martes, 14 de julio de 2026

¡HIJA SIN AMOR!

  

-Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctorcito, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. ¡Mire que hemos visto cosas terribles en estos dos años juntos! Pero él me pidió que parara y paré. Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía cara de horror o asco y me dejó frito. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.      Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el mismo portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan de los robos! El ascensor directo nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en una puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, descascaradas en zonas donde la humedad había hecho estragos. A la izquierda una ventana se abría con los vidrios sucios a un balcón-jardín reseco y abandonado.

            En el medio de ese ámbito, sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, una inmensa bola de piel se desplazaba como oruga gigante.     Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de  bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia.       No camina. Hace casi dos años, que no lo hace, y la cama que fuera de bronce está quebrada.

             Permanece en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas, cintas, encajes y unas sábanas de linón bordadas por las manos amorosas de su madre ausente, en bellos racimos de violetas y rositas con hilos de seda.

            Las manos se desplazan sobre la gelatinosa barriga, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitan suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubre una hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flota entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se mueve acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se pierden en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes dirimen sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años...? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¡Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza! ¿Qué ha sido violada, no saben por quién y abortó un bebé deforme y monstruoso?

            El médico joven se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decir. Caro y muy bien puesto fuera de esa habitación.

            De repente ingresa en el dormitorio el Dr. Porfirio Andrade Pinilla, el decano de la facultad y Tito petrificado le toca el hombro al médico que asiste a la enferma. No pueden comprender qué ha sucedido.

            El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del doctor cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó junto a la madre con sus contorciones y olor a quemado. Los facultativos y siquiatras, le aconsejaron sacarla de allí cuando comenzó a comer. Ahora para poder extraerla de ese infierno donde está incrustada, deberían romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida. Una grúa y los especialistas están dispuestos.

            Un ruido sofocado y un paro cardíaco, les impide toda maniobra. Han llegado demasiado tarde. La otra mujer la mira sonriendo y sólo atina a sacarle las alhajas. Esconde al pequeño engendro en una caja y lo hace desaparecer. Nadie repara en sus maniobras. Nunca lograrán el A.D.N. del sádico que hizo semejante horror.

                        Después de vomitar Federico le pide a Tito que lo lleve a tomar un whisky y se escapan a un cine de barrio para ver una película de Madonna. Necesitan volver a ser humanos.

 

 

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