domingo, 28 de marzo de 2021

¿SE PUEDE?

 

SE PUEDE SER TAN FRÁGIL COMO UN TRINO

SE PUEDE SER TAN NECIA COMO UN BESO

SE PUEDE SER TAN LEJANA COMO UN VIENTO

SE PUEDE SER TAN ESTÉRIL COMO UN HUESO

POR ESO

QUIERO CERRAR MI PECHO A LOS SECRETOS

QUIERO VIAJAR AL MUNDO IGNOTO DE LA IRA

QUIERO ENCERRAR LAS MIRADAS EN LA CRIPTA

QUIERO LAMER TU PIEL CON MI TRISTEZA.

 

¡Y UN DÍA ATERRICÉ EN DUBAI! de ANÉCDOTAS DE VIAJES

 

Desde las azafatas del avión con su extraño y bello uniforme, hasta los personajes que viajaban cerca de mi butaca, me parecieron que entraba al espacio de “Las mil y una noches”. Es un país extraño, según lo que luego averigüé, fue un desierto y ahora tiene como New York edificios gigantes, lujo por doquier y poca gente.

Antes, todos se movían a lomo de camellos y dromedarios y hoy van en lujosos autos de marcas carísimas. Me contaron que en principio eran cinco Jeques que se unieron luego dos más y se armó un territorio enorme. ¡La unión hace la fuerza! Y allí se nota.

La bandera fue creada por un niño de dieciocho años en un concurso escolar y es preciosa. El hotel: un lujo. Todos los días ponían orquídeas en los floreros. Yo que amo esas flores me sentían una reina. El trato del personal, maravilloso.

Estaba una tarde sentada tomando un rico café en el bar (No se venden bebidas alcohólicas) y vi parado un joven de unos treinta años con su ropa blanca y su turbante a cuadros marrón y blanco, que me miraba y no atinaba a hablarme. ¡Soy mujer, claro! Venía a buscarme junto a mi hermana par ir al desierto a un toldo beduino entre dunas, camellos y comida típica. Como soy mayor y viajada, me paré y le hablé: ¿Usted busca a las argentinas?  Sí, señora. Perfecto español. Bueno ya llamo a mi hermana. ¡Sonrisa amplia! Y allá fuimos en una especie de jeep, que nos metía entre las dunas como si estuviéramos en la carrera de Fórmula Uno. ¡Mamá, que manera de zarandearnos! Ya el sol caía sobre el desierto y llegamos a un recinto formado por carpas beduinas. En el centro una especie de plató o peana, cubierta por alfombras, rodeada de mesas bajas con muchos almohadones para poder sentarse. Unos jóvenes igualmente vestidos de blanco y turbantes: blanco y negro, nos trajeron agua y té, y algunas dulzuras que yo no probé y mi hermana que ama los dátiles comió feliz. Luego nos trajeron un arroz con vegetales. ¡Sabroso! y Finalmente salió a bailar un muchacho con un extraño traje que con el crepúsculo brillaba con luces de colores. Los tamboriles y un instrumento típico, sonaba por los altavoces. Ya lo había visto en Egipto y en Turquía. ¡Es un baile típico de los árabes! Finalmente apareció una joven bailarina que hizo gala de su belleza con la danza del vientre y las espadas. Yo sé, que son extranjeras que contratan para los turistas, ya que por religión, los musulmanes no permiten a sus mujeres ese tipo de exposición. Cuando ya entrada la noche salimos de allí, la luna en el desierto me transportó al país de los sueños. ¡Es muy bello ese paisaje!

Lo que más me hizo repensar los diferentes modos de vivir de cada país fue lo siguiente: tomé un taxi para ir a un centro comercial fabuloso. Compré unos regalos para mis hijos y nietos. Al salir tomé otro vehículo para regresar al hotel y ¡OH sorpresa! El chofer no hablaba ningún idioma que yo pudiera interpretar. No hablo inglés pero chapuceo algunas palabras, hablo italiano y algo de francés, como algo de portugués. ÉL, Nada. Para colmo noté que estaba perdido. Tengo la costumbre de llevar conmigo siempre una tarjeta del Hotel, por las dudas. Cómo pude le pregunté en  mi mínimo inglés cuál era su país de origen: Nepal. ¿Cuánto tiempo estaba viviendo en Dubai?   Diez días… ¡AY! Dije, ¿Ahora cómo hago? Paró el reloj del taxi, descendió y habló con otro chofer que como pudo le explicó como llegar. Lloraba. Yo sabía por un joven indio que son muy estrictos con los empleados y los deportan por cualquier error. Al fin llegamos al hotel. Me mostró el reloj del taxi y yo que sabía que costaba el doble le pasé ochenta en lugar de cuarenta. ¡Me besó la mano! Pobre hombre, siempre voy a recordar su temor a regresar sin el verdadero gasto del auto. Pero como cristiana, no puedo ser inmune al dolor ajeno.

Me llevaron a ver joyerías. ¡Dios, cuánto oro! No alcanzaría mi vida toda para lucir la cuarta parte de esas joyas. Según imagino las damas de “negro” las usan debajo de sus túnicas. ¡Hasta hay chalecos en cota de malla de oro, como en el medioevo! Los perfumes son maravillosos, son esencias de flores muy persistentes y deliciosas. Por temor a no poder ingresar en los aeropuertos un frasco no compré y me quedé con muchos deseos de tener uno de esos preciosos envases de perfumes que vi. Sólo me atreví a adquirir unas miniaturas de perfumes que colecciono.

En un lago hay un juego de luces, música y agua que danzan en las orillas de los restaurantes y paseos. ¡Muy bellos!

En el aeropuerto de Dubai, tuvimos que esperar varias horas y me sentí una paria. No había sillas para mujeres junto a las de los hombres. Se hacían a un costado o se salían de nuestro lado si nos atrevíamos a sentarnos cerca. A veces pienso que esos señores, que respeto, tienen madres, esposas, hermanas e hijas… No creo que les guste que un señor las desprecie por ser mujeres. Por eso todas las bellezas de su tierra, pierde frente a estas pequeñas cosas que no entendemos las viajeras. ¡Y yo, tengo 74 años! Imagino si fuera joven, linda y llamativa. ¡Me hubieran tapado con una manto hasta el piso, ja, ja, ja!

¡MÉXICO LINDO Y QUERIDO…! de ANÉCDOTAS DE VIAJES

Para llegar a las pirámides del Sol y de la Luna hay que ser un atleta y yo no lo soy. Son miles de escalones para trepar y el calor húmedo te quita la respiración. Tendría que tener veinte años para hacer esa maratón arqueológica. Pero es tan bello ese México, que en cupo en mi corazón un rincón especial sus diferentes paisajes.

Son tantos los lugares mágicos del territorio que pude transitar; que falta tiempo en los paseos propuestos para gozarlos a todos.

Mi tierra mendocina tiene un especial cariño por ese terruño. De pequeñas cantábamos las canciones de mariachis como parte de los juegos infantiles, aun recuerdo cómo lloraba cuando me hacían repetir varias veces “El Pajarillo Pecho Amarillo” y se reían porque no entendían que me daba vergüenza cantar frente a los mayores de mi familia.

Ya mayor, yo, pude viajar a México. Un país enorme, lleno de historia y de pinturas murales de grandes y admirados artistas. Llena de antiguas ermitas y catedrales que otrora fueron palacios de aztecas o mayas.

Por supuesto ir a la casa Azul de Frida Kahlo y recorrer los museos con joyas prehispánicas, es un lujo.

La pintora Frida Kahlo se pintaba muy fea…y era muy bella. Las fotos que la muestran en los muros multicolores de su casa dan luz a una mujer hermosa. Su vida fue un infierno de dolores físicos y amorosos. ¡Era frágil como las aves y fuerte como una leona! Su corsete de hierro y su silla en la que paso parte de la vida, parecen fabricadas por un inquisidor. ¡Como he podido conocer, ella como otros artistas coleccionaba miniaturas! En su alcoba hay una vitrina con pequeños objetos que hacían su deleite. Tenía el alma de un niño. Y la alegría de una diosa pagana. Tal vez por eso el color juega con los sentidos en esa casa exquisita.

Una de las cosas más serias que viví en ese país precioso, fue la comida con sus terribles picantes. Los mexicanos le ponen “Chile o ajíes” a todo. Creo que hasta crían a las gallinas con ají, ya que hasta los huevos fritos son picantísimos. Mi boca era fuego, llena de llagas y los labios parecían una granada madura. ¡Cómo sufrí, Dios mío!

Al llegar al distrito federal o capital, de acuerdo a mi curiosidad, pedí conocer la Catedral que se va hundiendo año a año y el zócalo y me quedé con la frustración de no poder entrar en ningún lugar de los tan soñados. ¡Había una huelga de hombres que se habían acantonado en ese lugar y sólo usaban: “Pañales”; sí, pañales! 

Salimos de Distrito Federal rumbo a Taxco. ¡Un lugar lleno de magia! Entre callecitas ondulantes y recodos amigables. Descubrí un mercadillo de nativos en una escalera que llegaba a una plaza, en cada escalón una mujer vendía hongos color violeta comestibles, zapallos, maíz, frutas varias, en el otro escalón un campesino con su costalito lleno de harina de maíz y verduras; me detuve en cada escalón compré lo que necesitaba y saqué todas las fotos inimaginables. ¡Un placer! Es verdad que en cada ciudad o país que visito quiero conocer los mercados. ¡Son el alma del pueblo que piso!

La antigua iglesia estaba dedicada a Santa Prisca o Priscila y me sorprendió encontrar confesionarios para mujeres separados de los de los hombres y otro para “Indígenas”. Si México está poblado de nativos, es que es muy vieja, me dijo una señora y en la época colonial había ese tipo de separación. ¡Gracias a Dios todo eso se ha perdido, digo, la vida humana sobre los sexos u orígenes!  

En el distrito federal, cuando regresamos, conocí la iglesia que le construyeron a la Virgen de Guadalupe en el cerro y que también se está hundiendo. A un costado han hecho otra donde está muy organizada la visita al cuadro donde se manifestó la Virgen; es pequeño en tamaño pero muy importante por lo que implica para el mundo Cristiano, en especial para los Católicos. La han puesto en una pared bien lejos de los posibles atentados. Ya le pusieron una bomba en un atentado y no se quemó, sólo una “chamuscadita” en una orilla; abrazada por una enorme bandera de México y tiene una especie de pasarela como las que se usan en los aeropuertos que son para no detenerse. Sobre el retrato el famoso actor Mario Moreno “Cantinflas” le ha ofrendado una corona de oro con piedras preciosas que apenas se puede ver. ¿Miedo a los robos? Puede ser. La verdad es que la cantidad de peregrinos es incalculable. Es muy querida y venerada y el gobierno, que es bastante socialista y ateo, hace concursos permanentes de arte, por retratos y cuadros a la Guadalupana. ¡Es increíble ver la cantidad de versiones que hay de ella! Con respecto a “Cantinflas” no se conoce la cantidad de obras de amor y caridad que dejó al pueblo de México: asilos, hospitales, escuelas, hogares para ancianos y ayudó a los actores para su vejez. ¡Era un filántropo, generoso y amante de la gente!

¡Dejé México con el deseo de conocer más, pero me lo impide la comida tan picante que sirven creyendo que todos comemos así, con fuego en el sabor de los menúes! Es una pena.

 

CAMINANDO EN ITALIA; de ANÉCDOTAS DE VIAJES

 

Soy nieta de italianos, inmigrantes que llegaron a Mendoza, Argentina esperando hacer la “América”. De algún modo lo hicieron, salir de la pobreza que dejan las guerras, ya es un premio en la vida. El sueño de todos nosotros, los descendientes de italianos, y creo de los hijos de todos los inmigrantes, es conocer el país de sus mayores.

Por suerte hablo bastante bien el idioma italiano y me ha servido siempre en los viajes. Llegar a Roma es como cumplir un rito fantástico. Recorrer los famosos monumentos antiguos, ir al Vaticano y entrar a sus inmensas salas, Capilla Sixtina, biblioteca y la Nave Central donde en hornacinas hay reliquias de santos y personajes históricos, es imprescindible.

El hotel estaba cerca de la terminal y por allí pasaba gente de todo el mundo. Comer “pasta” es volver a la casa de los abuelos. El perfume de las “Trattorías” es una invitación al deleite. El olor del aceite de oliva, es ingresar en la niñez. Ver las botellas de vino “Chianti” o el “lemoncello” después del postre…los profiteroles con azúcar o chocolate… un placer. ¡OH, bella Italia! La sangre que corre por mis venas es desde siempre con olores primitivos a pan con ajo y aceite, con canzonetas a viva voz, con óperas en discos de pasta con la voz de Caruso o de La Callas.

Después de pasar varios días caminando y subiendo y bajando escalones en los restos del  imperio romano, nos sorprendió una huelga general. ¡Si hay algo inesperado y terrible para un turista es una huelga! No había taxis, ni autobuses, ni trenes, ni metro. Nada. Calles solitarias, con negocios cerrados, museos y catedrales acerrojadas. ¿Qué podíamos hacer? Pasear por donde se pudiera cerca del hotel. Y caminamos. Mi madre y yo como entusiastas exploradoras. Y como turistas nos perdimos. En una esquina detengo a un joven apuesto y simpático y le pregunto por dónde llegar a la Terminal de autobuses, que estaba cerca de nuestro hotel. Me señala la tarjeta que llevaba en la mano con el nombre del hotel. ¡Me comienza a explicar con señas de sordo! Yo no he estudiado el idioma de señas… y soy docente, pero de chicos oyentes. No sabía si reírme o llorar. Justo le vengo a preguntar a un sordo mudo. Le dí las gracias como pude y seguimos andando. Hasta que encontré un policía, que me quería acompañar. ¡No gracias! Ya entendí.

En el hotel, había llegado un grupo de viajeros de Pakistán. Ruidosos y alegres, pero que no entendí muy bien los pocos mozos de servicio, no los querían atender. ¡He visto tantas cosas extrañas en mis viajes! El pianista llegó agotado con su motoneta. Se sentó al piano y me pidió si lo acompañaba con alguna canción. El ruido era fantástico. Nosotros tratábamos de hacer música y los pakistaníes hablaban muy fuerte tratando de tapar lo que nosotros hacíamos. Vino el gerente y puso silencio a todos.

Al día siguiente nos vinieron a buscar para trasladarnos al norte de Italia. A Florencia. Nos hicieron viajar en un tren que se dirigía a Alemania. Nunca se detuvo. En la terminal de Florencia, disminuyó su velocidad y nos tuvimos que bajar en movimiento tirándonos las valijas los otros turistas que seguían para el norte. Yo capturaba los preciosos equipajes como si me dedicara a hacer un deporte de riesgo. Desde adentro me aplaudían y mi madre, muerta de risa, acomodaba lo que iba cayendo.

Llegamos al más bello de los lugares de Italia. Allí, conseguimos un taxi que ahora pienso no era oficial, el hombre que manejaba apenas hablaba italiano y debe haber aprovechado la huelga para sacar un poco de dinero extra. ¡Gracias a Dios, no nos estafó!

En Florencia nos acomodamos en un pequeño albergue, casa antigua reciclada. Estaba muy bien ubicada. Descansamos hasta el día siguiente y comenzamos a caminar las calles por donde caminó el Duque Sforza, los Medici y esos héroes de películas históricas que hemos visto hasta el cansancio.

Se había levantado la huelga y conseguimos conocer bien la “Señoría” los palacios, que me parecían pequeños en relación con otros que vi en otros países. Guardo un precioso recuerdo del paso por Florencia, como todos los viajeros, toqué el cerdito de la plaza, que dice que hace regresar a ese hermoso e indescriptible lugar.

¡Nunca pierdo la esperanza de volver a ver el David trabajado en mármol por el único: Miguel Ángel Buonarroti! 

LA PISADA

Quiso tatuarse la pisada que quedó grabada en los lienzos  del lecho. No pudo. El sudor le corría por la piel e iba borrando la tinta. Su mano apretaba la aguja de oro con la que sostenía su túnica y servía, mojándola, en un jugo de limón con carbón en polvo, para herir meticuloso la piel del pecho. Ella había huido de entre sus brazos. Volvió a mirar la puerta por donde ella había desaparecido. La quiso abrir. No pudo.

Olfateó el fuerte olor a humo y cenizas. El volcán bramaba y desparramaba su lava sobre las viviendas, las villas y los mercados. Corría un río de fuego por las calles. Todo fue tapándose y en silencio quedó en el tiempo.

Pasaron siglos hasta que los arqueólogos pudieron llegar hasta ese hogar de la villa antigua. Antaño, era un espacio intocable. Cuando con nuevas tecnologías absorbieron todas las cenizas y escombros, en el mármol de una habitación encontraron el cuerpo de un hombre, hecho piedra, con las manos atrapando un alfiler de oro y una extraña pisada marcada sobre la loza de la que fuera un lecho de amantes olvidados.

HISTÓRICO, DESFACHATADO Y JUVENIL

Como en la Villa había un arroyo no muy lejano, los muchachos se arremolinaban en sus aguas para refrescarse en las siestas. Siempre atentos a las turbulencias, no nadaban en las aguas más profundas. ¡Pero, pero una tarde llegó Délfor, con su bañador impecable, gafas de “Rayban” y su Siambreta reluciente! Los muchachos, que le tenían envidia, lo invitaron a nadar hacia un remanso. Luego se fue alejando con la suave corriente hasta un lugar muy hondo. No hacía pie. La corriente le arrancó la malla y quedó como Dios lo trajo al mundo. Abrazado a un tronco que boyaba, se quedó esperando que los otros lo auxiliaran. Ya anocheciendo, aterido de frío y miedo, logró llegar hasta la orilla. Los vecinos de la Villa Virtud, asombrados vieron acercarse al hijo del contador del banco desnudo y arrastrando su motito, porque le habían desinflado los neumáticos. 

GUERRERA

             La tarde como esquirla de fuego, acercaba el sopor a la gente del pueblo. En esa hora impenetrable de la siesta, un enardecido movimiento deslizaba en las sendas abiertas con las plantas callosas de las hembras sedientas. Llegaban desde el río. Con sus ropas mojadas que habían enroscado en la cintura desolladas por el agua fría.

            Lavanderas heroicas. Los canastos acompasaban el andar por la vereda como hormigas activas. Arriba, sus cabezas lustrosas de cabelleras motas. Entrar y desplomarse en las hamacas, era el sueño de todas. Palmerinda, Dilercy, Uma y Flora, se tiraron urgidas con palmetas de junco y quedaron dormidas.

            Los insectos trituraban la piel. Una nube escabrosa cubrió el patio y descargó un diluvio, lavando el cuerpo de las buenas mujeres. Que despertaron asombrando la noche. Un perfume de “feishoada” sacó un deseo culposo de sus cuerpos cansados. Hambre, avidez y sed. Acomodando las ganas caminaros al fuego de la ancha cocina.

            Basilina preciosa, cocinó para todas y llenó las gargantas y estómagos secos. La noche abrumaba húmedo en ruido de grillos y macacos. Un sonido rompió la paz de la casona. Era Afranio Mederiros. El hombre, brutal y peleador que venía a buscar a Dilercy. Sus ojos como ascuas miraban las curvas de la joven. Apetito de macho. Ella, salió callada. En las manos llevaba un rosario de penas. Y el corazón cargaba un cesto de coronas de espinas. Las mujeres apenas levantaron los ojos. Comieron en silencio.

            Había refrescado y del río se oía el crujir de la correntada que creció con la lluvia. ¡Mañana no podremos lavar! Y se persignaron con los dedos marchitos. ¡La Virgen De Aparecida, nos proteja! Mis hijos no tendrán para comer esta semana, dijo Uma. Flora la miró con tristeza. Yo te daré arroz y porotos…que me quedaron de la semana pasada. Todas la miraron con amor y dulzura.

            ¿Flora, qué sabes de tu hija? Regresó de su viaje, acaso, está en camino. Pero saben que no es cierto. Se fue con un mozo y la ciudad es tramposa.

 

           

LA CASA AMARILLA

 

Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.

 

 

 

jueves, 25 de marzo de 2021

UN PARAÍSO LLAMADO COLOMBIA

 Como entusiasta por la poesía y la narrativa fui a encontrarme por primera vez con varias escritoras y escritores en Colombia. El primer viaje que hice al país de “Macondo”, tanto leer a García Márquez, una persona soñadora como yo, logró entrar en el país más cercano a lo fantástico: Colombia.

Llegué a Bogotá y desde el clima húmedo pero cálido, sin grandes altibajos hasta las avenidas que me trasladaron al lujoso hotel, me llenaron de placer.

Apenas me acomodé busqué un taxi y le pedí me llevara a hacer una recorrida hasta que pudiera presentarme al “Congreso de escritores”. Me trasladó hasta un cerro en donde se venera a la Virgen de “Monserrat”, un templo con escalinatas de piedra que me acercó hasta el famoso Cristo Negro, con una historia que me dejó pasmada por interesante y desconocida. Luego me llevó a un parque Botánico y fue delicioso ver ciento de ejemplares de orquídeas, plantas exóticas y bellas. (Siempre soñé tener orquídeas en mi jardín pero con el clima de mi zona es imposible). De regreso al hotel, encontré a un nutrido y alegre grupo de poetas y narradores de varios países de América. Hoy las considero mis amigas y amigos, con los que permanezco en contacto.

Pronto comenzó el congreso o encuentro. ¡Un lujo! Escuchar las diferentes voces poética, las anécdotas y la cultura de cada uno y de todas. Fue mi ingreso a un paraíso lleno de joyas humanas. Una de las escritoras mexicana, cada día  del tiempo que duró en encuentro, vistió preciosos trajes de diferentes regiones o culturas de México. A veces descalza con polleras bordadas a mano en piedras con paisajes o flores, aves o imágenes Mayas o Aztecas… una belleza rara.

El grupo era tan diverso que aprendí muchísimo sobre la cultura de Perú, Guatemala, Honduras, Ecuador y hasta de las diversas regiones de la misma Colombia.

Recorrimos las enormes y modernas bibliotecas de Bogotá y sus alrededores. La casa de García Márquez, donde habitaba su hermana ya que él, tuvo que irse a vivir a México por amenazas de las “Guerrillas” que asolaban al país.

La riquísima comida colombiana, las frutas y verduras, llenaban las expectativas de conocer las costumbres del pueblo. Tomé el famoso “Tinto” que no es como en mi país un vino, sino el mejor café que he bebido después del que probé en Italia. Sentarnos en un albergue a orillas de un camino de cornisa a beber un Tinto, es toda una experiencia poética. Las famosas “pailas criollas”, un plato que tiene chorizos, maíz, aguacate, huevo frito… y verduras de estación…¡Una delicia!

Cuando nos reuníamos a escuchar a los poetas, sentíamos vibrar el corazón de la tierra de nuestros pueblos y conocí el alma de la tierra criolla. Como en Colombia hace muchos años que hay problemas de “guerrillas” nos cuidaban mucho, nos acompañaban policías que terminaron siendo amigos del grupo de escritores y al final, terminaron recitando poesías o contando historias populares de sus pueblitos. En los autobuses que nos trasladaba a diferentes universidades o bibliotecas, para los recitales o conferencias, se cantaba. Un bochorno para nosotros las argentinas, que en general, no conocíamos la letras de los “tangos” y que todos ellos, sabían como el Ave María. Colombia ama a Carlos Gardel, y por haber muerto él en Medellín, lo tienen como a un héroe nacional.

En general, los argentinos comunes, no hemos aprendido la letra de los tangos. Tal vez, porque en mi generación, era mal visto que una muchacha cantara y bailara tango, hoy es “Patrimonio Universal”, pero recién ahora se lo acepta entre nosotros como debe ser. La música típica de la metrópolis de mi país. Argentina es tan extensa en territorio, que tiene muchos tipos de música regional: zamba, cueca, chacarera y chamamé, entre otros.

Ellas y ellos, los poetas de América sabían las letras de los tangos y cantaban mejor que Tita Merelo o Libertad Lamarque, artistas de la década del cuarenta y famosas.

  Entre tangos, marineras, baladas, boleros y folclore colombiano, llegábamos energizadas a escuchar conferencias, ponencias lingüísticas y poesías a los claustros universitarios.

Cuando llegó el final, tuvimos un broche de oro: “En la casa de José Asunción Silva, poeta único y cultísimo, un día a pura poesía”. ¡Qué placer!

La despedida final, llena de abrazos y lágrimas. Intercambio de libros y poemas, recuerdos de fotos y discos para oír música de los países amigos. Y un Adiós, que nos comprometía a volver a vernos en el próximo encuentro en Panamá.

Me quedó tanta urgencia de conocer mejor Colombia, que tomé un paseo por la costa y viajé a Cartagena de Indias y Medellín. ¡Una experiencia maravillosa que guardo en lo más profundo de mi corazón! Declaro que Amo a ese país alegre, ruidoso, cálido y generoso que espera con bellezas y su música a todos para abrazarlos.

Te recomiendo no salir de Colombia sin comer una arepa de huevo con un trago de aguardiente o ron. ¡Es el espíritu de su pueblo!

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA (ANÉCDOTAS DE VIAJES)


Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector, la gente, prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacar fotos que atesoro con amor.

No quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.

 

TIEMPO DESCONTADO

 

En cada anaquel de la memoria

se apoya el sonido de la calle   esa   empedrada

que trae los pasos robustos de aquella historia nuestra

 

deleita recordar el ronroneo de bocinas

cuando nos besábamos bajo el balcón sombrío

escondiendo los miedos de la mirada inquieta de mis padres

 

aligero los tiempos de descuento, de canas recortadas.

Son tan buenas las siestas en la plaza

las palomas merodean los recuerdos.

 

Me desgasta la memoria el traje gris y

la bufanda tejida frente al televisor

enamorándome. ( Migré con los romances

entre una humilde muchacha y un señorito inglés)

 

Ha llegado el tiempo de la cena frugal

en la tibieza de la cama     un té de manzanilla

que perfuma la caricia de tu mano dormida.

Todo este tiempo descontado  al tiempo de la nada.

UN CUADRO CON RETRATO DE MUJER Y CABALLERO

 Cuando menos lo esperó, el hombre sintió la participación de Sinali, que no quiso quedarse afuera de la fiesta. Ella ejecutaba el rabel sentada en una alfombra de Izmir. Su silueta se dibujaba detrás de la luz que proyectaba la luna en la ventana abierta. La cabellera suelta y larguísima caía sobre la túnica de seda. Era un rayo de azabache entre las horas muertas de la noche. Sus senos rosados e inocentes, sugerían la turbación de su juventud, dorándolos con la suave luz celeste de la esquiva Venus. El sonido grave adormecía la mente, mientras los ojos iban desperdigando miradas sensuales, curiosas, conmovedoras. Sinali estaba allí vacilante y perturbadora como una vestal esclarecida.

La fiesta había cumplido con todos los augurios esperados y soñados. Sólo faltaba eso, la magia del rabel con su sonido ensoñador y triste.

Ese día, las mujeres más bellas, brillantes y sensuales, se habían trajeado y embellecido para despertar ardores inquietantes entre los varones esquivos.

El menú, preparado por las manos mágicas de un chef inigualable, había saciado el estómago más exquisito del condado. Bebieron el mejor vino de la cava más admirada y prestigiosa de la región. No había faltado nada. La noche se alejaba y el amanecer quiso entrometerse en el momento más huidizo de la plenitud selenita.

El hombre quiso cerrar la ventana pero un viento helado se interpuso. El marco dorado se movía imperceptiblemente sobre la pared del salón. La silueta de Sinali, la diosa del rabel, se había desprendido y yacía lujuriosa en la alfombra.

Sólo faltaba el fantasma del caballero armado para completar la escena.  Pronto se desprendió de la vieja tela, orgulloso y febril, tomó a Sinali por la cintura, arrebatándole el rabel, se metió en el cuadro sin darse cuenta que la muchacha había envejecido ciento de años en un instante.

El temido espacio sibilino entre la vida y la muerte no respetaba la fantasía de una noche refinada y astral para los escorzos impresos en el antiguo óleo del gran salón de fiestas. La fealdad había incluido al caballero armado que ahora era un simple esqueleto con guadaña en lugar de la filosa espada reluciente.

            El hombre se durmió esperando el sol para aclarar los mensajes nocturnos que borrosos en la penumbra no podía comprender.

UN PROFUNDO HOYO EN EL MAR

 

Un pájaro volaba sobre su cuerpo tumefacto, en la penumbra parecía un espectro gigante, era un ave inmensa. Su aleteo despertó al niño dormido en la playa. Las olas mansas lamían su cuerpo frágil. Miró hacia el cielo y el sol que se escondía lo deslumbró en rojos y naranjas brillantes. Se incorporó lentamente mirando asombrado a su alrededor. Estaba solo. Había algo extraño que no recordaba. ¿ Qué hacía allí? Una bandada de gaviotas caían picoteando la arena a su alrededor, los pequeños caracoles y moluscos entre las algas mórbidas eran un festín que retenía a las aves. Eran una lluvia de pájaros negros que caían sobre la playa y su cuerpo, sintió que estaban muy cerca y comenzaban a picotear su piel reseca y áspera. Miró hacia el mar brumoso y la silueta fantasmagórica de un barco lo trajo a la realidad. Habían naufragado en la borrasca. Hundido el barco a mitad de su cáscara de madera y plástico era una trampa en la lejanía. Notó en su mano que tenía empuñado un objeto. Se distrajo con el vuelo rápido de un ave que gritando lo atropellaba en la oscuridad creciente. Descubrió repentinamente el miedo, el horrendo miedo que atravesaba su cuerpo. Su garganta seca, cada vez más seca...un grito, su grito, desparramó a los pájaros que huyeron asustados con  chillidos agudos. ¡Su garganta desgranaba sonidos ancestrales! Miedo, terror, horror, sentía. Se incorporó observando la playa desierta. Frío, sintió frío y abrazó su cuerpo que descubrió desnudo. Estaba descalzo y sólo la piel helada y azul, le cubría el alma. Las rocas que se mezclaban con la arena se desparramaban entre las olas suaves que lamían la orilla. Pequeños moluscos, corales móviles que danzaban su inagotable danza marina ondulatoria, pececillos multicolores, brillantes, fríos, se desplazaban entre las filosas rocas agudas. Cuchillos, dagas, puñales, parecían las rocas con la suave luz de la luna.  Las aves eran los artistas solidarios de su miedo revoloteando entre las dunas. Un teatro infinito de silencio roto por el rumor del tiempo que se movía.

            El sol era un enorme ojo de cobre que le revoloteaba como un ave de fuego raspando su piel abrasada. Su cabeza cubierta de sal y arena le pesaba. Sacudió el cabello y se metió en el agua para despertarse de su agonía nocturna. Seguía desnudo y

 

 

 

 

sus pies ardían. En la playa vio unos bultos que azotaban las olas. Negros bultos inmóviles. Pensó en sus compañeros de naufragio. Tadeo, Jeremías, Enrico ...corrió

hacia el primer bulto. El horror le escapó un alarido de ira. Cubrió el sonido el cuerpo tumefacto, hinchado, reseco, que comenzaba a ser devorado por los cangrejos que por

cientos, miles, como ejércitos de fieras cortaban la carne del hombre. Lloró desconsoladamente. Quiso arrastrarlo pero el mar estaba lejos. ¿Lejos? Si el olor yodado y la sal lo patinaba todo. Las olas golpeaban sus pies hinchados, rojos, doloridos. Empujó al hombre, arrastró la carga y ésta se fue desprendiendo de las voraces pinzas para hundirse en las aguas arenosas y desaparecer. El mar benigno devoró el cuerpo. Olvidar. ¿Olvidar? Si sólo iba a vivir unos cortos momentos en ese sitio de náufragos olvidados por Dios. Recordó su nombre, a su padre, a su madre, recordó...recordó. El viaje fue magnífico. Maravillosos días transcurridos  en el barco. Su amada Melisa, sus besos, sus brazos tibios, su cuerpo suave. Recordó su risa y el dolor agudo de la soledad le estampó un golpe en el rostro. Caminó desconcertado por la playa. Las gaviotas lo observaban desde las rocas, sobre las olas, sobre su cabeza, amenazantes. No sintió sed ni hambre. Con paso inseguro se desplazó por la arena pegajosa y ladrona, hacia las palmeras que rodeaban las dunas. Un hilo de agua fresca le caía en la boca. Una voz humana le daba  alegría,  no estaba solo. Miró sorprendido el enorme pájaro que rotoreaba apareciendo entre las palmeras. Su padre allí. ¿Su padre? Lanzado desde una portezuela su padre había caído desde un enorme helicóptero en su rescate. Trató de abrazarlo, sintió un beso en la frente ardiente. Un beso de amparo que cambiaba su vida en ese hueco de horror. Sintió a las gaviotas pasar chillando por su lado. Despertaba de su agonía, de la angustia, del dolor. Los pájaros giraban y giraban sobre su cuerpo. ¿Su padre allí? Imposible. El ruido del helicóptero le estallaba en el cráneo . La metralla impedía acercarse al muchacho herido. Quiso correr hacia ellos. Las piernas no respondían a su orden. Un extraño sonido hacían sus pulmones anegados de sangre. Temblaba mucho, temblaba y su respiración expulsaba sonidos que ahuyentaba los pájaros que revoloteaban su cuerpo mutilado. Un muchacho, ojos oscuros, lo miraba desde la orilla. Jugaba con un pequeño objeto. ¿Era una granada? Le sonreía. Se reía con sus ojillos negros y

 

profundo odio. Vio la insignia, mejor dicho alcanzó a ver al guerrillero con su consigna clavada en la mirada. Matar matándose en ello. Juntos, comenzaron a transitar en un

silencio amarillo que se iba agrandando en una noche punzante, arrastrándose al fin en un profundo hoyo marino. Un griterío de aves negras rasando los cuerpos destrozados que se hundían en la profundidad de la muerte.

 

¿ POR QUÉ EXISTE EL VERDE OSCURO?

 

Cuando el sol se arrepiente de su brillo aparece el color de la nostalgia

 

se destraba el cerrojo mojado de la luna y se desplaza un gorrión por mi ventana

entonces aparece

como un desterrado       el verde oscuro

inclinando las ramas de mi sueño

a la altura del mástil de la nave que atraviesa mi verano

sortilegio que espera

las manos milenarias en sus colores

 

una tarde cualquiera regresa el verde claro

no entiendo su nostalgia

ni pretendo los labios en mi frente que adornen mi lecho en la mañana

no puedo reprocharle al alegría

prefiero el verde oscuro y lo proclamo

es que a veces

una pequeña estrella me recuerda que su nombre

puede ser la esperanza

 

LAS CARTAS DE MI AMO

 

                        Llegué a la ciudad desde mi aldea, gracias al socorro que me envió tía Tymoti, ella me necesitaba en las habitaciones de sus amos para ayudar en tareas sencillas para mi lady. Lo primero que objetó el amo fue mis ruidosos escarpines de cuero y madera con que atravesaba el pavimento de mármol de los largos pasillos del palacio, por lo que pronto se me obligó a usar zapatos de cuero que dejara mi ama, casi sin usar. Yo, comencé a parecer una dama. Tía cosió unos vestidos de tafetán con esmero y sobre ellos usé unos delantales de organdí con viejas puntillas rescatadas de ropa de mi señora. Realmente era yo, con mis recién cumplidos diecisiete años, otra persona.

                        Tengo que agregar que traté en todo momento de no ser vista por Milord, mi presencia era por demás insoportable para ese gran político, que estaba siempre rodeado por jóvenes alegres, que le ayudaban en su tarea de escribir largos textos y discursos. Sus estrategias eran fundamentales para el estado. Lo visitaban ministros y embajadores, en forma permanente, haciendo proyectos para agrandar el país.

                        Un día se escuchó una terrible discusión entre el amo y el señor D., que había llegado a visitarlo. Una carta muy personal había desaparecido del escritorio del amo. Más, según escuché luego, cuando llegó el inspector de policía, el amo, vio cuando el señor D. sacó su legítima carta y la sustituyó por otra. El asunto es que en medio de las discusiones, el señor despidió a sus secretarios, que con profundo dolor se fueron, sin más que reproches y palabras amargas.

                        Yo había advertido, cuando me acercaba a los aposentos de mi señora en las madrugadas, que el joven secretario, Willians S. salía de la habitación del amo, vistiéndose, me echaba una mirada despreciativa y rápidamente desaparecía por la puerta de atrás de la galería de los retratos. Entraba luego como si no hubiera pasado la noche en los aposentos. Saludaba con desenfado y solía reír a voces contando en susurros alguna cosa a sus compañeros. Otras veces vi salir a George H. y también a Charles M., pero imaginé que trabajaban hasta altas horas de la madrugada y por eso quedaban en las habitaciones del amo. Después que sucedió lo de la carta, supe por el llanto constante y los reproches de mi lady, que algo era diferente. Parece que “ellos” duermen con el amo. Y la carta no es nada más y nada menos que la prueba de la vida licenciosa, a decir de tía Tymoti, que se desarrolla en esas alcobas. Lo que sí tengo que decir, es que es imposible aguantar la ira de cada uno de los habitantes del castillo. En especial de los sirvientes que se ven maltratados por los señores. Milady, tiene un arreglo con su esposo, de tipo comercial, creo, pues si bien no tienen hijos, ella ha obligado al caballero, que es jefe principal del Parlamento, a firmar papeles que la hacen dueña de tierras en el norte de Inglaterra y en África. Y tía Tymoti, me contó que madame, tiene dos hijos en Roma, que son de su difunto esposo, el primer marido. Bueno, en definitiva, la casa es un verdadero caos. Yo, trato de no aparecer en ningún lugar donde mi persona moleste. Trato de ser una sombra, ya que acá nunca he pasado frío ni hambre como en mi aldea. Lo que hagan mis amos es cosa que a mi, no me incumbe y yo seré fiel a mi labor hasta que me digan que no necesitan mi presencia.

                        El chofer me dijo, que parece que hay un inspector, que viene de vez en cuando, que ha hecho firmar al amo, un billete de 50 mil libras, para el que recupere la carta. Pero me dijo, también, que él, ha juntado de la recamara otras cinco cartas que son su pasaporte al futuro de su vejez.¡Menos mal que no se leer ni escribir! Pienso que eso, sólo sirve para crearse verdaderos problemas. Ahora voy corriendo a ayudar a mi ama que está desolada. Mañana vendrá el inspector Dupín, ¿Qué noticias traerá para mis amos?

ESE ALTILLO LLENO DE SORPRESAS

             Mamá nos ordenó “ nunca entrarán en el altillo”. Ese fue el peor error que pudo cometer. No dormíamos la siesta ni podíamos concentrarnos en las tareas de la escuela pensando en lo que guardaban en ese altillo misterioso.

            La corta escalera tenía ocho, sólo ocho escalones y se encontraba detrás de ellos una puerta de madera oscura con una vieja cerradura metálica. Solamente mamá y el tío Eugenio tenían la llave. Siempre la limpiaban cuando estábamos en la escuela. Nunca pudimos ver qué había ocultado el viejo gruñón, del tío, en ese rincón famoso.

            El viejo llegó un día de otoño. Era soltero y había vendido su casa en la capital para venir a vivir con nosotros. Mi hermana Chachi, tuvo que dejar su habitación y cederle su cama, su ropero y su paz. Vino a dormir con Luciana y conmigo. Estábamos apretadas en el dormitorio que daba  al sur, era frío y el baño quedaba a cierta distancia. Siempre había que esperar que el hermano de papá terminara de vestirse, peinar su larga cabellera que pasaba de un lado a otro haciendo un enrejado parecido a una cesta de mimbre, en su calva reluciente.

            La primera semana fue muy agradable contándonos chistes y anécdotas, de su juventud. Luego habló de sus viajes y finalmente nos hablaba de sus maravillosas compras de anticuario. Nos veíamos obligadas a buscar en el diccionario la mayoría de las palabras que decía porque no sabíamos qué querían decir. Mamá nos retaba diciendo que para eso papá pagaba una escuela tan cara. ¡ Es que el tío es tan antiguo, que nos se le entiende de qué habla! Le contestábamos nosotras.

            Comenzamos a imaginar que en el altillo había un tesoro robado en algún lejano país exótico. Luego decidimos que había una momia de Egipto, donde según él, había vivido entre traficantes de tesoros perdidos. A partir de las tres o cuatro semanas, ya habíamos llegado a la conclusión que había un cadáver de alguna mujer, a la que había comprado a los beduinos del África y luego de matarla, la había descuartizado para no estar preso en Devoto. Así, en las interminables noches desveladas, hablábamos tantas tonterías, que mamá terminó por prohibirnos dejar la luz encendida hasta que las campanadas daban doce golpes de bronce. El reloj, es verdad, era del tío. Era hermoso y tenía además unas bailarinas que salían de una especie de teatrito de terciopelo rojo. Lo había comprado en Italia, en Venecia. Con eso habían llegado dos sillones color azul y plata, de forma exótica; una vitrina repleta de miniaturas de cristal de colores, hechas muchas de ellas en países con nombre difíciles. En fin nuestra vida de niñas tranquilas había terminado con el famoso altillo prohibido.

            Descubrimos que el tío, estaba muy enfermo. Una extraña fiebre tropical, que había contraído en África o en Australia. Eso creaba mayor curiosidad entre nosotros. Esa llave... era un imán perfecto a nuestra imaginación. La cerradura herméticamente cerrada, ponía un murallón entre los ojos despabilados y el corazón palpitante. Mamá también escondía algo. Y para los chicos todo lo que es prohibido es la invitación a transgredir.

            Pero, un día, salieron los tres, papá, mamá y el tío Eugenio en busca de un médico especialista. Luciana encontró la llave y allá fuimos. Subir los escalones fue una aventura indescriptible. El olor a humedad y el polvo, golpeó nuestras narices. Un sin fin de cajas, baúles y arcones con maravillas se abrió a nuestras pupilas dilatadas por el asombro.

            Había un sin número de trenes eléctricos, a cuerda, muñecas con brazos y piernas articuladas cuyos ojitos de porcelana brillaban con el suave movimiento de sus cabezas. Se abrían y cerraban rítmicamente , mientras de sus vientres salía un sonido semejante al llanto o a la palabra: mamá.  Quedamos boquiabiertas. Un cajón contenía cajas de música. Las había de madera, de madre perla, de carey, de vidrio...; algunas tenían pequeñas muñecas que danzaban otras, una cascada de nieve que caía sobre un trineo. Había soldaditos de plomo vestidos con sus perfectos atuendos de época. Nos distrajimos tanto que cuando quisimos salir, descubrimos, ya tarde, que la puerta se había cerrado y no teníamos forma de abrirla desde adentro. Yo comencé a llorar y Luciana me trataba de consolar, pero sabíamos lo que se venía. Pasó un tiempo, para mi, interminable y escuchamos las voces familiares. Papá discutía con el ¡famoso! Tío Eusebio. Estaba tan enojado, que gritaba. –Han entrado sin mi autorización.-  La ira lo hacía temblar, dijo luego mamá, relatando la discusión. Chachi, por celos nos había encerrado y cuando mamá abrió la puerta... la abrazamos, pidiéndole perdón y que nos protegiera. Todos estaban muy serios. Papá nos habló con serenidad, pero con la formalidad de los momentos difíciles.

            La cara del tío era una estatua de madera, pero, luego del susto, al final, nos regaló uno de sus tesoros. Yo recibí una muñeca alemana, de cabellos rubios naturales, que hablaba con un extraño mecanismo dentro de su cuerpo. Fui la más feliz de las muchachas de mi barrio. Luciana recibió una cajita de música siciliana con una arlequín que tocaba una pequeñísima guitarra y Chachi un tren a cuerda que giraba y giraba alrededor de vías que pasaban por una ciudad en miniatura. ¡Ah, mi muñeca tenía un precioso vestido de color azul! Aun la conservo a pesar de mis ochenta años.

           

sábado, 20 de marzo de 2021

LOS REMOLINOS

             Los remolinos de tierra caliente envolvieron el cuerpo frágil. Nora se sentó junto al pozo. Lloró un corto tiempo y pequeños hilitos de barro rayaron la piel rosada. Gritón ladró. La mirada de la niña recorrió a su alrededor. Parecía que la rodeaba un desenfreno de abalorios. Rió de pronto como hacía años que no se reía. Sola en la inmensa soledad de la tierra. Carlos ya no estaba. Desinflado como un muñeco de hule, colgaba el estrafalario ropaje que usara para bajar al pozo. ¿Ya no volvería más?

            Entonces se sacó las sandalias y caminó entre las viñas recogiendo uvas maduras de un raro tinte morado. Las apretó entre los dedos y le sorbió el jugo caliente y dulce que se desparramaba por entre los dedos. Se enjugó las lágrimas y hablando al parral le contó que nunca más le pegarían con el rebenque, que ahora podía jugar con el perro y que su madre regresaría al caserón para volver a amasar el pan de cada día. El viejo astuto, yacería entre los ladrillos del pozo y difícilmente podría llegar hasta el brocal para hacerles daño. Miró por entre los viñedos y vio el carro que dejaba a su hermana y a su madre cuando volvían de cosechar.

            Corrió y les dijo que Carlos, el malvado, había caído al pozo de agua y ella no pudo ayudarlo a salir. La madre y la hermana la abrazaron y caminaron lentamente hasta la puerta abierta de la cocina para comer. El sol se ocultó tras las montañas y el silencio se derramó por la finca. Los grillos, sólo los grillos hicieron su eterna melodía de nostalgia amorosa. Durmieron por fin en paz.

LA CASA DE PIEDRA NEGRA

 

LA CASA DE PIEDRA NEGRA

 

                Cree Tgum Pu caminó por la aldea sin mirar a los hombres que le sacaban la lengua. Estaba manchada por los diablos blancos, a quienes les vendió sopa y leche agria. Viuda con cinco bocas para alimentar, la suegra la echó al creer que era culpable de la muerte del hijo. Enrolló la alfombra de lana de yak y entre sus ropas ocultó el bulto en el que envolvió la ofrenda para la stupa en la montaña cercana al caserío.

Caía descamando piel de la palma de las manos en cada paso que hacía, sangraba con cada roce de la frente entre las piedras. Sus pequeños hijos caminaban silenciosos a pasos detrás de ella.

Las nubes bajas humedecían sus prendas de lana tejida con lana de los animales, pocos, que aún quedaban del rebaño que le había dejado el difunto. Un grupo de gurkas se aproximaba.

El terror le impidió continuar con su procesión. Se detuvo a un costado abrazando a los pequeños, que sin saber las consecuencias, le sacaban la lengua evitando los demonios y el mal de ojos. Les daba la espalda, pero uno de los hostiles mercenarios la ofendió tirándole tres o cuatro piedras. Era una mujer. Viuda y pobre.

 El pánico le impedía moverse. Cuando se alejaron, escupió la huella que dejó cada bota. Eran diablos armados con hierros traídos de China. Contó cinco pisadas. En todas salivó siete veces para evitar el maleficio. Ellos habían emboscado a su marido para robarle. Lo mataron a palos.

                Siguió luego con el sacrificio. Aplaudió en cada stupa donde agregaba un guijarro nuevo, puso un trozo pequeño de manteca agria de búfalo en la cima de las piedras y enarboló un pequeño rehilete con signos que, según le dijo el “lama”. Le había cambiado las preciosas banderolas por la túnica de su padre muerto. Tal vez con ello lograra la promesa de mutaciones para su triste vida.

                La lluvia descargó la furia sobre la mujer y su cría. Un chubasco porfiado sobre la tierra comenzó a concentrar agua en arroyuelos barrosos. Persistió fatigando los pocos pastos y arbustos que se desprendían arrastrados hacia un nuevo río. Ese feroz fárrago llegaría al Ganges.  Tgum Pu y su prole estaban empapados. Los pobres cueros que había fabricado la mujer como calzado, se deshacían en las piedras y el agua.

El más pequeño, sollozando, pidió quedarse allí, pero su madre sabía que si la noche llegaba morirían congelados. Al pie de un r



Frente a ella apareció un pequeño templo. Albergaba al “Buda” de Bahadur. Solitario entre los peñascos con su mirada atenta, la figura dorada, observaba el camino. La esforzada promesante dio cobijo a sus retoños.               Después continuó el trayecto cayendo cada tres pasos y aplaudiendo al dios de la montaña sin desmayar. Hasta que agotada, se desplomó a los pies de un lama.

                Éste contempló la inmolación y le sostuvo la frente ensangrentada. Sahumó con incienso el cuerpo aterido y entregándole una manta de cachemir que guardaba en un arcón la consoló en silencio. Ella apenas podía balbucear rogando por los niños. Otros monjes del santuario se apiadaron de los pequeños y salieron en medio de la tormenta para auxiliarlos.

                Se quedó dormida sobre una alfombra de yute. Cálido el fogón despedía pequeñas chispas perfumadas. El olor del té y el arroz con especias penetraba el templo. Ella ensoñó que había llegado al Myamma, la Tierra de los Sueños Dorados. Pero todo era una ilusión. Obligada por la férrea regla búdica, dejó el solar sagrado y partió pasada la tormenta monzónica.

                Sólo pudo dejar a sus tres hijos varones. Allí estarían protegidos de los satánicos hombres del Sur. Partió a la aldea, con las niñas que la siguieron para cumplir su destino de “innecesarias”.   

 

VOCABULARIO:

Yak: bóvido típico del Nepal, parecido al búfalo y de cuya piel, carne y leche dependen los nativos del Tibet.

Stupa: pequeño altar de piedras que se levantan en los caminos con banderolas y guirnaldas de colores.

Gurkas: tribu hindu-mongol que superó en las guerras a los “newas” verdaderos naturales de Tibet.

Rehilete: especie de banderolas de tela de seda o papel, que tienen la característica de ser verticales.

Lama: monje o sacerdote de la religión “budista” cuyo máximo modelo y Jerarca es el Dalai Lama, hoy habita en India por razones políticas.

Buda de Bahadur: Estatua de un Buda perteneciente a la dinastía de Jan Bahadur (1846-1951) gobernantes del Tibet en Nepal.

Innecesarias: Parias, en general en las sociedades provinciales de países con regímenes medievales y patriarcales, la mujer es considerada de menor valor social y económico. En algunos países se cree que no sirven cuando enviudan


la mujer no es humana y no se le concede valores. 

 

 

 

AMAZONÍA

 

ARDE EL VERDE COMO LOS TAMBORES

 

UN TUMULTO DE SELVA SE DESPLOMA

 

NO QUEDA EL INSECTO NI LA ARAÑA

 

EL HUMO DESCRIBE NOMBRES DE HUMANOS

 

QUE CORREN TRAS LA MUERTE QUE ACECHA

 

NO HABRÁ SIMIOS QUE GRITEN EN LA NOCHE

 

NI AVES DE COLORES QUE EN REVUELO ANIDEN

 

LA TIERRA SERÁ ERIAL YERMO Y MUERTE

 

¡OH, TAMANDARÉ, DURIVAN, IBERÉ, NEIVA O ALMIR!

 

¿DÓNDE ESTARÁ TU HOGAR Y TU SUEÑO?

 

¿ADÓNDE VOLARÁN LOS ARARAS- AZULES?

 

TUS ETNIAS Y LOS PUEBLOS QUE HABITAN

 

LAS RIBERAS, LAS QUILOMBOLAS Y FLORESTAS XINGU…

 

¿DÓNDE ESTARÁN SUS CUERPOS Y SUS ALMAS DE AMAZONÍA?

 

Y… ¿TUS SIERRAS GUERRERAS DE TAPURUQUARA?

 

LA LLUVIA TANTAS VECES DESTRUYÓ TUS EQUILIBRIO

 

HOY SE NIEGA. HOY HAY MUERTE.

 

VUELVE. VUELVE AGUA A LOS YANOMAMI  Y BANIWA

 

CUBRE AL PUEBLO YE`KWANA CON TU BAUTISMO DE CIELO.

 

NOSOTROS, LOS HABITANTES DEL MUNDO LLAMAMOS

 

A UN DIOS PODEROSO PARA QUE TRAIGA SOSIEGO.

 

EL INTRUSO

 

 

                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de un tiesto. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.