miércoles, 11 de febrero de 2026

"NO ME CONDUZCAS A TU INFIERNO ÍNTIMO..."


 

La ira le llenaba el alma de odio. Quería matar. Pensó en cien maneras de matar.

¿Qué había cambiado en su vida en ese breve momento? ¿Cómo pudo ocurrirle a él, que vivía presente para sus amores?  Estudió cada paso, cada movimiento, cada ángulo desde dónde podía matarlos. No podía dormir. Si el cansancio lo despojaba de su velar cada noche y cada día, soñaba con sangre.

Parecía un ebrio. Pero era por su ofuscación y su rencor. ¡Si él, los había amado tanto, los cuidó de noche y de día! Siempre había odiado a mentira, el engaño; pero no esperaba la traición de esa manera artera.

Una noche el sueño se adueñó de su cuerpo y se quedó dormido. Abrazado a la almohada, se sintió abrigado y el cansancio lo hizo entrar un estado casi hipnótico. Se vio caminando por la calle rodeada de álamos de color verde dorado, sus pies apenas sentían la grava de la senda. Sintió el aire que lo envolvía, un suave calor de un sol agónico que se reflejaba en la distancia. Aves que echaban vuelo en un cielo que lentamente se iba enrojeciendo. Sintió un suspiro cercano a su rostro. ¿Madre? No, no puede ser, si ella hace mucho tiempo que había abandonado la ciudad y luego la vida.

La brisa gratificó el suave murmullo que oía en su sueño reconfortante y mágico. Luego advirtió una figura a la distancia, caminaba descalza entre lirios de color violeta. Era ella. Sola. En silencio. Le hacía señas de acercarse a ese lugar paradisíaco. Se revolvió en el lecho. Sentía calor y transpiraba. Húmedo el cobertor, que lo ahogaba.

No podía despertarse. Estaba muy bien en ese clima ambiguo y mágico. ¡Condúceme a la cumbre en este sueño! Pensó. Se revolvió en su sueño, se aparecía y desaparecía ella. Con su lánguido vestido blanco de leve tela de algodón, el largo cabello negro revoloteaba con la brisa y sus ojos... sus ojos parecían dos brasas encendidas con el fuego de la pasión y la muerte.

Despertó. Estaba rodeado de llamas ardientes, todo se consumía por un fuego artero. ¿Cómo puedo escapar de este lugar? Y la vio. Estaba a cierta distancia apoyada en la camioneta. Su sonrisa parecía decirle... ¡Te he ganado!  Y con la mano alzada le mostraba una tabla en llamas... él, no podía gritar. Estaba atado a ese pequeño infierno que construyó pensando en matarla.

¡Cuando el amor muere, el precipicio se abre entre los corazones humanos! Y se desata el infierno que cada uno había construido contra el otro. 

El amor conduce a la cumbre de la felicidad o a la muerte. Cerró los ojos y se quedó dormido.

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