martes, 31 de agosto de 2021

UN SUEÑO CUMPLIDO

 

            Me llevaron a un pueblito de la costa. Era un verdadero paraíso. El océano con sus azules y verdes, transformaban la costa en una verdadera belleza inolvidable.

            Soñé que estaba parada junto a las vibrantes olas del mar que azotaban las rocas junto a la playa. Pensé en cuántas veces había querido ver ese mismo paisaje en mis ensoñaciones. Pero ese era un pequeño momento antes de dar mi exposición sobre literatura.

            Así me dejé llevar hasta un salón hermoso, con butacones de terciopelo azulado, lámparas llenas de lágrimas de cristal que brillaban con la luz. Allí me presentó un caballero al que poco comprendí por hablar en un idioma del lugar, luego una hermosa joven, de ojos negros y cabellera bellísima, tradujo al hombre.

            Frente a mí se apiñaban un grupo de estudiantes de letras.

            No me amilané, me dije: para eso estás aquí, para eso viajaste tanto… pero me temblaban las piernas. ¡Era muy estremecedor!

Fueron aminorando la brillantez de las luces y quedé envuelta en una suave azul- celeste que me permitió hablar con desenvoltura. Al finalizar mi exposición, la joven comenzó a traducir y yo me puse a observar los rostros inteligentes de los participantes.

            Luego comenzaron a preguntarme con curiosidad. ¿De dónde viene? ¿Desde cuando escribe así? ¿Por qué? Y un sin fin de consultas que me hicieron sentir algo nerviosa. Pero yo sabía que al salir de allí, pediría ir a caminar a la orilla del mar y mi corazón volvería una y otra vez a gozar tanta belleza.

            Me dieron un sabroso té de hierbas dulzonas y suaves. Unas ricas confituras de miel con almendras y nueces. Luego de un aplauso cerrado y unánime me acompañaron al hall central donde una joven mostraba sus hermosas pinturas marinas. Todos hablaban con amabilidad y cuidando no hacer demasiado ruido. Por sobre la charla se oía el chasquido de las bravas olas en las rocas en la orilla del mar. Le pedí a Aziza me acompañara a caminar un rato por ese pasaje entre burgambillas y gaviotas y se me cumplió el sueño de pasear en el mismo paraíso en la tierra.

            Hoy quiero escribir poemas a esas aguas de colores cambiantes con la luz y las sombras de las nubes y el sol que entretejían un tapiz de belleza.

 

 

DESPRECIO

 

            Tenía esa especie de cansancio que produce la gran urbe. Las ciudades con ese ritmo desenfrenado que impone con su tránsito alocado. La lluvia, perenne. El mal humor. Los vozarrones destemplados todo el odio de la gente desconforme. Iracunda.

            Buscaba un espacio libre. Libertad para ser él mismo sin cadenas humanas. Ni ganancias, ni pérdidas en la lucha diaria. Quiso detenerse. Miró el reloj. Estaba muerto a las once y cuarto. Una nube de gases de los vehículos lo envolvió con su cianuro. Cubrió el rostro con sus manos y sintió el calor salobre de la sangre que manaba de la frente. Una especie de muralla humana lo empujaba. Parecía que llegaría pronto.

            No quería seguir pero lo corrían, lo golpeaban y lo echaron a las vías sin pena. Todos querían ser los primeros. Él, con su pancarta con la foto de su amada Arminda, cayó bajo la locomotora. Encontró más rápido que otro a la señora “Oscura”.

            Los hombres indiferentes siguieron atropellando a los manifestantes. El desprecio por la vida se había incrustado en la masa informe de la muchedumbre. Nada importaba ya. Todos, uno a uno, fueron cayendo en el profundo hoyo de la que esperaba abajo. La dama sonreía sedienta.

PIEDRAS Y CÁNTAROS PARTIDOS


 

Lo nombró por su nombre, lo condenó a la vida.

 

Sólo esperó con desdicha que cumpliera su destino.

 

Lo negó tres veces. Tres veces le preguntó su nombre.

 

¿Me amas Sefas? Te amo, tú lo sabes.

 

No te está permitido olvidar quién eres.

 

Desparramarán tu sangre en cántaros partidos.

 

Y las piedras serán de alabastro y pórfido ígneo.

 

Lo nombró por su nombre, como se nombra a un amigo.

 

Lo negó tres veces y aun, está arrepentido.

 

Muerte de cruz acepta, en manos de su enemigo.

 

Igual, irá calle abajo, con el madero encendido.

 

Su sangre será derramada como el agua de la vida.

UNA TRISTE TRAICIÓN

           

            Andrés era mi mejor amigo. Nos conocimos a los siete años en la escuela de campo y nuestros padres trabajaban en la misma finca. Salíamos con el calor del verano a pescar mojarras en el arroyo con una caña hecha con sauce y piolín de algodón y un tarrito de lata de esos que mamá usaba cuando no tenía dulce casero al que le habíamos hecho una manija de alambre de atar las viñas. Y en invierno, con el frío que nos ponía los pies amoratados; usábamos con unos carboncitos encendidos y en el aula cada chico calentaba los pies y el ambiente. En esa época no se hablaba de estufas. Yo tenía los pies, las manos y las orejas moradas de sabañones. ¡Nunca supe porqué ni cómo salían los muy malditos! Siempre juntos con él, con Andrés. Cada pibe ayudaba con sus medias viejas y armábamos una pelota de medias para jugar al fútbol, claro que en “pata pelada” para no romper el único par de zapatillas decentes que teníamos.

            Me acuerdo que se nos llenaron las piernas de pelo y seguíamos con los pantalones cortos. Un día mamá me llevó al pueblo y me compró un pantalón de denín. Más grande para que me durara. Cuando él me vio se echó a reír, su mamá le había hecho en su máquina uno tipo bombacha de campo y a mí me encantó. Tuve la increíble idea de cambiárselo y me ligué una paliza de las buenas en manos de mi papá.

            Fuimos creciendo. Ayudábamos en la finca cuanto pudimos pero poco, porque nos costaba estudiar, un poco por no tener la cabeza puesta en eso y otro por la poca ayuda de libros en casa y de mis padres. La falta de dinero era un problema, siempre había algo más urgente que comprar libros.

            Igual, yo luché y seguí como pude la secundaria. Tenía que viajar en lo que podía hasta el pueblo y repetí dos veces un curso. Me recibí con más edad que el resto de los muchachos y chicas. ¡Y ahí, residió mi mayor problema!

            ¡Ay, las mujeres! Sí que son un problema. Me enamoré como un zopenco de Clarisa. Una petulante y risueña pelirroja del otro curso. Era, por supuesto, dos años más chica que yo. ¡Pero temblaba todo cuando la veía¡ Su papá, un gringo colorado y forzudo me miraba con cara de odio cuando se cruzaba conmigo; debe haber sido por la cara de idiota que yo tenía.

            Una mañana vino Andrés y me contó que su papá se había ganado mucha plata en la quiniela y yo festejé con él. ¡Para qué! Cuando se enteró la pelirroja, se acercó a mi para que yo le presentara al Andrés y ahí me di cuenta que vale más un billete que una cabeza educada.

            ¡Lo peor, que Andrés se puso de novio con ella y dicen, dicen que se van a casar! Y yo, “pelandrún”, sigo estudiando para ser ingeniero y las chicas que me rodean son más feas que un pisotón descalzo o los malditos sabañones. A eso le llamo una gran traición.  Hasta he soñado que le metía un cuchillo en el corazón al Andrés, pero no, él es mi mejor amigo. Por una mujer no vale la pena… desgraciarse.

CANALLADA

  

            Le dolía la espalda. Su mirada se perdía en los vericuetos del callejón donde juntaba cartones, bolsas, metales y objetos que le pudieran servir para vender. Su carromato, especie de nave espacial y carretilla, era un colorido muestrario de cachivaches. Lo empujaba entre las veredas y calles atestadas de automóviles, motocicletas y transeúntes. Las tiendas no diferían de su carretón. La diferencia estaba en los dueños. Hombres con impolutos vestidos de blanco o negro, siempre limpios y con sus cabellos aceitados. Sandalias de cuero y  bolsa bien rellena de monedas y billetes. La sonrisa, marcada con un carbón invisible. Estáticos, inquisidores y soberbios. A él, le mataba la espalda todo el día. Arrastraba sus tesoros como un mago sus secretos. Las manos endurecidas y callosas, tantas veces heridas por vidrios y metales… que ya no sentía ese dolor punzante de su niñez sombría. ¡Ahora siendo hombre, se miraba en los cristales como a un maniquí de cera y cerda!

            Sintió caliente sus pies, un hilo de sangre abrazaba su tobillo. Se sentó un minuto, rompió un pedazo de tela y se enrolló el tobillo. De inmediato apareció un hombre que sin decir palabra lo golpeó y lo echó del frente de su tienda. Una dama pasaba y le alcanzó un pañuelo impecable. Agradecido besó el orillo del  sari. Ella no habló. Él, tampoco. Sobraban las palabras. Siguió en su errante tarea de acumular riquezas. Encontró un cartel roto y lo sumó a la pila que llevaba. No sabía leer. Entonces, vio que se acercaban varios muchachotes con palos y dejó su carga y corrió, corrió para salvar su vida. Los truhanes, venderían el trabajo de todo ese día.

            Llegó a su barrio en los suburbios y se tiró en la estera donde dormía. Cada noche le dolía más la espalda. Tosió. Un rastro de sangre se mezcló con su saliva. Estaba hambriento. Sintió un ruido extraño. Entró silenciosa su mujer. Lo cubrió con una vieja manta y le alcanzó una sopa de vegetales que había conseguido en el mercado. Apenas pudo abrir los ojos, agradecido besó el hilachento sari de su esposa niña. Ella se agachó y le dio calor con su cuerpo tembloroso. Al oído le contó cómo había vivido ese día sin él. Una pequeña lágrima escapó por las mejillas. Sintió el movimiento del niño en el vientre abultado de la mujer y se volteó para contarle. No pudo. Ella, tenía una gran herida en el rostro, su madre, esa mañana, le había golpeado exigiéndole un dinero que no tenía. Él, sacó de entre sus ropas unos pocos billetes que había logrado guardar. ¡Ve y dale a tu madre! No quiero que te vuelva a pegar.

            Apagaron el candil y se abrazaron, el niño se movía en la panza. Ella comenzó una canción muy dulce. Se dormía. Él, tenía un dolor muy agudo en la espalda y el costado. Su alma, rota, había perdido el mañana. Sabía que vivir era difícil, pero ahora lo era mucho más. Acarició al niño y a su niña mujer. Un rayo de luz de luna, entró por el ventanuco del albergue. Y una estrella fugaz, cruzó por el oscuro cuadrado de la puerta. ¡Tal vez mañana, recuperara su carromato en donde compraban los maravillosos objetos que encontraba y le pudiera comprar un lecho a su pequeño! No perdió la esperanza. ¡Por el niño y por ella! Tenía que seguir arrastrando por las calles de Bombay sus tesoros perdidos.   

 

viernes, 27 de agosto de 2021

LA FLECHA ESCONDIDA

 

Comienzo relatando una historia familiar. Nunca supimos si era verdad o una suerte de leyenda. La abuela Catarina la contaba en tardes de calor y a veces cuando llovía y estábamos aburridos.

Cuando llegaron de su patria, en Europa, traían baúles con un sin fin de ropa, herramientas y utensilios que creían iban a necesitar en esta tierra que para ellos era desconocida y desértica. El tren que los trajo desde el puerto, los dejó en medio de un paisaje selvático con árboles gigantes, helechos enormes y plantas de todo tipo y color.

En las noches escuchaban ruidos lejanos de tambores y animales. Vivían asustados y siempre dejaban un fuego prendido por si se acercaban “fieras salvajes”. En realidad nunca vieron a dichas fieras. De  vez en cuando un monito les robaba una fruta o una ropa que la abuela tendía en un cordel de árbol en árbol, para que se secara. El sol al medio día era igual, según ella, al de su país. No soportaba la humedad, venían de un clima seco y agobiante. Mediterráneo, lejos del mar y más aun, cerca de las montañas. Allí no las había por lo que soñaban con regresar a su patria. ¡Pero no tenían dinero!

El abuelo que tenía veintiún años comenzó a trabajar en un establecimiento maderero, aprendió lentamente el idioma y se pudo defender un poco con sus compañeros de tareas.

¡Siempre renegaba de su condición de extranjero! Le daba a mi abuela, que tenía diecisiete años, unos billetes que le pagaban de jornal y le recomendaba que los escondiera muy bien.

¡Un día los vio! Eran unos nativos. Semidesnudos, con la cara pintada de color negro y collares. En una bolsa llevaban flechas y un arco. La abuela se hizo pis del susto. Ellos la miraron sorprendidos. Seguro. Era la primera vez que veían a una mujer con cabello rojo y pecas; ojos celestes y ropas que la cubrían tanto. Salieron corriendo y se perdieron entre los árboles y helechos. A uno de los pequeños se le cayó una flecha y siguió sin darse vuelta hasta desaparecer de la vista de esa “bruja de pelo rojo”.

La abuela se encerró en la habitación que había construido mi abuelo. Cerró todo lo que pudo con un amontonamiento de arcón, mesa y aparador.

¿No creo que ella tuviera menos miedo que los pobres nativos? Cuando llegó el abuelo y encontró en el espacio que servía de patio, la flecha, la recogió y luego de gritar que le abriera, entró y la dejó sobre la rústica mesa. La miraron con temor, pero el abuelo dijo que tenían que esconderla para que no la vinieran a buscar.

Con el tiempo, en el lugar donde el abuelo trabajaba, conoció a varios nativos y supo que eran buenos, tranquilos y que usaban el arco y las flechas para cazar y comer.

Igual, en mi familia, tenemos como un trofeo la famosa flecha que ya no está escondida, sino que adorna la chimenea del salón como la señal de lo que fue la lucha de ellos para adaptarse a nuestro país.

 

¡ANIMALES!

 

"Nunca vimos en los animales de la casa, orgullo mayor que el que sintió nuestra gata, cuando le dimos para amamantar a una tigresita recién nacida"

                  Horacio Quiroga.

                        ¡Claro que para mí fue realmente necesario tomar esa decisión! Como mayor en tamaño y jerarquía tuve que tomar la organización de la casa. Los sucesos eran imprevistos. El incendio nos había dejado todo desbaratado. No quedaba ni corrales, ni abrevaderos, ni siquiera un refugio decente para nadie. Los troncos chamuscados y malolientes de los grandes eucaliptos parecían gigantes agonizando. Yo también tenía miedo. Supe desde el principio que todo era difícil. Seguro...si yo hubiera podido huir, tendría resuelto mis problemas de comida, agua y libertad absoluta. ¿Pero qué hubiera sido del resto? Cada uno miraba desconcertado hacia un lugar distante. Por doquier llamas o brasas ardiendo. Hacía como seis o siete meses que no llovía en la zona. Los vecinos se fueron yendo hacia otros lugares. El río traía un hilo de agua barrosa, y yo fui buscando por dónde podíamos salir del círculo hirviente. Ayudé a los más pequeños primero, luego a las embarazadas, luego a las hembras sin distinción de edad y linaje. Allí todos éramos iguales. El campo era un horror. Nada quedaba verde.  Nada en pie que nos alentara a encontrar ayuda. Pero firme seguí guiándome por mi naturaleza noble. Para algo uno nace con inteligencia y distinción. Nunca demostré dudas, ni miedo. Encontré algunos animales heridos o abandonados. Traté de auxiliarlos dentro de nuestras limitaciones. Me siguieron algún yeguarizo chamuscado, pero fuerte para la tarea que nos esperaba.

            Así pasamos varios días. Una tarde comenzó a soplar una leve brisa del sur. Esperanza de agua...me dijo uno de mis nuevos compañeros de viaje. Miré hacia el horizonte y vi el reflejo de la tormenta que se avecinaba. Nubes de color blanco con bordes grises, casi negro, merodeaba los pastizales socarrados. El ruido asustó unas vacas mañosas. Pero todos esperamos esperanzados el agua. La tormenta fue feroz. Caían rayos por donde quiera imaginar. El grito de animales salvajes nos ponían los pelos de punta...sólo eso nos faltaba. Pumas, gatos de las rocas, zorros y jaguares que trataban de acercarse a nosotros. ¡Claro éramos carnes frescas para su hambre silvestre! Mi responsabilidad era salvarlos a todos. Subí una pequeña cima, sobre la llanura y observé un grupo de animales peleando sobre una tigra herida. Arrojé unas piedras de una patada y cayeron cerca de los carroñeros. Era tarde. La tigresa había muerto. Una cría pequeña estaba debajo de su cuerpo destrozado. Los merodeadores daban vueltas cada vez más cerca. Pero como pude tomé a la pequeña y la llevé hasta nuestro grupo. Allí estaban todos sorprendidos. Me respetan tanto que nadie opinó. Otro más para compartir el agua y la comida. Me acerqué a Perlita, nuestra gata que traía sus dos crías con ella. ¡Son increíbles madres las gatas! De inmediato tomó a la recién parida entre sus maternales patas. La limpió con esmero con su lengua áspera y delicada el cuerpo amarillento y húmedo. Algunos animales de la casa se acercaban a ver cómo era ese nuevo huésped del grupo...que sorpresa les daba ver a Perlita amamántala con tanto amor. ¡Qué orgullo sentíamos todos! Comenzó a llover, diría que diluviaba. Eso era lo que esperábamos para que todo volviera  a la normalidad. Pasado el tiempo, y viendo que ya era prudente, regresamos por el camino andado hacia la estancia. No fue bonito ver como quedó la casa, pero al vernos, mi dueño, se abrazó a mi testuz y lloró largamente. Nada le quedaba del campo, pero yo su "Tordillo" le había salvado a todo los animales  del incendio. Hoy le cuento a mis nietos, en el corral nuevo, cada vez que me rodean y preguntan:

 - Abuelo...contanos cuando la Perla crió a la tigra, esa que después quiso comerse al amo.- ¡Y yo les cuento, es cosa de animales jóvenes, que le voy a hacer! 

                                                                            

 

ROCO EN PALMAS BLANCAS

 

Sentado junto a la alameda, con los pies desnudos en el agua trasparente de una acequia profunda que rodea el camino, distribuyendo el caudal del arroyo a los condominios y vegas. Mira absorto un abejorro dorado que trata de escapar desesperado de la trampa húmeda en la que cayó. Un pequeño remanso aglutina abejas e insectos con alas transparentes e iridiszadas con una varilla que desgaja de un sauce empuja el insecto que despega asustado volando resuelto hacia la libertad.  Se pierde en el aire caliente del mediodía. El sol es una mandarina gigante que quema el clima y al muchacho.

La cara, el cuerpo y la piel se están desempolvando con la transpiración que aparece de cada poro invisible del cuerpo moreno. Sumerge  un pañuelo y se lo pasa por el rostro y el cuello. Le chorrea el líquido por los brazos que dibuja rayas desdentadas y se deliran hasta la tierra mojada

Si no se levanta y sigue, no llegará a cumplir con la tarea encomendada. Ya comenzará el peso de esa caja a empujar su paso. Continuará como el abejorro escapando senda arriba hacia el paredón de piedra. Allí está él, con la esperanza intacta en sus amigos de la ciudad que lo respetan tanto como todos nosotros. Lo envió temprano al puente donde sale el camino de Palmas Blancas. Allí después un tiempo, se sintió el rezongo del motor del camión de Albino, con otra carga. Esperó que no fuera grande la caja que traía, pero su cuerpo que crecía y crecía y la barriga silbando por la poca olla que visita, es cada vez más pesada.

 Se la echa al hombro y trepa, pensando en el vuelo del abejorro, errático y libre. Quiere ser libre y nunca salió de Tuporen. ¿Cómo será allá tras las alamedas? ¿Cómo será estar cerca de esa gente ruidosa?

Siente el corazón golpeándole en la cabeza. Ya llega a la pared de piedras que abraza la casa, el enorme patio del maestro. El mástil afilado que sostiene un trapo que supo ser la bandera y ahora es un pedazo hilachento de colores desvaídos. Él, espera la caja. Su sonrisa amplia lo recibe mansa y con mucha esperanza. Trae para los muchachos un sin fin de libros. ¡Un tesoro!

Al “Pelado” lo quiere como a un hijo. Recoge el bulto y le da una torta con queso. El chico se aleja comiendo su premio. Pasarán varios meses, hasta que vuelva el camión de Albino. ¡Roco! No faltés mañana que tengo mucho para enseñarte, oye a sus espaldas. ¡Si maestro, hasta mañana!

BUENOS AIRES… TANGO


            HACE TIEMPO, BUENOS AIRES, YO ATRAVESÉ TUS CALLES    

            RECORRIÉNDOLAS EN BONDI, EL VERDE QUE AUN RECORRE

            POR LA AVENIDA LA PLATA Y LAS ESQUINAS DEL ALBA

            CUANDO SONABA EN LA RADIO UN TANGO MALEVO  Y TRISTE

            Y EL CHOFER LOS TARAREABA COMO PARTE DE SU ALMA

            APRENDÍ TU LUNFARDO ENTRE BOCINAS Y ESPERA

            CONOCÍ TUS EMPEDRADOS DANDO SALTOS EN LOS BACHES

            Y LAS PIEDRAS. CALLES ANTIGUAS Y NUEVAS.

            EN LA ESQUINA DE BOEDO, UN LINYERA,

            UN TIPO VENDIENDO DIARIOS, UNA MANGUERA EN LA ACERA,

            UNA MILONGA DE GARDEL, UN FULANO QUE SILBABA

            CAMINITO, GIRA-GIRA, SUR CON TODO LOS OLVIDOS.

            LA BOCA, PUENTE ALSINA, CABALLITO O MATADERO

            SON LOS RINCONES QUE ESCONDEN LA MÚSICA DE TU ESTIRPE

            QUE INSPIRAN AL MALEVAJE, CUCHILLEROS Y CAFISOS.

            UN ASTOR PIAZOLA Y SU “ADIÓS NONINO”, 

           “AMANECE EN   BUENOS AIRES”, UN MARIANITO MORES CON “ADIÓS PAMPA MÍA”

            BIEN BOHEMIO COMO ERAN LOS MUCHACHOS CON GOMINA

            AHORA NO SE ESCUCHAN A DEMARE NI A FRESEDO

            PERO EL TANGO SIGUE VIVO… Y ES EL BAILE ARGENTINO

            QUE EL MUNDO COMIENZA A AMAR. MI BUENOS AIRES QUERIDO

            CUANDO YO TE VUELVA A VER, NO HABRÁ LLANTO NI  OLVIDO.

             


ANÉCDOTAS DE VIAJES

 

ARGENTINA, UN PAÍS INTERMINABLE

 

Recorrer mi patria es conocer mil paisajes, mil climas y muchos, muchos lugares hermosos. Desde niña, he tenido la enorme suerte de conocer y recorrer mi tierra gaucha. De pequeña mis padres se esforzaban para que conociéramos la capital y ciudades importantes como Rosario, Mar del Plata, Córdoba y provincia cercanas a Mendoza. En San Luis y San Juan se encontraban con amigos de la facultad y nosotros, la familia intercambiábamos juegos con los hijos.

Del viaje a Mar del Plata, cuidad balnearia de moda cuando era pequeña, recuerdo el primer viaje. Mil doscientos kilómetros en un “Chevrolet” modelo 1946, color celeste. Parecía el carromato de un circo. En la parte superior, techo, llevábamos: una sombrilla enorme, dos valijas, una heladera portátil, silletas para la playa y solo faltaba llevar una jaula con el canario. A “Pajarín” lo dejaban a cargo de una vecina. Primero hacíamos noche en Villa Mercedes San Luis, hotel, bañarnos y cenar, a las cinco de la mañana despertar y seguir viaje. Papá era el único que manejaba. Yo entonces con siete años ni soñaba con saber manejar y mis hermanas tampoco. Luego, llegada a Capital federal. Buenos Aires eran dos días por lo menos para que mi padre descansara. Pero mamá aprovechaba para llevarnos a conocer las calles con negocios más famosos. Recuerdo que me llevaba a “Marilú” y a “Harrods”, donde sin mostrar turbación, copiaba los modelos para luego en casa hacernos con su máquina de coser los modelos que más nos gustaban. Comíamos en unos lugares famosos, y mientras papá descansaba buceábamos por tiendas y zapaterías, buscando novedades. ¡Era la gran capital! Mi hermana se deleitaba buscando libros en la enorme cantidad de librerías de calle Corrientes, salía con novelas grandes en texto y tamaño. Yo siempre de la mano de mamá. ¡Cuántos recuerdos! Luego la llegada al mar, y el placer de ver el océano, tan lejano para nosotros. Un mes de vacaciones para regresar con un color dorado y los ojos poblados de novedades para contar a las amigas.

Ya grande se llegaba rápido y se hacía en un solo día en avión. Era otra Mar del Plata, curiosamente, la recuerdo con alegrías y penas. Allí se fueron quedando sueños de adolescente y juveniles.

Con mi esposo recorrí todo el litoral: Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Chaco, Formosa y me voy a detener en Misiones. Las Cataratas del Río Iguazú, son una de las maravillas del mundo actual. Dicen que la esposa de un presidente Norte Americano al verlas dijo: ¡Las del Río Niágara son la mitad de bellas que estas! No sé si es verdad, pero son una magnífica belleza natural que Dios nos ha regalado. ¡Son enormes y se ven rodeadas de pequeños animales autóctonos que se preservan con mucho amor. Ver pájaros que atraviesan las aguas que caen con fuerza por las altas paredes y que anidan bajo esa cortina de agua, es un milagro. El hotel Iguazú, es de primera y desde sus grandes ventanales; los de los dormitorios, se ve la Garganta del Diablo, una de las caídas más importantes como si estuviéramos a su lado. ¡Una belleza extra!

De regreso pasando por Corrientes, dormitaba en el automóvil y desperté con un paisaje indescriptible: El Palmar de Colón. En una zona de aguadas y lagunillas; desde donde emergen palmeras y a esa hora, el sol se reflejaba en el agua tiñéndola de rojos y naranjas, los pájaros con cantos diversos y los monos con sus llamados de apareamiento, me asombraron. ¡Un concierto inenarrable de insectos y animalitos que orquestaban una canción de amor a la vida! No voy a olvidarme nunca más.

Por los caminos junto a los anchos y vertiginosos ríos, los pescadores colgaban sus peces recién sacados del espinel, para venderle a los transeúntes a precios mínimos, frescos, algunos en movimientos espasmódicos aun, me dejaban perpleja. ¡Qué exquisitos los “Pacú”, “Surubí”,”Dorados” y varios que desconozco el nombre, por ser nacida al pie de la cordillera, donde se pesca sólo peces de ríos torrentosos y aguas heladas, deleito!

¡Qué grande es mi país! Podría llenar libros con los lugares hermosos de mi tierra.

ANÉCDOTAS DE VIAJES

 

CHILE

Mi cumpleaños es en el mes de febrero. Para festejarme, me invitaron a ir al norte de Chile una semana. Adoro la comida chilena y sus playas del norte, donde se puede ingresar un poco al mar, ya que no hay agua tan fría. El hotel muy bonito, con amables personas que nos atendían de maravilla. Además había un encuentro de escritores al que acudí feliz.

Siempre solemos ir a Santiago y a Viña del Mar, que queda en la Quinta Región, pero allí las playas son pequeñas y el agua muy fría. De todos modos, me gusta subir  a Valparaíso y andar por las calles del puerto y llegarme a la casa del poeta Pablo Neruda, La Chascona. Allí hay objetos que usaba en vida y como buen escritor, coleccionista de objetos varios.

El olor de las Caletas con los pescadores que venden los frutos de mar recién recogidos, el perfume de los mariscos que fríen en simpáticas pailas de cobre, los rumores del mar y gritos de la gente, me fascina.

Siempre usando las famosas “liebres”, pequeños autobuses que atraviesan toda la costa, te permite recorrer ese paisaje típico de los puertos. ¡Pero nosotros estábamos en el norte, en una ciudad llamada “La Serena”. Allí caminábamos con mi hermana, por la orilla del mar, observando los diversos pájaros: pelícanos, albatros y ciertas palomas. En las playas no hay tumbonas, ni parasoles como en otras playas que conozco, la arena, es gris o marrón oscura a raíz de los frecuentes sismos que ha sufrido el territorio chileno.

Sin embargo, el mar es muy amable, poco salino y el aire fresco mengua el calor del sol del medio día. El desayuno era excelente con las variadas frutas que hay de primerísima calidad en Chile; que exportan por todo el mundo, cosa que he comprobado en otros viajes. Cenábamos en el hotel, generalmente las ricas paltas rellenas con camarones frescos y perfumados a mar… ¡Una delicia para el paladar!  Luego chupe de “jaiva” o albacora a la plancha, con abundantes verduras asadas. Y frutas varias de postre. Así, entre ricas comidas, paseos y playa pasaron siete días. ¡Mañana nos volvemos a Argentina, déme  la cuenta, por favor, le dije al conserje! Don Rosmando sonrió y se lamentó. ¡Lástima que ya las damas nos dejan! Muy amable su comentario, como siempre.

Esa noche nos hicieron una cena especial: entrada ”Jardín de mariscos”, segundo plato unas empanadas de salmón, seguimos con “machas a la parmesana” y finamente un flan de “chirimoya” que nos dejó fascinadas, rociado todo con un buen vino chileno blanco bien helado. Nos regalaron una pequeña paila de cobre con la banderita azul, rojo y blanca del país, como recuerdo y atención del hotel y nos retiramos a terminar de armar nuestro breve equipaje. Yo atesorando unos libros de autores chilenos.

Luego de revisar cajones y estantes, miramos un rato televisión y nos dispusimos a dormir. Nuestro avión salía hacia Mendoza, a las trece, por lo que debíamos estar en el aeropuerto a las diez.

Ya dormíamos profundamente cuando un sismo muy fuerte me despertó. Todo crujía y se movía con mucha fuerza. Acostumbrada a los sismos en mi tierra, ese me hizo asustar, ya que era muy, muy fuerte. Me asomé a la ventana y el agua en la piscina se elevaba hasta casi medio metro de la orilla y regresaba a su lugar con chasquidos insólitos. Mi hermana dormía bajo la medicina que toma por su salud, pero despertó y a mi pedido comenzamos rezar. Invocamos

Al rato escuché voces en los pasillos del hotel. Me asomé. No había luz eléctrica, como es lógico. En casos así es aconsejable cortar electricidad y gas, para evitar incendios. Pero medio dormida, les pedí un poco de “silencio” porque nos teníamos que levantar temprano para ir al aeropuerto. Me pidieron disculpas. Yo me acosté y me dormí como si no hubiera pasado nada. ¡Deben haber pensado que estaba loca o drogada!

A la mañana siguiente nos levantamos y llegamos al desayunador, donde una trémula asistente nos miró con extrañeza. ¿Anoche no sintieron el Terremoto? ¡Sí, claro tembló, dijimos a coro! ¡No, señora, ha sido un terremoto grado 9,8 destruyó la Quinta Región!

Nos sirvió un desayuno magro, disculpándose porque no tenía ni gas, ni electricidad.

Cuando salimos con nuestras valijas, y quisimos llamar un taxi, don Rosmando nos dijo que creía que estaba cerrado el aeropuerto. Igual, con la esmerada atención llamó por su celular un taxi. Éste llegó al hotel y nos miraba como a dos extraterrestres. ¿Las damas no tienen miedo?

Ingenuas… yo le contesté, estamos acostumbradas a los sismos. ¡Pero esto ha sido grado 10 en ciertas zonas! Era el 27 de febrero. Por favor, llévenos al aeródromo. Y el buen hombre nos subió a su vehículo y nos llevó. Las calles rotas, casas con trozos caídos y grandes grietas, postes de luz en tierra… allí advertimos que había sido devastador. El aeropuerto Cerrado. La pista rota. No se podía salir por ahí.

El caballero, no puedo decir otra cosa, nos llevó a la terminal de ómnibus y consiguió dos pasajes en un bus de tipo doméstico, no como para atravesar la cordillera. Era el último par de tiketes que había. Subimos rezando para poder regresar a Mendoza, Argentina. Mi celular…muerto. No conseguíamos comunicarnos con la familia. En todos los lugares los teléfonos y medios de comunicación desactivados por razones de seguridad. Antes de subir preguntamos si podíamos hablar con un carabinero (policía de Chile, muy profesional) No, dama están todos desplegados por el terremoto en las zonas de mayor desastre. Me hice la Señal de la Cruz, ¿Cómo pude ser tan idiota? No tenía forma de avisar que estábamos bien, vivas y en viaje.

El autobús, era de cuarta. Pero nos llevó trepando por encima de los escombros, en algunos lugares se detenía y un tractor lo hacía pasar por enormes puentes de metal, que el ejército había desplegado. Las cuentas de mi rosario, brillaban y sacaban chispas. ¡Por fin supe lo que había pasado y sentí, no miedo, horror! Descubrí que era una soberbia tonta.

Cuando llegamos a la madrugada a “Libertadores” la frontera con nuestra patria, los comentarios eran de los muertos y de la catástrofe que dejábamos atrás. Ya en territorio argentino, sonó mi celular. Cuando lo atendí era mi nuera que lloraba. ¿Están vivas? Sí, y ya en tierra de nuestra patria. Tranquilos. Llegaremos a la terminal de buses alrededor del medio día. Hicimos aduana y nos miraban coma extraterrestres. Creo que no abrieron las valijas y bolsos por la sorpresa de ese cachivache que nos traía de Chile. Yo ahora lo veo como el mejor de los autobuses que usé en mi vida.

Cuando estacionó el coche en la terminal, toda la familia parecía ver a unos fantasmas. ¡Qué ignorante puede ser uno! Y tan soberbia que no se da cuenta que la naturaleza puede jugarnos una apuesta con la muerte. Cuando mostraban los noticiosos los lugares de Chile, yo comencé a llorar. Puentes carreteros derrumbados, casas que habían caído al mar desde las costas, autos arrojados en grietas enormes… ¡Dios, Gracias por ese taxista y ese valiente chofer que nos trajo!

Pero, ahora medito siempre, que somos una pequeña gota de agua en un océano que puede ser calmo o borrascoso. Que debemos estar preparados para sobreponernos a cosas similares, pero que yo, especialmente, debo ser más serena en mis actos y respetar con prudencia a mis congéneres. ¡Jamás debí creer que lo superaba todo! Gracias a esa buena gente chilena que nos ayudó sin pedir nada cuando tal vez ellos habían sufrido pérdidas importantes. Chile es muy bello, y seguí yendo cuando pude, sin dejar de estar alerta a los sismos.

 

POEMA 107


                 Y vimos tomados de la mano...

           

el sol penetrando agujas de oro

en los ojos asombrados de la tarde

manifestando amor que atravesó el pálido tiempo

del encuentro en la pradera

suave oleaje de estridente reflejos amarillos

sol  cautivo

conductor atareado de recuerdos

que nos trajo  empujando el sortilegio

la mirada constante del asombro

dando brincos en el tráfago de incienso permanente

de tu cielo.

Duende insólito y ligero

caminante de lejanos meridianos

donde duerme tu figura y tu recuerdo

están mis sueños.

AUNQUE USTED NO LO CREA

 

                                   Desperté y ahí estaba parada. Era una figura enorme vestida de blanco. Pensé. Me he muerto y estoy frente a Dios. Yo no tenía, en realidad la necesidad de hacer lo que había hecho, pero, ¡ claro el mundo actual exige tanto de la mujer que ahorré y ahorré hasta conseguir el dinero justo!. No se crean que fue fácil. Todo lo contrario.

                                   Como les decía, desperté mareada y somnolienta, como perdida en un mundo inexplicable donde se me mezclaba el  antes y el ahora. Había logrado hacer mi sueño. Luciría como una de esas rubias monumentales de la tele o de las revistas de moda. La idea fue en principio de las chicas de la oficina, que me llenaron la cabeza cuando llegó el nuevo secretario del gerente y comenzó a decirme esas cosas que hacen poner la piel de pollo. Era lindo escucharlo acercarse a mi nuca y murmurar elogios con el aliento justo, justo en la parte de la nuca donde nace el cabello. Ellas, las chicas, que ya están más allá de los cuarenta, me tienen de osito de peluche. Mis veintiocho años, son para ellas un desafío. Tienen que conseguirme un novio. Eso dicen, un amante o un marido. Cosa a la que le tengo terror, después de ver cómo se llevaban mis padres y las peleas que tienen mis primas y amigas casadas. En definitiva, siempre están solas. Si no es por el fútbol, es el trabajo o la reunión en el comité, la cuestión es que siempre salen solas o con los hijos. Con el marido, sólo a velorios o cumpleaños de familiares. Los domingos a la casa de la suegra o de las cuñadas, que se quedan solas, luego de cocinar como Chichita de Erquiaga, a lavar los platos y a jugar a alas cartas entre ellas o ver una película en la tele. De los hombres, ni la sombra. ¡ Eso sí, si ellos regresan y ellas han osado ir de vidrieras o a la casa de su madre o qué se yo, a ver a alguna amiga..., se arma la gorda! ¿Qué necesidad tenés de ir sola a lo de tu vieja? O ¿Qué vas a buscar a la casa de fulana o de mengana? Yo no tengo interés de casarme. Mejor soy amiga o amante.

                                   Bueno, desperté y allí, muy seria una enfermera revisaba los finos tubos de acrílico del suero, que penetraba suavemente por mis doloridas venas. Imaginé lo bien que me quedaría el vestido verde que me regaló Rolo, el secretario del gerente. Y la remera negra bordada con lentejuelas plateadas. Esperé para hablar, pero hice un enorme esfuerzo y no pude articular palabra. La anestesia no me dejaba todavía articular bien. Salió un suspiro de mis labios que se perdió en el entrecejo de la enfermera. Era una robusta morena a la que no le hacía falta la operación a la que yo me había sometido. Me miraba seria y con cara de pocos amigos. Me dormí, eso creo. Soñé con la playa. Es decir con las últimas vacaciones en Mar de Ajó. Las olas me acariciaban el cuerpo y un sin número de hermosos jóvenes, me rodeaban para decirme palabras escabrosas. Eso me hacía sentir muy feliz, había conquistado un público inesperado, en mi sueño, que admiraba mi cuerpo enfundado en una bikini mínima.

ELEAZAR


                        Es pequeño y desnutrido el pequeño que me golpeó la puerta aquella vez. Sus ojos tristes parecían el cielo bruscamente derrumbado en la tormenta de verano. Se había sentado junto a mi puerta esperando. No sé qué esperaba en realidad, porque me miraba y no hablaba. Vestido apenas con un bucito sucio y agujereado, me mostraba las costillas marcadas con tierra y sudor. Era tan pequeño que cuando le pasé un emparedado bien gordito de jamón, queso y tomate, su sonrisa transformó la tarde en fiesta.

                        Le pregunté el nombre con la curiosidad de las ancianas solas, sin familia. La edad y no me supo responder, sabía que le decían Eleazar pero no sabía cuántos años tenía. Vivía lejos, como a tres horas de colectivo que él caminaba desde la Villa porque nunca tenía dinero y ya le habían pegado varias veces por colgarse del estribo. Sus piecitos descalzos fabricaron una costra de durezas que entre la mugre y los pesares parecían una sombra de zapatillas. Se quedó allí disfrutando el festín inesperado. Le ofrecí gaseosa pero me aceptó agua. – En la villa no hay, ¿sabe? Y es tan rica el agua que sale de la canilla de su casa.- y siguió con tesón mordiendo su comida. Le di una naranja. No sabía comerla. Le enseñé a “chuparla” como me enseñó mi abuelo. Le corría el jugo por los brazos flacos y con la tierra se le hicieron caminitos como si fueran huellas. ¡Se reía! Yo lo miré con ternura cuando me dio las gracias. Cerré la puerta y me quedé junto al televisor para ver las noticias.

                        Eran como las veintiuna horas cuando sonó el teléfono. Era mi vecino, don Francisco que me preguntó sin rodeos si sabía lo que había en mi puerta. Yo asombrada negué. –Salga y vea- me dijo con su mal humor constante. Salí, allí hecho un ovillo, dormido, abrazado a un perro,“ puro perro de calle”, a decir de mi amigo Justo. Me conmovió y el corazón comenzó a tamborilear en mi pecho. Con delicadeza lo desperté y lo invité a entrar pero se negó y dijo: - Voy a volver, se lo prometo. Se perdió en la calle que iluminó su figura pequeñita.

                        Pasó como un mes y una mañana sentí su voz en la ventana. Y venía limpio, con el pelo mojado, peinado a la Gardel. Me alegré y lo hice entrar al hall.

 

 

 

Miraba apenas entre sus largas pestañas ralas. Se detuvo en el cuadro con la figura de un paisaje de mar. -Yo, me dijo, conocí el mar. Una vez, me llevó una familia, cuando era más pequeño. Y vivían cerca del mar, me escapé porque el hombre me golpeaba mucho.- y se sentó sobre un almohadón de seda que tengo en la sala. Le traje otro emparedado con agua fresca. Agradecido, me contó que no había venido antes porque no tenía bien claro dónde quedaba la casa y caminó mucho hasta que la vio. Eso había sido ayer. Hoy, le pidió permiso a un vecino y se bañó y se puso una ropa que le dieron en la iglesia. Tenía un perfume a humo y a lavandina, que me recordó un viaje de mi niñez. Me pidió que le permitiera venir seguido. Le aseguré que podía visitarme cuando quisiera. Y escuchó con alegría la oferta. Juntos vimos al “Chavo” y nos reímos a carcajadas con las ocurrencias de los actores. Se abrazó a mi cintura y salió con un paquete que le armé con zapatillas, ropa y comida. Al salir le entregué una manta para que se hiciera un nido. Era como un pajarito cantor, salió cantando y silbando un tango bien arrabalero. Nos hicimos muy amigos. Yo le ofrecí que viniera a vivir conmigo. Me dijo: - No, Amalia, yo soy de la calle. No sé vivir encerrado. Soy feliz con usted, pero si me quedo me va a dejar de querer cuando haga una “macana” y no la puedo perder. Usted es mi abuela, mi amiga. Y así vino muchas veces.

                        Le festejé una navidad y una cumpleaños con “pibes” del barrio. Hasta hoy que al abrir el diario leí que una bala perdida había matado a un chico que entró a robar en un bar de Constitución. Al mirar la foto, vi que era mi pequeño Eleazar. ¡Él, nunca hubiera robado a nadie!. Lloré y fui a reclamar su cuerpito. Ya no me visitará pero yo sé que nació bajo una estrella equivocada.

UN RÍO SANGRIENTO


            Desde las orillas fangosas, se adelantaba un grupo de animales buscando beber agua. Detrás un hombrecillo de enormes manos arrastraba una pequeña barcaza.

Somnolienta, una perra seguía dentro de la crujiente madera al dueño del rebaño. A lo lejos se veía el humo oscuro  y denso de la chimenea del tren que atravesaba ese páramo. Tal vez en ese enorme trozo de hierro estaba impresa la libertad para el pequeño campesino. Había soñado con subir al techo de un vagón y huir a la gran ciudad, pero recordó lo que le pasara a su hermano. Lo habían llevado al ejército en un ferrocarril igual a ese y después vino envuelto en la bandera verde y roja, con una sola guirnalda de flores que olían a podrido.

            Él prefería quedarse, aunque cada vez era más difícil salir con los animales a pastorear. El río, decían las ancianas era el camino más seguro para no morir, pero cuando no llovía estaba muerto.  

            Tenía llagas en los pies, llagas en las manos y llagas en el alma. Su dios, no se acordaba de su gente, estaba muerto o dormido. Un cocodrilo trató de matar uno de los animales que bebía, lo espantó con el viejo rifle de su padre. Recogió al aventurero y lo metió en la barca. Esa noche lo despellejaría y comerían carne fresca, sin tener que matar sus animales.

            Sintió el rugido de la vieja locomotora que venía del sur, un grupo de aves salió escapando con el bufido del hierro herrumbrado del tren. Arrimó la barcaza a la orilla y arrió con  mucho esfuerzo la madera vieja con el perro y el ladrón que había caído bajo el balazo certero del rifle. Silbó. Los pocos vacunos se juntaron y treparon la orilla del cenagoso río y comenzaron a seguirlo.

            De pronto algo llamó la atención del campesino. El río estaba teñido de color bermejo. Se acercó y comprobó que unos cuerpos de hombres y mujeres iban río abajo, hinchados y malolientes, los cocodrilos se arremolinaban y daban dentelladas a cada cual. Teñida de sangre las aguas iban río abajo. A lo lejos sintió el estallido de un metal mortífero. El tren que acababa  de pasar había estallado en mil trozos a lo lejos. Vendrían tiempos difíciles. Había estallado una guerra.

LA VELETA


 

                                  “No hables mal de alguien cuya carga nunca hayas llevado a cuestas” Marion Bradley

 

                            Ludovica apeándose del caballo, se alejó hacia la mesa de hierro que presidía el jardín. Allí estaba Andrea y el señor Gilberto. Tomaban unos mates con sabor a hierbas del campo. No fue sorpresa para Andrea ver a su compañera del colegio donde pasaban medio año pupilas para aprender las materias propias de señoritas de ciudad. Ellas se reían de la torpeza de la directora, una muy miope docente alemana que ejercía con mano de acero al pequeño rebaño de muchachas. El anciano portero era el único hombre que veían y siempre cuchicheaban sobre su modo penoso de hacer las tareas.

                        Riéndose la recién llegada se tiró sobre la falda de Andrea y Gilberto le hizo una chanza que ruborizó a las dos chicas. Cuando el rato, llegó Rafaela, la ayudante de cocina, vociferando que había fuego en el “guisadero” y que Luisa, la vieja cocinera, estaba abrasada entre humo y chispas con un pavo en los brazos y apretaba con furia la comida. No quiere salir, se va a quema viva y válgame Santa Eufrasia, que yo no quiero ver nada. Salimos corriendo y nos empujó el olor a quemazón de plumas y cabello. Gilberto cerró la puerta y tapó con una manta a la anciana. Juana se quedó muda. Luego salió espantada hacia su habitación con el pavo abrazado y negro. ¡Era la comida del Día de Gracias y la primera vez que fallaba su pitanza.

                        Todos llorábamos por el fuerte olor agrio y el vapor hediondo de grasa y laurel quemado. Luego comenzamos a reír y reír por lo poco afortunado de nuestro accionar frente a la “catástrofe” ocurrida con nuestra cena. Rafaela  comenzó a limpiar y su carita siempre acalorada por los pucheros, estaba tiznada y sucia. Lloraba y murmuraba contra nosotros, que según ella, éramos malas y egoístas. Llegó papá y su vozarrón nos hizo callar a todos.

                        ¿Qué ha sucedido acá? Acaso no saben estos señoritos superar un descalabro con seriedad. Andrea y yo nos tentamos. No podíamos evitar la risa. Nuestra inexperiencia era supina y Gilberto no era el mejor bombero de la zona.

                        Luisa, al oír al patrón, subió a la cocina, siempre abrazada al pavo negro y chamuscado. Su cara era de un fantasma recién acontecido. Todos de pie frente a ella comenzamos a reír y hasta papá se llevó la mano a los bigotes para que no se le notara la hilaridad. Ese día nos llevarían a la casa de Antenor, mi tío a cenar, por lo ocurrido. El problema era la servidumbre. Cuando llegamos todos, con Luisa y Rafaela a la casa del tío, su esposa, puso el grito en el cielo.  Para ella era falta de respeto que ellas estuvieran allí. Las pobres no sabían donde esconderse. Mamá la arengó hablándole de la “caridad” y ella comenzó a maldecir a las pobres mujeres. ¡Que eran sucias, que eran tontas,  Consideraba una que arruinaban sus hermoso pisos, etc., etc.!

                        Papá habló seriamente con ella y le dijo que su gente, era muy buena gente. La tía  Rigoberta cambió como una veleta, sabía que con papá no se jugaba y las defendería como a su prole. ¡Por eso odio a la famosa tía Rigoberta y creo que todos pensamos lo mismo! ¡Es una verdadera veleta!

miércoles, 25 de agosto de 2021

EL MILAGRO


                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain

                                                                                                       

            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.

            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.

            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.

            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.

            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.

¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?

            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.

            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.

CANDELARIA

 

Odio, Candelaria sentía un odio inevitable, incontrolable. Era una espina clavada en su corazón de mulata. Su vergüenza la dejaba sin palabras cuando tenía que ocuparse de las niñas. Los Lastra eran ese tipo de familia antigua que recibían a las huérfanas para darles un techo, comida y algo de trabajo. Bueno, mucho, muchísimo trabajo. La mayor era una chica callada y triste, pero en su mirada había un desprecio visible hacia las servidoras. Se llamaba Sofía.

La segunda era parlanchina y juguetona, pero educada por una madre muy permisiva, era caprichosa y vivaz, se llamaba Belinda. Y todo el día molestaba con preguntas tontas a las pobres muchachas que ayudaban en la casa. Y la más pequeña, Suspiro, era dulce y sencilla, pero sus hermanas eran verdaderos gendarmes para que no se encariñara con el personal de la casa.

Candelaria, tenía un hermoso cabello ondulado que ataba en una enorme trenza que caía sobre su piel morena en la espalda. Siempre usaba la ropa que le dejaban las niñas, descalza, sus pies de piel gruesa se había acostumbrado a deslizarse sin que la escucharan por las habitaciones de la casa. Odiaba a las tres, porque le hablaban de fantasmas, de demonios que impedían que durmiera tranquila. Odiaba a la madre, porque nunca le permitía ir a ver a su única familia. Su abuela Hersilia, vieja de color que trabajó años en la casa del boticario del pueblo. Ya casi ciega, la habían dejado vivir en la parte trasera de la casa del boticario, un solterón agudo y lleno de melindres que asustaba a la gente con sus espejuelos de oro y su gran bigote cano.

Candelaria tenía que sufrir con las picardías de las muchachas de la casa. Los Lastra eran gente respetada y seca, pero siempre le recargaban de tareas los días que ella podía salir a ver a su anciana abuela.

Odiaba a don Plácido… el patrón, porque cuando nadie lo miraba perdía sus dedos de aguja entre los muslos dorados de la Candelaria. El hombre, la perseguía por los pasillos y corredores de la casa y le tocaba los senos pequeñitos, desde que se hizo una adolescente y cambió su cuerpo de nena en mujercita. ¿Por qué no le hacía eso a sus hijas? Hasta que un día lo vio. Tocaba a la Sofía. Le levantaba la pollerita del vestido amarillo y perdía sus garfios entre la piel nívea de la chica. Y otra vez lo vio con Belinda que la había sentado en sus piernas cuando se hamacaba en el patio bajo las glicinas y enredaderas. ¡No dijo nada! Solo miró y se dio cuenta que disfrutaba ver que el don Plácido era un rufián como el lechero, que manoseaba a la cocinera. Le dio pena por la Suspiro. Era la más buena. La madre o se hacía la tonta o era ciega.

Y ella se quedó callada hasta que una noche entró el patrón a su habitación en calzones y quiso agarrarla. El grito que pegó se escuchó hasta en el gallinero. Salió todo el mundo a ver qué pasaba y la vieron que de un mordiscón le había arrancado un pedazo de carne al hombre. La entrepierna sangraba y el no sabía si llorar o taparse.

Esa noche la patrona le dio con el cinturón una docena de guascazos. A ella, que era la ofendida. Las chicas la escupieron y se mofaron por no haberse callado. Se vistió como pudo, sacó un pequeño atado de ropa y salió despacito rumbo a lo del boticario. Amanecía. Esperó en el zaguán hasta que abrieran. Entró, ya era otro día.

Ese día, doña Hersilia y el boticario, la recogieron como a un perrito perdido. Cuando le preguntaron qué había pasado, no dijo nada. ¿Quién le iba a creer a la mulata que los Lastra eran así?

 

INMIGRANTES

 

Barbarita fue al final la que sobrevivió y pudo contar todos los sucesos ocurridos.

            La familia había llegado por allá, por la década de 1890 al país, como todo inmigrante con más hambre que bolsas, con más esperanzas que certezas, con más miedo que seguridad. Primero quedaron en el Hotel de Inmigrantes con otros extranjeros que hablaban mil lenguas diferentes. Los ojos grandes mirando las ropas raras de algunos vecinos en las largas mesas que los cobijaban, donde no faltaba un plato de comida caliente, pan crocante y tibio y alguna fruta. ¡Ellos hacía mucho que no comían tanto! Menos frutas y carne. La gente, allá en la aldea, hablaba mucho que en este país había carne por todos lados y que el pan sobraba. Ellos, lo verían cuando salieran de allí. Los llamaban por un número que le habían prendido en la ropa cuando bajaron del barco. Después de pedirle los papeles que traían, un hombre calvo que hablaba su dialecto, les explicó que quedarían en cuarentena para evitar contagio de cualquier enfermedad y después tenían asegurado un viaje por tren hasta un pueblo del interior.

            Los embargó un poco de temor, por lo del idioma. No conocían esta lengua que los empleados murmuraban rápido y se movían con tanta agilidad de un salón a otro. Ludovico aceptó sin poner resistencia, Ivana lo miró con rabia, a ella le habían dicho que se quedara en la capital porque era una ciudad grande donde podían tener más comodidades y más trabajo. Como hembra, no podía opinar ni oponerse a lo que el marido le imponía.

            La habían casado antes de salir del pueblo. A Ludovico lo había visto dos veces en la feria del domingo. No era cristiano y ella sí, por lo que no hubo ninguna ceremonia religiosa. Ella sentía que no estaba casada. Que ese muchacho alto, moreno, de ojos oscuros y mirada profunda que se clavaba en su piel rosada y suave era un extraño.

            Tenía manos fuertes y mucha energía, levantaba los baúles de ambos como si fueran cojines de plumas. Él, la miraba y sonreía. No la tocó en todo el viaje, porque ella se acurrucó en un pequeño espacio en esa bodega atestada de gente sudorosa y gritona. Descompuesta con el vaivén del barco y el miedo. Ludovico la abrazaba por los hombros en la noche, porque había notado que algunos hombres que viajaban solos la miraban mucho y mal.

            Fue un respiro llegar al puerto y salir de esas barracas inmundas. Él, feliz de alejarse de su país. Ya se hablaba de guerra y estaba cansado de la prepotencia de los dueños del lugar. Aprovechaban a los jóvenes fuertes para darles los trabajos más duros y apenas les soltaban unas monedas. ¡Estas tierras eran de promisión! Los alojaron en una habitación pequeña, limpia, con un lecho con colchón y lienzos que olían a sol. Tenían cerca un baño que usaban todos pero que les explicaron debían dejar tan impecables como lo habían encontrado. Ivana se esmeró en dejarlo brillante siempre que lo usaron.

            Pasaron los días y la muchacha se transformó en mujer. Él, con experiencia, la tomó sin que ella se resistiera. El padre le había dicho que no hiciera problema y la madre con un llanto solitario, le dijo al oído lo que le pasaría. ¡Y pasó! Supo que la vida deparaba a las mujeres un trabajo extra: dejar su cuerpo en manos de ellos y satisfacer a su hombre cuando éste lo reclamara.

            Un día los buscó el hombre que hablaba su idioma y los condujo hasta un espacio abierto, donde había otros “paisanos”, dijo que crearían una aldea nueva en una región cercana a un río grande y fecundo. No muy lejos de esa capital. El gobierno ya les había repartido unos papeles con los metros que tendría su parcela de terreno y cargaron unos grandes bultos con herramientas y utensilios de variedad inimaginable.

            Algunos hablaban su lengua y otros trataban con palabras parecidas de comunicarse. La mayoría eran familias, algunas con niños y otras con parientes mayores o jóvenes. Todos con la gran esperanza y el sueño de ser feliz.

            Los subieron a un tren y tras horas de traqueteo, pasando por eternos campos sin sembrar, llegaron a una estación despoblada y allí los hicieron bajar. Unos viajaron en carretas, otros en sulkys y otros, los que sabían montaron a caballos. Fueron varias horas andando hacia el norte. Llegaron a un lugar con enormes árboles de una especie que nunca había visto. Altos pastizales y ruidosas aves que revoloteaban por ahí. 

            Ivana encontró el cartel con sus nombres. Allí estaba la tierra. No había ni casa ni corral ni animales. Llamó a Ludovico y éste corrió asombrado a su lado. ¿Adónde dormirían ahora? Tenía sus cofres, bultos, herramientas y utensilios. Pero no había nada.

            Es noche durmieron debajo de un carro que les habían dejado. Apenas pegaron los ojos, el ruido de las aves y macacos los aturdía y aterrorizaba. A la mañana siguiente

Vieron un hombre que traía dos vacunos, una jaula con gallinas y pollos, dos caballos de tiro y conejos. A Ivana le regaló un cachorro de perro. Saludó con la fusta en el ala del sombrero y siguió cabalgando y se perdió entre los enormes algarrobos.

            Con esfuerzo y ganas, pronto levantaron una habitación con los troncos  de los árboles y techaron con maderas que hachueló dejando pequeños orificios en las paredes para tener aire y luz. La mujer se acostumbró a trabajar mucho. Era fuerte y no lo sabía. Ludovico, la miraba con asombro. Se enamoró de su cuerpo y más de su alma. En el atardecer la veía sentada en una especie de silla que le había hecho leyendo un libro. El silencio y su rostro, lo llenaba de paz. No sabía leer y ella enfrascada ni lo miraba.  Un día se atrevió a preguntarle qué hacía y ella asombrada le dijo: Leo la Biblia.

            ¿Qué es eso? Le preguntó. Todo. La sabiduría de la vida y de la muerte.

Pasaron los años, un par de niños llenó la vida y agrandó la casa. Lo rústico fue dejando paso a una casa de material, ladrillos cocidos y tejas, maderas lustradas y ventanas con vidrio. Ludovico, trabajó como todo inmigrante con esfuerzo y acrecentó el bienestar económico de la familia. Compró más tierras y quedó como anécdota las noches en que durmieron bajo el carro. La esperanza afloraba en cada siembra y en cada cosecha. Los muchachos, dos varones que eran idénticos al padre crecieron conociendo cada árbol, cada animal, cada semilla con su tiempo de laboreo. Y con su madre aprendieron a leer y a escribir y supieron de la fe de sus ancestros. Ludovico enfermó, las fiebres provenían de la miríada de insectos de las orillas del río.

            Pasó su fortaleza en un lecho de dolor y ardores. Cerca del amanecer de un mes de julio, llamó a Ivana y le rogó le hablara de ese Dios que ella tanto amaba y se fue quedando dormido entre sus brazos. Se quedó sola con el dolor de haber perdido a un hombre bueno que nunca le hizo faltar sueños.

            El nuevo siglo trajo muchos cambios. El ferrocarril, avanzaba entre los campos de trigo y maíz. Era una enorme boa de humo y chirridos que espantaba a los animales, pero que traía consigo otros métodos de trabajo, herramientas y máquinas para cosechar que los muchachos aprendieron a usar muy pronto.

            Un día desde el lejano país de su padre llegó un puñado de parientes que reformaron la simple vida de Ivana y de sus hijos. Llegaron Maira y Ludovica unas primas, una anciana que era la tía mayor de su difunto marido. Un joven que escapaba de la pérfida guerra entre países vecinos a la tierra y que transformó la seria existencia del grupo.

            El muchacho se llamaba Alfred y con su violín serenaba el espíritu de los amigos y vecinos. Pronto construyó una fábrica de cerveza y en su vetusto corralón, que compró con unas monedas de oro, único bien que poseía, recibía a todos los habitantes de los terrenos de tres o cuatro kilómetros a alrededor de su caserón.

            Ivana ya envejecía y suplicó a sus hijos que formaran una familia. Así Conrado buscó una alemanita siete años más joven y la desposó. Rigoberto se casó con una ucraniana tímida que poso sabía hablar pero muy trabajadora y dotada de una voz angelical. En el templo solía despertar el espíritu a los ancianos adormecidos por la lucha y la nostalgia.

            Cuando llegaron las noticias de la guerra ambos creyeron que tenían que ir a pelear. Ivana se opuso fieramente. Ustedes, mis hijos no van a ir a luchar por un país que no supo darle a tu padre un hogar y a mí un futuro como el que hemos construido acá. Y se quedaron. Y vieron como los que se fueron, volvieron mal. Unos enfermos, otros dementes y muchos no regresaron.

            Ivana dejó que sus hijos vivieran cerca pero independientes. Una mañana no despertó. Sus ojos azules quedaron clavados en el techo y entre sus manos el libro desgastado por la lectura de años y años. Su Biblia.

            Alfred, casi como un hijo más, le cerró los párpados y la acicaló para que los hijos no la vieran así, dormida. Ese día, conoció a una muchacha venida de Hungría, pequeña y bonita. Y al poco tiempo se casó. Ella era delicada pero fuerte. Tuvo varios hijos y lo ayudó con el negocio que fue prosperando. La cerveza, era un atractivo para la mayoría de la gente y comenzó un negocio de exportación, al que incluyó a sus parientes. La empresa era tan importante que Maira y Ludovica comenzaron a viajar por el país para completar las ventas. Una catarata de beneficios los aunó. Cada una se casó y formó su familia. Pero… la vida no fue tan generosa. Ellas no sabían que otra guerra los ahogaría en pérdidas y gastos. Perdieron todo.

            Sus sueños se desmoronaban con un banco que se llevaba sus ganancias, sus animales y sus campos. Había que comenzar de cero.

            La tierra es genial, siempre te presta auxilio, decían los hermanos. Y empezaron con trigo, maíz y tabaco.

lunes, 23 de agosto de 2021

LA VOZ DE JOAQUINA

 

            Imagínate ver a la Joaquina en los corrales con las chivas mansas, ordeñando sus ubres rebosantes de caliente leche espumosa. Cantando coplas, mientras las manos diestras aprietan las tetillas y cae el dulce jugo en un balde para hacer quesillo. Imagínate, Ramiro, el balido urgente de tanta cría hambrienta. La Joaquina conoce a cada cabra por su nombre y a sus crías las va bautizando cuando nacen y ella les corta el cordón ayudando a la hembra en parición. Es hermoso ver el techo del rancho con la cumbrera a pleno de pértigas donde cuelgan las pequeñas formas de queso de color ámbar que se desembarazan de la grasa fina. Es un lujo del campo, Ramiro, acercarse y oler ese aroma a vida. Hay horas en el día que se penetra de aromas ancestrales. Algunas veces la Joaquina canta o llama con un silbido a las cabras que vienen a su lado. ¡Claro que la reconocen! Si es como su familia ese puñado de pequeñas bestias cálidas y de piel suave, con pellejas de variados tonos del blanco al marrón oscuro o negro. Ella, la pastora, nunca tuvo hijos. Pero vos Ramiro verás cuando llegues que ellas son sus hijas. Nunca ha venido a la ciudad, la Joaquina nunca salió de su rancho. Mañana cuando vayas, y le digas..., si no se muere, quedará violeta del asombro. Estará inmóvil del espanto. Sé dulce y tierno cuando se lo digas. Nunca salió del rancho, nunca vino a la ciudad y no sabe cómo es la vida fuera de ese allí. Venir a morirse ahora el patrón Don Braulio. Los hijastros vender el campo, ¿qué vamos  a hacer con ella? Morirá de pena.

            El ruido del auto de Ramiro despierta el balido de las cabras. Sale Joaquina a recibir al primo que viene de la ciudad. Él nunca se imaginó encontrar a tan hermosa mujer en medio de la tierra árida e inhóspita de la sierra. No la conoce. Es tan bella y tan ingenua como las flores del cardón que aprieta en su rústico vestido. Su cabello largo, suelto al viento, la envuelve como una mata de “barba del diablo” de color del trigo. El calor la apura y encierra rápido los animales entre los palos corraleros y las pircas que aun sobreviven a los viejos nativos de la zona. Prende un farol de vieja data y se entretiene en el fogón con un puchero. Saca una botella de leche fresca y corta rodajas de pan casero, jamón y choclos hervidos, que son el alimento, comen con el zumbido de los jejenes y las chicharras, cantando junto a los grillos entre los jarillales del patio. Apenas hablan. Ella llora en silencio. ¿Qué hará con la “Preciosa”, la “Blanquita”, la “Rubia” y la... una a una va nombrando sus cabras. Se desparrama un poncho de tristeza junto con el sol que dormita entre los quebrachales.

            Amanece calmo. Joaquina está lista. Abre los corrales para que las amigas pasten por su cuenta. Ya vendrán los nuevos dueños. Se lleva varios quesos y muy poco de sus pertenencias. ¡Tiene tan poquito y necesita tan poco ! Sus ponchos hilados con la lana de la“ Redondita” y del “Terco”. Sube muda, al coche, y van dejando huella de polvo seco y blanquecino mientras se alejan del rancho.

            Llegan a la casa del centro. Le aturden los ruidos y el movimiento histérico de toda esa gente que va y viene sin rumbo seguro. La dejan en su cuarto. Se mira por verse en un espejo y descubre que ha envejecido diez años en un solo día. Llora la Joaquina.

            Pasan unos días. No va a ningún lado atolondrada por las estridencias que siente a través de los muros. Una mañana cuando Ramiro, Jimena y el niño, comen en la cocina sienten un extraño ruido. ¡Sorpresa! La buena muchacha en su angustia ha roto el tabique con lo que encontró a mano, un viejo tenedor de alpaca. Quiere buscar del otro lado los rostros amigos, su nueva familia, que asombrada la observa y comprende.   Jimena se incorpora y la abraza. No es fácil consolar a Joaquina, pero su cariño alimentará la certeza de que no está en el mismo infierno como ella cree.