jueves, 12 de octubre de 2023

UN MISERABLE

 


            Usted no lo conoció. Asdrúbal Segovia, el hijo del hacendado, gustaba de las rameras. Verlas caminar semi desnudas por el lupanar; con sus nalgas bailoteando en su andar por los pasillos, con las tetas algo flácidas en vaivén de acá para allá. Siempre buscando un granuja que las atrapara. Les sacaban todo el dinero que tenían. ¡Eso era lujuria! ¡Y eso era su única dicha!

            No era malo el Asdrúbal. Era tan sólo un miserable lleno de desconcierto sobre la vida. Un insecto lleno de miedos y que olisqueaba el perfume de cebolla que descargaban los sobacos de las pupilas. ¡Ni hablar de las jóvenes nuevas! Esas que llegaban aterradas, desterradas de sus ranchos por ignorantes y padres mal entretenidos.

            Las seguía como el zorro en celo. No podía sentir el olor de la fritanga de ajo y cangrejo que había en los pasillos del lupanar. Eso era el éxtasis, se excitaba y deliraba, pero sufría. Un pillo desvergonzado e ignorante que fue cuidado por una madre enferma de tisis que lo dejó siendo niño. Su existencia fue un desastre. El olor caliente de los intestinos flojos de su mamama, o de la “Niña”, lo enloquecía. Salía por las siestas abrasadoras buscando la orilla del río, donde desnudo retozaba, hasta que vio a un mulato atrapar una muchacha y escondido entre los matorrales aprendió. Quiso ser igual de atrevido y ganador. Tenía trece años y ninguna lectura. Ni números en el ábaco.

            Así creció el Asdrúbal, como perro en celo. Su hermana, la Niña, tomó las riendas con un par de años más que él. La hacienda daba frutos, pocos, pero alcanzaba para mantener la casa y los empleados. Su  padre, el capitán Segovia, que no era militar sino ayudante en un bote de río, se fue hacía como ocho años y nunca regresó a la casa.

            Ya el muchacho, no recordaba su cara ni su figura. Sí, cuando dormía, soñaba con los gritos que daba cuando golpeaba a los animales del corral, a los azotes que daba en la baranda del balcón profiriendo blasfemias. Un bebedor que dejaba su huella en los bares de poca monta del poblado.

            Una mañana lo encontraron tirado en el portal de la hacienda con un enorme tajo en los brazos, un ojo hinchado y negro; casi desnudo, con barro y sangre por cada orificio de su cuerpo. ¡Era una venganza de algún petimetre del lupanar!

            Lo llevaron al médico, que no quiso atenderlo, en principio. Cuando vio los billetes, llamó a su mujer y luego de lavarlo, comenzó a coserlo como a un fiambre. Los gritos se oían desde una calle abajo. Así se quedó en la casa de su familia.

            El cloroformo lo dejó medio dormido por muchas horas y cuando despertó no podía hablar ni moverse. ¡Menos mal, decían todos! Pero los días pasaban y las cosas seguían igual. Así es que la casa parecía un hospital. El olor de los remedios y tisanas, el ruido de los pasos sordos de cada familiar era un cambio fenomenal en la hacienda.

            Tomaron a un “toruno”, un muchacho joven muy fuerte que lo levantaba en brazos para poder cambiar las sábanas y limpiar su cuerpo de las heridas malolientes. Apenas hablaba el mozo y Asdrúbal, gemía por el dolor caliente de sus costuras, esas que le habían salvado la vida. De noche despertaba a los gritos, soñaba con la muerte.

            Mamama hizo traer a un fraile de la Ermita de santa Escolástica, para que expulsara los humores del cuerpo y del alma. Así comenzó una verdadera guerra entre el herido y el hombre de Dios. Una contienda de palabras y rezos, de mentiras y perdones, de rosarios y puteadas. Al fin ganó Asdrúbal y el fraile se resignó. Mamama no se lo perdonó, Asdrúbal, se puso cada vez más enfermo. El médico pidió que se lo llevaran a la ciudad, él, no quería comprometerse más. Así partió el enfermo en una carreta por los caminos irregulares hasta el asfaltado y de allí a la urbe.

            Largo fue su tiempo en el sanatorio y tan diferente regresó, que desde entonces se trata de otra historia.

           

             

          

             

IRINEO

 

 

Llegó como una ráfaga de viento helado. Su frente era un cric crac de estalactitas de acero, su cerebro una madeja de hilos de hielo. Un sudor hervía en su piel morena. Se preguntaba si esos cuervos que entraban y salían de su cuerpo eran reales. Afuera llovía a cachetadas de fuego helado.

No había temblado tanto desde que Sebastián partió por el terraplén de camino a la manifestación de los mineros. Pero estaba allí, parado en la que fuera la puerta de la gran casa. ¡No había nadie a la vista! El silencio mortal, retenía hasta el murmullo del agua que en pequeños chorrillos corría entre las piedras del que fuera el más bello jardín de la región.

El valle pactaba su existencia con el abandono y la muerte. Todos se habían ido y quedaban apenas un par de ancianos en algunas casitas desperdigadas por las laderas oeste. Hacía dos o tres semanas vio a Eladia Verón, arreando su majada de cabras. Su rostro craquelado de sol y frío. Sola. Con el suave tintineo de los cencerros de las madrinas. Esa vieja ya no lloraba, estaba hecha de sal y roca como las veredas del pueblo.

Miró, hacia el este y supo que se avecinaba una nevisca opresiva. El pecho le cantaba un dolor morado y sibilante. Eso le quedó de la mina. ¡El carbón arrulla como pequeños alfileres de humo en los pulmones! Todos se fueron cuando cerraron el socavón infernal. El derrumbe de una de las galerías, con los hombres dentro, atrajo a los periodistas de lugres lejanos y el revuelo fue infernal. ¡Pero nada se compara con el infierno de las minas!

Volvió a merodear y golpeó con fuerza. El ruido certero sobre un portal de roble no puede ser eludido. Salió la dama. ¡Una ruina inesperada de lo que fuera antaño! La melena descalabrada sobre una bata deforme y triste. Los ojos hinchados y una mirada desorbitada lo inquirieron con desafío a destiempo. Su corazón desgajado por la pena se plantó frente a esa mujer heroica que había soportado el latrocinio de los poderosos del banco.

Se sacó el sombrero, que auguraba pobreza y agua. ¡Señora, se necesita su presencia en la tabaquería! Hay una reunión de los que nos quedamos. Usted que sabe leer y de leyes, nos puede ayudar a domesticar la ira. La patrona parecía perdida entre tinieblas inexistentes. Los otrora ojos dorados, parecían dos quietas brasas marrones, y secas. ¿Irineo, buenos días, vio que linda está la fuente? Se volvió a mirar el sitio donde hubo una hermosa fuente y hoy era un poco de escombros con maleza. ¡Si, señora, le prometo venir a arreglarla cuando pase el temporal!

Me manda el Demetrio, el de la casa de la vertiente; él, dice que sin usted es imposible hacer nada. Será esta noche a la oración. ¡Si usted quiere yo vengo a buscarla con mi calesa! Ella lo observa con mirada extraviada y suspira, a la oración…sí, a la oración.

El hombre se toca el ala del sombrero y se va alejando, cuando siente una carcajada que lo detiene. Se vuelve y la ve cómo se esfuma detrás de la gran puerta.

¿Qué le pasará en la mente a la dama? Acaso no fue una amazona que atravesaba los campos como una ráfaga de fuego en su potro negro azulado, aterrando a las ovejas y aves domésticas que merodeaban entre los parterres buscando gusanillos o insectos que era su dieta generosa, mientras no les tiraban cebada o restos de pan de mijo.

¡Esa no parecía la mujer joven, pelirroja de mirada dorada y sugestiva que cautivaba a los parroquianos en las ferias o en la oficina de correo! Todo eso cerrado y muerto, como el poblado.

 

 

Irineo siguió bajo el viento helado. Su ira crecía. Su cuerpo se curvaba con las ráfagas heladas y el chubasco. No tenía la fuerza de antaño. Desde que se fuera su hijo con el niño, su fe, había abandonado los sueños. Su mujer había caído en un silencio de dolor tan profundo que parecía una amortajada en vida. Él, cocinaba, lavaba, trabajaba la granja y ayudaba a pastorear a los animales: ovejas, cabras y vacas, que no por pequeños grupos necesitaban pasturas frescas aun en ese clima inhóspito que atravesaba la tierra.

Su mundo derrumbado como la mina, estaba en una oquedad impensada unos años atrás cuando todo parecía que el valle vivía una eterna primavera. Cerró los ojos un minuto y se dejó caer en un murallón que rodeaba la hacienda. El agua se estaba desmayando y comenzaba a subir la niebla. Irineo soñó por unos momentos. Se alejó en el tiempo.

 

El calor del sol pegaba sobre el bosque con la insistencia del deshielo. Goteaba de los árboles y pinos, como caireles de cristal el agua de la nevada de ese invierno. Entre los trozos de hielo que se despertaban con la fuerza de los brotes de narcisos, tulipanes y crocos, aparecía una rala pastura verde clara que iluminaba la esperanza de  las bestias y golpeteaba el corazón de los humanos.

La mina parecía un desborde de carbón que privilegiaba el futuro con un calor veraniego o unos fogones crepitantes con las ollas y peroles repletos de carne de cerdo o cordero. Olores primitivos augurando felicidad de estómagos laboriosos.

En la casa grande había una actividad de peregrinos amigos que llegaban a dar su alegría a los patrones. La dama impecable con su vestimenta elegante solía montar con esos amigos y en grupos de a cuatro o cinco caballos, cabalgaban buscando esos rincones de belleza increíble del valle. ¡Valle de las Rocas Encantadas! y ¡Valle Azul! Una zona que envolvía el rumor del viento y escondía una riqueza impresionante de minerales y carbón. Diamantes y oro.

No faltaba el tintineo de algún trineo en las partes llanas, donde en pleno invierno acercaban a los niños y jóvenes al lago helado para patinar y jugar con sus amigos y compañeros de charadas. Ahora, servía para montar hacia las pequeñas praderas barrosas donde los zagalones iban a recolectar flores que llenarían los búcaros con la belleza de arco iris colorida y perfumada. Las abejas y mangangá rodeaban a los hilarantes jóvenes. ¡Otra época! La primavera que asomaba inquieta, gratificante y alucinada. El frío huía como el mismo demonio dejando a las ardillas y pájaros disfrutar del llamado a aparearse y continuar la vida.

Esa mañana llegó un vehículo nunca visto en el Valle Azul. Una berlina que dejaba tras si, una nube de polvo manchando el rostro de la decena de niños que corrían tras ese Citroën 7A, que sin descanso seguía el camino hacia la casa del patrón, dueño de la mina. Descendió un chofer cuyo rostro impenetrable, tenía una visible cicatriz sobre la mejilla izquierda. Abrió la puerta de su acompañante rodeando el coche y de él, se apeó un caballero de estatura elevada, rostro enjuto y mirada profunda.

El amo, caminó sonriente hacia ese hombre, le tendió la mano y dándole algunas suaves palmadas en la espalda, lo invitó a entrar en la gran casa. Atrás viajaba un segundo coche, más deteriorado, pero cuyo color y ronroneo del motor atrajo a los parroquianos que nunca había visto ese modelo de transporte y algunos no sabían siquiera cómo se movía. En él, viajaban dos hombres y dos mujeres.

El hombre que luego se conocía como el “Ingeniero”, tenía un aspecto majestuoso. Era muy alto, delgado y de tes de blancura extraña. Sus ojos de azul profundo, contrastaba con el cabello casi blanco cortado en forma rasante. Su mano derecha se apoyaba en un exquisito bastón cuyo pomo era de marfil simulando la cabeza de un león. Una evidente renquera, que trataba de disimular con un andar noble, avizoraba un quebranta pierna en sus movimientos. Del otro vehículo, descendieron dos hombres y dos jóvenes mujeres. Uno era de contextura fuerte, obeso, con enormes gafas de carey y el otro era más alto, delgado y la piel se notaba, estaba tostada por el sol. Pero ninguno daba la imagen de ser trabajadores de la tierra o de minas. Las pobres muchachas, esqueléticas, eran unos maniquíes vestidos con ropas finas y caras, pero de un bajo nivel social evidente por cómo se movían. Seguro que venían de pasar hambre como los habitantes del valle.

El ingeniero, contratado por don Tobías Guerrero y Ramos, sentado en el escritorio, comenzó a resaltar el paisaje desde donde habían atravesado medio país. Comenzaron las preguntas sobre la mina y la vida en el valle. Así llegó la hora de la cena en que fueron todos, incluyendo las jóvenes acompañantes pasaron al comedor. La cocinera, mujer de fuerte carácter había previsto cuatro platos, no tan extravagantes como sustanciosos y buenos. El menú comenzaba con consomé de cebolla, ajo, con pasta de sémola; la entrada estaba deliciosamente pensada: cangrejo al puerro con papines en manteca, el plato principal… “carré de cerdo” en salsa de vino “cabernet” y un postre de la región de manzanas y queso con miel. Don Tobías había sacado sus vinos atesorados para ciertas circunstancias especiales y ésta era una de ellas.

¡Sorprendía ver cómo engullían las muchachas todo lo que pasaba por sus narices! Mucho maquillaje y poca educación. Pero eran bonitas y muy, muy calladas, cosa que a la señora Alejandrina desagradó. Los hombres algo más sobrios, cuidaban mucho las formas y ante la desfachatez de las mujercitas, trataban de mantener una inusual compostura que el ingeniero manejaba con la mirada gélida de lado a lado.

En el pueblo había una revolución, se juntaron en la barbería y en la taberna para hablar. Unos asombrados con los automóviles, pero todos luego de chismorrear sobre los vehículos, se preguntaban si el amo, vendería la mina, si eran agentes del gobierno o los mandaban los dueños del banco para expropiar la mina. Entre el humo del tabaco, el polvo de carbón penetrado en la ropa y el innegable sudor hediondo, por el miedo de caer en la volteada… el lugar era insoportable.

Mientras en el valle los recién llegados buscaban afanosamente una casa para vivir, dado que no había un hotel o albergue digno para instalarse; la euforia y contradicción iba en aumento. ¡Se llama Ralfh Heins y viene de Alemania!  ¿Es un espía del innombrable? ¿Será en serio ingeniero? Los comentarios subían de tono y la desconfianza también. Algunos parroquianos creían que ese suceso traería mayor fortaleza a la región; otros dudaban.

 

El Valle Azul había expandido en Valle de las Rocas Encantadas, todo el malestar por la intromisión en su tranquilidad. Ya la canícula se desparramaba en las callejuelas terrosas de casas bajas con un verano pegajoso y obsceno. Las mujeres simples se acercaban al río para lavar la ropa y chapalear en el agua, con risas y los hijos inmersos en las aguas claras del río, jugaban sin sentirse intimidados por el agua del deshielo. Fría, agua helada.

Pasaron unos meses y cerca del otoño, sucedió el gran incidente. El ingeniero había llamado a los mineros para una reunión. El clima hostil se había instalado contra esos hombres. El simpático regordete de gafas, resultó un controlador malhumorado que aguijoneaba a los mineros a trabajar más horas por el mismo pago. El otro reflejaba su autoritarismo con frases crueles que denostaban el duro trabajo en los socavones. Las tareas se duplicaban y el rendimiento agotaba a los hombres. Hasta ese día que en la junta, se desplomó un sueño.

A partir de este otoño, vendrán a trabajar obreros de otras ciudades de lo contrario, los niños de diez años tendrán que entrar en los nuevos túneles. Se armó una protesta general. ¡Los niños no! ¡Imposible que se traiga gente de otros pueblos, eso traerá otros problemas…! Don Tobías, interrumpió al “ingeniero”. ¡Nunca se ha hecho trabajar a los niños! Es imposible. La mano de don Tobías, fue directo al pecho. Un dolor agudo había dejado al bonachón amo sin habla. Rojo, púrpura, sin aliento lo sostuvo Irineo, un jovencito que sentado cerca del sillón del patrón, corrió en su ayuda.

La gente se quedó incrustada en un silencio oscuro. Las únicas voces que se oían eran las de los tres extranjeros. Discutían entre sí, con el áspero idioma que usaban y que nadie entendía.

Llamaron al chofer y trasladaron a don Tobías a su chalet. Alejandrina corrió a sostener a su esposo y lo llevaron al lecho. Luego se llamó a un médico del Valle de las Rocas. El anciano galeno, luego de una minuciosa observación y diálogo con el enfermo, descubrió, que tenía frente a sí, a un hombre muy delicado cuyo corazón palpitaba dolor.

Los poblanos se habían alejado lentamente, preocupados por el futuro y la salud de don Tobías. Hablaban en voz baja, como presintiendo una catástrofe.

 

Irineo, se alzó, salió del rudo pedregal donde se había quedado pensando. Los recuerdos, no le habían permitido advertir que la nevisca cubría su cuerpo y el frío le calaba los huesos. Se irguió y caminó lentamente hacia su hogar. En el camino se cruzó con Belidoro Anzueta, el anciano transportaba un bulto de arpillera como si sostuviera medio planeta sobre sus espaldas. ¿Para dónde va, Belidoro? Lo ayudo. Y tomando una Manila del fardo, caminó junto al hombre. Silenciosos, austeros de palabras, sólo se escuchaba el silbido de los pulmones de ambos que pretendían allanar el camino. Nunca hasta ese fatídico día, supo lo que transportaron.

Mi mujer está muy enojada, dijo el anciano. Sólo piensa en nuestra hija que se fue a la ciudad y no ha vuelto. Se marchó con el mequetrefe del gringo, y estaba preñada, seguro que eso la hizo huir de este agujero enorme. Estoy triste. Belidoro, yo tengo un odio que me carcome el hueserío y la cabeza. Piense que la mina aun tiene carbón y no está muerta.

No Irineo, olvídese, después de lo ocurrido con esos malditos, acá ya no nos levantamos más. ¿Su hijo y su nieto? En la ciudad, él, trabaja y estudia, el niño está en un instituto para aprender a leer los labios, nació sordo, creemos que por el estallido en la mina. Diga que ahora hay ese tipo de escuelas.

Mi mujer llora y se lamenta. ¡Tan finos que se veían! Y eran unos timadores. Le costó la vida a don Tobías y a todo un pueblo. ¡Ya llegamos! Gracias y saludo a su mujer.

Cuando llegó a la casa la sorpresa de ver a su mujer vestida, peinada y sentada junto a la chimenea, lo dejó perplejo. ¿Acá esto? ¿Qué ha pasado? ¿Ha llegado nuestro hijo y nuestro nieto? Verlo ingresar en la cocina y estrecharse en un abrazo forzudo lo hizo llorar. Su hermoso muchacho había regresado.

Padre, me he recibido de ingeniero. El niño, tímido se acercó y comenzó con sus señas a platicar con el padre. Dice que se acuerda de cuando ibas con él a pescar a la laguna. Y corrió a abrazar al abuelo. Irineo se secaba las lágrimas con el dorso del brazo. ¡Por fin su mujer estaba viva! ¡Por fin su hijo había regresado y había logrado lo que nunca él, imaginó! ¡Por fin volvía ha sentirse pleno! Un minuto de felicidad que quedaría en su alma como la salida cálida del sol de verano. Ocultó la furia por un corto tiempo.

La conversación duró un rato largo, se empaparon de los hechos pueblerinos del valle, mientras Macarena, su mujer comenzó a cocinar un ragú de carne d cerdo con verduras de la chacra. Huevos escalfados con jamón serrano y pan que amasó con habilidad increíble. Se hizo la noche y el niño se quedó dormido, luego de comer esa sana y amorosa cena. Abierta la alcoba que dejara hermética en la partida, Daniel, ingresó a los recuerdos como un fantasma convertido en hombre listo y seguro.

Se sacó la ropa de ciudad y abriendo el ropero extrajo la antigua ropa de hijo de minero, pobre y raída, pero fiel para su futura práctica. ¡El hijo pródigo…ha vuelto! Y vaya si haremos cambios en el Valle. El perfume a humedad y encierro no había hecho colapsar el aroma del cabello de su amada esposa. La traidora se había aferrado al “ingeniero” que resultó un truhán y ella se hundió en el lago dejando al niño que apenas tenía unos meses. El cansancio lo dejó dormido, y en sueños le pareció… ver la figura de una mujer. Soñó. Y al despertar el mundo que lo rodeaba era perturbador.

 

La reunión en la tabaquería había reunido a los habitantes de Valle de las Rocas Encantadas y Valle Azul, eran unos treinta hombres y doce a trece mujeres, todas viudas o solas por emigrar sus maridos e hijos a las ciudades. La pobreza envolvía el lugar, los hombres, rústicos y míseros, buscaban la belleza de la otrora bella dama: Alejandrina, quien ingresó semejando un alma en pena. La antes hermosa mujer ahora delgadísima, encanecida y triste. ¡Un murmullo de aprobación la animó! Era la Dama, la esposa de quien fuera su patrón (¿Generoso y noble? Murió por la estafa que le hicieran los intrusos que él supuso buenos hombres. Resultaron se ex convictos del ejército alemán escapados por un incidente creado en una refriega en la penitenciaría donde cumplían una amplia condena. ¡No eran ingleses, ni siquiera buenos alemanes! Truhanes de innobles propósitos. Más Ira.

Esa noche se acordó un plan para reflotar los valles. En principio, había que hacer regresar a los jóvenes de las ciudades y países cercanos que emigraron por la falta de futuro. Luego los más viejos, conocedores de los filones de la mina, platicaron cómo se podía comenzar a trabajar.

Alejandrina habló al final. Su voz había recuperado el ritmo de la vida. ¡Amigos, me quedan algunas joyas del pasado, serán un comienzo! Espero que Ireneo pueda viajar a venderlas a la ciudad. ¿Confían como yo todos ustedes? Un: ¡Sí, señora! Bramó en el reducido espacio. El humor había inyectado esa enorme fuerza llamada Esperanza.

La llegada del hijo de Irineo era una señal de superación. Él, propuso buscar otras fuentes de trabajo: un hotel, un comedor de buena cocina campestre, reinventar el lago con paseos por el mismo en botes que atrajeran gente de las ciudades. El entusiasmo agregó las palabras de Belidoro Anzueta…:“Yo he encontrado en un socavón, un filón de plata”.

En sus intentos por activar el carbón, en una de las entradas, de la vieja mina, trabajó a espaldas de la gente y buscó y arañó la tierra hasta encontrar eso tan inesperado.

Mostrando trozos de plata mezclada con carbón, escudriñando también encontró unos pequeños diamantes… ¿Toda una esperanza para los poblanos? Allí comenzó una gran discusión. Cada uno de los asistentes opinaba y el sonido iba subiendo… subiendo.

Ireneo, dejó el pequeño atadijo bajo la máquina registradora de la tabaquería. Salió en silencio, disimulando la huída. Las voces se oían desde cierta distancia. Corrió hasta el galpón donde el comisariato, entró rompiendo un candado y encontró el coche de Ralfh Heins, le extrajo una enorme carpa que lo cubría. Lo sacó urgido por el tiempo y ni se detuvo a cerrar el gran portón. ¡Qué importa si nadie se dará cuenta! Salió por la carretera que rodeaba el pueblo. La aguja del velocímetro aumentaba en la medida que más se alejaba. Los pinares comenzaron a pasar junto a él, como la tropa urgida de un imaginario batallón que iba a la guerra.

El estallido lo descolocó. ¡Había ocurrido lo esperado. Apretó el pie en ele acelerador. De frente le pareció que un enorme vehículo se acercaba. La luz intensa y fuerte lo deslumbraba. Comenzó a sentir calor. ¿Qué extraño, si afuera hay nieve acumulada? El calor era cada vez más fuerte. No había tiempo que perder. Le dolían las manos que tenían un extraño color morado negruzco. Miró al costado y se sintió con deseos de vomitar. A su lado sentado con su uniforme de las S.S. estaba Ralfh Heins, con un balazo en la cabeza. En la mano desfallecida sobre sus piernas corría sangre y manchaba la “Luger P08”, que desmayada sobriamente dejaba ver las cruces de hierro que coqueteaban en su pecho hundido. ¡Le sorprendió! La luz cada vez más fuerte, lo encandilaba. Vio acercarse a don Cosme Guerrero y Ramos, su temido patrón y secretamente odiado. De su chaqueta salían fajos de billetes de varios colores, bolsas pequeñas que tintineaban con oro y plata, tenía la mirada ansiosa de la avaricia. Luego se avecinó doña Alejandrina, su cuerpo antaño bello y escultural, estaba cubierto por pequeños niños nonatos que se aferraban a sus brazos, piernas, cuello y pechos macilentos. Luego vio a su mujer que reía divertida abrazada a los variados hombres que le acariciaban los senos y el pubis guarro y a su hijo que lo miraba con un odio enfermizo blandiendo un cinturón con el que solía golpearlo cuando robaba comida de la alacena. ¡Era tan glotón!

Se avecinó al frente Sebastián, tenía destrozado el cuello donde bamboleaba su cabezota, llevando en la mano un fusil y una pancarta; nunca regresó porque en la refriega de los mineros la guardia civil, los descalabró a machetazos. La pereza lo había llevado a congeniar con otros que en apariencia querían gozar de muchos privilegios, pero allí estaba, balanceándose ensangrentado como títere.  Se cruzó, éste con el extraño chofer de Ralfh Heins, y vio que la cicatriz se la había hecho un joven en un campo de exterminio. Maldad que dejó huella.  

El calor aumentaba y él, cada vez apretaba más el acelerador para escapar de la caravana de personas que maltrechas seguían el vehículo. La gran luz se iba opacando y el calor agobiante le provocaba un fuerte sudor pringoso y de olor nauseabundo. Se tiró sobre el auto el niño, su nieto. En la mano llevaba un cuchillo. Era enorme. Quiso detenerse y no pudo. El muchacho cada vez más cerca y las ventanillas bajas, permitían oír las palabras soeces que le profería: “malvado”, “asesino”, “demonio”, “hijo de la puta madre”… y cerró los oídos para no escuchar a su amado nieto decir esos improperios. De repente se le atravesó Belidoro Anzueta con un enorme pecho destrozado y blandiendo un hacha y las manos llenas de sangre mezclada con trozos de plata y oro. Lo atacó con furia, pero el hacha seguía sin hacerle el más mínimo destrozo en el auto o el cuerpo. La triste figura de Demetrio, lo dejó atónito. ¿Qué le había pasado a es hombre bueno? Su cuerpo mostraba una terrible marca de peste que le penetraba llagas por lujuria a la que se empecinaba por pasar horas en los prostíbulos, donde conoció a las jóvenes muchachas alemanas que escaparon de un campo con los estafadores.

Pasó de largo junto a Eladia Verón que lo miró con mucha pena. Eladia, era la única que no lo amenazaba ni se veía ensangrentada. ¿Estaba en la reunión en la tabaquería? No, no la había visto. Eso lo tranquilizó. ¿Pero porqué allí, caminando junto al pinar del escarpado paso por la montaña? Luego lo supo.

El calor era insufrible. Comenzó a ingresar a un túnel cuya oscuridad lo turbó hasta sentir terror. ¿Era eso el infierno?

 

Comisario, el occiso estaba incrustado en un enorme árbol a la orilla del camino. Atropelló en su carrera a una mujer que pastoreaba ovejas, golpeándola y el frío la mató. Hipotermia, anoté en la planilla. El hombre tenía las manos quemadas. La investigación dirá si fue él,  quien puso la bomba en la tabaquería. Pero se nota que no sabía conducir, era inexperto con los fierros (el ayudante del comisario, un novel aprendiz de investigador, detective y técnico agente en casos policiales) siguió observando lo que había quedado de ese antiguo pero hermoso Citroën 7A, y encontró en el asiento delantero una “Luger P08” de las que sabía se usaban en los “Campos de exterminio en la Segunda Guerra, en Alemania”. ¿Cómo había llegado allí? Otra incógnita para los inspectores. Los vehículos llegaron desde la capital. La policía debía conocer los sucesos en ese bucólico valle. En menos de un año siete bombas en diferentes lugares con muertes de poblanos, personal contratado en la mina y patrones

Entre los escombros de la tabaquería encontraron algunas pistas. ¡Son trozos de dinamita usada antiguamente en los socavones de minas cerradas!

Los cuerpos que estaban diseminados por el predio, eran irreconocibles, pero los peritos se dividieron entre le auto estrellado y el lugar del estallido. Por ciertos huesos y dentaduras, el A.D.N. sería el resultado de dicha tarea.

Llegaron periodistas de la capital con un sin fin de material tecnológico, y pronto estaba en todos los periódicos y canales de Televisión. Valle Azul y Valle de las Rocas Encantadas, se había visibilizadas, el sueño del iracundo Irineo.

 

Mientras ellos transitaban y laboriosamente se enfrascaban en determinar los personajes muertos, cada uno fue ingresando en ese oscuro mundo donde la “Verdad” se desconoce. Pero cada uno mostraba al inquieto Irineo, los vicios y maldades que habían cometido: ira, vanidad, mentira, soberbia, robo, ambición, avaricia, lujuria, muerte, envidia, corrupción y maldad.

Solo se salvaba la vieja pastora, que sin saber que el auto que la envistió, le acompañaría con la visión del envilecimiento de quienes convivían en el valle aparentando ser gente de bien.

Los fantasmas iban y venían por el pinar y los hombres que trataban de sacar el cuerpo destrozado de Irineo, no los podían ver

UNA HISTORIA DE AMOR

 

            Manfred sacó la bicicleta del galpón y salió pedaleando suavemente en la fría mañana invernal. Había nevado toda la noche con pequeños copos que se acumulaban en las orillas de la carretera y en los pastizales que rodeaban los campos. Debía llegar a su tarea diaria en el pequeño pueblo de Besinghein.

            A medida que avanzaba, cruzaba a algunos vecinos que con la cabeza gacha, como muy preocupados. Kurt Hermann lo detuvo. Resbaló la bicicleta en la tierra congelada. Su botín dejó clavado su huella en la senda. El vecino bajó la voz y sacándose el gorro, le dijo: “Mira con atención lo que han escrito en los muros del pueblo”. Y siguió su camino. Al pasar por ciertas callejuelas, vio un mensaje de un político. Un tal Adolf Hitler y no entendió lo que había de malo en ello. Siguió su camino hasta la herrería, donde ayudaba en los pedidos de los habitantes de varios pueblos de alrededor.

            A la hora de almorzar, se fueron con su patrón casi amigo a una taberna cercana. Se ubicaron junto a la ventana y se acercó Érica, la hija del dueño a la que le pidieron unas chuletas de cerdo y cerveza. Mientras esperaban la comida, entró una joven. Manfred, se quedó en éxtasis. ¡Es una belleza! Mira Otto, esa joven será mi esposa. ¿Qué? Sí, verás ya me las ingeniaré con Érica para saber donde vive y cómo se llama.

            Cuando la mesera se allegó con los platos, Manfred le hizo un verdadero interrogatorio. ¿Cómo se llama ese ángel, dónde vive, qué hace en este pueblo? La linda jovencita, llena de rubor, le dijo: ¡Olvídate de ella! Es Anael, una muchacha judía que ha venido de otro pueblo pegado al río Neckar. Vive con su padre y su madre. Tiene un hermano que trabaja en la imprenta de su padre. Pero no hablan con nadie del pueblo. Sólo el padre es el que tiene algún vínculo con los que lo contratan.

            Quiero que me la presentes. Te lo ruego. Sino lo haces no vendré nunca más a comer y beber aquí. ¡Por lo que me interesa! Dicen que pronto vendrá al pueblo un regimiento entero de soldados y tú, serás el menos interesante, te lo aseguro. Salió para atender otra mesa y la tal Anael, salió a la calle con una fuente de comida que le entregó el dueño de la taberna. No miró a nadie. Al pasar por la ventana se juntaron los ojos de Manfred y Anael y por un instante se detuvo el mundo. Ambos se habían encontrado.

            A hurtadillas se conocieron. El padre de Anael, era muy severo. Y el romance se fue ahondando, el amor surgió con el ímpetu de la juventud y la inexperiencia. Mientras tanto en los muros del pueblo y de toda Alemania crecía la cabeza de una hidra gigante y mortal

 

            La boda se realizó en una sutil clandestinidad. Érica y Kurt fueron los testigos. Un amigo del padre de ërica extrajo un libro del municipio y allí quedó asentado el matrimonio. Luego una breve bendición que les diera un sacerdote de la capilla de Besinghein, los jóvenes huyeron rumbo al río Neckar, desde donde una barca los llevaría lo más lejos posible. Los padres de Anael, quedaron desolados cuando descubrieron que su amada hija se había fugado. No dejaron huellas. Sabían que habían roto todas las leyes de sus mayores. ¡Ni hablar de las de Dios!

            Manfred había acopiado en un baúl, algunos objetos que serían de suma ayuda en este viaje. Ella, se había conformado con algo de ropa que alistó en un bulto vulgar y simple. Como si fueran dos campesinos, viajaron río arriba y descendieron en un pequeño pueblo donde pasaba un ramal del ferrocarril. Allí, con unos marcos, compraron dos billetes comunes y siguieron hacia Stuttgart. Allí se instalaron en una pensión humilde en la afueras. Ahí, sintieron que venían malos momentos para el futuro. Y tomaron la decisión de salir de su amada patria. ¿Pero, adónde ir? A América

JUAN MANUEL

  

            Por su porte, lo miraban todas las muchachas y algunos muchachos. Pero aun era un púber. Trajinaba calles vendiendo frutas de la chacra de sus abuelos paternos a quienes le debía su educación. Su padre le era una especie de fantasma imaginado perpetuamente porque nunca regresó de un viaje por las islas del sur. La amarillenta fotografía que tenía de él, se estaba desdibujando con el tiempo y la humedad de la casa.

            De su madre, solo escuchaba chismes malintencionados de las vecinas y del cuchichear de sus abuelos. Le parecía que era una vampiresa de esas de las novelas que escuchaba su abuela por la radio. Pero nadie le decía la verdad. No sabía ni siquiera cómo se llamaba y si vivía en ese pueblo.

            Soñaba despierto. Pensaba que sería un torero como el “Piquín” o el “Muletilla”; pero ya a su edad no lo aceptarían en ningún ruedo. A veces iba con el abuelo a los toros. Miraba azorado el valor de esos muchachos que enfrentaban los toros en la arena.

            Un día, una mujer de mediana edad, se acercó y quiso hablar con el viejo, pero este se hizo a un lado y lo tironeó de la camisa bruscamente. ¡Vamos, salgamos de aquí que hay un demonio cerca! Y se lo quedó mirando mientras la mujer le decía dos o tres mezquindades.

            Esa noche escuchó clarito una discusión entre ellos, sus abuelos. ¡Que no dejaste hablarle al niño! No, mujer, si casi me insulta. ¿Pero él la vio bien de cerca? Bueno había mucha gente alrededor, puede que no la viera muy bien. Y el murmullo se fue sofocando como él, pues comprendió que algo importante tenía esa mujer con los abuelos y su persona.

            De camino al mercadillo, un sábado, se cruzó con ella. Se la quedó mirando y se imaginó que podía ser su madre. ¿Cómo le hablo? Pensó, pero siguió rápido su camino, no fuera que sus abuelos se enteraran y se armara un lío.

            Juan Manuel cumplía los dieciséis años y vino de la aldea de Portezuelo un tío, que era su padrino. Le traía un traje de tela gris oscura. Un regalo inesperado para ese chico que tenía poco y nada propio. El padrino era hermano de su padre. Y le habló muchas historias de cuando eran niños. Se fue tarde, casi al anochecer.

            ¡Mira Juan Manuel, parece que se viene una buena… la mili está muy alborotada y el general Franco, está dispuesto a enfrentarse con los rojos! Y de golpe sintió orgullo de sus ideas. ¡Quiero ir a la mili, abuelo! Tú, niño, ni pensarlo. Dicen que se viene la guerra y ni te imaginas lo que se sufre con ella. ¡Es un monstruo que no dispara con justicia, sino con odio y venganza!

            Ese domingo se puso el traje que le regaló el padrino y decidió ir a la iglesia del pueblo. Que lo vieran las muchachas. Que creyeran que era un hombre y que su pecho, ya no enfrentaría a un toro, sino a un soldado o cien o miles.

            Juan Manuel, estás muy guapo. Este muchacho es un milord en persona. Un majo. Un mozo de orfebrería. Y una y otra comparación que no entendía. Se sintió enorme, sabio e inteligente. Se sintió un elegido.

            Pocos días después, comenzaron las riñas en el pueblo. Ya no había esa amabilidad que era su fuente de alegría. Los vecinos peleaban, se decían vulgaridades y hasta se comenzaron a pegar con herramientas de labranza. Aparecieron camiones con hombres de otros pueblos y después del ejército. Los primeros tiros, eran oídos sin preocupación, hasta que al salir a la calle vieron al cura muerto con un balazo en las sienes. Otro día en la noche, se sintieron disparos más fuertes y cayeron don Paco y Lisandro. ¡Eran rojos, dijeron!

            Juan Manuel, ya no se sentía un chiquillo, era un hombre dispuesto a luchar. Pero una mañana que salió para llevar las naranjas, vio muchos muertos en las calles y él, no quería participar de esa locura. Caminó por la orilla del río y vio más caídos. Más sangre y de pronto, una mano de mujer lo sujetó con fuerza. ¡Vete niño! Era la mujer del encuentro. ¿Y a usted quién le dio vela en este entierro? ¡Soy tu madre, y te ruego que vuelvas con tus abuelos y se escondan y guarden toda la comida!

            La mujer llevaba una escopeta y un brazalete de paño rojo. ¡Esa era su madre! Y le quería evitar un desastre. Juan Manuel no alcanzó a preguntarle el nombre cuando un balazo le entró en las tripas. La mujer se agachó sollozando. Amor mío, te quiero con toda mi alma. Y cerró los ojos del niño que se creía un héroe de verdad.

LETICIA 3


 

   Habían regresado de las Sierras del Águila Parda después de una enorme tormenta. La tierra había temblado y caían las piedras, ladera abajo. Irma y Segundo, dejaron en la base los caballos. Los esperaba un minibús, con dos médicas nuevas. Eran jóvenes recién salidas de las especialidades. Una, llamada Leticia, era gastroenteróloga y la otra, Jazmín era pediatra. Ambas, sin mucha experiencia pero llenas de deseos de servir en esa zona tan abandonada de la mano de Dios.

Irma y Segundo hacía cinco largos meses que no hacían ese regreso a la vida de pueblo. Ni soñaban quedarse en la ciudad. Apenas un recambio para ubicar un tiempo con sus familias entre reuniones en el hospital escuela y papeleo en la municipalidad.

El hombre tenía veinte años de servicio y pretendía un traslado para ver a sus hijos. La mujer, catorce sirviendo de enfermera, partera, sicóloga, juez de paz y maestra de las mujeres de aquella zona tan alejada. La gente salía a su paso, a medida que se acercaban al puesto de Los Arreboles. A caballo, en mulas o caminando, todos buscaban la ayuda de los profesionales. El minibús se detuvo bajo un enorme “aguaribay” y allí desplegaron un toldo. Bajaron una mesa plegable y se dispusieron a atender a los que hacían fila. Hombres agrestes, mujeres endurecidas por las duras tareas del campo, niños desnutridos o mustios, hasta habían traído sus animales enfermos.

Segundo, se hizo cargo de cortar pezuñas y aligerar heridas de cardones y alambres de púas. Irma, con las jóvenes, iban haciendo una tarea transformadora. Pesaban, tomaban la presión, limpiaban heridas de insectos infectadas, sacaban muelas rotas y flemones, inyectaban antibióticos… vacunaban, Leticia lloraba cuando descubría a niñas muy jóvenes embarazadas. Así fue que se propuso remplazar a Irma y a Segundo. Pero supo que sola no podría y buscó entre sus colegas otros que quisieran compartir su amor por esa gente.

De todos sus compañeros cinco se propusieron asistir. Tal vez no se quedarían en forma permanente como ella, pero sí, el tiempo necesario o que pudieran para socorrer a los que necesitaban su apoyo. Pronto se conoció su obra y algunos oportunistas trataron de hacer que se transformara en una O.N.G. para conseguir dinero extra. Todos se ofuscaron y salieron dando un portazo a los aprovechados. ¡Ahí, no cabía la avaricia!

Leticia sigue haciendo su tarea en aquellos lugares, la suelen ver a caballo o lomo de mula atravesando el valle o ríos helados para llegar hasta un puesto o un rancho. Siempre con una sonrisa y dispuesta a un abrazo fraterno.

 

LETICIA 2


 

La sala es exquisita, pintada de un suave color verde palta, con cortinas de tela fina y sedosa, un cuadro de firma de una conocida artista plástica del país, y por supuesto un flamante escritorio Reina Ana, con silla haciendo juego. En esa pequeña salita, atiende Leticia; médica con medalla de oro en la Facultad más prestigiosa del país. Tiene una camilla recubierta de pana que enfunda en delicadas sábanas de lino egipcio.

Becada en el extranjero, ha hecho un doctorado y varias maestrías fuera del territorio que la vio nacer. Mujer brillante y obsesiva, detallista y perfeccionista. Tiene fama entre sus colegas porque elige los personajes que atiende. Nadie la quiere, pero la admiran por su facilidad para mezclarse en ciertos círculos de profesionales.

Esa mañana llega en su BMW que deja en una sombra de la cochera. Un lugar privilegiado. ¡Su coche lo merece! Le ha costado fortunas. Su traje del modisto de La Fayette, es un atuendo exclusivo. Lleva tacones de aguja y cartera de Luis Vuitón.

Sabe que hoy la espera un alto jefe del sector de la embajada de Suecia. La ha enviado su amigo Livio Robellinni, de la embajada de Italia. Nunca acepta personas desconocidas.

Entra en su consultorio y su secretaria, le entrega una historia clínica que ha interrogado previamente a la atención personalizada. Es un hombre de sesenta y seis años, que ha viajado por varios países del mundo representando a su país. Ha sufrido un preinfarto y sufre Malaria contraída en Kinshasa. Cuando ingresa, se enfrenta a un personaje rechoncho, de piel ajada y ojos pequeños, miopes y arrugados. Se desplaza con dificultad. Ella al verlo caminar sabe que está atacado de “gota”, ácido úrico. ¡Mala alimentación al revés! Comidas de Gourmet y bebidas “blancas” frecuentes. Carnes abundantes y sin querer se siente feliz. ¡Le prohibirá Todo!

Livio, le advirtió que era muy respetado en su país y en la OTAN, pero a ella solo le interesaba que no sufriera una enfermedad incurable.

Le presentó su mano, de piel fresca y de uñas impecables. Con un ademán displicente le indicó un sillón, ya que si pretendía que subiera a la camilla, tendría que llamar a algún enfermero en ayuda. Leyó con cuidado la historia del hombre. Kharl Jurghans, separado, y muy dolorido.

Le tomó la presión. Altísima para su edad y el reflejo al oxígeno pulmonar que era bajo. La mirada angustiada del hombre, la seguía como búho en la noche de luna llena. El miedo lo dejaba sin aliento. Miedo a la enfermedad. Horror a la muerte. Él, lejos de su tierra, sin familia directa, los hijos desparramados por el mundo. Su ex mujer casada en Australia… ¿Quién se preocuparía de su asistencia? La gente de la embajada era suplantada en forma permanente. Le hizo una serie de recetas y solicitudes de análisis y otros estudios.

 

¡Tranquilo! Su corazón parece un motor que quiere escapar al galope… así no nos podemos entender. Le hizo traer una copa con agua. Él, pidió un whisky. Lo bebió de un solo trago. Con los papeles en mano, entregó un cheque y agradecido salió. Arrastrando su dolorosas piernas sobre las alfombras de la sala de espera.

Un joven alto, de mirada oscura lo observó e hizo un saludo discreto. Pidió hablar con Leticia. La secretaria, hábil, le pidió una tarjeta para entregarla a su jefa. “No es para mí, es para mi Jefe”. Salió la muchacha y luego de un breve diálogo con la médica, se asomó y lo hizo ingresar.

Soy el secretario privado de Kaled Zahir al Abdulah. Necesita una visita en el Hotel donde está esperando una reunión muy importante; pero no se ha sentido bien. Si usted me sigue, la acompaño allí. Solo le pido discreción, mucha. Mi jefe habla muy poco español. Yo le ayudaré.

Salió en un coche totalmente polarizado y blindado. Fue tan rápido que en pocos minutos llegaron a ese hotel en medio de un campo de golf y rodeado de murallas altas con ciertos sectores con gente armada. El auto ingresó a una enorme cochera. La invitaron a descender y con su maletín lleno de instrumental y algunos fármacos imprescindibles, pasaron por una serie de monitores electrónicos.

En un ascensor subieron algunos pisos. Nunca le permitieron ver nada a su alrededor. Al salir del mismo, sus pasos se hundían en unas alfombras persas que parecían estar entre nubes. Se abrió una puerta con una tarjeta que portaba el joven moro. Frente a ella en un enorme lecho, yacía un delgadísimo hombre joven acurrucado.

Leticia, se acercó. Él, la miró asustado. Ella le sonrió y le estiró la mano. ¡No, no la puede tocar! Dijo Kassim. ¿Y entonces cómo haré mi trabajo? Le debo tomar el pulso, la presión, y para eso tengo que tocarlo. Ambos se miraron sorprendidos. ¿Qué podían hacer? El jeque avino a ser tocado por Leticia. Ella con discreción sacó sus herramientas. Las manos frescas de la mujer hicieron encrespar la piel afiebrada del hombre. Le ordenó algo al joven y éste trajo un chal y le hizo que se cubriera la cabellera.

Palpó el vientre del enfermo, hizo preguntas sobre su alimentación y sus últimos viajes. ¡El embarazo del ayudante era supremo! ¿Defecó? ¿Cuánto, cuando y de que qué color? El paciente avergonzado, hablaba con el traductor, que miraba para el suelo mientras respondía. ¿Ha bebido agua del grifo? Supo que no en ese lugar sino en su avión particular. Habría que hacer una prueba con el agua. La mirada del Jeque le dejaba entrever el miedo. Voy a solicitar que hagan estos estudios y comenzó a escribir y prescribir. Lo ideal es que se hagan en un consultorio Clínico Biológico a nombre de otra persona, eso permitirá que el doliente no sea detectado. El secretario recibió los papeles.

Acercó, Kassim la oreja a su jefe y le sugirió que esperar unos segundos. Salió por una puerta lateral. Luego ingresó con una caja de madera y nácar, tallada. Se la entregó a Leticia, saludando amable. Sacaron a la médica con mucha prudencia. El secretario le pagó con varias monedas de oro. La subió al coche que era distinto al anterior y salieron raudos hacia la ciudad. Se quedó en la esquina de su casa. Ella no había dado su dirección. ¡Quiere decir, se dijo, que me han estudiado!

Cuando ingresó en la casa, había algo extraño. Algunos objetos fuera de lugar. Se sirvió una copa de Cabernet y se sentó luego de tirar lejos sus tacones. En el sillón, acurrucada, abrió la caja… gran sorpresa, un collar de diamantes y esmeraldas con sortijas y brazaletes, brillaron a la luz de la lámpara. Encendió el televisor. Se enfrascó en una película y se quedó dormida.

Un estallido despertó a media población. Una enorme bomba había destruido un banco en las afueras de la ciudad. Las fotos que mostraban en las pantallas eran conocidas de Leticia. Supo que tenía que escapar de su país. Seguro la estarían buscando para matarla.

 

LAS ZAPATILLAS DE BAILE


 

            La joven se miraba al espejo. Esperaba que la llamaran para entrar a bailar al plató. Estaba descompuesta; pero igual recordaba lo que pasó.

En la función anterior un público manifestó su desencanto por el retiro de la primera bailarina. Esa famosa joven que vomitaba y vomitaba antes de bailar. En realidad, nadie sabía que estaba embarazada; que la había violado el dueño del teatro entre los trebejos de tramoya y sólo el tramoyista los había espiado. ¡Nunca se atrevería a denunciarlo! Sabía que lo echaría inmedediatamente. Un pacto de silencio empujaba a los empleados del odeón para evitar que cerraran el único lugar donde podían desempeñar su trabajo.

            La bella “Julieta y el hermoso Romeo con sus mayas viejas y ajadas, siguieron bailando hasta completar el ballet. Cuando cayó el telón, ingresó un policía con un médico tinto en sangre. En un callejón cercano al teatro habían encontrado el cuerpo del tramoyista, con la yugular cercenada. Un silencio profundo se hizo en los entretelones del teatro. Nadie se atrevió a pronunciar palabra.

            Se miraron unos a otros. El policía les obligó a sentarse en el suelo y comenzó a indagar mirando a los ojos de cada uno de los personajes del teatro. Un horror atravesaba el cuerpo de los frágiles muchachos. Sabían que se delatarían. Otros, realmente desconocían lo ocurrido con la primera bailarina hoy reemplazada por Jazmín Otero.

            Un arrogante patrón caminaba furibundo entre el personal, con la mirada fija en cada uno, amenazante y sarcástico; no hablen… decía su actitud, que no pasó por alto al Inspector que ingresó tras el oficial de la policía inicialmente interrogante.

            Jazmín, muy descompuesta cayó desmayada. Mirko, la recogió e intentó sacarla del lugar, cosa que fue impedida por el nuevo inquisidor. ¡Esta joven debe saber algo! Y un murmullo se desbarrancó entre los presentes. ¿Ella también?

            El hombre de gabardina negra con oídos acostumbrados a los susurros, entendió que había un secreto conocido por todos. E indagó con fiereza a los presentes. Los fuertes gritos retumbaban como timbales en el teatro. ¿Qué está pasando aquí? Urge que hablen o los arrestaré a todos. El temblor de los artistas era clásico. No Estrabn acostumbrados a enfrentar ese tipo de trato.

            Una voz cansina y trémula dijo: - Hay una posibilidad. Ayer nuestra querida Muriel, se desmayó y hubo que reemplazarla hoy porque está embarazada. Tal vez, el tramoyista tenía algo que ver… era un padre negado.- Y se hizo un silencio gélido.

            -¿Es posible que Muriel o como se llame esa muchacha, sea la asesina? – preguntó al patrón. ¡Si, claro es una mujer fuerte y odiosa! El grupo se rió a carcajadas. ¿Fuerte y odiosa? Si era débil y amorosa, jamás se negó a pesar de que fue maltratada por usted, dijo sin temores  el pianista.

            No pasó por alto el comentario. Bueno serán todos indagados y queda arrestado el señor, dijo mandando al policía a apresar al hombre. Jazmín despertó. Mirko la sostuvo y ella señalando al patrón dijo: Yo pude ver que violó a Muriel, usted es un malvado. ¡Asesino! Gritaron todos. E inesperadamente, éste sacó un pequeño revolver y detonó un tiro en la sien, cayendo sobre el plató. La sangre cubrió las zapatillas de bailes de los artistas. ¡Todas, ahora, eran zapatillas rojas tintas en sangre!