martes, 31 de enero de 2023

EL TRAPECISTA

 


            Anatol se escapó de su dacha una siesta de verano. Corrió por la vereda empedrada hasta la calle donde viera una enorme carpa desplegada en el descampado que dejara la guerra. Allí del mil colores una enorme construcción, para él, maravillosa, se abría a la curiosidad de la gente. Se escondió entre unos carromatos y esperó.

            Al atardecer, comenzó a llegar gente que se detenía en una casilla donde un pintoresco payaso abría una boca grande y por ahí, pasaban un papel y la gente dejaba un rublo.

            Se deslizó por debajo de una tela rústica y pesada. Entró como un invasor. Desprevenidos sus padres que regresaban del campo no advirtieron su ausencia. Comieron sopa de col, como todos los días e imaginaron que Anatol, andaría vagando por el campo buscando nidos y huevos. Él, estaba dentro del circo.

            Cada cosa que sucedía allí, lo dejaba extasiado. Abría los ojos y la boca sin emitir sonidos, escondido debajo de un banco de madera. Allí quedó quieto. Un atronador tambor llamó a silencio al escaso público. Una luz se elevó al centro de la carpa; ahí suspendido como un ave estaba un joven de figura atlética haciendo piruetas y movimientos elásticos que lo hacían volar por los aires.

            Anatol, vio que debajo había una red, pero no le puso mucha atención, ya que quería ver las volteretas y formas que creaba el muchacho. ¡Eso haré yo cuando crezca! Y soñó.

 

            Pasaron diez años y Anatol se fue. La gran ciudad lo recibió como recibe a los inocentes. Se lo tragó. Tenía apenas quince años y muchos sueños. Buscó trabajo en una fábrica y comenzó a indagar dónde había una escuela de trapecistas. Y en ese momento encontró una que estaba en un centro comunal del partido. Se inscribió y al comienzo fue duro el entrenamiento, pero más tenaz que hábil, logró llamar la atención de un profesor que lo tomó bajo su mano.

            Luchó para ser el mejor. Así llegó pasando de etapa en etapa hasta llegar a ser el mejor trapecista del instituto. Él, no sabía de política ni de poder, sólo de sacrificio y esmero.

            Una mañana lo visitó el comisario del partido y le propuso representar a su país en una olimpiada en Alemania. Pero el soñaba con ir al circo. No tuvo alternativa y por primera vez, viajó en avión, representó con excelencia la bandera de su país. Ganó una medalla de oro. Lo llenaron de honores cuando regresó a su país. Cuando un periodista le preguntó cuál era su sueño, él, dijo ser trapecista del circo. ¡Entonces, lo llevaron como el soñaba y realizó unas largas temporadas de país en país, de pueblo en pueblo.          Un día llegó a su pueblo. Buscó a sus padres…ya no vivían ahí. Cuando estaba en lo alto del trapecio; vio a su madre y a su padre que lo miraban asombrados sin reconocer a su hijo perdido. Se distrajo y cayó. ¡Gracias a Dios había una red debajo que contuvo su cuerpo! El grito fue enorme. Su madre lo había reconocido y corrió a abrazarlo entre los hilos de soga que sostuvieron su cuerpo. Un beso infinito lo envolvió y lágrimas de ternura cubrieron el cuerpo del trapecista más afamado del país. Anatol, no quiso seguir en el circo porque sus padres ya estaban muy ancianos y lo necesitaban.

 

LOS ACANTILADOS

 

La buaturé seguía por la angosta carretera de cornisa. Dentro viajaban los oficiales de la GESTAPO. Sus uniformes impecables, dominaban el espacio y las manos lechosas de los jóvenes militares, contrastaban con el rubor de sus mejillas. Eran casi niños. Ya habían muerto en batalla los viejos combatientes de muchas contiendas. Heber, había salido de sus últimas cátedras de física en su ciudad: Berlín. Su madre había llorado varios días y en las noches caminaba como un sonámbulo dentro de su habitación. Él, creía en las palabras del Führer y se entregó maravillado a su trabajo. Otto, era rústico y desconfiado. Miraba con resignación esa tarea que no le gustaba. Añoraba su granja, sus tropillas de caballos y yeguas, que largaba en los alrededores del río. Frank, era muy religioso. No hablaba y leía obstinado su Biblia.

El camino se fue estrechando y comenzaron las rocas multicolores y los precipicios, el chofer era un regordete anciano, que dejó su familia obligado. No quería entrar en esa vida. Su ropa era estrecha, le dolían los pies, con las botas viejas y muy usadas que le habían proporcionado. Además, fumaba unos extraños cigarros de un olor a muertos espantoso. Frank, le dio suavemente la orden que dejara de hacer eso. Fumar. Él, se le rió en la cara. Mire Niño, yo hago lo que quiero. Ya no tengo edad para disparates. No supieron cómo actuar, era falta de experiencia y no sabían lo osados e inescrupulosos que eran otros oficiales de la GESTAPO.

Al llegar a la orilla de mar, pero sobre una carretera que bordeaba cerros y viejas montañas, el auto se detuvo. ¡Debemos bajarnos señores! Los neumáticos no resisten el peso.

Otto, sacó su luguer y puso punto final al chofer. El viejo despatarrado, quedó sobre un costado. Heber se alejó, estaba fuera de si. Nunca pensó que ese muchacho, haría algo tan desopilante. ¿Mataste a un servidor de la causa? No obtuvo respuesta. Sólo escuchó la voz de Frank diciendo: Ahora el coche rodará con menos peso.

Esa locura lo sobrepasó. Heber comenzó a discutir sin pensar la reacción de sus compañeros. En el camino, entre los vientos fuertes y el movimiento de los pinos, se oyó un balazo. El cuerpo inerte de Heber, cayó por el acantilado y quedó extendido en la orilla del mar. Las olas cubrirían su cuerpo y con lo que ocurría en la zona, pensarían que había sido algún enemigo del régimen.

El coche siguió su derrotero, ellos tenían que ir a cumplir con la consigna final. Matar al Führer.

PALOMA

 

Estaba asombrada. Caminaba como un gato, como felino buscando una presa. Era un momento de sostener esperanzas. Gastón le había llamado pidiéndole una cita. Esa tarde la estaría esperando en la confitería de la plaza mayor del pueblo. Era la primera vez que se verían a plena luz del día. ¡Era muy extraño! Él era casado y siempre se lo dijo. Nunca ocultó su estado y su compromiso.

Lo conoció en una reunión de pequeños comercios de la zona, donde se reunían los propietarios de negocios que dependían de si mismos. Nadie los presentó, pero apenas se miraron ella sintió que algo los unía. Su amiga Magdalena, que creía en otras vidas, cuando le comentó, le dijo muy suelta de cuerpo: "En otra vida ha sido tu amor".

Paloma no creyó en eso. Se acercó el hombre y con una sonrisa le dio la mano dando su nombre: Gastón Fernández. En su dedo brillaba la alianza de oro. No cabía dudad que era casado. Ella, no se hizo problema. No lo veía como a un ser "conquistable". Fue él, el que en los momentos de descanso la buscó y charló sobre mil cosas. Era agradable. Gastón le dejó la tarjeta y ella, casi como por obligación le entregó la suya.

Paloma, es la secretaria de una empresa grande y su jefe, le había solicitado lo reemplazara en esas inútiles reuniones de trabajo. No se arrepintió. Conoció a algunas personas interesantes y escuchó atenta opiniones tan dispares, que salió a punto cero. Nada que se pudiera aplicar a la empresa.

Una semana después recibió un llamado de Gastón. Le pedía unos datos del mercado y la bolsa. Ella le mandó por fax datos y comentarios breves. Dos días después él, le llamó para hablar y charlaron como veinte minutos. Sus compañeros se miraban asombrados. Ella nunca había usado del tiempo de trabajo hablando de cosas intrascendentes.

Pasó una semana y le llamaba día por medio. Le contó de la enfermedad de su mujer, de su perro que tenía un problema de salud, de su cocha al que quería cambiar por uno más nuevo. Ya parecían amigos de toda la vida. Ella le contó que estaba lejos de su familia, que había venido de otro pueblo a ese para tener mejor trabajo y un sin fin de detalles personales.

A veces filosofaban. A veces se reían con alguna noticia estrafalaria del medio. Pasó el año. No se habían vuelto a ver personalmente. Ella se fue de vacaciones a su pueblo y le contó a su madre la amistad que tenía con Gastón. ¡Ten cuidado hija, puede ser una mala persona! Mamá, si nunca nos vemos, solo hablamos por teléfono. Además fue sincero y no ocultó su matrimonio. ¡Bueno, pero cuídate, no es muy normal que no se vean y solo hablen! Bueno mamá, seré cauta.

Cuando regresó ella lo llamó. No atendieron el teléfono. Dejo un mensaje de voz. Y por varios días no la llamó. Cuando lo hizo, estaba muy consternado. Su esposa había tenido un ataque y la tuvo que internar en un sanatorio. Pero le pedía disculpas. 

Por eso esa mañana, caminó con cautela, pisaba sobre las calles con pies alados, apenas si sus sandalias, dejaban huellas en la vereda. Llegó a la confitería y tras los vidrios, lo vio. Parecía cien años más viejo. Su cabello castaño era un ralo mechón blanco. Entró y se dirigió a la mesa donde revolvía sin descanso una cucharita en la taza de café. Parecía perdido. Se paró y le corrió amable la silla. Ella se acomodó y sin más ni más, él, le tomó las manos y se puso a llorar.

¡La tuve que ingresar en un sanatorio para enfermos mentales crónicos! Ya no duermo pensando que esa hermosa mujer que amé, amo y amaré siempre está encerrada entre cuatro paredes sin otra meta que la soledad interior y exterior. Paloma, se sintió amargamente sola. Ella estaba allí remplazando a una alienada. De alguna manera su madre había tenido razón. Él, se aferraba una mujer joven sin ofrecer ningún tipo de compromiso, ni amor. Miró a su alrededor y vio un sin fin de seres solitarios que leían el periódico, fumaban y tomaban café o bebidas con alcohol. Su corazón esperaba otra cosa. ¡Tal vez, el amor que soñaba!

Hablaron un rato y Paloma, le dijo lo que sentía. Él, la miró un rato y sostuvo que nunca le había dado esperanzas de otra cosa que una gran amistad. Ella se paró, se arregló la falda, le dio un cálido beso en las mejillas y le dijo: "Nunca más me vuelvas a llamar, quédate rumiando tus desgracias, yo lo haré con las mías. Adiós." Y como una paloma de la plaza alzó vuelo hacia la soledad de su vida.

LIBERATO

 

 

Estaba galopando, agazapado en la orilla de un cielo infinito. El odio lo consumía. Receloso de furia e inusitada sed de venganza. Su caballo vuela y vuela una arista deshilachada de su poncho viejo. Solo, el hombre, regresaba de comprobar que los salvajes, le habían "cuatrereado" la hacienda. Seguro la llevaron por el valle a Chile. El viento, en el naciente, la tierra que levantaban los cascos de otros potros de los salvajes, le alimentaban la sed de venganza. Su poca tierra, era como un arcón de suerte abandonada. Gastada por la perversa miseria de los hombres de campo de los límites de los nativos. Liberato, arracimaba camino al infierno, que indiferente, lo dejaba hambriento y sediento. Hombre solo. Los salvajes, rompían y quemaban las taperas dejándolo más solo. No podía tener una mujer que le diera una familia. La primera que llevó la llevaron ellos, y desapareció como un fantasma inalcanzable. ¡Pobre hembra! ¿Qué habrá sido de ella? Sabía que les arrancaban la planta de los pies para que no escaparan. Las maniataban y les pegaban por ser blancas y cristianas.

Siguió galopando, sin esperanza de futuro, galopando el inmenso espacio marginal de la pampa. Gaucho olvidado, solo. Una piedra, u eucalipto, un pájaro emigrante. Vio a lo lejos una recua de mulas y caballo. No eran de los salvajes. Eran criollos como él. Parpadeó y con la mano hizo un gesto de visera para ver mejor. Tuvo miedo. Pueden ser cuatreros, a mal lugar han venido a robar hacienda, no queda nada.

Se llevó la mano a la cintura, donde tenía un arma. Pero al acercarse el grupo, pudo ver que era gente vestida con ropa de otra laya.

Se detuvo. Aparejó el caballo que salivaba y transpiraba como un humano. El ocaso asomaba desde el este y se iba cubriendo la campiña con colores de gloria. Hizo pie, se apeó con las dudas y la curiosidad de los hombres de la tierra abandonada. Había creado una suerte de refugio con carpas y palos. Escuchó los arpegios de una guitarra silenciada por las coces de los animales en la tierra. Comenzaba el monte a estar sombrío. El sol, pensó, que enamora los árboles y los pájaros, se duerme para dar paso a la noche. Atrapando los sonidos de animales agrestes y salvajes, como esos salvajes que se robaban todo. Él, era una mezcla rara. Sus tatas eran gringos de una Italia lejana y su madre era "India", rescatada por unos vendedores de armas a los salvajes. La cambiaron por dos Rémington, y la llevaron como aun animal más de la tierra. La pobre se acollaró con su tata que la cuidó y defendió del la ferocidad de algunos contrabandistas. Él, Liberato, era una mezcla rara. Flaco, enjuto, ralo, rubio de ojos celestes y pelo como crines de azabache, terco y vengativo.

Se acercó como un puma, silencioso y esquivo. El fuego le daba un color especial al que había puesto un trozo de carne a asar en una suerte de espadas. Mano a mano vio que bebían de un mate, cuyo sabor él, aun no conseguía apreciar. ¡Cosa de "indios" había dicho su tata! De la grupa del jamelgo sacó la cantimplora con agua del río. Estaba aun fresca y dulce. Le ofreció al que tocaba la guitarra. Bebió en silencio y lo miraron extrañado. ¿Quién se atreve por estos pagos? Soy Liberato... simplemente Liberato, dueño, era de una tropa de ganado que se llevaron los salvajes.

¡Nosotros, venimos desde la ciudad, enviados por el ministerio, para atrapar a esos renegados! El gaucho echó a reír, era una mala idea atrapar a esos hombres que ya habrían atravesado la cordillera y estaban en el otro lado. Se sentó junto al fuego y de su faja, sacó un puñado de billetes. Pago por un trozo de esa carne y por aguardiente, si tienen. Y se rieron a carcajadas los otros. Todo esto es gratis, lo paga el ministerio.

Liberato se quedó serio, y dando un soplido dijo: "Yo no acostumbro a que nadie me regale nada". O pago o sigo mi camino. Los otros se miraron sorprendidos. Pero bueno hombre serían... se miraron. Veinte billetes de los nuevos. ¿Qué, de qué nuevos me hablan? De los que ha inventado el nuevo presidente. Mire. Y pasaron unos flamantes papeles de color con la cara de un hombre de bigotes y barba. Liberato, se despidió. Me voy, dijo, quédense ustedes intentando lo imposible. Los salvajes ya no están en esta tierra. Montó su pingo y galopando siguió atrapando los sonidos de la noche. Se alejó pensando con más odio en los que no sabían cómo era la vida en esa zona de salvajes.

lunes, 30 de enero de 2023

Hubo otro tiempo y...

 

 

No hay futuro me dijo

un pájaro agorero con mirada de arpía y

yo metí las manos

en el agua sonriente del río de la vida.

Olor de incienso me transmitía tu mirada.

 

Allí te encontré

pintado el rostro con ceniza

te miré en el espejo

detrás, donde el candado escondió las respuestas y

recordé tu nombre             tu zodíaco pétreo

que agoniza en silencio con el pueblo olvidado.

 

VIEJO MANUEL

  

            En la oscuridad brilló el cerillo con luz roja hasta perderse en sombras de humo azul. Estaba apretado contra el muro de piedra, como cobijándose de un chubasco inexistente. Envuelto en la noche sólo se oye el rumor de algún paso lejano en los corredores solitarios.

            Ya no era Manuel el que miraba interrogando las sombras, era otro. Encendió otro cerillo y paneó alrededor con admiración y sorpresa. No había nadie. Otras veces había guardias que lo jaqueaban con sus batas blancas y ojos cetrinos. Ahora buscaba a Violeta que seguro no estaba tuberculosa y viviría para cantar o a Lucía para evocar la escena de locura o Julieta cantando en el balcón para él. ¡No puedo! Han pasado las doce y el carillón del parque no ha sonado como todos los días.

            La luz titila en su mano temblorosa. Se agazapa escondiéndose de sus perseguidores. Tiene puesta la capa de la obra que interpretó hace muchos años. “Hamlet”. Se desliza por el pasillo y abre una puerta con protesta de metal. Ingresa y la mirada perdida desplaza una visión fantasmal por la habitación. En un lecho duerme un hombre tapado con un hilachento cobertor blanco que desentona con el gris que los envuelve. Manuel se acerca, le tiembla el pulso cuando toca la frente húmeda del yacente, éste se mueve y alarga una mano vendada buscando algo. “Tartufo” acá tienes tu pan. Tal vez el alimento que no te han traído hoy, te creen moribundo. Te han olvidado en la espera. El viejo le entrega un bollo que escondió entre sus ropas y sale casi como un alma en pena.

            El hospicio es frío y oscuro. Todos son forasteros de tiempo, que están allí por designio del destino, no es una penitenciaría pero lo parece. La soledad envuelve a cada interno. Forzados a ser nada por un descuido de su familias están esperando la libertad final. ¿Todos son desperdicios humanos? No poseen nada y eso atrae la soledad y la desidia del mundo indiferente.

            Acorralados, detenidos en una nada de estratégica espera; buscan la escapada última. Son simples cosas, son los “viejos” que van declinando en el espacio y el pasar de los calendarios y relojes.

            Dulce muerte que llega siempre a tiempo en primavera. Es paradójico pero mueren siempre en primavera. Manuel, otrora gran tenor, canta cuando puede y escondido en un armario tras la puerta de un salón, para que no le den esas medicinas que él escupe cuando sale la matrona de las llaves, a su encuentro. Es el cancerbero de la honorable sede de gerontes olvidados. Siempre de blanco inmaculado el uniforme, sin arrugas y afeites que la transformen en humano. Su nombre es Dorotea, pero nadie la llama así. Señora Tremon a secas. El médico del Estado viene dos veces por semana y sólo asiste a los que presentan dolencias fatales. Moribundos silentes. Revisa apenas a los a que están exánimes. Deja junto al camastro, con una cinta con goma sobre la cabecera, un papel con el nombre de algún calmante u otro remedio que nunca llegará a tiempo. No los toca, no los ausculta, no los ve. Sólo se detiene en los que ya son un despojo. Tiene que correr a otro nosocomio y tiene 60 turnos dados por otra enfermera inhóspita.

            En la mañana del jueves quince de diciembre Manuel despierta con un suave cosquilleo en la espalda. Tiene una pequeña saliente en los omóplatos. Pasan los días y cuando canta “Trovatore” o “Cosí fan Tutte” le crece y al pasar varias semanas, la señora Tremon trae al doctor, está preocupada. Ha visto que en la espalda del viejo Manuel hay pequeñas plumas de color ambarino, que pasan a ser un objeto indeseable en la institución. ¡Son un hermoso par de alas” dice el doctor sin pestañear! Si bien no es común, en los viejos artistas soñadores puede suceder que le crezcan alas.

            Los corredores se han iluminado y ya no hace tanto frío. Es verano. Manuel emprende un primer vuelo por el patio. Luego ensancha el horizonte y desaparece como Ícaro volando hacia el sol, cantando, siempre cantando una ópera de su repertorio.

VIEJA HISTORIA IMPOSIBLE

 

            La calle es como un escondite de hierbajos lóbregos. Silba el viento entre las ramas desprolijas de los eucaliptos. Un paredón taciturno marca el límite de las casas deshabitadas con el bullicio de la ciudad. Detrás de ese toldo manifiesto de destierro, ruge la vida con furiosa porfía. Es viernes y cada cual busca acabar con sus tareas.

            Yo estoy ahí, perdido en mis cavilaciones. Solo. Hace tiempo que he perdido el deseo de arrimarme a la otra orilla. Sé, que envejeceré distanciando la temporada de prosperidad en reiteración de nada. Transformaré el mutismo en castigo compartido con los que se han ido. Narela ya partió. En su figura de obstinada dignidad, comenzaban a aparecer los márgenes de lo previsto.            Una sutil delgadez, le imprimía un desvaído rosa parafinado a su piel translúcida. El cabello, otrora negro, brillante y despeinado, comenzó a tornar en un opalescente gris. Antes, caían sus rulos por la espalda, configurando sus caderas firmes y maternales. Eran dulces cintas que procuraban llenarse de luces del arco iris matinal o vespertino. Narela era hermosa y ella lo sabía. Todos lo sabíamos y la rodeamos de exquisitas atenciones.

            Todo el tiempo en que se dejó amar en esta casa sombría, se desplazó con dilatada alegría. Un día vi sus ojos demasiado verdes para ser de una mujer tan nuestra. Tan humana. Sospeché que el tiempo se acercaba. Limité mi necesidad de aferrarme a quien yo sabía no era mía. Mis años, me han argumentado que el futuro está cerca. Que la dueña, esa intrépida impía se avecinaba sin piedad hasta mi dominio. Mi cuerpo se preparaba para el orco que supe conseguir a través de la vida.

            Soy un auténtico ruin. Un pérfido. Un mentiroso. ¡Pero ella era una corzuela llena de belleza! Atrapada por el lodazal del salvaje que le mostró ternura en su desamparo. No supo nunca en qué trampa caía. Y yo, miré la celada que la enredaba y no hice nada. Traidor. Soy y fui un traidor, lo acepto. Ahora observo detrás de los cristales ahumados por el polvo y ya no puedo hacer nada. No retrocedo. Miro.

            La calle cobra un inusitado movimiento. Viene por la grava trabajosa, un coche. Los caballos, tienen espuma en toda su piel, por el paso persistente que le imprime el látigo. Los belfos, húmedos aceptan sin despojarse de los hierros ajustados que marcan su camino. Amé siempre esos animales nobles y distinguidos, de alzada perfecta, crines al viento en su marcha forzosa hacia algún destino. Eran parte de mi vida.

            Se detienen en mi portal, la herrería amohosada, disimula mi presencia. Quisiera huir, pero algo me detiene. Giro sobre mis cansadas articulaciones y me acerco al sonido disparatado que se avecina por las piedras irritadas del camino del frente. Hay un hombre. Sostiene las riendas con fuerza y se agita observando por los vitrales muertos que aun sobreviven. Se abre la puerta, pesada maniobra que se produce un esfuerzo vital que ya no poseo. Me empuja. Trae una carta amarillenta al aire como trofeo de guerra. El sello, que conozco, me hace sonreír. Se distrae mirando hacia el balcón del rellano, donde una fugaz sombra se desliza urgente. Desaparece. La sombra. Otra vez la sombra. Desaparece a tiempo, para que el caballero suba urgiendo su encandilamiento.

            Busca. No hay nadie, digo. Hace tiempo que no hay nadie. No me oye y comienza a abrir las puertas, los cajones, las celosías que seden y se caen podridas en el pasto del jardín muerto. Todo está muerto. Rebusca en los muebles, el secreter y las trampas que sabe tiene el viejo moblaje. Se enfurece. Embutido en una cómoda enclenque, encuentra un escondrijo y atrapa las cartas, envueltas en cintas de terciopelo añil. Aquí están, dice. Y yo me lleno de bochorno. Ha logrado inmiscuirse en el pasado. Arrebatado, baja las escaleras, que se van desplomando a su carrera. No vuelve el rostro atrás, si no, vería que me deshago en polvo. Porque de polvo estoy hecho para confundir a los que se atreven a ingresar en el mundo de lo arcano. Narela, se acerca a la ventana. Mira al esforzado jinete. Sabe que nunca encontrará a quien lo envió a la casa. Ella quisiera mostrarse. No puede. Ya es imposible. El sol oculta tras la casa la luz y una sombra se escurre entre los árboles que gimen en la noche. Otra vez es viernes. 

UN CUENTO DE AMOR Y DE GUERRA

 

El fuego la hacia sentirse como Dios, cuando vio el sol; entonces inventó la novela de un amor imposible y tormentoso. Al alba, descalza caminaba en la nieve esperando la llegada del soldado que la había escondido en el desván. Cuando el sol comenzaba a iluminar los árboles y ella recordaba el beso, que como un rayo le atravesó los labios, de ese hombre desconocido, que podía matarla con el arma que llevaba en la cintura y sólo atinó a abrazarla, y besarla lenta y silencioso con la boca oliendo a hierbas húmedas, a setas, a musgo. La envolvió en una capa de color gris, sucia y rota y subió al altillo y la dejó, quieta y callada, haciendo una señal de: “No hables, ni grites, ni te muevas” que aceptó inmutable. ¡Pero no llegaba! Se fue la nieve y siguió esperando. Famélica, sudorosa, aterrorizada. ¿La guerra continuaba a la distancia? Se oían los ruidos de metales que chirriaban sobre la tierra mojada y los sonidos de balas de todo calibre.

En la sala, cuando necesariamente bajaba del desván, olía a soledad y a muerte. Pero ella se había propuesto recuperar ese amor imposible.

Cuando llegaron las tropas, recorrieron la casa vacía y estaban a punto de salir, cuando un crujido, alertó a los hombres. El más viejo, miró hacia el techo y con el dedo, señaló hacia arriba. Un mozo joven, imberbe, subió lentamente la frágil escalera con el arma lista. Abrió la puerta y encontró a una joven moribunda, abrazada a una capa y con una carta en las manos que apenas se podía leer.

“Amor mío, te seguiré esperando hasta tu regreso”. El muchacho hizo una seña llamando al veterano y éste, comenzó a trepar lentamente los escalones que crujían con su peso. Ella lo miró y cubriéndose con el brazo escuálido, la cara, con un sollozo, le preguntó: ¿Ha regresado mi amado? Y cayó desmayada entre los brazos del hombre.

Nadie se atrevió a tocarla. Llegó un enfermero y luego de auscultarla, les dijo que le quedaban horas de vida. Estaba deshidratada y muy enferma. Neumonía.

El rostro de los hombres curtidos por la vida entre trincheras y hoyos de morteros, se ensombreció y alguna lágrima rodó por la piel curtida. Uno de ellos, acercándose le dijo: ¡Amor mío, he vuelto! Y la acurrucó en su pecho con olor a pólvora y barro seco.

Ella, se enlazó al cuello y suspiró. ¡Has regresado! ¡Mira el sol, es fuego que entibiará nuestra casa! Y se quedó dormida. Le dejaron comida suficiente y remedios y una carta que decía: ¡Amor mío, tengo que irme, pero debes superar esto y curarte! ¡Volveré a buscarte!

En el verano, cuando ya los árboles cuajados de frutos mostraban la vida de la naturaleza generosa, ella repuesta, vio por el sendero que avanzaba un hombre. Era el joven soldado que la había encontrado en el altillo, que cumplía una promesa hecha por otro que quedó en una trinchera cualquiera del horror pasado.

 

 

viernes, 27 de enero de 2023

AQUELLA JOVEN DEL ABRIGO COLOR VIOLETA

 

            ¡Conocer por el periódico o el noticiero la muerte de una joven de no más de veintisiete años, en medio de un parque, con signos de haber sido duramente golpeada; no es ninguna novedad! Casi se puede decir que es algo corriente.  Atados al alcohol, pelean sin ton ni son.

Unos mueren en accidentes, otros con ingesta de vino o Fernet hasta caer en coma y casi todos entran perdidos por las drogas en las guardias médicas. Los pobres periodistas ya no saben qué agregar para darle un tono diferente y llamativo a la noticia. El locutor más asombroso, fue el que se secó una lágrima en público, diciendo que podía ser su hija. Le respondieron airados, cientos de personas, llenando el Facebook del canal, que eran padres o madres de hijas o hijos muertos, en forma semejante. Por lo que nunca más recurrió a tal artimaña para atraer a la audiencia.

            El tema de la mañana, me pegó un golpe bajo, cuando hicieron un paneo y vi el abrigo color violeta de la infeliz chica. Reconocí el que vendí la semana pasada en la pequeña boutique donde trabajo. Era de buena calidad y tenía un detalle, que inevitablemente, me hizo sentir como parte de la historia.

 Ni loca me presentaría a la policía a contar que, una simple empleada de “Madame Rouge”, sabía el nombre y domicilio de la víctima. ¿Y si la habían matado rufianes a sueldo de la mafia o algún oscuro asesino, de esos que matan en serie? Me iba a ver innecesariamente involucrada y capaz que, por hacerme callar, sería  la próxima víctima.

Cuando vi la foto me sorprendí. No era la mujer a la que le vendí el modelo. La otra era rubia con mechitas color cobre, ojos verdes y nariz súper operada, colágeno en los labios y pechos de cirugía. Altísima, los pies  y manos muy cuidadas. Y un tono de voz indescriptible. La mujer que vi en el periódico era morena, de rostro anguloso, ojos marrones y cabello oscuro.

Pensé que era imposible. Mi jefa jamás hubiera comprado dos abrigos iguales para vender y menos, a ese tipo de muchacha vulgar, que mostraban las fotografías. Guardé la hoja del diario en el bolso, cuando llegué esa mañana al negocio la dueña del local estaba allí. Me sorprendí. ¡Nunca llegaba tan temprano! Se veía ojerosa y muy nerviosa.

Me cambié. Calcé tacones como ella exige, me maquillé más y perfumé con loción Madame Rouge, que tiene mucha canela y vainilla, difícil para mi nariz. No es de mi gusto. Me quedan bien las frescas y cítricas. ¡Pero este trabajo es muy bueno y no lo quiero perder!

            Cuando me acerqué a su escritorio, la vi rodeada por dos hombres más o menos jóvenes. Uno era rudo y con un vozarrón que atravesaba el cerebro. El otro, un poco más joven. Gentil, delicado sin exageración y muy educado. Hablaban a media voz. Al acercarme más, me clavaron la vista. Sentí frío en la espalda y, como si fuera un mono enjaulado, quedé prisionera del momento.

             Me sentaron junto a ellos. El mayor comenzó a interrogarme. Miraba con ojos de metal hiriente derechito a mis pupilas. Que si  conocía a la víctima. Qué si tenía su filiación. Qué si la acompañaba alguien. Y mil interrogantes más. Expresé: “¡Sólo había vendido la prenda al contado, no recogió la factura, que tiré luego de unos días! ¡Que la mujer estaba muy apurada y ni se había probado el abrigo! ¡Ah, y estaba sola¡”. Eso dije. No era verdad.

            El miedo me impide imaginar por qué callé detalles. Le temo a los hombres y más aún si son de investigaciones. A esos les huyo. Sobreviví a uno —mi papá— que me hizo escapar del pueblo donde nací, de la familia y de todo lo que amaba.

            Sara, mi jefa, me observaba sorprendida e inquisitiva, ya que soy amable y graciosa, vivo haciendo chanzas. Estaba seria y en silencio. Sólo me levanté de la silla para atender a una clienta que viene muy seguido, lo que hice rápidamente. Ella, la jefa, escrutaba mi rostro y yo, indiferente, evitaba confrontar con aquellos hombres.

            Salieron del negocio dejándonos un papel con los teléfonos anotados por si recordábamos algo. Ni loca les llamaría. Imaginé ser perseguida por una horda de delincuentes capaces de asesinarme. Los que matan en serie como en el cine.

            Traté de evitar a la señora Sara, inútilmente. Se sentó con su consabida taza de café con un chorrito de gin, encendió su pipa — fuma en pipa— y comenzó a indagarme.

            Intenté no abrir la boca. Sabía muy poco de mi vida y odio andar por ahí contando mi dura existencia. Pero fue imposible. Hablé de un solo tirón. Me explayé. Exigí, eso sí, que me guardara el secreto.

Le mostré la factura con el nombre de quien compró el “abrigo violeta”, su dirección y teléfono. Le aseguré que no era la misma persona. Esa que mostraba la tele. Quedó sorprendida y molesta. Conmigo no, sino que para ella había algo raro, como decía mi mamá: “Gato encerrado”.

Tomó el teléfono y marcó el número que había en la factura. Atendió una voz femenina, con el mismo timbre que yo le oyera en el probador, cuando vino a la boutique. Sara le pidió, si podía venir a la tienda porque había encontrado una falla en la prenda de ese modisto. “Le encargo que traiga la que le vendí”, aclaró. La mujer, muy ofuscada, dijo que se le había perdido. Que alguien se lo arrebató en el playón del supermercado y que no tenía tiempo, viajaba esa misma tarde a Miami. Cortó la comunicación. Eso molestó mucho, intrigó a la señora y se tentó de avisar a los investigadores.

Sucedió, igual, algo inesperado. A minutos de esa llamada, llegaron dos encapuchados. Armados hasta los dientes. Rompieron todo el negocio buscando lo que tenía escondido en el lugar menos accesible de la boutique. Ni pienso decir donde oculté el talonario con las facturas y datos de los clientes. Golpearon a Sara, a mí no porque sé escabullirme, no por cualquier cosa salí del pueblo.

Luego de romper todo, a uno de ellos se le deslizó algo, inadvertidamente levitó detrás del maniquí. Me moví como un gusano cubriéndolo con el cuerpo. La energía negativa de esos tipos me alteró mucho. Quedamos deshechas, pero vivas. ¡Era una advertencia, si hablábamos nos matarían! ¿Así son esos malvados?

Cuando pude erguirme, atrapé lo que se le cayó al tipo, vi que era una foto. Era la mujer rubia, la del abrigo violeta, pero estaba tal cual debe ser en realidad… ¡Un travestido en sus ropas de entre casa! Ahí pude comprender lo que había pasado por alto. Yo había atendido a un hombre y probablemente era quien mató a la mujer morena. ¿Sería mujer u otro travestido?

Mejor fue que, tanto Sara como yo, nos metiéramos la idea de ser justicieras, en un cajón de la boutique. Y a los policías no decirles un ápice. ¡Tal vez, ellos estuvieran involucrados! Rompí los papeles que había guardado,  uno por uno, y los tiré por el desagüe del baño.

            Me mudé a otra ciudad y la señora Sara se fue a vivir a Miami. A veces recibo una llamada suya para consolarme. Nos enterábamos por Internet de los pasos que seguían a los grupos activistas que trataban de imponer un límite a la muerte de travestis y gay en la gran ciudad. ¡Nada lograban!

Un día, en el metro, me enfrenté al personaje del abrigo violeta de la vieja historia. Me miró asombrado. Pretendió detenerme tomándome del brazo, aplicando una fuerza brutal en mi muñeca. Aún no recuerdo cómo logré zafar y desaparecí entre la multitud en la estación. Pero huí al oeste en busca de otra oportunidad. 

            Estoy cansada de evadirme de este grotesco infierno de violencia gratuita que me rodea. Mi infancia fue un mundo de mentiras y maldad que oculté. ¡Apariencias!. Mi juventud que recién comienza y a la que tengo derecho es el futuro. ¡Por eso me dispongo a otro cambio más! Quiero ser libre.


LA HERRERÍA


 

La discusión llegaba hasta el cobertizo de los trastos. La pobre Aurelia hacía los últimos esfuerzos para parir. Ya lo había hecho desde que su madre la casó con Emeterio, el herrero a los dieciséis años. Este era el noveno niño que llegaba al mundo y parecía fuerte, más fuerte que los dos anteriores.

Una resistencia más y apareció una niña. ¡Por suerte una fémina! Era la tercera mujer entre seis varones. La discusión aumentó. Se tiene que llamar como la abuela Narcisa…; no como la Asunta, la madrina de Emeterio…; no como la tía Julia.

El ir y venir limpiando todo no despejaba el ambiente húmedo y oloroso a menta y albahaca que ponían en el piso tosco de la habitación. Y alcanfor por la llegada de la niña. Entró Emeterio y al ver la creatura dice: -Igual a la Tía Eufemia… y a la pobre le quedó ese nombre.

La mirada triste de Aurelia se detiene en los mellizos. Tienen dos años y están hambrientos, nadie los ha mirado y son tan buenos que no tienen lágrimas para el hambre de amor y atención. Llama a Clara, la pequeña de diez años, su primera hija. Esta llega apresurada, está cocinando una gallina en la enorme olla de hierro en el fogón. Sacó unas brasas de la herrería. El joven ayudante, le ayudó.

La niña mira a los pequeños, que deambulan entre el camastro de la madre y la puerta del único lugar donde no hay tanto ruido.

La “mujercita” como ama de casa precoz, le acerca a su madre un tazón con caldo y carne desmenuzada, zanahorias y apio (cosechado al amanecer); y toma a sus hermanos y los lleva a la mesa primitiva donde desmenuza pana en caldo con patatas pisadas y les da de comer.

Lo hombres, Emeterio y Salvador, el ayudante con los tres hijos pequeños de la familia, van cerca de la fragua y la bigornia, trasuntando los encargos de clientes exigentes del pueblo.

Salvador es un ser que deja perplejo a los vecinos. Joven alto y desgarbado, pero de fueraza increíble con la masa. Callado pero despierto. Atento y creativo. Serio y bonachón. En el pueblo le dicen el “Rojo” o “Colorado”, es el tono que adquirió junto a la forja. Servidor imprescindible y estoico. Columna vertebral de la herrería.

De pronto, aparece Clara y llama al padre. ¡Mamá duerme desde esta mañana! No la podemos despertar. ¿Será normal? Esperen, déjenla descansar y si no despierta me avisan, hay que entregar cinco trabajos al comendador. Marcha la “madrecita” y ocupa el espacio obligado por la circunstancias. Las matronas y vecinas ya se fueron y ha caído un manto gris azuloso sobre la casucha. La luna invisible no ilumina y un viento chillón arremete por los huecos de puertas y ventanas. Clara tapa como puede cada orificio.

Esa noche, crispada por la falta de apoyo, Clara apenas duerme. Su madre no despierta. Un hálito sutil la muestra viva. Pero el sueño profundo confunde a la inocente. ¡Padre mamá no despierta!

Ha pasado un día y nada cambia. Emeterio se acerca y la llama, no contesta. Un dolor y angustia acomete su alma. ¿Dime niña, tu madre te dijo dónde hay billetes? Clara duda. Sí, su madre le indicó un secreto rincón tras los trastos de la cocina. Iré al pueblo a buscar un médico.

La niña prende del pecho adormecido de la madre a Eufemia. Mama, la leche brota suavemente de la copa rosácea de la durmiente. Luego la muchacha, saca de una lata unos billetes de los que cree son más valiosos y se los da a su padre. Éste la acaricia y por primera vez la alza, abraza y besa en la frente y ambas mejillas. Una lágrima asoma por sus ojos verdes. Y una sonrisa tibia aflora de sus labios. ¡Es la primera vez, que ella recuerde! Queda Salvador a cargo de los chicos en el taller, sigue cuidando a tus hermanos pequeños y a tu madre. Yo voy al pueblo. La jaca bien cuidada, brilla su pelaje marrón y ocre, las crines peinadas y chispeantes, se alejan por el camino a la ciudad cercana.

El médico, único en ese pequeño caserío, tiene una docena de pacientes que esperan en la sala y dos o tres en la vereda. Emeterio ingresa y habla con la ayudante; una matrona regordeta y amable que transmite su pedido al galeno. ¡En cuanto termine de solucionar  la salud de los que esperan, irá en su tílburi a la casa del herrero!

Llega la noche y a lo lejos se vislumbra el antiguo coche del médico. El caballo se detiene frente a la casa y Salvador toma las riendas y lo engancha en un aro forjado en la cerca de la veredita. Al ingresar siente un extraño perfume que ya ha olisqueado en otras habitaciones. Era un débil aroma a magnolias y damascos. No tenía parangón con la realidad de austera pobreza de ese hogar. ¿Adónde advirtió esa fragancia espectral?

Se acercó a Aurelia, dormida profundamente y entregada a un mundo fantástico y onírico desconocido para el médico y los hombres. Clara le entregó la única toalla de lino blanco que guardaba su madre para los bautismos.

El Galeno tornó a levantar el cuerpo leve de la mujer y apoyando el oído al los pulmones escuchó curioso un sonido rítmico de la respiración, los latidos algo desordenados y un dejo de inercia impecable. ¡Emeterio, tu mujer duerme! Y creo dormirá un tiempo porque está tan agotada que no tiene fuerzas ni para abrir los labios. Le daré un tónico bebible y le darán sopa de ave todos los días donde se cocinen hierbas que anotaré en este papel. ¿Sabes leer? Entonces búscalas tú mismo en el bosque.

Ella despertará un día como si fuese ayer. A la pequeña, la amamantará mientras pueda, luego me avisas y te conseguiré una mamila de vidrio y les enseñaré cómo deben tratarla. No me pagues hoy. Sales de un momento muy difícil. Está bien dame dos billetes solamente. Ven niña. ¿Cómo era tu nombre? Ah, si, Clara. Será un honor ser tu maestro en estos menesteres.

El  tílburi se aleja en la noche nebulosa. Y los pájaros arrullan el sueño de Aurelia y el llanto de Emeterio. Alrededor del hogar esperan, cada uno de los habitantes, que al amanecer la mujer despierte. Cada cual piensa cosas diferentes, sólo la pequeña Eufemia duerme sin saber lo que sucede en ese caserón de la herrería.

   

UN VESTIDO DE FIESTA

 

Marcela estrenaba esa noche el famoso traje de seda que le había traído de España, la tía Talía. Parecía un ángel con el nácar pálido de volados envolviendo su cintura breve.

En la sala, brillaban las luces multicolores del árbol de navidad. Al pie, un sin fin de envoltorios relucientes anunciaban el alboroto de las próximas fiestas.

Ese día, su fiesta de egresada, le conferían un status diferente. El de haber logrado un diploma de licenciada en psicología y salir por fin de la etapa de "estudiante", para ser profesional.

La cabellera casi infantil, caía sobre la espalda libre y el vuelo de la falda le envolvía las piernas algo deformes por tanto estar parada y por resultado de una polio que le dejó secuelas indelebles. Nada parecía preocuparle. Su fácil sonrisa atraía la mirada curiosa de los muchachos del pueblo.

Cuando entró en el salón donde se desarrollaría la ceremonia de entrega de diplomas, varios rostros se voltearon a mirarla. Estaba espléndida, algo arrogante y seria. Igual, buscó la butaca donde un cartel tenía su nombre: Marcela Morelo. Se ubicó entre dos colegas. Y en silencio esperaron el ingreso de las autoridades.  Atrás, en unza zona dispuesta por la superioridad de la facultad, sabía que estaban su madre, su hermana Josefina y la tía Talía. No imaginó que entre las sombras un hombre la estaba observando. Era su padre que la había abandonado de pequeña.

Ingresaron las autoridades y comenzó la agotadora ceremonia. Ese año habían egresado cincuenta y ocho estudiantes y a cada uno se le entregaba, después de los discursos, un diploma y una medalla recordatoria. Marcela advirtió que a algunos alumnos los aplaudían más que a otros y sonrió pensando Cuando me nombren: ¿Qué pasará? Y al nombrarla fueron muchos los aplausos. Eso la llenó de alegría. Al subir al escenario su cuerpo juvenil, se destacó por el bello vestido de fiesta de sed color lavanda que le daba un maravilloso aspecto de modelo de revista de moda.

Recibió ambos objetos y cuando estaba por descender, el secretario del decano, que actuaba de locutor... dijo: "¡Por ser la alumna más destacada de este ciclo, con un promedio de nueve ochenta, se le entrega una medalla de honor!"... La sorpresa la dejó anonadada. Ella no tenía idea que su esfuerzo había sido refrendado por la universidad.

De pronto vio que todos los compañeros se paraban y aplaudían. Y apareció por el pasillo central un hombre con un enorme ramo de rosas que se acercó a entregarle en los brazos. ¡Así, conoció a su padre! Marcela quedó radiante. Atrás su familia, la que la había apoyado toda la vida, sollozaba de emoción. Mas, su madre lloraba de rabia. Ese hombre jamás le ayudó a contener, alimentar y cuidar a sus hijas. Marcela, agradeció con breves palabras las atenciones de sus profesores, decano y familia y agregó: "Gracias a este señor que me entrega unas bellas flores y que imagino es mi padre, a quien recién conozco". Un estallido de aplausos cubrió la huída del hombre, que sólo esperaba el agradecimiento cuando se aventuró a estar presente cuando su hija había logrado superar todos los impedimentos que la vida le había puesto en el camino. Él desapareció sin dejar rastro.

Marcela descendió y un brillo inusitado envolvió a la muchacha que había logrado ser la mejor alumna. El vestido la envolvía como a una vestal y varios muchachos pensaron... mañana la invito a salir a cenar.

Ella solamente buscó a su madre y abrazando a su tía, les agradeció todo lo que en silencio le habían dado toda la vida.

LAS SOMBRAS

  

En esa ruta secular de sombras, Alcira desplegaba sus sueños. La casa estaba en medio de un enorme parque. Es cierto que algo abandonado por el tiempo transcurrido. Una luna pintada de dorado rojizo, se deslizaba por la piel ardiente de la tierra. Una nube con su lengua se hamacaba en el puentecillo silencioso, creando un cuadro, un tapiz de irreal orfebrería. Callada, la mujer, esperaba el ocaso, el véspero que iniciaba la rueda puntual de los ruidos de la noche.  No podía con su ira.

Quebrantada, ayer y en meses precedentes, no se resignaba en esa soledad que atrofiaba su excelente tarea de arpista. En la noche, abrazaba con ardor el instrumento y una melodía intermitente y consecuente, vibraba en las cuerdas. Su frente, contraída, esperaba soportar el suceso acaecido. 

En su garganta se perdía un grito. Su lengua quería maldecir y buscar venganza. No podía. Recordaba la sangre. Palpitaba aun, el nombre de que se perdió en las sombras ese maldito día. Fernán había traicionado su confianza. Trató de abrazarla, de besarla, de poseerla sin su consentimiento. Y en las sombras un arma mortal, despertó a los pájaros que anidaban en los pinos. Y Fernán cayó cubierto por un manto de sangre.

 Alcira, salió de entre el cuerpo tibio que había intentado rebajarla en su condición de mujer libre y sola. Buscó al que la había salvado, pero no vio a nadie. Estaría muy involucrada con ese crimen inesperado. Entró a la habitación y tomó el teléfono. Llamó pidiendo auxilio. Desde el otro lado prometieron llegar pronto.

Ella encendió un cigarrillo; hacía años que había dejado de fumar, pero sentía tanta angustia que no sabía que hacer con las manos. Vio unas luces que ingresaba por el camino de gramilla. Voces de hombres. Salió. Apagó el pitillo y grande fue su sorpresa cuando donde hasta hacía unos breves momentos, había un cuerpo, ahora no, no había nada. ¿Dónde quedó Fernán? ¿Quién pudo llevarlo, a dónde?

El inspector Raimundes, la obligó a ingresar a la casa. Se sentó en un sillón y comenzó a interrogarla. ¿Usted está segura de lo que relata? ¿Cómo pudo desaparecer el occiso? ¿Alguien estaba con usted o vino a buscarla? Mientras como una cascada llegaban las preguntas, los acompañantes del inspector, revisaban cada centímetro de la casa. El gato, que había dormido plácido junto a la chimenea, salió con paso cansino hacia el jardín. Las sombras se agigantaban y pisó sangre, dejando huellas perceptibles en la veredilla.

Alguien golpeó en la puerta principal. El vecino, un anciano de cuerpo rechoncho y calvo, sosteniendo entre sus dedos secos unos lentes rotos, sin patillas, pidió permiso para ver a Alcira. Un hombre insignificante. Pasó. Se sentó cerca de la mujer y apenas pudo, dijo haber escuchado el estampido de un arma. ¡Que se había preocupado y aclaró que no se acercó antes hasta ver a los autos policiales! ¿Le ha pasado algo grave Alcira?

Ella, sorprendida, le relató lo sucedido. El inspector volvió a reescribir en su libreta lo narrado. Buscaba alguna hendija, algún quiebre en los hechos. Pero todo coincidía. No obstante el policía, por sus largos años de experiencia, comenzó a mirar con mayor atención al vecino. Vio que vestía una bata de toalla sobre su ropa. Unas manchas oscuras en las medias y zapatillas, le llamaron la atención, pero anotó esos rasgos sin decir nada. Regresó el gato y dejó unas marcas de sangre en el piso del salón.

Un ayudante del jefe, tomó las muestras de las huellas. Salió a buscar de dónde provenían esas minúsculas manchas de sangre. No encontraba nada, hasta que en una veredilla, notó un rastro. Allí habían arrastrado a un cuerpo. Llamó a su jefe. Los ayudantes comenzaron otra búsqueda. El cuerpo no aparecía por ninguna parte.

Alcira, sollozaba. El vecino, se acercó y le puso un papel en la mano y se despidió diciendo que si no lo necesitaban, los dejaba hacer sus trabajos tranquilos.

Ella escondió el papel. No tuvo tiempo de leerlo. Se paró de su asiento y caminó hacia el baño. La siguió hasta la puerta uno de los ayudantes, pero lógicamente no ingresó. Ahí abrió el papel y leyó. "Alcira, yo la salvé de ese salvaje. El cadáver lo tengo en un lugar escondido. Descanse. Mañana hablamos".

Salió luego de apretar el disparador de agua del inodoro. Temblaba. La sombra era su vecino, ahora había que buscar la forma de sacarse de encima a la policía.

Finalmente después de llenar varios papeles y ver fotografías de algunos personajes del hampa, se retiraron indicando que regresarían en la mañana. Alcira, asintió. Estaba agotada.

Se detuvo un breve momento en la puerta y allí, encontró un papel con unas palabras muy extrañas. "Mi boca es un enorme vientre a punto de parir un mártir"; su amigo Tancredo. Lo recogió y lo guardó. Mañana sería un larguísimo y difícil día. Llegó a su lecho y cayó en un sueño profundo lleno de espanto. Las sombras cubrieron su noche. Eran sus amigas.

miércoles, 25 de enero de 2023

EL MENSAJE

 

“Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi cintura poblada de fantasmas que blanquean al trasluz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. El cielo se transforma en un oscuro escondite de la sombra, de allí saldrá una nave de tránsito ligero. Viajará la niña, con su perro dormido entre los brazos”.

La carta se cayó entre los pies de la joven que sorprendida, miró tras la ventanilla del tren que volaba sobre la planicie.

No comprendía el mensaje, era como un lenguaje cifrado propio de la contienda. Comenzaba a nevar y la nana la cubrió con una manta de piel. Un fuerte olor a alcanfor penetró en sus pulmones. Sabía que estaba huyendo del infierno, pero no alcanzaba a desentrañar el recado. La hiriente mirada del acompañante le daba temor, era tan dura, tan inquisitiva que creyó imposible dormir.

Sin embargo el movimiento del vagón y el suave calor que le prodigó la manta, le dieron un insinuante sopor, quedó dormida, Y soñó. En la pradera se movía un caballo que galopaba con un andar  cadencioso y firme. Montado en él, un hombre con la capa azul que envolvía su rostro y apenas se mostraba un mechón de cabello renegrido. De repente el tren se detuvo en forma brusca y se despertó. Ingresaron dos soldados vestidos con capotes negros, impermeables, de rostro enrojecido por el frío. Pidieron los papeles y la nana, asustada entregó el suyo y rebuscando nerviosa el de Ludmila, se arrebató  frente a los jóvenes, que por inexpertos, sólo osaban gritar en un idioma incomprensible. La muchacha les pasó el papel, el mensaje. Ellos intentaron leer, pero en su ignorancia, amagaron pedirle a la nana que les leyera.

La mujer abriendo los ojos y respirando profundamente dijo:

 “La niña Ludmila Trensky, es llevada a un monasterio cercano a Moscú, para ser ingresada como enferma mental. Se ruega no molestarla, es muy delicada de salud y su familia, está muy preocupada por su destino” la firma es ilegible, dijo.  Ustedes saben que los médicos y los generales tienen escrituras muy complejas. ¿Verdad?

Los inexpertos soldados, aceptaron la respuesta de la acompañante. No tenían órdenes y no se animaron a persistir. Descendieron del carromato y siguieron junto al tren hasta que éste se perdió entre el humo y la niebla.

Ludmila, cerró los ojos y comenzó a reír. Su risa engrosó el humor del vagón, otros rieron sin saber por qué.

¿Por qué les mentiste? Si ni tú, ni yo entendimos el mensaje. Me parece que ellos no saben ni siquiera las letras… sus ojos parecían los de un cordero enfermo.

¡Ay, Ludmila, si no les inventaba eso, te llevarían y quién sabe qué maldades te harían! Te salvé la vida y honra.

El caballero que  estaba frente a ambas, se atusó los bigotes y sacó una petaca del capote, y por primera vez sonrió. Bebió un largo trago de vodka y

Dijo: ¡Realmente la felicito! Supo engañarlos como corresponde, pero a mí, no. Y parándose, tomó a las dos de los hombros y empujándolas las sacó de la cabina. La manta quedó en el suelo y el mensaje cayó junto a la puerta. Era un extraño correo con notas de máximo valor militar, pero el viento lo sacó por el pasillo y se fue volando por el aire fuera del tren, perdiéndose en la nieve.

 

CORTAR LAS TORMENTAS

 

 

            Artemio echa a andar entre los parrales de verano. Las uvas están muy verdes todavía, hay que esperar para que maduren. Va con la azada al hombro con las manos arqueadas por el polvo de la tierra agreste de las montañas. La acequia cantarina trae poca agua y los sauces se hincan para adsorber el líquido que se encapricha ser ausente.

            Un año con poca lluvia. ¡Como siempre, el Zonda, arremete con furia de fuego sobre los viñedos!

            Las alpargatas levantan un talco terroso y prieto cuando camina Artemio. El sol se va ocultando tras unas nubes negras y amenazadoras. Tormenta. El miedo se arrebata a sonidos de campanas al viento. Granizo. La mirada desesperada se entromete en el fuego del latido austero del hombre del viñedo.

            Se enjuga la frente, que copia el aullido de las ráfagas de viento. Está desesperado. Un año, carpiendo, podando, atando y ahora que el verde se entremezcla con la vida, se viene la tormenta.

            La Justina viene al trote entre los surcos, cuidando de no caerse, que pierde la oportunidad de cambiar la historia. Trae una bolsa de sal y otra de cenizas. Trae esperanza de campesina laboriosa y con antiguas costumbres de los ancestros.

            Cuando cae el primer rayo, luego se siente un trueno que moviliza la tierra. Hace tanto que no escuchan ese sonido augural de la pobreza. Los perros aúllan en el caminito que ha dejado el hombre. Deja la azada apoyada en un álamo. Saca la pala ancha para hacer el rito. Se buscan y se encuentran entre truenos y relámpagos, entre un granizo seco y pequeño que puede triturar la vida.

            Ella, la Justina hace el espacio para comenzar la ceremonia. Él, acerca las cruces que lleva en la ancha faja de su vientre exiguo y recrean las “cruces de sal y ceniza” como lo hacían los abuelos. Rezan de rodillas entre los plantíos que se van mojando poco a poco y merman los granos de hielo que se transforman en lluvia copiosa y fértil.

            La acequia comienza a crecer y ellos empapados, se abrazan por haber logrado desembarullar la tormenta y salvar los frutos.

            En un par de semanas con sol y agua, habrá un misterioso crecer de los parrales y vendrán las uvas a brillar con su color de fiesta y vino futuro.

            La usanza antigua ha dado su amor y su constancia de frutecer sin miedo. El rito antiguo de alejar las tormentas con las cruces de sal y ceniza sigue vigente en la vida de los campesinos.

LETICIA 5

  

            Su despertar era antes que saliera el sol. En esa región no había electricidad y se iluminaban a las horas en que un transformador que funcionaba con gasoil les proporcionaba algo de tensión para los quirófanos.

            Las horas más difíciles eran las del atardecer. A lo lejos se veían los esqueletos de toldos y enramadas que los nativos levantaban según la época del año y las lluvias.

            Leticia espantó del mosquitero algunos insectos. ¡Nunca se acostumbraría a esas mariposas que parecían murciélagos o las arañas patonas y peludas que se subían por las patas de los muebles buscando frescura y comida! Los lugareños le habían advertido que así, tendría a raya los mosquitos que producían más enfermedades que las arañas.

            Recordaba su niñez en su tierra. Allí las había pero eran pequeñas y ponzoñosas. Igual le eran repugnantes. Una vez deshecha de los bichos, se vestía con rapidez y con una aspiradora a pila que le regalara su padre, sorbía cada rincón de su ámbito de vida. Una pequeña habitación de materiales livianos. Su gran defensa era el delantal con las siglas de la O.N.G. que la había invitado.

            Finalmente vestida, higienizada con escasa agua en una palangana de plástico amarillo, despejaba el sudor de una noche húmeda y calurosa. Había aceptado por vocación asistir a esa región de extramundo. Cuando le mandaron el video, supo que nada sería fácil. Todavía había medicina de “brujos” que empíricos, a veces sanaban a sus dolientes enfermos y en su mayoría morían sin mucho llanto ni despedida.

            Salió de su carpa y se encaminó a la enorme carpa blanca donde apenas ingresó le depositaron un jovencito de no más de doce años al que le había estallado una  mina en las piernas. La sangre, esa preciosa joya manaba de las heridas, apenas cubiertas por trapos sucios. La piel sombría y azulada, le hizo apretar los dientes. Pero estaba allí y debía suturar y desinfectar. Un hombre de mirada oscura y sentenciosa la siguió unos pasos, no hablaba pero su mano bajo una sudadera escondía un arma.

            Leticia se volvió y le señaló un cartel que indicaba que no podía pasar. Un gigante moruno, lo sostuvo. No quería dejar al niño en manos de una mujer y blanca, para colmos. El niño estaba muy delicado. Pronto dos enfermeras llegaron con material quirúrgico y bolsas de sangre que traían los helicópteros cada tanto de las ciudades vecinas. El trabajo debía ser rápido, no se podía perder tiempo ni dejar morir al jovencito.

            Leticia necesitó que un colega que no hablaba inglés, le prestara ayuda. Por señas se entendieron. Estabilizaron al enfermito. Ganaba la vida. Comenzaron a llegar otras personas. Todos podían esperar. Recordaba las palabras de sus maestros en la universidad; sonrió, si me vieran es tan diferente allá en mi tierra.

            Agotada se tiró en una hamaca y dejó que una mano generosa le secara el sudor y la sangre que había salpicado su rostro. Otra persona le acercó una botella con soda. El azúcar hizo un pequeño milagro, sintió fuerza para levantarse y seguir. Curó fiebres, piquetes de insectos, cortes de herramientas y huesos quebrados al que le pudo poner un remedio casi arcaico. ¡Una tabla de madera de cajones de los que transportaban los pocos envíos que conseguía la O.N.G.!

            Atardecía y cansada, se acercó a ver a su joven operado. Mutilado, no caminaría más sobre sus delgadas piernas juveniles. ¡Malditas minas!

            Ya se cortaba el suministro de electricidad y debían ir a comer a una de las carpas comedor. Allí, un ser ovillado la detuvo. Era una madre que envuelto tenía un pequeño escondido. Cuando lo vio, descubrió un hermoso niño albino. Su piel alba y su cabello, casi pelusa algodonosa le sonreía debajo de unos hermosos ojos rojos.

            ¡Cure mi niño, por favor! Porque acá lo matarán para usar sus huesos para hacer remedios brujos. Leticia había escuchado esa historia. ¡Los médicos brujos de los clanes, robaban niños albinos para dejarlos morir y descarnándolos, con sus huesitos hacer medicinas!  Se quedó quieta, tomó al niño e ingresó a la carpa comedor. Allí, se le clavaron docenas de ojos. Los nativos, sorprendidos se hicieron atrás, los llegados de otros mundos, los voluntarios se acercaron para verlo y sosteniéndolo, vieron que era sano y fuerte. ¿Qué podemos hacer, preguntó Leticia?

            Un nativo se presentó y dijo, hay que sacarlo de este país, llevarlo lejos. A un país donde pueda vivir y ser un niño útil. Acá corre peligro.

            Leticia, regresó a su carpa y tomó el radio para comunicarse con sus mentores. Un mundo se revolucionó para salvar al pequeño. Pasado varios meses, que lo cuidaron entre todos, Leticia viajó con la madre y el niño a otro país, donde fueron refugiados.

            Los médicos no son sólo operadores de la salud, también son ángeles protectores de los diferentes.

 

 

UNA MAÑANA CUALQUIERA

 


Dejó el coche en la oscura chochera del edificio. Sacó el maletín y varios libros que la acompañaban desde horas tempranas.

Esa mañana, luego de ducharse, hizo un repaso de las mil tareas que tenía por delante. Llamó a Enrriet. Ella, no atendió. Le dejó un mensaje. Se encontrarían esa noche en el restaurante Lafayete. Luego hablarían.

A las ocho se encontró con dos profesores de filosofía, para iniciar un debate con alumnos becarios sudamericanos. Enfrascados en el itinerario de los jóvenes del pensamiento sobre la justicia económica en el siglo; no captó el paso del tiempo. Se acercó un secretario del decano para avisarles que cerraban el aula para el refrigerio y la preparación del claustro previo a la llegada de unos biólogos genetistas alemanes que traían nuevas teorías.

Con dificultad cortaron la discusión. Los alumnos continuaban hablando por los corredores. No llegaron a una conclusión. Se iban perdiendo por la soledad de los largos pasillos de la facultad, cuando comenzó a sonar un celular. Era Enrriet... su voz sonaba en susurros y afectuosa la envolvió con sus sugerencias. Cortó la llamada sonriendo, esa tarde podrían expresar sus cuestiones. Recordó que antes debía pasar por la peluquería, su cabello estaba enojado con la humedad y el clima. Subió al coche y por la carretera escuchó la música que favorecía a su estrés. Recordó los hermosos días del verano, en efímera belleza de los cuerpos en las playas sicilianas, donde los cuerpos desnudos al sol , absorbían la energía para el largo invierno  y las duras jornadas del inhóspito país.

Se había relajado. Dobló por una calle arbolada. Un sinnúmero de edificios acariciaban sólidos el reflejo rayos cálidos que iluminaban los floridos balcones. Llegó al coqueto salón de belleza; Ninno, la recibió afectuoso. De mano en mano fueron pasando los especialistas resolviendo todas sus carencias. Manicura, depilación, color y lavado de su cabello. Le surgió la necesidad de un cambio y buscó un peinado más salvaje. Se miró en el amplio espejo. Un toque de maquillaje le daría algo de luz y serenidad.

Cuando llegó a su piso; en el parquet de la entrada encontró una carta. Desconocía la letra. El sobre tenía un sello de Andorra. Lo abrió y leyó el texto que decía: Querida Mayte te ruego no te sorprendas. Hoy recibí el envío de los libros y documentos que me servirán para la tesis. Ayer nació mi hija. María Inés. ¡Si, mi hija! ¿Te sorprende? Es pequeñita y tendrá la suerte de no conocer jamás a su padre. Mi psiquiatra no se cansa de expresar que quiere hacerme una cura hipnótica. Yo huyo porque ahora soy feliz. Con cariño Justina.

Se rellanó en un sillón. No entendía nada. ¿Quién era esa Justina? ¿Qué tenía que ver con ella? ¡AH, recordó que su amado esposo tenía una pupila que investigaba con él, sobre un hallazgo en Sudán. Él era arqueólogo y siempre estaba rodeado de jóvenes estudiantes. Y también recordó que había nombrado entre colegas a una de sus alumnas más destacadas: Justina.

Ahora, estaba en un yacimiento en la región del ex Congo. ¡Y era padre de una niña! Una que ella nunca pudo darle. Entonces, tomó la carta y la tiró hecha trizas por el inodoro. Nunca sabría que tenía una descendiente llamada María Inés. Se acostó y se quedó dormida. Esa mañana había sido diferente de otra cualquiera de su vida.

 

lunes, 23 de enero de 2023

EMBARCANDO POR LÍNEA AÉREA ISRAELÍ

 

 

Luego de una fenomenal revisión de nuestro ingreso a Israel, subimos en un enorme avión. Repleto de peregrinos que íbamos en busca de un encuentro espiritual a Tierra Santa. En la zona de aduana, hubo un verdadero choque entre turistas y habitantes israelíes que pretendían adelantarse en las largas y minuciosas colas. Arrogantes unos y otros, terminaron encerrados en un habitáculo desde donde militares y aduaneros, controlaban el desvarío. Pasamos sin problemas. Nosotros, los veinte que estábamos en la fila, no intentábamos sobrepasar  y eso nos ayudó.

Subimos a una moderna nave y allá comenzamos un inimaginable encuentro con el pasado.

Nos esperaba un Santo y Sabio Franciscano que nos guiara con seriedad, conocimiento y amor, por los lugares por los que caminaron judíos y romanos, árabes y griegos, pueblos que narra la Biblia y que después de ir y venir por ese territorio me dejara pensando… ¡Cuánto caminaba la gente en la antigüedad! Jesús y sus seguidores, fueron campeones de las caminatas. Cada pueblo, cada ciudad, cada sitio queda lejos y el camino, hoy con hermosas carreteras; fueron pasos entre piedras y arenas, entre matas con espinas punzantes y pocos árboles o palmeras. ¡El calor al medio día no bajaba de treinta y cinco grados y en la noche refrescaba a veinte o más!

Para una persona de mi edad, encontrase con esos lugares sagrados, ha sido una experiencia maravillosa. Nunca imaginé que pasaría por el río Jordán, me volvería a bautizar y al recoger un poco de agua, que se veía algo opaca con arena o tierra, se aclaró tanto que es de un brillo cristalino ahora.

Cada encuentro de los israelíes bajo sus tierras es una fiesta. Los arqueólogos e historiadores, trabajan a destajo. Ruinas romanas, de la época de los patriarcas, de la de Jesús, de los Otomanos, de las cruzadas, de los sirios… en fin hay atractivos para todos los gustos. Religiosos, modernos, guerreros y de historia del pueblo Judío y sus padecimientos. El Holocausto los ha hecho estudiar mucho y crecer como país y en ciencia, son insuperables.

Igual caminamos por rincones que son joyas de la antigüedad y de belleza, hay flores en medio de verdaderos desiertos y piedras.

¡Un lujo extra fue poder entrar en sitios que están reservados a los “protectores, cuidadores y estudiosos Franciscanos que están en guarda de loa lugares Santos!

Hubo momentos de recogimiento y de algarabía, chistes y bromas, lágrimas de emoción y silencios profundos. Salimos de Israel, con el corazón lleno de Esperanza.

 

 

LA PLAYA AL SOL


Se derraman todas blancas las olas

en el muelle, entre las rocas, entre algas

 mi cuello se eleva hacia las nubes que reflejan la dulzura  de mis penas

 mis pies, que lentamente se desprenden de la arena, son tibios

 me acarician dulcemente la piel.

Sube

mi suspiro tenue te envuelve con sus alas.

y mi ángel que te  observa desde el cielo,

sabe que

 la promesa que navega en el mar de blanca espuma

me acompaña.

Por eso,

por eso camino por las playas

 te encuentro entre las aguas de la aurora.

Un amor no  se pierde aunque  restalle 

o se rompa entre rocas y escape en el acantilado

junto al mar,

o se precipite

en un abismo de ternura.

Te amo.

GOTAS DE SANGRE

 

Una gota de sangre cae sobre el papel en la mesa. Cae y se desparrama en la tinta que se distrae en colores rojo, índigo, morado, azul... silencio. Otra cae tras la primera y se agranda la mancha coronando con puntas aguzadas que señalan el borde de la mesa.

Roque no puede defenderse de demonio artero y de la pena. Nada queda allí, frente a los ventanales. Nada.

Roque labriego. Roque mutilado, espantado. Ese que había sembrado en la tierra hendida con la hoja fálica del arado. Cada semilla un milagro repetido. Él, había roturado con ahínco en las noches heladas, bajo el sol sediento e impotente frente a sus manos mágicas de labrador. Campesino al fin, abonó luego lo que la tierra comenzaba a romper en verde. Primero fue la planta, luego la flor que maduraba en frutos pequeñitos y brillantes. Tiempo, necesitaba tiempo. Este le era esquivo.

Caen una a una las gotas de sangre y ya no es sino un charco coagulándose. Sigue el silencio acomodando penas a la sombra. Rojo, todo rojo como ese amanecer que despuntó en tomates y ajíes del verde manto del plantío. Maduros los frutos galopando en la cresta de una ola verdosa. El empresario de la envasadora, se acercó con una propuesta insólita. Roque oyó alborozado la propuesta. ¡Compraban todo para el día después del carnaval! Casi cerrado el trato, se dieron la mano como en los viejos tiempos. Dejaron en palabras suspendidas por la venta sin papeles.

Una cena caliente lo esperaba en esa mesa. Pan crocante y vino tinto; que agregó alegría a la propuesta. Su familia escuchó fascinada el relato de la transacción. Favorable por su esperanza de pagar las deudas con el banco, la veterinaria y el almacén de ramos generales. Cuando llegaron a los postres, sacó un papel y lapicera y una pluma con tinta. Comenzó a calcular y las cuentas daban un resultado satisfactorio. El fruto del trabajo prometía un maravilloso futuro.

Con una canción en el corazón y una sonrisa que mariposeaba en su rostro, se fue a dormir. Una noche sin desvelos.

Roque no había mirado hacia la gran ventana que daba al sur. El cielo azul grifado en diamantes vivos, se cubría lentamente con un manto blanco de nubes pesadas y premonitorias. Pérfidas y silenciosas, imitando el movimiento felino de un gris enorme; reventaron su vientre espasmódico y comenzó a caer un millón de redondas piedras de hielo. Eran enormes. El sueño profundo no le permitió a Roque penetrar el ruido agresivo del granizo.

Y ahora, ya se oye el gorgoteo de la garganta de Roque. Sus manos caen a los lados del cuerpo laxas. ¿La cabeza? Cae hacia atrás en la silla. El sol se distiende en la distancia y envuelve un rosa violeta incendiando con su lava, las barbas de los "Cúmulus Nimbus" sobre el campo. Perdida la mirada extraviada en el páramo incendiado del ocaso. El labriego ha despertado y sus ojos atónitos se abren a la desgarrada impotencia de la tormenta. Un rictus de espanto en su boca. Desfigurado, emite un sonido de dolor.

No había quedado nada. Estricta la tormenta trituró prolijamente todo un trabajo   y los frutos de la labor esforzada. Nana, nada. Adiós al sueño vegetal. Caminó lentamente hacia la escopeta, la tomó y se sentó frente a la mesa donde en tinta había escrito en un papel las cuentas. Se reía, a carcajadas. ¡Pobre Roque y su esperanza!

 

CAPIANGO EL HOMBRE TIGRE

 

La noche severa escondía umbrosa los reflejos de una luna insipiente. Los bichos de la zona virgen, llenaban con sus sonidos intangibles lo que debía ser un silencio nocturno. Los caporales, habían salido de los campos para emborracharse en la taberna. Hacía poco, habían traído unas muchachas y muchachos jóvenes de una tierra lejana. Engañados, creyeron tocar el paraíso y entraron en la negra oscuridad de tratos innombrables.

Cayeron en cuenta cuando los metieron de prepo en un lupanar mugriento y negro, cerca de la costa del río. Los más jóvenes no alcanzaban la mayoría de edad, pero arrebatadas sus papeletas, no tenían como escapar de su destino. No hablaban la lengua de ese puñado de infames que los manoseaban y les obligaban absurdos juegos y otras cosas sin nombre.

La más grande Erica tenía veinte años y cuidaba como podía a las menores, Patrik, tenía diez y nueve y cuidaba de los varones. Al principio lloraban y se aferraban a sus camastros para evitar salir al gran salón del galpón que se había acondicionado como pulpería o bar o bailanta. Pero comenzaron a golpearlos y bajaron los brazos. Otras veces los dejaban de alimentar por varios días, a pan negro y agua. Única comida. Dejaron de pelear por una salida.

El dueño, era un viejo portugués que había sido buscado por media Europa por la policía. Hombre de averías. Tenía una mujer que lo apañaba. Era su madrastra. La Ursulina, parecía un pedazo deforme de grasa con brazos enormes manos pequeñitas y una cara redonda donde dos ojos saltones le daban el estricto modelo de un búho nocturno. Siempre con ropa amplia y de tela oscura. Para los profanados muchachos, era la "Bruja". Lo triste que los envolvía el silencio oprobioso de mucha gente de la aldea.

Mi papá, se había ido de casa una tarde para intentar hablar con un político que conoció en un mitin en otra ciudad. Lo atendió bien, nos contó, pero no hizo nada. Entonces habló con don Embribes, un viejo amigo que había trabajado mucho tiempo en unas oficinas de la capital. Este le prometió traer a un conocido que lo llamaban "Capiango, el hombre Tigre". Un verdadero Capo de los guardianes de la ley y de la convivencia.

¡Y llegó! Era un moreno de dos metros, cuyos brazos y piernas, parecían columnas de mármol. Se paraba y su sombra se desparramaba por la tierra como un edificio brutal. Su mirada fuerte y oscura, le daba un poder con solo incrustar los ojos en tu cuerpo o cara. La gente temblaba cuando lo veía parado en la barra del único bar del pueblo. El barrio donde estaba el lupanar se inquietó. ¿Otro mafioso más? No, este venía a poner el orden en la zona.

Esperó unos días para reconocer a los capos, a los empleados y a todos los involucrados. No pidió permiso a nadie pero un día se apersonó en la oficina de la intendencia. Allí, no le daban audiencia con quien él, quería. Se apoyó en un escritorio y de un puñetazo, saltaron papeles y objetos para todos lados y se oyó un crujido de madera quebrada. Salió el hombre buscado... ¡Oh, sorpresa! Era el dueño del lupanar.

Lo levantó por las solapas del traje, los anteojos fueron volando por el pasillo... y Capiango, como un Tigre, le dio una paliza de leyenda. 

Dicen que en horas cerraron el lugar, llevaron lejos a los pobres chicos y chicas para darles el trato que correspondía y el Intendente quedó preso de por vida. ¡Han hecho un monumento al Valiente Hombre Tigre!!!

viernes, 20 de enero de 2023

LA CASA AMARILLA

  

Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.