viernes, 28 de abril de 2023

POR EL RÍO THAILANDÉS

 

UN VIAJE 

 

                     Abordamos la balsa que remontaba el río  Tkwait. Luego de una jornada de visita histórica a lo que fuera el famoso centro de detención y torturas de los soldados americanos en mano de los japoneses. Estaba cansada y me sentí un tanto apartada del grupo de chinos que me acompañaban. Usaba ropa inadecuada. El invierno tailandés con su humedad y temperatura de casi 32 grados. Yo con una pollera kilt de lana inglesa y una blusa de mangas largas, arremangadas, trataba de disfrutar de esa maravilla. El río calmo y suave, nos alejaba del famoso puente hacia la selva, el sol se ponía. Era esa hora de amarillos, anaranjados y rojos. Una suave brisa me atraía las risas de gente alegre, mujeres, niños y hombres, que a la orilla se bañaban casi desnudos en el río. Se recortaban árboles gigantescos. Todo era como en una sordina. Las palas de los remos chasqueaban en el agua. Cuando una balsa con motor pasaba, levantaba olas de agua dorada, por el sol poniente un millar de pájaros volaban, perdiéndose en la espesura.

                     Llegamos a un embarcadero muy primitivo. Me invitaron a bajar. Con ayuda de unos brazos morenos, un joven nativo, descalzo y con un turbante en la cabeza de colores estridentes, me regaló una sonrisa de dientes blancos en su piel morena y me coloco orquídeas pequeñas en el cuello, como collar.

                     Atravesé un patio donde unos chimpancés jugaban sin inmutarse. Era el patio de un templo budista.

                     Mis amigos chinos rápido subieron una escalera estrecha y muy  empinada. Todos eran budistas. Yo comencé a subir lentamente. Me sentía cansada pero tan excitada y feliz, que aun me parece sentir el olor de las orquídeas de mi pecho. Como me detenía cada diez escalones, a los pocos segundos una monja budista joven, con su frágil figura y cabeza rapada, estaba a mi lado. Nos separaba una baranda de metal y un millón de palabras. Nos unía la paz, la   emoción, la expectativa. Me quería dar animo lo hizo. Transpuse  los 150 escalones y ¡Oh! Maravilla....allí frente a mi estaba el buda. Ella extrajo los celebres papelitos de oro y tomando mis manos, los deposito, para que yo, honrara al santo. Lloré de amor. Allí estaba frente a la cueva. Me indicó que ingresa y en el techo.... miles de murciélagos colgaban como cristales de antracita. Ellas, las monjas, mantenían el lugar impecable. Me hizo agachar en una pequeña hendidura de la cueva, que a fuerza de pasar gente durante siglos, parecía pulida como espejo. No me animé y sólo atiné a honrar al Buda. Luego regresé al lugar donde sonrientes me esperaban mis amigos. En mi corazón nunca voy a olvidar ese momento de infinita belleza.

 

UNA MÉDICA ATRACTIVA

 

La sala es exquisita, pintada de un suave color verde palta, con cortinas de tela fina y sedosa, un cuadro de firma de una conocida artista plástica del país, y por supuesto un flamante escritorio Reina Ana, con silla haciendo juego. En esa pequeña salita, atiende Leticia; médica con medalla de oro en la Facultad más prestigiosa del país. Tiene una camilla recubierta de pana que enfunda en delicadas sábanas de lino egipcio.

Becada en el extranjero, ha hecho un doctorado y varias maestrías fuera del territorio que la vio nacer. Mujer brillante y obsesiva, detallista y perfeccionista. Tiene fama entre sus colegas porque elige los personajes que atiende. Nadie la quiere, pero la admiran por su facilidad para mezclarse en ciertos círculos de profesionales.

Esa mañana llega en su BMW que deja en una sombra de la cochera. Un lugar privilegiado. ¡Su coche lo merece! Le ha costado fortunas. Su traje del modisto de La Fayette, es un atuendo exclusivo. Lleva tacones de aguja y cartera de Luis Vuitón.

Sabe que hoy la espera un alto jefe del sector de la embajada de Suecia. La ha enviado su amigo Livio Robellinni, de la embajada de Italia. Nunca acepta personas desconocidas.

Entra en su consultorio y su secretaria, le entrega una historia clínica que ha interrogado previamente a la atención personalizada. Es un hombre de sesenta y seis años, que ha viajado por varios países del mundo representando a su país. Ha sufrido un preinfarto y sufre Malaria contraída en Kinshasa. Cuando ingresa, se enfrenta a un personaje rechoncho, de piel ajada y ojos pequeños, miopes y arrugados. Se desplaza con dificultad. Ella al verlo caminar sabe que está atacado de “gota”, ácido úrico. ¡Mala alimentación al revés! Comidas de Gourmet y bebidas “blancas” frecuentes. Carnes abundantes y sin querer se siente feliz. ¡Le prohibirá Todo!

Livio, le advirtió que era muy respetado en su país y en la OTAN, pero a ella solo le interesaba que no sufriera una enfermedad incurable.

Le presentó su mano, de piel fresca y de uñas impecables. Con un ademán displicente le indicó un sillón, ya que si pretendía que subiera a la camilla, tendría que llamar a algún enfermero en ayuda. Leyó con cuidado la historia del hombre. Kharl Jurghans, separado, y muy dolorido.

Le tomó la presión. Altísima para su edad y el reflejo al oxígeno pulmonar que era bajo. La mirada angustiada del hombre, la seguía como búho en la noche de luna llena. El miedo lo dejaba sin aliento. Miedo a la enfermedad. Horror a la muerte. Él, lejos de su tierra, sin familia directa, los hijos desparramados por el mundo. Su ex mujer casada en Australia… ¿Quién se preocuparía de su asistencia? La gente de la embajada era suplantada en forma permanente. Le hizo una serie de recetas y solicitudes de análisis y otros estudios.

 

¡Tranquilo! Su corazón parece un motor que quiere escapar al galope… así no nos podemos entender. Le hizo traer una copa con agua. Él, pidió un whisky. Lo bebió de un solo trago. Con los papeles en mano, entregó un cheque y agradecido salió. Arrastrando su dolorosas piernas sobre las alfombras de la sala de espera.

Un joven alto, de mirada oscura lo observó e hizo un saludo discreto. Pidió hablar con Leticia. La secretaria, hábil, le pidió una tarjeta para entregarla a su jefa. “No es para mí, es para mi Jefe”. Salió la muchacha y luego de un breve diálogo con la médica, se asomó y lo hizo ingresar.

Soy el secretario privado de Kaled Zahir al Abdulah. Necesita una visita en el Hotel donde está esperando una reunión muy importante; pero no se ha sentido bien. Si usted me sigue, la acompaño allí. Solo le pido discreción, mucha. Mi jefe habla muy poco español. Yo le ayudaré.

Salió en un coche totalmente polarizado y blindado. Fue tan rápido que en pocos minutos llegaron a ese hotel en medio de un campo de golf y rodeado de murallas altas con ciertos sectores con gente armada. El auto ingresó a una enorme cochera. La invitaron a descender y con su maletín lleno de instrumental y algunos fármacos imprescindibles, pasaron por una serie de monitores electrónicos.

En un ascensor subieron algunos pisos. Nunca le permitieron ver nada a su alrededor. Al salir del mismo, sus pasos se hundían en unas alfombras persas que parecían estar entre nubes. Se abrió una puerta con una tarjeta que portaba el joven moro. Frente a ella en un enorme lecho, yacía un delgadísimo hombre joven acurrucado.

Leticia, se acercó. Él, la miró asustado. Ella le sonrió y le estiró la mano. ¡No, no la puede tocar! Dijo Kassim. ¿Y entonces cómo haré mi trabajo? Le debo tomar el pulso, la presión, y para eso tengo que tocarlo. Ambos se miraron sorprendidos. ¿Qué podían hacer? El jeque avino a ser tocado por Leticia. Ella con discreción sacó sus herramientas. Las manos frescas de la mujer hicieron encrespar la piel afiebrada del hombre. Le ordenó algo al joven y éste trajo un chal y le hizo que se cubriera la cabellera.

Palpó el vientre del enfermo, hizo preguntas sobre su alimentación y sus últimos viajes. ¡El embarazo del ayudante era supremo! ¿Defecó? ¿Cuánto, cuando y de que qué color? El paciente avergonzado, hablaba con el traductor, que miraba para el suelo mientras respondía. ¿Ha bebido agua del grifo? Supo que no en ese lugar sino en su avión particular. Habría que hacer una prueba con el agua. La mirada del Jeque le dejaba entrever el miedo. Voy a solicitar que hagan estos estudios y comenzó a escribir y prescribir. Lo ideal es que se hagan en un consultorio Clínico Biológico a nombre de otra persona, eso permitirá que el doliente no sea detectado. El secretario recibió los papeles.

Acercó, Kassim la oreja a su jefe y le sugirió que esperar unos segundos. Salió por una puerta lateral. Luego ingresó con una caja de madera y nácar, tallada. Se la entregó a Leticia, saludando amable. Sacaron a la médica con mucha prudencia. El secretario le pagó con varias monedas de oro. La subió al coche que era distinto al anterior y salieron raudos hacia la ciudad. Se quedó en la esquina de su casa. Ella no había dado su dirección. ¡Quiere decir, se dijo, que me han estudiado!

Cuando ingresó en la casa, había algo extraño. Algunos objetos fuera de lugar. Se sirvió una copa de Cabernet y se sentó luego de tirar lejos sus tacones. En el sillón, acurrucada, abrió la caja… gran sorpresa, un collar de diamantes y esmeraldas con sortijas y brazaletes, brillaron a la luz de la lámpara. Encendió el televisor. Se enfrascó en una película y se quedó dormida.

Un estallido despertó a media población. Una enorme bomba había destruido un banco en las afueras de la ciudad. Las fotos que mostraban en las pantallas eran conocidas de Leticia. Supo que tenía que escapar de su país. Seguro la estarían buscando para matarla.

 

 

SI YO FUERA

  

Si yo fuera…

una almeja, un simple reptil o un ángel de esplendor;

luminosa en la esfera de quién sabe qué planeta.

Tal es la incertidumbre que admito en mi pobreza,

el espíritu noble de la duda sin nombre.

La luz que imponga la Señora que vendrá irremediable

a buscarme en la noche del cercano horizonte.

Y estoy sola, muy sola. Como ave solitaria.

 Qué bello sería escuchar los gracejos de antaño,

Sin reproches eternos, ni palabras sombrías.

Reclamo las prisiones impuestas a mi vida,

la vida cotidiana, simple vida de sol amanecido.

Hubo noches quejumbrosas y destierro de besos.

Hubo muchos silencios y copas de vino derramadas

sobre manteles blancos de fiestas sin campanas.

Hubo muchos momentos de pláticas perdidas

donde la lluvia caía sobre mi rostro vivo.

Hubo luces y fuego, hubo nieve y brisa, sobre el lecho

y nadie puede decir, que no fue consentido.

Si yo fuera más frágil, más mujer o más niña,

hoy sería una fiesta de abrazos y risas. 

DE TANGO Y SUEÑOS

 

 

Ya no quedan acasos para compartir,

Te has quedado dormido.

Ya no hay espinas a destajo

Armando un arquetipo de color en tu mano.

No nos queda el aliento de canela o vainilla

Hay un tango que en el piano suena a despojo

Transformando la esquina del farol

En bravos compadritos al margen

Del río en tu orilla estricta y lejana.

LETICIA

 


La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

EL ACCIDENTE

 


Cuando se fue a la  madrugada  dijo que “que me  amaría  siempre. Se fue. Habíamos peleado porque yo no tenía trabajo todavía. Esa mañana me contestaron de un banco que me harían una entrevista, pero no me creyó. Ella vino a los dos días. Era de noche y estaba muy nerviosa. Se encerró en el baño del fondo. Allí  se quedaba hora mirándose al espejo y yo la espiaba, porque la adoro. Siempre pensé que sería definitivamente mía. Construiría un castillo mágico lleno de sorpresas. ¡Me encantaba pensar en ella como una de esas modelos de la televisión!

El barrio para ella era una tumba. Odiaba a las vecinas chismosas y charlatanas que nos espiaban. Jamás saludó a nadie hasta ese día en que al muchachito de enfrente a casa lo atropelló un tipo y huyó. ¡El muy cobarde!  Las ambulancias rugían con sus sirenas insistentes.  Una terrible tragedia había ocurrido en ese espacio tranquilo. Destruyendo la paz, en el tranquilo barrio obrero. La policía, llegó rápido y acordonó el sitio... los periodistas de siempre parecían aves de rapiña buscando mostrar algo, sí, algo, porque ni el maldito que atropelló ni el chico estaban ahí. Y las pocas vecinas, esas que siempre se paraban a chusmear, se escondieron como ratas. Extrajeron los dichos de una nena de ocho años, que se sentía actriz de cine, se ponía en pose y exclamaba haber estado presente y decía como era el auto y quién sabe qué pavadas más. También los abuelos que la criaban hablaban con soltura. De todos modos era claro que nadie había visto la placa del auto ni el color del vehículo. Heridos hay, como una docena en la ciudad por la misma causa. Pero mi enamorada se acercó a la madre y trató de abrazarla. Era la primera vez que la veía en esa forma amable y tierna. La investigación los llevaba a una calle sin salida hasta que de pronto en un rincón encuentran un trozo de plástico muy nuevo y de color cobalto que no se fabrica en el país. Con eso  se podría lograr acertar en la búsqueda del agresor.

Así supe a los días que el chico había sobrevivido, pero con una marca indeleble por los golpes y que mí adorada, en realidad no se quería ir y sería mi compañera para siempre.

Y TODO COMENZÓ POR…


 

            La siesta caía como un poncho de metal caliente sobre la tierra. Solo se oía el pasar sostenido del agua por el canal que rodeaba la finca. El rumor de las hojas de los álamos y sauces, que crecían en esa vereda angosta desde donde se podía distraer agua para regar. A las perdidas se escuchaba un ladrido o algún trueno lejano.

            La Filomena, salió corriendo cuando lo divisó. El Tobías, que apenas tenía seis años, se balanceaba con sus patitas chuscas en la orilla de la corriente y salpicado hasta la panza, parecía que ya se deslizaba por el barroso borde y caía al agua. Corrió la mujer, pero tropezó con unas raíces traicioneras y cayó de bruces a la polvorienta senda. El chico se asustó y allá fue aguas abajo y se perdió.

            Filomena pedía a los gritos ayuda, que logró pronto. ¡El Tobías se cayó al zanjón! Salió el Braulio con una zapa buscando el próximo tapón de derivación del agua. Pero allí no lo encontró. ¡Pendejo malcriado! Siguió buscando hasta bien pasada la tarde y nada.

            Ya estaban los vecinos de los alrededores meta buscar y buscar. Salió la luna, que iluminaba poco, pero que daba cierta esperanza. Cuando se escuchó el motor ruidoso de un vehículo. Venía con Tobías hecho un guiñapo de barro, sangre y mocos. ¡Lo encontré en la toma de don Atencio! ¡Estaba medio ahogado!

            A partir de ese día en las siestas, la Filomena, lo metía en el catre con ella. Sudaban como caballos de carga. Pero ella, se dio cuenta que el niño había cambiado.

            No hablaba ni jugaba como antes. Tenía pesadillas y de repente comenzó a no querer andar por entre los árboles o las hileras de viñas. Caminaba con cuidado, apenas pisaba la tierra y se detenía ante la mínima dificultad del sendero. De la caída le había quedado una suave renguera y una cicatriz en el brazo, a causa de una rama o lata que enfrentó en esa carrera desastrosa.

            Llegó el invierno, entonces Braulio lo llevó a la escuela cercana. Entró con él, de la mano, casi arrastrándolo. ¡Tengo miedo, no quiero estar acá! Usted se queda, le guste o no, tenga miedo o no, de aquí sale como todos los “guachos” y yo lo vengo a buscar.

            Otros chicos como él, se apiñaban en un patio de tierra regada y apisonada. Bajo un árbol, unos más avispados, jugaban a algo. Después conoció las canicas o bolitas de vidrio con lo que se entretenían los pibes. Una señora gorda y alegre, los miraba desde la puerta de una cocina. De allí siempre salía un exquisito olor a café con leche o yerbiado, y de vez en cuando aparecían una sopaipillas doradas y crujientes.

            Tobías, se arrepintió de su protesta cuando lo dejó el Braulio. Allí estaba bien, más que bien. Pero… siempre hay un pero. Los de sexto, lo comenzaron a molestar…

¡Eh, “mojarrita” que tal estaba el agua del zanjón? ¿Tuviste miedo? Ahogado, muerto vivo, aparecido, fantasma… y se enojó. Se enojó tanto que traía arañas y hormigas rojas y se las ponía en la ropa o en el pupitre.

            ¡Este chico es muy malo! Ya no son travesuras, ha comenzado a hacer maldades. La directora quiere hablar con la madre. Y llegó la Filomena, asustada ya que nunca había sufrido semejante vergüenza. Su hijo, no era así. Antes casi era un ángel, se lo juro. Pero no escucharon sus defensas. O cambia o se va a otra escuela.

            Al año siguiente, no tuvo banco, no le permitieron entrar. Eso fue peor. Una madrugada, se escapó y llenó de barro el frente del colegio. Esperó a los compañeros y les tiraba bosta del chiquero. Hasta que llamaron a un especialista en pedagogía y sicólogo escolar. El muchacho tiene un profundo enojo. ¿Algo ha pasado en su vida que lo ha trastornado? Y se cayó al zanjón y casi se muere ahogado. Desde ahí cambió mucho.

            Tobías no se atrevía a decir las cosas que le decían los compañeros. Y se fue a la finca medicado. Dormía casi todo el día. Así creció. Ya no era un niño era un adolescente enojado. Ayudaba en la finca pero con tanta soledad hablaba cada día menos.

            Una mañana llegó a la finca una señora muy joven, en su pequeño auto. Bajó y golpeó las manos. Salió Filomena y escuchó con la boca abierta que Tobías había sido elegido para ingresar en un colegio muy bueno que auspiciaba a chicos de campo. Detrás de un portón escuchó el muchacho y recordó los buenos años en la escuela, las sopaipillas calientes y el maestro de fútbol, será un desquite, pensó. Salió y saludó. La mujer lo miró con afecto. Vio al joven que la miraba y en sus ojos vio un brillo especial.

            La vida de Tobías cambió. Llegó a un colegio donde cada chico podía leer cuando quería, el silencio les permitía incluso sentarse a escuchar a los ancianos profesores que con sabiduría les iba dando un abanico de propuestas culturales amplias.

            Cuando regresó a su casa en vacaciones, era el Tobías de antes de caer al agua. Y ahora se atrevió a contar todo lo que él, sentía, lo que había sufrido y lo feliz que estaba ahora. Tenía dos amigos. Los maestros lo estimaban y le daban inspiración para ser creativo. Descubrió lo cansada que estaba su madre. Filomena, había cumplido apenas cuarenta y cinco años, pero parecía tener el doble.

            ¡Madre, ya termine de trabajar en la finca! Venda y venga cerca de donde yo estudio. La madre lo miró y le dijo: “No, hijo, es inminente que yo te deje solo”. Me han detectado un tumor en la columna y sabe Dios si puedan curarme. Lloraron abrazados. Yo la voy a curar. Esa noche quiso dormir junto a la cama de su madre. Miró la luna y recordó la noche en que lo encontraron en la Toma de Atencio. ¡Una luna desdibujada por nubes de suave tela de arañas! Apenas iluminaba y como en aquella oportunidad le habló desde el corazón. ¡Luna bella, dame tiempo para estudiar lo que cure a mi madre! Y se durmió tranquilo. Sabía que si una vez lo había escuchado, cuando era niño y las aguas turbias lo querían tragar, ahora lo escucharía.

            Pasaron meses. Sus instructores acopiaron notas y libros, asistieron a simposium y charlas. Ellos traían novedades que acrecentaban la posibilidad de salvar a Filomena.

            Pero la vida es dura y la enfermedad indómita. Ella los abandonó. Su cuerpo sirvió para que otros afortunados aprendieran sobre ese mal. Y Tobías, es hoy un afamado especialista en tumores de columna. Y de noche sueña que va con su madre por las aguas claras de un canal alrededor de la finca.

UN ÁNGEL INQUIETO

 


 

El ángel suspiró y un millón de luciérnagas escapaban de sus labios de pulpa de damascos. Se miró reflejado en el charco plateado de la fuente. Ya no era un niño. Se deslizó por el césped y era como una mariposa de escarcha engarzada en hilos de rocío planetario. En el tiempo infinito de los ángeles había transcurrido en un instante y se volvió a mirar. El perfil de su cuerpo parecía la costa de un río sereno de los llanos en flor. No pudo esconder el plumón rebelde de su ala izquierda, esa que tremolaba cuando veía a la ninfa de mármol de la fuente. Volvió a suspirar y salieron volando pétalos de flores de colores amarillos pálidos y fuertes. Se había enamorado.

lunes, 24 de abril de 2023

EL CIRCO

 

Ahora allí, bebían y comían chocolates con champagne. Enamorados, felices, sólo las risas de niño transformaban aquellas lágrimas de otros tiempos, de tristeza, de los malos recuerdos.

Gerard y Lilien se conocieron en la oficina de monsieur Lepart. Algunos comentaban que era un barón venido a menos, sin fortuna porque su padre lo había desheredado cuando siguió su vocación. Cada uno ocupaba un lugar en ese laberinto de juguete. Gerard era domador de tigres de bengala; usaba un estudiado uniforme de seda color blanco y oro. Caminaba con botas de charol y cinto que brillaban por las luces.                  Había escapado de la mansión donde nació. Su padre un agrio solterón enérgico, vivía en soledad. Su intromisión en la vida del extraño progenitor fue un reto del destino. Su padre no lo quiso nunca, como a la mujer que usaba para su placer sexual. Cuando su madre, una campesina ingenua murió en el parto, el muchacho llegó sin triunfo al inhóspito hogar que le tocó en suerte. Sólo fue aceptado por ser varón, de ser niña no hubiese sido admitido. Lo crió el valet, de nombre André, quien amaba en silencio al pequeño huraño que crecía en la oscuridad de los pasillos apenas iluminados para él. Un día pasó por Martegnam el Circo y descubrió que existía otra vida. Una, que estaba llena de luz y fantasía. El viejo mayordomo lo despidió llorando desde el ventanal del ático. Hasta que vio perderse la figura efímera del adolescente, no dejó de mirar. El otoño había pintado de marrones neutros el jardín y el lago, de grises oscuros, abrazando la soledad aumentaba el desconsuelo del anciano.

Una vez aceptado por el dueño del circo, habitó un trailer cerca de la enorme carpa, conoció a la “trouppe” de alegres equilibristas, amables tarotistas, increíbles domadores de elefantes indios, leones abisinios y oso pardos. También conoció a Lilien. Ella, era una estrella brillante en la arena del círculo. Payaso de juguete, malabarista y hermoso arlequín de terciopelo y seda. Perdió, Gerard, el miedo, de pronto al mirarse en los ojos de Lilien. Era dulce esa cómica menuda y sonriente.

El circo era el hogar de un puñado de exóticos soñadores. La gran carpa de infinita gama de colores elevaba sus penachos al viento con música y algarabía. Allí fue recibido, el evadido, con amor simple y humilde. Ese fue su nuevo hogar, mejor que cualquiera que pudiera soñar en otro tiempo.

Gerard y Lilien se enamoraron. Monsieur Lepart, les dio su bendición y les regaló una inusual “luna de miel” en el Tirol. Entre lagos y picos nevados, en una posada se albergó un amor tímido. Sedientos de ternura se prodigaron caricias y mimos. El mesonero les preparó una exquisita “ fondiu”, con champagne; y, frente a la enorme chimenea los abrasó el calor de su pasión joven. Despreocupados se amaron ante al fuego.

En silencio soñó con compartir con el viejo André esos momentos mágicos. Rogó a Lilien que lo acompañara a la antigua casa paterna. Así se embarcaron en una nueva aventura. Al acercarse a la vieja mansión, la desolada fachada, les produjo un escalofrío. Las secas hierbas crecidas, cubrieron sus ojos de asombro. El silencio oscureció el parque y en las escalinatas encontraron amontonados periódicos amohosados y ennegrecidos por la lluvia y el polvo. Nadie respondía a sus llamados. Por la parte trasera de la casa una débil luz indicaba una presencia humana. Al abrir la puerta enfrentaron al sombrío padre. Con la mirada perdida le acercó las manos y Gerard, besándolo, envolvió su espalda con una increíble ternura. El anciano lloraba. Se inclinó el muchacho para besar la frente arrugada del geronte. Una pregunta planeó en ese instante- ¿ Dónde está André?- y el dolor cerró la garganta seca.

-André murió, tan pronto partiste, ingresó en el mundo infernal de la ausencia y apareció colgando del roble frente al lago.- se hizo un silencio interminable. – No debes culparte, yo, tu padre soy el único que puede hacerse un reproche.- y su cabeza laxa, cayó sobre el pecho que sonaba a timbales roncos y podridos. 

No supo cuál era ahora su destino. El que fuera su padre de corazón ya no estaba y ese hombre frente a él, no le traía sino malos recuerdos. Caminó por los salones empolvados y sedientos de sol y vida y se replanteó su vida pasada y tomó una determinación. Si pudo domar tigres podría con su sino.

 

UNA INSÓLITA SOLUCIÓN

 

            Desde el automóvil alquilado, Ivanna, observa el frente del caserón. Bello lugar. El coche de su amado Rafael, es el aguijón que se le clava en los ojos. Allí está detenido desde las diez horas, y no se ve movimientos en el interior. Se le nubla la vista que tiene incrustada en los ventanales y el gran portal, por donde espera verlo salir.

            Ya es la hora en que los árboles comienzan a transformarse en matorrales, verde oscuro o negro, cuando comienzan unas leves luces a asomarse por los vidrios. Se abre el portón de hierro y aparece un pequeño coche deportivo. Antes, en el vestíbulo, Ivanna observa asombrada, como su marido, besa apasionadamente a un atlético joven moreno.

            Un estilete invisible le atraviesa la garganta reseca. En su retina se incrusta la imagen. Luego parte el coche de Rafael, rumbo a la ciudad. Suena en su cartera el celular. Amor, me voy a demorar unos veinte o treinta minutos, acá en el club. Siempre que no me llamen por teléfono unos clientes. Te amo, espérame para cenar. Y ella lo sigue, para verlo ingresar en el club. Se detiene y espera. Lo ve salir bañado y cambiado de ropa. Un estilo informal que traía y sale con el típico traje de oficina. Los ojos de la mujer, tienen un raro color resinoso. Se aleja apurada por la autopista y corta camino por calles extrañas para llegar antes que él, a la casa.

            Intenta tranquilizarse. No sabe cómo actuar. No debe demostrar sentimientos. ¡Comprende por qué causa no quiere tener hijos! Su reloj biológico ya está en rojo y él, siempre inventa pretextos para evitar la paternidad. Resiste pensar en “su” hombre en brazos de otro, si fuera mujer, su alma no estaría tan destrozada. Cuando siente la llave en la puerta de entrada, se ve reflejada en el gran espejo de su dormitorio y una extraña pátina se desliza por sus ojos, en forma inoportuna cual párpado transparente. Se refleja nuevamente su piel tersa y su cabello corto tiene un suave reflejo verdoso. ¡Es mi imaginación! Mi odio me hace ver cosas insólitas, piensa. Desciende por las enormes escaleras de mármol y se desliza como una sombra. Él, en el comedor ha tomado un vaso de güisqui y tintinea el hielo festivo en el cristal. Le acerca uno igual y la besa ligeramente en los labios. Ella retira precipitadamente la boca. Que siente levemente dura. Su lengua parece de plástico. Se aleja hacia la mesa donde la mucama ha preparado la cena. En silencio, se sientan y comienzan a comer. Un breve comentario sobre la exquisita carne a la provenzal, al buen vino boyarda y al clima. Luego se instala una pared invisible entre ambos. Cuando están por finalizar y se acerca la joven mucama, se miran sorprendidos por el rugido de una moto que ingresa en el camino a la casa. Rafael, salta en la silla y se precipita al palier de ingreso. La alfombra persa sabotea los pasos y la voz en cuello de ambos hombres, es un siseo terroso que llega apagado a oídos de Ivanna. ¿Qué haces acá? Te he dicho que aquí jamás vengas. Vete. Mi esposa …El ingreso inopinado de la mujer transforma la situación. Lame con su mirada extrañada el cuerpo y rostro de su enemigo. Una cara infantil, rubicunda de ira y sospechosa de venganza, se detiene en ambos rostros. ¿Quién viene a visitarnos a esta hora? ¿Acaso lo invitaste a cenar y no sabía nadie nada? Pase. Tome un aperitivo con nosotros, dice ligera para conocer la causa de ese exabrupto.

            Rafael, palidece y apenas puede balbucear palabras. Mi compañero de tenis, el joven Belisario Verón. ¿Te acuerdas que yo te comentaba, querida de un nuevo socio al que hay que temer por lo bien que juega? Bueno ha venido y me encantaría saber qué lo trae a esta hora.

            No vengo como socio a jugar tenis, sino a buscarte para ir a “Soho Gay”. No es tu fuerte mentir. Cambiate que nos esperan para el nuevo show. Y te retiras de nuestra casa que crees que estás haciendo, atrevete a molestar a mi señora. Sal ya mismo. De ninguna manera. Tú, refinada estúpida, debes saber que hemos estado todo el día juntos en un lecho de amor. Te engaña. Es mi amante. Déjalo ir. Sé inteligente por una vez y comprende que yo he ganado esta contienda. Eres un verdadero cretino. ¿Qué necesidad tienes de insultar en mi casa a esta pobre mujer?

            Atónita, Ivanna y la mucama, miran a la pareja. Salen y el estruendo del escape rompe el trágico silencio de las gargantas de las mujeres. Sorprendidas, se alejan para reponerse del momento sufrido. La mucama, toma su ropa y sale, dejando la llave sobre el mármol rosado de una cómoda, en el ingreso a la casa. No atina ni a saludar. Su mente tiembla. No comprende nada. Su patrón es… no puede ser. La señora tan fina y bella… eran tan felices, o lo parecían. En la soledad del barrio pasa junto a los guardias de seguridad como aislada del mundo.

            La joven ama, despechada, comienza a recorrer cada rincón de su bello dormitorio. Abre el vestidor y con una navaja corta y deshilacha la ropa de su ex marido. Su vientre es un volcán en erupción. No llora. Tiemble de ira y sueña diferentes venganzas. De pronto se mira frente al espejo de su vestidor. Allí, observa que sus ojos, tienen un extraño proceso de cambio. El iris, se alarga verticalmente. Una suave membrana cubre su globo ocular en forma de párpado extra. Su rostro, totalmente endurecido por la furia, se va cambiando y la nariz, se eleva achatándose sobre una faz angulosa. La lengua es larga y se mueve a latigazos con una incisión en medio. Una serpiente envidiaría su lengua. La piel va tornándose escamada y verdosa. Mira sus manos y las ve atrofiadas en garras con afiladas púas negras. Se encorva. Crece una inesperada cola con espinas de colores que se elevan hasta la cabeza donde el hermoso cabello ya se ha transformado en aguijones venenosos. Se desliza sobre su vientre húmedo y frío. Siente un grito interior que la empuja hacia el parque. Sale por el enorme ventanal. Sale en búsqueda de un apareamiento para desovar sus crías.

            Sobre el brillante piso de mármol blanco quedan derrotados, un par de zapatos de tacones rojos, un vestido de seda negro y un collar de perlas con broche de zafiros.

           

LA VIEJA CASA DE TOMÁS BARNE

 

 Retumbó un gran estrépito en el silencio de la biblioteca oscura, entonces, observé el gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellado en el mármol azul. Una sombra lechosa penetró en la “boisserie” en la pared sur. ¿Escondía algún secreto ese trozo de roble taraceado con nácar y bronce? Me sentía atrapada con terrible miedo. Nadie acudió a observar qué había sucedido. Creo que quedó detenido en el tiempo, por lo fugaz del espacio transcurrido, desde que llegué a la vieja estancia de la familia paterna. Mis padres, se habían divorciado ocho años antes. Recuerdo que ellos, me enviaban cuando tenían algún tipo de litigio, a convivir con los abuelos. Todos los primos eran realmente odiosos con sus risitas irónicas y extraño lenguaje que habían inventado para que no comprendiera. La abuela era dulce y gentil, no podía ayudarme mucho ya que permanecía en una vetusta silla de ruedas y no siempre podían bajarla al piso inferior. El abuelo Tomás no me quería. Le recordaba el fracaso de su hijo. Tal vez, él, lo vivía como propio.

            Corrí escaleras arriba y casi caigo desmayada cuando tropecé con la prima Samanta. Tenía una pierna paralizada que arrastraba penosamente por la gruesa alfombra turca. ¿Cómo llegó sin hacer ruido hasta allí?; no lo entendí en ese momento, pero mi corazón estalló al sentir su tibio cuerpo apoyado en la baranda de la escalera. Una mirada dura y penetrante sostuvo la mía agónica. No pronunciamos ni una disculpa. Continué caminando hacia mi alcoba y me escabullí vestida en el lecho, me tapé con el edredón hasta que me dormí. Temblaba. Desperté transpirada, afiebrada, mas, el abuelo exigía que nos concentráramos en la biblioteca, y por lógica obediencia fui. Luego de repasar los sucesos de la víspera, esperé cautelosa.

            El rostro adusto del anciano presagiaba una tormenta de esas que dejan a los niños acosados por penas inolvidables

Mi vida estaba signada por la dura realidad que me perseguía. Allí encontraba sólo sentimientos hostiles. El viejo se plantó y con cara recia, indicó apenas con un movimiento que me parara delante de todos. Su rostro era de roca y sus enormes bigotes disfrazaban el rictus de desprecio que sentía por la nieta de su hijo fracasado.

            Trémula como siempre, esperé su castigo. ¿Cómo decirle que había visto esa figura fantasmagórica? ¿Quién arrojó al suelo el gato y desapareció entre las maderas que cubren las paredes de la habitación? Fisgona, me dijo, con labios apretados uno de mis primos. Seguí allí tiritando.

            -¿Quién anduvo hoy por la biblioteca y quién osó tocar el Gato de porcelana china?- Todos me miraron. Caí rotunda al piso. Desperté en cama. Estaban  observándome como a un raro monstruo. Todos. La abuela me acarició la frente y  enérgica opinó que tenía fiebre altísima, que llamaran rápido al médico y a mi padre. El abuelo rugió. Jamás ese hombre pisará esta casa. Mis primos comenzaron a reírse  sin dar muestras de solidaridad.  Nadie vendría en ayuda. Eso lo sabía. Tal vez la abuela, si podía contradecir al esposo. Pero era casi imposible. Me quedé dormida o no, mas, sentí la presencia de una mujer que bajaba por las escaleras y se acercaba descalza hasta mi lecho. Trató de ahorcarme con  manos lívidas de enorme venas rojizas. Los ojos  brillaban glaucos en las cuencas profundas.

            Desperté tras varios días y escuché la voz de mi madre. Había viajado desde la capital por el llamado de abuela. Me abrazaba y yo sentí, por primera vez, que estaba a salvo. Tras dos días partimos. Regresar a casa  me curó. ¡No regresaría jamás!

            El otoño siguiente estaba en el estudio de mamá, sonó el teléfono, contesté el llamado. El abuelo Tomás exigía que viajáramos al campo. Me estremecí. Yo no quería volver pero el pedido era estrictamente urgente. Mamá preparó el coche y viajamos esa misma tarde. Llegamos a la madrugada. La abuela estaba muy enferma y quería vernos, a nosotros en especial.

            Me acerqué sin miedo ya que ella era la única persona que me quería y yo la amaba. Estaba muy delgada y frágil. Tomó mis manos y las besó muchas veces. El abuelo, que antes, no hablaba con mamá, la tomó del hombro y le pidió que lo acompañáramos. La biblioteca estaba oscura, un aire frío insistía en penetrar por cada resquicio. Se sentó. El sillón de cuero negro era su refugio. Luego cerró los ojos y meditó lo que iba a decir. Comenzó murmurando, luego su voz se fue haciendo fuerte y segura: “Señora...usted sabe que la vida ha resultado contraria a mis deseos de caballero”- carraspeó, se notaba cuanto le costaba decir lo que tenía en su mente- “Mi hijo, a quien le debo la vida de María Amor, su hija, me ha dejado un doloroso legado. Relatar la verdadera historia es para mí una terrible vergüenza”.

            Mamá estaba muy nerviosa y bizqueaba mientras buscaba una palabra para escapar de la situación. Me mantuve atenta para huir si me trataba de tocar. El comprendió el terror que nos producía. Se detuvo y por primera vez en mis doce años, lo vi sonreír.

María Amor, señora Cecilia, no tenga miedo de mí. Voy a relatarles una parte de la historia de nuestra familia que no conocen. Por las circunstancias que se avecinan deben conocer. Acá, en esta sala hace exactamente veintitrés años, mi hijo cometió un asesinato. Tu padre, pequeña, es un mal hijo y peor persona. Mintió a una joven muchacha a quien enamoró y luego que trajo ella al mundo a una niña tan desdichada como su madre, buscó la manera de deshacerse de la pobre mujer. Así una noche de tormenta en que el ensordecedor ruido de truenos y de viento huracanado, no permitió que alguien oyera o viera su acto,  la trajo a la biblioteca y la encerró en esa parte de la “boisserie” que entonces tenía una puerta escondida, que daba a un pequeño gabinete en el que se guardaban útiles y herramientas de todo tipo. Nosotros, mi esposa y yo, habíamos partido para un largo viaje que soñábamos hacer alrededor del mundo. Tardamos más de ocho meses en regresar. El olor nauseabundo había penetrado la casa y sólo era percibido por los perros de caza que cuidaba el viejo jardinero. Él, desoyó los ladridos. Nosotros habíamos licenciado a todo el personal.

Como había quedado en venir poco o nada, el hombre, nunca advirtió el problema. Regresamos inocentes. Apenas entrar y el horror nos aprisionó el alma. En principio pensamos en él, caído y destrozado en el piso. Pero no vimos a nadie. Buscamos con urgencia a la policía que tras rebuscar por toda la casa encontró el cadáver de esa desdichada. Llegó tu padre como si no supiera lo sucedido y con gran arte evitó las sospechas de los criminalistas. Supo esconder su maldad. Cerraron el caso como un hecho casual. Creyeron que la joven había entrado a la casa sola buscando valores para robar, había quedado encerrada allí, muriendo sola y sin ayuda. Pero yo dudé de la explicación que nos daban. Desde entonces y luego de tapar herméticamente el cubículo, ella suele en noches de tormenta, atravesar la pared, romper algo y desaparecer por el mismo sitio. Un día, él, nuestro monstruo,  la trajo a usted Cecilia y con usted a la niña.

Todos pensamos que debíamos alejarla de esta casa y que ese ser abyecto que engendré había cambiado por obra del amor. ¡Fue totalmente falso, pronto comenzó a golpearlas y a manifestar su ira y crueldad! Mi amada Abigail, la abuela, quiere contarles algo. ¡Subamos!

             La anciana reposaba en su lecho, ya sin mucho tiempo. Tomó nuestras manos y nos dijo: “Cecilia, María Amor, no me animé nunca a decirles que Samanta es tu hermana, pequeña. Un día bajo el influjo de quién sabe cuál circunstancia, el espectro la empujó desde la balaustrada y quedó así, tú sabes, con la pierna paralizada. Te hemos tratado mal para evitar que te pasara algo parecido. Ayer hemos recibido un cable desde la Capital, nuestro hijo está muerto. Alguien lo encontró degollado en un cuartucho de hotel. Yo, a pesar de todo, lo he amado siempre. Era mi hijo, mi único hijo varón. –un suspiro tibio escapó de su boca- yo lo he amado, les ruego lo  perdonen.

            Mamá salió y asomándose al pasillo, señaló una figura que se desplazaba por allí. ¡Era la mujer que yo había visto aquella noche! Detrás un cuerpo agazapado la trataba de tocar. ¿Era mi padre? Con dedos agudos intentaba tomarle el cabello y una daga golpeaba y golpeaba el cuerpo que se hacía añicos. Él era incorpóreo o casi, no puedo explicarlo.

 

 

La abuela cerró los ojos y se fue desdibujando en una especie de cordón dorado que se elevaba con su imagen fluida en el rincón más ligero de la habitación. El cuerpo yacía con una sonrisa impenetrable unida por el pecho al objeto luminoso que se alejaba. El ruido de una pieza de porcelana estrellándose en el pavimento de la biblioteca nos puso en alerta. Otro gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellándose en el piso de mármol azul sin explicación.

LA ABUELA CASANDRA

 


                        Los sucesos le habían hecho perder la razón. Tal vez para nosotros que la amábamos era penoso, pero cada uno escondía su desdicha y disfrutábamos con cada extrañeza de su hábil manera de escapar de la realidad.

En las tardes solía esconderse en los rincones del salón del piano e invitaba a seres imaginarios a danzar sobre la alfombra persa. Con la blanca cabellera suelta sobre las anchas capas granate de gasa, descalza y adornada con flores frescas o secas, según la estación. Danzaba, suavemente danzaba. Siempre escondía secretos en los rincones. Tenía lugares favoritos, claro, en una casa tan grande era factible. Aixa cuando llegaba de su taller murmuraba la eterna muletilla: -“El límite entre la locura y la genialidad es sutil como un rayo de luz”- y Casandra, guardaba sus misterios mientras murmuraba extrañas palabras que no entendíamos. Mientras en puntas de pie seguía la línea de mosaicos cantaba: -“Bereshit Rei Teshúb” o “Guilgul aneshamót”. Luego se sentaba con el rostro hacia la ventana que mostraba la puesta del sol sobre el gran canal. Algunas veces cuando venía Merle exhibía un idioma simple que comprendíamos todas. Igual su perpetua tristeza le prestaba un sortilegio indescifrable.

¿Los años le habían hecho perder la razón? Sus ojos se extraviaban en largas tardes frente al ventanal o al hogar de mármol que enrojecía recuerdos de la familia. En su idioma arcano llamaba a las cosas con apelativos indescifrables. “Jojmáh”, “Tiféret” o “Máljut”, esas eran las más usadas. Sonreía cuando cortaba flores al amanecer y caminaba sobre el césped sólo cubierta por la capa de terciopelo blanco en la nieve. Un día comenzó a desplegar láminas. Eran hojas con retratos inexistentes de seres de otros tiempos. Así sus secretos siguieron escondidos y permanecían debajo de los cuadros, en los búcaros de “Limoges” o en la colección de armas antiguas de Otniel, su difunto esposo.

Nos miraba de reojo y hurgaba en los búcaros que apoyaba en su regazo. Ahí decía sus palabras mágicas. Otras veces estudiaba durante horas debajo del mantel del mesón en el comedor unas extrañas declinaciones de su idioma. Era su sosiego lo que trastornaba a Lais o a mí. La paz que desgranaba en gorjeos rítmicos por los pasillos. Nadie la interrumpía por cariño o por temor.

En las madrugadas caminaba o mejor dicho se deslizaba por el corredor central con ramilletes de espigas secas, otras con puñados de vainas de algarrobos que tiritaban sonidos y pasaba al salón dando pequeños saltitos como guiños de ángeles.

Cuando aparecía la luna llena sacaba un brazo por la ventana redonda del ático y contaba las hojas de los cedros o de los paraísos. En invierno volvía helada, con los labios azules pero feliz.

Era la época en que regresaba Merle de sus viajes por oriente y al verla, abrazándola, repetía: - “Sueños de los dioses, amigos de mi infancia, vuelvan al lecho de mi lago”- y sonreía tranquila. Si la luna lucía una aureola rojiza como corona real, envolvía su larga cabellera cana con un velo de novia y desplegaba de las pequeñas orejas flores de nácar que robaba del arcón de la habitación de Lais o se adornaba con cerezas  artificiales de terciopelo rojo. Todos aparentaban que no hacía nada fuera de lo común y la dejábamos hacer. Pero una noche de eclipse sucedió lo inesperado.

Salió desnuda con sus senos pálidos colgando sobre el pecho, sólo cubiertos por una muselina de tono añil, su pubis y sus ojos enjaezados de las perlas que fueran de su abuela y caminó descalza hasta el portal. Lo abrió y salió por primera vez en veinte años al enorme jardín de magnolias en flor. Llevaba entre sus manos unos amuletos y sus misterios. Caminó salmodiando sus palabras “kabalísticas” como hechicera herida por la edad. Era la dueña de una noche sabática. Se perdió entre los iris florecidos.

Al rato, cuando la luna volvió a imprimir su rostro milenario tras la breve oscuridad reinante, en conjunción de astros, en el disco rojo que se había formado quedó impresa unos instantes la figura de la abuela Casandra en tonos azulados.

Salimos a buscarla y la encontramos tendida entre pétalos de magnolia, apretaba en sus manos un guardapelo con el retrato de un joven que nadie supo nunca quién era.

 

UN CUENTO REALISTA

 

                               Jaime recorrió el largo camino a la nueva ciudad. Salir de su hogar y trasladarse a uno totalmente desconocido lo enfrentaba con sus miedos. Educado en una familia tradicional, donde había tenido todo lo necesario para llegar hasta ese punto, lo confundía. Cuando le salió la beca a la universidad estaba muy incómodo y asombrado! ¡Claro, era una suerte enorme haber ganado el primer puesto entre tantos postulantes inteligentes y hábiles! No cualquier alumno por excelente que fuera lograba ese mérito.

            Su familia estaba eufórica y prepararon sus petates con orgullo. Viajó en el tren con billete en primera clase y el “padrino” Orlando lo acompañó al sastre italiano, para que le hiciera dos trajes a medida; la camisera varias a mano y hasta zapatos de cabritilla que lustrados parecían espejos. Así llegó a “Nobile” el sitio donde estaba la famosa universidad de Corrales Jaramillo, con más de cien años de trayectoria dando al mundo profesionales de primer nivel.

            Jaime conoció en cuanto se apeó a un muchacho que venía también, becado desde un país cercano. Se dieron la mano y sonriendo se dieron ánimos para la empresa. El novato se llamaba Evangelista Mejía y tenía una buena presencia y ánimo.

            Se presentaron juntos y los recibió el decano con un secretario académico, que les impuso las reglas estrictas de dicha casa de altos estudios. Una habitación pequeña pero confortable los albergó y compartieron varios momentos acomodando sus ropas, libros y recuerdos personales. El baño quedaba a cierta distancia del dormitorio, pero se compartía en ciertos horarios y con rectas órdenes de higiene.

            Un alumno de años superior les llevó esa tarde a conocer el comedor y la biblioteca, que dejó boquiabierto a los muchachos. Allí, sí, que había libros. Era un sueño para sus afanes.

            La sorpresa los sorprendió cuando sonó una suerte de campana llamando a cenar. Al ingresar al comedor, todos los estudiantes se pusieron de pie y saludaron a coro. ¡OH, solo eso faltaba! Un hombre canoso les indicó su lugar para sentarse. Allí los separaron. Jaime en una mesa con dos compañeros extranjeros que hablaban inglés y un ruso. Evangelista en otra con dos daneses y un griego.

            La cena consistió en un trozo de cordero asado con patatas, sopa y un postre de manzanas. Relucía en una jarra de vidrio agua clara con una rodaja de limón. Un pequeño pan casero era todo el extra que se consumía. ¡Eso es suficiente!

            Al amanecer, cinco de la mañana, sonó una campana y se sintió el movimiento en las habitaciones. No hubo las típicas chanzas de otras universidades o institutos, donde a veces se introducen pequeñas picardías juveniles con los nuevos. Allí todo era seguro y estricto. El desayuno consistió en té, pan y una fruta del huerto. Y de allí, a las aulas.

            Los profesores eran hombres muy conocidos, cuyos libros llenaban los estantes de bibliotecas y librerías del mundo. Había que estudiar y escuchar, pero Jaime y, Evangelista entendieron pronto que había un intercambio permanente de opiniones, discusiones interesantes y críticas constructivas. ¡Era la manera de crear conciencia intelectual!

            Pasó un par de semanas y un día entró al recinto una joven. Era una becaria de Rumania. Alta, rubia, de ojos claros y sonrisa inexistente. ¡Ese día se colmó de interrogantes el claustro! Muy reacia a hablar se sentó en la mesa con tres alumnos de Japón. En silencio, los compañeros la miraban sin siquiera pasarle la jarra con agua. Estaban desconcertados.

            Varios días después llegaron cinco estudiantes de Irlanda y Chipre, que con sus raros atuendos parecían de una obra de teatro. Las chipriotas eran musulmanas y cumplían con sus rezos y sus costumbres a rajatabla. Por lo que la rumana se juntó con la irlandesa y las dejaron solas.

            Evangelista, se aventuró a conversar con las mujeres y descubrió que tenían tanto miedo como ellos cuando llegaron. Así comenzó una amistad sesuda y tranquila.

            Llegaron los tiempos de exámenes y se sorprendieron al saber que eran orales, exposiciones y debates que pasaban por diversos temas. Se valoraba el criterio y los compromisos adquiridos con las ideas. Un sueño para esas cabezas intelectuales y creativas. Una noche un grito despertó a todos los estudiantes. Salieron con sus pijamas y sobretodos a los pasillos. Uno de los alumnos de Japón se había colgado de una ventana con una cuerda rústica y fuerte. Los dos compañeros japoneses, se inclinaban junto al muchacho. El rector y los adalides llegaron corriendo. Allí, Tayuki Morako, se había quitado la vida por no tener la nota máxima en su evaluación. ¡Su deshonor no le permitía regresar a su país con una falta! Todos sus compañeros sollozaban. En silencio se abrazaban quienes compartían sus cátedras. ¡Era imposible comprender la dignidad de ese joven que creyó no había llegado a lo más alto de su carrera!

            Entre sus ropas encontraron un poema escrito por él que decía:

             Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi alma, poblada de fantasmas que blanquean al tras luz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. Allí estará la verdad. La muerte que me acecha.

 

           

 

 

 

        

 

UN BARCO A LA DERIVA

  

            Ramón Plates, dueño del bote “Nadia” instaló los ganchos con redes esa mañana. Las jaulas para recoger las centollas en la zona sur del océano, que ese año parecía generoso en su cantidad y tamaño. El Gervasio Robles, había regresado con una cargamento digno de los mejores mercados. Llamó a sus ayudantes. Eran quince; hombres rudos y dignos de ese mar próspero, que entregaba su vientre preñado de vida.

            Fueron llegando con una bolsa de lona que por la sal de muchas cosechas, que parecían de madera, colgadas a las espaldas como único posesión. El olor a sal y pescado penetraba su piel dejando huellas indelebles. El servicio meteorológico había aclarado que todo estaría calmo esa semana. Había que apresurarse.

            El motor estaba recién revisado y se le había cambiado alguna que otra pieza para que fuera más seguro. Zarparon a la madrugada, a lo lejos se veía el cielo rojizo con un sol aplanado en el horizonte. El oleaje los hacía danzar como siempre adormeciendo a los robustos navegantes. Rumbo al sur, rumbo a las gélidas aguas del atlántico. El amanecer fue tranquilo y los hombres se movieron por la cubierta respetando los gritos del Jefe, que les pedía controlar los aparejos del puente.

            Un mundo de gaviotas y petreles los seguía. Y al estar vacíos las cámaras frigoríficas, la línea de flotación estaba menos sumergida. Pronto se llenarían y si la buena suerte los acompañaba llegarían a puerto, cargados y bien hundidos en las aguas.

            El viejo “Onrieta” se acomodó con una caña en la popa. Hacía unos meses que no comía un buen “Bonito” fresco y el cocinero los preparaba exquisitos. Los que estaban en timonera interior, se reían del hombre. ¡Este es un pescador que será pescado! y reían con sus temores típicos de los hombres de mar. Porque el mar es muy déspota, caprichoso y a veces malvado.

            Pasados tres largos días, el tiempo comenzó a cambiar. Desde el radio, los mensajes eran tranquilizadores, pero por las dudas, Ramón Plates, tomó la decisión de agregar más cables en las básculas, grúas y jaulas. El trabajo estaba hecho y bajaron la zona de obra viva, dejando sus literas bien soportadas.

            Al quinto día, las olas hacían bailar el barco de estribor a babor y a veces el “púlpito” desaparecía en las aguas y aparecía la popa elevada como una chimenea. Juan Artemio, uno de los más jóvenes, sacó de su bolsa una imagen de la “Virgen Stella Maris”, cosa que produjo una protesta general. Mufa. Mala suerte. Toda clase de chanzas y palabrotas brotaban de las gargantas que se calmaban con unas botellas de buen ron y ginebra. La tripulación comenzó a echar las jaulas en el lugar establecido y a esperar que las grúas, comenzaran a hacer su tarea. Llovía a cántaros y bramaba el mar transformando el barco en una cascarita de papel en la noche. Los truenos y relámpagos, iluminaban a los rudos varones. El agua comenzó a tapar el “casillaje” y la cubierta. Tambaleaban las jaulas y cuando elevaban alguna, preñadas de centollas un grito gutural de triunfo se desparramaba por el barco. Se iba llenando la panza del barco. Pero la tormenta era cada vez más dura.

            Esa madrugada Adriano Reano sintió un crujido electrizante en la zona de “espejo”, algo se había desgajado. Salió corriendo de su cabina y otros, ya, le seguían; sí, el mar se cobraba una suerte de venganza. La plancha que recubría el “espejo” que era de un material nuevo de alto contenido de material plástico, se había desgajado y una hendidura profunda hacía agua. Comenzó a llenarse la zona de “obra muerta” y don Ramón, dio la orden de soltar las centollas al mar. Una maniobra brusca los dejó bamboleando y rolando. ¡Todo se transformó en un aquelarre! Bravío el océano se  cobraba la represalia contra ese barco que lo desafiaba. Los rayos caían despiadados sobre el Nadia, que trataba de salvarse de las embestidas del mar. Reano y Onrieta, lanzaron un bote salvavidas al agua, los que pudieron con sus chalecos saltaron y comenzaron a remar.

            Arriba, en la timonera interior, don Ramón peleaba contra los ataques del diluvio que lo apedreaba con olas gigantes. Desde el minúsculo bote salvavidas, vieron como un amoroso Nadia, se iba hundiendo entre murallas de agua helada, reservándose al quien amaba su nave y despreciaba el aluvión de agua salobre que lo llevaría a las entrañas del mar del sur.

            A la mañana siguiente, a la deriva, sobre aguas quietas y silentes un pequeño grupo dejaba que algún otro pesquero los encontrara para regresar con sus familias y emprender en otro viaje la cosecha que los hombres esperan para comprar y vender las mágicas entrañas de los mares del Sur: las centollas.  

LOS OLVIDADOS

 


                        A los inmigrantes echados a su suerte.                  

 

Nos quejamos

Nos lloramos

Nos vamos

Nos quedamos

Somos aves migratorias que buscamos un destino.

Nidos desnudos.

Nidos nuevos, vacíos.

Nidos viejos y rotos cual espejos

Donde se multiplican las miradas.

Ojos perdidos.

Ojos despiertos.

Ojos vivos.

Constelaciones lejanas que vuelan

Son las aves al viento.

Hombres que escapan de la vida, al silencio.

Llanto que nadie escucha.

Lágrimas que nadie avizora.

Gritos que nadie oye.

Olvido. Hambre. Muerte.

LA COCINERA

 

Los cascos de los caballos sonaban en las piedras del camino levantando chispas. Restallaba el látigo del cochero en el aire haciendo eco a los truenos. Luces inoportunas iluminaban al birlocho que brillaba fantasmal entre los árboles.

Ambrosio, apuraba al cochero. Quería llegar antes que se descargara la tromba. Las bestias sudadas resbalaban en el pedregal. Un eco repetía la angustia del corazón de ese rústico que no quería comprender lo sucedido.

A lo lejos, el viento montaba una sinfonía mística con las campanas de la vieja iglesia de los franciscanos. Allí esperaba encontrar a Milagros, la negra que había huido de la casa vieja.

Su patrón, echaba chispas de furia. Su cocinera había escapado el día antes de la boda de su hijo. Todo quedó patas arriba. El menú, tan detalladamente pensado dormía en cestos y mesones de madera. Las cocinas sin fuego y el aire que penetraba por el portal abierto hacia la carbonera.

Cada trecho más cerca, parecía que alejaba más el convento donde se creía se había refugiado Milagros. Allí, la habían criado hasta los seis años, los monjes, cuando la encontraron en el torno abandonada. Luego la entregaron en la casa del señor Faustino. Y la habían criado con su esposa como una más de la gran hacienda. Milagros aprendió a cocinar de la mejor, una vieja que tenía manos de ángel con las cazuelas y sartenes.

Ambrosio, después de un breve respiro, pidió al cochero que siguiera el camino de tierra, lleno ahora de cieno. Se veía mucho mejor la fachada del convento.

Al llegar al atrio y detener los animales, bajó de un salto y golpeó con bravura la rústica puerta que impedía el ingreso. Se abrió un pequeñísimo ventanal, y una voz serosa inquirió por semejante disparate.

Las campanas sonaban apretadas al ritmo de la tormenta. ¿Milagros, la pequeña, la cocinera está refugiada aquí? Mi amo la necesita y le dará lo que quiera con tal que regrese. Esta semana es importantísima en la casa. La boda de su hijo es el próximo domingo y…

¡Acá no está, por Cristo el Nazareno y san Francisco! Búscala en otra parte, este es un lugar sagrado y estas no son horas de interrumpir la paz de los monjes.

Ambrosio intentó seguir hablando, pero la ventanuca se cerró en silencio y los truenos volvieron a enseñorearse en el lugar.

De un salto subió al birlocho y nuevamente salieron a paso ingente por el camino. A lo lejos, vieron unas luces. Fogatas que algún campesino había encendido para calentarse. Se acercaron. Desde el pescante interrogaron a los pobres labriegos que no tenían nada.

Acá no hemos visto a nadie, solo el hambre y la tormenta. Pero si llega a la cantina, tal vez, la muy fastidiosa, ande burlando por ahí a algún parroquiano. Les tiró una moneda y siguió hacia ese puerto.

Por el camino, entre los robles y olmos, siguieron buscando. Llegaron a la cantina. Una nube de alcohol y tabaco los envolvió al entrar. Ambrosio dejó su capote y se dirigió al mesero. ¿Ha visto a una joven morena, se llama Milagros y es la cocinera de la casa grande? Acá no ingresa una buena muchacha desde hace… mil años. Le sirvió una ginebra que bebió de un trago. Puso una moneda sobre la madera oscura y lo miró a los ojos. Sepa, compañero que se le pagará bien cualquier dato. El mesero se volvió hacia una puerta que estaba entre abierta. ¡Julián, viste a una tal Milagro? No jefe. Ni idea. ¿Lo juras?

El juramento sobre una Biblia mustia, lo hizo salir rápido. Vamos de regreso a casa, nadie la ha visto. Por el camino vieron una figura iluminada apenas por los refucilos. ¡Es ella! No Ambrosio, esa es muy pequeña. De cerca, advirtieron que era una mujer a la que le habían cortado la cabeza y le colgaba de un lazo sobre el pecho. ¡Diantres! Paremos. Yo no me detengo. ¡Un alma en pena, Ambrosio, un alma en pena!

Siguieron al trote rápido y al volverse, había desaparecido la imagen. Llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Milagros que se había desplomado desde un campanil en la zona alta del tejado. ¿Qué hiciste muchacha? Cuando la sacaron del fango, entre sus ropas de cocinar a diario, encontraron el retrato del hijo del patrón.

Cuando el padre comenzó a indagar supo la verdad. Su amado hijo iba a ser padre del niño que la cocinera, esa que todos amaban, y el, despreciaba por ser una simple muchacha de servicio, tendría de sus amoríos mentirosos.

Ambrosio y el cochero, no quieren andar los días de tormenta por los caminos por temor a  encontrarse con la mujer sin cabeza o Milagros, transformada en fantasma.   

jueves, 20 de abril de 2023

LA BERLINA

 


 

No desciendas. No ensucies tu botita en el lodo del camino. Ha cesado la nieve y ya no llueve. El perfume del bosque envuelve totalmente el aire. Resopla el “Lunarejo” que trota y cerca lo sigue un perro como la sombra de un amado que ha perdido el rumbo.

Desde el claro se ve la vieja hacienda, la casa desmantelada por el tiempo. Todos huyeron el día que llegaron los “mandingas” con su afilada pica y espada bañada en la sangre de los pobres campesinos.

No te vuelvas. El regreso será duro. Ya no queda nada. No hay fuego, ni fogón y graznan los pájaros de plumas negras tinta en sangre. Quemaron las cortinas y muebles de madera para calentarse en las frías noches invernales. Ves, muchacha, allí las cruces son como naipes en desfile de ejércitos dormidos.

La volanta aun sirve para el regreso. No debe importarte el espejo que buscas ni la fútil belleza del retrato. Si miras en lo alto, allí donde jugabas con tu hermano Virkus, hay un ligero movimiento humano. Tal vez encuentres a Luana, tu nana. El dogo ladra con insistencia feroz. Te bajas y echas a correr en el camino helado. Caes una y cien veces, pero sigues ansiosa hasta la inexistente puerta de la casa. Retumban tus llamados. Gritan las aves que vuelan hacia el bosque y de la dañada escalera un Yerko irreconocible viene a tus brazos. Herido por los necios, hambriento y solo. Es un espectro de lo que fue un muchacho hermoso, alegre y risueño. Te toma de la mano y te invita a que lo sigas. En la elevada mansarda habita. El aire que respira es pútrido e indigno. Ese es tu hermano amado, por él dejaste tu mundo, tu bella vida. El amor.

La volanta espera escapen juntos. Virkus se despide. Se queda entre las ruinas. Debe cuidar la casa, sus fantasmas y el famoso retrato que sajado mil veces cubre la pared del salón. Allí, está la pintura de la familia entera. Tu madre, tu padre con su levita y los cinco hermanos con “Salvaje” el perro que junto a Luana protegía a los niños.

El sol resplandece y Frisha comprende que era sólo una fantasía de su alma expectante. Todo está muerto. ¿Y ella?

LA TRAICIÓN Y ABARICIA


 

UNA FAMILIA PERFECTA

 

            Escuche sobresaltada la historia en boca de la anciana. Vivía debajo del alero de una antigua edificación semi demolida rodeada de cartones y cobijas hilachentas. Un perro de la calle y la dama escondida entre trebejos, acicalada y altiva.

            Fue en una tarde de lluvia, la invité a mi café favorito en la esquina de Maipú y Sáenz, allí me miraron mal, se acercó el dueño y me pidió que me retirar o que se fuera la señora y me puse firme y le dije que era mi invitada. Como soy habitué se quedó tranquilo y aceptó a Guillermina.

            Mientras devoraba un sándwich de jamón y queso con un suculento café con leche, comenzó a contarme su vida.

            Señora, yo nací en lo que se dice cuna de oro. Éramos una familia muy conocida, vivíamos en esa casa de allí, ve, la de entrada para autos y jardines. Mi padre era contador de una empresa extranjera, mi madre era una refinada señora educada en colegio inglés, y éramos cinco hijos. Cuatro mujeres y un varón. Yo la menor. Renata tenía el privilegio de ser la que dominaba a todas nosotras junto a una institutriz. Juliana la del medio era solitaria y triste, siempre dedicada a los libros. Silvina era alegre y juguetona y mi hermano era vivaz y perezoso. Se llama Leopoldo por mi abuelo paterno. Era el preferido de mi padre.

            Fuimos lo que vulgarmente se llama una familia “perfecta”. Crecimos mimadas y con buena educación. Papá se encerraba en el escritorio con mi hermano y hablaban sobre  negocios, deportes y mil cosas, pero a las cuatro mujeres nos estaba prohibido participar, incluso mi madre, pobre, nunca pudo intervenir en las conversaciones de ellos. Mamá no sabía si en casa había dinero o negocios que la involucraran a ella. Fíjese que su familia le había dotado de dos estancias y un edificio de cuatro pisos con ocho departamentos en pleno centro, que mi padre alquilaba a terceros y mamá nunca vio un centavo de sus haberes. Siempre le retaceaba un billete si necesitaba para algo. Le decía deja esos temas para los hombres, no son cosas para mujeres y menos para ti, que nunca en tu vida tuviste que luchar en la calle.

            Eso la hizo envejecer hasta que la consumió un cáncer. Falleció a los cuarenta y nueve años. Nos quedamos solas, si muy solas, mi hermana Renata nos ayudaba y trataba de remplazar a mamá, pero ellos, mi padre y hermano, cada vez nos trataban peor. Echaron al personal, a la institutriz y sólo quedó el jardinero y el chofer, que ya ancianos fueron falleciendo. Cuando Renata cumplió dieciocho años la casaron con un abogado de Chaco y se fue llorando a mares y nunca supimos de ella. Hace unos años, me contaron que cada carta o llamado telefónico era interceptado por papá y Leopoldo.

            Juliana entró a las Carmelitas descalzas y no la vimos más ya que papá pidió que la llevaran al extranjero. Silvina se escapó a Uruguay donde se casó con un muchacho bueno que supe la había hecho muy feliz, tiene cinco chicos hermosos.

            Cuando quedé sola en casa, supe lo que iba a ser mi vida. Fui cocinera, mucama y hasta hice de jardinero. Limpiaba los pisos y ventanas, lavaba y planchaba para los hombres de la casa que estaban impecables, ya que si hacía algo que no les gustaba me golpeaban con la fusta de un caballo que usaba mi hermano en los campos de mamá.

            Una mañana muy temprano entré para limpiar el escritorio y encontré a mi padre en el suelo. Corrí a pedir ayuda en la calle y enseguida llegó una ambulancia y la policía. Mi hermano había ido a una de las estancias, era época de venta de ganado y cosecha de trigo.

            Él, había caído muerto por un ataque al corazón. Me vi sola y con mil tareas que tuve que afrontar.

-¿La canso con mi relato?- dijo… puedo parar acá. ¿Me convidaría con otro café?- pedí  dos cafés y ella continuó a un pedido mío.

            Cuando Leopoldo se enteró regresó ofuscado y rugiente. Me maldijo diciendo que yo lo había matado. ¡Gracias a Dios, el dueño de la funeraria le dijo cosas que lo dejaron callado! La verdad era bien clara, yo no tenía la culpa de nada.

            Pocos días después llegó un abogado con dos ayudantes. Allí me enteré la cantidad de propiedades que había comprado mi padre, los caballos de raza que tenía en las estancias, ganado vacuno del mejor y mucho dinero, dijo, que estaba en la caja de dos bancos de la ciudad. Todo eso tenía que repartirse entre las hermanas y el varón. Los hijos todo por igual recibiríamos como herencia esa cantidad de fortuna. Yo no podía creerlo. El abogado, muy amigo de mi padre, me dijo que llevaría a mi hermana a Chaco lo que le correspondía y a Uruguay a mi otra hermana. Las monjas no necesitaban recibir nada porque eran de una congregación de pobres mendicantes, y yo, ya se vería que me daban. Olía a cuento.

            Y bueno fue así. Cuando con el secretario y Leopoldo fuimos a las cajas de los bancos, éstas estaban vacías. Y nunca pude hablar con mis hermanas.

            Hace más o menos tres años, me encontré por casualidad con el empleado del banco que me contó que Leopoldo antes de ir conmigo, había quitado miles de fajos de dinero de las cajas, ya que tenía la clave y la llave, que papá le diera en vida. Luego que le dije a mi hermano eso, me echó de la casa con lo puesto. Por eso vivo aquí, frente a su puerta, para que cuando sale con su chofer y su familia me vean buscar comida en la basura. Él, da vuelta la cara. Bueno, no tiene cara.

            El abogado me confió que mi querido hermano nunca les dio nada a mis otras hermanas. La familia de Leopoldo Lochan sale en los diarios, en las revistas de moda y cuando puedo, me pongo de poncho esos diarios y paseo despacio caminando por el frente de la que fue mi casa. ¿No le parece una historia fascinante?

            Se irguió, saludo cortésmente y colocándose una foto de su hermano de una revista de moda y muy conocida como 

LOTO AZUL

 


Soñé con una flor de loto azul

La luna recostada en las aguas tranquilas de la laguna

se encaramaba en los pétalos ligeros.

Sombras del alma.

Suspiros.

Soñé con las palmas descubiertas hacia el cielo.

Agua clara y susurrante caía entre los dedos

como lágrimas de un ángel peregrino.

Pies descalzos deslizándose

en las piedras.

Brincan en los lotos azules los enigmas de la vida

Sospecho que esperan agitados

cual pájaros que emigran.

Es dorada la luna en las aguas de la mar

Embravecida

Batiente

Áspera

Sombría

Un musitar la idolatría a la montaña nevada

Petrificada en su esencia de piedra

Adormecida.

He soñado con una flor de loto azul

Y desde su corola vuela

una mariposa de oro.