lunes, 26 de marzo de 2018

SIN TÍ




Acababa de dejar el pequeño rectángulo de cielo que se proyectaba en la infame habitación. Cerró los ojos doloridos y enrojecidos de mirar hacia el infinito. La soledad le  había clavado una cruz de agujas imantadas en las pupilas. Ya no esperaba ver nada nuevo allí y desde allí. Mordió un minuto los pequeños tubos de plástico transparente que proveían de aire y alimentos. Cerró la  mente  aislándose de esa realidad...y comenzó a soñar.
Una mañana tan fresca y soleada. El caminando por la orilla del gran lago. El sol marcando sombras tardías entre los árboles y el aire envolviendo su cuerpo con olores fuertes...menta, toronjil, romero... pasto recién segado  y una necesidad urgente de tirarse en ese prado. Las nubes tratando de desterrar el brillo, y la belleza, las nubes en guerra permanente con el espíritu fugitivo de las sombras y las luz. recostado axial, ver aparecer a Nazarena con su cabello al viento transitando descalza sobre el fértil espacio acuático y vegetal de un piélago verdoso, y helechos y frondas de tornasolados iridiscentes.... amarillos, ocres, verdes y azules increíbles de esa orilla escurridiza. Cerró la boca. ¡No quiero respirar, no tendré en mi interior herido por la pasión, el perfil de tus muslos y tu rostro o tus manos como alas de abubillas revoloteando o sosteniéndose suspendidas entre las largas ramas de los sauces! No, no quiero respirar porque penetra en mi conciencia el perfume salvaje azaharino y jacinudos de tu piel morena de muchacha cerril y montaraz. Hembra de tiempos inhóspitos de mi país de ensueño.
El silencio me devuelve el golpeteo de mi corazón herido.¿Estoy dormido y sueño? Acaso el tiempo me prende a la voraz lentitud de los relojes. ¿Has regresado para incorporarme a las letanías de tu legión de fantasmas y espíritus ligeros? Ya no veo. Estoy ciego y deslumbrado. El mirar eternamente en el rectángulo de mi habitación me ha dejado alucinado. Perdí tu Venus y tu plasticidad en una algarabía de estampidos y ruidos. Allá en la carretera hacia la ciudad de mi destierro. Queda y ha quedado. sin nada ni nadie que venga a abrazar mi cuerpo muerto, mi conciencia viva que vibra y desespera por tus besos y caricias calientes y tiernas. hace un tiempo infinito que mi mente te llama y no puedes escucharme, por que estoy aquí en esta aciaga celda del averno. ¿Acaso puede escuchar el silencio? ¿Y tú recordarás a quien rodeó tu cuerpo en  un instante de pasión amorosa para crearte ese mundo mágico de un hijo. Duermo y sueño contigo . Me despierto espiando tu sombra y no llegas a buscarme. Estoy volviendo a abrir los ojos de febril e impúdica exaltación, algo acuoso se mueve en mi interior como una gelatina flamígera, me quema aun más que la visión desde el ángulo del espectáculo donde mi vista se pierde.¡Amor regreso... amor vuelvo a ti... espérame en tu regazo mítico y festivo...amor...amor mío!
          -Doctor Villafañe, el paciente de terapia está fibrilando. Casi sin voz  la enfermera trata de regresar al hombre -¡Por Dios ...hagan entrar a la muchacha.... aunque esté en ese estado... tal vez ella logre que sobreviva.


FOTOS DE MENDOZA

LA TERRIBLE NOSTALGIA E INTREPIDEZ DE UN ÁRBOL QUE TALARON Y QUIERE VIVIR A PESAR DEL MALTRATO

ENTRE LOS VIÑEDOS NACEN FLORES QUE EMBELLECEN EL LUGAR.

UN POCO DE ROSAS Y RETAMAS CAEN SOBRE LA MEDIANERA DE HILOS DE ALAMBRE EN MI CABAÑA EN LA MONTAÑA.

REGRESA



Te añoro cerca del crepúsculo
mi vida es hoy silencio en el rincón de hojas
mustias de un otoño tranquilo.
Lejos el tiempo de siembra
cuando aun corría tras la aurora
cerca estaba el trofeo de tus besos .
Tu pecho y tu cuerpo cálido en la
búsqueda, cerca y amado...
Ahora una gota de rocío te agranda su reflejo de cristal
tan increíble figura acorralada.
en un final de lágrimas perdidas.
¡Qué lejos tu boca saciando mi ternura!
¡Qué lejos tu sonrisa en azogue azul!
¡Qué lejos tú!
Regresa que te añoro!

SONETO VENDIMIAL




Se revoluciona la alfombra cuyana, verde del parral
Lucen las tijeras su entusiasmo de pronta cosecha
En las manos rústicas de los hombres que en su morral
Esconden un racimo de perfumado y ancestral belleza.

Anda el carro o el camión por el callejón sombrío
Bajando con gloriosa carga de prietos racimos
Aroma dulce de bonarda, malbec o moscatel
Van hacia la prensa apurando su pasión de vino

Los vagones llenos de inquietud de uvas milenarias
Para transformarse luego en vinos libertarios
Que despiertan del hombre, pasiones escondidas

Esos que sueñan como ángeles o demonios perdidos.
Vinos coloridos y perfumes cálidos. Dulces caen sonidos
En aguas heladas de las cumbres pétreas de los Andes.


UN AMOR IMPOSIBLE


                   Había dejado de llover. Leandra entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se  oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba sola. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo con pena apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por que a  ella? ¿Por qué en su tragaluz?
¿Porqué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?
                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maceta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Se había quedado sola. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.
                     Llegó su madre, la misma que meses antes le dijo: “Ese hombre te hará muy desgraciada”. Pero ella había soñado con el amor. Ese imposible para su vida gris y sin sentido. Sólo trabajar y cuidar unas plantas y a un gato que se escapaba por las noches por la ventana de la cocina.
                     La miró a los ojos , quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su madre la odiaba. Te extrañaba. Yo te dije…
                     Madre él, me hizo feliz, no entiendo qué ha pasado. Anoche hablamos hasta casi la madrugada, hicimos planes, pero…pero acá dejó una carta. Se despidió de mí, sólo lo angustiaba el haber matado hace un año atrás a su exmujer. ¡Bueno, tal vez, fue mejor!
                     Tal vez, hija, estuvo a punto de volver a cometer un asesinato.
                     Entonces no lo hizo por amor, sino por miedo a volver del lugar desde donde vino, la cárcel.
            Sonó el timbre. Era la policía que venía a buscar el cadáver de Julio. Se secó una lágrima con la manga del saco y abrió para deshacerse del cadáver del amor imposible. La gata entró corriendo y se acomodó en el sillón, frente al televisor. Todo volvió a la normalidad

LA INQUILINA

La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos.  
                        

JARDÍN CREPUSCULAR




Por tu mirada violeta privada de sed y plata

Atraviesa el niño rústico cuyo corazón desgrana

Un murmullo de pájaros ruidosos,  coloridos

Ronda por los espinillos su voz caediza y clara

Sentimental como alma de un pájaro de invierno.



Pobre peón de sueños, ceniza de latón y estrellas

Solitario en reposo sostenido por planetas.

Última llamarada de oro, recuerdos del viejo bosque

Tu honradez de primaveras olvidadas en cerezos

Con apariencia de jardín abrochado en mi memoria

Instalará un nuevo amanecer con ilusión de vida.

EL MENSAJE



 “Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi cintura poblada de fantasmas que blanquean al trasluz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. El cielo se transforma en un oscuro escondite de la sombra, de allí saldrá una nave de tránsito ligero. Viajará la niña, con su perro dormido entre los brazos”.
La carta se cayó entre los pies de la joven que sorprendida, miró tras la ventanilla del tren que volaba sobre la planicie.
No comprendía el mensaje, era como un lenguaje cifrado propio de la contienda. Comenzaba a nevar y la nana la cubrió con una manta de piel. Un fuerte olor a alcanfor penetró en sus pulmones. Sabía que estaba huyendo del infierno, pero no alcanzaba a desentrañar el recado. La hiriente mirada del acompañante le daba temor, era tan dura, tan inquisitiva que creyó imposible dormir.
Sin embargo el movimiento del vagón y el suave calor que le prodigó la manta, le dieron un insinuante sopor, quedó dormida, Y soñó. En la pradera se movía un caballo que galopaba con un andar  cadencioso y firme. Montado en él, un hombre con la capa azul que envolvía su rostro y apenas se mostraba un mechón de cabello renegrido. De repente el tren se detuvo en forma brusca y se despertó. Ingresaron dos soldados vestidos con capotes negros, impermeables, de rostro enrojecido por el frío. Pidieron los papeles y la nana, asustada entregó el suyo y rebuscando nerviosa el de Ludmila, se arrebató  frente a los jóvenes, que por inexpertos, sólo osaban gritar en un idioma incomprensible. La muchacha les pasó el papel, el mensaje. Ellos intentaron leer, pero en su ignorancia, amagaron pedirle a la nana que les leyera.
La mujer abriendo los ojos y respirando profundamente dijo:
 “La niña Ludmila Trensky, es llevada a un monasterio cercano a Moscú, para ser ingresada como enferma mental. Se ruega no molestarla, es muy delicada de salud y su familia, está muy preocupada por su destino” la firma es ilegible, dijo.  Ustedes saben que los médicos y los generales tienen escrituras muy complejas. ¿Verdad?
Los inexpertos soldados, aceptaron la respuesta de la acompañante. No tenían órdenes y no se animaron a persistir. Descendieron del carromato y siguieron junto al tren hasta que éste se perdió entre el humo y la niebla.
Ludmila, cerró los ojos y comenzó a reír. Su risa engrosó el humor del vagón, otros rieron sin saber por qué.
¿Por qué les mentiste? Si ni tú, ni yo entendimos el mensaje. Me parece que ellos no saben ni siquiera las letras… sus ojos parecían los de un cordero enfermo.
¡Ay, Ludmila, si no les inventaba eso, te llevarían y quién sabe qué maldades te harían! Te salvé la vida y honra.
El caballero que  estaba frente a ambas, se atusó los bigotes y sacó una petaca del capote, y por primera vez sonrió. Bebió un largo trago de vodka y
Dijo: ¡Realmente la felicito! Supo engañarlos como corresponde, pero a mí, no. Y parándose, tomó a las dos de los hombros y empujándolas las sacó de la cabina. La manta quedó en el suelo y el mensaje cayó junto a la puerta. Era un extraño correo con notas de máximo valor militar, pero el viento lo sacó por el pasillo y se fue volando por el aire fuera del tren, perdiéndose en la nieve.


lunes, 19 de marzo de 2018

EL VUELO, MI VUELO



El vuelo de un pájaro es el nombre,
perdido en el agua
hecho espiga.

Un duende escondido en las huellas del aire
una sombra,
un crepúsculo que duerme en la noche.

Mi vuelo que huye de todas las cuerdas tensadas.
Es miedo.

Sin rostro y sin labios,
bostezo de tiempo y de sombra.
Tendido a los pies como un ave sin ojos.

Sin alas ni plumas que amainen los golpes sobre el muro.
Mi vuelo perdido en la noche  sin tiempo.
Un nombre, un suspiro.
Mi verso.  El tiempo. La vida.


MIRA, ES SÓLO HUMO


  
MIRA, ES H


                           La primavera ha regresado con sus sonidos de agua que cae lentamente de los árboles que derriten la nieve o el hielo, de los techos con estalactitas transparentes cual caireles de cristal, y llegan las risas y los pájaros para anidar junto a los tejados. Sin embargo siempre aparecen los granjeros a alborotar la casa con gritos y refriegas. Algunos pidiendo dinero, otros gritando que quieren más. Más parte de lo poco que queda en las haciendas despobladas por la guerra. Los mejores no han vuelto, sólo han regresado algunos tunantes con heridas extrañas, cojos, ciegos, maltrechos. Quedaron los peores, los que no servían para ir al frente y defender la tierra de sus ancestros. Los que ahora están son malos y desagradables. 
                           No tanto como para marchitar las sonrisas de las muchachas con lindas y antiguas ropas de encajes púrpuras para las veladas de baile de sus abuelas o madres. Verás que entre los abrojos de voces cantarinas hay un duende plateado, son sueños de adolescentes que se enamoran. Son jaulas de incienso. Nada pasará para cambiar la realidad dolorosa de lo que han vivido. La guerra desterró la belleza y la esperanza se durmió en las colinas. No son hombres, son como ratas hambrientas y doloridas. Humo. Sólo humo y apesta.








FOTOS DE ARGENTINA

 LOS PORTONES DEL PARQUE GENERAL JOSÉ DE SAN MARTÍN, LIBERTADOR DE PERÚ, CHILE Y ARGENTINA. HOY PULMÓN DE LA CIUDAD DE MENDOZA. ES DE ORIGEN ÁRABE.
CAPITAL FEDERAL, DE LA ARGENTINA, BUENOS AIRES. EL CENTRO NEURÁLGICO DE MI PAÍS, EL OBELISCO, PARECIDO A LOS EGIPCIOS.  ANOCHE EN BUENOS AIRES.

EN LA PATAGONIA, EL RÍO RECIBE LOS HIELOS DEL GLACIAR PERITO MORENO, QUE TODOS LOS AÑOS TIEN UN DERRUMBE ESPECTACULAR. ES CASI EL FIN DEL MUNDO

POESÍA ESPERANZADA


                                   NO PRESERVÉ MI CASA

ni mis ropas
ni mi piel
ni mis ojos.
no preservé mi tentación de volar
hacia el fondo del abismo
ni mi deseo  agridulce de bordear la  playa en  la borrasca
                                 ni mi pasión por intimidar el sueño de hablar
                     en el idioma de Bach
                                 de Borges o de Platón
                     ni el miedo mío, miedo de desgajar la lengua de las aves
                     que se esconden en la selva.
                     Pero pido a pesar de todo
                     que no me arrojes al nido de cenizas del camino.
                     No me apartes de los ojos que premian mis locuras infantiles
                                 ni me tiendas a zarpazos sobre el mantel de los sueños  perdidos
                                 ni  quede descolgada del rumor del sol o las estrellas.
                     sostenme con tu fuerza esperanzada.


DULCE SECRETO



 Si  me desalojo de los sueños

si me destierro hacia el confín de las palabras
si penetro en el túnel verde del abismo
estaré caminando en el borde del desierto
y la ráfaga indeleble de un beso
transformará mi crepúsculo en una carga de suspiros.
Guardaré el secreto entre las sábanas
Comeré damascos con tu boca dormida
Soñaré inexplica arco iris de magnolias
Volveré sobre los pasos de la niña perdida
Para amar al hombre que me espera en los sueños.


LA CALLE LUJURIOSA




                        La calle es una serpiente rielante que se desplaza por entre las paredes que la ahogan. Los balcones envueltos de verdes enredaderas flagelantes sonríen al paso. Cae una hoja de magnolia agostada sobre las piedras calcinadas. Un insecto alborota el sopor cansino de la siesta. Tras una celosía desgastada por el uso se escucha un grito. Hay un súbito silencio, una detención del tiempo para acomodarse al sonido trasgresor. Se entromete una música de escaso valor que zigzaguea entre los cortinados desflecados de un ventanal. Trae un respiro al rancio calor que envuelve las fachadas.
                        Un nuevo voceo altera la paz. El chasquido de un madero que se rompe atraviesa el empedrado caliente de la calle. Se ha quebrado un encañado que esconde a una muchacha sudorosa. Su piel morena húmeda resbala entre las astillas que la golpean. Emerge ágil, descalza con la cabellera revuelta desde la puerta azul de una de las viviendas. Corre. La calle la recibe alborozada. Protectora, la estrecha vía de escape, la oculta urgente de los gritos furiosos de la mujer que insulta. Se pierde en el círculo abierto que dibujan las piedras. Reverberan  los adoquines como lágrimas calientes. Se vuelve a quedar todo quieto. Un silencio opresivo amordaza la siesta. La puerta azul, se entreabre y un rostro rubicundo fisgonea a derecha e izquierda. Un látigo de cuero se mueve como la lengua  bífida de una serpiente venenosa entre las rústicas maderas secas del portal. Busca un muslo mórbido para afrentar, pero sólo responde la ausencia. Surca el vapor la calle desierta. No muy lejos una puerta verde se abrió para engullir a la evadida. Una enredadera primorosa oculta cuerpos abrazados. El ventilador perezoso refresca el alma desdibujando la desdicha. La calle se ríe con su imperturbable soledad de tiempo.
                        En la noche la luna cómplice de besos y caricias lujuriosas eleva la dicha a los evadidos con urgencia de cópula. Una sombra atraviesa el pasaje al placer y ciñe a los amantes. Y un silencio enriscado como a dos alimañas los envuelve en un sudario de piel adherente, elevándolos a los confines selenita. Son dos pequeños animales que se enajenan a la frescura plateada de la noche.





EN LA VIEJA CASONA DE SAN COSTANZO.




            Había una marcada oposición entre Yolanda y el padre. Ambos sentían aversión por la sociedad, pero mientras el hombre amaba el dinero, la fama y el poder; Yolanda sólo quería ingresar a un convento como Carmelita Descalza. Escapar a su realidad. Del horror.
            Las discusiones cotidianas penetraban como púas en cada acto que acontecía. Un bocado era ácido, un bocado era veneno. Cada gota de líquido que se bebía en la comida cotidiana era un trago amargo. Lágrimas se mezclaban con el vino y con la leche.
            Yolanda, obligada a tomar por esposo a un pomposo joven de la casa lejana, sólo lograba agregar una fortuna al apellido de su padre. Apellido pálido de honor y credibilidad familiar. Ella, sollozaba en los rincones del helado caserón. Llegado el tiempo de la boda, su nodriza rebuscando en los arcones, que aportó la madre de la joven mujer, encontró tres cosas singulares: el traje de bodas, un cuaderno de notas y una caja azul con cerradura hecha por orfebre y sin la llave maestra para abrirlo. Todo oculto en los desvanes del alto, bajo la mansarda del ala norte. Los tules, encajes y sedas de un amarillento cobrizo, parecían hacerse eco del desprecio a los sentimientos que representaban a los ojos de los hombres. Allí sólo importaban las propiedades aportadas a la joven novia., que pasarían a poder del padre.  La pequeña figura de Yolanda enfundada en ese vestido era un sueño inédito en la memoria del padre. Un respingo malicioso en su mirada fue la respuesta a la apariencia fantasmal de su hija.
            La ceremonia fue modesta, junto a los criados, que ya ancianos llorisqueaban viendo a “su” niña así, fueron los inapreciables testigos de la infamia, como siempre. Los familiares del novio, eran una extraña manifestación de mal gusto y torpeza social. ¡Nuevos ricos! Gente que había logrado fortunas con las plantaciones de café, algodón y tabaco en América. Esclavistas, que arrastraban a pobres africanos de sus costas a trabajar como animales en las tierras extrañas. Nada más lejano que los sueños de Yolanda. Cuando vio al muchacho que sería su marido, le tranquilizó la mirada limpia en unos ojos negros sin escondrijos. Él, aportaba dinero, ella un apellido conocido para los bancos de Londres y América del Norte, donde enormes cultivos llenaban de oro las arcas de los avaros.
            Hicieron un trato amable. Su vida transcurriría como si fueran hermanos hasta conocerse. Todo oculto a sus progenitores. Compraron una propiedad cercana a la casa paterna de Yolanda. Estanislao, cumplía ampliamente con la palabra de dejarla hacer tareas caseras y llevar alivio a los desposeídos de la zona, a pesar que era mal visto por los padres de ambos. Así se fueron haciendo amigos. Compartían largas pláticas y ensoñaciones frente a la chimenea o a los viejos robles en las noches cálidas de verano. Pasó un tiempo en que se descubrieron y se amaron como todos esperaban. Nació un pequeño que llamaron Godofredo y luego una niña que llamaron Célica. Transcurrió un tiempo y la muerte traspiró cerca de ambas familia entre los mayores que creyeron se habían cumplido todos sus anhelos. Era un tiempo de espera para la pareja.
            Así, ya dueños de sus deseos, viajaron hacia las plantaciones de América y descubrieron que la crueldad del hombre es mayor a lo imaginable. Hambre, golpes y enfermedad abrazaba a los trabajadores, muchos de los cuales habían muerto por el maltrato y los sacrificios físicos y mentales. Una guerra se avecinaba. Estanislao y Yolanda decidieron darle la “libertad” a su gente, pero no era fácil para aquellos la subsistencia y casi todos se quedaron. La hacienda crecía de otro modo. Habían cobrado muchos enemigos que no tardaron en crear verdaderos caos en las plantaciones. Quemaron la cosecha y mataron a los infelices.
            Una noche, frente a una descarga de proyectiles que atravesaban el plantío, Estanislao salió con su arma a defender a su gente y recibió una descarga de trabuco, muriendo en el acto. Huyeron los misteriosos homicidas. Yolanda lejos de amedrentarse, luego de enterrar a su querido amigo, continuó con la vida. Célica, ya adolescente ayudaba a su madre, que rápidamente envejeció por la pena. Una noche discutieron por la necesidad de Yolanda de dar amor a los desposeídos. Célica no comprendía a su madre. Las palabras hirientes dejaron débil a la mujer. –¡ Tú y tu manía de regalar el esfuerzo de mi padre… nadie en plena guerra te da nada, ya no queda alimento en las alacenas y el campo está arrasado. Eres injusta con nosotros, eres indiferente y egoísta. Tu sola esperas ser reconocida como si fueras un ángel, pero eres pérfida y malgastas nuestro futuro…!-  gritó Célica en la cena. Yolanda se llevó la mano al pecho y cayó desgarrada de dolor sobre el plato de comida. Su cabello gris, mimó el trozó de pastel que comía. Godofredo corrió y transportó a la madre al lecho. Allí suplicó a su ayudante le trajera la caja azul. De entre su corpiño extrajo una pequeña llave. Se la entregó a los hijos.
            Célica y su hermano buscaron auxilio en un médico, que llegó presuroso, pero tarde. Pasaron las ceremonias y los días. Luego, en un descanso abrieron la famosa caja azul. Allí junto al cuaderno donde explicaba el horror de la vida que había vivido su abuela, estaba la verdadera historia de Yolanda. Juntos lloraron. Abrazados los hermanos comprendieron… y se prometieron vivir de acuerdo a ese sueño de sus padres.
-          ¡ Godofredo,  después de haber abierto la caja azul, pude perdonarlo todo!.”- nadie que soportara tanta humillación y horror en su vida pudo ser tan buena. – ¡Mira acá está el extraño aparato con que el abuelo torturaba a la abuela y a mamá!- muestra Godofredo. Un momento de doloroso silencio se produce entre ambos. El horror se marca en sus rostros. Afuera se agitan las flores de magnolia que tanto amaban sus padres, impregnando de perfume el salón.

GAVIOTA INGRÁVIDA


                  Un día   navegué entre corales
que saludaban mi paso de gaviota ingrávida
un día  caminé la calle solitaria que humedeció
la contagiosa locura de mi cintura joven
sorprendiendo a la arboleda
con mi paso
y el silencio de palmeras desdibujó las nubes que
tapaban mi desnudez de sombra
un día desdoblé mis palabras en poemas
que quedarán como las quimeras en la orilla de mi pena.
Un recuerdo de cielo se evapora
La sal se ha reposado en mis pestañas
cambiando la mirada de las olas que atropellan.
Se ha llevado a la niña de los sueños,
ya no juega la arena en mi pecho ni en el pubis
estamos programando la partida.

FOTOS DE MENDOZA Y ARGENTINA.

EL RÍO IGUAZÚ NACE EN EL ALTO DE BRASIL, Y SIGUE SOBRE LA ORILLA DE LA PROVINCIA DE MISIONES, DONDE SE FORMA UNA DE LAS CATARATAS MÁS GRANDES DEL MUNDO.
 EL PUENTE DEL INCA, ES UN SITIO DONDE AGUAS CALIENTES Y FERRUGINOSAS, HAN FORMADO UNA ENORME PLACA SOBRE EL RÍO QUE BAJA DESDE LA CORDILLERA DE LOS ANDES EN MENDOZA, ARGENTINA. ES MONUMENTAL
EN MENDOZA, LAS VIÑAS Y ATRÁS LA CORDILLERA DE LOS ANDES. MI LUGAR EN LA TIERRA. 

NIEVA EN LA DACHA



La nieve caía lenta y pregonaba un día levemente más benigno. Dejó de nevar y el sol se abrió solapado entre las nubes grises. Brillaba el suelo con un albo tan extremo que no podía mirar hacia el huerto. Una rama se desgajó con el peso de la nieve y cayó creando un caos ruidoso y móvil. Una malla de blancura hermosa voló por su derredor. Luego, comenzaron a caer trozos de nevazón tal que se fue acumulando alrededor de ciertos lugares.
Svetlana caminó sobre la breve alfombra y observó el camino. No podía ver el recodo por donde tenía que aparecer el caballo de Igor. Hacía una semana que salió a buscar a Natasha en la estación del norte.
Se sentó y siguió tejiendo. Cesó el ruido de caída de nieve. El viento se convirtió en una brisa apenas y breve calentaron los rayos solares. Pasó un tiempo huidizo y el samovar se enfriaba cuando sintió los cascabeles del noble “Tizón” por la huella del camino. Su sonido familiar trajo un grato cambio. Con Igor había seguridad y confianza ante los imprevistos.
La anciana acercó dos tazas de té caliente y revolvió el brasero bajo la mesa. Puso pequeños carboncillos en el samovar y agregó agua fresca para hacer más de ese delicioso té que trajera Natasha en su viaje anterior. Al ingresar en la casa un aire helado convirtió el ambiente en una escasa bendición. Luego se entibió y sacándose las capas y gorros, guantes y mantas, hablaron sobre el viaje y el trayecto, las novedades la ciudad y aconteceres de algunos vecinos y amigos.
Igor aseguró que la joven esposa esperaba un hijo. Que llegaría en verano y que estaba orgulloso de la fortaleza de la muchacha para afrontar ese viaje con el gélido invierno.
La figura de Natasha se deformaba con la presteza en que se derretía la nieve y aparecían los narcisos y comenzaban a verdecer los árboles.
Una madrugada de febrero nació Yerko. Era un bebé robusto que berreaba a todo pulmón para alegría de la abuela y padres. El cabello cubría todo con un estallido color rojizo y los ojos parecían las aguas calmas del lago, azul oscuro. Brillantes y profundos cuando se posaban en algo o alguien. Se alimentaba con desenvoltura y pasión. Era sano.
Fue creciendo con el amor de la abuela que disfrutaba de cuidarlo y enseñarle a vivir. Las historias fluían de su memoria hacia los ancestros y la mágica perspectiva de viejos cuentos de  su tierra.
La primera navidad fue extraña, el frío impidió a Igor salir en busca de alimentos para aliviar el clima gélido. La nieve tapaba ventanas y puertas, que enorme esfuerzo apaleaba cada mañana junto a su mujer. En un cobertizo “tizón” junto a las ovejas y a dos vacas, se entregaban un aliento vigoroso y vital. Poca pitanza quedaba y así Igor tentó ir a la aldea cercana a buscar  lo que escaseaba. Pasaban las horas y no regresó. Dos días después llegó Ivan, un aldeano con el hombre enfermo. La fiebre devoraba su natural fortaleza. Nada se pudo hacer en ese lugar lejano y duro.
La casa perdió la pujanza de los brazos del muchacho que con treinta años había logrado formar un hogar. Svetlana sabía lo que era perder al hombre, ella despidió a su esposo cuando fue a la guerra y nunca volvió. Una breve nota que trajo el comisario le anotició su muerte en combate.
Ambas mujeres no bajaron los brazos y lucharon para seguir adelante. Natasha, había quedado embarazada y así nació la pequeña Anusha. Nunca conoció a su padre, pero la vieja le hizo conocer a ese hijo que se llevó la nieve.
Yerko creció con las habilidades de un bravo campesino. Hachaba los enormes troncos, agregaba alimento a las vacas y ovejas y aprendió a montar. La vida no era fácil, pero con parquedad y alegría vendiendo lana y leche, quesos y mantas que tejían al telar las mujeres salieron adelante.
-          ¿Yerko, quieres comer un pan recién horneado y tocino?- le invitaba la anciana cada mañana antes que saliera a realizar las duras tareas de la dacha.
-          ¡Ni loco como eso, si no le agregas unos buenos huevos revueltos!- y reían porque la abuela guiñaba a la madre sabiendo que ya estaban en el plato.
-          ¿Y yo?- Nada para mí, claro el señor de la casa es el mimado de las dos.
-          Vamos que perderás esa cintura de abeja reina y no te casarás jamás, decían riendo a coro los tres.
-          No me interesa. Además con quién creen que viviendo acá me voy a casar.
-          Ya te llevaremos a la ciudad, o a la aldea. Allí conocerás a un hermoso “príncipe” que te abrazará y pedirá tu mano- se burlaba Yerko.
-          Me conformo con un campesino que sea como tú. Trabajador y bueno.
-          ¡Ja , ja, ja, qué crees que hay dos como tu hermano? – y así pasaban las semanas.
Llegó el invierno y Natasha salió en busca de un médico para Svetlana, que tenía una tos copiosa y dura. Cuando regresó la anciana deliraba y costaba hacerle comer o beber. Lucharon contra el frío y la edad. Sólo la esperanza de ver a los nietos formando una familia, logró sacar adelante a la abuela.
Pasaron cuatro años y ya al límite, Svetlana cerró su corazón para acompañar al viejo soldado. Yerko y Anusha, lloraron copiosamente, Natasha de la mano de su suegra, despidió a Igor para siempre. Juntos cuidarían de la pequeña familia. En el templo, donde se despedía a la abuela, Anusha conoció a un vecino que le trastornó el corazón y supo que la anciana se lo había mandado para que fuera su compañero.
Yerko, se quedó un tiempo con la madre. Cuando lo buscaron para ir a la guerra, Natasha, lo escondió en el bosque. No quiso repetir la historia de la suegra. Ahora, después de las nevadas, lo envió a la aldea, a la feria para que buscara una campesina que quisiera casarse con él. ¿Y vaya si la encontró! Una robusta y exuberante muchacha que lo amó hasta que fueron ancianos.

UN CUENTO DE AMOR Y DE GUERRA




El fuego la hacia sentirse como Dios, cuando vio el sol; entonces inventó la novela de un amor imposible y tormentoso. Al alba, descalza caminaba en la nieve esperando la llegada del soldado que la había escondido en el desván. Cuando el sol comenzaba a iluminar los árboles y ella recordaba el beso, que como un rayo le atravesó los labios, de ese hombre desconocido, que podía matarla con el arma que llevaba en la cintura y sólo atinó a abrazarla, y besarla lenta y silencioso con la boca oliendo a hierbas húmedas, a setas, a musgo. La envolvió en una capa de color gris, sucia y rota y subió al altillo y la dejó, quieta y callada, haciendo una señal de: “No hables, ni grites, ni te muevas” que aceptó inmutable. ¡Pero no llegaba! Se fue la nieve y siguió esperando. Famélica, sudorosa, aterrorizada. ¿La guerra continuaba a la distancia? Se oían los ruidos de metales que chirriaban sobre la tierra mojada y los sonidos de balas de todo calibre.
En la sala, cuando necesariamente bajaba del desván, olía a soledad y a muerte. Pero ella se había propuesto recuperar ese amor imposible.
Cuando llegaron las tropas, recorrieron la casa vacía y estaban a punto de salir, cuando un crujido, alertó a los hombres. El más viejo, miró hacia el techo y con el dedo, señaló hacia arriba. Un mozo joven, imberbe, subió lentamente la frágil escalera con el arma lista. Abrió la puerta y encontró a una joven moribunda, abrazada a una capa y con una carta en las manos que apenas se podía leer.
Amor mío, te seguiré esperando hasta tu regreso. El muchacho hizo una seña llamando al veterano y éste, comenzó a trepar lentamente los escalones que crujían con su peso. Ella lo miró y cubriéndose con el brazo escuálido, la cara, con un sollozo, le preguntó: ¿Ha regresado mi amado? Y cayó desmayada entre los brazos del hombre.
Nadie se atrevió a tocarla. Llegó un enfermero y luego de auscultarla, les dijo que le quedaban horas de vida. Estaba deshidratada y muy enferma. Neumonía.
El rostro de los hombres curtidos por la vida entre trincheras y hoyos de morteros, se ensombreció y alguna lágrima rodó por la piel curtida. Uno de ellos, acercándose le dijo:¡Amor mío, he vuelto! Y la acurrucó en su pecho con olor a pólvora y barro seco.
Ella, se enlazó al cuello y suspiró. ¡Has regresado! ¡Mira el sol, es fuego que entibiará nuestra casa! Y se quedó dormida. Le dejaron comida suficiente y remedios y una carta que decía: ¡Amor mío, tengo que irme, pero debes superar esto y curarte! ¡Volveré a buscarte!
En el verano, cuando ya los árboles cuajados de frutos mostraban la vida de la naturaleza generosa, ella repuesta, vio por el sendero que avanzaba un hombre. Era el joven soldado que la había encontrado en el altillo, que cumplía una promesa hecha por otro que quedó en una trinchera cualquiera del horror pasado.
 


miércoles, 14 de marzo de 2018

CLARISA.



            Dejó el coche estacionado frente a la oficina. Su secretaria la esperaba con un café con algunas gotas de leche fría. Una enorme pila de carpetas, le ofendían la necesidad de sentarse a descansar. Todos los días se despertaba a las seis en punto, apenas se preparaba un jugo de frutas y partía al gimnasio. Una hora de trabajo, repercutía en cada músculo y luego un baño en el sauna. Era alta , delgada y ya había pasado tres veces por el quirófano del estetista. Un toque en el vientre, mamas con siliconas y rostro. La nariz hacía ocho años había sido cambiada. Su cabello parecía propaganda de champú y sus manos, de algún esmalte importado. Era una guerra permanente contra el tiempo y esas malditas mujeres que la rodeaban.
            Había estudiado muchos años para llegar a ser gerente de la empresa. Se jugó la más dura de las cartas. No quiso tener hijos para trepar a su puesto su cuenta bancaria, era su más brillante descendiente. Nada se le negaba. Sólo la felicidad de ser ella misma. Había pasado los cuarenta y no podía retroceder. Su ex marido, vivía con una muchacha de veintisiete años, verdadero modelo de Elle. Exótica y superficial. Sin grandes luces y enormes tetas.
            La inmensa casa, pensada para seis u ocho personas, sólo albergaba sus dos caniches, y el matrimonio de jardineros y cocinera-mucama. Su más preciosa garantía de no morir sola y que la encontraran putrefacta en un baño o el piso del enorme living.
            Mientras leía algunos de los papeles que tenía frente a sí, entró su sub gerente. Era un hombre de alrededor de treinta y cinco años. Sus títulos y doctorados, podían tapizar la pared del escritorio que no era pequeño. Dorado por el sol, atildado y afeminado, la miró directamente a los ojos y le comunicó que habían recibido un llamado de la agencia de rentas del gobierno. Querían una conferencia con ambos. Seguro algún empleado menor, querría un cheque por debajo de la carpeta, sobres siempre que desaparecían en las manos de los intermediarios de jefes inescrupulosos.
            Lo miró sin sorpresa y le pidió a su secretaria que hiciera la cita para el viernes. Era justo que esperaran para no darles el gusto de que creyeran que necesitaban de los favores de esos cretinos.
            Clarisa, le pidió a Lucas que le mostrara qué habían firmado en esa semana con el gobierno, así podrían evaluar el monto que le pedían. Odiaba esa manera tan argentina de estrujar a los que verdaderamente trabajaban y sólo, se podía entender con gente llena de afectaciones por ser de tan bajo ni8vel, que no conocían otra manera de contactarse en los negocios. Lucas, era un mago con la diplomacia con esos idiotas. Ella no. Se le notaba en el rostro cuando los veía. No podía sonreír, ni siquiera hablar. Dejaba en manos del muchacho la atención y el pago o no de lo que querían.
            Sobre el escritorio encontró un sobre que no tenía remitente. Lo abrió sin apuro. Cayó desde allí una hoja con un texto amenazador. Una pegatina con palabras de diarios y revistas, le prometían un final próximo a su vida. La tiró lejos y un soterrado grito, tapó el sonido del teléfono que sonaba insistente a su lado.

CUENTO NATIVO


HAN LLEGADO.
             Las “ursutas” tejen huellas fatigadas en la holladura. Un silbido desaguado escapa por la mandíbula desdentada del pequeño hombre que corre hacia su aldea. Su mente está nublada por la falta de oxígeno. No alcanza con su “cuyico”, agrega hojas de coca a las que se maceran en su boca. Un hilito verdoso escapa por sus labios agitados. Ásperas, sus manos, tratan de guardar en la “guayaca” el papel que recogió en el mercado. Ya está a la vista del caserío. Los adobes fuertes resisten el frío y el calor de la puna. Sangran sus pies cinabrios. Su piel y su rancho son iguales. Fuertes y toscos como la tierra que los “gringos” quieren quitarles.
            Kispe Mamaní, ha visto a lo lejos ya, la columna de humo. Los rumores de las máquinas que fueron a espiar los iniciados, cada amanecer los ruidos son más furibundos. Se acerca a la casa del Bacilio Condorí. El anciano, tenido por jefe, lo espera con su ceguera prudente junto a la pirca que separa cada casa habitación. Una turbamulta de perros hambrientos y ladradores, lo secundan. En la mano un cigarrillo de tabaco fibroso armado con miel, hace su intento de transmitir una fingida serenidad que escapa de sus humores de jauría arisca. Ni una mujer está por ahí, todas han bajado a los mercados para diligenciar sus tejidos y arropes de tuna, los quesos de cabra y el patay sabroso. No son buenos los tiempos. Un asesor del gobierno vino, hace como seis meses a convencerlos que las nuevas tierras que ofrece el gobierno son mejores que éstas. Pero ellos, hace muchos siglos que habitan esa zona austera del altiplano. Sus antepasados aimará y coya, cazaron y plantaron en la aridez de los valles y los huincas, los fueron corriendo hacia el alto. ¡ Otra vez no! Nadie quiere moverse, pero el humo es cada vez más denso y pasan por la carretera, vieja huella inca, un arrastre de camiones y grúas, con gringos rudos que hablan difícil. Ni Kispe ni Bacilio les entienden. Vinieron a comprar gallinas y ponchos de vicuña. Nada se llevaron. Las mujeres escondieron todo y se fueron cabreados como bribones greñudos.
            Kispe se sienta en la costra noble del terreno que sostiene a Bacilio Condorí. –Han llegado.- y en sus ojos abatidos una luz de odio destella empeños.
-                     ¿Qué manda, Bacilio? Lo que encomiende haremos.- y un distintivo de sugerente actividad clausura cualquier diálogo de paz.
-                     ¿Cuántos son? ¿Quién los acompaña? ¿Hay gendarmes o la polecía? Diga, hombre- satura el humo del cigarro casero la voz carcomida por la vida.
-          Son muchos y armados como el mesmo diablo. – y se seca el sudor que ultraja las carcomidas grietas de la piel oscura. –Los gringos son como cuarenta y tienen rifles.
-          Entonces no se hace nada, como siempre nos sacarán en caravana de cadáveres hasta el camposanto de los crestianos. No dejaremos que ganen con sus mañas. Un coya más o menos al gobernio no le hace. Haiga que contemplar como talan para hacer papeles. Mesmo como para plantar los granos. Nuestros padres incas llorarán su selva y nojotros que ni de letras ni de papeles conocemos, poco a poco nos enquedamos sin selva.
-          Bacilio y si se va con los señores del pueblo y les pide... , tal vez se apiaden, la selva también es dellos. La Pacha Mama, ahorita debe estar muy cabriada. –el silencio montaraz se aproxima a los hombres.
-          Ajá, tal vez. – las hilachas de luz cobijan los cuerpos mientras el humo penetra con su ardiente olor agrio los pulmones.
Los resplandores rojianaranjados derraman fatídicos las alas sobre la tierra. Arden los antiguos bosques de quebracho y van desbastando la otrora fauna y flora del noroeste puneño. ¿Allí sembrarán los gringos? Sólo muerte, sólo muerte.
Kispe Mamaní, pertrecha su mula para bajar al poblado. Una amontonamiento de viejos papeles envueltos en tela hilada en fina trama de vicuña, es el tesoro que guarda entre su saco de industria China. Se lo compró la Doralisa en el mercado. Allí estará el maistro para que lo acompañe. El es el que escribe lo que los hombres piensan en papeles con figuritas de colores que adornan las palabras. Con desenvoltura el maistro le habla a los jefes del gobierno. ¡Tal vez logre que lo escuchen!
Muy  a la hora de los insolentes colores del alba, cuando apenas se mueven las aves pregonando a Inti, sale con su carguero. Fluye por el risco cerca del río que de grana va tiñendo el agua. -“Si su Merced quiere dilatar al gringo que manda a quemar el bosque, si su Merced se apiada de los animales que se están cremando, si su Merced tiene misericordia con el pueblo coya... otros niños, más tiempo en el tiempo, lograrán ser grandes”- divaga en la quietud  del amanecer. El humo ha cambiado el color y es agrio y sombrío. Crepita en el silencio de los matorrales. El Kispe Mamaní recibe un balazo en la espalda. No cae, se arrastra. La mula se detiene y rebuzna. Aprieta los papeles que esconde entre su carne herida y sangrante. Sale de entre la maleza un sucio operario, lo sube al mular y le pega un chasquido con chicote de cuero trenzado. Corre el animal, herido su costado, llevando la fúnebre carga.
                        Casi al mediodía, en la plaza se arremolinan los hombres junto al animal que ha acercado su carga. En el atrio de la gobernación, el maestro extrae del cuerpo frío los papeles. Escrito con tinta muy negra, rubrica su Merced: -“Estos hombres libres son dueños de todo el valle”- Manchados de sangre están los sellos que tienen más de cuatrocientos años.
                        De un camión sale un hombre extraño cargando unas armas muy fieras. La gente retrocede y esconde, el miedo les inmoviliza y la pobreza es invariable.

                         En la República Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador se queman diariamente ciento de bosques para plantar soja y otros cereales. Los viejos habitantes de la zona cercados por la codicia van entregando en silencio sus tierras milenarias. Queman los leños sin piedad, siendo necesarios para los poblanos. Ni siquiera se usa para fabricar papel. Desde los aviones se pueden observar los grandes círculos de fuego que avanzan y el humo contaminante. La capa de Ozono, es cada día más débil.
             VOCABULARIO:
Ursutas: ojotas de cuero trenzado, calzado típico de los aimará y coyas de Noroeste de América del Sur.
Cuyico: hojas de planta de “Coca” que mastican permanentemente para soportar el Hambre y las alturas en la misma zona.
Guayaca: bolsa o monedero hecho con fibras vegetales, que usan los nativos, para guardar objetos.
Patay: torta que se hace con las semillas del algarrobo, árbol de América. Dulce y muy nutritiva.
Huincas: palabra “mapuche” que se usa para nombrar al hombre blanco.
Mesmo, gobernio, haiga, nojotros, enquedamos, dellos, cabriadas, maistro,: son  el sociolecto de los nativos que no hablan bien castellano-español.
Pacha Mama: madre Tierra. Venerada por los indígenas desde los principios de la historia.
Inti: Dios Sol de los Incas y Aimará.
Puneño: habitante de la Puna de Atacama.
Pirca. Paredes de piedras armadas con exactitud, para separar los corrales, las casas y para evitar que los guanacos, vicuñas y alpacas, como luego vacunos y equinos, se dispersaran por las laderas de la montaña.


MI PIEL DESCOLORIDA POR UNA SOMBRA.




Ahora, sola en plena soledad de mi silencio
alojando en el mundo desprovisto de enjambres
miel y sueños
un charco de amapolas sangrientas
sobre mi cuerpo empobrecido de caricias
descolgando un velo de soledad infinita
quedo.

Tengo
una mancha de espinas clavadas en el cuello
y las manos vacías
silencio
me espera un susurro de viento
un mar calmo
un sábado al crepúsculo
los pájaros
nieve en el cielo azul a la distancia
agorerías y promesas
estoy coronada de cielo en flacas nubes de tormenta.

Espero, ¿cuánto puedo esperar?  ¿ cuánto?
La piel,  mi pobre piel
descolorida por  las sombras anuncia el duelo.