camas con sábanas de hilo egipcio, que a dios gracias no lavaba ella.

            Nunca se quejó por el solo hecho que le permitieron vivir con el chico. Allí creció. Conoció al dueño, un hombre calvo y barbudo de rojas mejillas alcohólicas. A “Madame Adelle” una pitonisa que leía las cartas del Tarot y a Roullete, su amigo; incapaz de mover una mano para trabajar en la cantina. Paulinna era un poco más joven pero era prostituta y se iba quemando con el paso de los meses y años. Eso sí, muy simpática y alegre, cantaba cuando se lo pedían. Y cantaba bien. ¡Una pena!

            Leonardo fue un fracaso en la escuela. Los libros regresaban rotos y manchados de gratitud de comida que robaba en la cocina del hotel. Apenas si podía escribir y manejar su pluma. Los dedos llenos de tinta se marcaban en el largo guardapolvo beige que usaban en el establecimiento escolar. A veces se paraba junto a la pared y le hablaba a un ser invisible.

            Cierta vez, que asistió un afamado neurólogo al hotel, como iba de paso hacia Las Violetas, apreció al muchacho por su educación. Nunca había hablado una sola palabra, pero saludaba dando la mano respetuosamente. Virtud que le había enseñado Roullete. El médico le explicó a la madre, que el chico tenía un síndrome delirante obsesivo. Por eso hablaba con las paredes. Con el tiempo, Lautaro con el lápiz en mano recorría el papel de la pared de la habitación donde quedaba encerrado, escribiendo extrañas consignas que nadie entendía. ¿Era un idioma de su propia invención?

            Madame Adelle, trabajó con sus cartas y sentenció: “Leonardo escribe en Arameo”. ¿Y qué es eso? Se preguntaron a coro, todos. El Idioma de Jesús y María, su Madre y de todos aquellos que lo siguieron.

            Desde ese día, lo miraron como a un seguidor de Cristo, le preguntaban cosas, que él no respondía y Adelle interpretaba según el dinero del solicitante. Les llovieron los billetes. Pero… Leonardo, solía ponerse como loco cuando alguien lo tocaba, por lo que hubo de encerrarlo en un Centro de Salud Mental. Allí sigue escribiendo en la pared sus raros mandatos Celestiales.