jueves, 22 de enero de 2026

LLEGANDO A TAIWÁN


 

Fue un viaje mágico. Al pisar tierra y enfrentar ese mundo de gente arremolinada con sus bártulos, ver cada rostro con sus ojos llenos de luz, me sentí que entraba en un el territorio irreal de otro planeta. No veía en ningún rincón un occidental y pensé que estaba irremediablemente en otro mundo. Entendí lo que es ser analfabeto. Cada cartel, cada señal, me era ajena. No entendía qué decían esos signos que ordenaban la vida de los humanos. ¡Gracias a Dios iba rodeada de mis amigos que sí, eran taiwaneses y me ayudaban!

Estaba invitada a la boda de uno de mis alumnos que había alfabetizado en castellano en Argentina. Viajé con toda esa hermosa y generosa familia de 35 personas. Apenas pasamos aduana subimos a una trafic para ir a Taichung, nuestro destino. Cansada y sorprendida, miraba un verdadero enjambre de autopistas que se enrulaban en distintas direcciones y en distintas alturas una sobre otra como los edificios de departamentos de las grandes ciudades.

Desde la ventanilla miraba sorprendida en las casa luces rojas. En mi ignorancia pensé: “¿Cuántos Hoteles Alojamiento o Burdeles?” Cosa que no congeniaba con el estilo de vida de los “budistas” y siendo tan estrictos con la educación de las tradiciones. ¡Me equivocaba! Supe al llegar a la casa de los mayores, que eran los “altares familiares” que se entronizan en cada vivienda a los Antepasados.

Esa noche caí redonda al lecho. Habían alquilado una cama occidental, para mí, ya que ellos duermen en edredones en el piso de la vivienda. A la mañana siguiente sentía la sangre como si hirviera. Era el haber dado vuelta alrededor del mundo hacia oriente. Me esperaban en la casa de al lado. Las viviendas tienen cuarenta metros cuadrados. Y son muy pequeñas. Poseen un baño mínimo, pero con una profunda bañera con agua caliente que disfruté. No tienen cocina al estilo occidental, ya que el ama de casa se sienta en un pequeño escabel, corta las verduras en un recipiente y por orden del gobierno no pueden acumular desperdicios por cuestiones ecológicas. Ya no hay espacio para la contaminación. Es una isla de alrededor de seiscientos kilómetros cuadrados con una montaña en el medio y agua alrededor con más de cuarenta y cinco millones de habitantes. ¡Hasta los perros están en jaulas apiladas una sobre otra en las (ínfimas callejuelas) como en propiedad horizontal!

El desayuno excelente. El cariño indescriptible. ¡Pero me tenía que adaptar a su tradiciones! Por lo que la primera tarea fue asistir a saludar a los ancianos de la familia. En la casa de la “Abuela” caí como un extraplanetario. Me acercaron a la dama que ocupaba un sitio importante. Allí, yo, ignorante recibí un “rosario de cuentas budista” y que tomé afectuosa y le “plantifiqué un beso en la mejilla a la abuela”. ¡OH, el ¡Ay! ruidoso de toda la familia me paralizó! ¿Qué hice? Ella sonrió y dijo algo en taiwanés. (No se preocupe… he visto en televisión que los occidentales se dan besos). ¡Era la primera vez que alguien en su vida le había dado un Beso!!! Ni siquiera el esposo, ni los hijos, ni los nietos. ¡Ni sus padres! Y yo, mendocina ignorante le dí el primer beso de su vida. No sabía dónde esconderme. Pasado ese momento, me subieron a un auto y por tortuosas callejuelas me llevaron a un sitio donde según me explicaron tenía que honrar a el “Abuelo” que había fallecido hacía poco tiempo. Llegamos a un parque de no más de una manzana. Allí había una especie de tumba redonda frente a un atrio donde a los costados había dos estatuas de cerámica de colores vivos, que representaban a un hombre y a una mujer. Vestían trajes tradicionales. Me entregaron tres varillas de incienso color rojo con letras doradas, me indicaron que pidiera autorización a las figuras de cerámica para acercarme a la tumba. Así lo hice. Explicando quién era yo, y luego comenzó mi ceremonia de bendición y honra al “Abuelo”. Lástima que no tenían una filmadora, sería genial para una película ver una mujer occidental, haciendo reverencias con el fuego sagrado de las varillas. Luego el resto de la familia hizo sus bendiciones. Yo como católica me sentí muy emocionada, Dios, pensé está aquí junto a mí.

Cuando regresamos a la casa, me sentí muy feliz. Pero…debía ir a la casa de otro familiar a cenar por mi condición de docente de los futuros esposos. Allá fui, con un regalo: Un disco de Tangos, porque la dueña de casa amaba el tango Argentino. Conocía todas las letras de memoria: Gardel, Tita Merello, Discépolo, Del Carril…en fin yo ni se la mitad y tampoco lo aprendí a bailar, cosa que siempre lamento. Esa noche me recibieron como una reina. Catorce platos diferentes era el menú. ¡La esposa del hijo mayor, cocinaba sin participar de la cena! Yo no lo podía creer.

Antes de la boda, me llevaron a conocer el Instituto donde habían estudiado mis alumnos. Era un colegio Jesuita. El director, un norteamericano, sacerdote, hacía diez años que vivía en Taiwán y a través de mi italiano, ya que no hablo inglés y mínimo mandarín, le pedí la comunión. ¡Nunca lloré tanto como en ese momento! Tan lejos de mi patria, rodeada de budistas y tomado la Santa Hostia, era un regalo que me deparó la vida.

Luego de la ceremonia donde se prometieron Kuo Wei y Pey Ti, me invitaron a conocer el sur; tomamos el tren a Caushung, y atravesamos los campos de arroz de esa hermosa isla. Isla que fue nombrada en la antigüedad como “Formosa” por jesuitas portugueses…y realmente es hermosa. Pasé veintinueve días increíbles.

Siempre me sorprendo reconocer que no conozco zonas de mi país y recorrí de norte a sur y de este a oeste aquella maravillosa y pujante isla: Taiwán.

 

UNA VOLANTA EN EL CAMINO

 

 

                        "Reír es la música del alma"

 

Apenas puedo imaginarme lo que era atravesar ese largo espacio en un país tan lejano al que los vio nacer. Eran dos hermosos gemelos. Ni quisiera pensar lo difícil que sería aprender el idioma de esa gente tan distinta a los que habían llegado con ellos. Su tierra de nieves eternas, vientos gélidos y bravos animales salvajes les sucedieron un sin fin de transformaciones. Ese lugar tenía temperaturas desérticas, vientos calientes y nada de humedad.  

Maximiliano y Godofredo eran idénticos. Altos, muy altos, llegaban a los dos metros y eran de una piel glauca. Ojos de color celeste; y faltos de alimentos por bastante tiempo, les bailoteaban los pantalones de loneta rústica y sus gabardinas. Unos gorros de piel de oso color negro cubrían sus orejas y usaban unas botas de cuero engrasadas a mano con unto de animales, el olor era duro y desagradable en ese calor insoportable.

Les habían entregado un trozo importante de esa agreste tierra primitiva, unas herramientas que bajaron en un cajón del vagón del tren que los transportó tantos kilómetros de la costa. Ahí, no había mar. Un hilo barroso de agua viboreaba por la tierra amarillenta... ¡Ese es el río! Y algunos arbustos espinudos colaboraban para ser el hogar de serpientes y roedores que escondidos salían en la noche de cacería.

Se despojaron de la ropa y a cuerpo desnudo comenzaron a buscar leña. Ariscas alimañas escapaban de los pocos árboles retorcidos y secos. El polvo bravío se pegaba al sudoroso cuerpo de los muchachos. Un sucio pañuelo les cubría los rostros. Las manos comenzaron a llenarse de ampollas y a sangrar. Rompieron camisolas y se atravesaron las palmas con fuerza. Lograron levantar un habitáculo pequeño que los pudieran cobijar. La noche, con sus ruidos destemplados les llenaba el sueño de temores. Eran los animales salvajes que habitaban la región. Alrededor encendieron un fuego para distraer la angustia. ¡No se atreverán! El frío de la noche los encogía sobre sus mismos cuerpos.

Alguien les había advertido: - ¡Acá de día hace mucho calor y en la noche hiela! Al amanecer se veía la escarcha en los arbustos. Y cesaban los ruidos. ¡Eran monos y jabalíes salvajes! Merodeaban pero no tan cerca como para dejarse ver.

Una tarde, cuando ya el sol se aplastaba debajo de la tierra lejana, apareció un hombre de a caballo. Su figura era la de un fantasma gris oscuro, sombrero aludo y poncho de lanilla negra. Lo seguía un perro que por el porte se notaba viejo y cansado, pero alerta.

- ¡Buenas, soy Casimiro Reales, su vecino más cercano! Vivo a varios trotes de acá, sino una legua y media. Vengo a conocerlos y a ofrecerles una mano. - y se apeó con una mirada profunda y oscura, hociqueando el lugar como husmeando lo que veía.

- Somos Maximiliano y Godofredo Polansky, de Zelininlsky. - y llegamos hace muchos días. Nos cuesta hablar su idioma. - se miraron con preocupación.

-¿Son hermanos iguales, como espejos de agua? Y raros. Nadies les dará pal corte de la tala o el arreo de animales. - y salió un escupetazo de su boca ennegrecida por  masticar tabaco. -¿Tienen mujer?- no se anden por el boliche en busca de hembras porque están todas podridas.

 Maximiliano le alcanzó un vaso con vodka. - Este es el licor de nuestra tierra. ¡Beba de un trago, amigo!- y se miraron con astucia.

- ¡La pucha que es juerte este trago! - y escupió de nuevo. - Bueno ya les aviso, en cuanto vean una sombra sobre aquellos palmares, es que viene tormenta. Y de las buenas, arrancan todo hasta las ráices.- Sin mediar palabras, se fue alejando al trote en su manchado   y el perro salió tras el hombre con un paso extraño. Se volvió el jinete y gritó... ¡Tiene ruman en la patas de viejo, no má!- y se vino la noche.

 

Pasado un tiempo comenzó a hacer más calor y comenzaron unas fieras tormentas. Se acababa la harina, el té y el azúcar que habían traído en sacos grandes de arpillera. Y decidieron ir al boliche. Caminaron tres horas con el sol que agobiaba sobre sus pieles blancas. Sudor y tierra, insectos que se metían en las fosas nasales, en los ojos, en la comisura de la boca... ¡Un verdadero martirio! Avistaron un rancho, luego otro y así se dieron de frente con un corralón que era el único negocio de venta. Un pintoresco cartel, anunciaba: ¡Acá está La Flor de lo que Buscas! Ingresaron y veinte o treinta pares de ojos se posaron en los hermanos.

-¿Qué buscan los "rusos"?- y se restregaba las manos el obeso vendedor. Olía a ajo y menta. Un rudo delantal cubría el abdomen inmenso del hombre que los miraba debajo de unas bolsas morenas en sus pequeños ojillos negros.    

 Maximiliano, habló en su difícil castellano. Su hermano aun no se atrevía. Era muy duro de lengua. Pero antes viraron sus ojos celestes por todo el lugar para identificar sus necesidades. - Necesitamos todo esto y le entregó un papel. - el viejo Kaled, lo tomó y alejó de su vista, se acercó a la lámpara que iluminaba el lugar y leyó...

- Una bolsa de harina de trigo, una de azúcar morena y té. Vodka, tres litros. - se rió a carcajadas.- ¿Qué es el vodka? Acá no lo conocemos. - desde atrás se oyó una voz que ya habían escuchado los hermanos. Se volvieron y encontraron la figura de Casimiro, que reía también. -Es un kerosene que beben estos rubiecitos. - tráigalo la próxima y verá, don Kaled, es puro fuego.

- ¿Y cómo van a pagar y en qué lo llevan? - los muchachos se miraron. No tenían caballo ni carro. Un curioso que quería hacer migas ofreció... -¡Yo los llevo en la volanta!- seguro han matado alguna yarará y descueraron, me pagan con el cuero.

Los muchachos se miraron sorprendidos. ¡Sí, matamos varias y enterramos los bichos! En nuestra tierra no hay esas semejantes víboras. Y bueno, le dejamos dinero. Y cargando los costales salieron al trote por el camino en la volanta. Poco hablaron con el hombre, pero les pareció que era bueno.

En un recodo del río, se detuvo y les pidió los billetes. -¡Hasta acá los llevo!- más allá no dentro, está malo el tiempo y floja la tierra. Les queda poco trecho. Y los bajó así como así. Con los bolsones pesados sobre los hombros siguieron hasta la habitación de barro y piedras.

Comenzó a llover y el viento entraba por todos los agujeros. Pasaron una noche infernal. Algo les ingresó en el espíritu. Una duda infernal sobre el futuro. ¿Por qué tenían que salir de un lugar tan miserable y entrar a uno infernal? Fue creciendo en ellos una serpiente venenosa de odio, deseos de venganza, de ira irrefrenable. Su tierra los había expulsado por árida y yerma y los había depositado en otro tan desventurado como ese. Se acoplaron en una visión del mundo nefasta.

Pasado unos meses, en la zona, comenzaron a aparecer incendios descontrolados donde perecían animales y gente. Luego ya eran cadáveres desmembrados por lugares donde solo las aves de rapiña sobrevolaban en busca de alimento denunciando muertes.

Finalmente, una noche, de entre la niebla, Casimiro Reales, se despenó de la cabalgadura, espiando las sombras y los vio. ¡Eran ellos! Los alcanzó a mirar y con su trabuco viejo desgarró el corazón de los hermanos. La sangre de los "gringos" bañó el yuyal entre los gritos desgarradores del viejo que ya había matado antes, pero de frente y sin ira. ¡No pueden venir a destruir la vida de un hombre como a perros con sarna!

FEMICIDIO

 

Entró en forma clandestina en la casa. Un arrebato de silencio lo envolvía. Franco caminó tratando de no pisar las maderas rotas del piso. El viejo seguro que dormía. A esa hora, Nemesia sin duda le servía una sopa fuerte de huesos y verduras y sentado en el sillón se dormía hasta la madrugada, en que entraba un rayo de luz por la ventana. Todo revuelto y sucio. El olor a moho penetraba la nariz del más sencillo. Abrió el ropero donde el anciano guardaba la pistola. Envuelta en un paño apolillado estaba como un pájaro muerto. Salió tal como entrara. Parecía un fantasma.

Esa mañana, encontraron al viejo dormido, muerto y con una sonrisa dibujada en el rostro desdentado. Nunca se enteró que Franco había ido a marcar con una anémona roja, la frente de su amante en el motel.

MENTIRA, PURA MENTIRA

 

La Dulce Pamela, era la chica más linda de la Villa y todos los “moscardones” la seguían. Ella no les dirigía ni una mirada. Sólo, sonreía a Délfor, el hijo del contador del banco, que era según las tías y su madre: “El candidato”. Un día, cuando el padre de Pamela abrió el periódico matutino y leyó el aviso, casi se infarta. Aviso e invitación: “El próximo sábado, con misa de tarde, se realizará la boda de la señorita Dulce Pamela Paiva con el joven Lindor Robledo” luego se servirá un lunch en el club social de Villa la Virtud.

El grito se escuchó desde la cocina. Dulce al leer semejante barbaridad, se largó a llorar y se desmayó. ¡Era una mentira! Como un rayo los padres fueron a la escuela, a la Catedral y al diario a indagar por ese mensaje. Era un chiste de sus compañeros que se burlaban de Dulce y del pobre Lindor, joven de muy cortas luces e inteligencia, pobre como las ratas y tímido como el chajá. La historia, todavía se relata. Dulce se fue del pueblo y no regresó jamás.

 

Juventud...

 

En Villa la Virtud, contaba el tío Pepo, los estudiantes se sentían agobiados por las horas de encierro entre cuatro paredes del aula. Se escapaban por una puerta lateral. Tomaban el Bondi y se iban a lo del “Cañito Azul”, un bodegón de mala muerte. El viejo Eleuterio, que ya no veía bien, les servía una ginebra doble y comenzaban a jugar “truco”, cuando escuchaban el reloj de la Catedral dar las seis, salían corriendo. Entraban a la escuela por la misma puerta que habían escapado, y salían por la fachada principal, porque muchos padres los iban a buscar. De más está decir que nunca ninguno terminó quinto año. 

martes, 20 de enero de 2026

EN LOS ESCOMBROS

 


 

Caían uno a uno los ladrillos seculares. Un polvo agrio atrapaba la poca saliva que quedaba en la triste garganta cerrada del obrero. Era uno de esos inmigrantes atormentados por el hambre. Era un hombre solo. Pobre. Hombre sin esperanza, casi. Soltó el pico y acomodó un ridículo sombrero en su cabeza. Amoratadas manos duras sobaron el pescuezo secando el sudor. Se escupió esas manos embarrándolas. O no. Se refregó y continuó con su obra. Pensaba en el tiempo que le quedaba para el crepúsculo. A esa hora, las diecisiete u dieciocho, regresaba a su habitación compartida con otros parias como él. Una línea más de ladrillos y llegaría hasta el piso. Había sido hermosa esa vivienda añeja. ¿Por qué la demolían? ¿Aun sirve, pensó? Yo no tengo casa y ellos destruyen ésta tan hermosa. Su boca siempre cerrada no admitía una réplica. Había visto poco al arquitecto. Lo contrató apurado. Estaba siempre apurado. Por las rendijas de puertas viejas, despintadas, lo espiaban ojos invisibles. Él sabía. A veces se entreabría una celosía gastada y percibía  una presencia humana. Nunca vio a nadie en realidad. El calor era sofocante. El polvo penetraba en sus más íntimos orificios. Estaba solo. Siguió mecánicamente con el pico, rompe que te rompe. Su mente se fue como ave migratoria a un territorio ajeno. Se fue lejos. Sólo quería que el sol se disparara hacia el poniente.

El hierro dio un golpe agudo. Chispeó en una losa de granito. Se detuvo. Se alejó un instante y se prendió a la botella de agua. Estaba tibia. Gorgoteó en su garganta reseca. Sintió alivio. También asco. Estaba muy caliente su agua. Quizá en otra región la gente fuera más solidaria. Allí eran de arena, escurridizos, secos, muertos. Se sentó bajo un árbol que daba una sombra enorme. El verde era un paraíso de frescor impensado. Ya hacía tiempo no sentía dolor en sus músculos agarrotados. Cerró los ojos un minuto. Sintió un perfume a madera de nogal. No supo de dónde provenía. Se quedó quieto, allí, sin siquiera atinar un suspiro. Cuando se incorporó necesitó un esfuerzo inusual para volver al pico.

La losa estaba allí, con una inscripción, apenas perceptible. Tal vez no debía tocarla. Pensó en esperar al patrón. Y dejó ese rincón para luego.

Sintió que mil ojos invisibles lo observaban. Se sentían los metales herrumbrados mordiendo en las fallebas de ventanas y puertas. No vio a nadie. Ellos estaban, seguro ellos estaban, aunque no se mostraban nunca. Buscó otro ángulo de la vieja casa. Comenzó a demoler la chimenea. Era bella, recubierta de mayólicas pintadas. Un magnífico escudo labrado en bronce; y pintado. No alcanzaba a leer lo que decía.  Tomó la decisión de no romper las bellas piezas. Con una pequeña azuela comenzó a hurgar en el pegamento que las incrustaba en la chimenea. El tizne saltaba entre los colores frescos y caía como lluvia imperceptible. Era sorprendente con la facilidad que podía desprender los pequeños cuadraditos. Fue haciendo un atadillo y los escondió entre los montones de escombros. Sintió que a medida que se desprendían iba apareciendo una madera noble de color claro. Alguien, en algún momento de su historia, había escondido en ese lugar algún secreto.

Raspó y descubrió un agujero. Estaba realmente alterado. Eran ya dos cosas extrañas para un solo día. Se quedó quieto. Apoyó el pico y la azuela contra la losa de granito y automáticamente comenzó a su alrededor un raro movimiento. Se deslizaban haciendo un mágico ruido sordo. Hipnotizado comenzó a mirar el hoyo profundo. Al abrirse totalmente, se vio un muñeco hecho en paño de lana, crines, ojos de cristal y de apariencia humana varonil. Tenía un afilado estilete de acero toledano atravesando el frágil cuerpo. Parecía la imagen de un enano. Pero con forzada dificultad lo tomó sacándolo del insólito escondrijo. Lo acomodaba en un rincón cuando comenzó a ver que gente de todas las edades comenzaba a caminar por pórticos, aceras y calle. Como autómatas todos convergían en el amplio habitáculo. ¿Eran espectros o curiosos? Él, no entendía nada. Era muy ignorante. Además el terror lo petrificaba.

La tarde se estaba acostando sobre la construcción desmantelada. El jornalero sudoroso se afanaba entre ese sin fin de ojos acuosos. Buscaba un lugar por dónde huir. Ya no hacía el calor sofocante de la tarde, pero sintió igual la fiebre que le secaba la garganta agostada. Salió disparado.

La noche cubrió el edificio. Una figura fantasmagórica atravesó el portal derruido y se agachó en el frío pavimento antiguo. Se deslizó por el oscuro agujero y desapareció en las sombras. Un helado viento comenzó a mover las hojas del árbol y algunas ramas débiles comenzaron a quebrarse en una danza sutil. Nada hacía prever los sucesos que luego acontecieron.

Al regresar el día y aportar la canícula  lujuriosa de enero, el obrero destapó su miserable rectángulo personal en la demolición. No encontró nada. No estaban las tejuelas, ni las mayólicas, ni el pico, ni la azuela. Nadie aparecía en el desmedrado edificio desmantelado. Se acercó a la cavidad pétrea y allí hecho un ovillo encontró al arquitecto con un estilete atravesado en la garganta. Su mirada extraviada en un punto alejado. La mano en un gesto infantil de pánico. Ni una gota de sangre. Ni un grito en la noche. Nada. Su traje de estricto corte inglés, su reloj de oro, su blanca camisa de seda y sus zapatos impecables. En la mano que estaba bajo su cuerpo, una moneda antigua con el noble emblema de la familia. En el augusto escudo un lema en latín: Verum moritura sumus.

El hombrecillo atrapó desconfiado sus ínfimas posesiones y salió corriendo en la calle empedrada y se perdió en la villa.. 

    

 

                                                          

LA SOBERBIA

  

            Matías Roca caminaba por la calle del sector bancario y en la esquina de 12 Sur y 34 Este, tropezó con un hombre. Iba muy distraído, nuevamente le negaron la edición de la novela. ¡Estaba enojado y lo insultó! El otro, lo tomó del brazo y le dijo:- ¡Vamos Matías, no te enojes así, reconocé que venías leyendo el celular y no me viste!- ¡Oh, sorpresa era Rogelio Freites, su compañero de secundario!

            -Te invito a tomar un café y lo condujo suavemente hacia un bar en la esquina. Mozo traiga…¿Qué tomás un trago o un cortado? – Un cortado con tostadas. Gracias.

            ¿Qué ha sido de tu vida Matías? Hace por lo menos veintitrés años que no hablamos. Te vi tan molesto que espero me des una explicación.

            -Aunque no me lo creas, soy el mejor escritor de este momento, Rogelio, pero la envidia de los mequetrefes de pacotilla me tienen cansado. ¡Soy el mejor y no me valoran! Han premiado a cada desconocido, a cada mentecato… ya me harté.

            Te lo digo, todos se creen los mejores. No saben escribir ni la o con un platillo y dicen ser grandes escritores.

            Les encanta que los llamen de las radios y las universidades y hablan sandeces. A veces creo que si los das vuelta no les sale ni una palabra hermosa ni una narración digna. ¡Pero ellos se creen superiores! Y se burlan de los que no se muestran ante el público con palabras difíciles y sin mucho argumento. Si te invitan a un lugar donde se juntan escritores de calidad, fingen no poder ir, porque saben que no podrán con la soberbia y la rabia de no ser atrapado por los micrófonos. Se compran ropa importada y comentan al pasar que vienen de traer un premio de un país extraño, lejos, donde le hacen los amigos un precioso certificado o una plaqueta dorada con sellos que imprimen en Internet.

            Los he visto pelearse por una silla. Sentarse en los primeros lugares y sufrir cuando se le acerca alguien y le susurran que ese es el puesto para otro. ¡Seguro más famoso de verdad que él!

            Nunca aceptan que hay verdaderos creadores dotados por la palabra y que hacen gala de una humildad exquisita. Como yo.

            ¡Por eso yo te digo amigo, no te dejes apenar por los soberbios! Ellos pasan y no dejan huellas indelebles como los que de verdad valen ser leídos.

            -Bueno, tranquilízate. ¿Has escuchado el nombre de Saverio Luna? ¿Al que le dieron el premio del diario El País de España, el que recibió el Cervantes el año pasado y este año el Oso de Oro de El Mensajero de México?

            - Quién no lo va a saber, es un desconocido acá en el país, pero dicen las malas lenguas que escribe con seudónimo porque en realidad es un ladrón de ideas y textos. ¡Debe ser un grupo de esos que organizan chicos de la universidad le tiran una idea y los hacen escribir y así ganan premios!- y soltó una carcajada irónica.

            -¿Nunca se te ocurrió pensar que el tipo, el tal Luna, sólo quiere ser poco molestado para escribir y no tener gente alrededor que lo moleste con entrevistas y lo lleven como a un pajarraco de radio en radio y de set de televisión a otro?- lo queda mirando a los ojos a la espera de una respuesta.

            -No, es un bastardo. No escribe bien y debe pagar por los premios. ¡Eso debe pasar!

            -Yo no lo creo. Permitime que te diga dos cosas: primero que Saverio Luna es mi seudónimo y me dieron los premios sin yo saber quién me premiaba, más, nunca me presenté a recibirlos personalmente. ¿Sabés por qué? Para evitar los malos comentarios y la envidia, además no necesito que la gente me conozca, mis libros hablan por mí. ¡Vos hablabas de la humildad y yo me aferré a ella! No me sirve la soberbia, me choca y me molesta. ¡Eh, Matías no te vayas, por lo menos saludame…Matías.