martes, 9 de noviembre de 2021

LA SEÑORA DE TAL

 

            Llegó en verano, con altiva mirada. No saludó a ninguna de las personas de la cuadra. Vestía con  la última moda que mostraban los magacines y vidrieras de los escaparates más caros. Sus largas piernas perfectas, su cabellera hermosa, larga y de un dorado perfecto. Manos impecables y cuerpo escultural.

            La casa era muy bella, grande, iluminada y discreta. El personal llegaba temprano y se retiraba tarde. Tres automóviles diferentes esperaban en el garaje.

            Un cambio en la economía me dejó sin mi puesto en el banco y salí del apuro, cuando Ernesto me ofreció su taxi. ¡Sólo de noche! Claro, de día lo trabajaba él. Salí de 23 a 6 de la mañana. Difícil acostumbrarme a ese horario, pero Carmelita, mi esposa  trabajaba en una escuela y el salario era escaso.

            Ella, la vecina nueva jamás nos saludó y menos ahora que yo salía de noche con el taxi. Y un día, como por casualidad me mandan a un motel de lujo a buscar una pareja. El muchacho era joven y salió muy nervioso. Detrás, ¡Oh, sorpresa! Ella, nuestra vecina. Un sudor frío le recorrió la frente. Subió atrás y el hombre me pidió que la llevara a su casa, que el viajaba en unas horas. ¡Era el amante! Pero no mostré el más mínimo asombro. Me suplicó silencio. Yo le prometí discreción y secreto. Unas lágrimas le hicieron correr el rimel. Le pasé un pañuelo de papel y se secó las lágrimas.

            ¡Si mi marido sabe… me mata! Yo no la he visto, dije. La dejé en la puerta de su casa, luego de dar unas vueltas para que se tranquilizara. ¡Gracias!

            Ahora cuando sale me saluda afable. Y a mi esposa le dije que la traje del cine junto a unas amigas. ¡Cómo nadie se imagina, no quiero una muerte en mi conciencia!

EL NIDO, Capítulo de una novela

 


El paisaje se decolora con la velocidad que lleva el autobús. Kilómetros de nada rodean a la ruta, muy de vez en vez un hombrecillo y un carro al costado del camino. Dentro del móvil un niño que no se calla exasperando aún más mis irritados nervios. Las personas que hablan. Una mala película en un viejo televisor y yo que no puedo abrir el paquete de galletas que me acaba de dar la sobrecargo. Todo en una embotada cámara lenta

Esa sensación en mi pecho se ha hecho cada vez más fuerte. Ese impulso que debo controlar. Esa suerte de certeza de que pronto debo acabar con mi existencia se hace cada vez más fuerte. Las personas, los olores, los sonidos ya carecen de cualquier sentido para mí. Sé que están ahí. Los puedo percibir. Pero no dan significación alguna. Ya no río. No puedo llorar. Es muy poco lo que logro dormir o comer. A cada instante brotan imágenes de reminiscencias del pasado, o nuevas construcciones que se mezclan con lo que creo es la realidad. De repente amigos de mi niñez se sientan a mi lado en algún café a cambiarme figuritas que para colmo tengo  repetidas. O en algún instante me descubro realizando una tarea y no sé  porque la estoy llevando a cabo. Como por ejemplo, cómo demonios llegué a este autobús y hacia dónde se dirige.

- Señora, disculpe que le moleste. ¿Quisiera saber, este micro hacia donde se dirige?

La áspera cara de la mujer se frunce en extrañeza.

- Directo hacia Santa Clara de las Sierras.

Luego de agradecerle vuelvo a mi visión de la ventanilla. Santa Clara de las Sierras, solo hay un motivo por el que regresaría al pueblo. Mi padre y hermano. Seguramente es por eso que estoy en este vehículo que viola el límite de velocidad, como es de costumbre en mi país para los transportes de larga distancia.

Dejé la casa natal al iniciar mis estudios universitarios. Luego de recibirme, el consultorio, Inés y una vida en pareja me dejaron como residente definitivo, en la gran ciudad. Al pueblo solo he vuelto en esas oportunidades especiales.  El casamiento de Matías, algún cumpleaños de quince. La muerte de mi madre. Los habituales motivos por los que la familia se reúne después de pasado el tiempo. Pero esta oportunidad es muy especial. Es una despedida.

Los frenos silban al llegar a la pequeña terminal del pueblo. Todos se agolpan a retirar los bultos desde la parte inferior del autobús. Recojo mi mochila y comienzo a caminar por las pequeñas calles. Algunos lugares son reconocibles y otros han sido reemplazados por tiendas procedentes de las entrañas mismas de la globalización. Conforme me acerco al viejo barrio el paisaje va cambiando. Las calles de tierra con los centenarios álamos y paraísos. Niños que juegan en plena vereda a corretearse unos a otros aprovechando la tardecita de sol.

Llego al fin frente a la reja de la vieja casona. Dudo un momento. Si me voy ahora me puedo ahorrar tantas cosas, pero a la vez hace tanto que no veo al viejo. Si sintiera algo diría que hasta los extraño, pero hace tanto que dejé de sentir algo por cualquier cosa. Casi como reflejo y en pleno uso de mi cobardía giré sobre mis pasos para irme. Seguro si me apuro alcanzo el próximo autobús a capital.

-¡Baltazar!...eres tu. Sí, debes de serlo . Mi querido Baltazar tanto tiempo.-Mi efusiva cuñada me atrapó en plena huída-¿Qué hacías?, no me digas que te estabas yendo.-mientras me besa la mejilla y me abraza con fuerza.

-Toqué timbre, pero no sonó. Pensé en volver a pasar en otro momento, tal vez no habría nadie en casa - miento.

-Pero no hombre, la casa está repleta como siempre. Pasa, pasa. Adelante. Si este es tu hogar. Tu padre va a saltar de alegría cuando te vea. Tu hermano aún no sale de trabajar, por estas fechas le dejan horas extras, que no vienen nada mal te diré.

Un séquito de niños y  de gatos sale a mi encuentro. El más gordo y tuerto se entrelaza entre mis piernas mientras ronronea. La casa casi no ha cambiado en nada. La larga galería, las habitaciones abiertas hacia ella. Los enormes baldosones de corte colonial. El aljibe en donde ahogue por accidente a mi primer perrito. Detrás de la cocina la enorme higuera. El patio posterior aún conserva los rosales de mamá. Aquí parece que el tiempo no se ha movido ni un instante. Me parece ver entrar corriendo a Micaela perseguida por Matías y el resto de los niños de la cuadra para la época del carnaval. Y hoy es su esposa.

Ella está casi igual que entonces. Los embarazos le han dejado algo de carga en las caderas, pero mantiene la belleza que ostentaba desde que éramos niños. Ese pelo rojo intenso con largos mechones indómitos. Su clara tez lechosa y esos ojos turquesa. Nunca entendí como hizo mi hermano para enamorarla, pero fueron novios casi desde la incubadora. Ella siempre con esa actitud que tienen algunas personas que aunque no las conozcas, sabes que son buenas y que les puedes confiar un millón de dólares que no te ha de faltar ni una moneda. Al casarse y al morir mamá, se hizo cargo de mi ya anciano padre como si fuese el suyo. Micaela no conoció a su padre, una meningitis se lo llevó unos meses antes de que ella naciera, por lo que me parece que adoptó al mío como propio. De todas formas, mi viejo no podría estar en mejores manos.

-Sabes, tu padre no ha estado muy bien de salud últimamente. El médico le subió los diuréticos y le prohibió estrictamente la sal.-me susurra mientras trata de controlar su mechón rojizo rebelde y comienza a calentar agua en una herrumbrada tetera.- Ya viene, le he despertado de la siesta. En cuanto supo que estabas se ha puesto como loco. Se muere de ganas por verte.

-Y si tardabas un poco más eso de morir iba a dejar de ser una expresión.

Parado en el umbral de la puerta de su habitación mi padre extiende sus brazos hacia mí. Lo veo más avejentado que la última vez. Le cuesta llegar hasta la mesa, se sienta con mucha dificultad y al tenerme a distancia toma mi mano con fuerza. La suya es áspera por los años del arado y luego la herrería.

-Me da gusto que estés aquí- sonríe y el frondoso bigote hace aún mayor su expresión.-Siempre es un gusto para un padre que un hijo vuelva a su regazo.

-Solo quería verte Papá. A vos y a todos los demás. Digamos que estoy por emprender un largo viaje y pasará mucho tiempo para que nos volvamos a ver. También a Matías, pero Micaela me ha dicho que hoy viene tarde.

-Y qué problema hay, se queda en su vieja pieza a dormir y listo. Usted sabe que acá nadie toca lo que no le pertenece, está todo tal cual usted lo dejó. Mi niña, le puede servir algo caliente a mi hijo, por favor.

-Claro, sabe bien don Pedro que en esta casa nunca se le ha negado un plato caliente a nadie. Qué diría doña Ana si se enterase, que en paz descanse.

-Veo Micaela que cuidas las rosas de mamá muy bien. Quiero agradecértelo. Eran su más preciado tesoro.

-Justamente Baltasar, sabes bien lo que quise a Ana. Es lo menos que puedo hacer. Además, la jardinería es uno de mis pocos dones.

-Peca de modesta mi nuera querida.

Micaela agradece con una sonrisa cargada de timidez al tiempo que me alcanza una taza de café y la azucarera.

-¿Cómo han andado las cosas por acá? -Mientras revuelvo el café en la taza que quema mi mano izquierda al borde de una lágrima.

-Mira. La fábrica no está dando lo que uno espera, esto hace que haya reducción de personal y se trabaje a media máquina. A veces hay que apretarse el cinturón, respirar hondo y mirar para adelante. Mientras Matías tenga trabajo, por ahora algo para la sartén no nos ha faltado. Yo, algo puedo arrimar con mi magra jubilación. Otras veces, como hoy, se da la posibilidad de alguna horita extra que ayuda bastante. Y vos hijo, que cuentas de la ciudad.-Me regala esa sonrisa de lado que tanta sana envidia me genera.

-He dejado el laboratorio. Como te decía, estoy por emprender este viaje por lo que me he desprendido de muchas horas del hospital. Esto me deja más tiempo para, por ejemplo, visitar a la gente que quiero.-Les entrego una sonrisa esperanzado en que ya no me pregunten más al respecto y vuelvo a mi café.

-¿Y donde es ese viaje?- Fracasé ante la curiosidad de Micaela.

- Aún no lo tengo bien decidido, si te soy sincero. Necesito salir un tiempo. Las cosas con Inés no andan bien y necesitamos tomarnos nuestro espacio de todo para rehacer nuestra relación. Salir de la crisis, lejos de horarios y citas. Un tiempo solo para nosotros- Siempre fui bueno para mentir.

El resto de la tarde se desliza entre recuerdos cargados de nostalgias y humor. Con la llegada de Matías se renuevan los mejores momentos. Citas obligadas para mi desaparecida madre y aquellas horas que motivan que nos quedemos segundos en silencio como degustando el traerla de nuevo entre nosotros.

Pronto la noche nos cubre y los cansados huesos de mi padre acusaron recibo. Solo en la profundidad de la madrugada puedo tender un mano a mano con mi hermano mayor como hacía años que no lo hacía.

-Has cambiado…- vaso con vino a medio tomar, me señala como dibujando mi rostro en el aire - Podrás engañar a todo el mundo, pero la máscara que tenés se nota a kilómetros de distancia. Seguro el viejo no lo notó y de Micaela no lo espero, tampoco es que esté obligada. Pero yo soy tu sangre…Hay algo y todavía no puedo adivinar qué.

Se queda fijo en mí. Me incomoda que, como siempre, pueda ver a través de mí.

-No tengo idea de que me hablas. Seguro esa porquería que llamas vino y que estás tragando desde hace horas ya te fritó el cerebro.- le sonrío como para disimular.

El permanece serio. Me escudriña con su mirada en busca de la punta de la madeja.

-Lo veo en tus ojos. No te esfuerces más. Largalo de una vez.- deja el vaso de vino sobre la mesa de jardín y se acomoda en su silla como para contener lo que pueda salir de mi boca.

-No sé de qué estás hablando - Disimulo ya estar molestándome para ver si de esa forma cambia su blanco.

-Sos la sombra del tipo que alguna vez llamé mi hermano. Ese tipo tenía fuego en la mirada. Este que tengo en frente mío tiene los ojos pálidos, lo miro y no despierta nada en mí. Mi hermano no tenía que inventar estúpidas excusas para no decirme una verdad por más cruda que fuera. Además, qué son esas marcas en tus brazos.

-Querés respuestas a preguntas que no existen.- mientras cubro mis cicatrices- No sé qué es lo que crees que debería decirte. No entiendo a que viene todo esto. Estábamos hablando bien. Recordando viejos tiempos y me salís con estos planteamientos.

-No vas a hablar.

-No.

-¿Estás seguro?

-Sí

Se pone de pie y comienza a arremangarse los puños de su camisa.

-Será a la vieja forma entonces. Te lo saco a golpes como cuando pibes.

-¡Mamá, mamá vení pronto por favor!

Con sangre saliendo de mi nariz corría por la larga galería de la casa a los gritos en procura de socorro. Desde el patio posterior envuelta en su delantal de puntas desgastadas por el uso y el cariño, surgía como mi heroína más anhelada la figura de mi madre. Su pelo castaño atado en lo alto de su cuello largo y hermoso. Su rostro como tallado a cincel y sus manos que siempre olían a rosas y aceites.

-¿Qué pasa, qué son tantos gritos?

-Matías, me ha pegado y me viene persiguiendo desde la otra cuadra.

Mientras con su delantal que todo lo cubría y curaba me limpiaba, Matías hacia su ingreso a la galería con su gesto característico de ceño fruncido y labio inferior mordido al extremo de casi sangrar por la ira.

-Matías, le pegaste a Baltazar. ¿Por qué hiciste algo así con tu hermano?

-Sí. Y si me lo dejas a tiro lo surto de nuevo y más fuerte todavía.

Mis seis años eran suficientes para darme la claridad de que una amenaza de tal magnitud podría cumplirse de darse las condiciones de longitud requeridas por mi hermano, por lo que hundiendo mi rostro en el regazo de mi madre le imploré que me protegiera de su furia.

-¿Pero qué ha pasado, cómo podes decir cosas como esas? Es tu hermano, por Dios.

-Baltazar es una rata miedosa. Unos niños en la plaza le han sacado todo el dinero de la merienda, los colores y sus juguetes. Cuando le pregunté si había hecho algo para evitarlo me ha respondido que les tiene mucho miedo y que no se ha podido ni mover mientras ellos vaciaban su mochila.

Recuerdo que abrazaba con fuerza el vientre de mi madre y rompí en llanto al tiempo que confesaba que todo lo dicho por mi hermano era verdad.

-Amor, cuanto hace que esto viene pasando.

-Hace una semana que me piden el dinero de la merienda. Como no traía mucho esta vez porque compré papel de colores dijeron que se cobrarían con lo que encontraran en la mochila y se han llevado hasta mi Capitán Tornado.- Balbuceaba lo que me permitía mi llanto.

-Sí, el Capitán Tornado que le trajeron los Reyes Magos. Cuando se enteren seguro este año no te traen nada por imbécil.

-¡Matías! Deja de insultar a tu hermano. No entiendo que tiene que ver todo esto con que estés sangrando.

-Yo le saqué jugo a esa nariz. Cuando me dijo que se había quedado congelado, le pregunté por qué y me dijo que por miedo. Entonces le dije que si no hacía algo siempre iba a tener que estar dando sus cosas a esos mocosos. Y me contestó que estaba bien. Que algún día se cansarían y le dejarían en paz. Le dije que le enseñaría a defenderse. Le puse en guardia, pero este espárrago no aguantó más que un golpe y salió corriendo a los brazos de mamita.

-¿Te estás preparando para pegarme? Mira que ya no tengo seis años y has bebido demasiado. Además, no sé qué información me pretendes sacar de esa forma.

-Sé perfectamente que hay algo que no me querés decir. Me enferma que te guardés cosas. Como si no pudieras confiar en mí, como si no te hubiese sacado de líos en el pasado. Soy tu único hermano. Daría mi vida por vos.

-Pero…

Una larga mirada a los ojos me convence de que si hay alguien en el mundo, debe de ser él. Le pido que vuelva sus mangas a su estado original para calmar la situación. Acto seguido cargo con más vino nuestros vasos y me dispongo a tratar de explicarle lo mejor que me es posible aquello que me mueve a dar los pasos que vengo dando en los últimos días. Escucha cada palabra con atención. Sólo interrumpe para solicitar alguna aclaración puntual siempre tratando de no escabullirse por las ramas. Todo el tiempo me observa con un dejo de extrañeza en su mirada, pero siempre en el más absoluto y respetuoso de los silencios.

La plaza se bañaba en la siesta del sol de enero. El arenero en esas condiciones era un sitio solo para valientes. Evidentemente tanto el Orejón Pérez como el gordo Suárez y el resto de sus pequeños secuaces se sentían con el suficiente aplomo como para hacerse dueños del sitio de juegos en esas condiciones.

Por aquellos días Matías  debía alcanzar el metro cincuenta y pesar unos veinticinco kilos estando mojado. Nunca, ni de adulto fue de una contextura fornida. Siempre fue desgarbado y daba la impresión de portar alguna rara enfermedad. Su pelo en melena rubio contrastaba con un rostro que hasta la adolescencia no ganó proporción. De grandes dientes y orejas, contra una pequeña y respingada nariz de herencia materna. Y como para completar pecas en ambos pómulos. Lo desfavorecido que pudo haber resultado en lo físico le era compensado por un enorme corazón.

-Señores, creo que poseen cosas que no les pertenecen y he venido a que me los devuelvan.-Se plantó enfrente del grupo que hacía de sus delicias con varios objetos dentro de los que se encontraba mi querido Capitán Tornado.

-¿Ah sí, y quién se supone que sos pecoso?- El gordo Suárez siempre el primero en encarar por peso específico.

-No vengo a hablar mucho. O me dan las cosas que le quitaron a mi hermanito o hay goma. Como lo veo, les conviene entregar y que haya paz.

-Aparte de deformado sos bruto. No sabes contar. Somos cuatro y vos sos un sapo que no vale ni la hebilla del cinturón que tenés puesto.- A lo acotado por Pérez le correspondieron carcajadas de todo el grupo.

Me lastimaba aún la claridad de la tardecita al despertar de la siesta. Como era de costumbre me deslizaba lentamente pues todavía me resultaba alta la cama para mi estatura. Recuerdo haber tomado cubrecamas, sabanas y lentamente dejarme caer hasta tocar el suelo. Calzarme con las pantuflas hechas por la abuela y que fueran obsequio de mi última navidad. Aún restregando mis ojos salir a la galería y dirigirme hacia la cocina. Abrir la heladera. Servir un vaso de leche y al sentarme a la mesa encontrarme con mi amigo el Capitán Tornado, los colores y un puñado de monedas. Salí en búsqueda de quien fuera para que me dieran explicaciones de como se pudieron haber materializado objetos tan valiosos y que ya creía perdidos para siempre. Detrás de la cocina, sentado a la sombra de la vieja higuera encontré a Matías. Con su mano izquierda sostenía una bolsa de hielo sobre su ojo mientras silbaba muy suavemente. Capitán Tornado en una mano muy fuertemente apretado me quedé parado frente a mi héroe unos segundos sin saber qué hacer. Matías retiró la bolsa con hielo y pude ver su ojo puesto como una enorme mora. Creo que dijo algo así como “Aprendé a cuidar tus cosas chambón”, o algo similar. Lo siguiente que recuerdo es el abrazo más fuerte y largo que le he dado a un ser humano en mi vida.

-Entonces, si entendí bien. Es una despedida. A eso venís hasta acá, a despedirte…  -permanezco en silencio y con una mirada le pido perdón- Y como siempre demostrás una vez más que como no podés con algo, simplemente te escabullís por la salida más simple. No cambiaste nada.

-No se trata de un escape. Matías no te puedo explicar un montón de cosas. Cosas que me pasan y que ya no puedo manejar, cosas que van más allá de un solo problema. ¡No es tan simple por Dios!

-Como sólo soy un bruto que a lo único que alcanzó en la vida es a cuidar que una prensa no le rebane el brazo, seguro no lo voy a poder entender. Baltasar, que tengas mucha suerte.- se incorpora y da unos pasos antes de volver al ataque-  Lo único que te pido es que pienses en el viejo. Acordate que perder a nuestra madre es algo que aún no ha superado y ya pasaron cinco años. Cinco años. Mientras vos estabas en la capital haciendo tu historia, llenándote de conflictos sin resolver y reflexionando sobre la verdad de vaya uno a saber que cornos, yo me lo banqué al viejo solito. Sabés lo que es levantarte en las noches y escuchar a tu padre llorar en la cocina a escondidas. Verlo envejecer cada día por dos. Seguro de eso no tenés ni idea porque estabas demasiado ocupado mirando la pelusa de tu ombligo. No me vengas con discursos de existencialismos insoportables.- otros pasos y regresa a mi- Te cambio mi vida por la tuya un solo día y después hablamos de conflictos por resolver. Si has hecho el viaje hasta aquí para obtener licencia para matarte, lamento tener que decirte que de mi cuenta ese papel no te lo firmo.

El resto de esa noche la pasé en la pequeña terminal a la espera del primer autobús rumbo a la capital. Mientras me arropaba adormilado en el duro banquillo de la estación retumbaban en mi mente las palabras de Matías. Siempre tan práctico. Tan real, tan abrumadoramente real y yo tan estúpidamente insolvente en todo. Mientras yo abría cuestionamientos del ser, existencias y del porqué del universo, él venía y lo devastaba todo con un,”todo muy lindo pero hay que pagar la luz a fin de mes”.

Me hubiese gustado tanto ser como Matías.

 

SEÑOR JUEZ

 

¡No me arrepiento de haber denunciado al “Gordo Tobar”! Él, se apareció en mi casa con una borrachera de esas que apenas pueden caminar, gritando que yo le debía algo. ¿Qué? Nunca supe. En la mano aparte de una botella de grapa, llevaba un cuchillo grande como para degollar cerdos, que es su trabajo. Nos asustamos muchísimo con mi compadre y en un momento se echó sobre la “chata” y comenzó a vociferar que le habíamos robado la mujer. ¿Quién querría a esa flaca escarbadientes que parecía un alambre sin forma? Pero él, dale con los gritos y en medio de la trifulca, se vino el “Guatón Fernández” tan serio como un policía que es y nos comenzó a amenazar que estábamos rompiendo con la serenidad y la paz del lugar y que nos llevaba a la comisaría para impedir un derrame de sangre.

Nosotros ni siquiera habíamos bebido una sidra y eso que había ganado el “Tomba”. Y nos llevó a la rastra. Mi mujer lloraba y los chicos, tengo cinco hijos, se aferraban a mis pantalones que casi quedo en “pelo” de los tirones. Y bueno, cuando pude traté de zafar y le pegué, es cierto, una trompada al “Guatón” y allí mismo me esposó y me dejó encerrado. Al compadre no le hizo nada y lo dejó ir.

¡Pero Señor Juez, yo qué culpa tengo que el Señor Tobar se “encurdelara” y me viniera a querer exigir cosas sin sentido! Ayúdeme, sáqueme de aquí. ¿Mañana si no me presento en la fábrica me echan y de qué voy a vivir yo y mi familia?

La muy sonsa de mi mujer dice que mejor me quede acá, que no sirvo para nada, que me dejo manejar por cualquiera y encima se quiere ir a la casa de mi suegra.

Bueno, no se si eso no sería mejor, unos días sin gritos de los mocosos, sin las peleas de ella y sin verle la cara a mi cuñado que trabaja en el mismo lugar que yo. ¡Ese es un zopenco! Señor Juez, déjeme unos días y así descanso de todo este lío.

  

MOLE DE PIEDRA

 

Alguna vez

Fui arcilla adorada por un dios de piedra.

Otra

Fui esculpida en oro blando como lluvia.

Fui fría tal una diosa agreste y taciturna.

Con olor a sombra y cascada en mi sonido.

Con sabor indefinido a magia verde.

Cuando el roce gélido sea agresivo,

mi piel pondrá el zumbido de citros y cascabeles de plata

en los oídos.

El gris me vestirá los pies descalzos

El pasado emitirá suspiros

Caminaré por la ruta misteriosa del olvido.

Mole de piedra, seré.

Alas de esmeralda crecerán luego

y volaré como un ave en la aurora.

 

MI VECINO

            Lo vi pasar con su patineta bajo el brazo. El pelo larguísimo le tapaba la espalda y la cara. ¿Cómo puede ver con ese cabello tan largo?  Siempre viste de negro. Lleva zapatos con altos tacos de goma y un sobretodo de cuero hasta los tobillos. Llueva o el sol derrita la vereda, siempre usa ropa larga y oscura. Un día de viento le vi bien la cara. Es tan pálido que parece un fantasma.

            No habla con nadie. Va y viene con su patineta y ese día vi que tenía unos extensores en las orejas con forma de garras de animales salvajes. Está todo tatuado en negro. Mamá le tiene miedo. Dice que debe ser “Satánico”. Yo creo que es un cobarde que se esconde de la realidad.

            Tengo doce años y a veces pienso que es un ídolo como los del rock y otras que es un payaso. Un día que pasó y me miró con unos ojos pintados como mujer, le saqué la lengua. ¡Qué infantil! Me puteó. Yo me quedé riendo hasta que lo vi desaparecer por la calle con su patineta veloz.

            En la farmacia de la otra cuadra, le contaron a mamá que es hijo de una profesora de la universidad, que la abandonó el marido y que no sabe qué hacer con su hijo. Mi mamá supo allí que se llama Benjamín y que no estudia. Que vive casi siempre en la noche y parece, parece que se droga. Nadie sabe bien. Mamá trató de defenderlo. ¡Es un pobre chico! Y se le rieron.

            Yo creo que es un pobre infeliz, no tiene otra cosa que su patineta y el disfraz de “Drácula” en pelo largo. Tengo que estudiar y después me voy a ir a jugar fútbol en la canchita de la escuela.

            Cuando regresé del partido, vi una ambulancia en la casa de mi vecino. Me acerqué a ver. Lo han atropellado a mi vecino y está gravísimo. Su mamá llora mucho.

            Mi madre se acercó a ofrecerle ayuda. Ella se abrazó y le agradeció. Pero dijo que los médicos le han diagnosticado que quedará “aparaplejo” o algo parecido. Yo encontré la patineta llena de sangre en la vereda de la esquina, rota y la recogí. Se la di a la madre y siguió llorando peor. Un policía me dijo: ¡Estos idiotas se hacen los vivos y terminan hechos puré! Vos pibe aprendé.

            Un señor que manejaba el camión que lo atropelló, dice que venía con la patineta tan rápido que se le cruzó y no lo pudo evitar. “Ese chico se quería matar”. “Ese chico se suicidó”. Yo no soy culpable. Igual se lo llevaron preso y mi vecino… bueno, mi vecino no podrá usar más la patineta.

jueves, 4 de noviembre de 2021

ANTHEIA, UNA ESCLAVA DE RODAS

         Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en donde tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite agoniza en el candil. La esclava también. La persistente fiebre ha hecho una silenciosa tarea. Dos mujeres que, no pertenecen al mismo amo, pero se conocen por origen.

Preocupada la compañera, destapa las piernas de la enferma y observa una herida a punto de estallar en la extremidad derecha. Amoratada la piel, se nota tirante y busca una salida que, inminente, empujará hacia el exterior sus humores. Un olor penetrante y pútrido invade la estancia. La mujer murmura palabras incomprensibles. Tiene sed. Está sola.

            Antheia le humedece los labios agrietados sin tocarla. Puede ser una desgracia que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, envían en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Tal vez un mal contagioso o la enfermedad maldita. Cubre con mucho cuidado, casi sin rozarla, la pierna, con fría tela de lino mojada. Buscará alguna manera de bajar la temperatura. Evita que reviente, para que no se desparrame la secreción verdosa, como suele desprenderse de una lesión, tal cual está el tobillo de la enferma. Los dedos de Licaria se aferran a la tosca túnica que cubre el cuerpo de quien la protege. Murmura y bisbisea palabras incomprensibles. La lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida es la que desahoga el terror a la muerte.

            La compañera sale presurosa a buscar ayuda. Las piedras de la calle que debe atravesar hasta llegar al caserón, donde habita su dueña, penetran con filoso calor las sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel oscura de la sierva. Impregnado de sudor, el cabello y la túnica se pegan al cuerpo. Se desplaza como se suele hacer a esa hora de medio día, entre la pobre sombra de las paredes en losas que amurallan la casa de los señores guerreros o comerciantes de Rodas.

Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar auxilio a su señora para la desdichada Licaria.

            Llega al atrio. Luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa junto a la cisterna pluvial. Ese enorme copón de piedra resiste el tórrido verano. El agua es fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior al ama, quien se hace esperar. La fina mano, ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado, mientras se desplaza al propileo. Está disgustada por la interrupción. Queda unos segundos en silencio. Kalithea, la dueña, espera que la muchacha hable. La esclava no se atreve ni siquiera a elevar la vista. La pregunta surge de los cuidados labios de la dama. Antheia le ofrece una detallada descripción de lo que sucede.

            La importante griega, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante revoloteó sobre el tejado de la columnata, señalado alarmantes signos de enormes calamidades para la casona. Despertó conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la sobrecoge y se torna más inquieta y alerta. ¿Cuál será esa catástrofe? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer. Dile quién te envía”. Regresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha. Comienza una súplica a los dioses protectores en el altar familiar.

            Antheia sale rápido por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, sabe que encontrará al médico. Primero se detiene en el templo para hacer una rogativa a la “diosa Higeia y al dios Apolo”, dejando un “dragma”, en la seguridad de que ellos aceptarán la ofrenda. Despliega una rama de olivo junto a una pequeña imagen de la diosa Hestia que ennoblece un retablo en la calle por donde atraviesa y continúa el camino. Compra una talega de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entrega luego al pasar, a las celosas protectoras del templo de Atenea Kamira. Un extraño silencio acongoja el ánima. Los cuervos se han echado en los tejados abriendo las negras alas, que abrazan las tejuelas con el azabache brillante de sus plumas. Ensombrece la oscuridad el resplandor rojizo de la techumbre. Oprime esa inquietud siniestra que merodea Rodas. 

Electrizada en franco dolor la esclava suspira. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la venerada Hestia, en boca de las sacerdotisas.

Con celeridad, llega a Filouspapos, el barrio de los eruditos, y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo la higuera refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente que enrosca el bastón de Mercurio indica el sitio exacto. Es allí. Golpea y espera. Aparece una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda aguardando a quienes ayudarán a Licaria. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con un morral repleto de instrumentos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con sahumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia señala el camino. Son doce hombres. Ella, atrás, por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar los ojos.

Al ingresar en el habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los expertos en guardia. Encienden numerosas lámparas. Los esclavos capadocios traen cubos de agua limpia. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores infectos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la envuelven. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que, siendo niña, la arrebataron del cuerpo inerte de su madre. Sólo ansía volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su tierra, ni tiene en la memoria el rostro de la madre. Ha huido de su mente por el sufrimiento el mundo íntimo de Licaria.  Está atravesando el delgado filo entre la vida y la no vida. Presiente la cercanía de la barca de Cancerbero. La ve. Delira.

Diocléous, raspa hasta el hueso la carne pútrida y arranca sin piedad trozos de piel y músculo. Los esclavos sacan, entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el fermento líquido de las vides, hacen gemir a la enferma. Le dan a beber vino de “Phaistos”. Confunden con la bebida su conciencia y mengua el dolor.

Comienza a disiparse el mal olor y se desparrama el aroma del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se encarna en el brebaje. Le dan a beber, más y más; y lo derraman en cada llaga. Además, queman bayas de plantas de adormidera en un brasero, que va envolviendo con humo denso el lugar. Adormece a Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.

En un breve murmullo, escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a ti, ciudad querida”.  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento turbulento sacuden todo. Terremoto y horror. Olas gigantes arrollan la isla de Rodas y las vecinas Creta, Epidauro y Delfos.

Licaria vuelve a Alexandria. Esa que está tan distante, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.

 

 

 

VOCABULARIO

Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte trasera, que se alzaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a C.

Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.

Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían familias patricias. Siglos V, VI en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.

Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la Cultura y la Filosofía.

Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Cancerbero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.

Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su histórica biblioteca.

Phaitos: región fértil de Grecia, donde se cultivaba vid y se hacía vino.


LA LOLA

             La criaron como se cría a un huérfano. Con mucho trabajo y poco afecto. La persona que la quiso más fue doña Purificación, gallega hasta los tuétanos. El marido apenas hablaba español. Siciliano testarudo y de mal carácter, ni miraba a la criada. Sólo recordaba, la niña, que se llamaba Lola. Ni el apellido, ni el día de su cumpleaños; no tenía identidad. La finca poseía extensos parrales y árboles frutales. Era su refugio. Trabajaba desde el amanecer hasta el crepúsculo, sin pedir absolutamente nada. Difícil, enclenque y dolorido, su cuerpo era quien le daba ese calor épico a la vida. Sólo unos enormes ojos color Chablís, entre amarillo topacio y dorado verdoso, con pequeñas chispitas marrones, la embellecía y hacía que la gente la observara sorprendida. ¡Y la permanente dulzura de su rostro infantil!

            Arrastraba una pierna. Según dijo el médico de Tupungato, había tenido una fisura en el hueso mal curada, en algún momento de la infancia. La espalda, con escoliosis, era una “s” itálica que le daba la imagen de una extraña figura. No hablaba. No conocía la risa, ni participaba de bailes. No repetía cantos que la madre adoptiva solía tararear mientras guisaba. Jamás la mandaron a la escuela. Pero era despierta y rápida con las cuentas, que hacía con garbanzos o fichas en la cosecha.

            Pasó el tiempo y comenzó a tener las transformaciones propias de una mujer. Fue su ruina. Tenía hermosos senos blancos, cadera ancha, cintura fina y cabello de color trigo. Trastornó sin saberlo a los jornaleros, tomeros y al contratista, que comenzaron a decirle toda clase de guasadas. Impávida, siguió su tarea, sin mirar ni responder. Alrededor de marzo, el tiempo de cosecha, próxima a los catorce años, mientras echaba maíz a las gallinas, un obrero golondrina la agarró de las trenzas y le apretó la boca. Luego, apoyándole un cuchillo en el cuello, la arrastró por la amarga tierra hasta un cobertizo y la atravesó con su verga. Desesperada, trató de defenderse, pero el mordisco, patada y golpe de puño, no alcanzó para salvarla del ataque salvaje. El tipo escapó como un zorro rastrero. Sola, allí, con su sangre chorreando por las piernas y desorientada, sólo atinó a ir al galpón para esconderse. Unos barriles de vino blanco, fue lo único que encontró. ¡Y se lavó con vino! Después, sin llorar siquiera, regresó a su tarea habitual.

            Cada vez más silenciosa. Más triste. Lola.

            Tres meses pasaron hasta que el Juan, tomero de la zona, descubrió que vomitaba apretada a un parral. “La Lola no me engaña, la muy raposa, tan callada y esquiva, está preñada” Y se fue derechito hasta donde estaba doña Purificación. ¿Sabe la noticia? La Lola, lo tenía bien escondidito. Está preñada. ¿Ahora qué van a hacer con la “santita” esa?

            Doña Purificación se sentó con terrible sofoco Con el faldón del delantal blanco, se secó el rostro sudoroso y haciendo un gesto de desprecio al chismoso, dijo airada: ¿Qué te importa a vos? Sos muy metiche y lenguaraz. Andate de mi casa, no te quiero ver por acá. Desgraciado. ¡Bien que si la hubieras podido agarrar vos, ahora te estarías escondiendo como perro rabioso! ¿Y quién dice que no fuiste vos, malparido? Manoteó un cucharón para tirarle a la cara alcahueta del Juan que salió como lagartija asustada, mientras negaba puteando airado.

            Al entrar a la cocina, la mujer miró el rostro y el cuerpo de la Lola. ¡Vení, sentate! Contame, ¿qué te ha pasado a vos y quién es el padre? Un mar de lágrimas inevitable, escapó de los ojos de topacio. Cuando terminó de hablar, con sollozos entrecortados, doña Purificación la abrazó y acunó, como nunca lo había hecho. ¡Pucha, che, en medio de la vendimia, uno no puede estar atenta a estos ladinos! ¡Son tan hijos de puta algunos… ya vamos a ver qué hacemos!

            La discusión con el viejo, fue histórica. Grito va grito viene mientras la Lola se tapaba los oídos... Al final, el testarudo, se desparramó de amor y casi llorando dijo que allí había un refugio para un niño. Purificación le dio un abrazo como cuando tenía veinte años; y unieron el corazón pensando en el hijo que no pudieron concebir.

            Pasado unos meses, necesarios, entre tejer y coser; luego de preparar una cuna y el tiempo justo en la espera, nació una niña. Hermosa. Morena con ojos color Chablís, como los de la madre. Una verdadera joya.

            La Lola quiso bautizarla con vino blanco de aquella barrica que le lavó la sangre en vendimia.