jueves, 14 de septiembre de 2023

RÍO ESCARLATA

 


 

Plantaré un ceibo que arrulle al río en su violencia roja

 

El lago se teñirá de granate con las flores cuando el viento azote

 

Entonces no será espejo, ni lago, ni río. Una ciénaga.

 

Agitaré un pañuelo en la orilla para llorar  la ausencia

 

Luego agitaré los vientos y las aguas. Los peces huirán sedientos de sol

 

Cuando esté todo hecho, recordaré el rostro del amor.

 

Un amor que nunca pudo ser ni fue. Las flores flotarán río abajo

 

Ruborizando el agua en remolinos. Rojos y escarlatas y encarnados.

 

Fuego perenne en el silencio del agua que galonea el ceibo.

 

Estaré parada, sola y recogiendo latidos, uno a uno, latidos

 

Que reconfortarán el silencio de la orilla del río.

LA ANCIANA EUNICE


 

 

Caminaba sola. Eunice, por la calle solitaria soñaba con su infancia y los recuerdos. Armaba y desarmaba  guirnaldas amarillas con sus recuerdos. Cerró los ojos de impecable color tristeza. Entre su pecho y su pulso latía un suspiro de hojas secas y crujientes. Cada pisada que daba, pintaba marcas sobre la tierra enjoyadas en ocres, dorados y rojos. Su cuerpo se iba  transformando, transmutando en un retroceder de tiempo incontenible. Su cabello gris se alargaba en una sinfonía de ondas castañas y sedosas mientras se alisaba con dedos sarmentosos y los ojos pedían lentamente el color ceniciento; cobraban luz y vida. Volvió a ser niña. Pequeña Eunice con su vestido lacio, holgado, largo y el perfume a jazmines desolados. Eunice  recobrando la sonrisa y la melodía de las rondas.

Tras los álamos robustos que rondaban entre hojas de amarillos y bermejos, vio la figura frágil del hada del jardín de primavera. Tan sutil con su túnica de gasa y su corona de flores silvestres. Sonreía y la miraba con ojos de esmeralda. La tomó del lazo del delantal de organza y le colocó una coronita de flores silvestres que emergían de sus manos, de la nada. Todo olía a perfume de jazmines, a frescias, a violetas y voló un pájaro de cristal y miles de alas de mariposas la siguieron, perdiéndose en el humo gris de las chimeneas del puerto, que con el viento se transformaban en plumas rojas. Eunice se reía, rodeó el tronco del roble y del abeto, y allí, justo, justo allí, enfrentó al unicornio de color azafrán y plata. Los ojos de ágatas doradas la miraron un minuto, tan solo un instante y recobró la risa. Era muy raro el unicornio. El que ella poseía cuando niña era de  porcelana. Se lo dio la abuela antes de embarcar e irse. No la vio más. Su hermoso unicornio era de terciopelo tibio. Suave y alegre en su mirada triste. No hablaba. Los tomó a los dos... al hada del jardín y al unicornio y se sentó en la alfombra de plumas y hojarasca. La rodeó una tenue melodía de celestas y agua. Jugó a acariciarlos, a las antiguas rondas infantiles. Ya cansada se detuvo en medio del jardín de otoño. Se fue quedando quieta y una lágrima salió rodando lentamente de sus ojos cerrados.

Alguien que caminaba en la plaza al amanecer, encontró una anciana muerta en un banco de cemento. Rodeada de palomas, cubierta de hojas amarillas y en las manos jugaba con la brisa

una guirnalda de flores frescas perfumadas. En el regazo como un nido tibio unas pequeñas figuras.... un hada de cristal y un unicornio de porcelana.

LAURENCIO

 


 

Laurencio quedó aterido en el áspero piso de la celda. Los ojos cubiertos por un trapo roñoso. El olor penetrante a gasoil, no impedía que lo marearan otros perfumes: orines antiguos y mierda. Su ropa era un guiñapo de fibras mezcladas con sangre y vómito. ¡Su vómito, producto de los golpes y el miedo!

Escuchó el deslizar de un cerrojo que carraspeaba de espanto. Entró un personaje anónimo. Hasta el momento no había hablado con nadie. Éste, habló.

-¿Laurencio Sottille? No podía pronunciar un sí. Su mandíbula temblaba y realizó un esfuerzo para asentir con la cabeza.

Apenas audible su voz, suplicó saber dónde y porqué estaba allí.

-tu padre tiene lo que nosotros queremos. Mucha guita.-

Sintió un frío letal apoyado en un trozo de piel helada. Tiritaba. La humedad oscura de la mazmorra, indicaba que sería su tumba.

-hemos pedido una cantidad justa por tu puta vida, pendejo.

Llorando en silencio y forcejeando con unas ligaduras de plástico que le oprimían las muñecas y los pies. Le había robado el “Rolex” y las zapatillas italianas. ¿Su padre… tan ocupado en los negocios lo ayudaría? Pensó en su madre. Estaría desesperada. Su nana también, su noviecita ayer les había mencionado a unos amigos que conoció en un “Boliche” de moda. ¿No habrá hablado demasiado?

El tipo salió. Se oyó una discusión y unos gritos. De pronto se abrió la puerta y una cachetada de “Chanel Nº 5, le revolvió el estómago. Logró, con dificultad y mucha pericia arrancarse lo que le impedía ver. Allí, parada estaba la secretaria de su padre. Comprendió que era la amante del viejo. Supo que ya no tenía chance de seguir vivo.

 

 

 

 

lunes, 11 de septiembre de 2023

LETICIA 1


 

La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

 

ESTELA


 

            Mi familia solía tener ayudantes de hogar en épocas que las mujeres tenían niños pequeños y el dueño de casa podía darle ese mimo a su esposa.

            Fueron varias las que pasaron por mi casa pero dos me quedaron muy presentes en la memoria por lo implicadas que estuvieron en nuestra historia familiar. De pequeña vino a servir una muchacha muy bonita de nombre Estela. Era muy blanca de tez, piel sonrosada, cabellos claros y largos, que armaba en trenzas y rodeaba su cabeza como una corona. Limpia y callada, serena y útil, siempre bien dispuesta a ayudarnos en todo, incluso en los juegos y tareas escolares de los primeros años.

            El viernes salía muy bonita vestida con un solero de color celeste y zapatillas blancas. Iba a la casa de sus padres donde vivían sus hermanos. Creo que quedaba hacia  el este de la provincia. Hasta cierto tiempo había trabajado la tierra, pero sus padres la hicieron salir de esa casa por algún motivo importante y que mucho después supimos el porqué. Pasaron muchos meses y hasta le festejamos el cumpleaños con una torta que hizo mi hermana mayor. Entró en los veinte años con una alegría y sorpresa enorme.

            Mamá le decía que saliera con sus hermanos los fines de semana e hiciera una vida normal para una muchacha de su edad. Se quedaba callada y huía de la cocina o del estar sin contestar.

            Mamá, un día compró un producto de limpieza sin saber que era tóxico. Lo usó papá en su oficina para desinfectar las zonas donde había muchos mosquitos y aparecían algunos insectos indeseables, mamá lo usó en baños y cocina para el mismo menester. Estela lo uso para limpiar otros rincones o lugares donde solían aparecer cucarachas y arañas, ya que mi hermana le tenía terror a dichos arácnidos.

            Después de un fin de semana, cuando Estela regresó, la vimos que había llorado mucho. Tenía los ojos hinchados y la nariz amoratada. Un moretón en una mejilla y otro en un brazo. Mi madre le preguntó qué le había ocurrido. No dijo nada. Se metió en su habitación y luego de un para de horas salió sin hacer comentarios, cantando una canción muy bonita que se escuchaba en la radio. Todo quedó flotando en el aire.

            Una tarde, vino uno de los hermanos de Estela a buscarla. Cara de pocos amigos tenía el joven, pero Estela salió y pidió permiso para volver más tarde. Mamá se lo dio y se fue sacándose la ropa que usaba en casa y poniéndose una pollera negra y una blusa color roja. Regresó muy tarde. Mamá se sorprendió al verla entrar; traía rota la blusa y el pelo enmarañado como si hubiera participado de una riña callejera. No dijo nada, saludó dando las buenas noches y se encerró en su habitación.

            Al día siguiente cuando la llamaba mamá para desayunar, no respondía, preocupada, le pidió a mi hermana que tenía quince años que se acercara a su habitación y le preguntara si se sentía enferma. Cuando Beatriz golpeó la puerta, sintió un ronquido extraño y abrió…Estela estaba caída en el piso con un espasmo de dolor y había vomitado algo blancuzco. Corriendo y a los gritos, llamó a papá. Él, vino con urgencia y notó que junto a la joven había un vaso con un líquido blanco. Atrás de la cama estaba el envase del producto de limpieza que usaban para los insectos y descubrió que  era venenoso. Salió corriendo, llamó por teléfono a la ambulancia y a la policía. En pocos minutos mi casa era un loquero. Policías y profesionales de la asistencia pública dándole leche, vomitivos y una vez en la camilla la llevaron al hospital. Mamá se vistió como pudo y la acompañó como si fuera una de nosotros, su hija.

            Papá tuvo que quedar con los policías que no paraban de hacer preguntas y revisar toda la casa. ¡Era un desastre! Había que avisarle a la familia. Pero se encargaría el comisario. ¡Estela se había tratado de matar en nuestra casa!

            Todas las mañanas mamá acudía al hospital donde Estela agonizaba. Llorábamos todos en casa. ¡Era tan linda y buena! La policía comenzó a indagar y sus padres evitaban hablar. ¡Algo turbio había en esa casa! Uno de los hermanos, después de varios días se quebró y habló. El mayor era un rufián, maltrataba a la madre y a sus hermanos y a Estela la había tratado de hacer ingresar en el circuito de la prostitución. Al ser tan linda él, su hermano, se quedaba con todo el dinero que recogía de varias muchachas que tenía medio como esclavas y pretendía hacer lo mismo con Estela. Como ella no quería le daba enormes palizas y golpes.

            ¡Una mañana mamá volvió llorando. ¡Estela había fallecido! Su estómago no pudo ser curado del tóxico y con su deseo de morir, no había aceptado que la curaran.

            Nunca voy a olvidar a Estela, siempre miro el cielo en las noches y digo que ella debe vivir en alguno de esos hermosos planetas del firmamento. 

LA FLECHA ESCONDIDA


 

Comienzo relatando una historia familiar. Nunca supimos si era verdad o una suerte de leyenda. La abuela Catarina la contaba en tardes de calor y a veces cuando llovía y estábamos aburridos.

Cuando llegaron de su patria, en Europa, traían baúles con un sin fin de ropa, herramientas y utensilios que creían iban a necesitar en esta tierra que para ellos era desconocida y desértica. El tren que los trajo desde el puerto, los dejó en medio de un paisaje selvático con árboles gigantes, helechos enormes y plantas de todo tipo y color.

En las noches escuchaban ruidos lejanos de tambores y animales. Vivían asustados y siempre dejaban un fuego prendido por si se acercaban “fieras salvajes”. En realidad nunca vieron a dichas fieras. De  vez en cuando un monito les robaba una fruta o una ropa que la abuela tendía en un cordel de árbol en árbol, para que se secara. El sol al medio día era igual, según ella, al de su país. No soportaba la humedad, venían de un clima seco y agobiante. Mediterráneo, lejos del mar y más aun, cerca de las montañas. Allí no las había por lo que soñaban con regresar a su patria. ¡Pero no tenían dinero!

El abuelo que tenía veintiún años comenzó a trabajar en un establecimiento maderero, aprendió lentamente el idioma y se pudo defender un poco con sus compañeros de tareas.

¡Siempre renegaba de su condición de extranjero! Le daba a mi abuela, que tenía diecisiete años, unos billetes que le pagaban de jornal y le recomendaba que los escondiera muy bien.

¡Un día los vio! Eran unos nativos. Semidesnudos, con la cara pintada de color negro y collares. En una bolsa llevaban flechas y un arco. La abuela se hizo pis del susto. Ellos la miraron sorprendidos. Seguro. Era la primera vez que veían a una mujer con cabello rojo y pecas; ojos celestes y ropas que la cubrían tanto. Salieron corriendo y se perdieron entre los árboles y helechos. A uno de los pequeños se le cayó una flecha y siguió sin darse vuelta hasta desaparecer de la vista de esa “bruja de pelo rojo”.

La abuela se encerró en la habitación que había construido mi abuelo. Cerró todo lo que pudo con un amontonamiento de arcón, mesa y aparador.

¿No creo que ella tuviera menos miedo que los pobres nativos? Cuando llegó el abuelo y encontró en el espacio que servía de patio, la flecha, la recogió y luego de gritar que le abriera, entró y la dejó sobre la rústica mesa. La miraron con temor, pero el abuelo dijo que tenían que esconderla para que no la vinieran a buscar.

Con el tiempo, en el lugar donde el abuelo trabajaba, conoció a varios nativos y supo que eran buenos, tranquilos y que usaban el arco y las flechas para cazar y comer.

Igual, en mi familia, tenemos como un trofeo la famosa flecha que ya no está escondida, sino que adorna la chimenea del salón como la señal de lo que fue la lucha de ellos para adaptarse a nuestro país.

 

ATRAPAR UN SUEÑO

 A mis amigos de Marruecos, hoy sufriendo un terremoto.

 

El camino parecía un velo de gasa ocre. Alguien venía por la polvorienta vereda que arrimaba a la vieja casa. No había llovido desde hacía varios meses y el sol era un enemigo que perduraba hasta casi perderse en el horizonte. Me senté en un resto de pared de adobe que había construido mi abuelo y que con el viento y el tiempo se iba deshilachando como un trozo de paño viejo. Las gallinas se apiñaban cerca de mis pies hinchados y doloridos. Picoteaban en busca de comida y yo, lamentablemente ya no tengo mucho para darles. Todo está seco. De repente como un fantasma desleal, apareció un muchacho de no más de trece años, en una destartalada bicicleta y se detuvo frente a mí. ¿Fátima .... es usted? Apenas le entendí. Yo hablo "tarifit" y el me hablaba en árabe. Me entregó un mensaje en papel sellado con una pasta roja. ¡Yo no se leer ni escribir! En mi infancia las niñas no íbamos a la escuela. Hoy sí, pero para mí fue tarde.

El muchacho desapareció rodeado de una nube de arena y polvo. Me quedé quieta. Una lágrima corría por mis arrugadas mejillas. ¿Cómo haría para saber qué contenía ese papel? Tuve siete hijos y casi todos se fueron alejando hacia las ciudades o están en España. Me sentí sola por primera vez desde que mi esposo Yussuf partió para trabajar en la ciudad y no regresó hasta hoy. Yo lo espero. Siempre lo espero.

Ingresé a la casa. Entre las sombras de los muros, busqué dónde poner seguro el billete que parecía jugaba con mi soledad. Me acerqué a la cocina. Tenía unos trozos de cordero y el "cus cus" que entre las brasas daban ese perfume maternal de la infancia.

Me senté a la sombra, sentía el murmullo de las aves y animales que aun conservo en la parte trasera de la casa. Recordar... mi niñez. ¡Qué tiempo en que mis abuelos y mi madre trabajaban en la huerta, en los corrales, en la casa! Yo tendría seis años, cuando me perdí buscando una gallina que se había escapado... y crucé varias chacras y llegué al camino. Caminé por una calle que parecía un laberinto. De pronto, en una ventana lo vi. ¡Era un maestro! Escribía en una tablilla con un objeto que dejaba huellas con bellos dibujos. Unos muchachos me vieron y uno, me tiró un higo seco. Me golpeó la frente y empecé a llorar. Salió el escribiente. Era un hombre anciano de barbas blancas como la luna, sus manos entintadas y secas, parecían alas de un ave desconocida para mí. Salí corriendo pero uno de los muchachos me atrapó. Un coro de ellos reían. Había de varias edades. El maestro, me preguntó qué hacía allí y si mis padres sabían dónde estaba. Yo entre sollozos le dije en mi lengua que buscaba una gallina. Más risas. Me dio un higo y me dijo que regresara a casa. ¡Las niñas obedientes no salen de casa sin compañía! Yo corrí hacia los lugares por donde había pasado hasta topetar con mi padre que me buscaba. Su enojo era muy grande. Me hizo entrar a la casa y me dio una penitencia. No podrás salir a jugar con tu gato y tu perro hasta el próximo día de luna llena. ¡Mamá me hizo un guiño! Faltaban tres días para la luna llena. Ellos se manejaban con el sol y la luna para plantar o cosechar. ¡Era una vida simple y bella!

Perdonada, me atreví a preguntar: ¿Padre por qué los muchachos van a la casa del escriba, el maestro de árabe y las niñas no? Me miró muy serio. Tú, tendrás que memorizar con la ayuda de tu madre las palabras sagradas. Las niñas no van a la escuela. Y menos tú, que aun eres muy pequeña. ¡Yo lloré una tarde entera! Quería saber escribir como los varones. ¿Padre me enseñarás a escribir mi nombre?  No. Pero una tarde me trajo en una pequeña tablilla esos maravillosos dibujos y me dijo: ¡Fátima, ahí está escrito tu nombre! Nunca más me pidas otra cosa así.

A partir de ese día me sentí una elegida. Lo dibujé en la tierra, en los muros de los alrededor con carbón que sacaba del fogón, lo bordé en un almohadón con hilos que me dio mi abuela. ¡Pero nunca más pude escribir otra palabra y menos leer!

Ahora miro el papel con inquietud. El maestro, supe por Yussuf, que murió con noventa años. Vino un extranjero a enseñar. Era un joven que reemplazó al viejo maestro. Y su imagen aun está viva en mi memoria, ya que un día se acercó a mis padres y les preguntó si podía enseñarme a leer y escribir para que le ayudara en la escuela. Mis padres fueron amables y hospitalarios, como es nuestra costumbre, pero le dieron un No rotundo. Ella es mujer y no debe aprender esas cosas. El se fue muy apenado.  

¡Ah, al poco tiempo, me casaron con ese muchacho que me tiró el higo frente a la ventana del escriba! Yo tenía trece años y él, veinte. Era bueno. Trabajaba a la par de mis padres. ¡Mis abuelos ya estaban en el paraíso! Una mañana mi padre se descompuso y Yussuf, tomó el carro y lo llevó a un médico a Larache. Ahí, quedó internado y lo trajo muy enfermo. Papá murió y a los pocos meses mamá cayó en la cocina rotunda como una mula vieja. No pudo superar sola el trabajo y la falta de su compañero. Yo ayudaba en todo. Con la huerta, las higueras, los nogales y los animales. De los olivos se ocupaba mi esposo. Hasta que llegó una sequía como la que hay ahora. Decidió ir a buscar trabajo a la ciudad. ¡Gracias al maestro, tomó un trabajo en una empresa española!

Todos los meses venía con dirham para costear el alimento y la educación, de los niños. Yo trabajaba por los dos. ¡Pero cada día me pesaba más! Casé a Sara con un buen vecino que la llevó a Tánger. Supe que tuvo siete hijos. Casé a Mahmet con una muchacha de Larache y lo obligó a mudarse a ese hermoso pueblo. Pero no vino más y se poco de ellos. Me fui quedando sola. Mustafá está en España. Logró entrar en la milicia y no sé, pero no regresó más; a veces llegan noticias a Larache y algún vecino me las trae. ¡Si supiera leer y escribir! Ahora ya las niñas pueden ir a estudiar por orden del Rey Mohamed VI. Qué suerte tienen.

Por eso me pregunto a quién llevaré el mensaje que me trajo el muchacho para saber qué dice. Allí está junto al almohadón con mi nombre bordado. Parece que me sonríe. ¿Y si es una mala noticia? Será mejor que espere un poco.

Salió a la parte trasera de la casona. Miró el cielo y vio nubes agoreras de tormenta. Juntó las aves, los corderitos y las cabras. Acomodó las celosías. ¡Si hay viento fuerte se volarán ya están muy viejas! Trajo carbón seco y palos para el fogón, encendió la lámpara y comenzó a limpiar algunas verduras para agregar a los garbanzos.

Todo el ardor del Mediterráneo y del Océano, se enfrentaron en una gigantesca tormenta. Rayos, relámpago y una tromba de agua caía en torrentes del cielo oscuro y aterrador. Fátima, se sentó en la hamaca del abuelo junto al fogón que apenas refulgía en rojos azulados en el hogar. Sacó el mensaje y se lo puso en el pecho junto con el viejo almohadón. De repente, el techo abrió una boca de barro y caña, y el agua entró como turbión sobre la mujer. Ahí quedó.

Las noticias de los terribles acontecimientos llegaron a todo el país. Yussuf, salió tras la tormenta hacia su hogar. Llegó y su corazón quedó sombrío. La casa semi destruida aparentaba un derrumbe total. Con ayuda de algunos vecinos, logró ingresar y allí... en la hamaca encontró a la dulce Fátima. Tenía entre sus heladas manos azulosas el cojín que bordara de niña, pegado a los senos húmedos estaba el mensaje cuya tinta desdibujada no se podía leer. Allí, él, le había pedido que empacara y fuera a Tetuán donde ya tenía un nuevo hogar para ambos, donde pasarían los últimos años de su vida.