miércoles, 11 de julio de 2018

EL ARQUITECTO




Allí, frente a mi mesa en el bar encontré sus ojos. Era un hombre triste, con recuerdos ocultos en el pelo de la barba candado, en los párpados enrojecidos por no dormir de noche. Miró lo que leía. Dos o tres revistas y libros de arquitectura. Era corpulento, pero tenía el cuerpo como acurrucándose sobre sus pena.
No es mi costumbre mirar a los parroquianos de los lugares que frecuento, pero me dejó preocupada y sentí deseo de hablarle. Mauricio, el mozo que siempre me sirve el cortado con una medialuna caliente, se acercó y disimulando su voz me dijo. Se le acaba de morir la mujer en España y dejó al hijo de trece años solo allá. Está desocupado y no sabe qué hacer.
El hombre estaba derrotado. Y yo sentí todo un mundo de pena por él. Como trabajo en una empresa de viajes, le escribí en una servilleta que si podía hablar con él. Apenas leyó el billete. No levantó la cabeza. Me hizo una leve seña de difícil comprensión. Me acerqué acompañada por Mauricio quien le explicó quien era yo y que podía ayudarlo.
Entablamos un breve y extraño diálogo. Ofrecí un pasaje de atención, esos que acumulamos con nuestro trabajo y así él, podía viajar a buscar a su hijo, pero no aceptó.
Agradecido me dio la mano se irguió y salió dejando dormidos sus libros y revistas sobre la mesa. Nuestro nexo, Mauricio los recogió y guardó en un estante. Me contó que antes iba todos los domingos a tomar café cortado con leche sin azúcar en la confitería de la peatonal entre las 12 y las trece. Entonces se quedaba escribiendo o leyendo largas cartas que le mandaba a su hijo o recibía del chico. Desde que se quedó sin trabajo en un famoso estudio dejó de ir y desde ayer había vuelto. Era el espectro del que fue.
Quedé anonadada, cuando al salir para la oficina lo vi. ahí, anclado en la vereda mirando la nada. Su cabello corto estaba desgreñado y alborotado. Había mermado el color de su piel y se acercó como si los pies fueran de plomo.
Señora. Disculpe. Quiero que me venda dos pasajes a España yo le voy a pagar con un reloj de oro de mi padre. Sólo eso tengo para poder ir. Él, me necesita. Allá tengo algunos colegas y amigos que seguramente me ayudarán.
Le sonreí y le extendí la mano. Temblaba. Su ropa sport, estaba algo ajada pero se notaba que había tenido una hermosa vida. Mi ropa era la ritual de una oficinista que vende sueños para otros. Lo invité a seguirme hasta el negocio. En la puerta grande fotos con paisajes de playas remotas y palmeras, un coliseo romano vetusto y un enorme crucero, intimidaban a los que nunca pudieron subirse a un avión a un barco.
Le completé los trámites y guardé el reloj. Yo esperaría su regreso para devolverle ese precioso objeto que seguro era muy preciado. Él, se sintió agradecido. Creyó que lo tomaba como pago.
Lo dejé de ver. Mauricio recibió una carta desde Madrid, diciendo que regresaba en primavera. Una mañana que fui a la cafetería lo vi. Estaba acompañado por un muchacho hermoso, muy parecido a él. La silla de ruedas en la que se movía era muy moderna. Sabía que había sido a causa del accidente con la madre, donde ella murió y el quedó vivo. Le dejé el reloj en la mesa, en un momento en que se paró para ir al baño. El chico no entendía nada. Yo desaparecí rumbo a casa donde mi esposo me esperaba para tomar el avión hacia una de esas playas de ensueño que adornan la vidriera del negocio.

SEDIENTA


Sedienta entre los prados de otoño
Caminante sublime de las nubes
Arrogante estrella fugaz de la distancia
Mineral oculto, sustituto de astillas ígneas
Voy atrevida en el camino, sedienta.

Las mejillas con virtudes marcadas como agujas
Los pies incendiados de misterio
Sigo un derrotero de espinas azulosas
Marcando el desierto agorero de tiniebla
Sedienta estoy, detestando el dolor que me acompaña

Una candela aflora en el surco de mi frente
Es luz y armonía silenciosa.
Miríada de escarcha y vino derramado
En los manteles de lienzo blanco de la aurora.
Estamos sedientas de anuncios victoriosos.

La guerra ha terminado, es un cadáver que regresa
Año a año, regresa el color primigenio de la vida
Largas noche de espera y de silencio.
Florece en la campiña el esplendor de las espigas

Frutecen los almendros y nogales sabrosos.

VICTORIOSA



Mi piel se ha marchitado con los años.
Mis manos marcadas con espuma se arriesgan a las caricias
Sutiles matrices de cáñamo en los brazos tejen
Largas márgenes de ríos despeñados entre rocas.

Quien dejó su trabajo entre las vigas, se desmorona
En misterioso vuelo de plumas y vellones.
Quedó el incendio aplastando al ave que gritó al aire
Una súplica de relojes olvidados. Tiempo ido.

No me distraigas ahora, no me distraigas.
El murmullo sonoro de las hojas pregona mi Ser
Como una altiva vibración de estrellas
Que vislumbran el sueño de los cisnes migrantes.

Victoriosa mi frente con estrellas fugases
Aturde al amanecer los pensamientos
Presagios de un acontecer distante, donde duerme el sol
Se acurruca el cristal de la conciencia alba

LOS MARCADOS




            Mis manos vuelven a sangrar y me duelen. Mis labios cuarteados por el frío tiemblan y el aire huele a azufre. Las cenizas vuelan por todos los rincones. Algunas encendidas aun, y de una manera lenta, parecen como luciérnagas enceguecidas en la noche que corre para cubrirnos el miedo.
            El cielo está tan rojo que parece hermoso. Es como esos cuadros que solíamos admirar en París cuando fuimos al museo de Orsay. Las nubes se van poniendo negras y un pudor eléctrico nos hace unirnos cuerpo a cuerpo en el suelo áspero que ha quedado depredado con las granadas que echaron los “Otros”.  Hay restos de casas en llamas, vuelan de ventanales rotos unas cortinas que parecen los velos de las novias en los templos.
            Fulvio y Darío, se han animado. Se han parado y van a ir caminando por la vieja calle por donde vehículos volteados y rotos parecen monstruos fatigados. Regresan pálidos y aturdidos. ¡Hay cadáveres por todos lados! Corre la sangre por las orillas de las veredas. Todo está destruido. Se sienten los sollozos de algunas personas que como nosotros se refugiaron en los subtes. Hasta los perros han caído en tierra. Darío vio un gato subido a una ventana que chicoteaba con el viento.
            ¡Todo esto por una libertad que desconocemos! Si al nacer nos pusieron un chip y ya saben donde encontrarnos.
            León, Dafne y Rita, aunque se oculten bajo ese montón de escombros las van a encontrar. Los Otros son los Jefes y nosotros ya vinimos con La Marca.
            Mejor no sentamos y comencemos a orar como nos enseñaron los venerados ancianos. Pronto llegarán y seremos como ellos quieren, esclavos para trabajar para sus necesidades primarias.
            ¡Triste destino!  Antes la gente no tenía el chip y era verdaderamente libre. Eso me contaron mis ancestros.
            ¡Allí vienen por nosotros! Adiós amigos míos.


los invito a todos mis amigos del mundo


LA BIBLIOTECARIA




            Buscaba unas cartas que según el profesor Ostugni, eran de un amigo de Urquiza. No le quedaban anaqueles ni bibliotecas sin revisar. Si no terminaba la tesina, no le daban la licenciatura y hoy sin ese papel no sos nada. Nadie. Ser Licenciado es más importante que ser doctor.
            La profesora Paloma Bianco, le había desplegado un índice de libros donde podía encontrar material, pero los inútiles empleados que como buenos burócratas estaban a cargo de los libros, nunca encontraban nada. Y cada vez lo trataban peor.
            Le quedaba la biblioteca del Senado. Ahí, le dijeron que debía haber cartas de esa época. ¡Por suerte había una joven inteligente que lo atendió y lo ayudó! Buscó en la computadora y se subió por una escalera móvil que iba y venía de anaquel en anaquel con libros súper antiguos.
            Acá está dijo ella, el libro que busca está acá. Sacó con sus guantes de algodón blanco un ejemplar forrado en cuero negro con letras doradas. Lo bajó con cuidado y lo depositó sobre un atril de madera. ¡Perdón, pero sin guantes no! Sabe que evitamos la contaminación para que se puedan mantener en condiciones. Y así ella sacó de un cajón un para de guantes y comenzaron a analizar el índice. Era glorioso lo que había en ese tomo. Él, comenzó a copiar con su letra minúscula y no terminaba nunca. Ella nerviosa miraba el reloj. Se le hacía tarde para ir a la facultad.
            Tuvo que salir e irse a casa. A la mañana siguiente, regresó. ¡Sorpresa la hermosa joven no estaba y el tomo tampoco!
            Walter pidió el libro de quejas. El tipo lo miró con odio. Recibió el libro ajado y viejo, como un féretro lo tiró sobre el mostrador, dejando una estela de polvo en el aire tal que parecían copos de nieve color amarillo, ocre y marrón, que volaban libres por el recinto. El ruido de su queja atrajo a varios empleados que juraron que en la biblioteca del senado Nunca había habido una joven empleada como bibliotecaria.

domingo, 1 de julio de 2018

EL TÉ ROJO




            Belarmina sirvió el té a las cinco en punto como lo hacía desde que llegó a la casa. Era el aire inglés que la señora Leyla y el señor Jamelson tenían como costumbre. Pero ellos eran unos perfectos descendientes de italianos que llegaron hacía muchos tiempo en un barco de inmigrantes.
            Toda la casa era una copia de una revista de decoración y habían pagado con mucho esfuerzo que se viera como la típica vivienda de la calle londinense que soñaban.
            La vajilla era de porcelana traída en cajones desde la lejana isla, pieza por pieza, con sello y envuelta en papel de seda con un raro escudo, que copiaron como propio.
            Cortinas y tapices con marca de fábrica de Birminghan y no faltaban libros preciosamente editados y cubiertos en cuero verde con letras dorados en el idioma de la “Rubia Albion”. Ellos no podían leerlos. No hablaban una sola palabra en inglés.
            La joven mucama, sonreía afable mientras ellos en silencio, contemplando el vivero imitado de la revista de Harrods, con plantas traídas desde India y países que eran colonia de su Majestad, al salir los escuchaba que hablaban en un dialecto italiano muy difícil de entender. Se reía a carcajadas en la cocina mientras con la vajilla de cobre, hacía mucho ruido así apagaba su risa.
            Un día alguien tocó la aldaba de forma de león en la enorme puerta verde. Ella, abrió y encontró parado allí, con su bigote afilado a un caballero que le expresó ser el sirviente de Lord Mc. Girsong y que traía una nota para sus señores. Belarmina la recibió y le preguntó si esperaba respuesta a lo que el joven le dijo muy tieso que sí.
            Entró y se la entregó a su patrón. Pálido como cuerno de elefante, el pobre hombre se quedó mudo sin poder decir una sola palabra. La buena señora tomó la nota y temblando trató de leer. Estaba escrita en una preciosa letra con tinta color violeta en perfecto inglés. Ambos abochornados le alargaron la nota y le dieron las gracias y le pidieron que le dijera al hombre que tenían otra invitación ese mismo día.
            Agradecidos le mandaban una planta de rosas “Princesa de Gales”. Cuando Belarmina  regresó su patrona lloraba en la cama con sonoros sollozos y él, el señor sólo atinó a pedirle: ¡Belarmina, por favor, sírvame un Té! ¡El color era rojo por la sangre que manaba de sus muñecas!