jueves, 19 de marzo de 2026

SÍNDROME DE TRAICIÓN. (Capítulo 9)

 

 

“Pues bien, me respondió, me arrancará mi pelo, y mi cerebro a pisotear empieza: no has de saber quién soy, ni de qué suelo.” Canto XXXII, Infierno. Dante Alighieri. 

  

 

Cuando se despertó en medio de la sombra, sintió el chillido agudo de las ratas que no se animaban a acercársele, merodeaban pero ella sin saberlo inconsciente las espantaba con movimientos espasmódicos. ¡El olor y el calor eran insoportables! Se dio cuenta que hacía mucho que estaba allí. ¡Tenia una sed inmensa, y fiebre! ¿Cuánto había pasado desde que la dejaron abandonada en ese agujero inmundo? La doparon. Las lágrimas le caían lentamente por las mejillas. ¡Sola, se moriría sola, allí, tirada y se la comerían las ratas¡ ¿De que le servía ahora tocar el piano?  Se rió o trató de hacerlo pero sólo le salió un débil quejido de los labios agrietados por la sed y la fiebre!

En la semipenumbra, vio la lata con agua a su lado, trató de tomarla, pero tenía tal debilidad, que le costó mucho esfuerzo levantar el brazo. Cuando se volvió, para acercase más, un dolor agudo, le traspasó todo el cuerpo y sintió que algo húmedo se desparramaba por su costado.

            Trató de mirar y lo que vio la dejó desconcertada, su pantalón estaba lleno de una masa verdosa y sanguinolenta. El pus chorreaba lentamente como lava de un volcán en erupción. Además había desparramado diarrea que se mezclaba con orín y pus. El olor era insoportable

            Logró tomar agua y lo hizo con enorme esfuerzo. ¡Le dio un poco de fuerza! Su cartera estaba a un lado, con supremo esfuerzo la tomó y abrió el cierre. Allí había una  tijera rota, que casi no cortaba nada, pero, ella rompió la tela como pudo. ¡Probablemente tardó varias horas! Pero como había perdido la noción del tiempo y deliraba, terminó rompiendo el pantalón como pudo. Cada vez que despertaba tenía que hacer un gran esfuerzo para comprender lo qué le estaba sucediendo.

¡Ya había pasado la barrera del dolor físico y el límite del tiempo! Cuando acabó comprobó que su herida infectada estaba muy mal. ¡Con el resto de tijera que tenía, hizo un tajo y trató que drenara al máximo, eso lo hacía entre el delirio y la razón! Estaba drogada. Recordó que le daban un brebaje de sabor amargo cuando le traían algo de comer. Veía desfiguradas a las personas que se acercaban y sentía voces con reverberaciones extrañas. Seguro le daban alguna droga. Recuerda por momentos que están de “moda” el llamado LSD y la cocaína. Muchos fuman mariguana. Deliraba.

               Veía a su hermana María Clara que le ofrecía agua y cuando la quería tomar se deshacía la imagen en la semioscuridad del sótano. Se tomó una aspirina que le quedaba en la cartera y se quedo inmóvil. Debió haber dormido una hora más o menos cuando despertó. La pastilla le había dado algo de conciencia de la realidad.

            Allí descubrió con gran humillación que había orinado y defecado en el mismo lugar donde dormía y para colmos, le había bajado su menstruación.  Del orín ya no le asustaba…eso era lo de menos.

            Lloró con un dolor terrible. Su pensamiento se perdió en el sacrificio supremo de Cristo y el dolor de pensar que no podría ver más a Gabriel y a los niños. Trató de incorporarse pero no lo logró y el dolor  físico fue tal, que cayó desmayada.

            A partir de ese momento, pasó de la inconsciencia a un estado de delirio, donde veía a la superiora de la escuela de su infancia, cabalgaba en Tamita, paseaba en lancha con su hermano Atilio en Carlos Paz o veía gente extraña con capuchas negras que la golpeaban… y calor y frío. Calor y frío. ¡Eso era el infierno! El tan mentado infierno de Sor Gertrudis cuando las veía jugar o reírse de pavadas de adolescentes. ¿Y el demonio? ¿Era acaso ese grupo de gente encapuchado que solía acercarse y golpearla? ¿Estaba imaginando o era real?

 

            Cuando el Coronel Bermúdez escuchó el informe que le trajo el viejo policía y el Coronel Reinoso, se dejó caer en su sillón del  despacho. Alguien, le alcanzó un vaso con agua. Era su secretaria, la señorita Reina López. Ella luego salió en silencio. ¡Allí perdía su única esperanza! ¡Su cuerpo se había aflojado como si le hubieran dado un golpe mortal!

            Se le acercó un suboficial joven que traía un informe que alguien había enviado sobre movimientos sospechosos en una casa abandonada de Banfield. Cuando la vio así le dijo:

-          ¡Mi Coronel… permiso quiero recordarle, que  una batalla perdida no significa, perder la guerra! ¡Acá hay un informe interesante, tal vez, sea nuestro  triunfo!

-          ¡Gracias cabo, llame a mi secretaria y pídale a ella le organice el movimiento de búsqueda, investigue la fuente de información! Todo junto a ella.

El cabo se cuadró y se fue en busca de la “Mara”. Cuando la encontró y le mostró el papel la mujer quedó pálida. Allí estaba la Delfina. ¡Malditos vecinos fisgones! Hacía cuatro días que no iba nadie para darle agua ni comida y ya se habían estado fijando en “algún movimiento”. Cuando le fue a llevar  comida, hacía cuatro noches, la encontró con una terrible fiebre, estaba mal.

            Le dejó agua, pero no comida, porque vio que las ratas se acercaban al lugar donde estaba. Si le dejaba y quedaba comida, se harían el festín con la mujer herida. Trató de despertarla pero la fiebre  la hacia delirar.

            No pudo volver, por temor a llamar la atención, su presencia allí sería extraña para los vecinos. Dio por descontado que la mujer despertaría y tomaría agua, así aguantaría.

            Salió de la oficina y sacó de su bolso una libreta donde había varios teléfonos y claves. Buscó en la esfera verde y encontró lo que buscaba. Marcó desde un teléfono público y cuando del otro lado se escuchó la voz masculina esperada, dijo:

-          Hola, acá llamo a la Cruz Verde

-          Si, acá contesta la Cruz Verde

-          Hay un paquete, para retirar de la terminal, ¡urgente!

-          ¿Cuál empresa de transporte?

-          La de la casa amarilla de Banda de Bajo Banfield, cerca del campito de los Barral.

-          ¡Entendido! ¿Algo más?

-          ¡Sí, hay peligro de roturas y no tenemos seguro!  Nada más. ¡Adiós!

La llamada pasó desapercibida por el ruido y el movimiento de la oficina.

            No obstante, buscó la manera de hacer un comentario a gente que la rodeaba sobre lo buena que era su tía, que siempre le mandaba encomienda con frutas y ropa tejida por sus manos. Si alguien había escuchado algún fragmento de su conversación allí se perdería cualquier duda surgida. Pero no supo que un compañero, de esos que no se hacen notar, que pasan desapercibidos, la observaba y escuchaba atentamente cada vez que hablaba o se movía. Incluso la había seguido en dos o tres oportunidades por las dudas. La tenía muy controlada. Además había otro que también los miraba con mucha atención y no sabía ninguno de ellos dos quién era quién. Pero allí estaba como una sombra. Un “quién”, que se movía en las sombras.

 Mara o Reina López, se dedicó a organizar la búsqueda de los antecedentes de la “doñita hija de mil puta”, que había hecho la denuncia de Banfield. Ya tomaría su venganza ella era de las que no perdonaban. 

Apenas llamó la mujer a la clave verde, el joven, dejó los apuntes de biología y se puso un overol color blanco, que tenía escondido en un portafolio viejo, se colocó la campera deportiva y tomando un maletín de primeros auxilios, salió lo más furtivamente que pudo. Cuando bajó la gran escalera de mármol de Carrara, se cruzó con la muchacha jujeña, que llevaba una pila de ropa recién planchada, sin mirarla la saludó con un sonido apenas audible: - “Chau”.

La chica cansada, apenas le pudo contestar con una sonrisa. Pensó que tal vez se iba a encontrar con alguna chica joven, linda y de su clase. Sólo sabía que el hijo de sus patrones era muy callado y siempre tenía una palabra bondadosa con ella y el resto del personal de la casa. Si le preguntaban por él, nada diría, para que no lo regañaran por no estudiar lo suficiente.

Salió hacia el garaje, y sacó Peugeot que le habían regalado esa navidad sus abuelos paternos. Partió con rapidez se alejó de su casa y en zigzag…entre caminos diferentes para despistar a posibles observadores, tomó la ruta rumbo a la vieja casa.

Llegó a las 21,45. Dejó el coche dos cuadras antes. Se sacó la campera, ya que con el overol manchado y el portafolio, parecía un obrero que regresaba del trabajo en las queserías de la zona.

            Antes de entrar, observó, con cuidado, prendió un cigarrillo mientras se demoraba en el estudio del ambiente. Ingresó. Como un ladrón, furtivamente, por la puerta de atrás la de la cocina, entró en la casa. No había luz, sacó una linterna. Levantó la tapa del sótano y cuando comenzó a bajar e iluminó el recinto, se quedó paralizado.

            ¡Las ratas huyeron chillando hacia sus escondrijos…la luz, arrancó un quejido de ese ser macilento y pútrido que yacía allí! ¡Con un pañuelo se tapó la nariz  para impedir que el olor lo descompusiera! Tuvo asco y horror.

            Se acercó a la mujer con cierta repugnancia. La iluminó y al verla sintió mucha rabia cuando la observó, ¡le produjo un golpe de ira terrible!

            Así no les serviría para el juicio que quería hacer el “Jefe”. Se dio cuenta, que la “Mara” la había dejado en ese estado, por algo, que no era sólo “política revolucionaria”. -¡Acá hay algo más!- La revolución pide otro tipo de trato con los elegidos para ser juzgados por la causa. “Libertad o Muerte” había dicho Fidel y esto era humillación al pedo, no queremos ser como los adversarios ideológicos.

 Se acercó más. Trató de darle agua. Con un baja lengua, le introdujo un poco de líquido en la boca. Vomitó de inmediato. Los labios estaban resecos y ampollados. No se animaba a tocarla. Los piojos le caminaban por la cabellera despeinada que alguna vez había sido rubia. Las ratas, pensó.

            Se armó de coraje y la corrió hasta el pié de la escalera del sótano. La joven mujer se quejó. Con esa infección estaría loca de dolor. Como pudo, arrastrándola, la llevó a la planta alta. Allí, en el piso la acomodó y la desnudó.

            Con agua y un trozo de lo que en una época fue su chaqueta de “Pier Cardín”, le fue lavando todo el cuerpo. A oscuras, pues no podía delatarse y tampoco tenía mucho tiempo; en cualquier momento, podía llegar una patrulla la limpiaba de sangre y mugre. Tenía mordidas de alimañas. Son portadoras de rabia y muchas enfermedades. Las famosas pestes medioevales.

            Del maletín sacó una tijera bien afilada de cirugía y le fue cortando todo el cabello. Peló lo más al ras que pudo. Las liendres y piojos, arderían en una fogata. Sacó una máquina de afeitar y le afeitó la cabeza, la entrepierna y las axilas.

            ¡La Delfina deliraba, le decía mamá y le pedía agua! Sacó alcohol, algodón y le pasó por todo el cuerpo. En un rincón fue tirando ropa, pelo, algodones sucios, toda la mugre. Le puso una inyección de penicilina y un calmante fuerte. Para eso  estaba por matricularse de médico.

            Luego le sajó la herida y apretó todo lo que pudo para drenar lo infectado. Limpió con un bisturí la herida y le puso antibiótico en polvo. Le dejó una mecha como drenaje y la vendó. Una vez limpia y desnuda parecía otra cosa. La joven mujer parecía un ser humano.

            Salió furtivamente de la casa. Fue al coche y trajo una colcha que tenía en la cajuela. Acercó el auto un poco más. Ya era noche avanzada. Sacó a la mujer en brazos envuelta en la manta y la puso en el asiento trasero. No pesaba ni 40 kilos.

            Luego fue a la casa y buscó una bolsa desechable, metió la ropa sucia dentro. Si el “Comandante Toyo” veía eso, le harían un juicio a la Mara.

            ¡Se acordó de la cartera de la Delfina y la recogió! Salió a toda prisa de allí. Subió al coche y partió con rapidez. ¡Nadie lo había visto! A mitad de camino paró, sacó la bolsa. Era una zona despoblada sacó el fardo, la roció con alcohol y le prendió fuego.  Esperó que se consumiera la suciedad. Volvió a poner el coche en marcha justo cuando un patrullero daba vuelta en la esquina. Cuando se cruzaron, él sonrió y le hizo un gesto de saludo con la mano. ¡Siguió avanzando mientras el coche policial se perdía de vista!

¡Quién podía desconocer al hijo del doctor Melquíades Restrepo, alma Mater de la sociedad de fomento de la zona?

            Nunca supo que desde lejos en vehículos totalmente mimetizados era vigilado por diferentes personas.

La Organización iba a enjuiciar a Mara. Ella tenía una sola carta a su favor. Habían comenzado a sospechar de sus movimientos. No era verdad que traicionara la ideología; pero era una alegría para ella ver a la Delfina así.

Ella soñaba con ser la justiciera. ¡Si la vieran sus amigas! Las que vivían en las  boutiques de París y Roma, eligiendo ropa. ¡Allí, la zorra, toda podrida y llena de piojos! Saldrían horrorizadas.

            Cuando le dejó agua la otra semana, Mara sintió que Delfina rezaba a la Virgen y murmuraba las letanías. ¡Qué tilinga! ¿Acaso las letanías la habían  salvado del dolor físico? Mirando su pelo rubio lleno de piojos se acordó cuando una monja le dijo:- Dígale a su mamá que le limpie de piojos la cabeza.-  Lloró de rabia. ¡Seguro que las ratas le habían mordido por las piernas y brazos! Mara no se preocupó por ahuyentarlas.

            El “Jefe” y los mandos superiores la iban a llamar al orden. ¡Querían que la Delfina durara unos seis a ocho meses! Era importante mostrarle al pueblo cómo se ajusticiaba a los de su clase, sin torturar, como hacía el enemigo de la revolución.

            Ahora la habían puesto en manos de la clave verde. ¡Era, según el “Jefe”, quien resolvería cualquier problema de salud! Ya había tiempo de curarla un poco y hacer el juicio. ¿Cuándo?

¡Salió del comando en una moto que la esperaba, se sorprendió! Le resultó extraño que alguien la estuviera allí. Se reconocieron por llevar una campera de color azul petróleo, con una pluma blanca en la espalda de la  prenda pintada a mano.

            Subió a la moto sin hablar sabía que la estaban recuperando por el hecho. ¡No tuvo miedo! ¡El recuerdo de la Delfina le devolvía el coraje!

            Clave Verde había dado un mensaje de alerta a la organización.

 

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