martes, 31 de julio de 2018

UN POEMA ANTIGUO


Mi lugar de paz y reflexión.

Silencio. Encuentro y gozo de lo pequeño
                        de la belleza de la vida que me asombra.
Replanteo de ayer, de hoy , aunque el dolor me
Arranque del costado una espina           no estoy sola.
Conmigo está la espiga madura, las dulces vides calientes.
Es verano. Un perfume de pan dorado en la mesa,
una copa de sidra en el mantel de hilo, un muérdago azulado
velas chorreando ilusión y espera, una campana.
Y entonces... el milagro. La familia. El pesebre.
Una luz penetra en el pórtico, es Él que penetra en nuestra casa.
O eres tú, padre, que regresas de la noche,
para llenar la casa con aromas de cielo. ¡Qué misterio la vida !
Que misterio. Pero ahora penetro el silencio, cambio
la lumbre de la tarde por la lámpara quieta de mañana.
No hay tiempo en el solsticio de verano para trepar al cielo.
Silencio. Una mirada con nube se perfila en el poniente.
Y la luna, la trágica, me apaña en su celeste rostro de mitómana
señora de la nada, adiós, me dice y retrocedo al ayer.
Sigo contemplando los recuerdos dormidos,
la belleza... la vida. Padre. ¡ Qué misterio tu suerte !
Qué misterio.

EL VIAJE DETENIDO EN EL TIEMPO




            Estamos solos. Nada responde a nuestro llamado de auxilio. Quietos en la serena ensenada de la isla que nos prometiera tantos éxtasis. El transparente cielo  permanentemente de color turquesa. Es irreal como todo lo que nos sucede. Un reloj marca perfecto las veinte horas. El sol se escabulló tras la costa. Un perfil apenas perceptible e inalcanzable. Somos unos ciegos habitantes fantasmales en la niebla del mar quieto. Se recorta nuestra barca como una gaviota nívea en el celeste inmenso. Silencio. Soledad. Una azotaina rítmica golpetea a estribor ya o tan pronto a babor. La madera cruje y se resiste al latido rumoroso de cada movimiento agónico del agua. Nos acechan las gaviotas para tomar su parte. El calor agobiante nos permite alucinar. Sombras desflecadas a lo lejos. Siento con horror que ya nadie me habla. Ni siquiera el hombre que abrazaba mi cuerpo amalgamando su piel ardiente a mi piel apasionada. Ya no se mueve ni alza su dorado cuerpo húmedo amurallando mi cintura apetecible de besos. Sigue el reloj marcando las veinte horas, disimulando el movimiento del territorio irrefutable de la tierra. ¿Existe  un lugar en el planeta donde sea realidad la vida?
            Mi cuerpo distante del insondable rectángulo del lecho. Me levanto casi de un salto y me aproximo al timón que brilla despojado de manos conductoras. Veo un pie descansando entre las tablas del compartimiento de máquinas. Me agazapo y casi me deslizo por la breve escalera que me acerca al cuerpo. Casi caigo como una carga inesperada sobre el desordenado despojo inanimado. Siento náuseas nuevamente y me mareo. Veo tres, cuatro, ¡no!;  un cuerpo caído... trato de estar cerca y tocarlo. Está febril. Inerte. Mojo con mi camisa en un cubo que contiene agua de mar, le aplico en la cabeza que babea. Los ojos dan vueltas, como las gaviotas en el cielo, mostrando líneas rojas. Trato de pensar. Una imagen se acerca y se aleja en mi mente ardiente.
            Es una mesa meticulosa, limpia y ceremonial. Mantel a cuadros azul y blanco , cubiertos de plata, copas brillantes de cristal, flores en ramillete. Un hombre se acerca con una fuente de belleza indescriptible. Colores: salmón, verde, amarillo, naranja, perfumes exquisitos, sabor a mar en la langosta aliñada. El champaña que burbujea entre las sonrisas excitadas de mi enamorado. Yo estoy sobre el mantel y me deslizo por el suelo con el vientre aguijoneado por un dolor agudo.
De repente comprendo. ¡Estoy envenenada! ¡La muerte acecha! El reloj marca las veinte. Silencio. Soledad. Debo llegar a la cabina y pedir auxilio. Una mano me impide el movimiento. El cuerpo hercúleo de mi amado me obstaculiza salir de ese lugar sofocante. Sonríe. Me mira alucinado. Me acaricia la garganta con vaivenes suaves de un cuchillo con movimientos sensuales. En mi obnubilación veo que goza y se excita. Ríe. Las ruidosas carcajadas alejan los pájaros gritones que acechan en los palos de la vela mayor. El calor me asfixia. Quiero gritar, no puedo. El terror me paraliza. Miro el reloj, está muerto. Yo también.
                                                                                                                     
                                                                                 

EL LETRADO




            Alejandro había pasado por la universidad sin pena ni gloria. Un alumno del montón que había conseguido el título de Licenciado en Leyes por astuto y persistente.
            Era bastante parco, miedoso y tartamudeaba cuando se ponía nervioso. No quiero contar cuando estaba frente a una mesa de exámenes, con tres o cuatro profesores de esos que te miran como si el que tienen adelante es una cucaracha. ¡Y hay que  pisarla! Pero sin embargo lo logró. Con sus miedos y prejuicios cumplió secretamente el anhelo de Bettiana, su eterna enamorada que creyó que con el famoso diploma se venía el casamiento. Se equivocó. Alejandro envalentonado, se marchó a un pueblo del interior para ser el “doctor en Leyes” y hacer política.
            Había comprado un auto usado y alquiló una casita donde colgó un cartel que anunciaba su condición de Abogado especialista en toda clase de temas. Llovieron pequeños productores que el banco regional quería rematar, algunos vendedores que pasaban por ahí y dejaban hijos producto de adulterio y que les obligaban las mujeres a pagar su cuota de alimentos y problemas de arrendatarios y dueños que se entreveraban en deudas eternas para cobrar. Todo dependía de si había buenas cosechas o si la siembra era escasa o mala. Ni hablar de los campos anegados y los vientres de los animales nulos.
            De vez en cuando recibía una carta de Bettiana que le reclamaba la promesa hecha el día que se recibieron en el secundario: “Lo primero que hago si me recibo es casarme con vos y llevarte a Europa de luna de miel”. Ni loco la traía a ese pueblo de morondanga. Y llevarla a viajar. ¿Con qué? Si la mitad de los trabajos que hacía se lo pagaban con un cordero o con un cheque que no lograba cobrar por meses. ¡Comer comía bien, ya que por ser un “ilustre” en el pueblo, lo invitaban a todos los acontecimientos del lugar: casamientos, bautismos y fiestas familiares! Se hizo amigo del médico, otro zopenco como él, que no daba a basto con la clientela.
            Y un día ocurrió. Vino al estudio una mujer que rompía las paredes… era casada y quería el divorcio. Allí, en el mismo sillón de cuero verde, se puso a llorar mientras mostraba unas piernas dignas de una modelo. Rubia, (teñida) con labios gruesos y con mohines de niña que lo dejaron patas para arriba. Unas “gomas” que marcaban hoyuelos en la blusa y la pollera corta que al sentarse, mostraba el muslo gozoso. Cayó rendido a sus pies, prometiéndole que en un corto tiempo era divorciada. Ella le aclaró que no tenía como pagarle y él, generoso, le dijo: Querida ya veremos, dejemos eso para más adelante. Y así fue ella se divorció y pagó. En el modesto hotel del pueblo le pagó con unos amores inolvidables.
            Ella, se quedó con un campo de trece mil hectáreas y de pronto Alejandro, abogado, dejó el estudio y se dedicó a trabajar el campo. Dicen que Bettiana sigue esperando. Y él es un rico hacendado con miles de pesos en el banco. ¡Ah, el zopenco, hizo algo parecido, se casó con la prima de la mujer y tiene otro campo lindero en el que cría ganado Holando-Argentino que exporta al exterior.
            ¡Hay que tener cuidado con los letrados!
           

sábado, 28 de julio de 2018

VIEJO POEMA


Ya no me quedan palabras para editar poemas nuevos

re escribo en el margen de la lengua con la tinta
mezclada de jirones de arco iris. Con sal ardiente.
Con cenizas de papel de pentagramas.
Mi libro gira en espirales blancos
sólo humo
la boca trasnocha entre placas de mercurio
se mueve con pequeñas esferas que se pierden
en el hule tendido sobre el camino   y es la huella
el sendero cósmico
mi hoja en blanco
espera
abierta    escucha     escucho
hace frío en las letras  que escapan  asustadas
por renglones borrados   dormidos

qué nos queda
tómame en las tinieblas
transfórmame en vapor   aire   

SEÑOR JUEZ




¡No me arrepiento de haber denunciado al “Gordo Tobar”! Él, se apareció en mi casa con una borrachera de esas que apenas pueden caminar, gritando que yo le debía algo. ¿Qué? Nunca supe. En la mano aparte de una botella de grapa, llevaba un cuchillo grande como para degollar cerdos, que es su trabajo. Nos asustamos muchísimo con mi compadre y en un momento se echó sobre la “chata” y comenzó a vociferar que le habíamos robado la mujer. ¿Quién querría a esa flaca escarbadientes que parecía un alambre sin forma? Pero él, dale con los gritos y en medio de la trifulca, se vino el “Guatón Fernández” tan serio como un policía que es y nos comenzó a amenazar que estábamos rompiendo con la serenidad y la paz del lugar y que nos llevaba a la comisaría para impedir un derrame de sangre.
Nosotros ni siquiera habíamos bebido una sidra y eso que había ganado el “Tomba”. Y nos llevó a la rastra. Mi mujer lloraba y los chicos, tengo cinco hijos, se aferraban a mis pantalones que casi quedo en “pelo” de los tirones. Y bueno, cuando pude traté de zafar y le pegué, es cierto, una trompada al “Guatón” y allí mismo me esposó y me dejó encerrado. Al compadre no le hizo nada y lo dejó ir.
¡Pero Señor Juez, yo qué culpa tengo que el Señor Tobar se “encurdelara” y me viniera a querer exigir cosas sin sentido! Ayúdeme, sáqueme de aquí. ¿Mañana si no me presento en la fábrica me echan y de qué voy a vivir yo y mi familia?
La muy sonsa de mi mujer dice que mejor me quede acá, que no sirvo para nada, que me dejo manejar por cualquiera y encima se quiere ir a la casa de mi suegra.
Bueno, no se si eso no sería mejor, unos días sin gritos de los mocosos, sin las peleas de ella y sin verle la cara a mi cuñado que trabaja en el mismo lugar que yo. ¡Ese es un zopenco! Señor Juez, déjeme unos días y así descanso de todo este lío.
  

FOTOS PARA LA NOSTALGIA

 PRESENTANDO LA NOVELA TANGO ROJO EN MIAMI
 UN RELOJ DE SOL EN UNA CALLE DE ESPAÑA
CON LUPITA FERNÁNDEZ, LOCUTORA DE RADIO GRAND RAPID EN MICHIGAN,

LA FLECHA ESCONDIDA




Comienzo relatando una historia familiar. Nunca supimos si era verdad o una suerte de leyenda. La abuela Catarina la contaba en tardes de calor y a veces cuando llovía y estábamos aburridos.
Cuando llegaron de su patria, en Europa, traían baúles con un sin fin de ropa, herramientas y utensilios que creían iban a necesitar en esta tierra que para ellos era desconocida y desértica. El tren que los trajo desde el puerto, los dejó en medio de un paisaje selvático con árboles gigantes, helechos enormes y plantas de todo tipo y color.
En las noches escuchaban ruidos lejanos de tambores y animales. Vivían asustados y siempre dejaban un fuego prendido por si se acercaban “fieras salvajes”. En realidad nunca vieron a dichas fieras. De  vez en cuando un monito les robaba una fruta o una ropa que la abuela tendía en un cordel de árbol en árbol, para que se secara. El sol al medio día era igual, según ella, al de su país. No soportaba la humedad, venían de un clima seco y agobiante. Mediterráneo, lejos del mar y más aun, cerca de las montañas. Allí no las había por lo que soñaban con regresar a su patria. ¡Pero no tenían dinero!
El abuelo que tenía veintiún años comenzó a trabajar en un establecimiento maderero, aprendió lentamente el idioma y se pudo defender un poco con sus compañeros de tareas.
¡Siempre renegaba de su condición de extranjero! Le daba a mi abuela, que tenía diecisiete años, unos billetes que le pagaban de jornal y le recomendaba que los escondiera muy bien.
¡Un día los vio! Eran unos nativos. Semidesnudos, con la cara pintada de color negro y collares. En una bolsa llevaban flechas y un arco. La abuela se hizo pis del susto. Ellos la miraron sorprendidos. Seguro. Era la primera vez que veían a una mujer con cabello rojo y pecas; ojos celestes y ropas que la cubrían tanto. Salieron corriendo y se perdieron entre los árboles y helechos. A uno de los pequeños se le cayó una flecha y siguió sin darse vuelta hasta desaparecer de la vista de esa “bruja de pelo rojo”.
La abuela se encerró en la habitación que había construido mi abuelo. Cerró todo lo que pudo con un amontonamiento de arcón, mesa y aparador.
¿No creo que ella tuviera menos miedo que los pobres nativos? Cuando llegó el abuelo y encontró en el espacio que servía de patio, la flecha, la recogió y luego de gritar que le abriera, entró y la dejó sobre la rústica mesa. La miraron con temor, pero el abuelo dijo que tenían que esconderla para que no la vinieran a buscar.
Con el tiempo, en el lugar donde el abuelo trabajaba, conoció a varios nativos y supo que eran buenos, tranquilos y que usaban el arco y las flechas para cazar y comer.
Igual, en mi familia, tenemos como un trofeo la famosa flecha que ya no está escondida, sino que adorna la chimenea del salón como la señal de lo que fue la lucha de ellos para adaptarse a nuestro país.


LOS INSULTOS




Estoy harto de escucharte los insultos por eso me voy, dije enojado. Tu manera de expresar la ira es inaceptable. Miro a mi alrededor y sólo escucho frases hirientes e inoportunas. Parece que un demonio ha penetrado tu corazón. Sigue así y perderás a todos tus seres queridos, nadie te respetará y serás el hazme reír de tus compañeros. El profesor de gimnasia seguía hablando sin dejarme decir, que me habían robado todo el equipo de fútbol que le costó dos sueldos a mi abuelo. Era muy injusto. Los chicos se reían y cuchicheaban dándose codazos.
Yo tenía ganas de llorar, pero si me veían así, sería peor. Elpidio me hizo un guiño, él sabía dónde lo habían escondido. Yo encima me enfurecí más y me le fui. Le dejé un ojo morado. Entonces de las palabras a las sanciones, me echaron del club.
Cuando salía del gimnasio, sobre el cesto de los desperdicios de la cantina, encontré mi equipo y un cartel que decía: “Feliz día del Inocente” Tus amigos de la 5ª y detrás todos aplaudían a rabiar.

UNA TRISTE TRAICIÓN



           
            Andrés era mi mejor amigo. Nos conocimos a los siete años en la escuela de campo y nuestros padres trabajaban en la misma finca. Salíamos con el calor del verano a pescar mojarras en el arroyo con una caña hecha con sauce y piolín de algodón y un tarrito de lata de esos que mamá usaba cuando no tenía dulce casero al que le habíamos hecho una manija de alambre de atar las viñas. Y en invierno, con el frío que nos ponía los pies amoratados; usábamos con unos carboncitos encendidos y en el aula cada chico calentaba los pies y el ambiente. En esa época no se hablaba de estufas. Yo tenía los pies, las manos y las orejas moradas de sabañones. ¡Nunca supe porqué ni cómo salían los muy malditos! Siempre juntos con él, con Andrés. Cada pibe ayudaba con sus medias viejas y armábamos una pelota de medias para jugar al fútbol, claro que en “pata pelada” para no romper el único par de zapatillas decentes que teníamos.
            Me acuerdo que se nos llenaron las piernas de pelo y seguíamos con los pantalones cortos. Un día mamá me llevó al pueblo y me compró un pantalón de denín. Más grande para que me durara. Cuando él me vio se echó a reír, su mamá le había hecho en su máquina uno tipo bombacha de campo y a mí me encantó. Tuve la increíble idea de cambiárselo y me ligué una paliza de las buenas en manos de mi papá.
            Fuimos creciendo. Ayudábamos en la finca cuanto pudimos pero poco, porque nos costaba estudiar, un poco por no tener la cabeza puesta en eso y otro por la poca ayuda de libros en casa y de mis padres. La falta de dinero era un problema, siempre había algo más urgente que comprar libros.
            Igual, yo luché y seguí como pude la secundaria. Tenía que viajar en lo que podía hasta el pueblo y repetí dos veces un curso. Me recibí con más edad que el resto de los muchachos y chicas. ¡Y ahí, residió mi mayor problema!
            ¡Ay, las mujeres! Sí que son un problema. Me enamoré como un zopenco de Clarisa. Una petulante y risueña pelirroja del otro curso. Era, por supuesto, dos años más chica que yo. ¡Pero temblaba todo cuando la veía¡ Su papá, un gringo colorado y forzudo me miraba con cara de odio cuando se cruzaba conmigo; debe haber sido por la cara de idiota que yo tenía.
            Una mañana vino Andrés y me contó que su papá se había ganado mucha plata en la quiniela y yo festejé con él. ¡Para qué! Cuando se enteró la pelirroja, se acercó a mi para que yo le presentara al Andrés y ahí me di cuenta que vale más un billete que una cabeza educada.
            ¡Lo peor, que Andrés se puso de novio con ella y dicen, dicen que se van a casar! Y yo, “pelandrún”, sigo estudiando para ser ingeniero y las chicas que me rodean son más feas que un pisotón descalzo o los malditos sabañones. A eso le llamo una gran traición.  Hasta he soñado que le metía un cuchillo en el corazón al Andrés, pero no, él es mi mejor amigo. Por una mujer no vale la pena… desgraciarse.

martes, 24 de julio de 2018

UN FAVOR



            " Alves...gritó con fuerza....compadre Alves...no me niegue este favor." 
                                                                                                                      Horacio Quiroga.
           
            En la calle se apretaba la gente alrededor de un hombre caído en el pavimento. Nadie se animaba a tocarlo. Un murmullo sólido se elevaba como un remolino de palabras incomprensible... - ¡ Pobre hombre...! , ¿ Alguien lo conoce?, ¡ Está casi... bueno, si llegara la ambulancia...! - así entre los transeuntes se iba declamando un sincero deseo de darle una mano. El hombre tenía una mirada extraviada y un rictus amargo en sus labios apretados y lívidos. Estaba solo. El frío del cemento y el agobio del círculo de curiosos no lo dejaban respirar. Cerró los ojos, que inyectados en sangre, parecían dos pequeños insectos. Quiso pensar en algo lindo...¡ su hija..., la Clara, ella estaría ahora sentada en la cama mirando la telenovela...y en el Tincho...ese perro insólito de piel lanuda y olfato de cazador, seguro estaría con sus largo hocico husmeando entre las manos de la muchacha...! Cerró los oídos  a los llamados de esa estúpida gente que le hablaba. Él estaba allí por desición propia. Era alto el edificio desde donde se había... Un ulular de sirenas lo hizo atravesar el tiempo y lo trajo a la realidad. Le dolía un poco, sólo la cabeza, desde el pecho hacia abajo no sentía nada. Seguro que esta vez la había pifiado, pensó con rabia. Mañana lo intentaría de nuevo...total, si a nadie le importaba su desesperación. Recordó cuando le llegó el telegrama de despido. Pidió y rogó en tantos lados por un trabajo. Dignidad. Eso le daba a él el trabajo y orgullo. Clara lo necesitaba con trabajo. Los remedios no venían solos y los médicos tampoco. Vio la cara de un hombre que se acercaba a su rostro. Tenía un aire de horror y desconsuelo. Él tenía rabia. Una rabia como un globo rojo que se inflaba y se agrandaba como si fuera a explotar. Quiso moverse y no pudo. El médico con un enfermero y un mirón lo estaban tratando de meter con mucho cuidado en una camilla. Sin piedad puteó y se hizo un silencio absoluto. Los otros se molestaron. Un tipo raro se acercó para hablarle de la Biblia. Lo puteó. A él hablarle de Dios...si le había quitado todo por lo que podía seguir viviendo. Hasta Clara era una cruz en su vida. Se distrajo cuando un muchacho con el pelo verde y un sinnumero de aros, le trató de afanar el reloj.
¡ Hijo de gran puta...qué  más quieren que les dé ! 
            Ya adentro de la ambulancia el médico comenzó a darle una inyección y oxígeno. Le hablaba y no se podía concentrar. ¿ Qué le decía ? ¿ Hemi...qué? Se estaba durmiendo con la "pichicata". Se iba...se iba.
            Despertó en el ruidoso callejón donde se había dormido. Las botellas de vino a su alrededor brillaban con las luces de neón. Trató de incorporarse, casi no podía. Le habían robado todo...zapatos, plata, reloj... pensó en lo que había pasado esa mañana. Su hija Clara...el accidente. ¡Tenía que regresar para seguir en la lucha, ahora lo necesitaban más que nunca ! Alguien lo tomó del brazo...era un hombre oscuro y mugriento que le tendía una mano con una
botella casi vacía... - ¡ Alves...- gritó con fuerza...- Compadre Alves...no me niegue este favor...!-

FOTOS PARA INSPIRARSE

 MUSEO DE ESPAÑA UN CUADRO RELIGIOSO MARAVILLOSO
 PASEANDO POR LAS CALLES DE PARÍS, ESE SABOR DE CONFIANZA Y SUEÑOS INCREÍBLES
EL INTERIOR DE LA SAGRADA FAMILIA EN BARCELONA. MARAVILLOSA.

TERREMOTO.



            La casa era casi un sueño.Y nada ni nadie puede decir que no fue fruto del esfuerzo demencial de los viejos. Juntos levantaron las paredes sobre unas vigas de hierro y concreto tan sólido como el amor  y la fidelidad que sentían uno por el otro. Tal vez carecía de belleza y de detalles de terminación que después fueron agregando Yecenia y Lisandro, mis hermanos que estudiaron arquitectura e ingenería respectivamente. Yo la recuerdo a mamá con sus delantales hechos con antiguas enaguas de algodón amasando pan frente a un rústico fogón, o a papá arreglando su bicicleta para ir al centro a comprar algún elemento para la quinta.
            Un día llegó el progreso, el tan esperado y mentado progreso. En el club o en el banco no se hablaba de otra cosa por tiempo y tiempo y cuando supimos lo que significaba casi le da una ataque tanto a mi viejo como a mi viejita. Se obligó a todos a cerrar las medianeras, matar y comer todas las gallinas, patos y pavos que hacían más económica la vida de la gente sencilla de nuestro distrito. Ni hablar de los que aún tenían chanchos. Esos que se juntaba toda la familia en el mes de julio para hacer chorizos que metían en botijones con aceite de oliva y a colgar jamones bien sasonados en los altos techos de la cocina o un galponcito interno. Allí se le ofrecía un poco al médico de cabecera, al dentista del abuelo y al farmaceútico que a veces fiaba algún remedio o venía en la noche para poner una inyección .¡ Eso se acavó y para siempre ! .Fue un terrible momento pero uno se acostumbra casi a todo. Los que se fueron muriendo y los hijos vendieron para hacer unos barrios sin personalidad, donde vivía tanto gente decente como malandras ( a decir del tío Oscar) , esos no vivieron nuestro dolor...
            Fue una mañana muy temprano que desperté sorprendida por un rumor extraño que realmente no sabía desde donde provenía. "Geniol" el loro se avalanzó volando desde la jaula y quedó con sus alas abiertas y apoyadas sobre el patio casi en el medio del cantero de violetas. El perro, Cristobal, se pegaba al suelo y aullaba con sonidos lastimeros . Un silencio con rumores sorprendentes se produjo y comencé a ver que la tierra , el suelo,se ondulaba como una proceción de orugas hambrientas que frenéticamente se alejaban en oleadas una tras otras, eran también un tintinéo acústico de vidrios que caían por todos lados con estrépitos de fuegos artificiales, era una silla que se golpeaba y otra y otra, y miré un cielo oscuro de polvo y miedo. ¡Tiembla !. No, ésto es más fuerte, esto es terremoto y vi caer un trozo del techo sobre el mesón del comedor. Y...corrí hacia la habitación y me aferré con pasión al antigüo retrato de los viejos, ese, ovalado que tiene el vidrio bombé y que mamá adoraba. Cuando intentaba regresar a la seguridad del patio algo estalló junto a mi y ya no recuerdo...Cuando desperté no quedaba casi nada. La casa había quedado destruida. La casa de los viejos amasada con pasión y fuerza entre las manos callosas de mamá y los brazos fuertes de papá. El amor. Los recuerdos. La familia.       
                        Hoy tenemos una coqueta casa y lo que preside la sala es lo único que pude salvar, el cuadro que mis hijos quieren hacer desaparecer por vergüenza . No obstante todos mis hermanos se mueren  por poseer el único objeto que se salvó y que representa la unión de un grupo de gente laboriosa y honesta. Nuestra familia.

                                                                                   


MACRA

Tengo que relatar esto, desde el principio, para que se comprenda. Mi situación actual es realmente confusa.
                        Fue Minerva, la diosa de la sabiduría, quien me envió una mañana  a un mensajero alado. Llegó él con una túnica hecha por las sibilas, fabricada con hilos de la seda de una araña del éter, cuajada de rocío. Esta prenda me confirió tres cualidades: intangibilidad, mutabilidad y clarividencia. Ni los dioses domésticos podían tocarme. Mi ser mutaba cuando las circunstancias lo requerían y podía observar a dioses y humanos con la misma facilidad de los demiurgos. Así partí a cumplir con la súplica de Jupiter y Minerva...tenía que ayudar a Venus a evitar al rudo Vulcano. Él, seguía con sus fuegos avérnicos a la bella esposa, impidiendo su felicidad con semidioses y héroes del mundo. Ella, la hermosa, escapaba de su furia y se mantenía escondida en los sembradíos cercanos al templo de las Perséfonas. Hasta allí viajé transformada en un cisne blanco. Aterricé en una fuente en la que el agua tibia calentó mis plumas. También mi corazón. Era un lugar maravilloso. Los faunos rodeaban a Venus con sus juegos y le daban en copas de ámbar, hidromiel. Pan, tocaba el pífano junto a Ceto, que con su lira de cristal armonizaba una canción mágica. Allí crecían olivos plateados y perfumados, vides maduras de color de atardecer y esmeralda. Ella la hermosa diosa retozaba tranquila. Noté de pronto un estremecer del suelo, era el fiero Vulcano que desde el averno, protestaba con sus terremotos, en la isla sagrada del Tirreno. Me transformé en un cervatillo de piel pálida y sedosa y me acerqué hasta el frágil cuerpo de la mujer enamorada. Entre las frondas apareció Marte, desde luego que la única que supo que era él, fui yo. Él, venía cabalgando en un unicornio azul, con su yelmo de plata. No traía sino su espada de cristal y oro. Dejó que el animal pacentara cerca de mí y así comprendí que era Ginés, el que engendra vida, semidiós heroico.  ¡ Comprendí la argucia !
                        Venus estaba desnuda , sobre una alfombra de musgo, parecía un ser seráfico. Su piel de alabastro tibio, sus pies con uñas de nácar levemente rosadas, sus senos pequeños y redondos como granos de uva madura...Él la besó desde el principio al fin y como unicornio de pétalos de rosas blancas la penetró en su fálico deseo. La tapaba el largo cabello de briznas de trigo y algas doradas. Nadie pudo ver ese instante de lujuria. Sentí de inmediato el trueno que Vulcano había derramado con furia desde el centro mismo de la tierra. Júpiter se presentó ante mí, transformado en un Tigre Negro de mirar profundo y Minerva voló rauda con su plumaje de Lechuza Real. Allí se había engendrado un dios, un semidiós o un mortal heroico.                  
            Me alejaba del tálamo nupcial de los dioses, transformada en ave de plumaje suave. Ya mi misión se había cumplido. A pesar de lo cual amamantaba al niño en las noches en que los amantes se olvidaban de él.
                        Júpiter me transformó en sirena, enojado por mi amor al niño. Minerva no quiso molestar al dios del trueno. Se alejó sin siquiera hablarme.
                        Ahí comenzó mi desdicha. Los dioses se olvidaron de mí. Minerva, distraída como toda erudita me desatendió. ¿ Negligencia o ingratitud...? Hoy salgo a ver a Venus en noches de luna llena. No puedo dejar que los hombres me vean...mi desgracia sería aún peor. Sigo en esta roca cerca de Lemnos y espero...tal vez Cupido, el engendrado, se apiade de mí y me vuelva a transformar en mujer. Después de todo de mis senos mamó leche desde que nació.
                        ¡ Ah, me olvidaba, mi nombre es Macra, la que engrandece a los dioses!                                                                                                                         

UNA CIUDAD DE MIEDO Y DE MENTIRAS.




Camino y caminé por tus calles bulliciosas
buscando una verdad...escondida,
una verdad que cada hombre encubría
entre palabras retóricas y aviesas.
¡ Cuán cruel pueden ser, amigos, qué malignos!
Escuché palabras...palabrejas...palabritas...palabrotas...
Todos mentían. Inventaban historias y hasta dioses,
 que con la más leve brisa se caían.
Escuché hablar de héroes, semidioses,
ángeles de oratoria turbadora, gentiles caballeros que aturdían.
Nada encontré en verdad en muchedumbres...
sólo...impostores, sicarios y sibilas.
Unos pregonadores de proezas,
 heroicas necedades y vilezas.
En estas calles llenas de hermosura
 se esconde la mentira
también la hipocrecía y la flaqueza.
No soy yo la voz de la cordura,
ni soy quien pueda enseñar justicia ni indulgencia...
tan sólo busco con fiereza...una verdad que grite en el tumulto
una voz que retumbe entre los sordos,
 palabras grandes...pero que sean de verdad...
palabras que nos llenen de consuelo...
nos hablen con certeza... y sean buenas.
Tan sólo espero ahora la justicia...claridad y amor
entre la gente de mi pueblo.
¡Qué esta ciudad de miedo y de mentiras...
sea un faro de luz en la noche de descuido
en la noche de injusticia, desdichas y miserias...!


UN ABANICO DE ENCAJE NEGRO CON PERFUME A VIOLETAS.



            Todo negro...mi vestido de tafetán, mis guantes, mi sombrero de plumas y cintas...el velo que cubre mi frente y los ojos hinchados por el llanto. Todo negro...hasta mi corazón. El abanico de viuda y sus tristes destellos en mis manos tristes.
            Entro al salón. Me detengo y respiro profundamente. Paso al escritorio y me veo reflejada en el gran vidrio de la biblioteca. Yo, allí, erguida, sostenida apenas por el "polizón" y el "corset" ; aunque estoy quebrada en millones de fragmentos. Erguida a pesar del dolor.
             Sí, mi amado José Carlos ha muerto. Ya no veré su fino bigote que con delicados movimientos atusaba para esconder la sonrisa cómplice. Sus lentes de oro y vidrios pequeños, que encubrían su mirada apasionada. Su deseo.
            ¡ Cuánto amo a ese hombre que se ha escapado de mis apasionados brazos ! Miro mis botines también tan negros como el perfil oscuro de la muerte. Tal vez ellos ocultan mi temor  y desolación, en mi paso firme. Camino hacia el escritorio de caoba. Abro el cajón del frente...y allí está la pequeña pistola. Fría mensajera de metal y nácar. La tomo lentamente...me siento el enorme sillón de terciopelo rojo...la acerco a mi frente y dudo. La pongo con mis manos trémulas junto a mi boca sedienta de sus besos y su aliento . ¡ Disparo y un chorro de sangre brota como una cascada sobre las cartas de él, que sueñan en la tapa del mueble frente a mí ! Silencio.

            Un ruido cercano me despierta. Estoy sola. Hace unas horas me he quedado dormida en el viejo escritorio de mi abuelo. Mi amor ha muerto ayer y extraño su pasión. Su cuerpo. Su compañía. Sus besos... Miro hacia el jardín y observo el auto negro que brilla con el sol que trata de ocultarse entre los árboles. Mi vestido blanco de seda está empapado de lágrimas tibias. Observo el recinto...es el mismo de mi sueño.
            Sobre mi regazo...un abanico "negro" de viuda, me deja el mudo regalo de mi bisabuela. Ella estuvo allí... hace muchos años. En el gran espejo veo una figura tenue que se desdibuja en las sombras. Ha dejado un fuerte perfume de violetas.


UN LARGO VIAJE AL PASADO.



                        El avión había aterrizado sobre la pista húmeda y el viento arremolinaba todo lo que encontraba a su paso. Me sentía especial. Había logrado la beca más importante, como premio a mis investigaciones. Llegar al viejo continente era una meta única para todos los estudiantes de Antropología. Y ni puedo recordar desde cuándo mis padres me habían inculcado ese afán. Ya estaba allí. Madrid primero y luego Sevilla eran los puntos de mi deseo. Una joven azafata me sonrió ofreciéndome un impermeable descartable con la marca de la compañía  aérea que yo recogí agradecida. Pasé los controles necesarios y cuando me liberaron salí a un ambiente enorme. Estaba atestado de gente de todo tipo. Para mí algunos resultaban muy simpáticos por sus raros atuendos y coloridos equipajes.
                        ¡ Ya estaba por salir del edificio aéreo, cuando entre la multitud divisé un cartel en alto con mi nombre completo !. Me acerqué y una sonrisa plena de una muchacha morena me recibió entusiasmada.
                        -Tú eres Ariela, bienvenida a mi país.- dijo mientras me tomaba de la mano que tenía libre, tengo mi coche afuera - me llamo Serena y esperaba tu llegada en nombre de tus futuros compañeros de la universidad. Somos siete locos que vivimos entre piezas del mesozoico  y del paleozoico.
                        Así comenzó mi hermosa estadía entre un grupo extraordinario de investigadores y un mágico tiempo de aventuras.
                        Tenía un mundo fantástico para descubrir. Así fue desde mi arribo. Madrid me fascinó por ser una mezcla de tiempos históricos y de una modernidad resplandeciente. Tan rápido como te puedes mover entre paseos llenos de pasado como tienes frente a tí un edificio del futuro. El tránsito infernal a las horas pico igual a cualquier capital de un país rico.¡ De la noche ni hablar, pues el vértigo acompaña a los madrileños constantemente !. De café en café, de pista de baile en pista...y el vino y la risa...pero todos a la mañana al trabajo. 


UBALDINA


Está enferma, te digo que está enferma...me gritó María desde la cocina refregándose las manos ásperas en un delantal mugriento y húmedo. No puedo pensar en lo que sentí. Tenía terror y desconcertada me imaginé sola en la calle sin la Ubaldina. No era sino mi único pariente. Mi madrina...amiga, madre, consejera y aunque me vivía dando tirones de pelo cuando yo me encaprichaba, era quien velaba por mí desde siempre.
            Ubaldina, mujer de color pardo hasta en las encías, ojos grandes de mirar astuto y rápido, pelo crinudo y arisco como de yegüarizo, boca grande de dientes blancos que limpiaba con ahínco porque siempre dice que son la riqueza más grande de una persona.
 ¡ Si me habré ligado atropellos con su delantal enrollado cuando me resistía a limpiarme los dientes...! Vieja linda, alta y magra a fuerza de trajinar lavando ropa ajena en una batea de piedra con agua helada que nos permitía comer bien y tener alguna que otra alegría. Hasta un día que ella dijo que era mi cumpleaños, me llevó al cine a ver una "cinta" de amor. La mitad de la cinta me tapó los ojos porque yo no podía ver algunas porquerías, según me dijo después cuando le pregunté el por qué. Sólo gruñó sin responderme. Yo amo a la Ubaldina.
            La María sigue dando vueltas con toallas mojadas y agua de azahar con no sé qué yuyos, de la pieza nuestra hasta la cocina y el retrete. Me siento a un lado del fogón y miro una estampa de un santo que está medio chamuscado por las velas que le prende mi madrina y le pido que se cure...¿ qué voy a hacer si me deja? La habitación se va oscureciendo y ya la María no sale de su lado. Entra un hombre de barba blanca y ropa triste. Un caballero...diría mi madrina. La destapa y le pone un aparato brillante en el pecho, en la espalda y en pocos minutos habla con la María bien despacio. Yo no escucho pero me alargo tratando de adivinar qué hacen y qué dicen. Entran dos hombres vestidos de blanco y la suben a un catrecito y se la llevan. La ambulancia sale hacia el hospital. Ubaldina tiene neumonía y la internan hasta que mejore, me dice la María. Me aprieta un dolor espinudo la garganta. Lloro. No me puedo dormir a pesar que la amiga me da unos bocadillos y me acompaña. Lloro. Acurrucada espero horas, días y hablo con Dios, el santo tiznado y hasta con mi madre que murió cuando nací. Pasan semanas. Un siglo. Sigo llorando. Y una mañana entra por la puerta protestando por el desorden y la mugre que he juntado: la Ubaldina. ¡ Está viva, más flaca, pero para mí que aún no cumplí doce, acaba de entrar el Ángel de la Guarda !
            Hoy me corrió con una alpargata por todo el patio porque rompí el bote del aceite y desparramé con un trapo en el mosaico para disimular el desastre...y terminamos riéndonos abrazadas en el piso.
            - ¿ Ubaldina... prometé que nunca te vas a morir!- digo, desde mi camita junto a la suya mientras trato de cerrar los ojos para dormirme.
            - ¡ Ahora no, pero algún día cuando crezcas...tal vez...dormite Dalia, que mañana tenés que ir a la escuela !
            - Te quiero Ubaldina...
            - Yo también te quiero.
            La noche disfraza el miedo y convoca a los espíritus protectores de la gente buena. Ubaldina y Dalia duermen. Descansan mientras en un rincón de la modesta habitación un grupito de ángeles cuchichean sobre el amor de esas dos almas llenas de nobleza.

POESÍA PARA UNA NIÑA MUERTA POR LOS TERRORISTAS


- II -
A. P.L.
Ese hombre enmascarado por la calle se desliza
lleva escondido un flagelo, una traición...un estigma.
Ese estruendo que ahora atrona entre los árboles quietos.
Nadie ha visto ese relámpago...
todos escuchan los gritos y retumban alaridos.
Entre las ramas quebradas mil pétalos de rosas rojas...
desparraman entre el follaje astillas de carne viva
con sangre de quince eneros.
¡Un girón de una bandera flamea...en sangre tinta!
Mil trozos de cabellera, niña, flota entre los escombros.
Una mancha...río apenas corre por la vereda.
Hay un mar de palabras del color de sangre joven
y sobre el gris empedrado se deslizan mil suspiros.
Lágrimas...lágrimas gritan. El odio esconde su ira.
¡Recuerda todo se olvida! Si no puedes...ya...
Vomita.



PÁJARO DE NIEVE


                   

         Leyenda huarpe.

                   En el Valle del Sol, en los viejos tiempos, vivía un grupo de huarpes que cuidaban grandes manadas de guanacos, plantaban maíz y cultivaban papas. Eran tranquilos y muy amigables. Quisieron los dioses que naciera entre ellos una pequeñita tan extraordinaria que el chamán, sacerdote-médico de la tribu, dispuso que sería dedicada a los dioses. La niña creció y era de piel muy blanca para ser una huarpe, y de entre su negrísima cabellera se destacaba un mechón blanco de canas, que parecía una pincelada de pintura dada por Dios, por eso le dieron por nombre: Pájaro de Nieve.
                   La chiquilina, como todo niño, jugaba con los otros niños; hasta que un día, la llevó el chamán a su choza y comenzó a prepararla para ser entregada en una ceremonia a los dioses. Los padres de Pájaro de Nieve aceptaban ese destino, pero lloraban porque nunca la verían casada y criando pequeños indiecitos como todas las muchachas de esa tribu. Quiso el destino que llegara desde el norte, el hijo de un cacique Inca, transportando mensajes para la tribu, su nombre era: Fuego de Paz.  Era un retrato de belleza y de bondad. Se enamoró, apenas la vio, de Pájaro de Nieve y pidió casarse con ella para llevarla al Perú.
El chamán enojado tomó a la hermosa muchacha, y luego de darle algunas pócimas, comenzó a subir las abruptas montañas para alejarla del amor y hacerla cumplir con su designio. Detrás, Fuego de Paz, trabajosamente, seguía el difícil camino entre riscos y despeñaderos. Vio como la vestían con una fina túnica de lana de vicuña blanca, tejida al telar. Como le ponían joyas de oro y lapislázuli, amuletos y semillas de maíz, algarroba y ají. La coronaban con finas plumas de aves de todos colores, y una capa de lana color roja le cubría casi todo el cuerpo. Un líquido de color ámbar, y muy espeso, la fue adormeciendo. Cuando el chamán la dejó para que se encontrara para siempre con los dioses, Fuego de Paz corrió y trató de despertarla pero el frío y el veneno ya hacían su malvado trabajo. Se abrazó y trató de beber de los dulces labios, parte del elíxir para morir junto a su amada. Así se durmieron con los dioses. Cuando la Luna descubrió lo que había pasado, comenzó a llorar lágrimas de plata y desde los cuerpos de los enamorados comenzó a manar agua de pureza y blancura sin igual. Así nació el Río Blanco, que baja alegremente por las montañas en Cacheuta y Potrerillos, besando las piedras y por donde pasa, una multitud de plantas aromáticas crecen para embellecer y curar las penitas de los mendocinos.
 Basada en Romeo y Julieta.

HUELLAS DE SILENCIO...


                       Acaso en el misterio del ocaso, encuentre la memoria.

Tal vez un estallido de centellas que te nombren.
Tal vez un recoveco estelar donde te toque.
Un día serás tú, mi único amigo.
Un día estaremos enfrentados, mirándonos los ojos,
y tocaremos la más íntima arista de nuestra alma.
Entonces seremos verdaderamente libres.
Seremos caminantes de la vida.
Tendremos un retorno al infinito.
No habrá un "laberinto" carcelario
donde un fiero "Minotauro" nos platique.
Seremos tú y yo...y la conciencia de todo el mundo simple
que creamos. Tal vez un mundo artificial
lleno de edenes, no tan maravillosos.
Tal vez se parezca más al "Infierno" que Dante imaginó.
Y no supimos escapar de la rutina.
¡Caminar por las calles empedradas,
correr por los andenes, ya desiertos...
la libertad es una recompensa tan sagrada
que trasciende al hombre en su pasado !.
Amigo de los años más heroicos...
¿Puedes perdonar mi evasión , mi huída?
¡Soy cobarde!

FOTOS PARA EL RECUERDO


 PRESENTANDO MI NOVELA "TANGO ROJO" EN EL SALÓN BIOY CASARES EN LA FERIA DEL LIBRO 2017. MARÍA TERESA CAGLIONI, PRESIDENTE DE S.A.D.E. MENDOZA Y YO
EN MEDELLÍN CON UN PUÑADO DE ESCRITORES DE COLOMBIA, EN UN CENTRO CULTURAL 

EN LA RADIO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE MEDELLÍN CON DOS POETAS AMIGOS Y EL DIRECTOR DE DICHA ESTACIÓN DE RADIO.

CLOTA Y LA MULA PELUSA.



         Después de lo sucedido, cuando los chicos descubrieron que Clota en realidad estaba disfrazada de maestra todo cambió. Ese lunes, la "seño" llegó a la escuela cuando ya había tocado la campana, cosa muy extraña en ella que es fanática de la puntualidad. ¡Pero, venía lentamente montada en su mula color rosada que se llamaba Pelusa. La nueva amiga de cuatro patas, tenía un enorme moño azul atado en la cola y estaba tan coqueta con su preciosa montura tachonada de brillantes monedas y pompones de lana multicolor, que era una preciosura. Usaba unas anteojeras de preciosos bordados multicolores. Clota, se apeó con mucho cuidado, porque "Es una maestra ecologista y ama mucho a los animales. La dejó atada de las riendas, al picaporte de la puerta de la dirección y entró feliz por regresar. Venía, esta vez, con el cabello de color amarillo, una pollera llena de volados, con lunares multi-color y los hermosos botines de fútbol. Los chicos estaban felices de verla. La rodearon con el amor que siempre les había enseñado y comenzaron a cantar.
         Les cuento, que la directora se quedó encantada de verla llegar. Clota, había cocinado una enorme torta de chocolate y masitas con forma de palabras agudas, graves y esdrújulas, para todos en la escuela. ¡Costumbre muy común en Clota!
          Mientras ella enseñaba dentro del aula, la mula picarona se estaba comiendo todo lo que estaba cerca: el jazmín del cabo, el plumero de Rosita le celadora de la tarde, los crisantemos amarillos, medio pino, la escoba de Irene, la celadora de la mañana, algunas figuritas de los chicos y hasta el libro de firmas de la dirección.
         La señorita Clota logró que los niños escribieran versos y cuentos sin errores y cuando ella salió al patio con todos los alumnos, abrieron las mochilas y remontaron cientos de barriletes con palabras hermosas que les había enseñado. Las palomas de la plaza dejaron sola a la tía Nené un ratito, para distribuir los barriletes en todos los rincones de “Salí si te dejan”.
         -¡Ay, chicos, me tengo que ir porque la mula "Pelusa" se está comiendo los registros y unos diccionarios de la biblioteca!
         - ¡Chau seño!
         - ¡Chau chicos!  Hasta pronto.

Tolón-tolón, tilín-tilín, este cuento no llegó a su fin. Esperen, que continuará.

                                      MENDOZA- 2 - 6 - 1996. Graciela Vespa para Tintero.

TERRIBLE TORMENTA




            Artemio…Artemio, llamó la abuela Laurencia a los gritos. Mire que viene la tormenta. Hay que llevar los animales al corral, las gallinas al reparo y tapar las plantas que están más expuestas.
            Desde lejos, si mirábamos el horizonte al sur, se veía una línea negra como de muerte. Era el granizo. Comenzó a soplar un aire fresco que se hizo viento helado. ¡Es la piedra, Artemio! Perderemos todo y las manos endurecidas por el trabajo y la tierra, se apretaban en la falda bajo el delantal de la abuela.
            El “Kalu” olfateó el aire y se echó debajo de la mesa de la cocina. Su cola parecía un abanico de pelo ralo en el piso de tierra y ladrillos viejos. El abuelo, me dio la orden de traer del galpón unas maderas que tenía apoyada sobre la pared y como pude con mis catorce años, las traje y se apuró a martillarlas en las ventanas que de viejas se astillaban. Luego salió con mi abuela y una pala, la llenó de ceniza del horno de barro y se fueron luchando contra la tormenta hacia el sur de la finca y allí entre los dos, hicieron una cruz en la tierra dura y de rodillas comenzaron a decir frases religiosas a un santito y a Jesús.
            Yo, los seguí, sin que me vieran, el viento me tiraba al suelo. Ellos apenas podían, con sus pesados años, llegar hasta el lugar donde hicieron el “conjuro religioso”. Cuando la abuela me vio, enojada me hizo seña y me hincó junto a ellos y me hizo rezar lo que me enseñó el “padre cura” en Catecismo. Y como por arte de magia o por la intervención de Dios, la terrible tormenta se fue alejando hacia el lugar en que la pala con cenizas señalaba más a la montaña donde no hay viñedos ni huertos.
            Supe después que aparte de ceniza, la abuela Laurencia había puesto sal gruesa en el lugar y cuando cumplí los veinte, antes de ir a servir a la Patria, me enseñó cómo se debía desviar la tormenta. Ahora cuando veo los nubarrones, hago un pequeño surco en el jardín de mi casa con ceniza y sal por si hay gente que no conoce cómo se alejan
las borrasca.

ENTREVISTA



                                                                                              
            ¡Aunque usted no me crea, yo lo vi con mis propios ojos! Estaba en el café de “La Puerta Del Sol” en Madrid y pasó cerca de mí. Vestía un impermeable azul gastado, un chambergo de fieltro negro con una cinta roja y zapatos de cuero, sucios y feos. ¡No parecía el hombre que yo conocí en Buenos Aires!
            Cuando salió del sur, parecía que se llevaba el mundo debajo del abrigo. Era un “Fifí” de esos que en la calle Alvear se paseaban como galanes de cine de los cincuenta. Alto, si, más o menos un metro ochenta y tantos, el cabello engominado que brillaba con el sol y la humedad a él, no se le notaba. ¡Era un perfecto ganador! Pero no.
            Mientras se mezclaba con algunos fulanos de la Suprema Corte o con diputados y senadores, era un “capo”. Hasta que cambió el gobierno y salió huyendo como rata. ¡Pobre!  
            Yo supe por amigos comunes que primero intentó ir a México, pero no le fue bien. Sus charlas y conferencias no estaban acorde con los intereses de aquel maravilloso pueblo, luego fue a Francia… menos y como no domina el idioma fue peor.
            Recuerdo cuando en el “Cervantes” se anunciaban sus charlas literarias. Eran un gentío que se agolpaba en las puertas para conseguir el mejor lugar para verlo, admirarlo y escuchar su nueva idea de lo que proponía en sus novelas. Vendía miles de libros. No se si era tan buen escritor pero su presencia hacía el resto. Ahora es un tipo común.
            Pensar que ni siquiera me dirigía la palabra cuando iba con el micrófono y ahora, cuando pasó se dio vuelta y se acercó con cara de afligido y me preguntó si yo, era yo. Es decir el mismo periodista que antes no era recibido. Le contesté que sí, que era yo y que lo estaba buscando para hacerle una entrevista. Se le cambió la cara, resplandeció como allá en la gran ciudad. No era cierto, pero cuando uno pone el corazón puede ayudar a dar ánimo.
            Le hice un reportaje que fue muy exitoso y ahora ya lo vieras, es otro. Me alegro porque cuando uno está en la mala, que te tiren un salvavidas es muy valioso. Ahora me despido y te digo, si te lo llegás a encontrar, como al pasar decile:- Ché, Osvaldo, el “Gordo Fernández” de la tele te anda buscando para hacerte una entrevista.- ¡Total, si vuelve no nos va a dar ni cinco de pelota!

LEONARDO RECORRÍA EL LARGO PASILLO



            Estaba en una galería de personajes indispensables para un relato increíble. Leonardo nació una noche de luna. Extraña luna de color rojo sangre que presagiaba una vida rara. Su madre trabajaba en un hermoso hotel donde famosas estrellas de cine aceleraban el pulso de los viajeros poco experimentados. Ella pasaba inadvertida. Era delgada, pálida, de ralo cabello castaño que rara vez se podía ver detrás de un pañuelo de color violeta que le obligaban a usar.
            Viuda con su hijo vivió limpiando arañas de caireles de cristal haciendo piruetas en una escalera destartalada, sacando brillo a platería antigua y rehaciendo camas con sábanas de hilo egipcio, que a dios gracias no lavaba ella.
            Nunca se quejó por el solo hecho que le permitieron vivir con el chico. Allí creció. Conoció al dueño, un hombre calvo y barbudo de rojas mejillas alcohólicas. A “Madame Adelle” una pitonisa que leía las cartas del Tarot y a Roullete, su amigo; incapaz de mover una mano para trabajar en la cantina. Paulinna era un poco más joven pero era prostituta y se iba quemando con el paso de los meses y años. Eso sí, muy simpática y alegre, cantaba cuando se lo pedían. Y cantaba bien. ¡Una pena!
            Leonardo fue un fracaso en la escuela. Los libros regresaban rotos y manchados de gratitud de comida que robaba en la cocina del hotel. Apenas si podía escribir y manejar su pluma. Los dedos llenos de tinta se marcaban en el largo guardapolvo beige que usaban en el establecimiento escolar. A veces se paraba junto a la pared y le hablaba a un ser invisible.
            Cierta vez, que asistió un afamado neurólogo al hotel, como iba de paso hacia Las Violetas, apreció al muchacho por su educación. Nunca había hablado una sola palabra, pero saludaba dando la mano respetuosamente. Virtud que le había enseñado Roullete. El médico le explicó a la madre, que el chico tenía un síndrome delirante obsesivo. Por eso hablaba con las paredes. Con el tiempo, Lautaro con el lápiz en mano recorría el papel de la pared de la habitación donde quedaba encerrado, escribiendo extrañas consignas que nadie entendía. ¿Era un idioma de su propia invención?
            Madame Adelle, trabajó con sus cartas y sentenció: “Leonardo escribe en Arameo”. ¿Y qué es eso? Se preguntaron a coro, todos. El Idioma de Jesús y María, su Madre y de todos aquellos que lo siguieron.
            Desde ese día, lo miraron como a un seguidor de Cristo, le preguntaban cosas, que él no respondía y Adelle interpretaba según el dinero del solicitante. Les llovieron los billetes. Pero… Leonardo, solía ponerse como loco cuando alguien lo tocaba, por lo que hubo de encerrarlo en un Centro de Salud Mental. Allí sigue escribiendo en la pared sus raros mandatos Celestiales.

SEGUÍ TUS PASOS




Y yo seguí tus pasos de arena, como el ave que busca el alimento para llenar el cosmos de imágenes azules; mis tiempos se alargaban en tu boca, para  adornar con besos mi silencio y así volver a darte mi persona. Se que en la pared de azúcar está tu sombra atrapando mis sueños y mi alma. Pared de terciopelo y oropelas que la llave de tus ojos, me abrirían. El desván, donde duerme el arrullo de la espera. Un capullo de sonrisas empolvado de recuerdos celestes.
Y sé que volveré a ser rosa en la mañana. Con mis manos de pétalo de nácar y mis ojos húmedos de cielo. Húmedos de recuerdo y de besos.


POR LOS PAÍSES QUE TIENEN TIRANOS


LIBERTAD… AL PUEBLO TORTURADO

El oráculo en sombras no favorece la espera.
Dice una estrofa de penitentes que yacen perdidos.

Me duele la distancia. El miedo que comprime la paz,
Me duele. Habla el oráculo con siniestro futuro.
No deseo ir a la selva que espanta. A la muerte.
Quiero huir, escapar a la noche fría de esta historia.
Penitente e insomne. Estallido de voces. Gritos.
Esperaré la aurora sin hablar. El amanecer.
Atrás la tiniebla del torturado estío.
Con la garganta seca, las palmas agrietadas
Acariciando la cruz y la nostalgia de libertad perdida.
Dejen hablar sin lágrimas al hombre oprimido.
Ahora estarán las campanas sin badajos ni ritos.
Soñamos estar con las manos juntas, extendidas.
Abrazando los cuerpos con los ojos mordidos.
Con las bocas selladas y cosidas con alambre de hielo.
Arriba pueblo hermano, arriba en la lucha por la vida.