“Pues bien, me respondió,
me arrancará mi pelo, y mi cerebro a pisotear empieza: no has de saber quién
soy, ni de qué suelo.” Canto XXXII, Infierno. Dante Alighieri.
Cuando se despertó en medio de la sombra, sintió
el chillido agudo de las ratas que no se animaban a acercársele, merodeaban
pero ella sin saberlo inconsciente las espantaba con movimientos espasmódicos.
¡El olor y el calor eran insoportables! Se dio cuenta que hacía mucho que
estaba allí. ¡Tenia una sed inmensa, y fiebre! ¿Cuánto había pasado desde que
la dejaron abandonada en ese agujero inmundo? La doparon. Las lágrimas le caían
lentamente por las mejillas. ¡Sola, se moriría sola, allí, tirada y se la
comerían las ratas¡ ¿De que le servía ahora tocar el piano? Se rió o trató de hacerlo pero sólo le salió
un débil quejido de los labios agrietados por la sed y la fiebre!
En la semipenumbra, vio la lata con agua a su
lado, trató de tomarla, pero tenía tal debilidad, que le costó mucho esfuerzo
levantar el brazo. Cuando se volvió, para acercase más, un dolor agudo, le
traspasó todo el cuerpo y sintió que algo húmedo se desparramaba por su
costado.
Trató de mirar y lo que
vio la dejó desconcertada, su pantalón estaba lleno de una masa verdosa y
sanguinolenta. El pus chorreaba lentamente como lava de un volcán en erupción.
Además había desparramado diarrea que se mezclaba con orín y pus. El olor era
insoportable
Logró tomar agua y lo hizo
con enorme esfuerzo. ¡Le dio un poco de fuerza! Su cartera estaba a un lado,
con supremo esfuerzo la tomó y abrió el cierre. Allí había una tijera rota, que casi no cortaba nada, pero,
ella rompió la tela como pudo. ¡Probablemente tardó varias horas! Pero como
había perdido la noción del tiempo y deliraba, terminó rompiendo el pantalón como
pudo. Cada vez que despertaba tenía que hacer un gran esfuerzo para comprender
lo qué le estaba sucediendo.
¡Ya había pasado la barrera del dolor físico y
el límite del tiempo! Cuando acabó comprobó que su herida infectada estaba muy
mal. ¡Con el resto de tijera que tenía, hizo un tajo y trató que drenara al
máximo, eso lo hacía entre el delirio y la razón! Estaba drogada. Recordó que
le daban un brebaje de sabor amargo cuando le traían algo de comer. Veía
desfiguradas a las personas que se acercaban y sentía voces con reverberaciones
extrañas. Seguro le daban alguna droga. Recuerda por momentos que están de
“moda” el llamado LSD y la cocaína. Muchos fuman mariguana. Deliraba.
Veía a su hermana María Clara que le ofrecía
agua y cuando la quería tomar se deshacía la imagen en la semioscuridad del
sótano. Se tomó una aspirina que le quedaba en la cartera y se quedo inmóvil.
Debió haber dormido una hora más o menos cuando despertó. La pastilla le había
dado algo de conciencia de la realidad.
Allí descubrió con gran
humillación que había orinado y defecado en el mismo lugar donde dormía y para
colmos, le había bajado su menstruación. Del orín ya no le asustaba…eso era lo de menos.
Lloró con un dolor
terrible. Su pensamiento se perdió en el sacrificio supremo de Cristo y el dolor
de pensar que no podría ver más a Gabriel y a los niños. Trató de incorporarse
pero no lo logró y el dolor físico fue
tal, que cayó desmayada.
A partir de ese
momento, pasó de la inconsciencia a un estado de delirio, donde veía a la
superiora de la escuela de su infancia, cabalgaba en Tamita, paseaba en lancha
con su hermano Atilio en Carlos Paz o veía gente extraña con capuchas negras que
la golpeaban… y calor y frío. Calor y frío. ¡Eso era el infierno! El tan
mentado infierno de Sor Gertrudis cuando las veía jugar o reírse de pavadas de
adolescentes. ¿Y el demonio? ¿Era acaso ese grupo de gente encapuchado que
solía acercarse y golpearla? ¿Estaba imaginando o era real?
Cuando el Coronel
Bermúdez escuchó el informe que le trajo el viejo policía y el Coronel Reinoso,
se dejó caer en su sillón del despacho. Alguien,
le alcanzó un vaso con agua. Era su secretaria, la señorita Reina López. Ella
luego salió en silencio. ¡Allí perdía su única esperanza! ¡Su cuerpo se había
aflojado como si le hubieran dado un golpe mortal!
Se le acercó un
suboficial joven que traía un informe que alguien había enviado sobre movimientos
sospechosos en una casa abandonada de Banfield. Cuando la vio así le dijo:
-
¡Mi Coronel… permiso quiero recordarle, que una batalla perdida no significa, perder la
guerra! ¡Acá hay un informe interesante, tal vez, sea nuestro triunfo!
-
¡Gracias cabo, llame a mi secretaria y pídale a ella
le organice el movimiento de búsqueda, investigue la fuente de información! Todo
junto a ella.
El cabo se cuadró y se fue en busca de la “Mara”.
Cuando la encontró y le mostró el papel la mujer quedó pálida. Allí estaba
Le dejó agua, pero no
comida, porque vio que las ratas se acercaban al lugar donde estaba. Si le dejaba
y quedaba comida, se harían el festín con la mujer herida. Trató de despertarla
pero la fiebre la hacia delirar.
No pudo volver, por
temor a llamar la atención, su presencia allí sería extraña para los vecinos. Dio
por descontado que la mujer despertaría y tomaría agua, así aguantaría.
Salió de la oficina y
sacó de su bolso una libreta donde había varios teléfonos y claves. Buscó en la
esfera verde y encontró lo que buscaba. Marcó desde un teléfono público y cuando
del otro lado se escuchó la voz masculina esperada, dijo:
-
Hola, acá llamo a
-
Si, acá contesta
-
Hay un paquete, para retirar de la terminal, ¡urgente!
-
¿Cuál empresa de transporte?
-
La de la casa amarilla de Banda de Bajo Banfield,
cerca del campito de los Barral.
-
¡Entendido! ¿Algo más?
-
¡Sí, hay peligro de roturas y no tenemos seguro! Nada más. ¡Adiós!
La llamada pasó desapercibida por el ruido y el movimiento de la
oficina.
No obstante, buscó la
manera de hacer un comentario a gente que la rodeaba sobre lo buena que era su
tía, que siempre le mandaba encomienda con frutas y ropa tejida por sus manos. Si
alguien había escuchado algún fragmento de su conversación allí se perdería
cualquier duda surgida. Pero no supo que un compañero, de esos que no se hacen
notar, que pasan desapercibidos, la observaba y escuchaba atentamente cada vez
que hablaba o se movía. Incluso la había seguido en dos o tres oportunidades
por las dudas. La tenía muy controlada. Además había otro que también los
miraba con mucha atención y no sabía ninguno de ellos dos quién era quién. Pero
allí estaba como una sombra. Un “quién”, que se movía en las sombras.
Mara o
Reina López, se dedicó a organizar la búsqueda de los antecedentes de la “doñita
hija de mil puta”, que había hecho la denuncia de Banfield. Ya tomaría su
venganza ella era de las que no perdonaban.
Apenas llamó la mujer a la clave verde, el
joven, dejó los apuntes de biología y se puso un overol color blanco, que tenía
escondido en un portafolio viejo, se colocó la campera deportiva y tomando un
maletín de primeros auxilios, salió lo más furtivamente que pudo. Cuando bajó
la gran escalera de mármol de Carrara, se cruzó con la muchacha jujeña, que
llevaba una pila de ropa recién planchada, sin mirarla la saludó con un sonido
apenas audible: - “Chau”.
La chica cansada, apenas le pudo contestar con
una sonrisa. Pensó que tal vez se iba a encontrar con alguna chica joven, linda
y de su clase. Sólo sabía que el hijo de sus patrones era muy callado y siempre
tenía una palabra bondadosa con ella y el resto del personal de la casa. Si le
preguntaban por él, nada diría, para que no lo regañaran por no estudiar lo
suficiente.
Salió hacia el garaje, y sacó Peugeot que le
habían regalado esa navidad sus abuelos paternos. Partió con rapidez se alejó
de su casa y en zigzag…entre caminos diferentes para despistar a posibles
observadores, tomó la ruta rumbo a la vieja casa.
Llegó a las 21,45. Dejó el coche dos cuadras
antes. Se sacó la campera, ya que con el overol manchado y el portafolio,
parecía un obrero que regresaba del trabajo en las queserías de la zona.
Antes de entrar, observó,
con cuidado, prendió un cigarrillo mientras se demoraba en el estudio del
ambiente. Ingresó. Como un ladrón, furtivamente, por la puerta de atrás la de
la cocina, entró en la casa. No había luz, sacó una linterna. Levantó la tapa
del sótano y cuando comenzó a bajar e iluminó el recinto, se quedó paralizado.
¡Las ratas huyeron
chillando hacia sus escondrijos…la luz, arrancó un quejido de ese ser macilento
y pútrido que yacía allí! ¡Con un pañuelo se tapó la nariz para impedir que el olor lo descompusiera! Tuvo
asco y horror.
Se acercó a la mujer
con cierta repugnancia. La iluminó y al verla sintió mucha rabia cuando la
observó, ¡le produjo un golpe de ira terrible!
Así no les serviría
para el juicio que quería hacer el “Jefe”. Se dio cuenta, que la “Mara” la
había dejado en ese estado, por algo, que no era sólo “política revolucionaria”.
-¡Acá hay algo más!- La revolución pide otro tipo de trato con los elegidos
para ser juzgados por la causa. “Libertad o Muerte” había dicho Fidel y esto
era humillación al pedo, no queremos ser como los adversarios ideológicos.
Se acercó
más. Trató de darle agua. Con un baja lengua, le introdujo un poco de líquido
en la boca. Vomitó de inmediato. Los labios estaban resecos y ampollados. No se
animaba a tocarla. Los piojos le caminaban por la cabellera despeinada que
alguna vez había sido rubia. Las ratas, pensó.
Se armó de coraje y la corrió
hasta el pié de la escalera del sótano. La joven mujer se quejó. Con esa
infección estaría loca de dolor. Como pudo, arrastrándola, la llevó a la planta
alta. Allí, en el piso la acomodó y la desnudó.
Con agua y un trozo de
lo que en una época fue su chaqueta de “Pier Cardín”, le fue lavando todo el cuerpo.
A oscuras, pues no podía delatarse y tampoco tenía mucho tiempo; en cualquier
momento, podía llegar una patrulla la limpiaba de sangre y mugre. Tenía
mordidas de alimañas. Son portadoras de rabia y muchas enfermedades. Las
famosas pestes medioevales.
Del maletín sacó una
tijera bien afilada de cirugía y le fue cortando todo el cabello. Peló lo más
al ras que pudo. Las liendres y piojos, arderían en una fogata. Sacó una
máquina de afeitar y le afeitó la cabeza, la entrepierna y las axilas.
¡
Luego le sajó la herida
y apretó todo lo que pudo para drenar lo infectado. Limpió con un bisturí la
herida y le puso antibiótico en polvo. Le dejó una mecha como drenaje y la
vendó. Una vez limpia y desnuda parecía otra cosa. La joven mujer parecía un
ser humano.
Salió furtivamente de
la casa. Fue al coche y trajo una colcha que tenía en la cajuela. Acercó el auto
un poco más. Ya era noche avanzada. Sacó a la mujer en brazos envuelta en la
manta y la puso en el asiento trasero. No pesaba ni 40 kilos.
Luego fue a la casa y
buscó una bolsa desechable, metió la ropa sucia dentro. Si el “Comandante Toyo”
veía eso, le harían un juicio a
¡Se acordó de la
cartera de
¡Quién podía desconocer al hijo del doctor Melquíades
Restrepo, alma Mater de la sociedad de fomento de la zona?
Nunca supo que desde
lejos en vehículos totalmente mimetizados era vigilado por diferentes personas.
Ella soñaba con ser la justiciera. ¡Si la vieran
sus amigas! Las que vivían en las boutiques
de París y Roma, eligiendo ropa. ¡Allí, la zorra, toda podrida y llena de
piojos! Saldrían horrorizadas.
Cuando le dejó agua la
otra semana, Mara sintió que Delfina rezaba a
El “Jefe” y los mandos
superiores la iban a llamar al orden. ¡Querían que
Ahora la habían puesto
en manos de la clave verde. ¡Era, según el “Jefe”, quien resolvería cualquier
problema de salud! Ya había tiempo de curarla un poco y hacer el juicio. ¿Cuándo?
¡Salió del comando en una moto que la esperaba,
se sorprendió! Le resultó extraño que alguien la estuviera allí. Se reconocieron
por llevar una campera de color azul petróleo, con una pluma blanca en la
espalda de la prenda pintada a mano.
Subió a la moto sin
hablar sabía que la estaban recuperando por el hecho. ¡No tuvo miedo! ¡El recuerdo
de
Clave Verde había dado
un mensaje de alerta a la organización.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario