miércoles, 24 de abril de 2019

DEL LIBRO TENTACIONES, INÉDITO


No hay futuro me dijo
un pájaro agorero con mirada de arpía y
yo metí las manos
en el agua sonriente del río de la vida.
Olor de incienso me transmitía tu mirada.

Allí te encontré
pintado el rostro con ceniza
te miré en el espejo
detrás, donde el candado escondió las respuestas y
recordé tu nombre             tu zodíaco pétreo
que agoniza en silencio con el pueblo olvidado.


Un planeta de espanto me sumergió
en la furia de un macho cabrío que alargó su testuz
llegando a la orilla del abismo
conteniendo el aliento
encontramos
sólo signos
incógnitas sin nombres
laberintos. Y
entonces
huyó con alas de lodo
mi materia de sueños.


DEL LIBRO TENTACIONES, INÉDITO


Me pregunto

¿Dónde quedó el jolgorio de piernas movedizas
el sonido granate del viento que eternizaba
los álamos dorados?
    Una muchedumbre ruidosa
deslizaba su ira.

Ayer con la horquilla o el tridente
dominaron las raíces
se cortó el aire cálido del alma con un cordón de plata y
floreció en llovizna de palabras de odio
que pronunciaron los fantasmas ciudadanos.
Nadie queda en la calle solitaria.
Un panfleto, una bandera
una esquina sin nombre en el desierto
pasiones.
Nadie, no quedó nadie.
Sin embargo somos prisioneros de los sueños

derrotados.


OBRAS DE ARTE EN GALERÍAS PACÍFICO DE BUENOS AIRES.



DAYANY, FINAL



Una y otra vez, bostezó mientras miraba indiferente una revista de moda olvidada por algún distraído sobre la mesa. Su garganta agobiada de palabras inútiles encerraba el odio que lo consumía. Dejó la taza con restos de café sobre la superficie de mármol y usó el platillo para abandonar los pétalos mustios de un clavel que como lágrimas de sangre desgajó entre los dedos nerviosos de la espera. No apareció. Otra vez no se presentó. Lo dejó esperando cuatro lánguidas horas. Largas. Su camisa arrugada y húmeda había atrapado el olor asqueroso del cafetín de mala muerte donde lo había citado.


Pasó el tiempo. Una mañana encontró a Dayany en la puerta de su departamento durmiendo en la alfombra de la puerta de servicio. Con un pantalón de denín una blusa de algodón vulgar y calzada con unas sandalias raídas y rotas. La despertó y la invitó a pasar. Le pidió asilo por unos días. Él, tuvo miedo. Dayany era extraña y su vida lo dejaba lleno de intrigas. No estaba para ser su siquiatra. Tenía que viajar a China para hacer unos reportajes al premio Nobel de la Paz y el diario no le pagaría un peso extra para ir con ella. No quería dejarla en su casa. Comió como lo hacen los hambrientos de África y se bañó una hora en el jacuzzi. Se apoderó de alguna camisa de su amigo y se tiró en el balcón a dormir. Él, tenía que salir. Tuvo que dejarla. Cuando regresó había cocinado un menú propio de un gourmet. La mesa era un primor. Sergio no entendía a esa mujer. Ella le propuso quedarse unas semanas hasta que él regresara de China. Sintió miedo pero cedió.
El viaje fue excelente, logró unas fotos que servirían para un Pulitzer y palabras de los integrantes del grupo de detenidos por los Derechos Humanos de Pekín. Regresó con la esperanza de encontrar bien su casa y su enamorada. Al llegar, estaba sentada en la computadora chateando con quién sabe quienes y del dormitorio principal salió Shina en bata. Le agradeció la hospitalidad y se sentó con un whisky en la mano mientras Dayany, se sentaba en su regazo besándola en la boca. Luego con las manos lo atrajeron a su lado y comenzaron a besarlo desde los pies a la cabeza.
Sergio las expulsó de su casa. Ellas dejaron su ropa y posesiones en el departamento. Un año después Dayany lo citó en el café de mala muerte en que lo había dejado plantado muchas veces. Nunca volvió a verla. 

DAYANY, UNA MUJER




Su cuerpo no se recostaría sino en la memoria de aquella semana loca en que la conoció en la calle de Estambul. Él, sacaba unas fotos para el diario y ella lo atropelló con su torpeza de veinteañera en fuga. Se había escapado de su grupo. La mayoría adultos que sólo querían comprar rarezas en los mercadillos de Baharat.
La tomó de la muñeca y la sacudió furioso. Había cambiado el sol y ya no se iluminaba la lujuriosa Torre Gálata, pétrea, misteriosa y lejana. Dejando de brillar como lo que era una joya del siglo quince. Sus fotos ya no servirían para el reportaje.
            Ella se desprendió horrorizada y le dio una cachetada en plena mejilla, dejándole una pequeña y sangrante herida en la piel, que goteaba abundante. Un anillo de piedras había hecho su tarea.
            La muchacha, asustada, porque se había juntado un grupo de gente a observar sin saber bien qué hacer, le besó la lesión y lamió la sangre. La gente se reía o daba señales de asco. Sergio, la alejó unos centímetros y la miró atentamente. Dayany comenzó a reírse a carcajadas y él, la tapó con su boca la boca en un beso apasionado y sensual, acallando la risa. Los curiosos se dispersaron pensando que era una discusión de amantes.
            Luego, la invitó a subir a la confitería de la Torre Gálata y subieron a mirar el mar que rodea Estambul. Ella lo abrazó y a horcajadas se subió al murete. Unas mujeres veladas la miraron molestas y un hombre en su idioma inentendible la retó. Sergio la tomó de la cintura y la hizo sentar con dignidad. Bebieron una copa de arac y luego charlaron hasta que los meseros les suplicaron que se fueran. Tras ese loco encuentro, Dayany dejó a su grupo de viaje y se fue al hotel a vivir una aventura increíble con él.
            Comenzaron un diálogo apasionado cargado de extraños ritos, impuestos por ella, para ese raro amor.
            Una mañana al despertar, Sergio descubrió que ella había sacado su mochila y había desaparecido. Sólo encontró una nota con un número de teléfono de Argentina. Que ni siquiera pudo saber si era de la muchacha. Después de completar su tarea prevista por el periódico para agregar al reportaje que le tenía que hacer al escritor Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel. Regresó a Buenos Aires y dejó pasar unas semanas para tentar encontrarla en el número de teléfono que le dejó.
            En el primer intento sólo respondió un mensaje grabado. Dejó transcurrir un tiempo y reintentó. Su voz alegre lo recibió como si hiciera unas horas que no se veían.
            La invitó a cenar a “La Casa de los Abuelos” en San Isidro. Al promediar las veintitrés llegó con un vestido largo y transparente de seda color fuego, descalza y con el cabello rapado. Los ojos de color almendra maquillados en un estilo excitante. ¡Nunca la había imaginado así! Era una diosa india provocando la lujuria. Lo besó. Estimulando su deseo. Pero, ¡Oh sorpresa, tras ella llegó una mujer algo mayor, vestida con ropa sobria y se presentó como Shima, la amante de Dayany!
            El hombre se desplomó en la silla, pero con todo su mundo vivido, sólo le sugirió que eligieran el menú de su preferencia. Comieron bocadillos de brócoli con salsa de mostaza, cazuela húngara y kiwis con helado de chocolate. El champagne lo eligió Shima. Sólo el rosé, de Chandon. Sergio sugirió una copita de arac, para  despertar ciertos recuerdos en Dayany, pero lo rechazaron. Pidieron jugo de tomate con ají Chile.
            Luego charlaron hora y más, saboreando un té de rosas y jazmines. Fumaron y ambas lo invitaron a su departamento en un rincón escondido de la enorme ciudad. La noche se fue haciendo día y el sueño los refugió en la gran alfombra del estar donde se fueron durmiendo con música de Nana Mouskouri. Cerca del amanecer las manos ágiles de Dayany despertaron los instintos de Sergio y se acoplaron con el fuego de otrora.        El sol pegaba cachetadas húmedas sobre los edificios cuando Sergio salió de allí. Exhausto, febril e impotente a la reacción de las mujeres. Llegó al diario desparramándose en su sillón y comenzó a escribir un reporte para la edición de cultura del domingo. Se quedó dormido sobre la computadora. Sus colegas lo dejaron, nadie se atrevió a preguntar qué le había pasado.
Cuando llamó nuevamente el contestador repetía la vieja grabación conocida. Nunca atendió nadie.     

POESÍA DEL LIBRO TENTACIONES, INÉDITO.


                  Cálida      
mi piel serpentea el recuerdo de tu cuerpo joven
fue cuando el regocijo conspiraba
con el reloj en cada campanada
con cada corcho que saltaba  buscando la sonrisa
disparate de cada veinticinco
en la alcoba de serpentina multicolor
en cada cumpleaños
en cada noche en que se abrió la boca de mis sueños
entonces, caminaba entre nubes agridulces
entre la gasa azulada imaginando el mañana
brazos que abrazarían mi cintura de tijera
mis muslos suaves
mi cabello      largo camino de oscura seda
que se perdió en las noches solitarias
sobre la alfombra roja
del silencio. Siento una enorme pena.

ANTIGÜEDADES DE LA FAMILIA HOY EN EL MUSEO "CRISTOFORO COLOMBO"


LA MISION


            
Sabido es que la Historia como ciencia admite la existencia de distintos marcos teóricos o epistemológicos, en pocas palabras, distintos enfoques para analizar las causas o los efectos de un mismo hecho. La Historia Nacional no escapa a las generales de la ley así, lo que para unos es una verdad incontrastable, para otros no pasa de ser una falacia. Más allá de estas contingencias propias de la diversidad natural de culturas, repartidas a lo largo y a lo ancho del planeta, hay libros que envejecen muy lentamente, antes bien, se añejan con el correr de los siglos y por lo mismo les decimos clásicos. Estas obras que muchos consideran superadas, con todo, no pueden dejar de ser consultadas a la hora de abordar una investigación responsable. Nos atrevemos a afirmar que uno de estos clásicos es La Historia de San Martín y de la Emancipación Americana del General Bartolomé Mitre. Si estamos a favor o en contra de lo allí investigado y escrito, no es más que una cuestión de posicionamientos. Lo que no podemos omitir es que en ella hay conceptos lo suficientemente abarcativos como para superar, las más variadas corrientes epistemológicas. Mitre define al Libertador en los términos siguientes: "Esta figura de contornos tan correctos, que es empero todavía un enigma histórico por descifrar. ¿Qué fue San Martín? ¿Qué principios lo guiaron? ¿Cuáles fueron sus designios? Estas preguntas que los contemporáneos se hicieron en presencia del héroe en su grandeza, del hombre en el ostracismo y de su cadáver mudo, como su destino, son las mismas que se hacen aún los que contemplan las estatuas que la posteridad le ha erigido, cual si fueran otras tantas esfinges de bronce que guardasen el secreto de su vida. San Martín no fue ni un Mesías ni un profeta. Fue simplemente un hombre de acción deliberada, que obró como una fuerza activa en el orden de los hechos fatales, teniendo la visión clara de su objetivo real. Su objetivo fue la independencia sudamericana, y a él subordinó  pueblos, individuos, cosas, formas, ideas, principios y moral política, subordinándose, él mismo, a su regla disciplinaria." Remata el general historiador un poco más adelante con una síntesis contundente: "San Martín fue una misión:" Hasta aquí queríamos llegar. Si el Libertador fue todo eso,  es precisamente eso lo que hace de él, un personaje excepcional. Esa excepcionalidad quedó plenamente demostrada  en la elección de los pueblos y de los individuos. Y que las misiones que consiguió en que unos y otros asumieran y ejecutaran sin retaceos, con entrega, incondicionalidad y plenitud a riesgo de sus vidas, haciendas, fama y honor. No fue una casualidad tomar distancia de su cofrade e introductor en la sociedad porteñas cuando ésta y su gobierno sospechaban que fuera un espía al servicio del Rey, nos referimos a Carlos María de Alvear. No fue casualidad que eligiera a las provincias cuyanas para separarlas de Córdoba y construir en ellas la base de operaciones, para desarrollar el plan continental emancipador. No fue casualidad volcar a favor de la causa emancipadora al flamante Director Supremo, de las recientemente emancipadas Provincias Unidas en la América del Sur, el Brigadier General Don Juan Martín de Pueyrredón, como no lo fue su determinación de escoger a Don Bernardo O`Higgins frente a su rival Don José Carrera, cuando debió arbitrar entre los exiliados chilenos luego de la muerte de la Patria Vieja, en la batalla de Rancagüa. Tampoco fue casualidad que para demostrar al mundo que la causa emancipadora era una empresa continental delegara el gobierno cuyano en el General Bernardo O` Higgins y fuera este gobernador subrogante, quien hiciera jurar al pueblo mendocino la declaración de independencia sancionada en Tucumán. No fue casualidad la elección del Fraile Luis Beltrán para que manejara las fraguas, no fue, tampoco del guerrillero, lamentablemente luego asesinado en Til Til, Don Manuel Rodríguez, para que difundiera en Chile, acorde a su inaudita capacidad de mimetizarse,  lo que el Libertador denominó: "La guerra de zapa." Es bien conocida la proeza del tropero Don Pedro Sosa, el que realizó la hazaña de hacer en la mitad de tiempo el transporte de los bastimentos que San Martín, necesitaba con urgencia para que su ejército rompiera la marcha en pos de la libertad de América. De su compadre, Alvarez de Condarco a quien asignó la misión suicida de llevar una copia del acta de la independencia  a  Santiago y si acaso salvaba  la vida, podría guardar en su prodigiosa memoria los accidentes de los pasos de Los Patos y Uspallata, para de regreso confeccionar los planos que el Libertador necesitaba para ejecutar la titánica obra del cruce de Los Andes. Efectivamente y siempre siguiendo a Mitre, San Martín supo como nadie, escoger pueblos y hombres para que dieran todo de sí a la misión que se había auto asignado. Un caso muy poco conocido, tal vez por la característica secretísima del mismo fue el de Pedro Vargas. Si se ha escrito poco o mucho acerca de su misión, no lo sabemos, lo que si sabemos es que ha sido y es muy poco difundida, con todo nos consta que hace muchos años se puso en escena la obra: "Los Secretos de Pedro Vargas".
 Era Pedro Vargas uno de tantos mendocinos que se alinearon con San Martín poniéndose, a sus órdenes para lo gustase mandar sin medir riesgos, ni grandes, ni pequeños. El Libertador era plenamente conciente que el momento estratégico allá por mil ochocientos dieciseis era en extremo crítico. La tercera campaña al Alto Perú de la mano del oriental Rondeau había sucumbido en Sipe Sipe, cancelando definitivamente esa ruta a Lima.  Las tropas del Rey estaban a las puertas de Salta a duras penas contenidas por Martín Miguel de Güemes, otro de los que sin vacilar ni medir afanes entendieron la estrategia de San Martín.
Por otra parte, luego de la derrota patriota en Rancagüa, el ejército real, fuerte de más de ocho mil hombres de las tres armas, muchos de ellos veteranos de las guerras napoleónicas, se aprestaba para remontar Los Andes de Oeste a Este y luego de tomar Mendoza marchar sobre Córdoba y de ser posible, unirse en esa estratégica encrucijada con el ejército que pujaba por tomar Salta y bajar desde el Norte.
 Finalmente, se esperaba en cualquier momento el desembarco en Montevideo de un poderoso ejército proveniente directamente de la Península. Si esta maniobra resultaba exitosa para los realistas, muy negras se plantearían las perspectivas para los patriotas del extinguido virreinato platense, por entonces, único faro libertario en la América española, ya que el resto de las emancipaciones americanas, habían sucumbido a manos del poder real.
San Martín sabía todo ésto y más aún, sabía que su ejército no podría reunir sino cuatro mil quinientos combatientes; muchos de ellos bisoños a los que entrenaba personalmente en los cuarteles de El Plumerillo. En estas circunstancias, las posibilidades del Libertador eran extremadamente escasas: confiar en el éxito de Güemes, apostar a la obra de los espías al servicio de la causa emancipadora estacionados en Cádiz y por su parte, tratar de confundir al enemigo allende la Cordillera. Acerca de la magnitud del Ejército de Los Andes y de los pasos que emplearía para atravesarla. Era imperioso que el enemigo realista dividiera sus fuerzas para enfrentar con un ejército disminuido a uno equivalente en número, mientras las columnas auxiliares intentarían batir a las españolas  repartidas a lo largo de Chile. En eso consistió la guerra de zapa, y uno de los hombres clave fue nuestro Pedro Vargas.                  
Como hemos adelantado, mendocino y patriota, perteneciente a una emblemática familia lugareña. Convocado por el Libertador y luego de departir acerca de la única estrategia posible, sus riesgos y alcances acordó que Pedro, inopinadamente desaparecería de Mendoza en forma misteriosa para reaparecer en Santiago y ponerse a las órdenes del gobernador Don Casimiro Marcó del Pont. Así lo hizo, fue excelentemente bien recibido y escuchado cuando relató a los realistas la supuesta estrategia del Libertador, el número y la calidad de sus fuerzas y la fecha de una posible partida como así también, la cantidad de soldados y la calidad del armamento. Al difundirse la noticia en Mendoza, por entonces una aldea de no más de doce mil almas, el escándalo fue proporcional a lo que se consideró delito de alta traición a la Patria. San Martín nada podía decir porque así había sido acordado y porque justamente, el éxito de la misión, dependía del más riguroso secreto. Sólo Pedro y el General conocían la verdad. Los hechos se sucedieron cómo todos conocemos. San Martín batió en Chacabuco a un disminuido ejército real y entró en Santiago. Pero pudo no haber sido así. La batalla de Chacabuco fue tan encarnizada que en un momento dado el mismo Libertador hubo de entrar en combate. De haber muerto en acción, a su tumba también hubiera ido a parar el secreto y Pedro Vargas de seguro hubiera sido fusilado por la espalda en la Plaza de Armas de Santiago. La realidad fue que rápidamente el General hizo pública la misión acordada con Pedro y cumplida  a cabalidad, sin embargo, no pocos creyeron que el gesto era un acto de magnanimidad del Libertador más que hacia Pedro, destinado a lavar el buen nombre y la fama de su familia.; eso era en extremo crítico. La tercera campaña al Alto Perú de la mano  Arial   de San Martín, por otra parte, luego de la derrota patriota en Rancagüa, el ejército real, fuerte de más de ocho mil….

DE TU CUENTO A UN INVENTO



            Te voy a contar la historia de una niña que se llamaba Regina. Era muy, muy mimosa. Su abuela le contaba cuentos, le hacía milanesas con puré y le compraba juguetes. Pero Regina nunca estaba feliz.
         Un día el cielo apareció gris y lleno de nubes oscuras. Presagiaba una tormenta y hacía mucho frío. La niña, no quiso ir a la escuela. Su mamá y su papá que trabajaban todo el día, tuvieron que llevarla a la casa de la abuela para que no se quedara sola en la casa.
         Aprovechando que estaban juntas, la abuela la invitó a jugar a cocinar masitas de chocolate y coco. Regina se encaprichó y sólo quería ver televisión. La abuela la dejó en el comedor mirando un programa infantil, pero el sueño la ganó y se quedó dormida. Así comenzó a soñar.
         Regina soñó que se elevaba en las alas de un pájaro enorme de pico afilado y garras de acero. Volaba tan alto en el cielo, que desde ese lugar podía ver la cumbre de la montaña, los enormes ríos que desaguaban en las plantaciones de los valles y hasta un azul lago rodeado de pinos.
         El sol le hacía cosquillas en la cara y escuchaba el relincho de caballos salvajes. Jugó con cachorros de perros y pequeñas cabritas. Juntó mariposas y escarabajos azules. Nadó en un arroyo de agua dulce y tibia. Seguía volando por entre las nubes. En un rincón, inventó un huerto con manzanas gigantes, aves con pelos, árboles de color celeste y gatos con plumas de color rosado.
         Caminó por las hojas de una palmera de cartón y se vistió con una capa de azúcar amarilla. 

DECISIÓN TOMADA.



                        Le costó un sin fin de tiempo ingresar. Era un mundo oscuro y lleno de imperfecciones. Sólo a él, se le ocurría penetrar el círculo maligno de los guardianes. Lavó su bonomía e introdujo un dejo de cinismo en cada frase, en cada acto concreto de su tarea. Tenía que ganarse a sus compañeros de trabajo, ahora, también sería un odiado hombre de las mazmorras oscuras del régimen. Todo había sido una estrategia desde la noticia en el periódico. No recordaba sino la primera vez. Nunca antes asistió a un lugar así. Su amigo, tímido y sencillo, le pidió que lo acompañara al teatro. Su enamorada era bailarina y le pedía que fuera a ver su desempeño. ¡Claro, alquilaron ropa adecuada! Cuando llegaron y vieron a la gente que se agolpaba frente a las enormes puertas, se dieron cuenta que todos eran un poco iguales. Ropa anticuada, remiendos, arreglos para agrandar o achicar lo conseguido en ferias o tiendas del mercadillo del usado. Sonrientes penetraron el salón lleno de bellísimas arañas de cristal que colgaban de cordones de seda, brillando como fuegos artificiales. Cegados con la luz, asombrados por el rico alfombrado y los decorados en oro, se ubicaron en las butacas que una anciana seca, les indicó. Allí se sintieron excitados y eufóricos. De pronto la oscuridad y como alas de mariposas rojas, el gran telón dio paso a la imagen más bella que hubieran visto.
                        Un rayo de luz caía a pleno sobre la frágil figura que envuelta en tules y transparencias, sobre unos largos pies rosados de seda, apenas movía los brazos y manos como prolongaciones de un ángel a punto de echar a volar. Un raro amanecer de pequeñas sílfides se deslizaban apenas por el oscuro fondo. Eran pájaros, cisnes, ángeles, viento iluminado y blanquecino, eran pétalos de flores... y la música envolviéndolos hasta dejar a cada uno de los allí presentes como alucinados. Entró con una fuerza un caprichoso príncipe de umbroso traje apretado, que con vuelos y saltos de tirano, se aproximaba a elevar el cuerpo de la ninfa. Quiso ser él, quiso trasmutar con ese hombre que aventaba a la diosa. Una avalancha de pasiones se cobijó en su espíritu. Estaba ebrio. Sus pupilas dilatadas seguían azarosas los revuelos mágicos de las bailarinas. Las pequeñas florecitas que cuajaban la frente del arcángel de cabellos prietos, las pequeñas alas como élitros de insectos acuáticos que salían de la espalda le transportaron a un mundo de nigromancia inesperado en su vida simple. Allí decidió el destino, su futuro.
                        Los pies sangraban debajo del la suave seda de las zapatillas de punta. La madera después de horas y horas de ejercicios, le habían provocado heridas. Su cuerpo estaba desencajado y mustio. ¡Pero era el gran estreno! Su rostro, siempre pálido, bajo una capa de cosmético aparentaba serenidad y gozo. Le dolían los brazos y las piernas. El estúpido Sergio,  su partener, con un típico ataque de histeria, se había enojado porque las luces no eran suficientes para él. Ella apenas le hablaba. Lo había descubierto hurgando su bolso en varias oportunidades. Un día le faltó una zapatilla para hacer “Gisselle” y la reemplazaron por Tatiana. Sergio y se moría de risa. Otro día la dejó caer en el momento en que debía sostenerla para una de las coreografías. Ahí, lo sacaron a él y le dieron tres meses de inhabilitación. Su maestro había observado que lo hizo adrede. Volvió calmado, pero agresión tras agresión, ella se cansó y pidió que la trasladaran a otro teatro, uno de provincia, más pequeño y menos importante pero en el que estuviera cómoda. El compañero prometió no molestarla más y cumplió. Allí con la orquesta a pleno, con el aliento sostenido de cientos de personas se olvidó de todo y bailó con el amor que despertaba en su interior la música.

                        Aniella  sintió el doloroso golpe de un afilado tablón sobre su hombro. Cayó descolgada en su frágil cuerpo. No escuchó ningún sonido. Sí, sufrió al ser arrastrada por el áspero pavimento de madera astillada. Su piel delicada, blanca y desnuda, se mutó en un alfiletero de morados diversos. Sangraba. Por los dedos caían gotas de sangre y de su oído un hilo deforme de color rosa pálido que tornaba a rojo se desparramó indecente por el suelo.
                        No veía, cuando despertó, los párpados hinchados le impedían ver. Se acurrucó en su rincón. Allí olía a humedad, sangre, orín y excremento humano. Su suciedad pegada al cuerpo le produjo un vómito. Estaba exhausta. Se desmayó, otra vez se desmayó. 
                        Al trasponer la pesada puerta metálica, Servando quedó ciego. El habitáculo era el mismo infierno. El hedor lo envolvió. Un animal enroscado en sí mismo, yacía vuelto hacia la pared de espaldas a él. No había ni un resquicio de luz. Apenas pudo poner un pie en el frío pavimento, algo le atrapó el tobillo. Su bota de cuero, impidió que un ofidio humano le inoculara su ponzoñosa ira. De un salto salió hacia el pasillo. A gritos llamó pidiendo asistencia a  un compañero. El golpeteo de varios tacos sonó en el pasillo. Un ruido metálico abofeteó los oídos acostumbrados al silencio.
Iluminaron con un potente farol la figura exhausta. Allí aferrada a sus piernas una joven desfigurada se enroscaba en sí misma. Desnuda, pálida y ferozmente agresiva, saltó sobre los cuerpos indefensos de los hombres. Alcanzó a morder a Servando, turbado trastabilló y cayó ensangrentado. Entre los labios un trozo de piel colgaba triunfante. Unos ojos extrávicos incrustaron dementes la felicidad de poder en el horror de los guardias.

El piano amasaba el pálido resplandor del fuego en el hogar, donde Chopín adormecía a la muchacha. Mañana era el gran día. Estrenaban “Sílfides” en el exitoso teatro. Una muchedumbre se había agolpado en las ventanillas para poder tener el privilegio de ver bailar a la Gran Baltilda, la más grande bailarina del siglo. La habían encontrado en el sismo de 1982, siendo casi un bebé, y sus dotes fueron emergiendo a la simple mirada de las mujeres rústicas del orfanato público. Un día la observó un médico que había llegado allí para hacer una investigación y cargó con la niña. Así como nacen los milagros, nació su magia. Ahora tenía el apoyo de toda la parafernalia política del sistema.
                                   El gran salón iluminado con diez mil luces y cristal, repetía la risa y el desparpajo fiestero de un público exultante y eufórico. Cuando en el gran plató, luego de silenciarse las luces, apareció el grupo de bailarinas en su hálito de blanco efímero. Plumas, gasa, tules y etéreos movimientos adormecieron el espíritu del teatro. Aniella danzaba improvisando un pass de trois  y tras de sí, una constelación de bailarinas la rodeaban y la elevaron hasta sacarla del plató. Bailó como lo que era, una diosa descomunal. Unica en su género.
                                   Había llegado a Europa de la mano de Liwchensky, el mejor coreógrafo del balet soviético. La presentó a un sin fin de grandes maestros y entre los más audaces apareció un hombre que la envolvió en regalos y palabras de amor. La reclutó casi sin que ella se diera cuenta para sacar datos desde el país en que vivía, bajo una mano fuerte del más temido dictador. Y ella loca de amor entregó cartas y mensajes cifrados. Así un día la sorprendió la la policía secreta del tirano y...

Las botas nuevamente arremetían con el frágil cuerpo. El silencio roto por la respiración del hombre, conspirando para salvar ese ser ahora amorfo, se contrajo en un enorme esfuerzo. Alzó a la mujer y la sacó del cubículo inmundo. Un aire limpio y sano acunó el cuerpo de la bailarina. Desnuda, silenciosa y aterida, Aniella se abrazó a su carcelero y superó las infranqueables puertas de la cárcel.
 Vuelto a la libertad, él sabría como devolverla a un mundo nuevo. Su amor no sería postergado por nadie. Aniella, su Aniella seguiría siendo su Sílfides para siempre.

DEL LIBRO TENTACIONES, INÉDITO


Mas
espero que comprendas
ese día llegó la primavera. Llegó poblando el campo
un pequeño unicornio. Era nuestro pequeño ángel.
Floreció un campanario en mi bodega trasegada de flores
con la extrema belleza del cristal
sus rizos conjuraron la estrategia de sueños
volvimos a creer en la voz que decía
en un poema de Shakespeare       que somos
“engendrados con materia de sueños”

dormité conmovida a la espera de un breve milagro
que se sigue proyectando en nuestra vida
Tú ¿lo sabes?


DEL LIBRO TENTACIONES, INÉDITO


Y descubrí que no estábamos solos
y
mi ciudad se enredó en los árboles y acequias
escondiendo el dolor de los hombres y   los  niños.
Cada par de ojos, cada mano que se extiende
 me recuerdan
cuánto me hace falta comer de tu boca
tengo hambre de tus besos    de muslos abiertos
entonces mi ciudad me duele con llagas vivas
le falta amor al pueblo      mi pueblo   tiembla
en deseos   que me recuerdan   el tiempo de repartir
los viejos sueños. ¡Ay...qué haremos?

Ven     
cerremos las ventanas. Abramos el corazón
dejemos que el sonido de nuestro palpitar aturda nuestro lecho.

Estamos solos con nuestro amor lejano. Aun
tenemos nuestro amor. A pesar de todo
a pesar del tiempo.  Y nuestros sueños.

ESA VIEJA HISTORIA DE AMOR ENTRE UN VASCO Y UNA ESCLAVA.




Sebastián, un joven descendiente de vascos y de oficio peón viticultor, conchabado en una viña ubicada no muy lejos de la plaza de armas de la ciudad, luego de participar del oficio religioso dominical ofrecido en la capilla de la hacienda, practicaba con otros jóvenes compañeros de labor su juego favorito: la pelota vasca. Pero ese domingo, algo raro ocurría a Sebastián pues siendo el más habilidoso en tal juego aquel domingo en cuestión no acertaba a devolver ninguna pelota, ni lenta, ni rápida. Cansado de correr y correr de una punta a la otra de la cancha, finalmente y para sorpresa de sus compañeros, se sentó sobre una piedra ubicada en un costado, lió un cigarro y se quedó abstraído mirando la pared trasera de la capilla, aquella que era usada como frontón. Sebastián no solo era  admirado por su destreza en el juego sino que era muy apreciado por ser un trabajador incansable, aguantador como el que más, de una honestidad intachable, jovial, generoso y buen amigo de sus amigos. En vano sus compañeros lo indagaron buscando comprender semejante actitud tan distante a la personalidad habitual de Sebastián. El mutismo fue total. ¿Qué había ocurrido? Muy temprano, aquella mañana de domingo y como era su costumbre, Sebastián se encontraba en el canal lavando sus ropas cuando no muy lejos vio un carretón que se acercaba, sobre el pesado armatoste, y no obstante la distancia, se podía reconocer a un conjunto de figuras de piel muy oscura. Sebastián se dijo: -"Deben ser los nuevos esclavos y sin darle mayor importancia a la escena siguió lavando su ropa" -¿Qué hubo Sebastián? El saludo del carretero eufórico seguramente por regresar al pago, luego de meses de ausencia, hizo que Sebastián levantara la mirada y ahí fue que ocurrió el milagro. En medio del transporte y rodeada por otras personas a quienes no prestó la menor atención, viajaba una hermosa africana de esbelta figura y no más de veinte años. Las miradas se cruzaron, el flechazo fue mutuo y esa mañana de domingo comenzó a gestarse un amor que duraría hasta la eternidad.
             Era costumbre por entonces en esa y otras haciendas que los amos, en este caso Doña Etelvina, una joven y resuelta viuda, enseñaran personalmente a sus nuevos esclavos rudimentos de español, de catecismo, de las tareas que habrían de desempeñar a futuro, modales higiénicos, de mesa y por sobre todas las cosas a acatar el principio de autoridad como algo inviolable y a entender que las cosas eran así porque de ese modo lo había dispuesto Dios.  ¡Y las leyes de la naturaleza! Finalmente debían comprender que la vida no era más que un tránsito hacia la verdadera vida, a la que todos podían acceder si se comportaban bien por difícil que fuera ese tránsito. Todo esto Sebastián lo sabía, como que también sabía que aquella tarea de iniciación duraría no menos de dos meses, lapso en el cual le sería muy difícil entrar en tratos con la recién llegada. Los días se le hicieron eternos, sólo en una oportunidad pudo verla unos instantes. Una mañana como tantas en la que marchaba con Felipe, su mejor amigo y confidente rumbo a la viña, se distrajo contemplando el vuelo de unos patos luego de haber transpuesto el zanjón, entonces fue que la vio. La africana caminaba entre la bruma matinal en dirección al canal con un atado de ropa sobre la cabeza, su andar era sereno y cadencioso y daba la impresión a la distancia, que sus pies apenas si rozaran la tierra. Sebastián quedó petrificado, con los ojos desorbitados, era sin dudas mucho más bella y elegante que el recuerdo imaginario que lo había desvelado tantas noches. Al advertirlo, la esclava se detuvo, Sebastián le sonrió al tiempo que la saludaba quitándose el sombrero y con un brazo en alto, ella respondió el saludo pero apenas esbozando una triste sonrisa. Felipe que se había adelantado unos pasos, al advertir el retraso de su compañero, volteó la cabeza y pudo contemplar la escena, fue entonces que Felipe comprendió y al instante se formuló el designio de no molestar a su amigo con preguntas inoportunas. El domingo siguiente, luego del consabido oficio religioso, el cura informó a los presente que, aprovechando las festividades de San Juan Bautista en una semana se realizaría el solemne bautismo de los nuevos esclavos y de aquellos niños que habían nacido recientemente en la hacienda y sus alrededores. Tampoco esa mañana Sebastián quiso jugar a la pelota vasca declinando el ofrecimiento de sus compañeros, por el contrario, más taciturno que nunca marchó hacia el canal y se refugió bajo un sauce para oír  en silencio el rumor de las aguas. Felipe que lo había seguido a la distancia fue a sentarse a su lado, armó dos cigarros, ofreció uno a su amigo y ambos quedaron fumando hasta que por fin Sebastián, luego de exhalar unas cuantas bocanadas habló:
- Felipe, tengo  que tomar una gran determinación.
- ¿De qué se trata?.
- Estoy enamorado.
- Ya lo sabía.
- Y, ¿por qué no me lo dijiste antes?
- No se, tal vez por respetar tus reservas, tu silencio o simplemente por imaginar que podría llegar a importunarte.
- Tú sí que eres un buen amigo.
- Trato... pero bueno, ¿qué es lo que piensas hacer al respecto?
- Pedir esta semana una entrevista a Doña Etelvina y solicitarla formalmente en matrimonio.
- ¿Lo has pensado bien?
- Creo que sí.
- ¿Haz reflexionado acerca de que quedarías pegado de por vida a esta hacienda? Que prácticamente renunciarías a tu condición de trabajador libre, a que si te hartaras de esta hacienda y de esta patrona podrías conchabarte como viticultor en cualquier otro lugar, inclusive en Chile, a que, ¿si un día quisieras abrir las alas y rodar por el mundo conociendo otros rebaños, otros cielos y otros soles sólo tendrías que contratarte como carretero o arriero?
- He pensado en todo eso y mucho más, mi querido Felipe, he pensado que tengo veinte años, que he sido huérfano la mitad de ese lapso, que ya ni sé lo que es una caricia y en que por sobre todas las cosas estoy enamorado, me gusta este lugar, me gusta esta gente y  me placen las faenas que aquí realizo. Además, ¿no has pensado en que bien podría ahorrar y algún día comprar su libertad?
- Todo lo anterior no te lo discuto, a lo mejor mis argumentos están más en arder a mis sueños que a los tuyos, pero eso de juntar el dinero suficiente como para lograr su libertad me parece una verdadera locura. A menos que te hicieras bandolero, salteador de caminos o la raptaras para ir a refugiarte entre los salvajes del sur, te aseguro que ni en tres vidas de trabajo en la viña, juntarías el dinero suficiente.
- He pensado pero...
- ¿Felipe, me concederías el honor de oficiar como padrino del novio?- dijo Sebastián.
- O sea que... ¿la suerte está echada?
- Así es.
- Será entonces un gran honor acceder a lo que me pides.
            Puestos de pie, arrojaron las colillas al agua, se miraron largamente para quedar confundidos en un fuerte y prolongado abrazo. Esa misma semana Sebastián solicitó la entrevista con Doña Etelvina. A la patrona no le sorprendió el pedido, siendo Sebastián tan bueno y leal trabajador,  no puso reparos en otorgarla para el jueves al atardecer, luego que la campana de la capilla sonara indicando el  ángelus y consecuentemente el final de las faenas en la hacienda.            Introducido por el mayordomo en el salón donde la patrona despachaba los asuntos de la hacienda, vestido con sus mejores ropas, sombrero en mano y de pie guardando prudente distancia respecto del escritorio, vio de soslayo como Doña Etelvina entraba al salón y tomaba asiento. La imponente figura de su patrona a la que apenas se atrevía a mirar lo turbó, por un instante pensó en salir corriendo o inventar una excusa, algo así como un pequeño aumento o una corta licencia. La voz de Doña Etelvina lo sacó bruscamente de su embarazo.
- Buenas tardes, muchacho, aunque ya no se si debiera llamarte así, no había reparado en cuanto has crecido, si pareces todo un hombre.
- Gracias, señora.
- Pues bien, tú dirás, ¿qué te trae por aquí?
- Patrona, Doña Etelvina... es que yo, no, es que, es que usted sabe...
- En realidad no se nada... vamos muchacho... ¡qué no ha de ser tan grave!
- Vengo a solicitar su licencia para casarme.
- Desde ya la tienes, pero no te hace falta, eres hombre libre. O es que será que me quieres pedir como madrina de tu boda. ¿Es eso, verdad?
- Eso además sería fantástico.
- Y para mí un gran honor, conocí a tus padres y jamás olvidaré la pena que me causaron sus muertes durante aquella horrible epidemia. Pero no entiendo eso de que además...
- Porque hay algo más.
- ¿Y qué es ese algo más que te tiene tan nervioso?
- Es acerca de la novia.
- ¿Qué hay con la novia, no es de aquí y quieres licencia para mudarte a otro sitio?
- No es eso, al contrario es bien de aquí, tanto que usted es su dueña. Se trata de la joven esclava nueva que el domingo va a ser bautizada y presentada en sociedad.
- Vaya... vaya... conque de eso se trataba. Te confieso que me has sorprendido, pero en fin, has pensado seriamente en el asunto?
- Si, lo he pensado.
- ¿Has medido, siendo aún tan joven, los riesgos que semejante vínculo te pueden acarrear de por vida?
- Supongo que sí.
- ¡Pero... si ni la conoces...!!!
- La he visto dos veces y aún sin haber intercambiado ni media palabra, sé que estoy enamorado, como nunca lo estuve. Además tengo la plena convicción de ser correspondido.
- Bueno... te prometo pensarlo y si mi resolución fuera positiva la anunciaré el domingo luego de los bautismos.
            Dicho lo cual, poniéndose de pie dio por concluida la entrevista. Sebastián aguardó a que saliera de la sala y trastabillando, se retiró él también con un nudo en la garganta y a punto de estallar en llanto.
            Doña Etelvina efectivamente pensó el asunto mucho más de lo que Sebastián hubiera imaginado. Siendo una joven viuda en una sociedad patriarcal, donde a diario se las tenía que ver con hombres para discutir los más variados asuntos propios de la hacienda, su carácter era por demás receloso y desconfiado. Lo primero que hizo fue indagar los sentimientos de la esclava, la africana a pesar de su media lengua, entendió perfectamente las preguntas de su ama y por primera vez en los casi dos meses de residencia en la casa de la hacienda,  su rostro mostró una amplia y hermosa sonrisa. Luego y sin articular palabra, de sus ojos comenzaron a brotar copiosas lágrimas, para finalmente postrarse ante su ama y besarle los pies.  A pesar de la dureza de su carácter, Doña Etelvina se conmovió sobremanera. ¡Un casamiento por amor, no era lo corriente entre los de su clase! Ella misma, siendo poco menos que una niña, había sido entregada en matrimonio por su padre, a quien le cuadruplicaba la edad. De ese matrimonio arreglado, le quedó la hacienda y dos vástagos, los cuales a pesar de haber sido cuidados sin economizar desvelos o precisamente por eso mismo, le salieron algo botarates; por sobre todo nada afectos al estudio, al trabajo o a las responsabilidades en general. Pero más allá de sentimentalismos, para Doña Etelvina, la esclava era definitivamente una inversión. Tal vez la mejor que realizara desde que se hiciera cargo de la administración de la hacienda. Efectivamente, la africana había resultado ser sumamente dócil y por demás  inteligente, aprendía sin dificultad las tareas que se le enseñaban, era aseada, prolija, diligente y prometía ser una excelente cocinera. Su determinación hubiera sido negativa si no es que el domingo en que la tendría que anunciar no hubiera sostenido una larga charla con su confesor antes de la misa. El religioso finalmente la disuadió argumentando que existiendo un lazo amoroso tan  fuerte entre esos jóvenes, la negatíva no haría más que potenciar esos sentimientos, en cuyo caso no sería de extrañar que a la larga o a la corta se fugaran quedando la patrona sin su fiel peón y su excelente esclava. El matrimonio no tendría por qué modificar sustancialmente las cosas si las condiciones para acordarlo eran claras y precisas.
            Por fin ese domingo, se ofició la misa y se hicieron los bautizos. A Sebastián, si le hubieran dado la oportunidad la hubiera nombrado: Gacela,  pero esto ni pasó por la mente de doña Etelvina quien optó por nombrarla, santoral de por medio: Consuelo. El cura presentó a los nuevos cristianos y Doña Etelvina anunció formalmente el matrimonio de Sebastián y Consuelo para la primavera venidera, luego, pidió a Sebastián que se acercara y tomara de la mano a Consuelo. Hubieron aplausos generales, finalmente solicitó a la nueva pareja, que la siguieran hasta su despacho donde fijarían las condiciones de la boda. Como quien está muy acostumbrado a resolver asuntos, Doña Etelvina fue clara, precisa, y contundente al anunciar que: - Hasta que la boda se concretara se verían sólo los domingos luego de misa, pudiendo almorzar juntos y permanecer en mutua compañía hasta el atardecer, sin sostener trato carnal, caso contrario el convenio quedaría automáticamente anulado sin apelación posible!-. Sebastián tendría la posibilidad de ir construyendo un rancho, en lugar a determinar, pero cerca de la casa principal y junto al zanjón, para lo cual la patrona aportaría los materiales necesarios. Luego de la boda ambos tendrían una semana de licencia dentro de la hacienda, pasado ese lapso, Sebastián volvería a sus tareas y Consuelo, seguiría al servicio de la casa de lunes a sábado desde el amanecer hasta luego de servirse la cena. En cuanto a días feriados se fijaban los de los santos correspondientes y fiestas de guardar, salvo caso de enfermedad de la patrona, pues si eso lamentablemente ocurría, Consuelo habría de asistirla de día y de noche, de lunes a domingo sin distinción de días fastos y nefastos. Doña Etelvina ofreció elaborar y firmar el contrato correspondiente a lo que Sebastián, en su arrebato, se opuso terminantemente argumentando que desde siempre había servido en la hacienda siendo muy bien tratado sin que mediara papel alguno. Sólo se contentaba con que su patrona y Felipe fueran los padrinos, acordado lo cual, pidió licencia para besar las manos de su patrona y poder salir en compañía de Consuelo para dar el primer paseo y compartir el también primer almuerzo dominical.
             Tomados de la mano salieron de la casa alejándose lentamente, Consuelo, seguramente, poco y nada había entendido acerca del arreglo, sería Sebastián quien a media lengua y por gestos se lo haría comprender, sin embargo poco le importaba, en el fondo sabía que ella seguiría siendo esclava pero con la posibilidad de vivir un gran amor. Por eso, a mitad de camino entre la casa y el zanjón, detuvo la marcha y miró a Sebastián con una mezcla de amor, dulzura y agradecimiento inefables, lo estrechó entre sus brazos de ébano y lo besó en los labios tiernamente. La rígida patrona que había seguido la escena desde la galería no pudo evitar que se le escaparan unos gruesos lagrimones.
            Mientras los días se sucedían y al correr de los meses la primavera se acercaba lentamente, de domingo en domingo Sebastián, luego del servicio dominical, mostraba orgulloso a su prometida los progresos en la construcción del rancho. Con Felipe, en los escasos ratos libres, inclusive en noches de luna llena y no tan llena, habían ido levantando las paredes de dos habitaciones, una para el futuro matrimonio y la otra para que funcionara como cocina con espacio para una mesa. Luego, invariablemente tomados  de la mano, realizaban largas caminatas por el interior de la hacienda. Al atardecer se presentaban en la galería de la casa principal donde la patrona, a pedido de Sebastián, les daba la bendición en téminos tales como:- "¡Dios los bendiga, los ampare y los favorezca!"-. Semejante conducta despertó entre los peones y esclavos de la hacienda nobles sentimientos, todos querían colaborar de alguna manera de modo que cuando hubo que techar el rancho,  plantar los horcones y hacer la cumbrera para la pequeña galería, se armó una jornada de trabajo comunitario, lo que en quechua se conoce como "una minga". Don Joaquín que manejaba muy bien el oficio de albañil, supervisaba la obra a la vez, que personalmente construyó el fogón con un tiraje suficientemente bien hecho como para garantizar que el rancho jamás se llenara de humo. Así mismo; Don Carmelo, el carpintero hizo y colocó puerta y ventanas, ambos menestrales se opusieron gravemente a recibir compensación material, los respectivos aportes tenían que ser aceptados en calidad de regalos de boda.
            ¡Por fin llegó el día tan esperado! Fue toda una fiesta, donde se bebió, comió y bailó hasta el amanecer. La pareja tuvo la semana de mieles prometida y luego la vida continuó sin mayores sobresaltos. Sebastián ahorró y compró un caballo, con la intención de pasear por los alrededores, inclusive llegarse hasta la plaza de armas con su mujer en ancas los días domingos.
             Contra las voces de los agoreros que le sugerían que esas salidas podrían ser la excusa perfecta para una fuga, Doña Etelvina decidió confiar, de modo que los domingos, era un primor ver a la joven pareja pasear por la ciudad a caballo. El mayor placer de Consuelo era sumergirse en la feria dominical con unos pocos reales que le daba Sebastián, para regatear la compra de alguna pollera, blusa, camisa o pañuelo para su marido mientras el vasco, se permitía uno de los escasos lujos a los que era afecto: tomar unas copas con los amigos, jugar alguna partida de baraja o presenciar una riña de gallos. Luego almorzaban en una fonda y al atardecer se presentaban de regreso ante la patrona. A los pocos meses el vientre de Consuelo mostró ciertamente un avanzado  estado de gravidez. El parto no planteó mayores complicaciones y la pareja tuvo su primer y único hijo, un mulato verdadera síntesis de razas. El color de la piel y el pelo lo aportó Consuelo en tanto que los finos rasgos de la cara y la claridad de los ojos, Sebastián. La alegría se disipó muy pronto, exactamente el día en que hubo que resolver acerca de quién ejercería la propiedad respecto del vástago. Sebastián argumentó que siendo él hombre libre, su hijo también tendría que serlo. Doña Etelvina, por el contrario, afirmó que siendo hijo de su esclava el niño también era esclavo y en consecuencia propinad suya.
            La justicia dio la razón a Doña Etelvina, pero concedió a Sebastián la posibilidad de comprar la liberad de su hijo, luego de acordar y abonar un precio justo. Demás está decir que el precio fue alto como las nubes y que en esta oportunidad tampoco el joven aceptó firmar convenio alguno. El hombre no se amilanó, vasco tozudo como el que más, se formuló el designio de trabajar y ahorrar hasta ver a su hijo libre. Compró una vaca para asegurar una buena alimentación a Andrés, tal y como fuera bautizado el crío y de paso aprovechar para hacer y vender algunos quesos. De año en año engordó un cerdo para carnearlo y facturarlo mejorando la alimentación de la familia y a la vez para vender salames, morcillas o algún jamón. Lo propio hizo con un pequeño huerto que generalmente atendía luego de despachar sus faenas en la viña. Por supuesto, porque no todo es trabajo en esta vida, algunos domingos no perdieron la costumbre de pasear por la ciudad, al principio con el niño en brazos de Consuelo y luego montado en un caballito, que Sebastián compró y amansó personalmente para Andrés.  Llámese resignación, convicciones o lo que fuere, la pareja  no se resintió, por el contrario el amor creció al ritmo de Andrés y el trato con la patrona tampoco se alteró. Tanto fue así, que en más de una oportunidad, pudieron hacer excursiones de dos y tres días, la visita favorita la concretaban en la casa de Felipe que también se había casado y vivía con su mujer el la Villa de Lujan, lindante con el Río Mendoza. El día que Andrés cumplió quince años, se organizó una fiesta excepcional pues precisamente ese día Sebastián concretó el pago del cincuenta por ciento del precio fijado para liberar a su hijo. A las pocas semanas y contra cualquier pronóstico Doña Etelvina enfermó y a pesar de los cuidados recibidos, particularmente por parte de Consuelo, murió. Abierta la testamentaría la esclava y su hijo formaban parte del inventario, eran uno más entre las piezas de esclavos, toneles con vino, cubiertos, camas, mesas, manteles y demás que sería repartido a partes iguales entre sus hijos. Sebastián clamó por la libertad de Andrés argumentando que él había pagado la mitad del valor de la misma, pero no hubo caso, no habiendo constancia ni papeles escritos, primero los herederos negaron saber de algún acuerdo verbal y luego la justicia falló en su contra.


            No es cuento, se trata de una versión libre de un caso real ocurrido en tiempos coloniales en Mendoza, no se han consignado apellidos así como los nombres de los personajes son arbitrarios. Las pruebas están a disposición de los interesados en el Archivo Histórico Provincial

EL MAESTRO




Yo lo esperaba en un sillón, y él apareció desde alguna                         
 parte y se sentó a callarse una larga hora y media”.


En la calle jugueteaba el sol de otoño con las hojas que fabricaron un tapiz dorado. El viento helado hería mi rostro. Busqué con detenimiento el número que me había dado la empleada por teléfono. Una doméstica que, con asombro, dijo: “La espera el domingo a las diecisiete, es casi un milagro que quiera recibirla”.
No cabía en mí de nervios. Mis labios temblaban, piernas y manos tremolaban. Aferraba una carpeta como si fuera un salvavidas del Titanic. Unos adolescentes de la cuadra miraron burlones cuando me detuve en la puerta. ¿Sabían quién vivía allí y pensarían que, sin duda, me echarían?
Me quedé un minuto observando la casa. Era antigua, de la época del 20 o del 30. Muy cuidada. El enorme balcón tenía una reja de hierro forjado a mano y desde un decorado macetón de cerámica esmaltada en colores mediterráneos, surgía una enredadera de flores. Estaba deshojada y sin un solo capullo. El otoño había hecho la tarea con dignidad. Igual, todo se veía impecable. La puerta de madera encerada, despedía un perfume exquisito y lucía la aldaba de bronce con orgullo.
Toqué timbre. Tardó apenas unos segundos en aparecer. Pensé que iba a abrir la mucama. Pero, frente a mí, estaba él. Con el rostro pálido y una grave sonrisa algo irónica ante mi sorpresa. El maestro. Me recibía en persona. Temblé. Pasamos a un salón alucinante. Señaló un sillón de pana azul oscuro. Me senté. Todo olía a viejo y un cierto aliento a humedad envolvía la estancia. Desapareció mascullando algo sobre el té y quedé momentáneamente sola.
            Examiné con cuidado. La sala era hermosa. Una enorme alfombra azul con pequeñas flores en color rosa y verde, variaban en guirnaldas. El tapete mullía las pisadas. Un gato negro sentado sobre el piano de cola abría un ojo cuando yo movía un papel o hacía un leve ruido. Dormitaba, pero estaba alerta. ¡Era magnífico el felino!
El sol entraba por las ventanas que tamizaban la luz, por los vitreaux, los rayos calientes aún secreteaban con la tarde. Seguramente daban a un patio interior. Un enorme retrato de mi admirado profesor, firmado por Alonso, presidía la pared contraria a la desmedida biblioteca, que abarrotada de libros, jugueteaba con mi curiosidad. ¿Qué no leería ese gran hombre de letras? Creí ver títulos de gente muy criticada. Me confundió la idea. ¿Podría ser que él tuviera criterios diferentes a los docentes de mi facultad? Sí, me intrigó saber.
Me fui tranquilizando. Apareció desde alguna parte. Dejó una bandeja con un termo de plástico verde manzana. Dos tazas de té de porcelana; una con flores y otra con un caballo de salto, ambas pintadas en suaves colores. Seguro que eran inglesas, antiguas y de sus antepasados, como las del programa de televisión que ve la abuela. Unas cucharitas de plata y la azucarera de cristal tallado, que brilló feliz con los últimos rayos de sol, acompañaban la cortesía.
Se sentó a callarse una larga hora y media, mientras saboreaba el té. En realidad preparó varias veces la infusión como una geisha. Lo observaba en silencio, respetando sus tiempos. El gato ronroneó apenas entró en la sala mi poeta admirado.  El maestro se acercó a un viejo tocadiscos y elevó la casi imperceptible música. No sabía si era Mozart o Beethoven. Soy poco conocedora de los músicos antiguos. Desde ya, que me gustan Charly y Madonna que son de mi generación.
Luego, sonriendo, preguntó: ¿Porqué una chica de tu edad quiere hablar con un hombre como yo? Quedé sorprendida. ¿No era yo la que tenía que hacer las preguntas? Pero, rápida, le dije mi nombre y edad:
—Azul, me llamo Azul, y tengo veinte recién cumplidos. Lo admiro y necesito hacer una tesina, por eso lo elegí—.  Sonrió.
Azul, tu nombre es un “pavo real que engarzó el sol de primavera en las pestañas”. ¡Tenés la edad de los suspiros! —sentenció, riendo, por mi alegría. Comencé a reír a carcajadas. (Tengo una risa contagiosa) Me acordé de todas las chanzas que me han hecho por causa de mi nombre en la escuela, en el club, en la facultad, en cada encuentro con mi gente.
—¡Sólo la belleza de un estero en verano puede envidiarte el nombre, déjate ser río, cielo o pañuelo al aire!
Comprendí; ¿Por qué yo, estaba allí, junto al hombre que después de Neruda, había cambiado mi visión de la vida?
—¿Puedo hacerle una pregunta señor?
Me pasó otra taza de té y me acercó la azucarera que recibí como a un trofeo de los dioses.
—¿Desde cuándo escribe?
Me miró y, después de una prolongada pausa, contestó:
¡Desde que amanecí una tarde de invierno sin el chupete! No quiero entrar en mi memoria, en el tiempo. Me hiere saber que han pasado tantos inviernos ya. La palabra, pequeña, sangra en mí desde antes de antes. Soy un inmigrante del silencio, llegué al papel de la mano de mi abuela. ¿Tienes abuelos, Azul?”
Comencé a relatarle de cómo mi abuelo Roque, contaba historias de su tierra europea agreste y guerrera, para entretenerme, mientras mamá planchaba.
El maestro, callado, asentía con gozo. Detenía el relato y agregaba: “¿Y entonces?”. Me volvía a embarcar en leyendas y mitos que el abuelo había trasvasado a mi corazón de niña. El poeta acotaba algún nombre o me corregía el lugar o las fechas. Flameaba la bandera de los hombres célebres que hicieron la patria chica de mis ancestros. El profesor festejaba cada una de mis palabras.
Azul. eres un pozo de agua de manantial, que tiene la gente de ese pueblo. Tu abuelo debe estar orgulloso de ti, no te pierdas nada de todo eso. ¡Escríbelo!.
—Profesor, quiero que usted cuente ahora... —pedí.
—Te has ganado un premio —dijo, mirándome con dulzura.
Trajo desde un armario una copa de cristal y se sirvió un vino ámbar, con perfume a fruta. Ya el sol se iba enterrando en la pared frente a la ventana.
 —Nací a la orilla de un río oscuro y ruidoso, con olor desagradable. Los sauces lamían el agua cuando estaba manso pero cuando se enfurecía derrotaba ramas que se desgajaban en la crecida, río abajo. Fui criado, mal criado, por mi abuela materna en una vieja bodega en el campo. Mis padres me dejaron cuando era muy pequeñito. Ellos fueron los exiliados de la pobreza. En ese tiempo el vino era de muy mala calidad y no se pagaba bien.
Como era delicado de salud y muy enfermizo, me mandaron tarde a la escuela. Pisé un aula con casi nueve años. Pero ya había aprendido mucho. De la naturaleza conocía el nombre de cada planta, cada animal, cada lugar; en fin todo lo que me rodeaba. Acariciaba con palabras cada objeto y mi primer cuaderno y lápiz, me lo dio la mejor docente, la primera. Enseguida descubrió que era un chico diferente, un loco de la palabra. Me enredaba en ellas con el caudal que me regalara mi abuela a puñados. Aprendí rápidamente. Tenía sed y hambre de nuevas palabras.
 Ella, la maestra, me prestó sus libros, que devoré. Cuando cumplí los once años, ya le había sacado “varios cuerpos” a mis compañeros. Mi clase, los niños, claro, me odiaban. Era el que escribía todo. A escondidas, la señorita Lilian mandó mis poemas a un amigo de la capital, que era un conocido profesor de letras de mi provincia. Y se armó un gran revuelo: “Ha nacido un gran poeta”, expresó aquel hombre y llegaron a verme como a un bicho raro.
            —¿Era usted, profesor?
          Reía con gusto. El gato se desperezó, elevó su lomo, erizó los pelos brillantes, curvó la espalda y saltó a sus piernas. No quería perderse ese momento de euforia del amo. Ronroneaba feliz.
“¡Yo profesor!  Pará, pará, paraaaá.  ¿Sabés, Azul, que nunca fui a una facultad. Soy apenas maestro nacional. De campo. Orgulloso estoy de serlo. Los agrandados de la capital creen que si no tenés un montón de diplomas —yo les digo- “cartones firmados ilegibles”— no podés ser un poeta. Es puro orgullo, insensatez, estupidez y locura. Pero no es importante para mí.
Azul, mi pequeña, aprenderás con dolor que se puede ser muy capaz y sabio sin atravesar por el aburrimiento de “ciertos claustros universitarios”. Abre las alas, muchacha.
Se hizo un profundo silencio. Acariciaba al gato, luego supe que se llamaba Mefisto. Tomé otra taza de té en largos sorbos. Repasé con la mirada la habitación. Él se irguió y salió sin más, un momento. Afuera el sol se iba desdibujando en cárdenos sobre los muros, escapando al claroscuro escondite lejano en el oeste. Cambiaba el clima. Ya la música había enmudecido.
 El felino ahora estaba sobre mis pies y afilaba las uñas en mi bota nueva de gamuza marrón. No me atrevía a sacudir el pie. Era “su” gato. Pasaron unos minutos interminables y al ingresar, trajo un brasero de bronce encendido. Otra botella de vino, esta vez era tinto, que descorchó. Se sirvió en una copa distinta.
El perfume de la madera quemada me recordó la infancia; me acordé de la casa de mi madrina Flora, donde nos juntaba a todos los chicos a pelar castañas, con los pies cerca del borde del brasero de hierro. Cerré los ojos y aspiré profundamente. Él se detuvo y colocó un disco. Es Vivaldi, dijo, y se ubicó en el sillón. Tomó la copa. Me ofreció té. Le agradecí.  No quiero más.
Siguió callado.
—Bien maestro, ¿cuénteme, se casó alguna vez?  ¿Tuvo hijos?
Una enorme sombra envolvió su cuerpo. El rostro se transformó y dejó caer a Mefisto del regazo. Imaginé esa era “la” metida de pata; pero ya estaba hecha.
—¡Ay, chiquilla, creo que tu flecha dio en mi corazón! Sangra.    
Esperé sus tiempos.
—Me casé muy joven, muy joven. Apenas había salido del colegio normal. Creía que siendo maestro tenía las puertas del universo abiertas. Ella era una niña linda y buena. Nos amábamos. Sí, como dos pájaros libres. Así nació nuestro hijo. ¡Era un niño diferente,  retrasado mental. Mi mujer no soportó el dolor. En esa época no se los trataba como ahora. No había nada para ayudarlo y la ciencia estaba muy atrasada. Un día la encontré flotando en el río con el niño atado a su pecho. Estaban blancos como rayos de luna. Seguí solo hasta casi los cuarenta que apareció un viento tibio con forma de mujer. Era de una ciudad del sur. Me dio una hija. Se llama Cielo y vive en el extranjero. No la veo...
Hizo un silencio que respeté. El gato saltó de nuevo a su regazo.
—Después ella, mi mujer, como vino se fue y de nuevo estoy solo.
Penetró en un abismo taciturno que duró un rato largo. Su mundo interior se pobló de fantasmas que, ingenua, había despertado. Interrumpí su recogimiento:
—¿Qué premio le han dado por sus últimas obras? —se distrajo del sufrimiento. El gato le lamía las manos—.Tengo entendido que viajará pronto a Italia para recibirlo.
—Niña, niña, los premios son como las medallas para un combatiente. Tienen tinta roja en lugar de sangre. Cada premio ha dejado cadáveres en su camino. ¡Cuánta injusticia encierran los premios! Sabés, Azul, ¿Cuántos grandes poetas han muerto sin que nadie leyera su creación? Tantos han sido conocidos cuando yacían bajo una lápida. Olvidados... ¡Bueno, pero con tus veinte años mereces una respuesta! Sí, me dan un “Honoris Causa Magister” en Florencia, en la Academia de Letras. Viajo mañana a las veinte y treinta por Alitalia.
Pegué un salto.
—Me voy, maestro, así puede completar sus tareas antes del viaje. ¿Lo puedo visitar de vez en cuando? —le pedí, casi le rogué, con todo mi cuerpo y alma.
—Sí, Azul acá te espero. Avísame el día antes. Como tú, debe ser mi hija Cielo. Es como tener un Cielo Azul vaya la perogrullada. ¡A mi edad! Juego con las palabras de los nombres.

Me puse el abrigo y despidiéndome con un sonoro beso en la mejilla, para él inesperado. Salí corriendo hacia la calle. No quería perder el colectivo que me llevaba a casa en Laferriere. Con la mano en alto me decía adiós parado sobre el escalón en la puerta. Mefisto, en su hombro, movía la cola agitada y feliz. Yo ronroneaba de satisfacción.                      

            El accidente de Alitalia, me dejó sin hálito. Me lloré todo. Mamá no me podía entender. Siempre lo recordaré sentado con una copa de vino o el té, en aquél sillón de terciopelo oscuro.