A mis amigos de Marruecos, hoy sufriendo un terremoto.
El camino parecía un velo de gasa ocre. Alguien venía por la
polvorienta vereda que arrimaba a la vieja casa. No había llovido desde hacía
varios meses y el sol era un enemigo que perduraba hasta casi perderse en el
horizonte. Me senté en un resto de pared de adobe que había construido mi
abuelo y que con el viento y el tiempo se iba deshilachando como un trozo de
paño viejo. Las gallinas se apiñaban cerca de mis pies hinchados y doloridos.
Picoteaban en busca de comida y yo, lamentablemente ya no tengo mucho para
darles. Todo está seco. De repente como un fantasma desleal, apareció un
muchacho de no más de trece años, en una destartalada bicicleta y se detuvo
frente a mí. ¿Fátima .... es usted? Apenas le entendí. Yo hablo
"tarifit" y el me hablaba en árabe. Me entregó un mensaje en papel
sellado con una pasta roja. ¡Yo no se leer ni escribir! En mi infancia las
niñas no íbamos a la escuela. Hoy sí, pero para mí fue tarde.
El muchacho desapareció rodeado de una nube de arena y
polvo. Me quedé quieta. Una lágrima corría por mis arrugadas mejillas. ¿Cómo
haría para saber qué contenía ese papel? Tuve siete hijos y casi todos se
fueron alejando hacia las ciudades o están en España. Me sentí sola por primera
vez desde que mi esposo Yussuf partió para trabajar en la ciudad y no regresó
hasta hoy. Yo lo espero. Siempre lo espero.
Ingresé a la casa. Entre las sombras de los muros, busqué
dónde poner seguro el billete que parecía jugaba con mi soledad. Me acerqué a
la cocina. Tenía unos trozos de cordero y el "cus cus" que entre las
brasas daban ese perfume maternal de la infancia.
Me senté a la sombra, sentía el murmullo de las aves y
animales que aun conservo en la parte trasera de la casa. Recordar... mi niñez.
¡Qué tiempo en que mis abuelos y mi madre trabajaban en la huerta, en los
corrales, en la casa! Yo tendría seis años, cuando me perdí buscando una
gallina que se había escapado... y crucé varias chacras y llegué al camino.
Caminé por una calle que parecía un laberinto. De pronto, en una ventana lo vi.
¡Era un maestro! Escribía en una tablilla con un objeto que dejaba huellas con
bellos dibujos. Unos muchachos me vieron y uno, me tiró un higo seco. Me golpeó
la frente y empecé a llorar. Salió el escribiente. Era un hombre anciano de
barbas blancas como la luna, sus manos entintadas y secas, parecían alas de un
ave desconocida para mí. Salí corriendo pero uno de los muchachos me atrapó. Un
coro de ellos reían. Había de varias edades. El maestro, me preguntó qué hacía
allí y si mis padres sabían dónde estaba. Yo entre sollozos le dije en mi
lengua que buscaba una gallina. Más risas. Me dio un higo y me dijo que
regresara a casa. ¡Las niñas obedientes no salen de casa sin compañía! Yo corrí
hacia los lugares por donde había pasado hasta topetar con mi padre que me buscaba.
Su enojo era muy grande. Me hizo entrar a la casa y me dio una penitencia. No
podrás salir a jugar con tu gato y tu perro hasta el próximo día de luna llena.
¡Mamá me hizo un guiño! Faltaban tres días para la luna llena. Ellos se manejaban
con el sol y la luna para plantar o cosechar. ¡Era una vida simple y bella!
Perdonada, me atreví a preguntar: ¿Padre por qué los
muchachos van a la casa del escriba, el maestro de árabe y las niñas no? Me
miró muy serio. Tú, tendrás que memorizar con la ayuda de tu madre las palabras
sagradas. Las niñas no van a la escuela. Y menos tú, que aun eres muy pequeña.
¡Yo lloré una tarde entera! Quería saber escribir como los varones. ¿Padre me
enseñarás a escribir mi nombre? No. Pero
una tarde me trajo en una pequeña tablilla esos maravillosos dibujos y me dijo:
¡Fátima, ahí está escrito tu nombre! Nunca más me pidas otra cosa así.
A partir de ese día me sentí una elegida. Lo dibujé en la
tierra, en los muros de los alrededor con carbón que sacaba del fogón, lo bordé
en un almohadón con hilos que me dio mi abuela. ¡Pero nunca más pude escribir
otra palabra y menos leer!
Ahora miro el papel con inquietud. El maestro, supe por
Yussuf, que murió con noventa años. Vino un extranjero a enseñar. Era un joven
que reemplazó al viejo maestro. Y su imagen aun está viva en mi memoria, ya que
un día se acercó a mis padres y les preguntó si podía enseñarme a leer y
escribir para que le ayudara en la escuela. Mis padres fueron amables y
hospitalarios, como es nuestra costumbre, pero le dieron un No rotundo. Ella es
mujer y no debe aprender esas cosas. El se fue muy apenado.
¡Ah, al poco tiempo, me casaron con ese muchacho que me tiró
el higo frente a la ventana del escriba! Yo tenía trece años y él, veinte. Era
bueno. Trabajaba a la par de mis padres. ¡Mis abuelos ya estaban en el paraíso!
Una mañana mi padre se descompuso y Yussuf, tomó el carro y lo llevó a un
médico a Larache. Ahí, quedó internado y lo trajo muy enfermo. Papá murió y a
los pocos meses mamá cayó en la cocina rotunda como una mula vieja. No pudo
superar sola el trabajo y la falta de su compañero. Yo ayudaba en todo. Con la
huerta, las higueras, los nogales y los animales. De los olivos se ocupaba mi
esposo. Hasta que llegó una sequía como la que hay ahora. Decidió ir a buscar
trabajo a la ciudad. ¡Gracias al maestro, tomó un trabajo en una empresa
española!
Todos los meses venía con dirham para costear el alimento y
la educación, de los niños. Yo trabajaba por los dos. ¡Pero cada día me pesaba
más! Casé a Sara con un buen vecino que la llevó a Tánger. Supe que tuvo siete
hijos. Casé a Mahmet con una muchacha de Larache y lo obligó a mudarse a ese
hermoso pueblo. Pero no vino más y se poco de ellos. Me fui quedando sola.
Mustafá está en España. Logró entrar en la milicia y no sé, pero no regresó más;
a veces llegan noticias a Larache y algún vecino me las trae. ¡Si supiera leer
y escribir! Ahora ya las niñas pueden ir a estudiar por orden del Rey Mohamed
VI. Qué suerte tienen.
Por eso me pregunto a quién llevaré el mensaje que me trajo
el muchacho para saber qué dice. Allí está junto al almohadón con mi nombre
bordado. Parece que me sonríe. ¿Y si es una mala noticia? Será mejor que espere
un poco.
Salió a la parte trasera de la casona. Miró el cielo y vio
nubes agoreras de tormenta. Juntó las aves, los corderitos y las cabras.
Acomodó las celosías. ¡Si hay viento fuerte se volarán ya están muy viejas!
Trajo carbón seco y palos para el fogón, encendió la lámpara y comenzó a
limpiar algunas verduras para agregar a los garbanzos.
Todo el ardor del Mediterráneo y del Océano, se enfrentaron
en una gigantesca tormenta. Rayos, relámpago y una tromba de agua caía en
torrentes del cielo oscuro y aterrador. Fátima, se sentó en la hamaca del
abuelo junto al fogón que apenas refulgía en rojos azulados en el hogar. Sacó
el mensaje y se lo puso en el pecho junto con el viejo almohadón. De repente,
el techo abrió una boca de barro y caña, y el agua entró como turbión sobre la
mujer. Ahí quedó.
Las noticias de los terribles acontecimientos llegaron a
todo el país. Yussuf, salió tras la tormenta hacia su hogar. Llegó y su corazón
quedó sombrío. La casa semi destruida aparentaba un derrumbe total. Con ayuda
de algunos vecinos, logró ingresar y allí... en la hamaca encontró a la dulce
Fátima. Tenía entre sus heladas manos azulosas el cojín que bordara de niña,
pegado a los senos húmedos estaba el mensaje cuya tinta desdibujada no se podía
leer. Allí, él, le había pedido que empacara y fuera a Tetuán donde ya tenía un
nuevo hogar para ambos, donde pasarían los últimos años de su vida.