lunes, 24 de febrero de 2020

EL INTELECTUAL Y EL ARTISTA



¿Fue así? Lo veo con mis propios ojos. Es indescriptible. ¿Pero no era el que llegó con no sé cuántas maestrías, tanto que enseguida lo nombraron jefe de una ONG?
¡Sí, bueno, era él, pero se le cruzó esa porquería! ¿Qué podía hacer?, te preguntarás. ¡Nada!, te contesto. Hablaba como siete idiomas y era muy inteligente, pero ahora hay que verlo. Está tirado en plena calle, aún usa camisa de puño con botones de nácar, el traje es un trapo sucio, y le han robado los zapatos. ¡Parece mentira que un tipo así llegue a eso! Nadie hace nada. Te diré que al contrario, cuando comienza a retorcerse en el piso en donde está tirado, y a gritar, esgrimiendo una mano como para pelear, los transeúntes escapan. Se hacen a un lado, lo evitan. Y no te cuento las mujeres. Arrastran a los niños, los distrajo para que no vieran ese cuadro. Incluso la policía se le acerca sólo para ver si no ha sufrido algún ataque. No lo tocan, ni se lo llevan, ni siquiera evitan que siga gritando como un energúmeno.
            Ayer, volví a pasar, vos sabés que trabajo en el museo casi a dos cuadras. Bueno, lo hago gracias a la beca que me dieron en el dos mil cuatro. Vociferaba que era hijo de un ministro y la gente lo miraba extrañada, pero dejó de babearse y me vio. Me dio la sensación de que sabía que era yo, se dio vuelta y se quedó en posición fetal. Tenía la espalda sucia y con sangre.
            ¿Creerás que está herido? No sé, pero me urge llamar a los padres y pedir que vengan a buscarlo. ¿Ellos sabrán que está así? Me duele el hecho de verlo y no poder hacer nada. Pensar que todo  empezó por una apuesta de quién era capaz de trabajar más horas sin dormir.
Alguien le acercó droga mezclada con vodka y él ganó. Ganó el juego. Cinco días sin dormir haciendo lo que hubiera hecho en varias semanas. Perdió. Perdió la vida. Se hizo adicto y alcohólico y ahora está loco. El cerebro debe estar vacío, licuado. No es un mendigo, es el producto de una sociedad enferma, desquiciada, sin horizonte.
Todos estaban enamorados de su alegría, inteligencia, su glamour. Le tengo pena, pero trató de matarme para que le diera unos euros para comprar droga y vino. El miedo me alejó y escapé de su manía y demencia. Tiene veintiocho años y parece de setenta, o más. Si lo vieran los padres así, creo morirían. O no, tal vez saben y no quieren acercarse como hacen los demás. Me incluyo. He visto que vienen de Notre Dame unos voluntarios. Les traen algo de comida y cuando llueve los tapan con plásticos. No me pidas que vaya a buscarlo y lo interne. No es mi tarea, ni siquiera siento pena. Tal vez sí. Pero nadie puede hacer nada.
¿Vos, te animás? Si me das una mano vamos y lo sacamos de allí y lo llevamos a un centro de rehabilitación, después de todo es tu pareja, vivió con vos hasta hace un año y medio. Te dio una buena vida, sin privaciones. Hasta te dejó el departamento y el auto. No querés saber nada. ¡Y bueno, cada uno cargará con su culpa! Me voy. Hasta otra vez que nos crucemos, cuando quieras, trabajo en el museo como ayudante de un restaurador italiano. Si preguntás por mi, me conocen por “El argentino”. La beca termina en dos años, estoy pensando en volver, pero acá estoy bien. Chau.

            El joven sigue su rumbo y se sorprende al comprender que ya ni siquiera él tiene solidaridad para con un compañero de colegio. Camina solitario y, a poco de andar, ve una ambulancia que retira el cadáver de otro adicto. ¿Cómo vivirá con su conciencia?   

UN PROBLEMA DE CONCIENCIA




En una de esas tarde de otoño, Antonia, quiso sacar las cartas de truco de la gaveta del secreter. Junto a ellas, en el cajón del viejo estaba el revolver sobre unos guantes azules.
Abrió la boca y los ojos sorprendida. Tomó coraje, lo sacó, y apuntando al piso, temblorosa, casi corriendo, encaró al tío.
-¡Fuiste vos, hijo de puta…! ¡Fuiste vos!- gritó al borde del desmayo.
Con parsimonia calculada el hombre dejó la lectura y la miró. Severo, por sobre los anteojos la observó iracundo.
-¡Qué mal mijita, qué mal! Tan viva que parecés. Tan viva y no te pusiste los guantes.
Ella petrificada sostuvo el revolver con todo el peso del mundo.
-¡Sí, no me puse los guantes, tío! Pero ayer compré veneno para roedores en un barrio alejado de casa. Tu desayuno, tu almuerzo y ese té que de tu hermosa taza de porcelana bebes ahora, me servirán para explicar tu deseo de suicidarte al morir tu amada hermana y la Yaya.
-Estás loca.- dijo el hombre aterrado.
-Mira ya te está haciendo efecto, lo veo en tu color ambarino, en la espuma que sale de tu boca y toca tu bigote…
El hombre se llevó la mano al pecho, un sordo ronquido lo despidió de la vida.
Antonia guardó el arma, nunca le había dado veneno. La conciencia sucia del tío y un corazón débil por la vida disipada y el miedo se cobró venganza.

UNA ENTRAÑABLE HERENCIA




            Javiera caminó en círculos cuando recibió la carta. Enroscó el cabello una y mil veces recordando las viejas historias que Igor, su anciano abuelo relataba.
            La luz se fue despidiendo en arco iris tras la arboleda. Tomó la decisión e iría a investigar a Castelli, el pueblo donde llegaron desde Gómel; Bielorusia, sus antepasados.
            Armó la mochila con lo mínimo indispensable y una pequeña fiambrera con dos sándwich y frutas. El equipo de mate siempre en el automóvil. Sólo cargó agua en el termo. Durmió unas horas y comenzó el viaje, una verdadera aventura.
            Arribó a la plaza frente a la municipalidad y la iglesia. Desorientada dio algunas vueltas por el pequeño pueblo. Se detuvo frente a una esquina, allí vio el cartel: “Museo y archivo regional de Castelli” ¿estará la clave a mis preguntas?      La anciana que de espaldas escribía en un enorme libro parecía la imagen sacada de un afiche de 1930. Cuando se volvió y enfrentó a Javiera, se le cayó un libro de las manos temblorosas.  Se caló con insólita energía las lentes y le dijo:- ¿Natalia Èsenín? ¿Tú aquí? ¡Si en 1945 en el accidente de Cruz Negra…! ¡Igor Selfchovensky sobrevivió, y se fue a…! ¿A dónde? No recuerdo.
            Hola soy Javiera, la nieta de Natalia e Igor. Conozco algunas historias, sólo necesito un certificado de arribo y defunción de ellos para viajara Gómel a Bielorusia.
            Espera muchacha, eres idéntica a tu abuela, murmuró la mujer mientras se alejaba por el pasillo. -Lo encontré, acá está.-  allí está la fotocopiadora y tengo todos los sellos del juzgado de Paz. Yo soy la esposa del Juez.
            Con los papeles listos en pocas horas Javiera partiría a recibir una enorme herencia de sus abuelos en el lejano país. Lo que nunca esperó lo supo al llegar.
            La antigua casona estaba muy derruida, por la guerra, pero dentro estaba una hermosa imagen de la otrora riqueza de la familia. Los muros húmedos desprendían un olor desagradable a grasa animal quemada. El piso cubierto por paja y tierra, mostraba el deterioro de años de descuido. Salió por una puerta desvencijada y caminó por las piedras de una calle muy antigua, con el típico centro perfilado para que desembocara el agua servida y la lluvia. Llegó a una posada y allí tomó una precaria habitación.
            Cuando descendió al comedor, del que un apetitoso olor a comida casera la atraía, encontró a varios parroquianos que la miraron con asombro. Ella no hablaba el idioma y no entendía lo que hablaban. Se acercó una mujer, cubierta por un delantal de rústica tela blanca. ¿Natalia? – No, soy Javiera, la nieta. La mujer buscó desesperada ayuda para comunicarse en ese idioma desconocido. Un anciano salió y regresó al rato con un sacerdote que hablaba algo de español.
            -Ha revolucionado el pueblo. Todos quieren saber de donde viene y si es hija de Natalia Èsenín y de Igor Selfchovensky. Se fueron antes de la guerra, abandonando todos sus bienes y familia. Huyeron dejando a los padres y la casa en manos de los soldados, que los mataron y robaron todo.- dijo mirando a los comensales. Que ávidos esperaban saber.
            -Vengo desde América, de un pueblo de Buenos Aires que se llama Castelli. Soy la nieta de Natalia e Igor y he recibido esta carta. ¿Me puede ayudar? – el abuelo le prohibió a mi madre aprender el ruso y yo hablo poco inglés. -¿Usted cómo conoce mi idioma?- sonrió Javiera.
            - Viví unos años en España. Pero hace tiempo y cuando uno, no practica un idioma se va olvidando y perdiendo.
            -Es verdad, pero ¿qué dice ahí?- miró alrededor y continuó- traje papeles que certifican que soy quien soy.
            - No sería necesario, es idéntica a su abuela dicen todos acá, una verdadera aparición. Pero venga mañana al templo y el acompaño a la comandancia. Hasta mañana entonces.
            -Hasta mañana y gracias, ¿A qué hora? – dijo casi sin ser escuchada por las preguntas que le hacían al hombre.
            - ¡Venga a las nueve!

            Se despertó con los sonidos de cacharros de la cocina y los gritos de la calle. Se acicaló y sacando de la mochila la ropa partió hacia el lugar donde se alzaba un campanario que sobresalía del resto de las casas. Allí encontró al hombre de Dios que la esperaba con un libro antiguo.
            El prefecto la recibió con mucha curiosidad y religioso por medio y después de entregar los papeles que acreditaban su nombre y procedencia, éste, se acercó le tendió la mano y en un cordial saludo que ella intuyó era alegre, le entregó un montón de papeles en una carpeta.
            Casi se desmaya cuando le explicaron que era dueña de medio pueblo, que habían guardado un cofre con valiosas joyas y en especial, que un anciano había escondido por años cien monedas de oro. ¡Ella ahora era rica!
            Le dio al monje diez monedas y le pidió que buscara gente para dejar como habitantes de la casa y la tierra. El anciano prefecto, le aseguró, a través del clérigo, que habían cuidado de todo el patrimonio, incluso a costa de la vida de algunos habitantes del lugar.
            La acompañaron a recorrer las tierras, con añosos árboles y animales, que rescataron después de los bombardeos. ¡En fin ¡ Javiera cuando regresó, sintió que la vida había sido muy generosa con ella. De alguna manera debía devolver ese favor.
            ¡Regresaría para ayudar a todos los que le cuidaron las cosas de sus abuelos!

SOMOS




Somos un puñado de palabras que se pierden en la noche,

 una grieta en la pared del corazón de cada enamorado.

Somos piel herida o cristal espejando la vida en los manteles,

vino viejo, añejado y sutil en las copas sedientas de la cena.

Somos huesos salpicados de amarillo y polen de claveles marchitos,

fruta madura en la boca sedienta del amado que nos besa.

Somos nieve en la montaña despojada de árboles y matas verdes,

 lluvia arrasando en los ríos secos con la vida útil del yermo,

 las hojas arrancadas de los libros prohibidos por la muerte.

Somos poesía atormentada que asesina la belleza con mentiras,

una esperanza perdida en los acantilados en la aurora.

Somos los sueños encontrados en las entrañas de una niña joven

o cabellos encanecidos por el tiempo en la parte trasera de la casa.

Somos…

martes, 18 de febrero de 2020

LORI




Cuando nació tan blanca como una espuma, los padres se sorprendieron. Era de clase obrera y lo normal entre ellos era la piel morena. El cabello le creció oscuro y tenía ojos color café y largas pestañas que sombreaban su rostro. Inteligente y orgullosa de ser tan mimada por sus padres y abuelos. Tuvo una hermana que no la emparejaba.
La bautizaron Lorena, como cristiana por costumbre, ya que no era una familia devota. La hermana, morena y de cabello oscuro, siempre fue su sombra. La llamaron Candela. Hicieron una buena escuela pública y al terminar el ciclo primario, a Lori, la mandaron a estudiar “Corte y confección” con Madame Ginette. A Candy la mandaron a estudiar en una academia donde aprendió a hacer sombreros.
Cuando Lori tenía quince años, en la academia sufrió un pequeño accidente con una máquina y el director la llevó, junto a su mamá a un centro de salud. Allí no solo había médicos de edad sino que había estudiantes de los últimos años de medicina que hacían pasantías. Lori lo conoció allí. Él, tendría unos veinticuatro años. Era lato, de piel cetrina, muy educado y sonriente. Lo llamaban Doc. José. Ella se hechizó, él, la vio y se propuso tratar de verla nuevamente, fuera de ese lugar.
Aprovechó que tenía todos los datos y fue así que cada vez que la jovencita salía de la academia, él, estaba por casualidad cerca y la encontraba. Ella feliz. 
Al final de año, él se presentó en la casa con un ramo de rosas y como se usaba en ese tiempo, pidió permiso al padre para visitar a Lori como “futuro esposo”. El padre incrédulo lo miró sorprendido y le pregunto el apellido. ¡Y Oh, sorpresa, era un raro nombre extranjero!
¡Lori, no te puedes casar con ese muchacho, es de otra religión! Dijo la madre instada por el padre. ¡Mami, si nosotros no somos muy religiosos! Pero es Judío…y su gente no te aceptará. ¡Ay, mamá, eso es lo de menos, si según José, vamos a ir a vivir en la capital, donde él, tiene previsto hacer el doctorado.  
Tanto lloró y se esforzó que terminaron por aceptarlo. Y en una ceremonia sencilla se casaron; él, con su papá y un hermano presentes y ella con sus padres y Candela. Fue una boda civil. Nada de religión en el medio.
Se fueron a la capital, ella puso un pequeño taller y cosía vestidos de novia y de fiesta. Era muy buscada, porque su prolijidad y buen gusto. Al final él, logró el doctorado y fue un buen cardiólogo.
Con el trabajo de ella y el estudio de él, un día ella comenzó a notar que algo raro le pasaba. Estaba embarazada y venía un niño, fruto del amor. Nació una bella niña a la que llamaron Ruth. Era tan blanca como su madre y de ojos oscuros como los del padre. Al año siguiente nació otra niña, le pusieron de nombre Raquel. Eran bellas nena , alegres y risueñas. La madre de José por primera vez vino del pueblo a conocer las niñas. Y se enamoró de ese pequeño mundo de pañales y papillas. Esther se quedaba largas temporadas en el departamento. Cuando llegaba José, ya tenía la comida lista, las niñas bañadas y Lori, parecía un maniquí del taller. ¡No existía!
Pasaron unos años, en que se fue enfriando el trato entre los esposo. Lori, sola y callada; José cada día llegaba más tarde, cansado y con mal humor. Lori no sabía como alegrarlo y volver a tener su atención. Las niñas comenzaron a asistir a la escuela. El abuelo pagaba una escuela cara de la colectividad. Lori, les trató me enseñar algo sobre su fe, pero las niñas ya habían aprendido todo lo que se refería a la religión paterna.
Comenzaron las discusiones. Se echaron culpas y reproches. Luego, cada vez, se sentían más distantes, sólo los unía el amor de las hijas.
Una tarde de invierno, el no vino a dormir. No había avisado y lo llamaron del sanatorio para tratar a un enfermo. Lori lo sospechaba…él, tenía una amante. Y por eso no venía como antes ala casa con la alegría y sorpresas a las que las tenía acostumbradas. Lloró toda la noche. Cuando él, regresó, el planteo fue claro. O ella o yo. Él, suspiró y prometió que su amor era ella, “su Lori”.
Dos meses después él, tenía un congreso en Uruguay y la invitó a ir con él. Ella se preparó dos bellos vestidos y dos trajes muy femeninos, estaba espléndida. Los colegas de José se asombraron cuando la conocieron, ellos sabían que el colega tenía una amante y les sorprendió ver una Lori tan linda y educada. Su charla amena hizo que pronto varias esposas y colegas se acercaran más a su amistad. La mujer se sintió muy feliz, había reconquistado a su amado José.
Una mañana llamaron por teléfono desde un edificio del centro. Buscaban al doctor…su amiga y paciente del sexto había amanecido muerta. Una sobre dosis de fármacos.¡La amante se había suicidado! José estaba destruido, lloró y se hizo cargo de los temas ceremoniales y policiales del caso. Lori, no le perdonó el engaño. Pero el juró que la había dejado y que eso causó ese hecho macabro.
La vida continuó. Las niñas se hicieron mujeres y estudiaron carreras independientes, era la época de la liberación femenina. Una quiso hacerse de la religión de la madre por el estupor que le acusó saber que su padre había sido tan infiel. La otra dejó toda religión. Y no perdonaban al papá.
Los años los unió, pero con la legítima desconfianza por parte de Lori. Él, se dedicó a hacer dinero. Su profesión le permitía, gracias al prestigio que tenía para cobrar altas facturas a los enfermos pudientes. Ruth, se fue a trabajar a Medellín y allí conoció a un ingeniero y se casó. Quedándose a vivir en Colombia. Lori viajaba cada seis meses, pero se sentía extraña en ese bello país amable y ruidoso. Raquel se quedó cerca de sus padres, conoció a un analista de sistemas y se fue a vivir con él. Tuvo cuatro hijos dos varones y dos mujeres. Siempre apoyando a los padres, ayudando a su madre.
Un día José se descompuso y el dijo a su esposa que tenía poca vida. El corazón estaba fallando. Lo sabía. Antes de morir le pidió perdón y quiso reconciliarse aceptando ser bautizado como cristiano. Lori, lo perdonó, esta vez desde su corazón.
Pasaron los años y un día Lori ya no entendió quien era esa mujer que todos los días venía a darle de comer y la vestía, era Raquel. La madre tenía Anzhaimer. ¡Gracias a Dios estaba en un mundo de olvido; porque Ruth, le había quitado todo el dinero que le había dejado José a Lori y a Raquel. Por lo que tuvo que internarla en un geriátrico público y ella salir a trabajar de mucama de un hotel del barrio más caro. Y Raquel ya no lloró, sólo se ocupó de su madre hasta que dio el último suspiro. Nunca más supo de su hermana y su familia. Sus hijos nunca supieron del bienestar que su madre vivió mientras vivía su padre; el doctor José, su abuelo famoso.



EN LA MONTAÑA




Mezcla de piedras y misterios que esconden su magia milenaria.

Ancestro de imágenes de cielo, tormentas y nieves invernales.

Aquí duermen los pájaros sus sueños de libertad y gloria.

Aquí surge el sonido de los árboles como oropeles de plata y oro.

Aquí se necesita cerrar los ojos y abrir el alma de la vida.

Y se mezclan los clamores milenarios de las borrascas y sus soles.

Los que son y los que fueron van quedando plasmados en las piedras.

No hay nostalgias por los verdes y perfumes, el polvo envuelve.

La centenaria transformación del agua que discurre en chorrillos.

El grito o el vuelo del ave solitaria que recorre el aire en las altura.

Me detengo. Me escandalizo por la fiebre del zorzal y el picaflor

que vuelve sobre las flores silvestres y los frutos salvajes que maduran,

Los cotoniaster proveen de frutos rojos con su sangre agreste. Las aves

que regresan a sus nidos y la llave de ramas rotas en la tierra reseca.

Mi montaña despliega su magia, sus duendes y sus cruces en vigilia.

Y yo sueño con develar las profecías de la tierra y de las rocas.



lunes, 17 de febrero de 2020

MUJERES DE INDIA



Mariposas brillantes que se mueven en las calles
Con los saris multicolores entre el fango y el oro.
Mujeres alfareras, tejedoras, mendigas,
Comerciantes, campesinas,  religiosas,
Madres, abuelas cuidadoras de miríadas de niños.
Son millones de flores de colores que caminan entre las callejuelas
Rojo y oro, azul, granate, azafrán, violeta,
Amarillo, turquesa, verdes y blanco.
Sonrientes y afables, inocentes y alegres.
Son mujeres que transportan enormes bultos y caminan,
Inspiradas en dioses que le exigen peregrinar día y noche
Hacia el Ganges sagrado, a los templos milenarios.
Son flores que trabajan en los parques, las tiendas, las veredas,
Las chabolas y enormes casas parentales.
Las casan desde niñas. Con sus rostros alhajados en oro
Marcados con pinturas rituales, de colores sonrientes
Y ruidosas rutinas de tambores y campanas en las festividades.
Son mariposas de alas angelicales, con colores que brillan.
Mujeres de sonrisas preciosas e ingenuas.
Mujeres de la India, hermosas y llenas de bondades.
Mujeres de la India, que aun siendo mendigas 

INDIA UN PAÍS CON MAGIA Y AMOR.

 EN UN ANTIGUO TEMPLO INDUÍSTA ASOMBRADA CON TANTA BELLEZA.
LA MUJER BELLA Y LLENA DE SU MISTERIO, EL SARI QUE LA ENVUELVE PARECE LAS ALAS DE UN ÁNGEL. ELLA FELIZ DE SALIR EN LA FOTO.
UN TEMPLO CON LA MÍSTICA DEL KAMA SUTRA CINCELADO EN PIEDRA DEL SIGLO VIII.

FUTURO INCIERTO


LA MONTAÑA SIN NIEVE
EL RÍO SIN AGUA
LOS CANALES VACÍOS
¿CÓMO COSECHAREMOS ESTE AÑO?
¿CÓMO SE CUBRIRÁ DE VERDE EL CAMPO?
LENTAMENTE SE DERRITEN LOS GLACIARES.
SIN AGUA DULCE
NO HABRÁ PAN EN LAS MESAS
NI VINO EN LAS COPAS.
EL CIELO OSCURECERÁ CON HUMO.
EL HOMBRE SERÁ COMO ROBOT DE PIEDRA.

TALAR, TALAR, TALAR Y QUEMAR.
MUERE LA TIERRA EN LAS MANOS ROTAS.
EN LAS CONCIENCIAS ROTAS.
LOCO, EL MUNDO GIRA AL SON DE UNA CUMBIA

PARA GABRIELA MISTRAL


“Y el amor como el espino nos traspasó de fragancia”
                                               Dios lo quiere. Gabriela Mistral

Lucila con tus rodillas rotas y la mano desolada
Cuando una gruta profunda de besos llene tu alma
Se pintarán de gotas de azahares tus miradas
Y la tierra en sus entrañas murmurará una palabra
No te duermas mi Lucila que con misterios te apañas
Y transformada en Gabriela soñarás sueños de algas.

Las nubes esconderán tus penas y tus risas en el pecho
Resonaran en campanas con temblores de bronce
Que galoparán en el valle, allí donde te quedaste, amor
Que nadie lo extrañe. Tu nombre hermosa doncella
Quedó grabado en la arena y la espuma no lo borra
Quedará hasta que el mundo se acabe.



ASISARTE, ISLA NEGRA CHILE





A GARCÍA LORCA

SANGRE
DE HOMBRE
QUE SUFRIÓ DESGARRE
SOBRE EL MURO INNOBLE.

MATARON TU VOZ AFABLE
CON BALAS SIBILANTES.
¡LORCA, GRANDE!
CALLASTE.


A GABRIELA MISTRAL

IRACUNDA
MAESTRA POETA
TU VIDA FECUNDA
EL MUNDO TE VENERA.

CANTASTE DOLORES DE FIERA
FUISTE MUSA HEROICA
SUFRISTE PENAS.
ESTOICA.


RENCOR



Con cuchillos, con navajas
te espero.
Con un puñado de claveles y estrellas
arrancaré la sonrisa de mi puerta
si regresas.
Si regresas. Clavaré una flor
en la órbita azul de tu silencio.
Rodearé la cintura de los muros.
Rasparé la pared con mis uñas y mi lengua.
Así, sabrás que no estoy dispuesta a tu regreso.
Que mi espalda se niega a soportar la nube de coral
Y es de ámbar la mirada que se pierde en mi hombro,
si te miro.


LA MUJER DE VESTIDO DE SEDA




             Ludovica está triste. Tiene un dolor revoloteando en su pecho. Vino llena de sueños a la gran ciudad y allí, se encontró con una vida de soledad y frustraciones. ¡Nada era igual a lo que le mostraban en la radio, cuando escuchaba las novelas de Migré! Sin un vestido bonito, con el cabello oscuro y zapatos de tacón gastado, nadie la dejaba entrar a los salones bailables ni al biógrafo. Había que pagar en todos lados. Algunas veces, un anciano de la calle Corrales en la ventanilla del cine, le daba un papel y la dejaba entrar, claro que después le tocaba un poco las nalgas, pero ella se hacía la sonsa y volvía con algún estreno.
            En la pensión, limpiaba los baños y ayudaba en la cocina. Le daban de comer y una cama que cuando se tendía hacía más ruido que un furgón lleno de hierros viejos. Allí vivían varias muchachas, y hombres. Eran obreros y chicas que se hacían las “bataclanas” y apenas podían juntar unas monedas para entintarse el pelo y comprar alguna chuchería que resaltara sus figuras. Los muchachos, comían como lobos, con el estómago abierto como hoyo de curtiembre. Nada alcanzaba, ni la sopa, ni el pan, ni los guisos que hacía la patrona. Las chicas comían menos para no perder lo único que tenían, los cuerpos de ninfas pobres.
            Ludovica se propuso cambiar. Un día se paró en la puerta de un gran hotel y esperó algo… o a alguien que la viera. ¡Y la vio un hombre que había bajado de un auto negro! Le sonrió y la invitó a comer con él, en el hotel. ¡Ese día se descompuso de tanta cosa rica que comió!
            Él, le dijo que la esperaba en la radio “La Mundial” a las 8 horas. Y ella fue con su mejor vestido (el único) y una de las chicas le prestó un labial y la peinó con un hermoso rizo en el costado y le puso un “Kohol” en las pestañas. ¡Estaba hermosa!
            El hombre entró y casi arrastrándola, la hizo sentar frente a un aparato que supo, después era un micrófono. Canta. ¿Cómo, si yo no soy cantante? Ayer cuando te esperaba en el pasillo del hotel, te oí cantar y lo haces bien. Canta igual que ayer. ¡Y cantó! Y pronto llamaron a la radio preguntando su nombre y que cantara otras canciones.
            Le hicieron aprender varios boleros y canciones amorosas y ella, hizo todo lo que le obligaron hacer. Cuando pasó el mes, le dieron un sobre con mucho dinero. ¿Era famosa! Había triunfado.
            Salió de la radio y caminó despacito por la calle Matriz y en un local entró y se compró un vestido de seda rojo fuego, unos zapatos de tacón de charol negro y un bolso de piel brillante. Luego, caminó hasta el tranvía y cuando llegó a la pensión, las muchachas y los hombres la aplaudieron. ¡Ludivica, canta ese bolero tan romántico! Cantó y las lágrimas le hicieron correr el “kohol” por las tersas mejillas de muchacha pobre.
            Dicen que con el tiempo, hasta viajó a otros países cantando, vendió discos y hasta filmó una película. Pero, también dicen, que el hombre que la hizo triunfar, una noche, borracho, le dio un balazo en el pecho y de su vestido de seda rojo floreció un margaritón negro de sangre joven. Ludovica es una leyenda entre las muchachas que sueñan con ser “La voz” en la ciudad.

LIBERTAD




El oráculo en sombras no favorece la espera.
Dice una estrofa de penitentes que yacen perdidos.

Me duele la distancia. El miedo que comprime la paz,
Me duele. Habla el oráculo con siniestro futuro.
No deseo ir a la selva que espanta. A la muerte.
Quiero huir, escapar a la noche fría de esta historia.
Penitente e insomne. Estallido de voces. Gritos.
Esperaré la aurora sin hablar. El amanecer.
Atrás la tiniebla del torturado estío.
Con la garganta seca, las palmas agrietadas
Acariciando la cruz y la nostalgia de libertad perdida.
Dejen hablar sin lágrimas al hombre oprimido.
Ahora estarán las campanas sin badajos ni ritos.
Soñamos estar con las manos juntas, extendidas.
Abrazando los cuerpos con los ojos mordidos.
Con las bocas selladas y cosidas con alambre de hielo.
Arriba pueblo hermano, arriba en la lucha por la vida.


MENDOZA CAPITAL DEL VINO MALBEC


SONETO VENDIMIAL

Se revoluciona la alfombra cuyana, verde del parral
Lucen las tijeras su entusiasmo de pronta cosecha
En las manos rústicas de los hombres que en su morral
Esconden un racimo de perfumado y ancestral belleza.

Anda el carro o el camión por el callejón sombrío
Bajando con gloriosa carga de prietos racimos
Aroma dulce de bonarda, malbec o moscatel
Van hacia la prensa apurando su pasión de vino

Los vagones llenos de inquietud de uvas milenarias
Para transformarse luego en vinos libertarios
Que despiertan del hombre, pasiones escondidas

Esos que sueñan como ángeles o demonios perdidos.
Vinos coloridos y perfumes cálidos. Dulces caen sonidos
En aguas heladas de las cumbres pétreas de los Andes.


ADIÓS


Hoy es siempre todavía. Machado.

No hay un lugar para el que parte sin destino.
Se apagó la lámpara y siento que ya no habrá lumbre.
Cayó una hoja del árbol recién arraigado en el jardín distante.
Una piedra rodó. Un camino fue armado con lágrimas ahora
no queda espacio para tu desdicha.
Quedaste solo niño solo. La canica olvidada.
La bicicleta duerme en un rincón sin luz. Hoy es siempre todavía y
recordaré tu tristeza y tu sonrisa.
Un pequeño leoncito de zarpas enormes, me trae tu mirada.
Una mañana de escalera inquieta tu risa con las muchachas que
atrapaban tu nombre para elevar barriletes.
Te fuiste a un país de invierno y ahora
vuelves envuelto en una sábana de pétalos de grises.
Adiós muchachito...te quería.

BESOS EN LA NOCHE


Y fue en la noche
que cayó una lágrima sedienta de simpleza
cuando un murmullo de acequia adormecía
el suelo y
la canción trataba de soltarse.
Nadie escuchó la caída desde el sueño.
¿Quién podía extrañar el beso de la luna?
Si en cada estribo de sus besos
queda una astilla que se arquea hacia lo
infinito del silencio.
Una lágrima
cayó sobre el corazón alterado de tristeza
y allí
creció con un dolor plateado
con pétalos de ámbar
fue
un dolor nuevo, noble, saturado
de perfume a violetas
cargado de prestigio
solidario con estrellas dormidas.
Un dolor
que se agitó sorprendido
con los sueños aciagos y
mañana
tal vez mañana, frutecerán las manos
dejará que crezca un mundo de arlequines
arropados saltarines de colores vistosos
carcajadas de niño, esperanza.
Ahora cierra la noche una guiñada fresca entre las nubes.
Ahí te escondes
con cada párpado cerrado de la luna.


EL SECRETO




            Estaba parada con mi cofia de encaje, mi delantal de lino almidonado, blanco todo como el mármol de la estatua que preside la estancia desde donde el viejo, mira con un extraño aparato las estrellas por la noche.  Siempre está insomne. Siempre me mira con ojos agudos. Su enorme sillón de terciopelo azul algo gastado en donde hunde su cuerpo afilado, es como una madriguera. Apenas me muevo sus amoratadas manos artríticas se aferran a mi pollera o al delantal. Es imposible liberarme. Deseo un resquicio para huir.  Sí, estaba parada en ese momento en que entró la vieja ama con su orinal impecable, separó la tapa y lo colocó en el cajón bajo el sillón. Yo no quería ni mirar ni respirar. El hombre sonreía mirando mi cara roja por el pudor y el asco. Oí caer el orín cantarino en la porcelana llena de flores de lis, pintadas a mano. El olor ácido penetró en mis pulmones. Luego el olor que me inundó hasta el cerebro me indicó que “monsieur” había descargado sus flacas tripas.       La mujer, su ama, llamó al ayudante, un antiguo empleado. El hombre vino arrastrando su pierna dura por la inflamación, tomó al amo y lo higienizó. Yo salí aprovechando la oportunidad. Saqué los excrementos y los dejé junto a la puerta de la habitación.
             Huí, prácticamente, hacia el jardín. Era la hora del crepúsculo  en que la casa parece más solitaria aun. Un grito agónico atravesó la casa del amo. Corrí al instante, sabía que me reclamaba. Allí estaba mi señor. Su boca desdentada sonreía a la nada. Sus ojillos con esa perpetua chispa de picardía me buscaban en la puerta. Me asomé. Me tendió sus brazos sarmentosos, donde la piel flácida caía como cortinaje viejo... Yo no soportaba su continua búsqueda entre mis polleras. Me quería tocar. Me deseaba como se desea un bocadillo frágil y sabroso. Me ponía enagua tras enagua, un calzón largo y grueso; medias de algodón altas que sujetaba con cintas que apretaba tanto que casi cortaban el flujo de mi sangre joven. Así le impedía llegar a mis nalgas. Creo que si hubiera podido me hubiera tocado hasta el fondo tibio de mi sexo. Me acerqué. No tanto como para que me perdiera sus dedos afilados en mis oscuros secretos de mujer. Tenía sólo catorce años y el miedo me paralizaba. Su risita aguda era un tormento. Lo odiaba y le temía. Necesitaba el empleo que me daba, era indispensable.
 Te prometo... sí, te prometo una fortuna si te sacas toda la ropa frente a mí... – dijo ese día. Yo me negué. Llamó al ama de llaves y le ordenó una pluma y papel. Se reía en su extravío. Luego estuvo un rato escribiendo. Yo no sé leer. Mi infancia fue dura. Las calles fueron mi cuna. Siempre trabajé. Ahora que tenía ese empleo, me sentía glorificada. Me llamó y pretendió que leyera. Le dije que no podía. Se encolerizó. Estrelló el frasco de tinta en el pavimento manchando la alfombra. Luego leyó con voz entrecortada: - Yo, Gastón de Yournette, maese corregidor del municipio de Saint Pierre Sur- Mer, lego a...
- ¿Cuál es tu nombre...ma petite...?- me preguntó titubeando. Yo creía que él conocía mi nombre. Me sorprendí tanto que le respondí. - Mi nombre monsieur es Clementine Reinal, creo que ese era el apellido de mi madre.- le expresé con temor. Me envió a buscar otro frasco con tinta. Siguió escribiendo el billete. Se agotó en el trabajo. Resoplaba y jadeaba. Su viejísimo corazón estaba medio muerto. El esfuerzo lo hizo desmayar unos instantes. Luego intentó leer...” lego a Clementine Reinal, la suma de 20.000 monedas de oro.... Pero después de tachar, volvió a leer. No, dijo, 50.000 monedas de oro, si cumple con mi pedido. En el año de 1814, y puso su sello con el lacre que chisporroteó en la lamparilla.”        
            -¿Y qué desea pedir u ordenar, además, su señoría?- pregunté desconfiada.
             -Que te quedes desnuda frente a mí hasta el final...hasta el momento de mi muerte, que está muy cerca.- dijo mirándome con astucia.
Me pareció un viejo zorro herido frente a su presa. Su ralo pelo blanco se desplomaba sobre los hombros de su paletó de cachemira negro y le prestaba un aspecto de brujo, mago o demonio. No respondí de inmediato. Me dediqué a ablandar sus cojines y almohadas de plumas mientras por mi mente febril cruzaban imágenes, sensaciones y deseos.
Entró a las 19,45 hs. en punto, como todos los días, el médico. Apenas me miró. Revisó a su señoría. Lo auscultó ceremonioso. Su pulmón silbaba cada vez que el aire nuevo invadía los oscuros alvéolos me dijo el galeno. Sufría a cada instante. Le miró los orines que guardaran en un frasco de cristal. Se quedó pensativo. El señor de Yournette observaba alternativamente el rostro del doctor y el mío. Me miraba con avidez y a él con desinterés. El papel que escribiera sobresalía del bolsillo del viejo. Lo acariciaba con impudor. Yo imaginaba cómo sería mi vida con todo ese dinero...Sonreí. Él sorprendió mi sonrisa y supo íntimamente que yo había aceptado.
            -¿Cómo está su señoría? ¿Acaso tendremos que preparar la casa de verano para que no sufra el frío húmedo de la región?- inquirió el ama que entraba en ese momento con una escudilla de caldo humeante. El médico nos miró con dolor y muy molesto por la insolencia de ella, repuso:- La casa de verano...creo que este año quedará cerrada. No es prudente mover a su señoría en este momento.- Continuó escribiendo una nota para el boticario.
            -¿Cuánto tiempo viviré? – exclamó mi amo. - ¿Llegaré a mañana? – dijo sin inmutarse y su mirada me penetró y persiguió por la habitación en semipenumbra. Encendí otra lámpara. Esperé. La mirada del ama de llaves se paseaba de un rostro al otro, con sorpresa. El anciano doctor se sentó junto a monsieur algo confuso y tomándole la mano dijo:- Mi amigo, la cuerda del reloj se está terminando...puede usted disponer..., bueno yo llamaría a un sacerdote, si así lo prefiere...- y quedó silencioso esperando una respuesta o reacción que no llegó. Luego de estrechar al anciano salió taciturno sin volverse.
El viejo me apresó la pollera y me dio el papel. - ¡Guárdalo! Será todo tuyo si cumples con mi último deseo... como ves me muero y quiero hacerlo mirando un bello cuerpo joven junto al mío. Llamó a su ayudante. Se hizo trasladar al lecho. Se acomodó y apoyó su cabeza cenicienta en los cojines que yo acomodara. - ¡Que vengan todos!- ordenó con cierta urgencia. Llegaron uno a uno los servidores. A cada cual le fue entregando joyas, papeles valiosos, dinero y objetos personales. Él nunca había tenido hijos y su mujer había muerto hacía muchísimos años.-“¡Ahora salgan todos!  ¡Me quedaré solamente con Clementine. Cuando ella los llame ya podrán disponer de mí.  Y recuerden no quiero sotanas por aquí. Yo igual estaré en la “Gloire ”!
                        Los hombres y mujeres salieron silenciosos y tristes. Apenas murmuraban entre ellos.
Ya a solas en aquella habitación silenciosa; yo, comencé a desprender los cordones de mi corsé. Luego fueron cayendo una a una mis enaguas como cáscara de fruta madura. Cuando mis muslos  mi pubis virginal y mis senos quedaron frente a él, comenzó a sonreír con una extraña alegría. Me quedé quieta. Sentía que mi piel frágil se encrespaba, un escalofrío imperceptible me ponía sonrosados los pezones erectos.  Seguramente mi rostro tornaba del rojo vivo al blanco. Sentía vergüenza y en lo más profundo el placer de saberme dueña de una pequeña fortuna El anciano gesticulaba apenas. Murmuraba palabras inconexas. Trataba de acariciarme y yo me alejaba con pequeños pasos.  Reía y se babeaba. Sus manos se estiraban tratando de poseer lo que tanto había deseado en ese tiempo. No pudo. Pronto se durmió. Hablaba entre dormido con mi figura que se helaba a pesar de la leña crepitante. Yo también soñaba.
Nunca despertó. Pasó una semana. Aparecieron como cinco parientes que se acomodaron en la gran casa. Cada uno pretendía ser el dueño de todas las tierras, casas de alquiler y hacienda del hombre. Cuando yo indiqué que tenía que cobrar su donación; se rieron hasta el delirio. Yo me quedé callada. Salí de la casa con la idea de buscar a un licenciado en leyes que me ayudase. Que hubiera permanecido desnuda frente al viejo, era un secreto que sólo conocía el ama y el ayudante del señor. Los servidores eran mi único testimonio. Los intrusos no sabían por qué yo pretendía cobrar el dinero. Con ese hecho clandestino, callado por seguridad, yo tenía algo más, que a veces ocultaba en el zapato viejo y otras en el bolsillo de aquella chaqueta poblada de agujeros que me dieran del amo. Era el pasaporte a mi futuro. Con ello tendría una vida digna de ser vivida. Me reivindicaría de los múltiples sufrimientos. Compraría una casa de campo, un carruaje, podría tener esas alhajas de oro y granate que vi en un escaparate de la ciudad hacía tiempo, vestidos de seda y encajes,  lograría tener hasta un puñado de sirvientes. Sería factible mezclarme con gente distinta a la que acostumbro a frecuentar...
  Llegué con un abogado y mi papel a la vieja casa. Nadie creía que eso fuera legítimo. No querían darme mi parte. Yo, en forma silenciosa y firme seguí peleando. Mandaron mis papeles a la capital. El técnico grafólogo cobró demasiado, pero probó ante el juez, que el papel era un legado auténtico.                                             
                   Monsieur : señor
Ma petit : mi pequeña
Gloire : gloria

LA MAGIA

   La casa era de una belleza sin igual pero había sitios desocupados, pensaron en tomar algunos pensionistas. Así llegó un viejo soltero, cuya familia había caído en un bombardeo. Sin otro consuelo que sus cajas con libros y algún que otro objeto recuperado entre los escombros. Vivía con traducciones que hacía para un editor de la gran ciudad. Estricto en su higiene personal. Pagaba puntualmente su pensión y comida. De hábitos sanos no tenía ninguna queja. Luego apareció una señorita, profesora de letras, que mantuvo largas pláticas con las muchachas de la casa. Finalmente llegó un personaje diferente. Era “parapsicóloga” vidente y tarotista. De mirada pícara y voz chillona, cambió el aire serio de la casa. Salía todos los días a su “consulta” en la ciudad. Atendía una cantidad increíble de gente en un pequeño local, donde reinaba un caos de dioses hindúes, egipcios y cristianos. Con una túnica de seda colorida y un turbante con grandes aretes dorados, penetraba el mundo de los muertos como en la vida de los que habitaban los pueblos cercanos.  
                         

CONFIANZA


Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.
                        Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamora. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon la nostalgia de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.
                        Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.
                        Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.
                        Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica casera. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.
                        De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que habían quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.
                        ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.



                     

jueves, 13 de febrero de 2020

SOY UN CAMINANTE...




Soy un caminante devorando la desgarradora simiente
de la vida 
árida siento mi saliva
que duerme en la roja forma de una queja


huyo soberbia como suspiro
en espiral anaranjado a sotavento
amargamente huyo    murmurando mi nombre
que tú sólo conoces
intacta está la muerte que seguirá el camino
sé murmurar
sé ver la verdad intacta
enérgica vocifero
sé que en cada herida se violará mi suerte
echada está    lo sé  amargamente
mi mañana

muerdo los ojos   
los suspiros muerdo
cada cuerda del violín se rompe
para dar forma al cadáver del espanto
vacíos los hogares sin lumbre   
mudan sus ritos
los fantasmas, los magos ateridos, los ángeles
su aliento son gemidos 
los ojos amuletos


chocan entre los muros de peltre
las palabras de ónix y basalto
lloran ávidos los labios azuladoslloran.
Besan las orillas escabrosas de la herida y
mi mano yace  indicando el incendio de tu boca
extrañamente, murmuran  algunos caminantes quejumbrosos
por la latitud sideral de mi cintura y
en las manos llevo aferrada la cabeza de un dios
desfalleciente

EL HOMBRE SOÑABA QUE SOÑABA




                        Y entonces caminaba el hombre sobre las plateadas crestas de las olas, semejante a un delfín sombreado sobre una selva virgen azulada. Caminaba arrastrando una enorme red de hilos giratorios donde atrapaba mariposas. Saltó un guijarro de granate desde la mano que sostenía un grito metálico, agitando la espuma fracturada de estrellas. Apareció una nave con el ancla elevada, esgrimiendo enganchado el cuerpo pálido de la mujer sirena. Voz de océano inventando en un desierto de extraña ingeniería, las voces, los corifeos estáticos que enhebran cánticos de amor pagano que se oían en las marejadas. Él, seguía caminando, sordo su oído a los clamores de la profundidad del mar donde habita la pasión cautiva. Soñó con tentar al demonio, para que le entregara el cuerpo casto de la mujer sirena que ondulaba la cola en el agua profunda entre las rocas. Vio una luz penetrando en su pupila. Dejó que llegara hasta la boca el rayo y salió de sus labios un pez de color ámbar como un haz de escamas nacaradas. Surcaron el silencio los sonidos sibilantes de delfín dormido. Abrazaron los senos fríos de la mujer sirena. Quería despertar. La luna se desplazaba sobre el vientre asexuado por la culpa ancestral de los orígenes latentes. Quería despertar porque estaba soñando que soñaba un tortuoso, agotador y desvariado sueño de espera, de quimeras vacías. Sus cuencas también vacías miraban el espacio desprovisto de planetas. Quería despertar de ese sueño que atrapaba su cuerpo contra el rústico suelo. Volcán árido. Gris estepa sin cielo. Desierto promiscuo de ternura. Comprendió que no despertaría aun...no bebería los besos de pasión...no había nacido y en el nido tibio de su placenta revivió otras vidas anteriores. Esperaría el duro alumbramiento, saldría al abrazo de esa vagina fenomenal de su madre parturienta. Pero sabía que apenas diera el primer vagido, olvidaría ese mundo maravilloso de otro tiempo.



¡SI PUDIERA VOLVER A TURQUÍA! UN SUEÑO.

 EN UN LUGAR DE LA MEZQUITA, ADELANTE LAS PLACAS ANTIGUAS DE FALLECIDOS. IMPOSIBLE SABER SUS NOMBRES.
 ¡ay, SI YO CAMINÉ POR LAS CUEVAS Y ESPACIOS DE KAPPADOSIA, ALLÍ NO SÓLO ME QUEDARÍA MÁS TIEMPO, SINO QUE ME REMONTARÍA EN GLOBO, LO QUE NO PUDE HACER EN ESE MOMENTO.
OTRA SECCIÓN E INGRESO A UNA DE LAS MÚLTIPLES Y BELLAS MEZQUITAS DEL CAMINO. ATRÁS EL MINARETE DESDE DONDE LLAMAN A LA ORACIÓN.