sábado, 2 de julio de 2022

ANÉCDOTA DE MIS VIAJES

 

RECIBÍ LA INVITACIÓN PARA IR A MARRUECOS

  

Me invitó a  Marruecos  Gladys  Young, embajadora panameña en esa tierra, mi amiga y poeta. Llevaría la novela “Síndrome de Traición” a la Universidad de Tetuán y Tánger. ¡Era un honor! Es tan lejos que debí prepararme. Indagué en qué viajar: tenía si o sí que pasar por Madrid. Fue toda una aventura. ¡Allá fui con cinco aviones de líneas diferentes; por cinco días!

Salí hacia Chile y esperé un avión a Madrid, allí dormí una noche, al día siguiente tomé otro aeroplano que me llevó a Casablanca, la famosa ciudad de la película que nunca logré ver. Ni la película ni Casablanca ciudad. Luego en el hall del aeropuerto esperé desde las 10,30 hasta las 23. Allí tuve una experiencia dolorosa. Paso a relatar. Alrededor de la 22 veo que se abre una puerta lateral y traen un puñado de personas del interior de África, esposadas y rodeadas de soldados, eran fugitivos de los países pobres que trataban de llegar a España, a través de Marruecos. ¡Eran los famosos, Inmigrantes que huyen del hambre y las guerras de sus países! Yo no podía ni abrir la boca. No hablo árabe ni inglés, por lo que estando de paso en un país que me esperaba con los brazos abiertos, lloré en silencio. Esto sucedió en dos oportunidades, calculo que los llevaban de regreso en aviones militares o no, a sus países de origen. No quise preguntar a mis anfitriones, ya que era un tema sumamente delicado. Al pasar unos minutos, 30 o 40, me llamaron por altavoces para presentarme en la aduana.

 Tomaría un avión de línea inglesa que me llevaría a Tánger, yo tenía mi primera charla en Tetuán. Un vuelo corto y llegué a Tánger con mi pequeño equipaje, donde me habían prometido estaría una persona de habla castellana con un cartel esperándome. Hecho los trámites necesarios, eran las 24, salgo del hall y no había tal cartel con tal persona. Pregunté en argentino: ¿Hay alguien esperando a una argentina? Me observaron varias personas y pensarían: ¿Qué le sucede a esta señora?

Ingresé de inmediato al aeropuerto y esperé un rato. Volví a salir y un señor me esperaba. Había llegado algo tarde. No hablaba español. Insistía en llevarme a su casa. Yo muerta de miedo, le decía: NO, hotel. Me comunicó con su esposa que hablaba castellano. Igual, quería que fuera a dormir a su casa. ¡No, hotel! Y me llevó a un albergue de menos una estrella donde me cobraron 30 euros. Sin ascensor y cuya habitación quedaba en el tercer piso. Alrededor había gente rarísima: prostitutas y rufianes. El dueño, me miraba sonriendo y miró dos veces mi pasaporte. Creo que no podía creer que venía de tan lejos. El hombre se fue en un auto tan destartalado, que parecía sacado de un “desarmadero”. A las cinco de la mañana, me golpeó la puerta, me venía a buscar para llevarme al aeropuerto. Miro y por la ventana y veo que me miraba. Como me estaba vistiendo, casi me tiro al piso. Lo regañé hasta que llegamos al aeródromo. Allí en una “combi” me esperaban otras escritoras que tomarían conmigo el vuelo a Tetuán.

La alegría y algarabía fue enorme. Hacía dos años que no nos juntábamos. El chofer me trajo de regalo un objeto de cerámica pequeño que según dijo, era igual al que usan para cocinar. ¡Un lindo detalle!

Al llegar a Tetuán, la fiesta literaria comenzó. En la Universidad un enorme grupo de estudiantes nos esperaban para escuchar a los poetas y narradores de Latino- América. ¡Qué respeto y cariño demostraron! Escuchaba con atención y preguntaban por nuestros grandes poetas: Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Olga Orozco y otros que son un orgullo nacional. De México una laureada escritora presentó una investigación extraordinaria sobre Sor Juana Inés de la Cruz, de Perú sobre Vallejo, y así cada escritor o escritora fuimos llenando las aulas con buenas y preciosas palabras.

Luego el Traslado a Tánger, la fiesta en un comedor donde en unas enormes bandejas de plata traían comidas típicas y deliciosas. Los estudiantes bailando para nosotros los escritores y los maestros de la universidad… ¡Qué bello! Se divierten sin tomar alcohol como en mi país. Ellos por ley tienen prohibido comprar, vender o beber alcohol.

Me tocó ir a una ciudad a la orilla del mar. Un azul glorioso envolvía la costa. Desde la explanada de una sala veía las olas revolotear como alas de pájaros blancos. Después de una tertulia, nos llevaron a un restaurante donde descubrimos otra comida exquisita de berenjenas y pimientos (ajíes) asados al carbón, luego traían bandejas con sardinas asadas al horno de barro, parecían alhajas de plata una junto a la otra. Sabrosas y sanas.

Cuando ya saciamos nuestro apetito, un poeta amigo marroquí dio un silbido y cientos de niños se arremolinaron junto a las fuentes a comer con pan árabe que les repartieron. Eran pájaros de mil colores, curiosos y alegres que se divertían con esos raros extranjeros venidos de tan lejos. ¡Un regalo para la vista y el corazón!

Fueron cinco días en el país y seis aviones para llegar hasta allí y seis para regresar a mi tierra. Lo haría a ojos cerrados. Cuando vi la Novela y la leí: Tiempo Entre Costuras, de María Dueñas…disfruté pasear visualmente por las calles y medinas de Marruecos. Véanla.

 

ANÉCDOTA DE MIS VIAJES, NARRATIVA

 

LA PRIMAVERA DESPERTANDO EN SAN SEBASTIÁN

 

Nuestra sorpresa al llegar fue estar alojadas en medio de un bosque. Cerca de Francia en un rincón llamado IRÚN. ¡Salvo el autobús que pasaba cada dos horas, no teníamos como llegar al centro de la ciudad! Yo en broma decía, parece: “La casita de Hansen y Gretel” y debíamos dejar migas de pan para poder regresar a el. El restaurante del hotel era muy caro y descubrimos que era un lugar que usaban para hospedarse por pocas horas y de paso para quienes recorrían el norte de España.

Nuestra duda era: ¿Si nosotros pedimos un hotel en pleno centro de San Sebastián, porqué nos ubicaron tan lejos? No teníamos respuestas. Llovía, cuando logramos llegar a la ciudad, los hermosos tulipanes languidecían en los canteros por el clima gélido marítimo. Las playas hermosas, solitarias y frías. Trepamos al típico autobús turístico de la ciudad y recorrimos por la ciudad antigua y disfrutamos algunos monumentos hermosos.

Para comer, recorrimos varios lugares donde ofrecían los famosos “pinchos” una suerte de pan con aceite de oliva y tomate, al que le agregan variados fiambres, huevos o carnes y pescados. En mi caso, nunca supe comer sándwich sin ensuciarme ropa, manos y mesa. Y los pinchos, no son sino algo semejante que se le parece. ¡Soy muy de comer en plato con un menú que pueda elegir, sabiendo lo que tiene dentro! Mi compañera buscaba su pollo y sí, cuando logramos encontrar un hermoso restaurante donde no había los famosos “pinchos”, aprovechamos para comer a nuestro gusto, bueno, no tanto para mi amiga, a ella le dieron un pollo tan picante que no podía tragar.

Al regreso de la ciudad, una excelente joven conserje nos enseñó varias artimañas para sobrevivir en el hotel que nos tocó por mala suerte.

Aprendimos a usar las máquinas que expenden bebidas y emparedados. Así no necesitamos salir a buscar en dónde comprar alimentos. ¡No fue para mí, una experiencia positiva! San Sebastián, buscaré conocerte a través de los medios tecnológicos.

En IRÚN, hicimos un paseo muy agradable, quedaba a diez kilómetros, más o menos de Francia, de la frontera, pero no nos atrevimos a ir por no saber si había algún trámite burocrático por hacer.

De San Sebastián viajamos en tren a Barcelona. Excelente el sistema ferroviario que usamos. ¡Ese es otro tema!

LA ABUELA CASANDRA

 


                      Los sucesos le habían hecho perder la razón. Tal vez para nosotros que la amábamos era penoso, pero cada uno escondía su desdicha y disfrutábamos con cada extrañeza de su hábil manera de escapar de la realidad.

En las tardes solía esconderse en los rincones del salón del piano e invitaba a seres imaginarios a danzar sobre la alfombra persa. Con la blanca cabellera suelta sobre las anchas capas granate de gasa, descalza y adornada con flores frescas o secas, según la estación. Danzaba, suavemente danzaba. Siempre escondía secretos en los rincones. Tenía lugares favoritos, claro, en una casa tan grande era factible. Aixa cuando llegaba de su taller murmuraba la eterna muletilla: -“El límite entre la locura y la genialidad es sutil como un rayo de luz”- y Casandra, guardaba sus misterios mientras murmuraba extrañas palabras que no entendíamos. Mientras en puntas de pie seguía la línea de mosaicos cantaba: -“Bereshit Rei Teshúb” o “Guilgul aneshamót”. Luego se sentaba con el rostro hacia la ventana que mostraba la puesta del sol sobre el gran canal. Algunas veces cuando venía Merle exhibía un idioma simple que comprendíamos todas. Igual su perpetua tristeza le prestaba un sortilegio indescifrable.

¿Los años le habían hecho perder la razón? Sus ojos se extraviaban en largas tardes frente al ventanal o al hogar de mármol que enrojecía recuerdos de la familia. En su idioma arcano llamaba a las cosas con apelativos indescifrables. “Jojmáh”, “Tiféret” o “Máljut”, esas eran las más usadas. Sonreía cuando cortaba flores al amanecer y caminaba sobre el césped sólo cubierta por la capa de terciopelo blanco en la nieve. Un día comenzó a desplegar láminas. Eran hojas con retratos inexistentes de seres de otros tiempos. Así sus secretos siguieron escondidos y permanecían debajo de los cuadros, en los búcaros de “Limoges” o en la colección de armas antiguas de Otniel, su difunto esposo.

Nos miraba de reojo y hurgaba en los búcaros que apoyaba en su regazo. Ahí decía sus palabras mágicas. Otras veces estudiaba durante horas debajo del mantel del mesón en el comedor unas extrañas declinaciones de su idioma. Era su sosiego lo que trastornaba a Lais o a mí. La paz que desgranaba en gorjeos rítmicos por los pasillos. Nadie la interrumpía por cariño o por temor.

En las madrugadas caminaba o mejor dicho se deslizaba por el corredor central con ramilletes de espigas secas, otras con puñados de vainas de algarrobos que tiritaban sonidos y pasaba al salón dando pequeños saltitos como guiños de ángeles.

Cuando aparecía la luna llena sacaba un brazo por la ventana redonda del ático y contaba las hojas de los cedros o de los paraísos. En invierno volvía helada, con los labios azules pero feliz.

Era la época en que regresaba Merle de sus viajes por oriente y al verla, abrazándola, repetía: - “Sueños de los dioses, amigos de mi infancia, vuelvan al lecho de mi lago”- y sonreía tranquila. Si la luna lucía una aureola rojiza como corona real, envolvía su larga cabellera cana con un velo de novia y desplegaba de las pequeñas orejas flores de nácar que robaba del arcón de la habitación de Lais o se adornaba con cerezas  artificiales de terciopelo rojo. Todos aparentaban que no hacía nada fuera de lo común y la dejábamos hacer. Pero una noche de eclipse sucedió lo inesperado.

Salió desnuda con sus senos pálidos colgando sobre el pecho, sólo cubiertos por una muselina de tono añil, su pubis y sus ojos enjaezados de las perlas que fueran de su abuela y caminó descalza hasta el portal. Lo abrió y salió por primera vez en veinte años al enorme jardín de magnolias en flor. Llevaba entre sus manos unos amuletos y sus misterios. Caminó salmodiando sus palabras “kabalísticas” como hechicera herida por la edad. Era la dueña de una noche sabática. Se perdió entre los iris florecidos.

Al rato, cuando la luna volvió a imprimir su rostro milenario tras la breve oscuridad reinante, en conjunción de astros, en el disco rojo que se había formado quedó impresa unos instantes la figura de la abuela Casandra en tonos azulados.

Salimos a buscarla y la encontramos tendida entre pétalos de magnolia, apretaba en sus manos un guardapelo con el retrato de un joven que nadie supo nunca quién era.

 

Hubo otro tiempo y...

 

No hay futuro me dijo

un pájaro agorero con mirada de arpía y

yo metí las manos

en el agua sonriente del río de la vida.

Olor de incienso me transmitía tu mirada.

 

Allí te encontré

pintado el rostro con ceniza

te miré en el espejo

detrás, donde el candado escondió las respuestas y

recordé tu nombre             tu zodíaco pétreo

que agoniza en silencio con el pueblo olvidado.

 

 

Un planeta de espanto me sumergió

en la furia de un macho cabrío que alargó su testuz

llegando a la orilla del abismo

conteniendo el aliento

encontramos

sólo signos

incógnitas sin nombres

laberintos. Y

entonces

huyó con alas de lodo

mi materia de sueños.

 

 

TODA VICTORIA ENTRAÑA TAMBIÉN UNA DERROTA...

                       

            En realidad me siento cómodo en mi rutina. Como todas las mañanas despierto a la hora en que el sol encresta sobre esa enorme lampalagua perezosa se desliza hacia el océano dorándolo todo. Los viejos edificios cobran tonos desusados de la construcción novísima de cristal del Banco de Courtenay, Diamond & cia. ( verdadera obra que yo pude haber construido en otras épocas), tiene a esa hora esos ojos de vidrios oro y cobre. Me acerco con curiosidad para ver otra lampalagua laberíntica de frenéticos vehículos que discurren por la avenida.  Bajo mis balcones se desparrama un océano verde sobre la calle. ¡ Son extraños mis vecinos de la ciudad !. Nunca elevan sus cabezas para mirar y enamorarse de sus bellezas. Sigo hasta mi alcoba y me arropo de acuerdo a las costumbres del país, gente que escoge los negros, grises. Colores de antaño, de la muerte, teniendo un clima cálido y húmedo; sigo sin entenderlos. En mi anterior cargo en Toronto o en Sudáfrica no me costó tanto adaptarme a la cotidianeidad. Me acerco a la gran mesa del comedor, con esmerado moblaje principesco. Me remonta a viejas experiencias europeas. Mi joven ayudante, de frescura sin igual, silencioso, atento, culto y de una exuberante belleza física, se afana para proveerme de todo cuanto yo acostumbro a comer. En una pequeña bandeja me deja los periódicos que hojeo y me dan una leve visión de lo que acontece en este escalofriante tiempo posmoderno. Sentado sorbo un cálido y oscuro café (si en otros tiempos yo lo hubiera saboreado me...), me sorprenden los titulares y un golpe en mi viejo pecho dormido me retrotrae a lejanas experiencias. Le Monde esgrime una foto por demás locuaz: Salah ed – Din, jefe del gobierno musulmán, proclamando su Guerra Santa a todo el mundo Cristiano en la ciudad Santa de La Meca. Miro acicateado el Herald y una ostentosa frase indica que nuestro pequeño mundo se derrumba.(quien mejor que yo para reconocer la aviesa mente de los seguidores del líder fanático). Alejo, mi secretario y servidor, me observa pero reconociendo mis reacciones, me acerca el pequeño talismán que suelo usar en momentos de inquietud. Sus pálidas manos me tocan sutilmente para infundirme seguridad. No hay palabras. Dejo mi silla y me acerco a la maravilla de este tiempo buscando un e-mail.  Encuentro varios mensajes de mis antiguos consejeros juristas que se han desempeñado en las otras embajadas junto a mí. Algunos, en las tortuosas claves, que yo descifro con suma facilidad. El súbito sonido del celular me regresan, al lugar y al tiempo presente. Alejo, lo tiende. Escucho con incómoda resistencia el llamado urgente  en la representación de Estados Unidos de América.

Tengo que abandonar mi refugio. Prevenido y listo, Roldán, mi chofer, enfila por Libertador hasta el moderno edificio. Un “Mariner” nos acompaña hasta el ascensor. Allí nos espera un coronel uniformado, con cara de mal dormido, que con una agradable sonrisa nos invita a subir a la sala donde nos esperan el embajador y el asesor de asuntos exteriores e interiores.. Me sorprende ver a mister Kevin Mc. Garlinghan y a Brian Foster vestidos con total desprejuicio. Un desmañado equipo de golf en un rincón y sus ropas deportivas,  recién llegan de un largo contrapunto golfístico. Sus amplias sonrisas en los rostros tostados por el sol, sus ojos claros rodeados por intrincada red de arrugas provocadas por eternas caminatas en las canchas, no pregonan los sucesos que acontecen en este mismo momento en el mundo. Junto a mí llega e ingresa don Jaime de Castel - Roussillón, representante del rey de Bélgica, quién apenas me ve se acerca con aflicción y sabia prudencia, sólo toca mi espalda como para expresarme su total pesar. También entra Ilich Virvoskyn jefe de la representación de Rusia y detrás de él, la hierática Fuensanta Contrera y Vega, consejera de la casa española. Reunidos comenzamos a ubicarnos en la generosa mesa frente a la gran pantalla de cuarzo donde se está por proyectar el informe de las Naciones Unidas. Intempestivamente ingresa Uriel Rabioivich con pasos altivos tratando de tomar posición delante de Zair Al Kaleih y con mirada de desprecio y rencor. Como embajadores de Israel y Palestina no pueden faltar a esta cruel reunión. 'Sin embargo extrañamente por su puntualidad reconocida, falta Sir Williams Huoms. Llega tranquilo con su clásica pipa de tabaco chocolatado. Saluda ceremoniosamente y con astutos ojos sagaces observa al grupo. ¿Quién sabe qué siente ese inglés imperturbable?

            La pantalla se ilumina y la madura figura mordaz del prestigioso príncipe Abdul Faisal XI Regente de Arabia Saudita, nos mira y comienza en su impecable inglés de Heton y Oxford, el relato del latrocinio y holocausto. -" Amigos embajadores del mundo libre, que Alá, el Todopoderoso, el Magnánimo, Perfecto, nos ilumine; desde ayer al amanecer de nuestras ciudades, un sin igual suceso ha hecho zozobrar nuestra Paz. Un atentado terrorista lanzó sobre las ciudades: de El Cairo, Damasco, Bagdah, Riyadh y la muy Sagrada  Meca, unos vehículos con cierta sustancia química que ha provocado la muerte de más de veintiocho mil personas. La enfermedad que se ha presentado es semejante a la antigua enfermedad "maldita", la lepra. Con la novedad que lo que en su tiempo prosperaba lentamente en el tiempo y que hasta hace horas era curable; para nuestros científicos es imposible de frenar. Todo hasta este momento es ineficaz. Rogamos a los países amigos un apoyo incondicional. Las aguas de nuestros pozos y los ríos, lagos, diques y fuentes de vida, están altamente contaminadas. Pronto no habrá frontera para la muerte. Israel debe prepararse para esta eventualidad. Igual que Palestina, Chipre, Turquía y todos nuestros vecinos. Desde mi despacho en el palacio del antigüo Rey Omar Baudoin VIII, en Ibn -Ahmar, los bendigo en nombre de Alá el Misericordioso."

            La imagen se desdibuja y un silencio alarmante se produce entre los intelectuales.

            -¡ La política conflictiva de nuestra era nos deja perplejos - dice Fuensanta Contrera y Vega...pero no podemos resolver solos esto, (expresa entre aliviada y quejumbrosa). Yo necesito hablar con su Majestad, el Rey y sus asesores  políticos...!.

            Todas las miradas convergen en mí, al instante. Yo soy un profundo conocedor del problema islámico y tengo reputación en todo el mundo por mis afortunadas intervenciones en los perpetuos conflictos de Medio Oriente. En mi actual condición, debo aceptar conocer mejor que nadie su historia y los acontecimientos de la tortuosa vida religiosa y política de esos pueblos ininteligibles para nuestras memorias latinas y judeo-cristianas. Unánimes son, en pedirme que viaje a la sede de la U.N. en París. De paso podré pasar por mi castillo en la Champaña para reordenar algunas faenas que tengo abandonadas.

            El corto viaje hasta mi piso me llena de estupor...debo volver a la vieja región de mis principios. Tengo un extraño dolor punzante en la espalda y siento un escozor en mis piernas. Lo que me apremia es el temor a volver a vivir ciertas situaciones que me atormentan. Reconozco que he sufrido en extremo. Mi cuerpo hoy, aparentemente ágil, fuerte y viril ha tenido tiempos de decrepitud y martirio. Alejo me espera con temor y furia contenida. Me preparo un pequeño equipaje y busco mis e-mail para saber qué órdenes he recibido de mi gobierno. Apenas puedo probar unos exquisitos bocados que me ha preparado el joven chef Guilhem, cordón rojo en la gran academia de Burdeos. El magnífico "Honda" negro de la representación, me lleva por la autopista a Ezeiza. Allí, un avión de mi gobierno, espera. Abordo, me sorprende una pequeña jovencita que será mi ayudante. Generalmente no son mujeres sino mancebos, los que acompañan nuestros confortables viajes. Me ubico y la observo. Es alta, delicada y el torso flexible como una varilla de bambú, tiene un rostro de tez pálida con profundos ojos grises. Su cabello, que debe ser larguísimo y muy ondeado, escapa del riguroso schignon con pícaras mechitas rebeldes. De excitante color cobrizo con reflejos dorados. Me recuerda a otra mujer. Pero no puedo recordar su nombre ni dónde la conocí. Me sumerjo en la lectura de mis cartas. Me duermo y sueño. Voy volando con unas enormes alas de piel dúctil, suave y levemente aterciopeladas. Frente a mí un ángel, me hace señas amistosas y se asoma peligrosamente por una almena en una torre de un castillo en la Provenza. Me señala a un grupo de cabalgaduras con sus jinetes envueltos que usan armaduras de fieros metales, penachos de plumas de colores iridiscentes, que flamean en el viento y unas capas envolventes y casi mágicas. No puedo ver sus rostros. Llevan estandartes y uno de los caballeros, erguido, ampuloso, concentrado; tiene entre su guantelete una lanza con un raro unicornio. Me despierto sorprendido. Hemos arribado al aeropuerto Charles De Gaulle. París está bajo una capa de nieve y su perpetuo cielo gris me hace estremecer. Adoro el sol de la Provenza, de Burdeos y de la campiña sureña. Un vehículo del gobierno me espera y rápidamente me aleja de allí. Me traslada a una de las construcciones del actual gobierno. El “especial” chofer, agitado, es un oscuro y brillante "martiniqueño", modelo de silencio y de humildad. Me observa por el espejito retrovisor pero no se atreve a hablar. Yo no advierto su sorpresa. Algo dentro de su ancestral origen le hace ver algo en mí, que otros hombres no vislumbran. Yo le sonrío y él, desvía la mirada. (Rumorean en el interior del móvil los zumbidos elitroides de insectos invisibles a nuestros ojos dentro de la contaminación y el gélido clima de París).       

            Llegamos al Palacio Ministerial. Antiguo edificio de un verdadero palacio del Conde Chrétien Meillant que fue devuelto muy destruido por la "chusma parisina" a Napoleón Bonaparte y que éste reconstruyó basándose en viejos cuadros que pertenecieron a la corona del Zar de todas las Rusia. El Gran Guerrero  encontró y tomó a su paso descalabrada por la ofensiva moscovita ( tengo que agregar aquí que los bonapartistas antes de su derrota entraban en los "chateau" y luego de degollar a siervos y señores se apoderaban de tesoros de incalculable valor artístico, que hoy son admirados por el mundo en los museos) . Así, ese maravilloso “chateau” ahora me contempla con rotunda sorpresa.

            Me acompaña un verdadero "efebo", plástico, anguloso, soberbio como un dios griego. Los ataviados pasillos con cortinados en ricas telas adamascadas de seda pesada, los grandilocuentes cuadros de viejos señores, con sus oscuras e incontables historias de pasiones, pecados y osadías; me siguen como a un inmigrante estrafalario que invade un territorio inexpugnable. Al encontrar una puerta de roble tallada por artesanos, un suave golpecito me hace concentrar en el glorioso rostro de mi guía. Un susurro me invita a penetrar al imponente habitáculo.

            De espaldas a mí, un hombre con un traje no convencional, de perfecta  hechura de color bordó, mira por la gran ventana hacia un intangible parque ( acá también debo agregar que los viejos señores se esmeraban en construir parques maravillosos ), con una fina copa de cristal en una mano y una larga cadena de oro en la otra, jugueteando sin mirarme comienza a repetir lo escuchado en Buenos Aires, en la embajada de U.S.A., pero ya hay más de cuarenta mil muertos y como cien mil contagiados de ese mal.

            ¡Cuando se vuelve, clava en mí su mirada y observo lo que ya no creí volver a encontrar nunca más!

             Su rostro glorioso está surcado por dos enigmáticos ojos, uno azul y el otro de un tono dorado con leves reflejos rojizos, su lacio cabello oscuro cae en un mechón sobre su frente y su nariz afilada de bella nobleza, y él con tres dedos afilados recoge en un mohín personalísimo. Deja sobre el escritorio el pequeño objeto de entretenimiento con su larga cadena de oro. Se estremece y siento con horror que un dolor lacerante me doblega entre mis omóplatos como si se me clavara una fina estaca de madera de ébano. También en mi vientre enjuto, y siento un movimiento ondulante, sinuoso como si tuviera escamas de metal, me miro angustiado pero sólo veo mis pies forrados en finísimo calzado de cuero argentino. Me calmo momentáneamente. Me siento en un sillón de terciopelo blanco y observo la estancia, ya que su teléfono vibra constantemente. Cuando se desembaraza del celular, se acerca con una sonrisa deslumbrante y me da su mano con suave signo de seguridad y amistad.

            Vuelve a preguntar cómo ha resultado mi viaje de Sud América y yo le tengo que relatar todo lo acontecido en aquel lejano hemisferio. ¿Su nombre, pregunto como si no supiera lo que voy a escuchar?  Aunque una vez en una gira por las Naciones Unidas, con la gente de Angola, Guatemala, Hong Kong y Nueva Guinea, en nuestro hotel de San Francisco, en U.S.A., tropecé con un hombre de ojos de diferente color, era un cantante de Rock, llamado David Bowy,  eran penetrantes. Color celeste uno y amarillo el otro, me dejó verdaderamente confundido y lacerado el corazón al descubrir que era un hombre con una historia dolorosa, en realidad con una crónica personal digna de un ser del báratro. Me vuelvo hacia mi interlocutor. Me miró obstinadamente con un aire indagador.

            Entra el secretario, gracioso muchacho, que espía mi rostro; trae unas finísimas tazas, piezas únicas de valor incalculable como antigüedad, con un perfumado té de hierbas orientales de un color ámbar ebúrneo y sofisticado sabor. La cucharilla taraceada en plata con un grifo esmaltado en rojo hace juego con el color del traje de Yves Saint Laurent y con el ojo rojo-dorado de mi aún desconocido internuncio; tintinea en las frágiles paredes del bello recipiente. Yo permanezco esperando, porque en la íntima profundidad del alma, no deseo aceptar que he regresado a ese abisal meandro que inoportuno me hace, me obliga a revivir una lujuriosa historia. Aventuro mis nostalgias de tiempos idos y no deseo escuchar los sucesos que nos acontecen. Hay aún un dato escondido. Los teléfonos braman y quien debe tener ese importante coloquio, no puede pronunciar ese nombre que porfía entre mis dientes y mi torturada memoria. Un secretario se desplaza con papeles y me mira con intriga.¡ Señor, monsieur...Michel de Parsarden...un secretario del ministro de guerra le envía este billete con órdenes del presidente! Pase y entréguelo usted mismo. Un regordete hombrecillo rubicundo penetra en la regia oficina, me acerca un sobre. Su extravagante traje verde oscuro con su alegre camisa amarilla trae un aleteo vibrante al nostálgico corazón. ¿Puede en un nivel ministerial un técnico prestigioso llegar a tan grande desenfado en su ropa?

¡Pero es portador de nuevas abrumadoras!

              - ¡Arde Medio Oriente en llagas pustulentas y mortíferas! - expresa penosamente mi mensajero. Ya no hay frontera con nuestra vieja madre. Europa también será presa del horror. ¿Acaso el "Cuarto Caballo del Apocalipsis " está cerca de nuestros Elíseos, del Sena...?- la congoja pintada en un rostro en extremo jovial, es un reto al optimismo.

               - Mi nombre, y recién puedo darle la bienvenida como un caballero es Julien Fhilippe de Colporteur Astucieux, en realidad todos me dicen Jul..., pero ahora debemos abocarnos a lo que nos atañe.- y comenzamos a releer los papeles que cubren el buró.

            Una pegajosa desdicha sorprende mi espíritu. Es irracional. Veo entre el joven Julien y su secretario una controvertida afinidad. Yo reconozco en ellos un torbellino de pasiones controladas. No me puedo permitir ensoñaciones. ¿He vuelto a equivocarme? El mundo se desploma. Sólo atino a comprender que he estado intentando encontrar a otro hombre y creo verlo en todos aquellos que guardan algún rasgo significativo. ¡Debo estar muy trastornado o muy viejo!

            De repente un grotesco estallido hace temblar el seguro edificio y todo comienza a ulular. Las campanas de las aristocráticas iglesias repican sin un criterio musical, las alarmas modernas de incendio, de automóviles, del edificio bancario aledaño, descontroladas, suenan. Ese pandemonium se prolonga mientras nos miramos aterrados. Cae junto a nuestros pies parte del glorioso cielorraso pintado en el siglo XV..., los cuadros se desprenden de sus fuertes soportes. ¿ Acaso un atentado terrorista? Alcanzamos a salir de la oficina y como ratas asustadas. Todos los hombres y mujeres huyen por las escaleras. Julien y su secretario se abrazan en una despedida agónica. Sirenas y gritos. Un guardia de seguridad se acerca y me vocifera que ha estallado un coche bomba con una conocida bandera del grupo mesiánico integrista... corro y llego justo para ver la gran humareda que como un hongo macilento, se alza en el lugar.

            Una hermosa mujer de no más de veinte años se aferra desesperada a mi cuello. Su larga cabellera negro azulada se desparrama por doquier, sus manos finas y bien cuidadas están crispadas en mi traje. Está manchada de un tizne verdoso. Tiene sangre en la nariz y en los oídos. Llora y no puedo hablarle por el tremendo ruido que nos rodea. Su clásico vestido se ha desgarrado y sus pequeños senos blancos se ofrecen como duraznos maduros. Me aprieta y no me deja ayudarla. ¡Es indudable que las noticias de los sucesos acontecidos en los países musulmanes han hecho estragos! Ella indudablemente cree que se está muriendo. Me besa con desesperación y su boca fresca y algo amarga pide a gritos "amor", seguridad..., quién sabe si en mí no está besando a su verdadero amante. La separo con suavidad. Entiendo a esa casi adolescente...nadie puede saber como reaccionar en situaciones límites.¡Ni aún yo que he vivido tantas experiencias!

La joven se disculpa con deliciosa inconciencia y desaparece por las calles empedradas y mojadas por la nieve algo derretida.

            Un coche policial me recupera y partimos junto con Julien y su atrevido secretario, (acá tengo que aceptar que el experimentado conocedor de política exterior es un doncel con apetencias sexuales diferentes, cosa que no me toca a mí opinar). París, está deshilachada y sucia. Gente, antes indiferente, se desploma en su tranquilo mundo edificado con paz. Todo el caos camina desenfrenadamente. Llegamos al palacio de gobierno y aquí nos están esperando tanto ujieres como altos jefes y parlamentarios. Observo rostros de espanto y desdén. Me llevan hasta una sala donde me sorprende una esmirriada figura joven, vestida con las típicas ropas de las mujeres musulmanas,( la burka,el thaub y la chilaba), bajo el negro velo una abrumadora mirada de ojos negrísimos, profundos y hostiles se insertan en los míos. Eleva una mano donde gemas estridentes me ciegan, el tintineo de sus joyas despiertan el recuerdo de una dama que supo desterrar mi soledad y descubrir mi cuerpo al amor. Me señala con el índice y proclama que soy el único que puede mediar entre los terroristas, su padre, el Rey, Emires, monarcas y gobernantes democráticos. Luego se desploma en un sillón y queda como un gorrióncito desplumado.

            - ¿La princesa Azelaís se ha desmayado...? - gimotean los estúpidos desconociendo la materia maravillosa de esa mujer. Alguien la levanta y le sirve una bebida para reanimarla. Yo la observo y transito en mi memoria. ¿Cómo haré para acercar una solución al conflicto? Me desplomo en un sofá, que rezonga con mi desparpajo. Un auxiliar se me acerca con una pequeña bandeja de plata. No lo he visto antes pero su presencia me tranquiliza y en el mínimo objeto un papel doblado hay una palabra escrita en tinta negra. Lo reconozco. Me levanto y dirigiéndome a todos les reconforto diciendo:- Voy a tener en unos minutos una reunión con el jefe de la facción terrorista. Me espera en un lugar secreto. Nadie debe venir tras de mí. Ruego mucha prudencia. Adiós y suerte.

             Salgo bajo la conmovida mirada de todos los  que allí se debaten entre la ignorancia y el miedo. La calle con frío invernal me reconforta. Siento, deseos de comer algo...es imposible en estas circunstancias. ¡Hace casi veinte horas que no he probado bocado alguno! Extraño Buenos Aires, su humedad y el ruido despiadado que produce su gente increíble. Ahora ellos estarán en sus casas mirando asombrados en sus televisores lo que acontece en la admirada Europa. Sigo en el moderno automóvil que se aleja hacia Neuilly Sur Seine, por el este, para luego tomar la autopista que nos aparta de París. (Debo evitar nombrar el lugar del encuentro por razones obvias)

            Un " Château" derruido, en un paraje desdibujado por el tiempo, me recibe con una luz pegajosa y opaca. Un grupo apenas visible, me admite con dificultad. Vuelvo a sentir el dolor agudo en mi espalda y siento un espasmo agónico en mi vientre, también tiemblan mis manos. ¡Tengo miedo!... ¡No, terror!  Se me acerca un varón recubierto con una capa y un turbante que me impide verle el rostro. Parece esos viejos enemigos de los Santos Cruzados. Un estremecimiento me oprime. Una nube de libélulas se desparrama por el lugar. Él es el temido terrorista. Se acerca y una luz ilumina el rostro. ¡Es Aiol de Lusignan con Raimondín su antepasado y mi antiguo amante esposo...! En verdad ahora sí veo su ojo azul y su ojo dorado..., su cabello lacio que cae sobre sus mejillas como tapando la vergüenza de lo que está haciendo. (¡Mi amadísimo muchacho!) Han venido de otras luchas a un tiempo desconocido y enfrentan una guerra ininteligible. Aiol con el "Unicornio" y Ramoidín de Lusignan, con un estandarte con las armas de los antepasados guerrero. ¡La locura apocalíptica y mesiánica, me desconcierta ! ¡Es él, Aiol, un verdadero espectro, con el nombre de Salah ed -Din (Saladino, el enemigo del Santo Sepulcro), mi viejo adversario...! ¿El demonio?

            Un ángel penetra por un ventanal y me trae junto a varias hadas, mi antiguo "Cuerno de Óberon". Veo entrar a mi madre, el hada "Presina" que con privilegio real, me devuelve mis perdidos dones momentáneamente. ¡Es verdad que me crecen mis lindas y suaves alas, mi cola de escamas azules y plateadas...pero logro arrancarle a los dislocados fantasmas el "Unicornio " y con las palabras mágicas redimo entre inciensos y cánticos el maldito desorden creado por Aiol y su grotesco guía! La tierra, esa intrincada, blasfema y majestuosa maravilla, volverá a ser un caos de aviones, automóviles y gente común, que se ama. Quieta un instante, luego vuelo y beso los fríos labios de Aiol, que me hacen estremecer de pasión, (recuerdo  a Julien y a su secretario), más... me despido nuevamente de mi cuerpo humano y salgo volando rumbo al infinito.

             ¡Tal vez, tal vez vuelva a Buenos Aires y me siente sobre el tejado de ese magnífico edificio de la embajada, como un adorno añoso, como una gárgola de alabastro o peltre; a contemplar el río y aprenda a tararear un tango...! ¡Total he vuelto a ser inmortal!

                        ¡Ah, antes de partir...mi nombre es Melusina...!

 

                                                                       Homenaje a Manuel Mujica Laínez y su cuento: “El Unicornio”

NO LAS QUEMES

 


 

Resurrección conoció a Paco en la puerta de la ermita de San Cucufato. Él, ya la había visto en la feria del domingo de San Blas, y la vio tan “maja” que se prendó de sus lindos ojos negros y como bailaba la sardanas junto a unos tíos y mozas del pueblo.

Su vecina, la Consuelo fue la que los presentó y acompañó al Paco para hablar con la madre de resurrección. El padre, había marchado a Bilbao a un trabajo de ciudad. Regresaría en el verano para las cosechas.

Breve fue el noviazgo y hermoso el casamiento. Paco tenía una pequeña casa heredada de su abuelo paterno en Molino das Rey y allá se fueron a vivir. En esos tiempos había mucho campo para arar y sembrar. Y la muchacha, trabajaba a la par de su enamorado. Ese año comenzaron a sonar voces de guerra. Había gente que no quería al rey y buscaban el alzamiento con banderas de muerte. Se enfrentaron entre hermanos, padres e hijos, pueblos contra pueblos. ¡Y había mucho sufrimiento! Para colmos la muchacha, quedó embarazada y Paco, salió a luchar sin saber muy bien a quién quería más y a quién quería menos. Era una guerra de otros. Pero un fusil, lo obligó a dejar sola a su amada.

Nació Paloma. Una morenita de ojos pardos que miraban asustados cada soplo del viento en el erial. El campo sin los fuertes brazos de Paco, estaba yermo. No quedaba casi nada. Habían incendiado la ermita de San Cucufato y prohibida hacer la feria en el día de San Blas. Pero las mujeres sin obedecer a los revolucionarios, se juntaban en escondidas a rezar el rosario a la virgen de Montserrat. Que desde la montaña, observaba a los poblanos.

Corría la voz que la quisieron quemar e inexplicablemente, no pudieron. ¡Eso fue la señal para las mozas, que siguieron con sus letanías en escondidas! Crecía Paloma, con la ayuda de su abuela que vino a vivir con Resurrección. Plantaron tomates y patatas, zapallos y consiguieron unas ponedoras entre las mujeres, que en verdad, muchas no sabían el porqué de esa guerra tan cruel e inútil. El rey había escapado con su familia de España y las noticias para esa gente llegaban tarde y mal. Casi todos no sabían leer ni escribir o apenas lo hacían. De boca en boca se pasaban palabras nuevas. Pero fueron suavizando el dolor por necesidad.

Pasaron tres años y llegó al pueblo un mozo de cuadra, era guapo y apenas conoció a Resurrección, se apersonó a la casa con un pretexto y la “romereó”. Ella al principio lo evitaba, pero él, consiguió conquistarla por medio de ser tierno con Paloma.

Un día habló con el padre de la muchacha, que había regresado muy herido de la contienda. Ya no podía ir a Bilbao a trabajar y apenas ayudaba en la tierra. Al viejo le vino bien este hombre joven y se apresuró a convencer a la hija que lo aceptara. Y dos meses después, se casaron entre las ruinas de la ermita. Algunos vecinos comenzaron a restaurar la capilla, que por antigua y necesaria para bautismos y casorios, era un hito en el pueblo.

Pasó un tiempo, y nació Pilar. Otra hermosa niña de ojos celestes como los de su padre. Alegre y siempre cariñosa. Paloma, sintió celos. Unos besos y unos coscorrones de vez en cuando no le hacían mal, decía. Fueron creciendo las hermanas. Asaron de ser una familia de campesinos a ser una familia de pueblo, ya que el Gaspar, por ser mozo de cuadra, tuvo que vivir más cerca de la plaza y del ayuntamiento.

Las niñas ya tenían diez y trece años y los abuelos habían quedado en las afueras de Molino das Rey, en el camposanto. Cuando desarmaron la vieja casa de piedra, encontraron en un baúl siete muñecas de hermosa losa antigua. Resurrección se las dio a las niñas que pelearon horas por poseer cada una la que quería la otra. Gaspar al regreso de su tarea, entregó como un juez imparcial a cada una la que a él, le pareció mejor.

En la escuela las niñas, no hablaban de otra cosa que de sus muñecas. Todas las mocitas querían ver las famosas muñecas. Era el sueño de cada una y de todas. Inventaban juegos y tareas para ir a la casa de sus compañeras, era sólo querer verlas e irse.

Ambas seguían discutiendo por las que tenía la otra. Un día, Paloma, decidió hacer algo definitivo… Tomó las que le gustaban a Pilar y las llevó junto al hórreo puso leña seca y cuando tuvo un buen fuego comenzó a quemarlas. Salió corriendo su madre. Paloma ¿Qué haces, no las quemes? Eran de tu abuela. Y logró salvar unas cuantas.

Hoy Paloma y Pilar han vendido las que quedaron sin fuego en el valor de un auto recién salido de fábrica y de alta categoría. ¿Qué hubieran comprado si no hubiese carbonizado las otras? Ahora, grandes y muy hermanadas, se consuelan por aquella idea de quemar sus muñecas.

 

HÓRREO AJENO


 

Don Gregorio llegó de Málaga con un pequeño maletín y una bolsa con algunas ropas viejas y gastadas. Lo de mayor valor era su cáliz y su patena. Se la había entregado un monseñor anciano que ya no podía con su artritis y su ceguera.

La capilla estaba en ruinas. Alrededor, tumbas viejas desmembradas y rotas. El panorama era desastroso. El viento envolvía la flora silvestre que crecía por doquier. Volaban algunos pájaros por el resto del campanario y los nidos parecían verdaderos hervideros de paja y plumas. El cura, se sentó en una roca, cuando la miró, se dio cuenta que era el resto de una lápida. “¡A la amada Esperanza!” y no supo si llorar o reír. Le esperaba un trabajo inmenso.

Ingresó por una puerta destartalada que daba al refectorio. Los techos tenían algunas luces, por allí volaron dulces palomas como espíritus fantasmales. Sacudió con su bufanda una mesa y una silla. Volteó a buscar otra habitación y vio un candado. Esa entrada seguro daba a la única habitación de la capilla. ¡La casa parroquial, le habían dicho, está un poco abandonada! El último pastor, falleció hace treinta años. No se pudo enviar a nadie. Buscó y rebuscó la llave, debajo de una losa, la encontró. Abrió con dificultad, pero… ¡OH, sorpresa, todo estaba allí intacto, limpio y bueno! Una pátina de polvo y algunas telarañas cubrían las sillas y otros muebles.

Encendió la salamandra y el calor comenzó a suspirar por entre las frías paredes. Encontró la ventana tras unas cortinas pesadas descoloridas. Las descorrió y entró un rayo de sol, tenue y libre sobre la habitación y vio el más bello rostro de Jesús, en Buen Pastor pintado sobre tela, que no imaginó nunca encontrar allí.

Sacó de entre sus petates un trozo de pan y queso manchego. Sacó agua de un grifo rezongón que dejó escabullir agua oscura hasta que límpida como la mirada del Cristo, le salvó la garganta del sabor amargo de esa dura soledad.

Comió rezando unas letanías y caminó hasta un lecho, que se quejó cuando quiso apoyarse en él. Sacudió la colcha y volaron mil pequeñas estrellitas de polvo. Se tiró y quedó dormido.

Un golpe sordo lo despertó. Alguien había llamado a la puerta o a la ventana. Somnoliento, apretando sus ojos lagañosos y doloridos, se dispuso a ver quien era. Un mozo de unos veintitantos años estaba parado allí con una enorme sonrisa. ¡Soy Orestes Segovia, su vecino! Bienvenido a nuestro pueblo. Lo hemos esperado tanto, pero ya está acá y le ofrecemos ayuda.

Don Gregorio, se puso las gafas y acomodó el hábito que lo esperaba en una silla. Se ajustó el rosario en el cinto y abrió. ¡Bienvenido tú, muchacho! Un apretón de manos y detrás un par de mozalbetes con herramientas varias se apresuraron a saludarlo. El ruido espantó a un perro vagabundo que se había acercado. ¡De quién es ese pillo? ¡Pues suyo si lo quiere! Y sin pensarlo mucho, el padre lo aceptó, tendría un ayudante extra con las probables alimañas.

La tarea de reconstruir la ruinosa capilla fue ardua. No se hace en dos días lo que se abandona en treinta años. Lentamente fue acercándose la gente. Las campanas, una vez vueltas a colocar en su lugar, sonaban con el viento o cuando el hombre de Dios, se colgaba para llamar a misa. Primero vinieron las viejas, curiosas para ver a su nuevo cura. Luego se fue pasando la voz: ¡Es un poco pachorrudo, pero parece bueno! Es algo viejo. Es sereno y habla bien. Y cada parroquiano daba su impronta según les parecía.

La Teófila, viuda del comisario, que tenía un buen gallinero, le trajo varias, con un gallo para que pudiera comer. Pues comenzó la envidia: Eleuterio le trajo un cochinillo para que criara. Doritila y Fidel, un par de conejos que pronto se reprodujeron tanto que comenzó a regalarlos. Así fue creciendo la comunidad y la parroquia.

Para Semana Santa armaron un Vía Crucis con pompas y campanillas. Flores de las casas y no faltó quien quisiera prestar a su muchacho para que representara al Cristo. Don Gregorio, tuvo que ponerse firme. ¡Eso aquí, no se hace! Ya arreglada la iglesia y el cementerio junto a ella, comenzó el pastor a caminar el pueblo. Vio lindos campos sembrados y pequeñas parcelas de frutales. Y se enamoró un hórreo que tenía un vecino cercano al ferrocarril. Comenzó a preguntar, qué quién lo hizo, qué si era difícil, qué si puedo hacerlo… y Orestes le propuso ayudarle. ¡Haremos el mejor! Y así fue que buscó un espacio cerca de su casa parroquial, limpiaron de árboles y plantíos innecesarios. Y comenzaron a levantar las columnas bien fuertes, con sus buenos moldes voladizos para evitar las alimañas, y lo hicieron tan bello y tan grande que parecía ajeno. De otro lugar, de otro dueño. Don Gregorio, se sentó a contemplar la obra y secándose el sudor, dijo: ¡Será para historia de este pueblo!  Y así fue nomás