domingo, 27 de junio de 2021

ESTELA

 

            Mi familia solía tener ayudantes de hogar en épocas que las mujeres tenían niños pequeños y el dueño de casa podía darle ese mimo a su esposa.

            Fueron varias las que pasaron por mi casa pero dos me quedaron muy presentes en la memoria por lo implicadas que estuvieron en nuestra historia familiar. De pequeña vino a servir una muchacha muy bonita de nombre Estela. Era muy blanca de tez, piel sonrosada, cabellos claros y largos, que armaba en trenzas y rodeaba su cabeza como una corona. Limpia y callada, serena y útil, siempre bien dispuesta a ayudarnos en todo, incluso en los juegos y tareas escolares de los primeros años.

            El viernes salía muy bonita vestida con un solero de color celeste y zapatillas blancas. Iba a la casa de sus padres donde vivían sus hermanos. Creo que quedaba hacia  el este de la provincia. Hasta cierto tiempo había trabajado la tierra, pero sus padres la hicieron salir de esa casa por algún motivo importante y que mucho después supimos el porqué. Pasaron muchos meses y hasta le festejamos el cumpleaños con una torta que hizo mi hermana mayor. Entró en los veinte años con una alegría y sorpresa enorme.

            Mamá le decía que saliera con sus hermanos los fines de semana e hiciera una vida normal para una muchacha de su edad. Se quedaba callada y huía de la cocina o del estar sin contestar.

            Mamá, un día compró un producto de limpieza sin saber que era tóxico. Lo usó papá en su oficina para desinfectar las zonas donde había muchos mosquitos y aparecían algunos insectos indeseables, mamá lo usó en baños y cocina para el mismo menester. Estela lo uso para limpiar otros rincones o lugares donde solían aparecer cucarachas y arañas, ya que mi hermana le tenía terror a dichos arácnidos.

            Después de un fin de semana, cuando Estela regresó, la vimos que había llorado mucho. Tenía los ojos hinchados y la nariz amoratada. Un moretón en una mejilla y otro en un brazo. Mi madre le preguntó qué le había ocurrido. No dijo nada. Se metió en su habitación y luego de un para de horas salió sin hacer comentarios, cantando una canción muy bonita que se escuchaba en la radio. Todo quedó flotando en el aire.

            Una tarde, vino uno de los hermanos de Estela a buscarla. Cara de pocos amigos tenía el joven, pero Estela salió y pidió permiso para volver más tarde. Mamá se lo dio y se fue sacándose la ropa que usaba en casa y poniéndose una pollera negra y una blusa color roja. Regresó muy tarde. Mamá se sorprendió al verla entrar; traía rota la blusa y el pelo enmarañado como si hubiera participado de una riña callejera. No dijo nada, saludó dando las buenas noches y se encerró en su habitación.

            Al día siguiente cuando la llamaba mamá para desayunar, no respondía, preocupada, le pidió a mi hermana que tenía quince años que se acercara a su habitación y le preguntara si se sentía enferma. Cuando Beatriz golpeó la puerta, sintió un ronquido extraño y abrió…Estela estaba caída en el piso con un espasmo de dolor y había vomitado algo blancuzco. Corriendo y a los gritos, llamó a papá. Él, vino con urgencia y notó que junto a la joven había un vaso con un líquido blanco. Atrás de la cama estaba el envase del producto de limpieza que usaban para los insectos y descubrió que  era venenoso. Salió corriendo, llamó por teléfono a la ambulancia y a la policía. En pocos minutos mi casa era un loquero. Policías y profesionales de la asistencia pública dándole leche, vomitivos y una vez en la camilla la llevaron al hospital. Mamá se vistió como pudo y la acompañó como si fuera una de nosotros, su hija.

            Papá tuvo que quedar con los policías que no paraban de hacer preguntas y revisar toda la casa. ¡Era un desastre! Había que avisarle a la familia. Pero se encargaría el comisario. ¡Estela se había tratado de matar en nuestra casa!

            Todas las mañanas mamá acudía al hospital donde Estela agonizaba. Llorábamos todos en casa. ¡Era tan linda y buena! La policía comenzó a indagar y sus padres evitaban hablar. ¡Algo turbio había en esa casa! Uno de los hermanos, después de varios días se quebró y habló. El mayor era un rufián, maltrataba a la madre y a sus hermanos y a Estela la había tratado de hacer ingresar en el circuito de la prostitución. Al ser tan linda él, su hermano, se quedaba con todo el dinero que recogía de varias muchachas que tenía medio como esclavas y pretendía hacer lo mismo con Estela. Como ella no quería le daba enormes palizas y golpes.

            ¡Una mañana mamá volvió llorando. ¡Estela había fallecido! Su estómago no pudo ser curado del tóxico y con su deseo de morir, no había aceptado que la curaran.

            Nunca voy a olvidar a Estela, siempre miro el cielo en las noches y digo que ella debe vivir en alguno de esos hermosos planetas del firmamento.

TAL VEZ VUELVA

 

Tal vez vuelvas a buscarme,

y quieras conocer  la medida de mi orgullo.

y me llames

y me llames

un sábado cualquiera

Tal vez en un intento de buscarme

pero un sueño profundo será la medida de mi fuga.

Me encontrarás dormida.

No será orgullo ni impaciencia,

Tal vez el desamor de noches solitarias.

Si me llamas y buscas, es que me has perdido.

Ya verás que triste es la soledad sin ternura.

Lloverá en tu lecho

El viento te llevará en su fuerza loca carrera.

No me llames, no estaré. Aun respiro.

 

 

¡MATA A TU PATRÓN, ADELAIDA!

  

            El país era un caos, los automóviles pasaban como balas por las calles y se oían balas en la noche. Es una asonada. No, es una revolución. No lo crean es una reivindicación social. Es la nueva política que viene.

            Y hasta el hartazgo en los medios radiales se oían a politólogos hablar. Los diarios ardían. El mundo estaba patas para arriba, señor. Yo había entrado a trabajar en esa casa como ayudante de un pediatra muy amable. Su mujer era una excelente ama de casa y tenía muchos niños; cinco para ser exacta.

            Nunca me faltaron al respeto, me hicieron sentir despreciada o me obligaron a hacer tareas superiores a mis posibilidades. Fíjese, señor, que me daban a elegir la presa de pollo o el mejor bife de la fuente. Me hacían servir primero a mí y luego doña Raquel, le servía a mi patrón y a los chicos. Al final ella se quedaba con lo que quedaba, generalmente lo más pequeño o lo que sobraba. ¡Nunca la oí renegar del trabajo que le daba coser la ropa de toda la familia! Muchas mañanas yo me levantaba y saliendo de mi habitación veía que ella no se había acostado terminando una camisa o una prenda para los niños.

            Mire señor, me pagaban antes que terminara el mes y siempre me daban algo más como una especie de propina o premio por alguna tarea especial que hubiera hecho: limpiar los bronces, cambiar cortinas y almidonarlas, hasta si servía un café sin que me lo pidieran como idea mía para que se sentara un rato el doctor a charlar con la esposa.

            La casa era grande, pero no demasiado. Era una casa como para varias personas, pero no brillaba el lujo o algún despropósito. Muchas veces él, el patrón atendía a un niño y no cobraba si veía que era gente de trabajo y pobre. ¡Hasta les daba los remedios, esas muestras gratis que le dan los laboratorios!

            Yo, lo digo sin vergüenza, me enamoré de esa familia. Eran buenos, muy religiosos y vivían como cualquier obrero, sólo que tenían escuela. ¡Si yo hubiera podido ir a estudiar no me hubiera sucedido todo aquello!

            Una noche sonó el timbre y fui a abrir la puerta, pensando en un niño enfermo que llegaba sin aviso. ¡No, era mi ex marido! Él, es un alto personaje en los sindicatos de madereros. Manda como “patrón de estancia”, así decía él, que se jactaba de ser mejor que los estancieros. Nunca conocí a uno. Vino y me sacó casi a la rastra. Entre después de darle un buen empujón y le avisé a uno de los chicos, el mayor, el Pipi, que salía un momento con un pariente. Que le avisara a su mamá. Salí y en la esquina había una chata con dos tipos armados hasta los dientes. Me metieron de “prepo” en la chata y salieron echando chispas. Llegamos al parque y allí me dieron un ultimátum…”Tenés que matar a tus patrones y a los pendejos”

            Se imaginan como temblaba. Yo sabía que son de los de la pesada del sindicato. No me la iban a perdonar. Temblaba como una lámina de metal, me castañeteaban los dientes y las rodillas bailaban una contra la otra. ¡Qué julepe! En una bolsa entré el arma con seis balas en la misma y otra caja más. Porque eran siete, sí, siete con el Pipi y la Clarita. Sole tenía tres años y Luchi cinco. El bebé no caminaba todavía pero ni se lo sentía de tan bueno.

            Esa noche no pude dormir, fui como seis veces al baño, tenía vómitos y colitis. ¡No es para menos! Yo, Adelaida Gauna tenía que matar a esa gente hermosa por orden de un atado de locos gremialistas. En la mañana la señora me preguntó ¿Cómo le fue anoche con su pariente? Y le tuve que mentir. Vino a avisarme que me tengo que ir señora. Mi abuela en San Juan está moribunda y no hay quien la cuide y pensaron que yo soy la mejor nieta para cuidarla, así que esta tarde cuando termine las tareas me voy.

            ¡Qué pena Adelaida! La queremos tanto, pero está bien usted se merece cuidar a su familia.

            Me temblaba el cuerpo. Hice todo lo que pude para no mostrar mi miedo y mi vergüenza. Me pagaron con un premio por mi trabajo y salí corriendo. Me subí en la Terminal De Micros el primer coche rumbo a Buenos Aires, ya que allá es tan grande que no me iba a encontrar. Por lo menos en un largo tiempo, plata tenía, ahorraba algo de mi sueldo todos los meses y más lo que me habían dado al salir.

            Viví escondida en un pueblito del sur de Buenos Aires cinco años. Trabajé de vendedora ambulante, vendí helados, cociné en una fonda, hasta cargué bolsas en una feria de verduras. Un día hubo una revolución y sacaron a los palos a muchos, especialmente a algunos políticos mafiosos. Yo escuchaba las radios de noche en la pensión. ¡Ah, me mudé cuatro veces a distintos pueblos y nunca di mi nombre ni mi documento! Les decía que me lo habían quitado en un trabajo unos patrones malos.

            Supe porque me atreví a llamar a una comadre, que mi ex marido estaba preso; había matado a unos mayoristas de madera. Y volví. Dejé pasar quince años… y fui a buscar al doctor y a su familia. ¡Los encontré! Estaban muy felices de verme. Cuando les conté mi historia, me abrazaron y me pidieron que almorzara con ellos.

            El Pipi, me contó de usted, que es su profe del secundario y que escribe historias verdaderas, por eso me atreví a relatarle mi verdadera vida. ¡Pensar que me querían obligar a matar a toda la familia de mis patrones, por no estar metidos en los chanchullos del gobierno! Adelaida Gauna, nunca hubiera hecho algo tan horroroso.

EL PECADO

            Su tamaño le permitía hacer una suerte de piruetas y malabares como si la hubieran engendrado con siliconas, dúctil, ligera y fuerte, se contorneaba en un sin fin de movimientos circenses admirables. Lo hacía desde pequeña como juego, hasta ese día en que la vio Restrepo, el secretario del club del barrio. Tenía, ella, unos once años.

            Se presentó al presidente del club en una reunión y pidió la palabra, era uno más del equipo. He visto a una niña que puede hacer maravillas con su cuerpo, parece de goma. Describió lo que había observado en la clase de “tela” mientras la profesora del gimnasio, le daba unas ideas para trepar; cosa que ella hacía en forma increíble.

            Estaban pensando crear un grupo de chicos y no tan chicos para una murga que representara al club. ¡Era la persona justa! ¿Le permitiría su familia?

            Los interesados se moverían buscando la aprobación del padre. Y como era un socio antiguo y prestigioso, tal vez, les diera el ansiado Sí. Hicieron un llamado a un conocido murguero de la ciudad, un tipo extraño que movía multitudes de gente de toda laya en murgas famosas. ¡No sabían que tenía algunas denuncias por acoso! Pero todos sabían que era el mejor. Lo contrataron.

            A la semana tenían entre quince y veinte personas dispuestas a armar una murga. Los había bailarines, saltimbanquis, músicos y bribones. El club se hizo cargo de comprar ropa de acuerdo a los colores pensados por la comisión y los instrumentos que precisaban. Un a madre se aseguró el pago para confeccionar los trajes y los sombreros llenos de color y lentejuelas.

            A la pequeña, después de mil promesas, los padres la autorizaron ser del grupo. Ruidosos y versátiles, comenzaron a prepararse para una actuación frente a la comisión del club. ¡Fue extraordinaria!

            De tarde, casi cuando el sol terminaba de escaparse por el horizonte, se reunían para ensayar en la cancha de básquet que daba el espacio y el equilibrado lugar donde el ruido ensordecedor de los redoblantes y tambores. Una tarde llegó un joven que sabía de clarinete y saxofón. ¡Más sonido! ¡Ruido espantoso!

            Yola, sintió que ese era su destino, su vocación y amó la murga. Cada día despertaba soñando con la hora serena de la tarde en que se vestía con una simple calza y una remera ajustada a su menudo cuerpo, y así, con unas zapatillas deportivas adaptadas para moverse con absoluta libertad. Se sentía una musa  griega, tal vez Calíope o Terpsícore; sólo sentía que su corazón se agitaba cuando caminaba hasta el salón donde la esperaba la música y el movimiento.

            Llegó una tarde, más agitada que nunca. Se colocó la ropa que le habían confeccionado y de pronto se vio en los brazos de ese compañero nuevo cuyo rostro sombrío le asustaba un poco. Era alto, fuerte y musculoso, la alzaba sobre sus hombros donde Yola, hacía acrobacias. Luego un salto y caí en brazos del profesor. Sintió que era una muñeca de trapo. ¡Se molestó, pero era parte de la coreografía!

            Pasaron los días y se fue acostumbrando al ruido de la música y silbatos, al brusco movimiento de los cuerpos, al miedo que le provocaba Tulián, su compañero.

            Comenzó a adelgazar, comía poco y no tenía deseos de ir al club. Comenzó a faltar, a evadirse. Los compañeros la fueron a buscar, los padres preocupados, pidieron un descanso.  Yola no era así, antes era alegre, risueña… ahora se encerraba en su cuarto en silencio. Preocupados los padres llamaron a un médico. ¡Está cansada! Pero no vemos problemas serios de salud, tal vez un psicólogo la ayude.

            Una tarde salió hacia el club y sintió un fuerte olor que la seguía, ella había sentido ese penetrante aroma. Al atravesar el parquecito sintió una mano que le cubría la cara, le apretaba el cuello y casi no podía respirar. Pensó en Melpómene, la diosa de la tragedia, me van a matar, se dijo. Pero se defendió mordiendo a su atacante. ¡Ese olor! Su memoria, le traía en el cerebro si oxígeno casi, una figura desdibujada de un hombre. ¿Cuál? Sintió un golpe y se desmayó. Cayó rendida sobre el pasto húmedo. La atravesaron como a un animal en celo. Y la dejaron tirada en la penumbra. Salvajemente en medio de su sangre. Los ojos amoratados, la lengua crispada en el crimen interminable de la fuerza que con siseo mortal atacó su inocencia, a la vera del parque. Rota, desmembrada y trágica. Quedó allí hasta que al amanecer un transeúnte la vio y llamó a la policía. Una ambulancia la llevó ululante hasta un centro de salud.

            La murga, estaba consternada, sus compañeros y todo el cuerpo directivo, se propuso buscar al malvado que la dejó moribunda en ese estado. Yola, no reaccionaba. Su cerebro no respondía. Un coro de personas lloraban como el cuerpo de un teatro de tragedias. Menuda, empequeñecida y sombría se ahuecaba en el lecho rodeada de profesionales médicos y especialistas terapéuticos. Pasaban los días, sólo sus padres podían llegar hasta donde ella luchaba por su vida. Y una tarde, se acercó un terapista y el olor, ese que había penetrado en su conciencia, la hizo reaccionar levemente. Él, escapó de la habitación. Vio en los monitores que los signos habían variado enloquecidos. Nadie advirtió su huída.

 

HISTORIA DE UNA MUJER

 

¡La mesa está servida! Me enteré esta mañana de algo importante. Sí, si, te escucho. Me pueden interrumpir, por supuesto. ¡Ah, es que vino Martín esta noche! No sabía que había vuelto. ¿Cómo le fue en el viaje, ganó el torneo? Me imagino lo felices que estarán sus padres. Y vos, claro. No, servite tranquilo viejo, hay más. Hoy hice un puchero grande y guardé una parte en el congelador para después. También cociné estofado para varios días y amasé fideos y lasaña de carne y verdura. ¿Te gusta el pastel de papas? Ya dejé para por lo menos un mes y medio en el freezer. No, no lloro. Y bueno, si estoy llorando un poco… por todo lo que ustedes han logrado en estos años, y vos viejo, tu ascenso en la fábrica y Jorgelina en la facultad que le falta tan sólo la tesina.

Lloro por todo lo que Leopoldo ha ganado en estos años en la empresa y que yo no he podido ni siquiera ir a conocer Mar del Plata, ni pude ir a ver el ballet o salir a bailar a un “boliche” y porque nunca terminé besando a un hombre como Delon o Bratt Pitt o La Port, lloro por las joyas que miré mil veces en las vidrieras y no pude comprar, o en los viajes que soñé hacer a oriente o a Europa. Lloro, sí, ¿y qué? ¿Acaso no tengo derecho a llorar por el futuro? Ya lloré mucho en el pasado. ¡Por favor no atiendas el timbre que suena! Debe ser el tintorero que trae el vestido azul que mandé a limpiar, ese que te gustaba tanto cuando nos pusimos de novios. Pronto, seguro lo voy a usar.

¡Gracias por darme tu pañuelo! ¡OH, está roto, traeme el costurero Jorgelina, así lo remiendo! ¿Este es el pañuelo de tu papá? Está gastado. Sí, yo también más que gastada estoy rota. Hoy me llamaron del laboratorio y me dijo la secretaria que… me estoy muriendo, la biopsia dice: “Cáncer terminal” en el útero,  con metástasis en hígado. Por eso he hecho las cosas para ustedes. Viejo, por favor, pasame la sal. ¡Gracias!

LA ALDEA

 

La pequeña población donde Maida nació, es un rincón lleno de gente simple y le gusta de la charla larga que se produce al ocaso en el mesón “El Disparate”. Allí se concentra todo el parroquiano que regresa de sus tareas diarias en el campo o en las oficinas estatales.

Su padre un tonelero que hábil con las herramientas provee a varios pueblos de los alrededores. Su madre, Gimena, una mujer que se siente feliz con su trabajo hogareño. Tiene cuatro hermanas y dos hermanos que la miman y la cuidan mientras hacen sus tareas de escuela. El pastor alemán se llama Lemus y no saben quien le dio el nombre, pero los sigue como su fidelidad le dicta.

Maida es una niña tímida y suave, diferente a sus hermanos que ruidosos, van y vienen por el pequeño hogar y la huerta que rodea la casa. Con ellos vive el abuelo. Un anciano callado y sabio que sabe de plantas, cosechas, siembra y animales de granja.

De vez en cuando se sienta en la mesa del bar y toma una cerveza y charla con los parroquianos. Lemus siempre a sus pies esperando un bocado que deja caer sin disimulo. Algunas veces el saca el violín y ejecuta antiguas melodías de su infancia y juventud. Sus dedos algo agarrotados por la artritis y el paso de los años logran un bello sonido a pesar de eso.

Pero los años pasan y Maida crece con una enorme necesidad espiritual que la acercan a los enfermos, niños solos y ancianos que sienten que esa niña les lleva un arco iris de paz y ternura. Los padres la observan y murmuran preocupados que no es de este mundo real, sino de uno más lírico. Excelente alumna y buena con el violín que heredó del abuelo, canta en la iglesia con el beneplácito del cura. Ella cree que tiene un llamado especial de Dios para hacer de su vida un camino religioso.

Ingresó en un convento. Su vida allí fue un mundo de paz y oración. No perdió la alegría pero al paso del tiempo comenzó a sentir una pequeña comezón en el corazón. ¿Qué sería su vejez? Sus hermanos con hijos y familias alegres y ruidosas, la visitaban una vez al año y ella disfrutaba al llegar y sufría al irse los amores de los sobrinos.

Un día preparó su pequeño bolso y pidiendo permiso a la superiora se retiró del convento.

Pasó un par de meses y conoció a Daniel, un ferretero que ya mayor estaba solo y le ofreció matrimonio. La duda era grande, pero pudo más la ternura de ese bondadoso compañero que le mostró otra cara del la vida. Así ya mayores, una mañana alguien dejó en su portal un niño de apenas meses y ambos llenos de alegría lo recibieron con los corazones abiertos. Con el paso de los años, el muchacho se puso rebelde y una noche, discutieron con él porque llegó bebido. Al día siguiente encontraron a la pareja con un cuchillo en el pecho bajo un charco de sangre. Aun busca la policía al desgraciado hijo que no respondió al amor.

martes, 22 de junio de 2021

UNIENDO LOS OPUESTOS, DESAFÍO DEL TIEMPO


 

                        No es fácil ser músico, pero es hermoso. La vida transcurre de otra manera. Un concierto aquí, una serenata por allá, un compromiso sin sueldo y la necesidad de ganarle a cada artista un lugar. Es como encontrar una estrella en la constelación con tu nombre, ser dueño de un árbo, vaya, no sé, ser músico te pone frente a la gente como a alguien medio extraño, especial, alegre. ¡Aunque a veces seas más trágico que Mahbeth! Yo soy optimista por naturaleza, me decía Ernesto, mi amigo saxofonista. Yo también, le dije, pero no es tan fácil, cuando tenés que pagar las cuentas y no tenés ni un cobre.

            Mi historia es bonita. Desde chico me gustó interpretar música criolla en guitarra. Me extasiaba escuchando a mi padre y tíos, bajo un sauce en las tardes de verano, allá en el sur de mi provincia, cuando cantaban entre vino y vino, chacareras y tonadas. Aprendí bien, en la universidad. Papá no quería que fuese de esos músicos improvisados y noctámbulos, sino un señor. Así, logré mi título universitario en composición e intérprete de varios instrumentos. He vivido un sinnúmero de anécdotas. Y ahora les contaré una tan especial como una canción de amor.

           

            En un viaje que hicimos con un grupo de amigos músicos, para un festival de esos que en el verano, te devuelven la fe en la gente; nos detuvimos en un pueblito perdido en el campo. Teníamos sed y hambre. El boliche, parecía recortado de una lámina de Molina Campos. Reja separando al hombre de los paisanos. Botellas de ginebra barata y vino tinto en tetra; moscas y naipes grasientos que brillaban sobre mesitas de madera de álamo ennegrecidas con humo y tierra. Mugre, mucha mugre. De unos piolines caían unos salames grises, viejos y secos. Un queso bajo una campana de vidrio ordinario y vasos facetados de todo laya. Ninguno igual. Los parroquianos, verdaderos hombres de campo, puesteros cuyas manos endurecidas de pialar ganado cimarrón, de alambrar campos inhóspitos a pura mano y abrir pozos en medio de los pedregales con pala y pico. Ropa gastada y antigua. Alpargatas deformadas en sus pies callosos y con nudos artríticos. Sombrero infaltable y el cuchillo, en la cintura, por si acaso.

            Nos sentamos en una de las mesillas y pedimos bebidas cola. Nos miraron con desprecio y ofuscado el gringo, nos sirvió un vaso de vino tinto a cada uno. Cuando vieron las guitarras se vinieron como abejas al polen. Despacito se fueron arrimando y con gestos serios y poco expresivos algunos preguntaron en voz baja nuestro nombre. Otros nuestro destino. Alguno, si queríamos gastar unas cuerdas para ellos y se armó la guitarreada. Como a las siete de la tarde cayó un tal Garrido. Ramón Garrido. Puestero de lejos del boliche. Se acodó en el mesón detrás del enrejado y pidió una ginebra. Atento, escuchó una cueca y volteándose, pidió un trago para los convidados. Esos éramos nosotros. Relumbraba el cuchillo en la cintura. Los otros hombres comenzaron a despejar y salir hacia sus caballos; tomando el camino que los llevaba a sus puestos de regreso. Seguimos tocando zambas, tonadas y gatos.

            Se fue acercando la hora de ir al Festival y cuando ya el vino nos hacía cabriolas en la panza, nos despedíamos de Ramón Garrido. El puestero, tomó a mi amigo Baldomero Vargas, gran percusionista en el bombo legüero, y le ofreció, como  regalo,  su cuchillo. Mi amigo no sabía qué hacer. Se negaba y el hombre iba juntando bronca. El “Cholo” Pereda, el otro compañero guitarrista, le dijo por lo bajo, que le aceptara y Baldomero le recibió el cuchillo. A cambio le entregó su “querido” pañuelo del cuello, que un amigo le trajo de Medio Oriente.

            Quedamos invitados a su casa para el día siguiente cuando se terminaba el festival. Así, después de recorrer con el jeep sesenta kilómetros de camino difícil y cerril, llegamos a un rancho de barro y caña. Esa era su casa. Entramos a la gran habitación, donde dormían dos pequeños. Luego aparecieron de a uno otros cinco niños, con caritas curiosas y curtidas. Ramón, nos llevó bajo un enorme aguaribay y en un tablón, vimos el generoso banquete que había preparado. Un chivo crocante sacado recién por su mujer, que estaba embarazada de entre siete u ocho meses de preñez, de las brasas. Jamón de ñandú, charque, guiso de liebre, queso de cerdo hecho por las manos hacendosas de su mujer, y un sin fin de verduras cocidas a las brasas. Vino tinto patero.

            Sacamos bombo y guitarras y serenata va serenata viene se pasó la tarde. Teníamos que regresar a nuestra ciudad. Mañana todos teníamos que continuar con la vida loca de la capital. Baldomero, le prometió volver en cuanto pudiera. Lo miramos serios, porque para Ramón, sería un agravio si no lo hacíamos. Yo, sinceramente ni soñaba regresar a ese puesto lejano. Entonces el “Cholo” dijo… tal vez, en semana Santa nos vemos. Nos tomó la palabra y comenzó a decir todo lo que nos esperaría. Chivito, cerdo, y un sin fin de manjares.

            Al subir al jeep, Baldomero dijo. Yo, no vuelvo, tengo que ir a Córdoba a tocar para Semana Santa. Yo, tampoco, toco para las españolas del ballet de San Juan. Y cada uno recordó sus compromisos.

            La mano de Dios, no sólo ataja penales. En Semana Santa, cambiaron todos los planes por razones múltiples y nos contrataron en el sur, para un congreso de médicos locales. Viajamos. Por la mañana del Jueves, estábamos sentados bajo un sauce llorón descansando de tantas fatigas, cuando a lo lejos, vimos una polvareda. Un jinete se acercaba a nosotros. Cuando ya lo visualizamos, era Ramón Garrido. Venía a nuestro encuentro desde su puesto; traía entre sus brazos, envuelto en el pañuelo de oriente su nuevo hijo. –“Acá le traigo al ahijado.” – y le extendió el cuerpecito moreno al Baldomero, que lloraba como un niño emocionado.

LIRIOS VIOLETA

 

Rondas de lirios violetas

coronando al sol poniente

en mi jardín de silencio          con su eco

de cascada en roca suelta

que al río va cayendo

Peces de pétalos suaves

 promesas multicolores      perfumadas

donde el duende de la noche juega

con resplandor sibilante del viento del olvido

 

UNA FIGURA SOLITARIA

           

Miró el cielo y se sorprendió por el color sombrío de las nubes. Una tormenta perturbadora se apoyaba sobre el horizonte. Amarró la barca  en el fondeadero junto a la del “Griego” y ató con fuertes sogas el trinquete  y las lonas para sostener su futuro. El bote pesquero que tanto amaba podía ser presa de la ira de los dioses del mar. Era lo que aún tenía para seguir viviendo. El sentido de respirar y suspirar, de alimentarse y seguir vivo.

            Tres años atrás, había perdido a su compañera. Guadalupe o Lupe como él le decía en la intimidad, sucumbió al cáncer que hizo estragos en su amada. Noches en vela abrazando su cuerpo débil y dañado, su fragilidad era la de una ola en la escollera.

            La piel y los huesos se perfilaban en el adorado cuerpo de Lupe. El sol se apagó en sus ojos y en su corazón y la dejó en la tierra bajo una losa que apenas sostenía el nombre querido: “Lupe, amiga y compañera”

            El “Griego”, le gritó que saliera del malecón y se refugiara en la vieja casa de piedra. No lo oyó. La lluvia, truenos y relámpagos tapaban incluso el agitado tañer de las campanas de todo el puerto y barcazas. Corrió. Se encerró en la bodega del “Húngaro” esperando que cayeran algunos rayos. Maldijo en todos los idiomas que imaginaba existían. Sólo con una botella de ron, se tiró en una hamaca desvencijada y se quedó dormido. El bramido del mar sobre las piedras y el choque de la madera quebrándose entre las rocas, lo despertó.

            Aventuró una salida y en el enmascarado chubasco, entre luces de rayos y relámpagos, alcanzó a entrever su casa. Aferrándose a las paredes y pasamanos pudo llegar. Empapado y haciendo un enorme esfuerzo abrió la puerta y un aire helado encubrió su aterido cuerpo.

            Encendió la salamandra y desnudo, se tapó con una manta que tenía más recuerdos que años y más nostalgias que belleza. El aguardiente le avivó la sangre. No supo por qué, lloró como hacía años que no lloraba. Y por primera vez, después de haber regresado del dolor de Lupe, pensó en Dios. ¿Existe? Pensó en su historia de marino pobre. ¿Cuándo ese Ser dispuso que él, fuero lo que era y ahora estaba así, más inerte que las piedras de su morada?

            Bramaba la pesada puerta y las celosías como gigantes en guerra. Las olas traían grotescas ráfagas de agua salada hasta la vivienda. Casa muy antigua la de los marineros. De generación en generación estaban ocupadas por familias pobres y linaje de bravíos pescadores. Comió un trozo de pan con tocino. Y concluyó con la imagen de su destino. Mañana si estaba en pie y su bote perduraba; y la borrasca, como otras se amansaba, saldría a buscar atún con el “Griego” y el “Húngaro”. Eran amigos. No, eran su sostén en la pesca y sólo compañía en el bar algunas noches de bonanza. No conocía sus nombres. No sabía ni cuándo ni de dónde llegaron a Puerto de Las Palmas.

            Nunca se preguntaban nada, la gente llegaba y se unía con sus barcos y sobrevivía sin investigar pasado ni presente y si un día ponían proa y se iban, dejaba un silencio que pronto ocupaba otro extraño hombre de mar.

            Ajumado con un aguardiente pésimo, se durmió hasta no oír la tempestad que pugilaba la rada.

            Envuelto en un silencio roto sólo por el grito de los cormoranes y aves peregrinas que desquitaban bocados dejados sobre la escollera y las piedras del puerto, despertó. El sol caía poderoso después de la tormenta. Se vistió y salió. No quedaba nada. Maderas rotas, jirones de lona que fueran sus velas y restos de redes. Rocco Vaccaro no tenía nada. Su linda chalupa era tablones y astillas. Se sentó en las piedras frente a lo que fuera su barco. No habría atún, ni cangrejos, ni sueños.

            El “Griego” y el “Húngaro” llegaron y mudos se quedaron junto a él, y lloraron por primera vez unidos. Después caminaron hacia el viejo bar. El anciano “Krystos” como antiguo pirata, les sirvió una copa del mejor ron caribeño y no articuló palabra.

            Pasaron horas interminables sin hablar. Pertinaz, Rocco de pronto dijo: “Tenemos que hacer algo. Juntar lo que nos queda y comprar otro barco.”

            La mirada sorprendida de los hombres lo hizo perseverar y les habló de su pérdida más grande: Lupe.

            Se pusieron de acuerdo, comprarían un bote y seguirían pescando. El ron hacía su parte en el acuerdo.

            Al salir del tugurio, se dispersaron buscando cada uno la ruta a su promesa. Rocco se detuvo frente a su casa y parada allí, había una extraña muchacha. Lo miró largamente en silencio. Era joven y frágil. Perplejo siguió hasta la plaza y buscó el letrero del viejo prestamista. Él aún tenía el reloj de oro de su abuelo y monedas que encontró buscando ostras. Eran monedas de oro, antiguas y las había guardado mucho tiempo. El viejo avaro, las mordió, cepilló y pesó, repesó y mascullando improperios le entregó unos buenos billetes. Al salir de la vivienda del ducho mezquino, la volvió a ver. Estaba parada junto al portal. Esperaba. ¿Qué? Se preguntó Rocco con temor, tal vez ¿quería su dinero tan duramente conseguido? No. Sólo lo miraba. Ojos color de cielo tormentos y silencio obstinado.

            Llegó a su casa. El “Griego” lo esperaba sonriente. Tenía un puñado de billetes. Llegó el “Húngaro” y también traía él su cosecha de dinero. Juntaron suficiente para comprar un barco de pesca de altamar. Oportunamente vieron a la joven detenida en la escollera. Solamente Rocco, la miró con detenimiento. Era bella.

            Pasó un tiempo y cada día, la figura solitaria, parada en los caminos, calles o sitios más extraños, estaba ella. Un día Rocco se animó, la encaró y habló. Mil preguntas, ninguna respuesta. Le tomó la mano y se la llevó al pecho de hombre fuerte, lo miró a los ojos y él sintió un calor descolgándose en su cuerpo. La atrajo a su casa, a su cama y osado la gozó en silencio. Dulcificó los días. Una noche de tormenta, cuando dormían, ella despertó y salió. Se fue.

            Nunca supo el nombre. Nunca de donde vino y jamás sabrá adónde la podrá buscar. ¿Será el alma de Lupe hecho mujer?

           

           

 

           

HOMBRE SIN NOMBRE PROPIO

 

Llovía. Llovía como si el cielo quisiera desgajarse en lágrimas. La habitación era de pobre a miserable, pero Virtudes Maidana vino igual para ayudar en el parto. El viento se entrometía por cada agujero del rancho desnudando la pobreza. En el catre, casi desfallecida, la “Tuca” gemía en un charco de aguas y orines sangrientos. La tapó con un poncho y se sentó sobre el vientre para que pudiera expulsar al hijo. Un grito eterno y fatal escapó junto con un chorro de sangre y niño. Así nació el infortunado.   

  Flaco, embadurnado de grasa placentaria y mierda de la parturienta. La nueva madre tenía apenas trece años y el chico, pesado a ojo por la Virtudes, había cargado unos cuatro kilos o un poco más. Desgarrada y desfalleciente, quedó sobre el colchón de chala con perfume a desamparo. La Tuca era la que atendía el boliche y el patrón le dijo:- ¡Si serás mencha, así no se hacen los hijos! – y la agarró sobre el mesón donde vendía la bebida y se despachó hasta que no le quedó un poco de semilla sin arrojar en el hueco húmedo y destrozado de la infeliz. Salió sonriente y le tiró unos billetes “para que te comprés un vestido nuevo y lavate bien, no vaya que se te note”.

La Tuca muda, sin lágrimas, se secó los mocos con lo que le quedaba de la pollera y se tocó “la peluda” donde le salía sangre y un jugo viscoso con olor a lejía. Se tapó con un mantel que guardaba Don Yumma en un arcón en espera por si venía alguien de afuera, de la ciudad o un personaje de la política, como le contaron que a veces sucedía en época de elecciones, se acercaban a comer y beber hasta caer borrachos al piso. Salió en silencio hasta la covacha que le servía de habitación. Se tiró al camastro desvencijado y se dejó morir por el palpitar alocado de su cuerpo herido. Esa noche murió su alma. Esa noche murió el deseo de vivir por el dolor agudo que le dejó el patrón. Inmundo. Olor a animal de corral usado. Podrido. Cobarde.  

Al otro día la echó. Le dijo no se cuántas palabrotas que no entendió y la golpeó con el rebenque. Y ella tomó lo poco que tenía. Nada en realidad y se fue sin rumbo por el callejón de tierra. Caminó hasta que el dolor y el hambre la anotició que aún estaba viva. Se acercó a la chacra de los Hidalgo para pedir ayuda. Allí, la vieja Evarista apenas la vio se dio cuenta qué había pasado. Tenía años como para de una ojeada ver lo que otros no veían. Le dio asilo y la acomodó en su rancho. Su vida no había sido distinta y no se dijo una sola palabra del suceso a nadie.

Don Yumma, cuando recibió la visita del comisario por el boliche, le insinuó que la Tuca se había escapado con el “Chineño”, un vago que andaba por ahí y el astuto policía con una mirada de aguilucho le respondió, que “por casualidad había aparecido ahogado, el tal “Chineño”a orillas del remanso del arroyo El Junal hacía una semana y que de la Tuca, no había ni un petate”. El embustero meneó la cabeza y sólo hizo ruidos incomprensibles. Igual, la Tuca no era importante y nadie movería un dedo por una pendeja así.

Todo quedó en aguas sucias de pueblo endiablado y promiscuo. Así llegó la menta que en lo de los Hidalgo había una gorrona preñada y que la Evarista la cuidaba.

Y llegó la lluvia y el ingrato nacimiento del niño. La Virtudes lo envolvió en un trozo de sábana limpia y se lo dio al Nicasio Ochoa, su hombre. Él, buscó entre sus papeles un librito y dictaminó que como era el día seis de enero, se llamaría como estaba escrito: Ador. De los Reyes. Preguntó el apellido de la Tuca. Nadie lo conocía. Ella ya no podía hablar su corazón se debilitaba y el calor de su cuerpo huía tal como las nubes se iban abriendo para entreverar rayos de sol entre las cañas del techo. Así quedó como nombre Ador, de los Reyes, como apellido.

La Evarista se llevó al muchacho y con leche de cabra y burra lo alimentó. Pero sus noventa y tantos la llevaron bajo tierra como a la Tuca, que quedó debajo del sauce  a orillas del molino harinero de los Arredondo. Ador tenía cinco años y a nadie que se hiciera cargo de él.

El cura párroco de La Anunciación de María lo asiló unos meses, pero comenzaron las tilingadas de “que es hijo de él y lo tenía escondido” y “que le gustan los mimos de niños más de la cuenta” o “¿Quién sabe si no es una encarnación del Maldito?” y mil supercherías propias de ignorantes por lo que se apuró a buscar una familia que lo cuidara.

Fue a dar con unos recién llegados de Italia. Unos Friulanos de gustos sobrios y trabajadores que no tenían nada más que siete hijos. Lo recibieron con el mismo amor que a los propios. Don Giácomo y doña Giulia, lo quisieron. Buscaron darle una educación esmerada mandando a todos los varones a la escuela y a las nenas no sólo a la escuela sino que aprendieron piano, violín y corte y confección.

Ador, era feliz. Un día se cruzó con Don Yumma y éste lo tomó de la ropa, con una mirada inquisidora penetró en sus ojos oscuros y moros y le dijo: “Te parecés a tu madre pero tenés los ojos de un beduino”. Ador salió corriendo y abrazando a Giulia le contó asustado lo que el bolichero le había dicho. Esa noche, Giácomo le propuso a Giulia vender la chacra y emigrar a Santa Fe. Muy pronto se marcharon, dejando un recuerdo grato a quienes los conociera y  un sobre que al momento de subir al tren le acercó Virtudes Maidana. Era la historia de Ador de los Reyes.

Pasó el tiempo y como buenos inmigrantes llenaron la casa de títulos universitarios. Ador, les regaló uno que decía: Médico.

Ese día la madre del corazón puso en sus manos el sobre de papel amarillento, algo engrasado por las manos de la vieja partera y el tiempo transcurrido. Una nube de congoja llenó el pecho del muchacho, que se propuso volver al pueblo que lo engendró.

Llegó una tarde de enero. Llovía como si el cielo apasionado devolviera la memoria en lágrimas su ofuscación. Truenos y viento helaba  erizando la piel. Dejó su coche a la puerta del boliche, caminó lentamente hacia el mismo mostrador donde fue engendrado y allí en una antigua y destartalada hamaca encontró al viejo. Ciego y riscoso, olfateó en la penumbra y dijo: “Te esperaba”.

Ador se aproximó confundido. En principio con un odio descomunal que lo había hecho pensar en matarlo, luego, cuando observó ese lamentable personaje desgreñado, sucio y degradado por las úlceras de la diabetes, se conmovió y sólo atinó a decirle: ¿Por qué lo hizo?

Don Yumma, sin aflicción sonrió y en un suspiro apenas audible murmuró… ¡La carne joven me enceguecía, endemoniaba sin escrúpulos mi cuerpo y una fuerza poderosa poseía mis manos! Nunca pensé que tendría un hijo. Eso era para la gente buena. Yo no lo merecía. Y el día que te vi., supe que lo eras. Que había engendrado un hijo. Te aguardé sin esperanza. Ahora puedo morir tranquilo y le alargó una caja de plata con incrustaciones de nácar. Acá tienes tu herencia.

Ador recibió con un sentimiento de rechazo la caja del viejo que cayó rotundo al piso. Al dejar la caja para sostener al moribundo una lluvia de monedas de oro cubrió el suelo. Bajo el vientre del anciano una alfombra de joyas preciosas sirvió de pomposo refugio al cuerpo consumido. Las nubes oscurecieron aún con mayor espesura la tarde y unos rayos fortuitos iluminaron al muchacho que sobrio trató de mitigar su ánimo. Salió sin tocar nada. Buscó a un vecino y le pidió ayuda. Pronto se llenó de gente que observaban al andrajoso Yumma rodeado de una enrome fortuna, y, solo.

Estaba tan solo que ni todo el desierto de donde había emigrado quisiera recibirlo en su seno. Solo con su estupor y espanto de fantoche de demonio. Obsceno en su soledad de ignominia y abusador de niñas desgraciadas.

Ador de los Reyes salió cerrando la puerta sin volverse atrás.

LA MUDANZA INESPERADA

 

Ni bien encendió la luz, vio que se encontraba dentro de una habitación muy desordenada. Limpia, pero una cosa tirada por ahí y otra por allá. Sobre el piso de madera sin lustrar, caía el agua desde la escalera. Era una verdadera catarata gris azulada. No había un olor conocido. Era picante y áspero para los pulmones. Sintió miedo, a pesar del precioso sonido del agua que caía. Miró hacia la baranda del piso superior y cayó en la cuenta que del techo, con un enorme agujero, se dejaba caer el agua. Debía subir para reparar el techo, pero no podía. ¿Para qué, se preguntó? Si allí no se quedaría ni unos minutos. Esos eran los planes. Dejar el bulto que le pidieron hiciera el favor de llevar y regresar a su hotel.

Un sonido gorgoteante lo distrajo. Del piso comenzaba a salir agua también;  sus zapatillas se mojaban con desconsuelo. Se paró en un resquicio seco y trató de saltar para evitar la humedad que fluía. Fue en vano. Se cayó en medio del charco. Una palabrota grotesca salió impulsada de su garganta. Quiso atraparla pero fue tarde. Allí bailoteaba en medio del sonido acuoso. De pronto, parada junto a una ventana sin vidrios se asomó una cabeza. Era de suave color rojizo. Enormes ojos negros lo observaban mientras de la boca, la risa, aplaudía el recinto con fuerza. La muchacha se reía de su postura o de él.

Se enojó. Su rostro era el de un pequeño demonio irritado. Y ella, se dejó caer a su lado, con un deshilachado vestido verde y con un zapato rojo, sin taco y otro azul con suela de goma. Despeinada. Alegre. Se reía, mientras miraba con curiosidad sobre la mesa el paquete envuelto en papel color marrón que envolvía un cordel de mechudo hilo  amarillento. Parecía un espantapájaros escapado de en medio de la campiña de un cuadro de Van Gogh. Renso, se quedó quieto dejando que el agua lo invadiera. ¡Total, ya era inevitable estar mojado y no quiso ser más el monigote que ella veía!

Toma tu estúpido correo y déjame ir. Entrégame, por lo menos, una buena propina. Pero no volveré jamás a traer nada desde la ciudad. Eres detestable. Se irguió y tras darse vuelta intentó salir. Pero el agua ya le llegaba hasta la pantorrilla. Tenía dificultad para mover sus piernas ortopédicas, cuyas partes metálicas le hacían doblar las bisagras sin que pudiera impedir el brusco movimiento. Ella lo abrazó por debajo de las axilas y lo arrastró hasta el sillón, que con sus resortes saliendo por todos lados se pinchaba el cuerpo. Pudo sentarse más cómodo y al ver la triste figura de la joven comenzó a reírse, esta vez de ella. ¡Eres un esperpento! Si te hubiera conocido antes no traigo el correo. Pero viene de tan lejos, que pensamos que era importante y valioso. Nunca más. ¡Eh, dije nunca más! Mira el daño que me he hecho por culpa de tus derrames. ¿Qué se te rompió, además del techo? ¿O son las lágrimas de los fantasmas por verte tan fea y mal peinada? Mírate. ¿Acaso no tienes un espejo? Ayúdame a ir hasta el puentecillo de tu huerto y así, ya algo más seco volveré a mi vida normal. ¿Vives sola? Ella lo observaba señuda. ¿Eres insoportable, me quejaré al jefe de correo por el empleado que mandan. Te crees mejor porque eres de la ciudad, pero tus piernas no me hacen sentirte pena ni siquiera siento ganas de hablarte. Se acercó a la puerta y haciendo un ademán de saludo salió. ¡Oye, eh, tú, testaruda! Debes ayudarme. Mi nombre es Sara. No te pienso ayudar si no te disculpas. ¡Bien estimada Sara, tendrás que ayudarme, de lo contrario tendrás que cocinar para mí, limpiar este desastre total y secar todo! Ya que no me iré. Solo no puedo llegar hasta el huerto y pasar la barandilla si no tengo secas las piernas ortopédicas. Tú decides. La soledad se reflejaba en los ojos negros de Sara, quien miraba tratando de ser indiferente el cuerpo desmembrado del muchacho. De un tranco se acercó al sillón y con la fuerza de un muchacho lo alzó sobre sus brazos y salió de la vetusta casa mojada.

Lo depositó sobre la tierra ocre y apenas perfumada a vides recién cosechadas. Vete. No vuelvas más. ¿Crees que te toleraré otra vez acá en mi mundo perfecto? Si allá, en la ciudad, debes ser el hazme reír de todos. Mala, eres muy mala Sara… una muchacha con espíritu de bruja. Eso debes ser. ¡Bruja tu hermana! Yo soy una reina. O lo seré cuando cumpla los dieciocho años en septiembre. Vete, vete. Y se escondió con rapidez. Renso sintió pena. ¡Pobre chica, allí, en medio de ese lugar tan triste! Si tuviera mis piernas sanas, le ayudaría. La cabecita se asomó para espiarlo. Tengo mucho que hacer, por lo que debes irte.¡Ah, sabes que me has traído? Un vestido nuevo y un par de zapatos de tacones plateados. El vestido es azul y es hermoso. Nunca me verás vestida con él. La risa atravesó el espacio. El viento trajo la voz risueña de Sara, que sólo conocía su verdad. Apenas podía entender lo que le hablaban, su inteligencia había sufrido una seria fractura en un momento de su adolescencia por un raro síndrome, que infectara su corteza cerebral.    

           

LA SONRISA

 

En la larga esfera de la tarde

el estrépito de un sol incandescente

me dibujó una sonrisa

inaugurando sequías

continué en silencio

una tarde de invierno

junto a la acequia

pero necesaria mi alma

contempló mi rostro desangrado

en espera de sueños confiscados al exilio

comprendí que no era mi materia

debí soñar despierta

abandoné a esa amiga antigua, mi utopía      

en un desierto de extraños y

pensamientos añejos.

Tú, muy lejos gritabas mi nombre,

sin respuesta mi cuerpo y  la garganta.

Gritabas mi nombre en mil idiomas extraños

mi cuerpo era un arpegio de silencio.

Era un erial secreto con un fantasma de aguas cristalinas.

SOMBRAS EN EL CORDEL

            El viento juega con la silueta en la terraza antigua. Un rumor agiganta las sombras. Llovizna y el cordel sostiene gotas de agua, pequeños diamantes que reflejan tu ausencia. ¿Dónde estarás ahora? La pregunta juega con la camiseta que envolvió tu cuerpo amado. Nadie responde. Sombras. Soledad. Una ausencia que se agiganta en la tarde cuando el candado de silencio atrapa tu recuerdo. Presiento que otro amor despertó en tu pecho. Allí estará jugando mi fantasma, el de mis besos y mi cuerpo acoplado a tus brazos. El perfume de jabón y lejía, atraviesa la terraza donde busco en cada prenda tu presencia. Se expande el perfume de la nostalgia celeste que se agranda en tu alejamiento. ¿Volverás algún día? El cordel solitario acuna broches. Ya, hasta faltan tus risas colgadas al viento. Los broches parecen tus hombros apelando a ser hombre en mi esperanza. ¿Volverás? Serás tan sólo un recuerdo en mis noches solitarias. Apoyaré mi rostro en la almohada para percibir el perfume de nostalgia. Ayer llamó buscándote por tu nombre, no era sino ella que dudó de tu amor.  Sabes, presiente muy en su interior que acá está el verdadero, el que te devolvió a la vida. Yo sabré esperarte. Mi corazón abrumado construirá un nuevo nido para acunarte. Eres más niño que hombre. ¿Maduran los duraznos en invierno sin el calor de unos brazos tiernos? Yo esperaré con mi silencio retratando sonrisas en la calle, cocinando bollitos de anís y nueces, caminando sobre los parques descalza sobre el césped. La lluvia volvió sobre el cordel y sólo queda una camiseta que vuela llevándote mis besos.

EL BOBO DEL MARTILLO

 

La finca “Siete soles”, era tan grande que no se conocía un buen mapa de su tamaño. Los dueños, unos ricachones de Buenos Aires, venían sólo para la cosecha. Daban trabajo a muchos obreros, pero como todo extraño a la tierra, no se interesaban por la gente del lugar.

El cultivo y el pago estaba en manos de Cárdenas, comisario y buen vecino. Hombre fuerte de la zona. Lamentablemente arreciaran los incendios y tormentas de granizo, pero él, siempre estaba al pie ayudando.

Un día, después de un incendio en la estancia grande, Cárdenas estaba proveyendo de palas a los obreros que se acercaron a cooperar. Ahí fue, cuando vio a Eulogio pasar con una carretilla hacia el galpón de la herrería. Le llamó la atención el bulto que tapaba con una lona sucia. Alguien lo distrajo con un pedido para el sofoque. Se dedicó a entregar picos a los hombres del pueblo cercano. Ellos querían evitar que el fuego los alcanzara. Los aviones hidrantes iban y venían desde el río al campo en llamas soltando agua del río desde la panza del avión.  

            Los patrones, avisados por telégrafo, estaban de parabienes cuando supieron que se había extinguido el foco del  norte, el más valioso en almendros y nogales.

Pasado dos días, entre los árboles quemados, encontraron una calavera. Otra más. Esta vez tenía el cráneo roto de un martillazo. Cárdenas llamó al jefe y le comentó que había observado a Eulogio pasar con un extraño bulto, pero una carcajada lo dejó un instante paralizado. El muchacho, disminuido mental, traía una de aquellas desfiguradas famosas cabezas de barro. Las hacía desde niño. Malformadas pero reconocibles como  títeres grotescos. Eulogio no era capaz de matar una mosca, dijeron a coro. Con una mirada estúpida la dejó en el umbral de la comisaría. Reía a carcajadas. La baba del muchacho, que ya tenía como cuarenta años; mojaba esa cabezota malformada con la que él infeliz los distraía.

            Cárdenas trató de sacarla del medio en el momento mismo en que el bobo, con un martillo la empezó a romper. La herramienta estaba muy sucia. Tenía pelos y sangre. Mucho barro y el mango algo quemado. También observó que los brazos del lelo, tenía una seria quemadura y en la ropa tenía agujeros hechos por el fuego.

El principal Hernández, el ayudante, preguntó: “¿Con qué te haz hecho eso?” El muchachote contestaba sin palabras y sólo reía y reía sin dar mayor precisión. Nada sacarían de él. Cárdenas lo tomó con algo de brusquedad y lo obligó a entrar en la comisaría. Eulogio, se tiró al piso y se puso a llorar con temor. Se orinó y se secaba los mocos con la parte de su manga donde tenía la quemadura. Tiznó su rostro ya sucio. Luego de arrastrarse y gimotear un rato, Hernández lo tranquilizó. Le dio  un vaso de cola y un resto de sánguche que había en la mesa. Trató de indagar pormenores. No logró nada.

Llegaron desde la zona este con la noticia de que se había iniciado un nuevo incendio. Era intencional. Era imposible impedir que se apagara en forma rápida. Ambos policías despidieron al enfermo con la seguridad, ahora, de que él nada tenía que ver en el asunto. Salió como disparado.

            En ese tercer fuego también encontraron un cráneo roto a martillazos. Quemado. Pero por algunas piezas metálicas de la ropa, supieron que era un peón del campo donde vivía el idiota. El padre del muchacho era uno de los que más había ayudado en la terrible tarea de apagar el fuego. Arribaron a la casa y el viejo corrió. Detrás, el muchacho, cuando vio llegar la autoridad salió despavorido e infeliz como quien se lo lleva una tormenta. Se internó en el monte. Llegaron en ayuda más personas buscándolo. El rastrillaje dio resultado. Allí estaba el viejo desquiciado martillando la cabezota ensangrentada del pobre imbécil. Comprendieron con dolor que él había tratado de decirles eso. Todos pensaban que ese juego que Eulogio tenía desde niño de armar cabezas de barro y romperlas con un martillo, había sido sólo un juego, pero en realidad el pobre “tonto” tan sólo imitaba lo que su padre hacía en cada asesinato.

                                                                      

 

RECUERDOS DE LA INFANCIA


 

            Se descolgó del tranvía con el diario jugueteando bajo el brazo. Miró a derecha e izquierda. Sólo vio el cartel desdibujado, del almacén “El Progreso”. Cerrado. Todo alrededor moribundo. Los árboles agonizando. Las veredas rotas. Las casas quietas. Volvió para asirse del barral del transporte, pero éste doblaba la esquina en huída fervorosa.

            Parado. Recorrió con la mirada las pocas viviendas amortajadas por la soledad. Comenzó a caminar por Morín Navarro, hacia el sur. Un aire gélido le descolgó el sombrero que rodó por los adoquines junto al recuerdo.

            Observó la otrora magnífica casa de Lucinda. La hiedra invadía todo. La bella reja española, orgullo de la familia de la niña, se quebraba por el moho. Un fuerte olor a orín de gato le cacheteó la evocación. Se detuvo un instante frente a la puerta e ingresó al territorio de sus imágenes perdidas.

            Allí jugaban a la rayuela con Tato y el Colorado. Allí la vio por primera vez. Junto a la reja. Tenía, un vestido celeste, trenzas gruesas y zapatos negros brillantes. Hoy se que eran guillerminas de charol. El pelo me pareció, entonces, como una cortina de luz solar. Era una primavera cálida. Mis pasos se dispararon y caí junto al cielo de la rayuela. Ella era el cielo. Se fue corriendo y se perdió tras el cancel vidriado de su casa.

            Tenía once o doce años. Era como un pedacito del paraíso. Las canicas se transformaron en un bulto desubicado en mi pantaloncito corto. El trompo me clavó su ponzoña allí en el corazón, que comenzaba a sacudir catorce años. Pasaba todos los días para tratar de verla. Un día me atreví y le puse en la ventana, en la preciosa reja, una hoja que arranqué de un libro de mi hermana. Era un verso de Pablo Neruda. Me costó una pelea con mi hermana y una penitencia de mamá. Papá no dijo nada, sólo me miró de otro modo.

            Pasó un mes antes que me atreviera a hablarle. Ella, con una sonrisa pícara, me regaló un jazmín. Lo estrujé contra mi corazón, bajo mi almohada lo encontró mamá, que asombrada me preguntó mil cosas. Por pudor no le conté. Conocí su nombre por el Colorado. Lo repetí mil veces. Lo escribí en papeles, en el pupitre, en mi mano. Lo besé. Lo mordí. Lo busqué en diccionarios de nombres para saber el significado. Loco de amor, con mi adolescencia empujando.

            Llegó la fiesta de la Virgen y mi tía me obligó a acompañarla al templo. ¡Oh, sorpresa, allí estaba con un vestido de ángel, con alas de color blanco! Desde ese día fui un católico angelical. Rondaba por la iglesia, y así logré que me hablara. La pasadita, era mi deporte preferido. Los pibes de esa barriada eran todos iguales. Ella me daba una flor, yo un poema copiado de algún libro, que furtivo robaba a mamá o a mi hermana.

           

            El timbre del tranvía que se acercaba, lo despertó de la nostalgia. Ahora no conocía a nadie. Cada casa parecía un monumento a la soledad. Al silencio. No se rindió. Se acercó a la esquina del café “Los Primos”. La vidriera empastada de grasitud y de tiempo, lo invitó a pasar. En la penumbra de tango triste, gardeleaba historias como la suya, una radio. Pidió café. El anciano que se acercó penetró su memoria y recordó su nombre. –“¿Vos no sos el Chino López?”- se sentó a horcajadas en una silla. La mesa destartalada ofreció una queja. Lo miró como queriendo desnudar el alma. Soy yo, pensó y usted es Don Rubio. Atinó a alargarle una mano en señal de reconocimiento. El viejo lo abrazó. ¡Cuánto tiempo! Treinta años y muy malos para mí. Revolvió el café en el pocillo cuarteado. Espantó moscas que intentaban apoderarse de todo. ¿Qué tiempos? Ya no queda nadie, de la gente de esa época.

            El anciano, con una servilleta, muestrario de variedad de tiempo y menú, sacudió las moscas y espantó el recuerdo.- ¿Don Rubio, qué pasó en mi ausencia?- cuénteme hombre, por favor. –No puedo, el corazón, pibe, me falla cuando hablo. Sabés, me falla. Me hicieron tres bypass. Pasaron tantas cosas. La muerte de mi mujer, luego se llevaron a mi hija. Desapareció. Mi hermano se volvió a España. Y del barrio se fue yendo la gente y la que vino, puros “cabecitas negras”, como decía el General. Y, ¿Vos? ¿Qué fue de tu vida?- Gardel comenzó a apagarse. La luz se quedó dormida junto con el recuerdo. Y el fantasma de la memoria se instaló allí, en el café.

           

 

 

viernes, 18 de junio de 2021

LUJURIOSO

 

“NO HAN DE SER TUS CAÍDAS TAN VIOLENTAS”

                                                               PEDRO B. PALACIOS (ALMAFUERTE)

 

Sintió la afrenta. El patrón estaba obsesionado con la hija de Palmira. Había cumplido doce años y tenía un cuerpo de mujer que lo volvía un tigre. Despertaba en las noches calurosas, con un sudor hediondo entre las sábanas. Soñaba con la niña. Su cabello negro que caía sobre la espalda oscura por el sol que amedrentaba las sombras. Sus pequeños senos, apenas pretendiendo empujar la tela rústica de su vestido pobre y viejo.

            Despertaba y se metía baldazos de agua fría para romper ese ardor incurable que sentía.

            Podía ser su padre o su abuelo. Y la pobre niña, atenta siempre por orden de la madre le acercaba un mate para que desayunara.

            Palmira lo observaba desconfiada. ¡Ese matungo fiero y enclenque no la va a arruinar a la Macaria! Y no le quitaba la vista de encima. Siempre atenta a cada movimiento del hombre que supo levantarle más de una noche la pollera siendo joven.

¡Y esa chiquilina, tan inocente no se daba cuenta de las miradas turbias del patrón! Aun jugaba con el gato, el felino se desparramaba sobre la pollerita de la niña ronroneando. Luego afilaba la uñas en sus alpargatas y saltaba cuando Macaria le daba un trozo de carne. Simple juego de pequeña campesina.

En invierno cumplía los trece. Hacía frío y la leña escasa bailoteaba en el rostro sonriente de la muchachita. La Palmira se sintió morir cuando la vio venir ensangrentada de la parte de atrás de la vivienda. ¿Qué te hizo ese viejo cochino?

Nada madre, el patrón se resbaló en la nieve y se hizo daño en la cara, yo lo auxilié; como usted me enseñó. ¡El pobre hasta lloraba!

¡Está bien, ya lo voy a ver! Salió Palmira azuzada por la curiosidad. Llevaba un poco de venda y agua oxigenada. Golpeó. La rústica voz del hombre le ordenó que se fuera. Pero ella empujó la puerta e ingresó en la oscura habitación del patrón.

Sobre la cama, envuelto en un papel de seda, había un vestido color carmesí y unas cintas. ¿Y eso? No serán para mi Macaria…

Se acercó y en la cara del patrón los arañazos del gato, habían dejado huellas húmedas y vergonzantes. El animal, había saltado sobre él cuando intentó tocarla y Macarena, se asustó tanto, que no supo qué hacer. Creyó que el animal, lo había hecho de pura maldad. Y trató de ayudarlo.

¡Me caí, Palmira, eso fue todo! Y el gato me arañó un poco. No fue nada, pero te pido, que mandes a la niña con tu madre a otro lado. No la quiero aquí con ese gato.

La mujer cerró los ojos y salió despacio. Sabía que si no se la llevaba de allí pronto una caída certera, sería sobre la muchacha.

 

LAS JOYAS

 

La exposición de joyas antiguas y cajas de música alemanas del siglo XVII,XVIII y XIX, había logrado un enorme despliegue de interesados. Coleccionistas, comerciantes, policías y vigilantes privados rondaban el lugar. También ladrones de “guante blanco”, ladronzuelos y rateros.

Kitty y Franco habían viajado en diferentes medios de transporte, a horas dispares. Él, alquiló una casa antigua en las afueras de Recchè, la ciudad de las grandes subastas de arte del sur. Venían de Filipinas, por donde por “casualidad” habían “adquirido” unas piezas de 500 A.C. y donde se perdió el gran diamante “Mariposa” de 68, 47 Kilates, en un extraño color amarillo humo.

Olivia Colinner reconoció a Kitty cuando pasó frente a una ventana de la casona. Ignoraban la mujer la reconocería. Había pasado once años en la misma celda. Ambas con prontuario frondoso por robo de importantes joyerías y subastas. Después fue captada por un inspector del centro de Investigación para este tipo de estafadores de alto nivel. Y necesariamente tuvo que transformar su imagen.

Una peluca azul, lentes de contacto verde jade, unas horas de cama solar y un traje de origen francés Coco Chanel, la mutó en una dama exótica y distante. Ahora debía entrar en el predio cuando más gente se aglomeraba.

Mientras tanto los centinelas contratados estaban parados estratégicamente. Con el rostro inexpresivo, con la mano sosteniendo el arma reglamentaria, con un dejo de serenidad, pasó el control. Observaba a la concurrencia. ¡Nunca se sabe cuando aparece el demonio!

Renzo Racco está nervioso, alerta, ha escuchado rumores en la calle, en el hall del hotel y en el restaurante del “Olimpo”, que merodean indeseables. La rutina no puede adueñarse de su vida que en general es tranquila.

La exposición de objetos tan valiosos lo ha puesto nervioso. Sus compañeros no creen que ocurra nada serio. Renzo, está convencido que la calma es artificial.

De repente, desde el techo se desprende Kitty con un arma láser, comenzó a caer sobre la vitrina del gran diamante “Mariposa”, pero… allí la esperaba Olivia que con el apoyo de Renzo, la arrancaron de allí, la esposaron y desaparecieron hacia la “Central” de INTERPOL.

Inexplicablemente, el diamante y varias joyas de máximo valor desaparecieron de los escaparates.

UN ANCIANO EN EL TEMPLO; INDIA

 

Fue un encuentro fugaz en la escalinata del templo.

Fue encontrar toda la historia de una vida del hombre.

Milenario, callado, de mirada penetrante y aguda.

Sus manos apenas sostenían una escudilla con flores.

Las ofrendas. El amor a su dios invisible.

Se detuvo un instante y me miró sin sorpresa.

Yo era la intrusa en su vida de sabio. Era la India toda

en su rostro atravesado de estrellas, de arrugas y caminos,

de tiempo y de tristezas. Caminó lentamente hacia el templete

con su alforja vacía y pletórica de Alma.

¿Qué vida escondía en su mirada quieta?

¿Qué pasiones y alegrías contenía ese frágil anciano en su cuerpo?

Fue fugaz nuestro cruce de dos mundos diferentes,

pero dejó una pálida sonrisa en su rostro de antiguo caminante.

De oráculo escondido en su cuerpo diminuto.

De imperioso portador de incontables historias.

De peregrino hacia el encuentro con una luz divina.

 

 

UN TROPERO JUSTO Y BUENO


 

Serapio ha llegado a los setenta y tantos. El patrón lo aprecia, pero lo ve cansado y lento. Muy bueno para amansar potrillos y arrear el ganado por los pasos en la cordillera. El tiempo ha pasado y la Justina se fue mermando hasta que no despertó una siesta.

La llevaron al campo santo junto a la capilla de la estancia “El Tronador” de don Hilario García, en la quebradita. Allá la rodeó con retamos y bajo un aguaribay, que le diera sombra a los penitentes de los alrededores. Ella no estaba sola. Otros difuntos la acompañaban.

Siguió la vida con sus tranquilas costumbres de siempre. De vez en cuando venía su hijo a verlo y le traía yerba, tabaco y harina. La que venía más pronto era la Lila, la más chica. Ella traía ropa de abrigo y calzado. Algunas chucherías y juntos iban para el “El Tronador”, a la capilla a rezar por la difunta. La Carola no vino nunca. Estaba enojada con Serapio. Se había ido al sur con un medio indio cochino, que según decían era matrero y había tenido entreveros con la policía. ¡Pero las mujeres no escuchan! Se van con el primer macho que las enamora. ¿Quién sabe qué sería de ella? Nunca se supo nada.

Una tarde de esas de otoño, que parecen que el cielo está amortajando el cerro, apareció el patrón con una camioneta nueva. Con él, un hombre. No le gustó al Serapio, tenía una mirada turbia como el barro del remanso del arroyo el Tigre.

Mirá Serapio, este caballero me arrienda el campo por un par de años. Yo, tengo que irme de viaje lejos y no puedo proveerte de los medios que necesitan los animales ni el campo. Las semillas, el alimento y los remedios te los traerá el señor Lontario.

¿Quién arrienda el campo de mis amores?- ahora me las veré malas. Yo ni me quito ni me doy y soy duro para el trabajo, pero no necesito a extraños en el campo. Ya estoy viejo, canoso y cansado pero usté sabe bien que aquí no pasa nada. - Estando el horno caldeado nunca saco el pan crudo. Así soy ni más ni menos  como buen criollo de esta hacienda. Perdono el error ajeno, porque puedo perdonarme si una majadita se embrolla o se muere un potrillo en la parición.

Lo se bien Serapio, sos un buen hombre y te prometo que no te faltará apoyo. Hacé nomás lo que venís haciendo desde que llegué acá como el dueño de Las Margaritas.

 Esta tierra es parte de tu vida, lo sé. – La llama del sol que te calienta es la que tienes en casa y te calentó en inviernos de nevadas grandes.-

-Altanero, como buen criollo el tal Serapio.- Dice el nuevo patrón. -¡No crea! Contesta don Braulio.

 Se cree justo y sabe que si lo descubren buenazo van a llevarle todo y le  sacan lo que quieran… y a pesar de que es viejo aún puede. No es soberbio ni  hablador. Es de silencios largos y miradas frescas, pero esconde su corazón herido. Se auto abastece y no es mudo cuando la cosa se pone a mano y tiene que defenderse. Le teme al invierno que es duro y traidor por esa zona.

Robusto y con una mirada inteligente. Hábil y rápido. Olor a tabaco, humo y transpiración; estiércol y asado. Sólo es amigo del mate, usa los aperos que él mismo forja y rejas de arado. La dueña del campo, esa, la anterior lo conoció de cachorro y era un lío porque era de afuera. Con una educación extranjera sin conocer nada de la tierra y de los animales. Era buena. Se casó y tan mala pata, la pobre que le tocó un “toruno”, pegador y jugador que la dejó en la calle. El hombre codiciaba el campo y la yeguada. Un día en el boliche se emborrachó y con un cuchillo mató al comisario. Tuvo que huir. Yo le ayudé a la doñita, la pasé a Chile por un paso escondido entre las montañas. Yo eludo las miradas y las insinuaciones. Los otros me miran y comentan... que soy tan culpable como el matón, pero si no la pasaba yo, estaría muerta.

Ahora veremos qué sol calentará mi rancho.