jueves, 3 de diciembre de 2020

ACARICIÓ EL ROSTRO DE DIOS

       

 Liliana caminó por el adoquinado, conforme. Había conseguido ingresar en el ámbito del teatro más prestigioso como actriz protagónica. Sus pies cansados por los ensayos ya no le dolían. Era feliz. Su maestro Roberto Mantovardi apostó por su capacidad. No será fácil, le había dicho, pero verás cómo cada día, si te lo propones, tu tarea será más y más valorada.

Recordó el día en que la madre iba a la fábrica de botellas para envasar vino donde trabajaba. Quiero ser actriz. Lloró. En realidad lloraron juntas. Sabían que se alejaría para siempre del pequeño pueblo, pero que el futuro era de la querida Liliana.

            La mujer, único sostén de familia, consiguió que el capataz hiciera los arreglos y llegaron a la capital, con sólo un sueño. Lograr que la muchacha entrara en la academia de arte dramático.

Delgada, ínfima en su contextura, pálida y sutil, parecía un ave desplegando sus pequeños brazos como alas débiles para echar a volar. Con el rostro picado por la varicela parecía un ratoncito perdido. No era bonita pero tenía el don de trasmutar en mil personas diferentes. Poseía una voz clara y matizada. Algo rebelde, o trágica, frente a la realidad del rol.

Tuvo una maestra, la primera. La recibió mal, se llamaba Nadia. Era tan severa que las alumnas sentían que las despreciaba. La otra, una diva, era Ana Glolievich, antiguamente primera actriz del Teatro Comedia. Era el espejo más exitoso a quien emular.

Liliana sudó. Sollozó. Gritó. Sus pies destrozados por cantidad de horas parada ensayando una escena. Las piernas entumecidas de repetir cada acción mil veces, con un parlamento, dando entrada a los compañeros en los diálogos, hasta que se encalleció su músculo visceral, bajo la ropa de algodón se endureció con el esfuerzo. Los órganos fueron fustigados para lograr de Liliana, una actriz al estilo de grandes comediantes del país.

         Llegó el examen final y, Luis Beltrami, la eligió junto a tres aspirantes. Creyó que tocaba el cielo, o la cara de Dios, con las manos. Inmutable, el maestro la hacía llegar a la máxima mortificación con su grito marcando el ritmo de la tragedia o la comedia elegida, golpeando las tablas en el teatrino y la espalda para que adoptaran la postura correcta. Había sido señalada para la prueba. Allí estaba frente a Carlos Ahumada, maquillada y vestida con un traje de ninfa, tratando de conseguir el primer puesto en la compañía. ¡La obra que tenían que representar era tan moderna! Tomadas de la mano las jóvenes esperaron el resultado de la prueba. Quedó en segundo lugar, en el papel de suplente de la primera actriz.

Se sentía feliz. Corrió a buscar una forma de comunicarse con su madre. Por el adoquinado primero caminó, luego voló. Fue tan fuerte el golpe que le propinó el viejo camión del ejército que saltó por los aires. El chofer sólo atinó a comentar:

—Alguien dijo que las mujeres y las mariposas se parecen bastante. ¿No lo creen? ¿Vieron cómo levantó vuelo? ¡Parecía querer tocar el rostro de Dios con sus pequeñas manos!  —y siguió su ruta para cumplir con la entrega de las armas y explosivos que llevaba al cuartel. Era una Orden Superior. No podía detenerse.


 


martes, 1 de diciembre de 2020

ELLAS EN SU CASA


            La niebla lame sus sandalias viejas, heredadas y algo rotas. Ella era tan fuerte como una palmera en el desierto. Rústica y firme. Llena de fuerza y ternura como un nido azotado por el viento. Pero no ahora. Ahora, cuando tendrá que hacer malabarismos para poder alimentar a sus cuatro hijas.

            Antes, cuando Abu Yasir la sacó de su pueblo, allá en las montañas, un sin fin de premios creyó que le depararía la vida. Sabía guisar, asar bien en el horno el cordero y hacer pasta de garbanzos y queso de cabra. Su madre, le enseñó a tejer en un telar familiar. Supo hacer alfombras para vender y ayudar en las compras de su familia. Su hermosa casa de barro y caña, se transformó de pronto en un verdadero refugio, una oquedad segura a su soledad de mujer.

             Una mañana Abu Yasir salió al mercado con su moto y antes de asistir al templo, dejó un pedido de verduras y carne en el negocio de Turuk, que le proporcionara su vecino Omar para hacerse de unas monedas. Depositó la moto allí y siguió entre los transeúntes que se dirigían a la mezquita a orar. Ingresó luego de lavarse y dejar sus sandalias en el sector opuesto al que le correspondía. Ese que estaba destinado a los obreros, extrañamente parecía lleno de bolsas con calzado.

            Vio entrar al Imán y cuando todos comenzaron a rezar, un estallido fatal, arrebató la vida a decenas de hombres. Simplemente quedaron allí, como trozos de carne destripada y sanguinolenta. Había muchos heridos. Llegó un coche policial y nuevamente un estallido impidió que se socorriera a los ahí caídos. Esa noche, Sima esperó en vano. Su vecino golpeó la pequeña puerta y le dijo que la moto de Abu Yasir estaba en el negocio. Ella se cubría con respeto y el hombre de espaldas, le dijo: -Mujer Abu Yasir estaba en la mezquita, donde esta mañana pusieron bombas los “hombres de negro”. De su garganta sólo salió un quejido. ¡Su esposo muerto! Ella viuda en un mundo hostil y cruel, para las mujeres solas. Sus cuatro hijas serían como pájaros muertos.

            ¿Cómo llegar hasta su pueblo en la montaña? No tenía un hombre que la pudiera acompañar y sin un varón no podía moverse en la calle. Menos aun siendo viuda. En la oscuridad de media noche se acercó Turuk. Golpeó la puerta y esperó. Ella asustada se colocó la burka más enlutada y tras una pequeña ventana lo atendió. Señora Sima, le dejo el dinero que no pudo recoger su difunto marido; y la moto. Véndala y ayúdese con eso. Llame a su padre. Ella entre sollozos le dijo: ¡Está muerto, en mi familia que está muy lejos, en la montaña, no hay hombres! Mi madre es sola y vive con un tío muy anciano. Tienen solo un asno y no saben salir del lugar. Llévese la moto y le mandaré a uno de mis niños a recoger lo que pueda darme por su venta.

            Esa noche decidió vestir a su hija de diez años de varón para poder mandarla a la calle en su lugar. Sabía que su prima Suraya había sido varón unos años cuando su madre en la aldea quedó viuda. Se quedó despierta sobre su alfombra cuando ya amanecía. Lamiya, la despertó. Habían venido unos policías a buscarla. Se colocó la burka y se cubrió las manos y los pies antes de asomarse. Un recio preventor de la mezquita quiso ingresar a la modesta vivienda. Ella, no se lo permitió. ¡Aun no ha llegado mi hijo! El hombre sonrió. Sabía que no había un hombre en esa casa, pero supo que debía cumplir con la ley de Alá, el Misericordioso.

            Abu Yasir, su marido será llevado al campo cerca de la “madrasa” y así podrán ir luego a ver su tumba. Cerró ella, la ventanilla de la puerta y dando la espalda al preventor, asintió. Iremos en cuanto pueda salir con mi hijo. Una carcajada pedante y ríspida salió de la garganta del hombre. ¿Usted tiene un hijo? No, tengo una “Bashar posch” en mi hogar. ¡Ah, entonces esperaremos que se presente en la central de policía a firmar unos papeles! ¿Su hijo se llama?... Desde hoy Nihad Mohamed. Hasta ayer se llamaba Lamiya. ¡Ya verá usted lo inteligente que es mi hijo! Buenas noches.

            Desde el altavoz de la mezquita ya sonaba la voz del Imán para la oración del anochecer. El preventor subió al coche policial y huyó del lugar. ¡Puah, puras mujeres y dice que tendrá que transformar a una hija en varón! Desgracia que no tiene un pariente masculino en la ciudad.

            Se sentó en la alfombra a llorar y llamó a Lamiya. Hija desde hoy serás varón. Ven, te cortaré el cabello y te pondré una ropa que achicaré para ti. Era de tu padre. Pasaré la noche entre lágrimas y costura, pero mañana habrá un hombre en esta casa. Debes aprender a comportarte como tu prima Suraya. La niña salió sollozando y se durmió recordando lo fea que se veía su prima Suraya, cuando era hombre. ¡Yo seré un “Bashar posch” y tendré que jugar al fútbol con los varones de la escuela y se reirán de mí!

            La mañana las encontró transformadas en otros seres. Más tristes y llorosas; más pobres y más firmes en sus decisiones. Nihad Mohamed, era un niño de diez años, con sus sandalias raspadas con tijeras, su pelo al ras y con una vestimenta tan fea que le bailaba en el flaco cuerpo de pequeño asustado. Su madre cubierta con tres velos y la burka, caminó tres pasos detrás de su “hijo”. Todo el camino, la miraron extrañados, ya que sabían de su tragedia. El cuerpo de Abu Yasir, estaba aun sobre un trozo de cartón en un oscuro garaje policial junto a restos de seres inescrutables, pedazos humanos recogidos sin piedad entre los escombros. El niño, se tomó de una argolla para sujetarse y devolver la poca comida de la mañana. ¡Nunca olvidaría ese día! Firmó unos papeles que le presentaron con su nuevo nombre y la madre apoyó la yema del dedo entintado. Le ordenaron salir y regresar a su casa. Se ocuparían ellos de los trámites que faltaban. Como un remolino de pájaros negros los dolientes buscaban los despojos de los hombres. La mujer salió detrás del “Hijo” y caminó en silencio. Al llegar a la vivienda, el olor de cazuela de pollo sorprendió a ambos. Su vecina le había dejado una olla con comida. Comieron en silencio.

            Desde ese día, Nihad Mohamed tendría que vivir como el varón de la casa, hasta que creciera y su cuerpo se desarrollara como antes. Por lo que su madre les dijo: Desde hoy cada una de ustedes irá aprendiendo a ser un “hombre”. Y ella permanecería encerrada dentro de esa jaula inhumana en la que vivían.

 

VOCABULARIO:

Burka: velo de tela que cubre desde la cabeza a los pies en zonas de Afganistán y países aledaños. Puede ser de color añil.

Preventor: especie de policía religioso, que controla a la sociedad islámica.  

Bashar posch: se dice de la necesidad de transformar niñas en varones en la sociedad ultra islámica, para remplazar a un Varón. La mujer no puede salir a la calle, ni a comprar alimentos, sola, sin un acompañante masculino de la familia: padre, esposo, hijo, abuelo o tío.

Madrasa: escuela coránica, donde acuden las niñas para aprender a leer y recitar las zuras del Corán.

           

EL FORASTERO

La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos.  

                         

 

ATRAPA SUEÑOS

Fui al piano y me senté. Mi amado piano. Mis manos se movían solas, como si tuvieran independencia de mi cuerpo y de mi mente. La melodía era hermosa, perfecta, pero no la conocía.  No era ninguna de las canciones de los músicos que me había enseñado mi profesora de piano.

Mi mente se quería guardar en su memoria esa melodía. No podía, algo me impedía guardarla. Era como cuando comemos en los sueños un chocolate y no sentimos el sabor.

En el momento en que me desperté, fue como cuando los pájaros salen todos volando de un árbol, así se fueron las notas de la melodía, todas salieron escapando por encima del piano y me quedé sin ella.

Todo el día quería recordar aquella música tan bonita, fui a la escuela pero no escuchaba nada, sólo quería recordarla.

Pero era imposible.

Ni bien llegué de la escuela me senté en el piano, comencé a tocar desde Mozarth a Pink, tal vez si me inspiro puedo recordar.

Pero nada.

Espere ansiosa la noche, quería tener sueño, quería escuchar otra vez la melodía, quería tocarla, quería atraparla.

Nuevamente me fui a dormir, y mi último pensamiento fue imaginarme sentada, en la sala, tocando la melodía.

El piano otra vez. Las teclas blancas, brillantes. Veo mis manos que comenzaron a moverse solas, otra vez la melodía mágica. Hoy está más bella. En mi sueño cierro los ojos para escucharla mejor, así hago cuando quiero escuchar una canción que me gusta mucho cuando estoy despierta.

Otra vez intento atraparla. Preparo mi mente para recordar, a cada nota voy anotándola en mi cabeza. Estoy alerta, ese es un DO, aquel un MI, un RE sostenido por allá. ¡Voy anotando todo en mi mente, ya casi la tengo!

Nuevamente como pájaros se escaparon.

Mis ojos se abrieron y vieron techo de mi habitación. Estoy lejos del piano y no tengo la melodía.

Todo el día otra vez. Desayuno, escuela, los profesores, sus materias, no, no me interesa matemáticas, menos química!!  Almuerzo en el buffet, vuelta clases. Eterno ese día.

Y sin melodía.

Pensé que mejor me tomo las cosas con más calma. Tengo que hacer un plan. Voy a cenar poquito, dicen que no hay que comer mucho en la cena si uno no quiere dormir profundo.

Me voy temprano a mí habitación. No me duermo del todo. Estoy más despierta que dormida. No me pienso dormir del todo. Esta vez no se van a escapar.

No sé a qué hora comencé a soñar, pero sabía que estaba soñando, me fui así, dormida, al piano. No abrí los ojos. Me senté en mi butaca. Abrí la tapa. Esta vez las teclas estaban frías, sentí su textura y dureza. Las sentí. Estaba emocionada.

Comencé a mover mis manos entre las teclas, un poco las dejaba hacer, un poco hacia yo. Cada nota quedaba guardada en cada dedo. Memoria. Las estaba atrapando en mis manos.

Sentí a mis padres hablar preocupados cerca de mí. Eso me aseguro donde estaba. En mi piano, mi amado piano, y estaba tocando MI melodía.

Fui abriendo los ojos de a poquito porque tenía miedo. Estaba nerviosa pero feliz, porque mis manos habían atrapado las notas, y las notas sumadas hacen MI melodía.

No deje de tocar, mis padres estaban asombrados, no entendían nada.

Yo sí, atrapé mi sueño.

 

 

NIÑA MÍA

 

Yo que te vi  nacer como la aurora se desplaza

Anaranjada, tras la tierra.

Yo que te vi crecer como la cola de un cometa

En el infinito cielo azul.

Ahora....

Recogeré la lágrima traviesa

La sonrisa celeste, los pétalos dorados en la noche.

No sé si veré el rostro de Dios en tu mirada.

No sé si tendré las manos asustadas.

Porque eres como esas madrugadas sin cantos de pájaros,

Sin reflejo de lunas amarillas.

Sin palabras agoreras de mañana venturosas.

Déjame que beba de tu copa los besos atildados.

Te acune con mi sueño de duende sorprendido,

Para que apoyes tu greguería frutada

En mi regazo tenue. Niña mía.

 

CAMINO Y DESTIERRO

Naides será despreciado al convite, dijo el Rito, hay locro para alimentar a una tropilla entera. La peonada se acercó esperando su comida. El negro Eugenio, repartió platos de aluminio y comenzó a repartir el brebaje. Sólo un hombrecito se hizo a un lado y se acomodó lejos del festín.

Es el Tiburcio Peña, el hombre dice: No pude trabajar todo el día y no me corresponde comer junto a los otros paisanos.

Déjese de joder hombre y métale a la cuchara, acá hay para tuitos.

En vano había buscado a su familia. Regresó. Se había ido, después de pelearse con su mujer y dejarla por años sola, regresó. Viajó por países lejanos, conoció el hambre y la sed, pero nunca cometió delitos. Era un hombre de ley.

Cuando llegó a su tierra, a su casa se encontró a forasteros. No era su gente. Preguntó si sabían algo. Nada, sólo sabían que la mujer vendió la casa y con sus seis hijos tomó un derrotero desconocido para ellos. Simplemente, sin pedirle un dato u otra dirección. Ella se perdió en el espacio de la tierra. Él, se quedó a vivir en la que fuera la casa de ese hombre gastado y ojeroso, de piel curtida y vestimenta rara. La casa de Rito.

Se alejó sin decir nada, no tenía derecho a reproches. Su huída era suficiente, incluso, para que la Ema se buscara a otro que la ayudara con la crianza de seis chicos, la comida, la escuela y el trabajo…Todo lo que él, le negó. Se fue de la ciudad y buscó algunas changas. Pero tenía dolores terribles en los huesos. El mar, su tarea bruta en canteras y minas, habían hecho estragos en su cuerpo.

Cuando podía trabajaba todo el día, sino se consolaba con media jornada. El tema era dormir en un lugar seguro, limpio y digno. Ya conocía él, lugares lúgubres y peligrosos. La calle es amiga y enemiga horrenda. La conocía. Recordó cuando en un puerto en Marruecos lo asaltaron unos griegos. Si no lo ayudaba un “moro” estaría muerto. Y cuando llegó a Cádiz, el bote era un infierno de inmigrantes nubios, nigerianos y de Chad. Un bote de destierro, de contrabando, de despojados, hambrientos y el hedor maldecía su nariz criolla.

Pudo reconstruir su vida con muy poco dinero. Regresó. La esperanza era encontrar a Ema y a sus cachorros. Pero el tiempo es cruel, como fue él con los muchachos.

Oiga, usted es: ¿Tiburcio Peña de Chañaral del Norte? Acaso no tiene un hijo dotor en la estancia “El Resplandor”. Rito ¿Cómo se llama el dotor de la casa de Los Hornillos, ese que curó al cura cuando el año pasado se cayó del pingo mañero? El corazón del viejo Tiburcio dio un brinco. Sudaba gris agriado por la euforia y la duda. No podía soñar con encontrar a su familia.  Aparte, no lo merecía. Era un viejo cobarde. Pero se quedó callado, mientras los obreros hablaban. ¿El que se llama Tiburcio Peña? ¡Ah, igual que usté!

La mirada intrigada de la peonada se posó en el guiñapo de hombre. ¡No puede ser, se dijo el Rito, mírese la pinta, parece un pobre diablo! Es un pobre infeliz. ¡Ni me lo diga, lo soy, tiene razón, no valgo nada! Disculpe. ¿Cómo es el muchacho? Diga.

Es alto como el Saverio Luna, robusto y tiene una mirada dispierta. Se casó con la niña Eugenia, la hija del dueño del Resplandor. ¡Linda tierra esa! ¡Ah y tiene cuatro cachorros, dos machitos y dos hembritas! Yo lo conozco bastante por mi mujer, que lleva a cuestas una dolorosa enfermedad, la pobre. Él, la ayuda mucho. Es bueno y se sacrifica por toditos los paisanos de Valle Hermoso.

El silencio lo envuelve, lo miran con sonrisas hirientes, ese tipo no tiene un hijo médico. ¿De dónde, si es nadie?

Come silencioso y terminado el convite se aleja saludando a la gente. ¡Agradecido, don…! ¡Y buenas! Salgo y sigo mi camino. Pero en el fondo de su corazón palpita un terrible dolor. ¿Tendrá el valor de encontrar al hijo?

“El Resplandor”, no queda lejos, seis leguas y media, más o menos. Irá como por descuido, acercándose sin apuro y sin mostrarse. Espiará al Dotor.

Rito y los otros se quedan opinando. Nadie sabe qué puede pasar, hay tantas habladurías. ¿Ese viejo será el padre?

Cuando se acercó a la casa y vio al muchacho, supo que era su hijo. Era igualito a su propio padre. Salió un automóvil nuevo, cargado de niños hermosos. Se dio cuenta que no tenía que hablarle. Dio media vuelta, alzó su bolsa y caminó rumbo al ferrocarril para irse lejos.

EL ALJIBE

            Ña`Candelaria perdone pero quiero o necesito me de una explicación sobre lo que ocurrió con la niña Abigail. Dicen muchas cosas sobre su vida, pero usted es la única que conoce en parte la verdad del sucedido. Han dicho que Gabino se tenía que casar con ella. Así lo habían dispuesto sus padres, él se fue a la capital a buscar los trastos para el casorio y después, cuando llegó a la estancia, encontró el dolor encarnado en el misterio.

            ¡Era linda la muchacha por donde se la mirara! Con la cabellera negra y los ojos de color maíz. Nariz pequeña y labios suaves… en verdad era una belleza. De figura fina y cintura pequeña, justo para el abrazo.

            Me han dicho que la muchacha estaba enamorada de un tal Ricardo, un mozo de la estancia “Los Girasoles” y que se veían de vez en cuando en la capilla de la Milagrosa, otras veces se veían en alguna boda o fiesta patronal. ¿Es cierto? Además juran que todas las tardes, se sentaba junto al aljibe y mientras se cepillaba la larga cabellera, cantaba una canción muy bonita que supe, interpretaba en la guitarra el tal Ricardo. También dicen que cerca de la cisterna crecieron muchas flores y se llenó de cantos de aves: alondras, jilgueros y tacuaritas. ¡Hay tantas historias…!

            Mirá muchacho, de todo eso hay cosas ciertas y otras son pura leyenda. La niña Abigail, estaba muy amartelada con el mozo, pero el padre tenía un gran rencor con esa familia. Parece que hace varios años, el hombre de “Los Girasoles” vino a la casa grande y trató de encelar a la difunta, doña Celeste, la esposa. Y se armó un terrible conflicto. Los gritos se escuchaban desde los potreros. Los perros, recuerdo, ladraban desesperados tironeando de las cuerdas para desatarse y pelear. Cruzaron facón y espada, y si no interviene el capataz, se matan. Hubo heridas, pero sin gran pérdida de sangre. De ahí, viene la ira del patrón. Abigail, conoció en la ermita de San Pedro al Ricardo en el pueblo vecino y no sabía quien era. Luego fue un mirarse y enroscarse en un duelo de pasión. No se tocaban, se abrasaban a puro ojo. Ella me pedía a mí o la “Checha” que la acompañáramos a todos lados con tal de verlo. Y dicen que él, rondaba de a caballo por los recovecos de la estancia buscando tener un encuentro.

            Triste fue cuando vinieron los padres de Gabino a pedir la mano, se encerró un mes y días sin comer casi y no habló más. Ni la pobre doña Celeste, ni el padre ni el cura, la pudieron hacer calmar. Llora que te llora día y noche. Los ojos parecían brasas ardientes y se enflaqueció como un alambre.

            Llamaron a un médico que la obligó a tomar unas píldoras y la Checha le daba un té sedante hecho con yuyos de por acá. Se calmó un poco, porque le dieron una buena paliza. El padre por primera vez le dio con el “chicote”. La marcó. Y me contaron que el mozo, cuando se enteró, prometió a los padres que mataría a don Heriberto.

            No pasó mucho tiempo y la niña, comenzó a salir todas las tardes junto al aljibe a cantar y se escuchaba a la distancia el sonido de una guitarra o el silbido con la melodía de la canción. Y una noche de tormenta, Abigail, salió descalza, caminó hasta el aljibe y aunque la buscaron por todos lados, incluso bajaron hasta el fondo del pozo, no la encontraron más. Por eso murió de tristeza doña Celeste y es tan bronco don Heriberto. Pero sabe m`hijo las noches claras de luna se escucha cantar junto al aljibe la canción de amor en la voz de la desaparecida. El joven Ricardo ya se ha casado con la niña Valentina de la estancia “El Totoral”; y dicen que él, va todos los días muy temprano a la ermita de San Pedro a orar pidiendo por el alma de Abigail. ¡Esa es la pura verdad! Nadie sabe qué sucedió con su cuerpo, sólo encontraron junto al pozo un chal de hilo color blanco que usaba mientras estaba junto al aljibe. ¡Ese que está en el salón sobre el piano que solía ejecutar doña Celeste!