sábado, 31 de agosto de 2019

UN HIJO INAPROPIADO




            Amancio Ortubia, había nacido entre los surcos de la viña. Su piel solo tenía el dolor del sudor agrio del sol fiestero. Se crió guacho y pobre... una mujer lo había dejado en la puerta del negocio del pueblo y un alma caritativa lo crió un tiempo. Pero…
           Un día lo buscó Zahir Músase, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas, y mil objetos llamativos. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado, limpió vidrios y puertas. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso eso. El muchacho viviría en una piecita en la parte de atrás...y la letrina cerca. Nunca fue a la escuela pero sí a trabajar la chacra, con sus añitos a estrenar coraje de lavarse con agua helada en invierno; en esa palangana podía higienizarse; a bañarse en el tanque de cemento en la finca vecina del Tito, en los días calientes de enero y febrero.
            Trabajo le sobró siempre. Aprendió a podar, a aporcar y aprendió bien los injertos de toda clase de plantas. Los vecinos lo venían a buscar para que les hiciera la poda en los durazneros, perales, ciruelos y las señoras en los rosales...todos le daban algo. Un pantalón casi nuevo, unas zapatillas o una chaqueta de lana. Sólo muy solito se fue haciendo grande. Una tarde, casi a la oración, don Zahir lo llamó asustado...ven Amancio...tu madre....no se ve bien, La pobre mujer parece que no respira. Llamé un médico y dice que no está bien. Él, se acomodó cerca y vivió el dolor en los ojos de esa mujer que no sabía que era su madre. Ella había escondido su maternidad. Prohibida por Zahir. Ella criolla y él, un libanés religioso. Machista y presuntuoso. ¿Cómo iba a aceptar que esa pobre infeliz le había dado un hijo?





DEL LIBRO INÉDITO DE POESÍA.


JARDÍN CREPUSCULAR

Por tu mirada violeta privada de sed y plata

Atraviesa el niño rústico cuyo corazón desgrana

Un murmullo de pájaros ruidosos,  coloridos

Ronda por los espinillos su voz caediza y clara

Sentimental como alma de un pájaro de invierno.



Pobre peón de sueños, ceniza de latón y estrellas

Solitario en reposo sostenido por planetas.

Última llamarada de oro, recuerdos del viejo bosque

Tu honradez de primaveras olvidadas en cerezos

Con apariencia de jardín abrochado en mi memoria

Instalará un nuevo amanecer con ilusión de vida.

EN ENCUENTROS POÉTICOS

 LEYENDO EN UNA ESCUELA A NIÑOS DE 7,8 Y 9 AÑOS. ATRÁS LIBROS QUE INVITAMOS A LEER. EL QUE LEE ABRE SU CORAZÓN Y SU MENTE.
 DANDO UNA CHARLA A COLEGAS EN UN ENCUENTRO DE ESCRITORES.
EN LA FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES, ARGENTINA, PRESENTANDO UNO DE MIS LIBROS.

NUEVA VIDA





En ese laberinto profundo
Donde ha ingresado la bruma,
La incertidumbre y la duda;
Una mano empuja hacia el abismo.
Allí vive el silencio y la impudicia.
La muerte espera.
Impávida. Insolente. Sollozante.
Al fin del recorrido hay una flama.
Si corres, si huyes o te detienes,
El humo envolverá tu corazón herido,
Marchito, angustiado.
Por eso… vuela, corrige el rumbo.
Arrebata el hilo de Ariadna;
Encontrarás la hendija abierta
Esa que te llevará a vivir en paz.
Necesaria, apetecida.
Una nueva vida.


DE CUENTOS DE LOS PECADOS CAPITALES-LA IRA


              

Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.  
Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.
Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la preciosa “Reina de la Primavera”, de la escuela.
Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.
Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.
Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.
Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.
Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.
Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y la Juez comprendió el sufrimiento de la niña. 


           



A LOS PUEBLOS OPRIMIDOS


LIBERTAD… AL PUEBLO TORTURADO

El oráculo en sombras no favorece la espera.
Dice una estrofa de penitentes que yacen perdidos.

Me duele la distancia. El miedo que comprime la paz,
Me duele. Habla el oráculo con siniestro futuro.
No deseo ir a la selva que espanta. A la muerte.
Quiero huir, escapar a la noche fría de esta historia.
Penitente e insomne. Estallido de voces. Gritos.
Esperaré la aurora sin hablar. El amanecer.
Atrás la tiniebla del torturado estío.
Con la garganta seca, las palmas agrietadas
Acariciando la cruz y la nostalgia de libertad perdida.
Dejen hablar sin lágrimas al hombre oprimido.
Ahora estarán las campanas sin badajos ni ritos.
Soñamos estar con las manos juntas, extendidas.
Abrazando los cuerpos con los ojos mordidos.
Con las bocas selladas y cosidas con alambre de hielo.
Arriba pueblo hermano, arriba en la lucha por la vida.


HUÍDA


                    
                                                                                                                                                                               
Tu duende juega con mi insomnio cada noche cuando te repienso amiga. Un rosal con tu nombre sonríe en octubre.
Telaraña del otoño las frases ingeniosas de adolescentes, se quedaron colgadas y las palabras, entre las ramas como fantasmas guerreros.
Conocí cada una de tus inquietudes de muchacha llena de voracidad por tragarse el mundo, la vida y conocer el país de las palabras. Caminaste como un ciervo en sus praderas. Comiste hasta la última gota de néctar de las flores, los frutos fueron los que llenaron el brocal de tus palabras. Cada vez que nos sentamos a practicar quedó una sombra de estrellas entre las frases que bailaban su danza esperanzada.
Algo sucedió y se cayó una gota de sol. Un reflejo de luna. Una mirada se prendió de la cara sonriente del brocal de la nada.
Ahora envejece el silencio de tanto escuchar las palabras... eco de suspiros por tu huída reciente.
¿Adónde fuiste? Te imagino en la selva caminando entre lianas y frondas perfumadas, o en un oasis del Sahara entre dunas sobre el lomo áspero de un camello. ¿Por qué te fuiste? Amiga perdida en las hojas amarillas de los calendarios. Te espero en el silencio del amanecer, en los días de lluvia, en las muchas tardes de música de Bach o de Mozart.
¿Qué será de tu risa contagiosa? Siempre enamorada de un galán desconocido. Tu nombre está inscripto en el corazón de quienes te quisieron. Todos preguntan por tu destino, todos. Por eso regresa, vuelve amiga.

DISCORDIA




            Las esperaron sin ganas. Era motivo de esconder cobardía entre varios habitantes de la casa. Esa que había sido permanente refugio de toda la familia. Yemina era la más linda, luego estaba Abril y llegó el “machito”, discutieron el nombre. Era muy importante que se le pusiera un nombre pomposo y llamativo. Le nombraron Geraldo. Y fue un solo mimo.
            Las muchachas crecieron a la sombra del hermano y nadie se preocupó por ellas. Hasta que un día llegó un pariente de Europa. Era un joven hermoso y vivaz. Embrujó a todos con su risa y sus charlas de historias extraordinarias. Yemina y Abril, se enamoraron al instante de verlo reír.
            Una mañana la tía al desarmar el lecho, vio la “marca” del pecado. Espiaba a las mozas. No dijo nada hasta que tras mirar y escudriñar descubrió que la primogénita esperaba un niño. No podía ser de otro que del primo amoroso y solícito.
            Pasaron varias semanas. Una mañana me llamó una vecina y me contó una extraña historia. Yemina había muerto en un quirófano. Le habían hecho no sé que estudio en sus entrañas.
            Una negra carroza con caballos enjaezados con penachos de plumas blancas, moños de tul de ilusión albos entre flores de nácar y perlas artificiales, la llevaron al campo-santo. Nadie lloraba excepto sus pocas amigas. El silencio cortaba el sonido de los cascos de los nobles brutos. Murió como nació, dijeron. Hoy al transcurrir los años, discurro que a Yemina la mató un aborto clandestino. Lo organizaron en familia, para tapar el miedo, la cobardía de decir que ese muchacho al que albergaron en la casa, era un farsante que aprovechó la inocencia de la niña. Abril había desaparecido. Luego contaron que entró en un convento del Carmelo, vaya uno a saber qué le hicieron.
            Tremenda discordia debe haber habido en la casona, porque después de ese día, uno a uno se fueron alejando todos los que vivían en la casa grande. El que dicen que se quedó sin pena fue Geraldo, el mimado de todos los que tramaron esa terrible matanza.
            Han pasado varios años y cuando paso por la zona, recuerdo la belleza y dulzura de esas muchachas y un enorme pena me deja perpleja ante la ignorancia y la desidia.


DE CUENTOS DE FÚTBOL


Entró la supervisora a la escuela con dos o tres docentes que la acompañaban. Parecía una reina con su séquito. Pasó derechito a la dirección. Se sentó en el escritorio principal y desplegó papeles.
Yo la miraba sorprendida y con cierto temor. No siempre vienen a felicitarte por haber solucionado la vida de un niño maltratado o una cloaca colapsada, no, vienen a pelearte porque un padre o una madre se queja por una nota que según ellos, los niños no merecen, o vienen a recriminarte porque creen que se ha “Discriminado a un alumno que llegó drogado o alcoholizado” y vos tuviste que llamar a un médico del centro de salud. Pero esta vez, no, vino con órdenes de la superioridad: “Los niños tienen que tener un Televisor en cada aula o en el salón de uso múltiple para ver el Mundial”. ¡”Chupate esa mandarina, pens锡 ¿De dónde saco un televisor para cada aula y el único que hay lo trajo Colón cuando llegó a la Antillas?
La orden viene de arriba y hay que cumplirla.- dijo con aire autoritario. Y yo no supe si reírme o llorar. –Señora no tengo un buen televisor. – y esperé una respuesta que me dijera que bueno, que el gobierno me daría uno o varios; pero no. Arréglese como usted sabe, para eso está nombrada como directora titular.
Se levantó manoteó los papeles, su cartera y salió con las mujeres que la habían acompañado. Me quedé entre lívida y furiosa. Tenía ganas de ahorcar a alguien y di gracias a los consejos de mi abuela que decía: “Frente a un dilema, calma, piensa, cuenta hasta diez y luego actúa”. ¿Qué podía hacer? Si traía el de casa, mi familia me ejecutaba en medio del living. ¡Comprar uno! ¿Con qué si nadie paga la cooperadora? Hacer una rifa… ¿Otra vez señora una rifa? Si nadie compra y tenemos que terminar comprando nosotras que apenas llegamos a fin de mes. Me quedé allí, quieta y muda.
Cuando entró el celador, con una taza de café, y me vio tan alterada, me preguntó qué pasaba. Me puse a llorar. Él, hombre grande y con mucha experiencia, se acercó y me dejó que me calmara; luego me inquirió: ¿Señora qué le pasa?
-Necesito un televisor nuevo o varios por orden de la superioridad y ¿de dónde saco el dinero? – seguí secando lágrimas incontenibles que caían por mi cara.
- Mire mi experiencia dice que si usted les dice grado por grado a los chicos para qué quiere la plata, le llueven billetes. No se olvide que está en un país futbolero. Acá se da la vida por un partido y si es un mundial… cualquier cosa. ¡Se arrancan un riñón, una mano, venden a la abuela…!
Le hice caso. Primero fui aula por aula, después cayeron los padres y al final llegó un camión de una empresa conocida con siete, sí, siete televisores nuevos y todas las aulas vieron el Mundial. ¿Alguien me puede explicar cómo puede ser tan penoso un país, que sólo tiene billetes para el fútbol?

ANA FRANK




No hables Ana.
Allá afuera hay mil demonios.
El silencio llora, clama ahora.
Las calles se han poblado de insomnio.
Hay ojos que oyen voces y oídos que miran.
Se respiran humores pestilentes de ira.

No hables Ana, no hables.
Si la ventana encuadra un pequeño cielo
Verás pájaros libres y árboles viejos
Que esconden nidos nuevos.
Los canales se detendrán coloreados de sangre,
De traviesos fantasmas con estrellas de oro.

¡Por favor, Ana, no hables!
Piensa en la gente buena que anda entre las calles
Cubiertas de metales y fuego que arde.
Silencio, por tu hermana, por Peter…
Por los que te traen comida y agua, arriesgando la suerte.
Allá entre las piedras está atenta la muerte.

No hables Ana, no hables. 


miércoles, 28 de agosto de 2019

ESPERANZADA




Camino al jardín donde el frío de una mentira,
enmarañada de verdes frondas, pinta el atardecer.
¿Quién que domina con una venganza el futuro puede desterrarme?
Tus miradas me liberan de la miseria,
nunca estaremos manchados por el miedo.
Un espíritu benigno despeja el ojo de la ventana húmeda
donde  se refleja la historia de nuestra aventura
Quien nos amarró a las primicias de la cosecha de besos.
Soy caminante de las calles milenarias que esperan.
Donde fulge el sonido de los árboles y el tañer de las campanas.
Ese sonido sinfónico de insectos y de aves nocturnas.
Han pasado los años, es cierto.
Somos ancianos.
Vivimos con la lentitud de los caracoles.
Con las sonrisas de recuerdos que nos miran.
Esa es la mentira. Estamos vivos.

ESCLAVITUD




                        No se trata de ser esclava en una hacienda, no. Tú, muchacha eres esclava en plena ciudad. Cada día te sales del lecho de tu enamorado con más golpes y más dolor que una almohada de plumas. ¿Dónde queda tu espíritu amable de muchacha que salió de la universidad con honores?
                        Si te vieran tus abuelas. Ellas no leyeron como tú, tantos libros, pero eran reinas en sus hogares. Amadas por sus hombres, por sus hijos y hasta por las mozas que ayudaban en las cocinas y en los patios donde regaban las plantas y barrían el polvo con escobas de palma.
                        ¿Qué has logrado con tener un trabajo tan estricto de horarios y de sombras? Siempre cubriendo tus moretones que amarillean con los días. Tus brazos cubiertos por hermosas sedas para ocultar el látigo de un hombre que te aporrea.
                        ¿Dónde está el amor? Tu estima de mujer ha quedado en el cartel del escritorio donde una máquina robot, te ayuda a no perder la calma y lo que sabes.
                        Lo esperas primorosa, limpia como un ángel y con una mesa de príncipe consorte. Su comida favorita, candelas que iluminan su sonrisa crispada y fúnebre. ¿Eso es amor? Si él te quisiera, besaría tus manos y tu cabello que como lluvia de estrellas negras cae sobre la espalda llena de magullones.
                        Cuando no regresa, suspiras con alegría y te quedas como un gato enrollada en la butaca mirando desde la gran ventana la ciudad iluminada. Allí, caminan mujeres como tú, que sí tienen amor. Él, sabes que te miente. Tiene otra mujer. Tal vez un zagal que le adorna las sienes. Y tú, lo esperas preocupada porque en la calle hay peligros.
                        Ahora llueve y estás sola. Una voz en el celular te dicta un nombre, te muestra una escena donde arde el infierno de su alma de impostor. ¿Te enojas? ¿No lo crees? Caminas por el piso tibio con pasos rápidos y nerviosos. Das vueltas y vueltas. Lloras. Miras el celular y ves la palabra “Esclava”.
                        Te veo que caminas hacia la cómoda, no a la cocina. ¿Qué tienes en la mano? ¿Está bien afilado?
                        Ahí sientes el ascensor y la llave en la puerta. Corres. Haz abierto una flor en la camisa blanca. Es de color bermellón como tu ira. Él, cae y tú, ríes. Silencio.

ALGARROBO DE ARRIBA




La noche se ponía el poncho de violeta con perfume a frío. Ciriaco Luna, cabalgaba sosteniendo un trote suave en su lobuno. Detrás, el “Flechita” con la cola entre las patas, seguía a su amigo. Oscurecía y en escampe, sólo se veía el fuego del cigarro que se quemaba entre los labios secos del hombre. Las nubes se habían diluido entre los cardales. Y él, confiado seguía la huella que lo llevaba a su rancho.
No estaba la Carmen, se había ido al pueblo donde vivía su hija, la Teresa. Algarrobo de Arriba era un montón de soledad y silencio. Se oía el ruido del viento y el aullido de algún chacal que merodeaba los potreros. Los perros cimarrones peleaban por alguna osamenta con los de la casa. Frenó el pingo y desandó entre los maizales.
Una ráfaga helada le voló el sombrero y salió disparado hacia el corral de chivos. Se le escapó una maldición. Se arrepintió al instante. No hay que llamar los fantasmas en noche sin luna. Flechita se alarmó; su pelo se había erizado y las orejas en punta le señalaron su enojo. Había algo raro en el aire.
En el algarrobo un cuchillo clavado sostenía un papel con palabras escritas en malos garabatos. Sacó la nota y el cuchillo. Lo limpió en la camisa y abrió la puerta del rancho. Prendió el farol de kerosene que iluminó en naranja la pobreza de las paredes de barro. El perro se echó junto al fogón y allí se quedó dormido. Antes había tomado agua con fervor de animal y ni miró el trozo de pata de vaca que le había puesto Ciriaco en una lata junto al agua. Él, Ciriaco, estaba muy cansado, quería echarse en el catre pero primero con suma dificultad, leyó la nota.
Mañana tendré que ir a la vieja Capilla del Cavadito. Me esperan. Caracho con el difunto. Nadie se imaginaba que estaba malo. Se comió una torta frita, seca y dura que tenía días en la fiambrera, con una tajada gruesa de jamón de chancho. Y se quedó dormido.
Ululaba el viento a la madrugada. Y despertó con la garganta arenada y sedienta. El agua en la palangana estaba helada, rompió con una piedra el hielo y se lavó como pudo. ¡Vamos Flechita, tenemos que ensillar y se nos viene el calor y es lejos! El animal, levantó la cabeza y movió la cola. No quería salir con esa helada.
Esta vez ensilló a “Carasucia”, la yegua y se puso camisa blanca y bombacha negra. Cinturón de función de tristeza y caló sombrero algo nuevo. Poncho blanco hecho por la Carmen al telar ese otoño. Un pañuelo al cuello de color violeta. Salió rumbo a la capilla. No lo acompañaba el perro. ¿Qué te pasa Flechita?
Se fue sin esperarlo, tal vez lo siguiera. Lo alcanzaría en un trecho. Al trotecito variado arrastró su tristeza. ¡No es tiempo para que mi amigo se fuera!
Casi al medio día, se le negó la yegua. Las patas encabritadas sostenían su cuerpo que se apretaba a las crines. ¿Y a vos qué te pasa? Un murmullo de pájaros, jotes dañinos se arremolinaron en la cruz del camino. A lo lejos, se veía la Cruz de la Capilla del Cavadito. Un tañer de campanas, malograron su curiosidad de hombre bueno.
Entonces, entre los yuyales encontró un cadáver. ¡Era el cuerpo de Carmen! Un cuchillo igualito al que encontró en el árbol, tenía su mujer clavado en el pecho.
Se apeó y vio su rostro entumecido y yerto. Carasucia coceaba entre los yuyales y un sonido de triunfo escuchó tras los árboles. La carcajada histérica de la Teresa, apretaba en su mano el cabello canoso de la madre.
¿Teresa qué pasó? Y al darse vuelta ya no estaba la loca. No había nadie.

IRRESISTIBLE


  
     ÉL
                         La vi  cuando pasé por la esquina; estaba quieta y triste. No supe porqué causa me acerqué a mirarla. Era, como un inmigrante ilegal de la belleza. Una diosa pagana. Su piel de una pálida luz ambarina me produjo una extraña sensación en el cuerpo. Temblé y me animé a hablarle. Sus ojos negros...quietos. Profunda la  mirada, me habló con una chispa de topacio caliente. El cabello me envolvió entre sus rizos y la tomé de las manos. Me condujo a su lecho. He vivido un éxtasis de muchacho inexperto, sus pechos suaves, blancos... creo que la he soñado. No quiero despertarme. Pero debo dejarla afuera me espera mi verdad y mi vida.
                       Mi inexperiencia luego de abandonar a mis padres, me trajo a esos brazos. Nunca imaginé que viviría un amor tan efímero. Su abrazo me dejó miel en la piel y en la garganta. Un suspiro insospechado. Yo pensé que como mi madre me decía: “Hijo, debes ser un ángel para Dios”. Nunca una mujer en tu vida, ni un amor que no sea mi regalo, mi aceptación.
                         Pero la vi allí, tan frágil. Tan virginal, tan simpática que no me acordé de los consejos de mis padres. Ellos me habían destinado a un convento en la sima de una montaña sobre la Isla del Mediterráneo. Solitario y tranquilo. Y de camino, en esa calle, con el sol abrasador y el suave viento del mar, me atrajo como si un disparador, me atrajera hacia su cuerpo. Su alma debía ser salvada de las tinieblas del mundo. De su ruido. De la realidad infame que nos rodea. Esa Vestal de porcelana y seda. Huiré del ensueño y del pecado.                            


ELLA...
                         ¡Cuánto lo hubiera amado...! Sí, cuánto, si lo hubiera conocido antes de esta larga infinidad de tristezas. Es como tener en mi lecho un premio a la belleza. Era hermoso su rostro de muchacho bisoño. Su piel morena y tibia me trajo otros recuerdos. Su pelo perfumado... su voz, su sexo tibio. ¡Qué  corto es el instante que tuve para él, necesité su ayuda.... mañana vence el alquiler y la dueña, no repara en mi pena! El sol se está escondiendo y debo volver a la calle a buscar  otro hombre... ¡Qué vida que me ha dado la muerte de mi enamorado!
                               


ENSUEÑO




Escondo el corazón, como un hada barroca.
Las mentiras salen cual pájaros negros hacia las nubes.
Una paz me llega al fin y es cielo profundo.
Roja de ira, enciendo candelas celestes para atraparte en mi camino.
Estoy viva. Sí, viva.
La epopeya es alcanzar la playa en la marea baja,
Las algas sofocando la planta de mis pies heridos.
Me escondo de la mirada inquisidora y feraz de ella.
Lucho para volverme transparente y volar al interior del corazón
De un corazón que se proyecte entre alas blancas sin espinas.
De una barca con redes milenarias llena de peces plateados.
De una luna anaranjada y tus ojos de espuma clara que me miren
De un cielo misterioso que oculte mi soledad y mi tristeza.
La magnífica claridad de la mañana marcha.
La fontana espera con cántaros rotos en su brocal de arena.
El cuerpo de la piedad es casi un suspiro.
Allí estará el amor esperando en mi vejez.
Esperando mis huesos corroídos por la lluvia.
Mi boca cerrada con sellos de oro.
Llaves, muchas llaves perdidas.


lunes, 26 de agosto de 2019

SOLSTICIO EN GRIS




Las ramas desnudas se mueven trasluciendo la luna
Las hojas caen muertas a los pies de la acera.
El silencio agobia la tarde bermeja
Llora un pájaro junto al nido vacío.
Las veredas en cascada despiden al sol que huye.

Es verano. Nadie ha pensado en apoyar al viento
que estremece el follaje del parque abandonado.
¿Dónde está el murmullo de los niños?
Ahora, en el solsticio de verano rueda una hoja por la piedra
Un matorral recorre el sendero entre pisadas que se dibujan,
señalando la huida  de los insectos y las flores.

Es verano y agobia el sol sobre la ciudad solitaria.
Mil vehículos atraviesan sin vergüenza la calzada
Abruma el silencio de voces humanas,
Bramido de bestias disconformes y ciegas.
Dolor de soledad en comparsa de imágenes festivas.
El sol se esconde y huye, arrecia el vapor del verano
En la siesta de la ciudad hay un niño con la mano tendida.


HOMENAJE ENVIADO A "LOS MIL POEMAS A M. LUTHER KING" CHILE


MARTHIN LUTHER KING

Luces y sombras en tu morada
Hombre de palabras y de acciones
No violencia
Camino silencioso a la libertad
Amor fraterno.
Grito sin expresión de pánico
Alarido de labios apretados
Caminante de huellas fantasmales
Que atormentaron los prejuicios.
Un estallido de garganta herida
Sale una mariposa de color de sangre
Lame el viento la palabra “Freedon”
Dios en tus manos vacías y dormidas
Dios en la conciencia de los otros hombres
Dios perdonando el oscuro intento de tu muerte

Hombre sin sombras. Luminaria en la tierra.
Caído. Desterrado al silencio. Muerto.
El hombre con nombre de rebelde cristiano,
Vive en la memoria de un pueblo que espera
Libertad, libres, libertos y librados.
Negritud asombrada con estirpe de reyes
Que se asoma en la tierra violada.

                        Graciela Elda Vespa. Mendoza. Rca. Argentina

NOVELA "SÍNDROME DE TRAICIÓN"; CAP. 16, FRAGMENTO


“Avanzábamos en fila india, siguiendo la luz de las linternas del guerrillero que iba a la cabeza. Me pareció oír la voz de mamá que me prohibía andar entre los maizales descalza.”Diario de una secuestrada por las FARC.  

           
El Petit Hotel es lujoso. El desayuno descomunal tiene como broche de oro periódicos de todo el mundo. Andrea lee ansiosa los titulares del “Mundo” de Madrid, de La Nación de Buenos Aires, El Mercurio y algunos de Francia, U.S.A. e Inglaterra. Todos son iguales, si no tienen historias trágicas, muestran miserias o chismes inútiles. Los va separando con desgano. Siente rabia y pena. No puede desconocer lo que sucede en el mundo, pero quisiera escapar de la capa terráquea y adentrarse en un mundo mejor.
            Los diarios traen noticias dramáticas de extremo  oriente. Hay atentados terroristas en Europa. Mueren los niños de hambre en Centro América donde se producen enfrentamientos entre sectores de políticas contrarias.
            Andrea, sentada en la terraza de su departamento en el piso veinte, lee los periódicos de la mañana. Duilio salió antes de las siete. No recuerda si se despidió de ella, era muy temprano. Hoy tiene que ir  a una misa en la Catedral.
            Será en memoria de O´Higgins. Ayer tuvo el alegre llamado telefónico de Marcelo. ¡Su hijo enamorado! Tendrá que volver a Buenos Aires. Tiene que conocer a esa chica. ¿Cómo se llama? Mariana… Se ve que está muy enamorado. Marcelo querido, ojalá no deje sus estudios. Se va a poner el abrigo de nutria, hace frío y el sombrero italiano. Si no, mejor el de zorro blanco, ese hace juego con el sombrero. Faltan unas horas. En el Mercurio, no hay ninguna noticia de Argentina. Según Dulio, las reuniones y acuerdos con cancillería están paradas. Hay muchos problemas con los límites en el sur del territorio.
            Sale dispuesta a vestirse. Suena el teléfono de su habitación. Atiende.
-          ¡Hola! Sí habla Andrea. ¿Quién? Ah, si, como  estás Florencia? Yo, preparándome para ir a la misa de la Catedral. ¿Esta tarde? Ah, bueno. Me encanta la música. Con gusto ¿A qué hora nos encontramos? ¡Por supuesto, allí estaré! Gracias. ¿Verónica? Bien, casi no la veo. Cumplió quince años, no puedo retenerla en casa. Acá la gente es cariñosa con ella. La  invitan a todas partes. ¡Si gracias a Dios! ¡A Duilio es tan difícil decirle algo! Casi no lo veo. Bueno entonces a las… te veré en el teatro.
            Cuelga y entra al baño. Cuando sale está maquillada y peinada. Su pequeño calzón y las medias de malla fina se le adhieren a la piel. Está muy delgada. Se mira al espejo. Aún es joven.
            Se pone un vestido color verde. Un collar de perlas. Aros haciendo juego. Los zapatos completan la figura. Se sabe elegante. ¡Usa el perfume favorito! “First” de Van Cleff” Se pone el sombrero de piel. Toma la cartera y abrigo. Sale. El chofer está a su disposición. Cuenta con ello.
- Buenas noches.
Un empleado del hotel sale corriendo para decirle que tiene una llamada en espera de Duilio. Se detiene y acude para escuchar con pena que esa noche y otras al parecer no podrá venir a estar con ella. Se disculpa, pero hay problemas muy graves con un grupo insurrecto en el sur de Santiago.
Cuando cuelga el teléfono, siente un dolor muy grande. Sabe que es el principio de un fin inestimable. Es la primera noche en veinte años que él no duerme con ella. Presiente con dolor que serán muchas las noches que pasará sola en lo que se ha transformado en su hogar. Un coqueto departamento de hotel. Sale del dormitorio. Apaga la luz. Casi es un símbolo.
Regresa al auto que atraviesa calles que hormiguean de gente con pancartas y militares armados escoltando a ciertos automóviles.
Cuando se detienen en el teatro observa gran cantidad de carabineros rodeando lo que hasta hace pocos días era un páramo feliz.
El teatro bulle. Gente que ríe y espera la entrada en escena del director de orquesta. Silencio. Se apagan las luces. Con Florencia en un palco, observan ese mundo irreal de personas. Las hay jóvenes y viejas, lindas y feas. Nativas y extranjeras. Aplausos.
            Entra el “Maestro”. Ya están los músicos en sus puestos. Entra un joven moreno saluda y se sienta al piano. Como en un cuento de hadas todo se pone en movimiento. El éxtasis de la música la eleva de este mundo. Sólo pasan por su mente recuerdos de la infancia.
Su padre, culto y fino, contándoles historias de viajes. Su madre, verdadera amante de la música. Recuerdos mezclados con esa sinfonía de Beethoven. La niñez, la juventud. Recuerda el día, en que Duilio le dijo que la amaba. Su noche de bodas. Los besos. La enorme soledad tras ser elegido diplomático en  Chile. Aplausos. Ha terminado la primera parte.
Salen con Florencia al hall de descanso, donde camareros sirven bebidas y pequeños bocados de caviar y centolla. Los famosos vinos chilenos corren en las copas de cristal. Cree que los argentinos son mejores pero no opina. Es de mal gusto.
            En el pasillo siente que una mano la toma por el hombro tímidamente.
Se vuelve y se enfrenta con el “Hombre”.
           - “Buenas noches”- Su escaso español es rudimentario. Ríe con fuerza. Él está más feliz, que nadie de decir esas palabras.
           - Buenas noches, señor. ¡Y señala a su amiga que observa a ese hermoso hombre rubio!
- My friend Florence Padilla Herrera. El señor Edgar Juvar Leylakson… es americano, de Texas; y no habla español. Además tiene un apellido complicado, querida, perdóname.
- No te aflijas. Buenas noches, good, good!
- Mi, aprende español, señora. Poco, chico.
- Bueno; está mejor así. Andrea, nota  que él, la ha tomado del brazo tratando de sacarla hacia el gran salón dorado para hablar. Lo sigue. Se para frente a ella y se queda mirándola. Pasea su mirada con pulcritud y atención. Luego hace un gesto de aceptación y gusto. Ese piropo mudo la pone nerviosa. Se da cuenta que ese hombre la inquieta. Piensa en Duilio y su mirada se cuaja de lágrimas que escasamente pudo controlar hasta ahora. El hombre la ve y no entiende nada.
- Andrea no… ¿qué pasa a usted? Yo tengo que advertirle que esta noche tendremos una bomba. Mi tener noticias de un político de acá que está escondido.
- Nada. Nada. Perdón. Se da vuelta y trata de alejarse. Florencia inquieta, no comprende.
En puro inglés le explica al hombre que Andrea, hace poco ha perdido un hijo de dieciséis años en un accidente y que aún no puede escapar a ese dolor de madre.
Él se acerca. Toma su mano blanca y la besa con profunda emoción. Casi con reverencia, la mira y le dice:
- Amiga… mi sentir, acá, pena mucho pero es que tener que irnos rápido. Bomba estallar en cualquier reloj, digo momento.
- Gracias. No nos iremos por una estúpida e imaginaria bomba. Además está lleno de militares.
Suena el llamador del salón  y ruidosamente, presta la gente entra en la platea y balcones. El sigue con su mano fina, entre las  suyas hermosas y fuertes. No quiere soltarla. Quisiera darle fuerza. Su seguridad y quitarle ese dolor que tiene en el alma. Sacarla del peligro.
Ni Andrea ni Florencia, ni todos los que esperan con devoción la música saben que en el estuche del violín del “Comandante Músico” está armado un explosivo plástico que destrozará no sólo el teatro, sino una o dos manzanas alrededor de la sala de concierto.
Comienza el primer movimiento del Mesías de Haendel y un sonido sordo alerta a los guardias del teatro, pero no tienen tiempo de avisar al público. Comienzan la luz a parpadear en la sala igual a las advertencias frente a un sismo de los frecuentes en el país.
Ella recupera su mano. Tiembla. Se separa con un gesto serio.
- Buenas noches señor Edgar. Gracias. No piensa en el aviso que le dieron.
- Buenas noches, señoras. Yo me retiro. Si ustedes no me creen no las veré más. Quisiera ir con ellas pero sabe que no puede. Él no está libre del control de la gente de su embajada. Además, ella es una mujer casada y las convenciones dicen que debe respetarla.
La segunda parte de concierto los sorprende, tratando de encontrarse y descubrirse entre el gentío.
Ni siquiera Haendel, con su hermosa música, puede sacarlos de esa desesperada y desconcertante búsqueda. Al fin, él la encuentra. El palco de ella es ése. La observa plácidamente. La nota distraída. ¡Andrea! Saborea el nombre. Casi besa cada letra del nombre prohibido. Esta mujer lo tiene loco. Extasiado. Nunca le pasó…
De pronto ingresa un grupo de oficiales armados y dan la orden de desalojar el teatro.
La gente sale rápida y atropelladamente. Corre hacia el estacionamiento. El chofer que está atento la ayuda a subir y escapan por la avenida. De pronto un tremendo estallido conmueve el gran predio del teatro. La explosión es verdadera y muchos han quedado atrapados en el fuego.


LOS SAQUEADORES




            El viejo Cantalicio Valdez pertenecía al suelo agreste desde niño. Muchos años transitados en la tierra árida y ventosa del secano lo había cincelado como a la corteza de los árboles el viento. Patagonia gélida y maldita. Para algunos una suerte de bravía esperanza de dinero, para otros el castigo infringido por la vida.
            Su mujer, lo había abandonado hacía muchos años. Cuando llegaron los gringos e impusieron sus leyes. Eran los que compraban tierras que pertenecían a los aborígenes y al país. Nadie iba a quejarse por lo que veía el Cantalicio. Primero llegaban carromatos con maderas y troncos hachuelados finamente desde la lejana isla. El viento alejaba los obreros ingleses que apenas se distanciaban hacia la ciudad los patrones, se iban al sur y escapaban con algún barco pesquero a su patria maldita. ¡Maldita, sí, por quedarse con las tierras de pastoreo de su ganado! Él tenía algunas ovejitas y guanacos que le daban lana para vender y comprar yerba, tabaco para la pipa y harina. Los rubios de ojos de hielo, levantaron un palacio. Llegaban en el ferrocarril muebles y trapos que ponían en cada rincón del edificio. Trajeron animales, ovejas buenas de cara negra, que duplicaban en lana a sus pobres bichos. Ellos hablaban muy mal “la castilla”, casi peor que él, que a veces a pesar de tener pocas palabras, no sabía el nombre de ciertas cosas.
            Un día vio venir a su cabaña a un “rubio” pipa en mano y con cara sonriente, el muy cretino. Golpeó. Él, no le contestó. Volvió a golpear, con fuerza bruta esta vez y salió. Escupió al suelo un salivazo oscuro como su ira. El hombre lo miró de arriba abajo. Le habló como pudo. Necesito contratarlo para el campo. Yo no. Sí, usted. Es el mejor por acá. Un Valdez nunca trabaja para otros. Le pagaremos muy bien. No. Sí, le pagaremos tres veces lo que usted gana en un año, por mes. La puta que lo parió. Bueno, está muy lejos y yo lo necesito en la casa y la majada. Veré. Lo espero. No mucho. Lo espero. Le dejó una carabina y un morral con dinero. Volaban los billetes cuando lo abrió.
            Se metió al rancho. La rabia le carcomía el alma. ¿Qué voy a hacer? La plata lo sedujo, nunca había visto tanta. Nunca.
            Dejó pasar dos semanas y caminó tres veces alrededor de la casa. Golpeó con furia. Apareció una mujer flaca como una espina, rubia como el trigo y fea como el demonio. Sin palabras lo hizo ingresar a un recinto cubierto de pinturas con caras de hombres y mujeres igual de feas que la fulana. Apareció el “rubio”. Le tendió la mano. El no lo tocó. Pensó en mandinga. Este debe ser hijos de Lucifer, por eso es tan blanco tan colorado y tiene ojos de pescado. El hombre le mostró la cocina, allí había una negra linda, criolla, que apenas lo vio se sonrió mostrando su boca desdentada. ¡Linda hembra para el catre! Siguió al patrón. Al entrar al galpón vio máquinas raras, nuevas, brillantes y aperos de cuero fino, monturas y mil herramientas que lo dejaron boquiabierto  ¡Una preciosura! Salió hablando entre dientes. Tenía que ayudar con el campo, con la tropilla de caballos y las majadas de ovejas. Luego con la esquila. Le pagarían bien.
            Pasó el tiempo y se emparejó con la “Negra”, la cocinera. ¡Esa era buena junta! Ya no tenía tanta bronca. Los patrones habían cumplido con la paga y le habían dado muchas cosas traídas desde Inglaterra. Ropa y botas, montura y aparejos. Unas ovejas cara negra que no eran de las mejores pero para él, eran hermosas. Las apareó con las suyas y tuvo más animales. La “Negra” hilaba y tejía en un telar indígena. Los ponchos salían de sus manos como flores de primavera. Cocinaba rico y con poco, pero hacía unos dulces con las frutas que plantaron los patrones que hacían relamerse los bigotes.
            Cantalicio se había encorvado. Le dolían las piernas y los huesos. Pero todavía trabajaba en la casa.
            Un día llegaron los hombres del ejército. Había una leva de jóvenes para una huelga en el norte. Los llevaron en tren. Había una revolución y a él, no le iba ni le venía, pero vio que los ingleses, llenaban cajones con libros y cuadros que habían comprado en su tierra, muebles y hasta las luces de las grandes lágrimas de vidrio que brillaban en las habitaciones, las cargaban en el tren para sacarlas del país. Vino un comandante con unos emisarios del gobierno que traían papeles para impedir que se llevaran esos valores pero… las libras de oro pasaron a sus manos y se fueron “chitón” en boca. Y la casa quedó desolada como el páramo. El patrón vino con la flaca y lo abrazó, se iban a su tierra. Se llevaban todo. Todo. Y Cantalicio tuvo que quedarse solo a cuidado de la casa que se había envejecido. Se parecía a él y la  Negra, que ya no podía con sus dedos endurecidos por el agua dura y el trabajo enorme de tantos años de trajinar la vida.
            Cantalicio, se quedó esperando. Nadie venía. Un día apareció un apoderado de la ciudad. Los echó a los dos, que volvieron a su rancho. El nuevo dueño, era atropellador y grosero, un vil pedante usurpador de la tierra. Vendió las majadas y las tropillas y sembró centeno. Pero no preguntó y se quedó sin nada para cosechar.
            En un ataque de furia, los obreros que había contratado, prendieron fuego a todo con él tipo adentro. Desde muy lejos se veía el cielo rojo por las llamas. Cantalicio lloró y la Negra, lo abrazó y se quedó con medio cuerpo dormido. Nunca se atrevió a ir para ver lo que había quedado. Al tiempo se lo llevó la “Hembra de Afilada daga”. Quedó allí, en su campito junto a su Negra.  
            Dicen que en las noches de luna llena, se lo ve al Cantalicio, merodear por las ruinas de la casa quemada

MARAVILLA




Maravilla la mañana cuando amanece con luz solar
Maravilla el cielo cuando las nubes pueblan el cielo
Maravilla el sonido de las hojas de los álamos de otoño
Maravilla el agua que corre hacia el mar remoto
Maravilla la mirada de un niño en la calle jugando a la pelota
Maravilla un gato que cuida los cachorros de una perra
Maravilla la vida de un niño en el vientre de su madre
Maravilla el sonido de los pájaros en los parques ciudadanos
Maravilla el poeta que transforma lo feo en belleza.
Maravilla los que creen en el amor y en Dios, a pesar de la guerra.


RÍO, ARENA Y AMIGOS




Cabalgo en la cuesta redondeada de

toda la inmensa maravilla

el río quieto      bravío a veces

los lapachos florecidos sin permiso      a destiempo

los pájaros sedientos de luces acostadas

de un sol insolente de verano intruso

el hombre con su voz melodiosa de guitarra

en un chamamé  de estrellas verde fuego

el botero con sonido de remos y chasquido

río abajo      jangada imaginaria      tacuara movediza

remolino fresco entre los matorrales  brillantes de

arañas en su tela como enjambres y

una sola palabra  entre amigos

mate amargo de sueños mano en mano

el muchacho     fingiendo asombro ante el asombro

de un abrazo entre tinto - asado - tinto – blanco – asado - tinto

ojos       enormemente abiertos al amanecer del canto

payé de entretenidos         de enamorados       de pasiones

la poblana milagrera de historias familiares

esperando en su vientre de arena blanca

nuestro retorno derribador de mitos          de viejos anatemas

el romance del viejo que escapó apasionado

la muerte prematura

el miedo       la codicia de amores  la guitarra     el canto 

encuentro sólo encuentro.