martes, 22 de enero de 2019

NIÑOS VIEJOS


Caí, a los pies  
 lentamente
sin palabras que encierren una queja de niño derrotado
la espera
la soledad
que nos carcome     pequeño niño de manos abiertas a la nada
manos ardientes
lágrimas
desasosiego.
Caí, a los pies el duende de la infancia
sin alas. Boca cerrada. Muda.
Hay una sombra hostil que corrompe, 
tu nombre, tus palabras de amor
tu mirada asustada,
tus manos torpes de caricias.
Pobre con toda pobreza por pertrecho.
Casi    niños adultos muertos, antes, ahora
todo es posible
entonces
un pedazo de ala rota caerá
a los pies de mi árbol de la vida
sin zapatos...ni tiempo.
Mañana, tal vez mañana vendrán
los ángeles  a jugar con nosotros
nuevamente volverán los sueños de la infancia
con los cuentos populares
dejaremos de ser niños derrotados.


EN GRAND RAPID

 FLORES EXÓTICAS EN UN PASEO MAÑANERO, UNA CARNÍVORA PARA ADMIRAR.
 UNA MAGNÍFICA Y PARA MÍ, RARA ORQUÍDEA DEL MISMO JARDÍN QUE ME LLENÓ DE AMOR.
PASEANDO POR UN MÁGICO JARDÍN DE GRAND RAPID ESTADO DE MICHIGAN, CUANDO FUI A MOSTRAR MI NOVELA "TANGO ROJO"

FEMICIDIO




Como si te escaparas de mi mundo apretando en la garganta una isla de musgo y orquídeas de almíbar, me quedé mirando por la puerta que se cerró con estridencia.
No podía creer que te ibas de nuestro nido, ese que tanto nos costó armar. Tu lucha en la oficina, mi tarea interminable en la cocina, creando alimento para tantos parroquianos que mandabas. Y ¿Qué pasó? Conociste a esa “fulana”, que te envolvió en sus arrullos de cuervo seductor. Te quedaste boquiabierto cuando se abrazó a tu cuello y empinada te dio un beso que te tocaba la campanilla… y caíste. Como un pobre tonto caíste en sus brazos. Te exigió que me dejaras. Te confundió hasta el momento que te entregó el arma.
Allí, perdiste la más bella de las realidades. Era un vampiro. Una maga de tiempo completo. Te arrancó un “Sí” y llegaste esa noche a casa despeinado, transpirado y con los ojos inyectados en sangre. Te paraste frente a mí, junto a la chimenea y disparaste.
Caí como era lógico, el arma era de guerra. Y ahora, luego que arrastraron mi cuerpo, que lavaron la sangre; me cubre muchos kilos de tierra y luego echaron alquitrán para taparme. Así escapaste de mi mundo real, de nuestro amor.
¡Espero que alguien pregunte por mi! Que indaguen y me encuentren. De noche abriré la tierra y caminaré por la casa para que ella se vaya y recuperarte. O por lo menos que paguen por mi muerte.

PENSAMIENTO ONÍRICO




Si se perdiera un rumor dentro de mí
Allí, donde permanece el aliento cual un guijarro,
gema con tamaño de océano de pétalos de barro,
lodo que imprime un sello en la mirada,
prenda de seda y cartón escrito con violetas,
mi vestido de fémina hundida en la templanza.

Si se perdiera una brisa en las olas del bosque
con péndulos de relojes oxidados y el cobre tañendo
en la tarde del equinoccio de verano.
Un latido percute en el piano sin cuerdas
el violín exprime un agónico sueño azulado.
Un rumor entra en mí como el canto de un ave.

Pierdo la pisada en la orilla del lago ceniciento.
Camino con la piel debilitada por las piedras,
Subo en las hojas enormes de una hiedra que trepa.
Me cobija una hilera de libélulas de nácar.
Asomando el sol su sonrisa de plata y mandarina.
Dejo que ingrese la voz y el rumor del silencio.
Ya no estaré desdibujada en la orilla del lago.


TE PIDO ME RESCATES LOS RECUERDOS.




Estoy en el umbral de la vida. He perdido mi historia, no viene a mi memoria ni quién soy, ni qué hacía, ni si tenía sueños. Esto de ser una persona sin recuerdos, es muy malo.
Me muevo por el embaldosado de la casa como un duende. ¿Es nuestra casa? A veces veo caras y creo reconocer a alguien, para luego dejarla pasar por mi lado sin pestañar
Como si acá en el rellano de la escalera, se hamacara un silbido herrumbrado de cobre, un viejo saxofón, un chelo derribado. Siento ruidos y sonidos agradables o torpes, pero no reconozco la música que solía cantar junto al piano.
¿Yo era pianista? Repaso en mi mundo con ahínco pero no encuentro nada.
Hay una mujer que viene y me trae perfumes, cremas y alguna prenda; dice que me quiere y yo la miro, pero no se quién es. No me acuerdo. Me dice mami y se sonríe cuando le digo que no la conozco. ¡Es una linda mujer!
Ayer o antes o recién, me miré las manos. Parecían de otra persona. Uñas cortas, limpias y suaves. En esta casa no hay espejos. No se porqué. Tal vez para que no nos reconozcamos, para que seamos otras, o alguna que se fue y se perdió en la calle.
Hay un reloj de péndulo detenido a las cinco y veinte. Nunca se mueve. Es como si estuviéramos detenidas en el tiempo. Tampoco hay hombres, sólo mujeres viejas.
Cuando llegues a buscarme, a liberarme de este encierro, tráeme la memoria. Uno a uno los recuerdos que he perdido. ¡Ah, por favor, no te olvides de decirme mi nombre!



viernes, 18 de enero de 2019

POETAS


Hay un estigma crujiendo en los ojos inútiles de un sueño
va saciando la ambiciosa piedad que está muriendo
luego, sin esgrimir las armas victoriosas de contiendas ajenas
abrazo el vacío con lenguaje crepuscular de rosas.
Sitiada con palabras la encrucijada de insanía consciente 
que rebota chispeantes entre las cuerdas de un chelo
desaliento a la lengua de los locos poetas
de esos locos poetas que caminan sin rumbo golpeando a los mortales.


TANGO EN LA CIUDAD


Llora el tacón de la morocha.

Se cae la luz del candil en la vereda
Una gata negra pasa maullando y un silbido agorero
arrastra a la morocha con su tacón de cuero roto.

Roto el cuero de su espalda herida y manoseada
en un compás de tres por cuatro en la cantina.
El tango se deshace en milagroso duelo.
Un solitario salón espera el sonido del bandoneón que llora.

Llora Buenos Aires. Espera que regrese el amor a sus piedras,
Que la noche se llene de luces y de amores sensuales.
No quiere un imberbe usando un cuchillo sin piedad
quiere al compadrito de antaño, que solitario esperaba
bajo una luz agonizante a su “mina” para bailar milonga.

Ya no usa sombrero el “cafisho” y se perdió la “gomina”
Ahora se usa un perfume francés y la ginebra se cambió
por “merca”. ¿Adónde quedó tu historia de amor clandestino?
¡Pobre mi linda ciudad con gargantas de poetas!
¡Pobre mi hermoso país que sigue en agonía!


FOTOS QUE INSPIRAN Y RECUERDAN MOMENTOS FELICES

 PUESTA DE SOL EN VIAJE A BUENOS AIRES POR LA RUTA 40
 PUENTE SOBRE UN RÍO EN ESCOCIA UNA BELLEZA INOLVIDABLE
TIERRA DEL FUEGO, EL FIN DEL MUNDO EN ARGENTINA, VA PRENDIENDO LAS LUCES DE LA CIUDAD DE UHSUAIA

MI TODO



Mi todo es la sombra que deja mi cuerpo en la acera
Mi todo es un salmo entrecortado en el coro angelical.
Mi todo es la penumbra y el olvido del crepúsculo.
Mi todo es la pasión que me limita en la palabra.
Mi todo, soy yo, antes, ahora, sin tiempo en el tiempo.
Mi todo pinta un mundo de tormentas imprecisas.
Mi todo es una sombra. Mi todo es una espina


COMO SI ME OLVIDARAS CADA NOCHE





Recuérdame que aun late mi corazón herido

Recuérdame que sale el sol y brilla en sus ojos la vida plena

Recuérdame que hay un solsticio de invierno donde duermen las hadas

Recuérdame, que he vivido esperando con la mirada puesta al este

Recuérdame que no me despertaré con alguien sin conocer su nombre

Porque si me olvido de ser yo misma

Porque si huelo al viento y no penetra el perfume de las retamas

Porque si me siento sobre una roca cerca del mar y no te veo

Porque si tus brazos escapan de mi cintura profusa de enrona

No seré yo. Será mi cuerpo perdido en la penumbra de la muerte.

No serás tú, mi consejero y amigo de milagros esperados.

No será la vida, ni el sol, ni los tulipanes, ni las dunas…

Ya seré un recuerdo en la fachada desdibujada del calendario

Que ha perdido su color y su hermosura. Entonces me olvidarás.

Cada noche me olvidarás y en la neblina seré aire, humo y nada.


Esa Mujer... que pinta nuestra tierra.

Mujer nacida con alas en las manos
con estocadas de pinceles que derraman flores
sobre el lienzo de la vida
militante del color         de los matices
calla su voz humana en cada tela
para gritar otoños frutados y feraces

Vendimias de frutos y mujeres
hombres que desplazan los muros infranqueables
de un destino de tierra prometida
viejos galpones tórridos de vino tinto que se mezclan
con naipes y guitarras
gallos de riña que eternizan la pelea del hombre de campo
y sus desdichas.

Hoy nos
permite penetrar en su mundo de sueño
donde duerme             la niña de la infancia
la mujer enamorada de la vida
y la belleza
su trajinar la tela en blanco
 asegura el suspiro
el cansancio que llega con el ocre de la tarde
el amor de lo posible
por eso          sólo por eso
esperamos el milagro
cayendo de un lienzo pálido de envidia por
tanta loca belleza y
un portal mendocino vendimiero
el otoño de nuestros callejones de oropeles y
vino recién hecho -  mosto - sangre
de los vendimiadores
que acarrean sueños perfumado a moscatel y lirios.
La tinta de su pluma es una voz castaña
ojiva de una enorme montaña trasnochada
en cielo de sonrisa
música elemental de los andinos.


Esa Mujer... que pinta nuestra tierra.


Esa Mujer... que pinta nuestra tierra.

Mujer nacida con alas en las manos
con estocadas de pinceles que derraman flores
sobre el lienzo de la vida
militante del color         de los matices
calla su voz humana en cada tela
para gritar otoños frutados y feraces

Vendimias de frutos y mujeres
hombres que desplazan los muros infranqueables
de un destino de tierra prometida
viejos galpones tórridos de vino tinto que se mezclan
con naipes y guitarras
gallos de riña que eternizan la pelea del hombre de campo
y sus desdichas.

Hoy nos
permite penetrar en su mundo de sueño
donde duerme             la niña de la infancia
la mujer enamorada de la vida
y la belleza
su trajinar la tela en blanco
 asegura el suspiro
el cansancio que llega con el ocre de la tarde
el amor de lo posible
por eso          sólo por eso
esperamos el milagro
cayendo de un lienzo pálido de envidia por
tanta loca belleza y
un portal mendocino vendimiero
el otoño de nuestros callejones de oropeles y
vino recién hecho -  mosto - sangre
de los vendimiadores
que acarrean sueños perfumado a moscatel y lirios.
La tinta de su pluma es una voz castaña
ojiva de una enorme montaña trasnochada
en cielo de sonrisa
música elemental de los andinos.


OTRA VEZ LAS LLAMAS.




Un fuego arrancaba el núcleo inclemente del matorral, nada puede aplacar su furia. El rojo aparatoso del incendio me coloreaba la piel y con todo lo que teníamos tratamos de apagar el furor de las llamas.
Los animales quedaron atrapados entre el río y el siniestro que avanzaba como potro desbocado entre los matorrales. Inesperadamente, un viento cambió la dirección de las flamas y se fue hacia el pantano, las aguas cenagosas comenzaron a hervir y medio chamuscados fueron apareciendo algunos animales y bestias cenicientas. Así salvamos el parque natural.


CUENTO INFANTIL


Te voy a contar la historia de una niña que se llamaba Regina. Era muy, muy mimosa. Su abuela le contaba cuentos, le hacía milanesas con puré y le compraba juguetes. Pero Regina nunca estaba feliz.
         Un día el cielo apareció gris y lleno de nubes oscuras. Presagiaba una tormenta y hacía mucho frío. La niña, no quiso ir a la escuela. Su mamá y su papá que trabajaban todo el día, tuvieron que llevarla a la casa de la abuela para que no se quedara sola en la casa.
         Aprovechando que estaban juntas, la abuela la invitó a jugar a cocinar masitas de chocolate y coco. Regina se encaprichó y sólo quería ver televisión. La abuela la dejó en el comedor mirando un programa infantil, pero el sueño la ganó y se quedó dormida. Así comenzó a soñar.
         Regina soñó que se elevaba en las alas de un pájaro enorme de pico afilado y garras de acero. Volaba tan alto en el cielo, que desde ese lugar podía ver la cumbre de la montaña, los enormes ríos que desaguaban en las plantaciones de los valles y hasta un azul lago rodeado de pinos.
         El sol le hacía cosquillas en la cara y escuchaba el relincho de caballos salvajes. Jugó con cachorros de perros y pequeñas cabritas. Juntó mariposas y escarabajos azules. Nadó en un arroyo de agua dulce y tibia. Seguía volando por entre las nubes. En un rincón, inventó un huerto con manzanas gigantes, aves con pelos, árboles de color celeste y gatos con plumas de color rosado.
         Caminó por las hojas de una palmera de cartón y se vistió con una capa de azúcar amarilla. 
         Regina estaba muy feliz. Reía y reía entre las enormes plumas de las alas del ave. Pero... de pronto sintió un rugido tan fuerte que la despertó. Era un trueno que anunciaba la lluvia. Un tremendo chaparrón desdibujó el jardín.
         Una taza de chocolate caliente con galletas dulces, le hizo despabilarse. Los brazos amorosos de la abuela, fueron el refugio de su temor a las tormentas.
         Ya siendo noche llegaron sus padres a buscarla. La abuela estaba un poco triste. Regina, sólo hablaba de su aventura en el sueño. La pequeña le prometió que otro día vendría, pero sólo para volver a soñar como ese día. ¡Así conocerá los hermosos cuentos que inventa y la abuela le hará ricas galletas!
        

AFUERA HACE MUCHO FRÍO


.                                                      
                                                        Hacia fierros, hasta sus músculos parecían bronce o piedra. Sabía que era súper “macho”, un metro ochenta y seis, con su cuerpo bien formado. Rostro armónico, cabello oscuro, ojos verdes. Estaba seguro que si lo hubieran invitado para ser modelo lograría ser famoso,  pero él era muy hombre para ese tipo de cosas. Sus compañeras de oficina le hacían todo tipo de invitaciones. Incluso las casadas. ¡Que minas locas!  Él era el que conquistaba.
                                                        Un día que cambió de horario en el gimnasio, conoció a  Regina, una mujer poco agraciada pero de un espíritu maravilloso y pasó lo inusitado: se enamoró. Ella era solitaria, inteligente y alegre.
                                                                   La vida comenzó a ser un privilegio: viajes, cenas en lugares mágicos, paseos a lugares novedosos. Pero un día pasó lo inesperado. Apareció el ex marido de Regina que sacó un arma y dio un balazo en el rostro bellísimo del muchacho.
                                                                   Ella lo amó hasta hacer que el hombre se transformara en un niño, el amor estrechó su vida hasta ahogar la esperanza.
                                   

martes, 15 de enero de 2019

LA PROFESORA DE DANZA



La calle estaba desierta. Valerio, caminó adormecido por el frío. Le dolían las pantorrillas y el dorso escapular. Si lo veían sus amigos seguros se reirían de su ropa. Estaba vestido como le indicaba la profesora de danza. Él, amaba la danza, pero en la ciudad aun cabían los que creían que eso no era de “machos”. ¡Pobres idiotas!
El soñaba con recorrer el mundo. Comenzaría por New York, luego iría a Moscú y París. Soñaba con recorrer ese camino difícil pero increíble de la danza.
Todo comenzó una noche en el hotel donde lavaba platos, apenas tenía catorce años. Había una mesa llena de jóvenes que llegaron tarde, pero que con gran reverencia del patrón, fueron recibidos y cumplimentados. Pidieron pastas a la italiana y comieron con gusto a saciar. Él, los espiaba desde atrás de una ventana. De pronto una muchacha delgadísima se irguió y comenzó a danzar al ritmo de un tango que sonaba en un gramófono. Se paró un joven y comenzaron a bailar, dejándolo boquiabierto. Nunca había visto unos cuerpos moverse con esa virtud de ramas de plantas, parecían juncos o sauces, o telas tenues que dejaban su cuerpo como las cuerdas de una guitarra. Cuando terminó la música ellos rieron. Valerio se dio cuenta que estaba llorando. Era una emoción nueva. Un impulso lo hizo entrar y se animó a preguntarles qué era eso que habían hecho.
Lo miraron con extrañeza, pero le dieron una simple palabra. ¡Es nuestro trabajo, bailamos clásico, tango, jazz…! Bailamos, amamos nuestra tarea. Y preguntó dónde se aprendía. Un alto y fornido bailarín le extendió una tarjeta. Esta dama te puede enseñar.
Esa noche se fue con la idea de ir a buscar a la maestra del grupo. A la mañana se vistió muy formal y se fue en tren a la ciudad, al barrio y a la calle indicada. Era en una cortada de la parte antigua de la ciudad. Una casita pequeña, sencilla y con un perfume a pino de los pisos que estaban pulidos como vidrios. Tocó y esperó. Salió una mujer de unos cincuenta años, de cabellos ondulados y suelto, su ropa mostraba su libertad interior. Los ojos eran de un ser feliz, su boca sonriente. Valerio, nunca había conocido ese ejemplar de ser humano. Su familia vivía riñendo, trabajando y criticando a todos.
Entró y vio un espejo enorme. Ocupaba toda una pared, donde había una suerte de madera como para sostenerse. En un rincón un amoroso propagador de música. Muchos discos y también un piano. Negro, reluciente y con las teclas amarillentas por el uso.
Conversó unos minutos, hasta que llegaron unos estudiantes que estaban por comenzar la clase. Madame Lorette lo invitó a quedarse. Se enfrascó en la clase. Repetitiva, aburrida y disciplinada. Él, no sabía que así era el sistema. Hizo una seña y salió corriendo. ¡No volveré! Estoy loco si regreso. Esto es muy duro para mí, prefiero seguir refregando platos en el restaurante, algún día aprenderé de Julien a cocinar y seré su ayudante. Pero, esa noche no pudo dormir. Soñó que estaba en un teatro y que bailaba y que volaba junto a un pájaro humano envuelto en gasas de colores. Despertó asustado. Y supo que regresaría.
No había preguntado cuánto costaba estudiar cada clase. Igual, llegó esa noche y llamó a la puerta con la esperanza que no le abrieran. Allí estaba la maestra, parada y le tomó del brazo haciéndole entrar.
¡Ven prueba! Y comenzó a dar los primeros pasos. Se enamoró de su cuerpo, de sus músculos de su andar sobre el piso reluciente como cristal de azogue.
Pasaron varios meses y Madame Lorette entendió que ese chico era un elegido por los dioses de la danza. Pero una noche llegó su padre y cuando lo vio, le propinó una golpiza. ¡eres una vergüenza para nosotros! Sal inmediatamente de aquí. Se calzó y salió con la nariz goteando sangre. Caminó por la calle empujado por su padre y los amigos que lo habían acompañado.
La profesora de danza lo llamó por su nombre para que regresara, sabiendo que si no volvía, su vida sería un infierno. No regresó. En el periódico de la fiesta de la Libertad, apareció un pequeño anuncio de un joven llamado Valerio que colgaba del puente del río helado que cruzaba la ciudad.


CON EL ARMA DE SU TÍO




No lo puedo creer. Anastasio se bajó del automóvil haciendo burla por los litros de alcohol que habían ingerido. Era el festejo de fin de curso y todos se habían comportado bien hasta el momento que cayó Romero con un cajón de botellas con licor de todo tipo. Los chicos desacostumbrados a beber así, parecían marionetas tontas. El pueblo de Carrera Verde, al este de la ciudad, era simple, de costumbres pueblerinas y tranquilas. Iturralde, que traía a los mellizos Petrini, se dejó caer en el sillón del jardín y quedó desparramado como un oso. Las chicas tomaban sin entender lo que podía pasar. Reían a los gritos, se sacaban prendas de vestir, se tiraban al agua de la piscina. ¡Un desmadre total!
Cuando llegó Lucio y vio lo que pasaba comenzó a vociferar. Nadie le hizo caso. Seguían corriendo por el parque, por los pasillos de la casa. Mientras Romero, muerto de risa, con sus 35 años, ponía música de los Auténticos Decadentes a un nivel de sonido que ya ni se escuchaban entre ellos.
Ricardo y Tulio Petrini tomaron ambas botellas de un licor verdoso. Parecía un ungüento para heridas. Apestaba. Lo bebieron de un solo abrir y cerrar de labios. Comenzaron a corretear a Alexia, la novia de Lucio para tocarla. Ella gritaba y pedía auxilio, pero nadie escuchaba. Desesperada, se aferró a un sillón. Se había escondido, pero la borrachera era de tal magnitud, que arrastrándose la encontraron. Se metió en el escritorio del tío de los mellizos. Ellos empujaron la puerta e ingresaron con prepotencia.
Lucio, trató de entrar y no pudo. De repente, se escuchó el estampido de un arma. Alexia cayó envuelta en un charco de sangre. Su claro vestido de egresada color damasco, estaba decorado con amapolas de sangre caliente que brotaba de su cuerpo. Lucio ingresó con Romero que ya no se reía. Alguno de los chicos apagó la música. Rodearon el cuerpo de la joven novia de Lucio. Alguien llamó por teléfono a la policía que llegó en minutos. Encontraron a los mellizos con unas armas en la mano. Eran de la colección del tío. En silencio, todos fueron en coches hasta la ciudad, para dar una declaración sobre los hechos. La mayoría no se acordaba nada, el licor los había idiotizado.


COMO SI ME OLVIDARAS CADA NOCHE




Para recordarme en la mañana que estamos vivos.



Recuérdame que aun late mi corazón herido

Recuérdame que sale el sol y brilla en sus ojos la vida plena

Recuérdame que hay un solsticio de invierno donde duermen las hadas

Recuérdame, que he vivido esperando con la mirada puesta al este

Recuérdame que no me despertaré con alguien sin conocer su nombre

Porque si me olvido de ser yo misma

Porque si huelo al viento y no penetra el perfume de las retamas

Porque si me siento sobre una roca cerca del mar y no te veo

Porque si tus brazos escapan de mi cintura profusa de enrona

No seré yo. Será mi cuerpo perdido en la penumbra de la muerte.

No serás tú, mi consejero y amigo de milagros esperados.

No será la vida, ni el sol, ni los tulipanes, ni las dunas…

Ya seré un recuerdo en la fachada desdibujada del calendario

Que ha perdido su color y su hermosura. Entonces me olvidarás.

Cada noche me olvidarás y en la neblina seré aire, humo y nada.

NIÑA MÍA




Yo que te vi  nacer como la aurora se desplaza
Anaranjada, tras la tierra.
Yo que te vi crecer como la cola de un cometa
En el infinito cielo azul.
Ahora....
Recogeré la lágrima traviesa
La sonrisa celeste, los pétalos dorados en la noche.
No sé si veré el rostro de Dios en tu mirada.
No sé si tendré las manos asustadas.
Porque eres como esas madrugadas sin cantos de pájaros,
Sin reflejo de lunas amarillas.
Sin palabras agoreras de mañana venturosas.
Déjame que beba de tu copa los besos atildados.
Te acune con mi sueño de duende sorprendido,
Para que apoyes tu greguería frutada
En mi regazo tenue. Niña mía.


jueves, 10 de enero de 2019

LA DUEÑA DEL CORRALÓN




            La casa de Acevedo, era la más antigua del barrio. El Bondi pasaba por ahí, gracias a las conexiones de Francisco Acevedo. Tenía una entrada para coches y ventanales altos donde fulguraban vidrios biselados y algunas flores de colores en un centro de las ventanas. Los pisos de granito blanco y escalones de mármol de un suave tono rosado traído de Italia. Su primer dueño, el suegro de Acevedo, era un inmigrante de la zona central de la “bella Italia”.
            Cuando abrieron el negocio en el barrio, los Cannoni comenzaron a llenarse de dinero. Era un almacén de ramos generales. Vendían cualquier cosa que se pudiera vender y que la gente necesitara. Desde ropa para salir hasta materiales de construcción y eso los llevó a ser grandes ganadores.
            El viejo Cannoni, tenía un dicho: Si es para comer se vende al fiado, si es para otra cosa: ¡Nunca! Y llegaron los hijos. El Aldo, nació igualito a la madre. Era rubio de ojos claros y piel muy blanca. Luego la Gina era la misma figura y color del padre. Mal carácter y poco parlanchina. Finalmente vino al mundo Ornella. Una verdadera muñeca. La madre y toda la familia la tenían en exposición hasta que cumplió los diez años. Allí, cuando veían las miradas de los clientes, se dieron cuenta que había que guardarla bajo tres puertas con candado.
            Los anotaron en un colegio del centro. Don Remo compró un coche y todas las mañanas los llevaba y los traía al medio día. Debía estudiar el Aldo para ser “doctor”. En cualquier cosa, pero doctor. Las chicas podían ser modistas o como mucho maestras. Pero nunca pensaron lo que sucedió.
            Cuando Don Remo terminó de hacer la casa, uno de los albañiles, se enamoró de Gina. Ella también. Ya tenía quince años y una noche se escaparon. A don Remo le dio un colapso y en una semana murió. La María, su mujer vestida de negro lloraba y lloraba todo el día en su cama. Aldo se escapaba para ir al cinematógrafo, fumar y jugar al póker. Entonces la Ornella se hizo cargo del negocio. Llovían los clientes. No tanto para comprar como para flirtear con la muchacha.
            Al año se casó con Acevedo. Quien se armó no sólo de una bellísima esposa, rica y fina sino de la heredera de la casa y el negocio, ya que la hermana murió tuberculosa en un conventillo de La Boca. Dejando tres creaturas huérfanas a cargo de su hermana y su madre. Ésta nunca se sacó el luto. Francisco Acevedo, pronto se acomodó como diputado de un partido popular y lleno de vicios. Ornella al frente de la familia, se hizo una matrona digna y respetada. La gente la quería y respondía con su negocio. No tuvo hijos propios, pero crió a los de su hermana con amor y de tal manera que ellos sí, fueron y son excelentes “doctores en medicina, veterinaria y abogacía.
            A Ornella le dicen mamá y ella es feliz tan solo con verlos tan buenos y estudiosos. De Aldo se sabe que es un alcohólico perdido en boliches de mala muerte, pero se acerca cuando las deudas lo tienen contra las murallas. La buena hermana siempre lo saca de apuro ya que el apellido Cannoni para ella es importantísimo.

BUENOS AIRES...AMOR



Hay mucho amor clandestino en Buenos Aires
            luces que desperdician besos sin sonido
amargos besos sin compromiso ni perfume
mojados de tristeza bajo la intensa lluvia y
huyen los amantes – amantes reciclados
huyen los pájaros
hacia la noche sedienta     de azucenas y
hay un abrazo perdido
en esas calles desiertas
de adoquines ruidosos abofeteando ilusiones
rojas lunas celosas 
estrellas fugaces sin brillo que se caen
sin ruido desde las altas notas de un tango triste
del arrabal lejano.

Hay mucho amor clandestino y
en un rincón oscuro
un vestido de seda     cae al piso de mármol
despeñando en su ruta  aguijones de miedo
desesperanza
clamoreando silenciosos gritos y
vertiginosa        una mano se mueve
sobre la carne joven  de senos tibios y
en Uno          vuelan mariposas hacia la luz de neón y
en Otro          caen rosas marchitas
caen       caen        caen
arrugadas       muertas        como cegadas
aun la luz intensa precipita la huída de los amores
inexistentes            imaginarios          desesperados
          
            Hay mucho amor clandestino en Buenos Aires
en esos  edificios enormes que
imitan      edenes         paraísos    
y olvido impregnado de lágrimas
y  soledad que abruma  y se agiganta
cuando el sol  ilumina  en la mañana
sólo la nada... nada... nada.....
                                               

DUBAI, INDIA NUEVA DELHI, MENDOZA ARGENTINA

 LA BELLA MEZQUITA DE ABU DABI, ENTRE MÁRMOLES Y CRISTALES, ALFOMBRAS Y SUEÑOS.
 ENTRE EL GENTÍO SUBÍ MUCHOS ESCALONES PARA CONOCER UNA MEZQUITA CÉLEBRE POR SU ANTIGÜEDAD
EN UN LICEO, YO QUE NO SE VENDER NI UN ALFILER, VENDIENDO LIBROS DE ESCRITORES DE MENDOZA.

SOLOS 2


Y entonces
sucedió que descubrí que    
no estaba sola
que el canto quejumbroso del ave agorera
me acompañaba en el destierro de la noche. Y
que una estrecha parte del gentío me seguía
arrastrando un desahogo de urdiembres milagrosas.
Míticas.
Burlando las mascaradas siniestras  
de un carnaval mitológico     sombrío, pero
no lo estaba, sola,
quedaba incrustada en el vacío rodeando al tiempo
con los ojos llenos de cristales entramados.

Presentí, entonces, la presencia
sucedió el milagro cuando danzaron los memoriosos
en la contemplación de la luz
la reminiscencia  troquelada      aviesa     inútil
pero memoria que no olvida los recodos del camino
donde se detienen los migrantes.
Allí estabas en la búsqueda ilusoria
contorsionando  el espacio entre la luna y las palabras.
Ahí estaba el aliento de la noche, tus besos, tu presente.
No estaba sola. No lo estaba.
 

SOLOS


Y descubrí que no estábamos solos
y
mi ciudad se enredó en los árboles y acequias
escondiendo el dolor de los hombres y   los  niños.
Cada par de ojos, cada mano que se extiende
 me recuerdan
cuánto me hace falta comer de tu mano
tengo hambre de tus besos    de brazos abiertos
entonces mi ciudad me duele con llagas vivas
le falta amor al pueblo      mi pueblo   tiembla
en deseos   que me recuerdan   el tiempo de repartir
los viejos sueños. ¡Ay...qué haremos?

Ven     
cerremos las ventanas. Abramos el corazón
dejemos que el sonido de nuestro palpitar aturda nuestro lecho.

Estamos solos con nuestro amor lejano. Aun
tenemos nuestro amor. A pesar de todo
a pesar del tiempo.  Y nuestros sueños.

VARIAS HISTORIAS EXTREMAS



            Cuando Fernández se presentó, se hizo silencio. El silencio no era lo que dominaba el lugar. Haryhé Sayshe había llegado sin previo aviso. Era un joven extraño. Callado. Frío y poco expresivo. Moreno, barbudo y vestido con ropa muy rústica, había logrado una beca en nuestra facultad, por intermedio de una organización de antropología y protección del medio ambiente en la investigación de ruinas.
Sus profesores eran eruditos en Arqueología. El hallazgo de piezas antiguas que pudieran demostrar algunas ideas sobre el pasado lejano lo transformaban en humano. Teorías tan remotas que nadie tendría la posibilidad de tener una postura a favor, o en contra.
 Fernández lo presentó sin muchas vueltas. Era como mostrar un objeto prehistórico, un raro objeto de observación. Fernández, tartamudeando, habló sobre la habilidad de Haryhé Sayshe que había conquistado cada pequeño espacio de las excavaciones. La mina donde trabajaba en la vieja región del valle de un río seco en las afueras del Kapadocia. Lugar sagrado de la antigüedad. Husmeando en las dendritas entre escombros y materias multiformes y de biología dudosa, había elevado a sus maestros ciertas hipótesis dignas de develar.
            Su pasión nació en la adolescencia, jugando en un descampado encontró un yacimiento del siglo IV AC con un sinfín de objetos de cerámica, monedas y algunas armas herrumbradas por el orín de los años. Eso lo hizo descubrir un mundo increíble. El pasado. Su magia. La belleza del ayer.
Haryhé Sayshe, un hurgador a partir de cualquier sitio donde se pudiera hallar algo con historia propia. Especial. Arqueólogo cuyo mundo cambió en un instante.
Cuando llegó a la facultad, los compañeros lo miraron con curiosidad. En la televisión mostraban a hombres como él, que participaban de atentados terroristas.
Algunas alumnas, lo miraron con temor. Otras lo imaginaron  desnudo en su lecho. Así son las muchachas ahora, dijo un compañero con desparpajo, siempre piensan en abordar a los machos, porque este tiene toda la pinta del macho. ¡Si las conozco yo! ¡Tiene pinta de malo! Nadie se distraiga de lo importante, él, viene a hablar de su descubrimiento, expresó otra.
El arqueólogo se ubicó entre la inquietante algarabía de estudiantes. Miraba asombrado como se trataban varones y mujeres, ya que en su tierra eso es tabú. No podía comprender las chanzas y picardías que se hacían. Apostó a los hombres, pero notó con sorpresa el desdén a la investigación de campo, Cosa diferente eran las mujeres que dedicaban tiempo y estudio a cada materia.
Comenzó a desmenuzar el tema de cómo descubrió el lugar en su caminar por las ruinas de la ciudad del siglo III AC. El despejar con dificultad de entre los metros y metros de escombros y tierra, una casa de varias habitaciones de rocas, apiladas solidamente en forma redonda construyendo una especie de laberinto con pasadizos y aberturas para el ingreso de aire y luz.
Empezó a hablar y notó que dos alumnas estaban seriamente interesadas. Anotaban minuciosamente sus palabras, que afloraban con dificultad idiomática. A veces, le ayudaban con un término o agregaban ideas para complementar su tarea. Le gustó. Había despertado atracción sobre su estudio.
 Allí creía que había vivido el rey Lintorio de Sidón. La alfarería de las capas superiores databa de tres siglos posteriores. Pero, había encontrado artefactos y armas arcaicas, en la que el Carbono 14 indicaba rastros de épocas más remotas. El tiempo había pasado en el claustro y ya se debían retirar. El grupo comenzó a inquietarse y fue un alumno el que recordó al expositor la hora y el fin de la jornada. Salieron como siempre con bullicio y alegría.
Haryhé Sayshe, se despidió y agradeció a cada uno dándole la mano, menos a las jóvenes que no comprendían esa actitud del profesor. La charla de las mujeres se prolongó en la cafetería.
En el buffet bebían cerveza y Fernet con Cola, sin miramiento alguno. Brindaban varones y mujeres sin descaro. Cuando las muchachas vieron al estudioso, parado en la calle sin saber qué hacer, detuvieron el auto y lo invitaron a subir. Desconcertado, les agradeció pero no aceptó. Comenzó a caminar, hasta que un alumno del curso superior se detuvo y lo llevó hasta el hotel.
Pasado el período semestral, ya sabían tanto de ese yacimiento que parecían expertos. Haryhé estaba feliz. Su tesis sería presentada como un trabajo de equipo en USA, en Princeton y su popularidad entre los estudiantes había llenado todas las expectativas de la facultad. Pero algo salió mal.
A las cinco de la mañana del trece de abril desde las radios y televisión, anunciaban un atentado terrorista en las cercanías de Princeton. Haryhé Sayshe no podía ingresar en USA, su condición de musulmán devoto se lo impedía. Le habían quitado la visa y lo deportaban a su país. ¡Podía ser un terrorista camuflado!
Indignados, los estudiantes presentaron una carta documento en la embajada, juntaron firmas e iniciaron una huelga de hambre. Sólo las chicas lograron pasar nueve días en ayuno por la protesta, los varones apenas cinco. Nada se logró.
El arqueólogo regresó a su país, dejando expresa promesa de volver.  Una verdadera utopía.
Fue grande la sorpresa de los estudiantes al ver a su querido profesor en las pantallas de TV hablando mal de su estadía en esa facultad. No comprendían nada.
Los e-mails, que enviaban desde su país contradecían las expresiones publicadas. Una foto que apareció en el diario “Hemisferio Sur” mostraba a un Heryhé Sayshe barbudo por demás, con ojos hinchados y golpeado, con otro nombre. 
Pasó un semestre. Nadie hablaba del arqueólogo.
El asombro fue mayúsculo cuando apareció afeitado, sonriente y feliz en la facultad.
—¡Ah, el de la foto es mi hermano mellizo! Está por cumplirse con la pena de muerte dentro de unos días. ¿Saben, encontré entre las ruinas, una joya de valor incalculable? Una daga de cobre de por lo menos el siglo II AC —y continuó hablando de sus hallazgos. Inmutable, siguió con su tarea. Parecía no tener sentimientos.
Todos vieron por CNN el ahorcamiento del mellizo de su profesor. Nadie se atrevió a decir una sola palabra al respecto.
            ¿Todos los científicos serán iguales?, se preguntan en los corredores de la universidad.

HOY




Las bocinas dejan insomnes a los pocos transeúntes de Central Park. La puesta de sol preña de intermitentes trozos de penumbra las calles. En derredor comienzan a perfilarse los vagabundos, alcohólicos y desamparados, que buscan un retazo de espacio para dormir. Husmean en los bolsones de basura para ver si encuentran algo.
 Los dealer venden sus drogas a los cada vez más resueltos consumidores, mientras algunas patrullas tratan de aliviar avenidas y pasajes de lacras callejeras.
 Un automóvil se detiene en 5ª y Landfort, y se acercan dos muchachotes encapuchados, calzados con zapatillas brillantes y generosas. Una mano, enguantada y aturdida, extiende un billete de diez dólares a uno de ellos y atrapa un indecente botín. El vehículo escapa. Es una ráfaga de fuego negro que brilla con la extraña luz de neón.
 Leyla Dogherty, enfundada en un escotado vestido negro, aspira una línea. Su manager la observa con mirada vacua. Sabe que cantará como nunca. Su voz, con ese raro tono burilado, es capaz de trastornar a la inconfundible concurrencia grifada del club Ninna. Son las horas voraces de la noche. Allí se arreglan los suculentos negocios sucios, y no tan sucios, de New York.
Leyla se desplaza con los altos tacones envuelta en una malla de piedras engarzadas sobre la piel desnuda. Alta, delgadísima por su adicción y rubia hiriente, esconde una mirada insinuante y lejana. Oculta un secreto. Habla poco o nada. Tiene eternas horas insomnes, por las que camina descalza sobre el frío mármol del departamento. Nadie sabe de dónde vino, ni qué hará.
Su público delira cuando comienza a cantar. Música casi desconocida con letras que huyen a extraños espacios de tiempo. Pero, ha comenzado a sentir el mismo dolor de antaño. El síndrome comienza a invadir sus músculos como entonces.
El perfume de los cuerpos reunidos en el salón del club, penetra en las fosas nasales de Leyla. Sangran sus pequeños capilares rotos por el uso del polvo blanco. Kevin, el pianista, le alcanza un rectángulo de papel absorbente y se sostiene con sus largas manos transparentes, donde venas azuladas escurren la sangre enferma. Sigue, lánguida, cantando esos lejanos recuerdos musicales.
El silencio se interrumpe por el zumbido de una necia que se ha emborrachado y está llena de narcóticos. Hace silencio. Nunca permite que le impidan su actuación con el respeto que merece. Un aplauso insinúa que deben apoyar su voz. Abandona el escenario. Arrastra su breve cola negra centelleante de azabaches y piedras, pero se nota que tiene alguna dificultad. No está erguida y segura.
Robin Keathon, su manager, la toma de un brazo y masculla en su oído una palabrota. No puede ser que destruya su carrera con un capricho o por la droga. Ella se suelta y acomete hacia el camarín. Es Leyla Dogherty. La única. Los aplausos caracolean tras la mujer, que se pierde entre las sombras. Allí, puede dar rienda suelta a su verdad. No conspira, sabe que tiene un tiempo, sólo un breve tiempo, y cantará en una silla de ruedas. Aún huele el fuego de una época perdida en su misterioso pasado.
En el sosiego que la envuelve, descorcha una botella de vino burbujeante; un exquisito champagne francés. Bebe. La copa cae de su mano cuando en el espejo ve reflejada la imagen de la amable mujer que la cuidaba y que se disolvió en la tormenta hecha cenizas. Tú, Mery, ¿qué tramas? Acaso vienes a buscar venganza. Desaparece la imagen en el azogue y Leyla llora. Después de años puede llorar a esa mujer perdida. Robin Keathon le acerca una línea y ella, de una palmada, la destierra de la mesilla. No quiere ese sostén mercadeando su vida. No habla. Él la empuja hacia la puerta de salida y, subiéndola al auto con un envión, la desfigura en el cuero del Mercedes.
Te odio. No soy tu prisionera. No te debo nada.
No le responde y ríe, ríe a carcajadas. Le aplasta una mano en el rostro. Vuelve a sangrar la nariz. La magnífica cantante es un guiñapo humano. Él enciende un habano. Ella se arroja sobre el hombre y comienza el fuego. La combustión es rápida.
 El chofer trata de evitar que se propaguen las llamas. Trata de escapar, pero Leyla ha cerrado herméticamente las puertas y crepitan entre los aullidos agigantados de dos perros que esperan a la orilla de la calle. Son dos galgos. Esperan a su ama.
Ella sale por la puertecita y camina mientras el coche estalla. Entrará en esa margen inexplicable de sombra y penumbras. El chofer se deshace detrás, en cenizas y, una brisa lo dispersa por los jardines.
 Adiós, querido Terry, pronto nos volveremos a encontrar —murmura. Y sigue por la calle solitaria.
Mañana los diarios hablarán de la extraña muerte de la artista del año, Leyla Dogherty. Los encargados de investigar se estremecerán al no encontrar huellas de su cuerpo.




HOMENAJE A MI ABUELO LABRIEGO


ABUELO
Abuelo Angiulinno tu mirada noble apretando sueños
me grita los nombres de todos los vinos
que nos regaron esta sangre gringa
bendición del surco con blasón de Cristo, obrero del campo
que voy derramando en todos los versos
con sabor de uva y duraznos frescos.
El carro del tiempo perfuma mis labios
que tengo resecos. Abuelo Angiulinno
trasiega mi canto sobre esta tristeza.
 
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fOTOS PARA DISFRUTAR


 EN MI JARDÍN COMENZÓ EL TIEMPO DE LAS ROSAS. AMO LAS FLORES Y DISFRUTO TRABAJAR EL JARDÍN.
EN EL HOTEL DE TÁNGER, MARRUECOS, MOSTRANDO UNO DE LOS MARAVILLOSOS ARREGLOS FLORALES
ME PRUNUS FLORECIDO A PRINCIPIO DE LA PRIMAVERA EN POTRERILLOS, MENDOZA, ARGENTINA.