viernes, 26 de diciembre de 2025

UN FINAL INESPERADO


            Callada y seca, la Guerendà, camina por la pequeña senda abierta en la tierra por el paso perpetuo de hombres y animales; acercándose a cada trozo de madera que puede ser útil. Llega sin hacer ruido hasta un  recodo entre talas y espinillos. Sus pies duros, trozos de huesos apergaminados, arrastran el cuerpo arqueado por el peso y la edad. Es la única que se ha quedado con los niños. Todos, los otros, han partido en busca de trabajo a las ciudades. Ella sola habita el páramo endiablado que le deja el hombre blanco. La reserva, le dicen, y nada queda de reserva...ni agua, que hay que buscar desde varias leguas, ni árbol que talar, ni animalitos...Ella camina mucho y en una arpillera junta lo que puede recolectar en su camino. La esperan ansiosos los niños...son catorce panzas chifladoras que arremeten con todo lo que logran entrar en sus bocas hambrientas. Está muy cansada, su cuerpo flaco y torcido por el peso de los bultos que transporta en la espalda, ya no responde como antes. ¡Está muy cansada¡

            Cada madrugada sale cuando el sol aparece apenas como un forastero entrometido entre la casucha de palos y barro. Unas gallinas escuálidas picotean entre el polvo febril de los alrededores. Permanecen como un símbolo de otro tiempo de bonanza. A veces cuando nada pesca o caza, tiene que desmembrar el cuerpo endurecido del ave que espasmódica se retuerce entre sus manos. Las plumas servirán para hacer engañosos anzuelos y hacer cosechas primorosa en el río. Algunas veces pesca patíes, otras, las más raras, dorados sabrosos y carnudos, que asa en la forma antigua que le enseñó sus padre. Su padre...había sido un hombre justo y sabio. Él le había enseñado todo lo que sabía, hablar su lengua, la medicina, encontrar agua y todo lo que su raza guardaba en su historia de tierra y ancestros. Lo que supo enseñarle fue entender los tiempos. Comprender al hombre. Hombres mezclados con el alcohol y la crueldad. Porque esos hombres que hoy llegan hasta su tierra son salvajes. Nada saben y todo destruyen en su voracidad injusta con la madre tierra. Las muchachas iniciadas en la maternidad sin saber lo indispensable para sobrevivir en ese mundo simple pero perfecto de los mbyà. Guerendà resopla con rabia. Algo le aprieta en su interior. Una enorme mano aprieta y duele en su pecho. Se apoya un instante en un amba-í que medio derribado le sirve de descanso. Un sudor frío le atraviesa el miedo. Nadie está cerca para ayudarla en este momento de soledad. Su vida depende de su fuerza, de su templanza. Cierra los ojos y resopla el aire fresco de la tarde.

Piensa...¿Qué pasará con todos los  chiriguí ’ì de su pià ‘á? Están tan desamparados. Se queda ¿dormida? O simplemente pasa a un estado casi inconsciente donde abrumaban los ângatupîrî ...o tal vez añá.

            Reconoce el límite de la selva y el inicio del río. La correntada atrapa peces de infinitas variedades que se devoran unos a otros. En la espesura aparecen y desaparecen esos hombres aviesos que han llegado a talar los pindó y los urunde’í, dejando sin verde zonas donde antes había aves y animalitos. Ella sabe cuándo puede tomar uno para alimentar los niños. Se están yendo los monos y los yaguané de las orillas mismas del matorral. Y la vida toda escapa por el alma cada vez más triste en la espesura que ya no cubre sus cabezas. El miedo la acosa y sueña o siente que se hunde en una modorra distinta. No hay ni fuego ni agua fría. Ella está allí entre un sin fin de seres que no reconoce. Se le acerca una vieja con el rostro curtido por los años, pelo canoso y ralo. Detrás un hombre joven que aun lleva en su labio inferior atravesado un trozo de petiribì dorado, él es fuerte y su piel morena brilla con la luz que la ciega. Un ave gigantesca se posa en un pindó cercano y comienza a gritar con un sonido estridente. Su mano deja caer el atado de leña que le pesa mucho en la espalda dolorida. Busca en su ropa un trapo que le oculte el rostro. Ha comprendido que esta en presencia de seres de otro mundo y el respeto es primero. No mira. Silenciosa espera señales de sus antepasados. Un movimiento sutil corre el paño que oculta su vista de los aparecidos. Allí están quietos con los brazos en cruz como si necesitaran abrazarla. Se dispone atrevida a hablar y no puede. Su vos está muerta pero ellos hacen movimientos acercándose hacia ella. Piensa en los niños y unas lágrimas viejas se desploman en sus mejillas secas y arrugadas. Grita de nuevo el pájaro y ella dispone el pecho para que el afilado pico atraviese su corazón quebrado. Pero la selva toda se conmueve con sus lágrimas. Despierta del extraño sopor, allí han dejado un atado de leña grande, muy grande y un cesto con verduras. No hay nadie. El dolor se ha disipado en su pecho siente una fuerza nueva como cuando era joven y sale arrastrando la carga que puede. Luego regresará por el resto. Los niños están llorisqueando, la esperan en la orilla de la huella. Kenè, el más grande ha preparado un cocido de mandioca. La Facù  acomodó a los más pequeños junto al trasto donde guardan el agua de la lluvia y los ha lavado para que coman. Al ver regresar a la abuela el griterío la hace retornar a su naturaleza. Manda a Kenè al lugar del bosque para que traiga lo que ha quedado, no sea que alguien de las madereras se los arrebaten. Se sienta en su lugar delante de la vasija que le presenta Facù. Es maravilloso comer algo tibio después de tan largo camino. Los pequeños la miran alegres. El terror de perderla ha dejado sus cuerpos pálidos. En un silencio calmo cada uno toma la porción que le ha dado. Nadie habla.

            Guerendà se acomoda en su hamaca a fumar petÿ enrollado con miel de catavü . El sol ya se ha trasladado y un infierno de insectos trata de penetrar la espesa carpa de humo que rodea la tapera. Ella cada noche prende una fogata de hojas de yerba mate verde para hacer un humo espeso que ahuyente los bichos. Se quedan dormidos y el ruido irrefrenable de la selva avanza en la noche. Chicharras, ïsomichï enormes, tahïi gigantes, yu`í enamoradas llamando sus hembras a aparearse...el ruido infinito que da la seguridad de estar solos. Se queda dormida y sueña con ese guerrero que la ha visitado en el día y, en la anciana  guaraní.

            Ese hombre. El negro pelo le resbalaba en su rostro agreste y señudo, crines de un animal transportador hacia el gemido de la noche estéril de presagios. Fuerte el cuerpo dibujado en negro tinte de apecumá para alejar los maleficios äñà y los guerreros paraguaes malignos.   - Asesinos crueles, los hombres morenos, que cruzan a nado el río a destruir los poblados, robar mujeres y niños para esclavizarlos en sus mandiocales y maizales. – El rostro ancho marcado con el aro de palo en el labio inferior como usaban antes, ese, el del sueño, era una figura  que la retrotraía a su infancia cuando aun el hombre blanco no había llegado con el hacha a destruir la arboleda majestuosa de su tierra. Él venía hacia ella envuelto en una capa de ñandutì rebordada en pequeñas plumas de aves multicolores que palidecían el brillo del sol. Le hacía una señal que indicaba el norte...y se despertó asustada. Un enorme yapacuïtà de ojos luminosos merodea entre los leños que languidecen en su fogata casi extinguida con el irrefrenable deseo de tomar por bocado a uno de los más pequeños. Toma un tizón y descarga con furia contra el animal que sale corriendo por el sendero y se pierde en la rala espesura. ¡Es la segunda vez que ese aïpò ta`irè ñandeyara la ha salvado de un tormento profundo! Se despierta totalmente recuperada de ese dolor que la tiene acosada desde hace varios días en el costado izquierdo. Se queda pensando en el sueño y recuerda que el guerrero no le ha hablado sino que le hacía señas con los rudos brazos morenos. Se van despertando los niños que provocan ruidos diferentes a los de la naturaleza. Un cocido de capî ´îvá  y huití es lo que encuentran en sus escudillas de barro. La tibieza de la comida atrae a los perros que esperan las sobras. Así comienza la jornada entre el griterío de los cunumì que quieren ir al río. Ella los observa y piensa en sus hijos allá lejos en la gran ciudad trabajando entre los “blancos” que seguro los burlarán sin saber...ellos eran los dueños de todo...tierra...ríos...hasta del sol. Una nueva jornada espera a sus pies cansinos. Siente el olor acre de la tormenta que se avecina. Un oscuro gris verdoso intensifica el anuncio de una furia que la selva trae enajenada. No puede detenerse pues la tierra no espera para entregar sus frutos y después de un chubasco nada quedará en pie. Ata algunas palmas sueltas que techan la tapera. Sale dando mil recomendaciones y obliga a quedarse a los niños adentro mientras se lleva consigo a Kenè para auxiliarla en las faenas. El río viene indómito. Una pared de rojiza agua amarronada, de un metro más o menos, se eleva donde antes sólo había orilla. El banco de arena donde se apoya para pescar ha desaparecido en la bravura agresiva del caudal que despeña río arriba la corriente. Sus sedales y sus anzuelos perdidos quién sabe en que recoveco de ese infierno acuoso. Ahora tiene que juntar los pocos animales que le quedan. El viento retuerce las ramas juiciosas de los árboles ribereños. Fuertes truenos y relámpagos iluminan la oscuridad reinante. Cae un rayo incendiando un carandà ´ï  reseco. Da un salto atrás para que el fuego no toque al Kenè y entre las frondas ve la figura sublime del hombre intangible. No duda de su idea nocturna. Es caayaryì representado por un guerrero. Siente que por primera vez no está sola. La selva le ha traído un ángel protector. Siguen por el sendero hasta una lomada y desde allí cortan bananas y paltas. Luego sacan un pequeño ca´ì  y huevos de pájaros que con cuidado ponen en hojas de palma. Regresan en el estrépito de la tormenta. Medio palmar ha sucumbido con las furiosa ráfagas de viento. Todo caído y destrozado, pero el agua igual se acumula en un barril que han encontrado en el río. Los colores del dibujo que tiene el armatoste, son de los hacheros que desgajan la selva, las madereras,  pero ellos lo esconden y sólo es sacado afuera de la teyupà cuando llueve para tener agua clara y limpia. Si algún blanco llega a verlo seguro ella será sacada a la rastra por algún capataz borracho, golpeada y bueno, ya es demasiado vieja para otra cosa.

                        El frío pone los labios morados. Tiritan los niños y el fuego protector sólo es un brillo rojo vivo escondido en las piedras del fogón. La abuela se siente muy vieja, desea tener el cuerpo joven, sueña ser la mujer fuerte que atravesó su selva para buscar objetos necesarios para su gente...hablar con blancos cuando era tabú. Sus hijos han marchado canoa abajo en la marejada dorada del río. No regresarán hasta el próximo verano. Ya no hay recogida de animales salvajes. Nada de mandiocales grandes. Los sedales casi muertos. Los rayos iluminan la oscuridad y el ruido infernal  domina el sollozo de los más pequeños. Canta una antigua canción de amor. Esperan que amaine la tormenta. Entre la luz difusa de relámpagos y rayos la figura sorprende a los niños. El miedo cierra las mentes, los pequeños corazones quieren creer que allí no hay nadie. ¡Y no hay nadie ¡ La figura intangible se desdibuja en las sombras. 

                        Amanece. La zona que rodea la casucha es un montón de barro y ramas rotas de árboles y palma. Los muchachitos más grandes, el mayor tiene alrededor de catorce años, se apresta a corregir los destrozos cuando advierte que casi nada ha ocurrido en su casa. Trabajan todos para limpiar el resto. Azorados ven que la abuela ha amanecido fuerte. Casi más fuerte que antes que se fueran los padres y tíos. Alegres agradecen al cielo y creen que por allí anduvo algún buen dios o algún ánima difunta benefactora. Guerendà  se anima y les relata todo lo sucedido en el matorral...su visión, el dolor del pecho..., el guerrero...la dama de cabello blanco. Uno de los pequeños le pregunta si el guerrero tiene un labio atravesado por un palo de petiribí..., él siempre lo ve en la espesura. Nunca le habla. Lo sacó del río un día que se cayó pescando. Y ya Letò relata su encuentro en un serio enfrentamiento con un yaguaretè hambriento. Algunos ruidosos se ríen. ¡Mentirosos! Piensan avergonzados los que nunca lo vieron. La mujer se calla y escucha asombrada. A Mangá en cambio, la señora anciana, le sacó la calentura aquella vez que estuvo tan enferma. Kenè no se anima hasta que suelta la lengua...muchas veces le ha traído carne o huevos frescos. Se los deja allí sobre la tabla verdosa que les sirve de mesa. Siempre que tienen hambre ella trae en silencio algo de comida. Nunca habla. Sólo sonríe con su hermosa boca desdentada. Kenè no se atrevía a decir nada porque cuando intentaba seguirla desaparecía en la nada. Ya no le tiene miedo como la primera vez. Esa vez se orinó y la Anciana lavó con sus manos el vestido que había tirado al piso y secó el pedazo de tierra mojado. ¡Qué vergüenza había sentido al verla agacharse para ayudarla! Después se fue en silencio. Su sonrisa era muy bella. La abuela cae de rodillas y sollozando agradece a los dioses antiguos. Ellos los han asistido en el sufrimiento.

                        Han pasado dos veranos y los jóvenes padres regresan de la ciudad. La tapera está deshecha. Nada queda de los animales ni de las parcelas de mandioca. El hijo mayor busca y revisa cada palmo de terreno. Nadie en la zona sabe qué sucedió con la anciana abuela y los pequeños. Se acercan con seguridad adquirida por la vida allá entre los blancos, a las madereras. El tendotà aseguró no haberlos visto. Sólo se habla de un grupo de extrañas aves rapaces que asolan  la región comiendo todos los animales. Hablan los hacheros de un hombre antiguo, vestido como los ancestros con el labio atravesado, que acorrala a los obreros entre los matorrales y les atraviesa el corazón con una afilada daga de ivaità y que allí donde incrusta al hombre comienza a hincharse y le aparecen manchas; de las manchas salen especies de lombrices y devoran todo. Luego entre los huesos sale una planta que da una extraña y ambarina flor cetrina, en el centro un pétalo color rojo sangre y un largo pistilo blanco como un palo de petiribí. ¡Es parecido al que usaban los antiguos en los labios! ¿ Vio? Y una fuerte transpiración grosera empapa frente y cuerpo tembloroso. Muchos no quieren venir más a trabajar en la maderera y el aserradero, dice-“ el patrón está por cerrar. Yo ya estoy pensando en irme a la ciudad. Acá el calor aprieta y queda poco que cortar. La vida está dura y más con el “ äñà” por estos pagos. Además el río ha cambiado su ruta cuatro veces en el año. Y cada vez las tormentas son peores. Se inunda la región y el agua brava se lleva todo. El mes pasado un aluvión cargó con medio estero. Las yarará atracadas en las ramas se disputaban un lugar alto para descargarse y anidar”.

                        Menchu se va hacia el lugar donde su madre ha quedado con los niños. Lo esperan las mujeres y sus hermanos que hablan con desesperación. No sabe cómo decirles lo que puede haber sucedido...¿ En realidad...tiene una respuesta?

                        En el pueblo más cercano unos periodistas están rondando en busca de `la noticia ´ por la zona hay esclavistas...¡Sí, han descubierto que esa gente inescrupulosa mata a los adultos y se lleva a los niños y jóvenes para hacerlos trabajar en forma inhumana en fábricas clandestinas!

                        Menchu y los otros rastrean la zona. Encuentran los huesos blanqueados de la anciana madre. Sobre sus huesos crece una hermosa flor de ñapindà imirí pità , pero saben que nada tiene que ver con su muerte.

 

Vocabulario Guaraní – castellano:

Mbyà:                                                       ñandutí:                                          ca’í

Amba-ì:                                                    yapacuïtà:                                       yaguareté:

Chiriguì ´í:                                               aïpò ta ’iré ñandeyara:                  

Pià’à:                                                        capî ’îvà:                                         tendotá:

Pindò:                                                       cunimí:                                            ivaitá:

Urunde’ì:                                                  caayarv ’ í :                           ñapindá imirí pitá:

Apecumá:                                                 petiribí:                                           yu ‘ì:

Petÿ:                                                         äñá:        

Catavü:                                                     teyupà:

Ïsomichï:                                                  huitì:

Tahiï:                                                        carandà ‘ ï:

 

UN OTRO, EL HÉROE

 

            Vivo en un edificio enorme. Tiene cuarenta pisos y los elevadores, que son viejísimos, son un espacio descabellado. Cada mañana debo saltar de la cama media hora antes de lo normal, para poder llegar a usarlos. Siempre atestados. Siempre al abrirse la puerta está lleno y la gente con cara enojada, porque tienen que ir a trabajar. A veces me miran con desprecio. La mayoría toman el tren o viajan en subterráneo hasta llegar a sus lugares de trabajo. La mayoría son personas que en cuanto pueden emigran  a zonas más recomendables. Belgrano “R” o Flores. En fin yo no me puedo dar ese lujo. Sigo acá con mi gabardina desteñida y mis zapatillas de segunda marca. En el diario donde trabajo, ni me miran. Soy casi tan invisible como el chico que trae el café o el que reparte los telefax. Igual yo sigo aprendiendo. Soy periodista. Joven, sin trayectoria y como mujer, cristiana y sin ideologías extremas… no existo. Pero eso es otro tema.

            En mi edificio vive gente tan dispar como en cualquier edificio de una capital importante sudamericana. Antes no, antes era un edificio en el que vivían militares. Todos del aire. Los que volaban en aviones de ultrasonido. Pero ocurrió que mi país entró en “guerra” con… nada menos ni nada más que con El Imperio Inglés. He leído todo. Desde lo escrito en diarios, libros de historia, de sociología y política. Tengo grabado hasta los nombres de algunos, que para los de mi país, fueron “idiotas útiles” hasta de los que en la “Gran Isla” consideran héroes de guerra. He leído diarios donde se mofan, otros donde los enaltecen y otros con diatribas incontables.

            Bueno, cada mañana cuando espero el elevador, en el fondo hay un muchacho moreno, usa un bigote armado, delgadísimo y serio. Le digo “Buenos días” y sonríe y hace un gesto amable, pero no habla. Siempre está solo. A veces, lo he visto salir apresurado cuando una mujer joven espera ingresar al pequeño habitáculo con dos niños pequeños. Una nena y un varoncito. La nena, sonríe igual que él. El varón es muy triste y nunca sonríe. La mujer… ni habla, ni se ríe, sólo trabaja. Se nota que lleva los chicos a un colegio cercano, público, porque no usan un uniforme establecido. Ella sale casi como yo, corriendo sube a un viejo coche destartalado y parte por calle Córdoba hacia el sur. Nunca pude entablar una charla con ella. Se viste siempre de azul oscuro o negro. ¡Bueno las mujeres de nuestro país somos de vestirnos con colores oscuros y lamentables! Así, han pasado varios meses y años. Como siete años, diría yo. Hoy, la nena, me dijo que se llama María Loreto, (¡pobre qué nombre que le han puesto!) me dio charla. Este año cumple quince años y quiere ir a Disney, pero la madre no le puede pagar el viaje. Su pensión de viuda, no le permite. Así supe que la mujer es viuda. La “Lore” (como me dijo que le diga), me contó que igual ella no deja de soñar, espera un milagro. Y yo le dije que no dejara de soñar. Así comenzó una charla amable y les conté que trabajo en el diario y que vivo sola, que soy del interior, etc., etc. La madre siempre callada y el chico solitario mira hacia la nada.

            Comienzo ahora, por contarles que hoy, justo hoy cuando en la redacción trabajaba en un reportaje a unos ex soldados de Malvinas, cayó en mis manos una foto. La foto tiene cincuenta y cinco retratos de aviadores que lucharon allá; de todos los hombres que murieron en la Isla del Sur y casi me desmayo. En la primera fila, superior derecha, veo el rostro del hombre que viaja con nosotros en el elevador cada día.

            Cuando al regresar hoy, Lore me mostró la foto de su papá, otro sofocón, el que me mostraba es el mismísimo de la foto que ví esta mañana. Espero subir como todos los días al ascensor, para saber si aun viaja con nosotros y ¿A dónde se dirige? ¿Me animaré a preguntarle? ¡Qué oprobio no saberlo antes! Capaz que le pida el milagro para que Lore viaje… ¿podrá hacer algo?

LA NUBE DE TU CAMISA TRABA TUS LINDAS PIERNAS


 

El castigo será cruel. Piensa que el padre supone que siempre será el dueño de su vida. Si advierte que ella tiene un secreto se volverá loco.

Suenan las campanadas del reloj de carillón que preside el salón. Es una herencia de los abuelos y le temo. La abuela nunca pudo imaginar que, atraviesa con el sonido cada instante de dolorosa soledad en esa casa. Otra vez se ha escapado. Se desliza por una breve brecha que se abre entre la puerta y el cancel de cristales profusos.

Su padre, el que la ha criado, es un hombre cruel, egoísta y no permite que las “mujeres” de la familia vivan nada sin permiso. Cosa que nunca da. Ya ha cumplido treinta años y ligera de emociones se permite una pequeña locura. Simple cosa para sobrevivir al personalismo férreo que incrusta con todas sus manías. Fóbico e irracional fue viendo nacer canas en el cabello castaño de la muchacha que adoptara al casarse con Julieta, su madre viuda.

Ella sin carácter dejó hacer a despecho de crueles pláticas de amigos y ex compañeros.  Su padre muerto en combate ya no era sino sombras. Ligera de emociones nunca tuvo la oportunidad de hacer con libertad una vida.

El tiempo puebla su piel y su figura con marcas casi imperceptibles. La mirada celeste es un lago profundo de nostalgia que se va cubriendo de tristeza. Inventó tantos sueños como su inteligencia le permitió.

Ha leído en el periódico la existencia de una academia de danza y su mente cabalga por el precioso valle de la esperanza. Inicia así la aventura de escaparse a la hora más intensa de la noche. Chirria el piso de madera y su gato maúlla alborozado cubriendo su pisada. Ella queda paralizada. Nada. Sonríe agradecida al felino que ronronea sin alarde entre sus piernas. Su padrastro ronca y el ritmo de los pulmones anuncia la profundidad del sueño. Se desliza por la alfombra en sombras hasta el pie de la cama. Desabrocha el abrigo y se desploma sobre las formas femeninas una larga camisa de seda azul que la envuelve como enorme pétalo de lirio. Sus piernas blancas resaltan el nacarado de la piel desnuda. Recuerda asombrada y palpitante las palabras de su joven profesor.

“Abril, la nube azul de tu camisa traba tus lindas piernas que como dos rosas blancas acarician el suelo” Riéndose siguió dando vueltas y vueltas en el mármol blanco donde aprendía a deslizarse como una libélula. En su pecho cayó una lágrima de felicidad. Sintió por primera vez el sabor agridulce de ser mujer. De ver en los grandes espejos que aun podía palpitar, no con ese hombre que carecía de masculinidad pero que sí tenía el sentido estético exacerbado.

        Ya en su dormitorio se deja llevar por el recuerdo. Se mira al espejo y éste le devuelve la imagen de una muchacha que tiene aún una buena figura. Se recoge el cabello entrecano, y corona su frente con una guía de flores de seda. Cuando alza la vista siente la cachetada que la tira sobre el piso de la habitación. Un hilo de sangre comienza a brotar de su labio inferior. El sabor de sangre la empuja. Toma su abrigo y como puede se incorpora. Camina hacia la puerta de salida. Lo último que oye es una palabrota de la boca siempre grosera de su padrastro y sale envuelta en la camisa azul y sangre. Afuera la espera la vida.

Y QUE PATATÍN...Y QUE PATATÁN...

 

…y que patatín y que patatán, siguió diciendo cosas sin ton ni son.

 

            Las nubes difuminaban los aleros del viejo caserón. Diulka, se enfrentó con la sólida figura de Yurka Jaroliw. Éste con la mirada áspera y soto terrada, le ha marcado el rostro con un revés. ¡Siempre igual! Porque no lo miró como a él le agrada. Ese machismo relajado de su pueblo montañés. Ella ha recuperado las ovejas diseminadas por el valle, limpió los gallineros, alimentó la cerda que está pronta a parir y ha cocinado un buen “gulasch” para Yurka. ¿Qué más puede hacer para tenerlo conforme?

                        Recuerda cómo ha llorado su madre cuando el abuelo le informó que venía Yurka Jaroliw a llevarla como esposa. Pero las mujeres en su tierra no tienen voz. Menos las viudas de guerra. Su padre murió en un hoyo infecto en la frontera. Una granada lo disolvió en el barro.

                        A su marido no pudo darle un hijo. Tal vez es lo que ese hombre le enrostra cada vez que toma alcohol preparado en su viejo alambique de cobre. Vuelve del cobertizo, tambaleándose y murmurando palabras sin ton ni son. Ella no entiende ese dialecto del marido. Y él, nunca le aclara el significado de sus palabrotas que a los gritos profiere con el puño elevado al cielo. Es un necio. Le teme, como todas las mujeres de ese pueblo temen a los hombres. ¡Es cierto, piensa, siempre me ha permitido ir a la feria, me ha comprado telas para hacer los acolchados y su ropa, que arregla el techo después de las tormentas! Es cierto. Pero ella cuando va a la plaza donde merodean los jóvenes del otro pueblo, sabe que la miran con codicia. Diulka es bella. Aun joven con veinte años. Seis lleva casada. Usa el cabello entrelazado con cintas negras como es la costumbre entre las de su clan, los zarcillos de granate de su abuela brillan en las pequeñas orejas transparentes, es su único lujo; y los ojos, esos dos cielos de primavera, rodeados de sombras, le dan apariencia de tristeza. Diulka es triste.

                        Yurka, la observa. La atrae y fija la mirada en su rostro arrebolado para descubrir algún secreto. Ella, no tiene ningún secreto. Sólo miedo. El Pope, le ha dado una estampa del Santo Patrono y reza. Siempre reza. Pero el hombre no habla. Sólo vocifera cuando bebe. Esta tormenta, con nubes de extraño color naranja, parece esgrimir una amenaza. Y Diulka, se refugia en la cabaña, los animales aúllan, porque presienten.

                       

 

 

 

De pronto se estremece la tierra. Comienza a brotar agua hirviendo de grietas que como pústulas amargas se abren en el pequeño campo.

Surge un bramido aterrador y todo se desbarata; los caballos relinchan y cocean desesperados. Diulka apresurada, abre los cierres del granero. Allí, tirado entre parvas de heno, su marido duerme. Un fuego arremolina cada trozo de madera del galpón en llamaradas gigantes. Ella, suelta a los animales. No hace otra cosa que huir. Corre, corre y se pierde entre los nogales en llama.

 

VALERIA

 

            Su edad era esa intermedia entre niña y mujer. Su carita aun desdibujada solía resplandecer con un maquillaje fuerte que borraba sus bellos rasgos. Llegaba al colegio en el coche de la mano de un chofer que la había visto nacer y para quien era como su niña. Había sobornado a su modista con besos y promesas para que acortara la falda del uniforme y sus largas piernas juveniles, brillaban con las medias que le trajo su papá de París.

            Alegre, chispeante y siempre risueña, sus compañeros la miraban con un cierto desdén. Las chiquilinas, aburridas por su eterno bienestar, la envidiaban ya que sentían muy vacías sus vidas. Tenía apenas trece años y en primavera cumpliría sus catorce, para lo cual, sus padres habían programado un crucero por el caribe.

            De reojos la miraban los muchachos de los años superiores y más, cuando se conoció que su abuela materna, le había heredado un campo con un “castillo” cuyas partes principales viajaron desde Italia, Francia y otros varios países de Europa, en las bodegas de enormes vapores. Con ellos edificaron un suntuoso caserón que era el mejor proyecto del arquitecto irlandés de moda en los años veinte. La estancia poseía como diez mil hectáreas y sus haras eran famosas en Inglaterra por la calidad de caballos que allí se criaban. Así, era Valeria, la muchacha que lideraba el minúsculo grupo de elegidas por los hados.

 

            En la oscuridad del callejón donde encontraron refugio, tras una puerta semioculta por una hiedra, apareció el cuerpo desmadejado y sangrante de una despeinada matrona  sudorosa. Transportaba los despojos envueltos en sábanas sanguinolentas. Desde las ventanillas entrecerradas de un viejo automóvil unas manos temblorosas recogieron los desperdicios y desaparecieron. Arrastrando el cuerpo exánime de una mujer, un soberbio muchacho, se alejaba apresurado por el callejón. El cabello rubio, alborotado, encubría el rostro juvenil. Apenas podía cargar a la que allí desparramaba una estela de sangre que fluía despacio por sus piernas. Las manos cenicientas desenlazaban temblorosas sus ropas sucias.

            En la noche, parecían dos cadáveres palpitantes. Aterrados. Estaban aterrados. Imposible hablarse o compartir el dolor que cada uno tenía en su interior. Valeria, apenas podía sobornar la muerte que rondaba entre sus piernas. Su hermano, loco de terror, sollozaba por tener que enfrentarse solo a la abominable aniquilación que había compartido. Sintió deseos de soltar a Valeria y correr. No pudo. Ella confió desde el miserable momento en que supo con estupor qué le estaba sucediendo en su frágil cuerpo adolescente. Estaba sola, tan sola que sólo pensó en su hermano. Él, que siempre había sido su máximo enemigo, ahora era el único apoyo y sostén. Si su padre regresaba de Estambul y conocía lo que había sucedido, seguro, la internarían en algún colegio de Suiza o Austria, adonde no tuviera con quien hablar ni compartir nada.

            Su madre, estaba estrenando un nuevo marido y viajaba por las islas del Pacífico. Nunca entendería.

            Con sumo esfuerzo, logró colocarla sobre el asiento trasero. Envuelta en una manta dejó a su hermana. Deliraba. El dolor la hacía delirar. Subió al volante y manejó sin mayor apuro, para evitar encontrarse con la policía, hasta la casa de su chofer. Cuando llegó, hizo un guiño  con las luces y el viejo amigo salió a recibirlo. El espanto se reflejó en sus ojos. Un rugido abrió la garganta del hombre. Llamó a su mujer, quien al ver a  Valeria, se santiguó y sostuvo que tendrían que llevarla a una clínica. Estaba muy mal.

            Ya con la seguridad de años como padre sustituto, llegaron a la clínica del sur de la ciudad. Un médico de guardia, sostuvo con desesperación el cuerpo exánime de la joven que se desangraba. Como un rayo, colocó una bolsa de sangre. Sin preguntar ingresó a la muchacha al quirófano y junto a otros galenos, comenzaron la difícil tarea de salvar a Valeria. En el máximo secreto, hicieron todos los trámites, para que no se supiera quién era esa pequeña moribunda. La mirada áspera de los médicos, sellaron con su mutismo lo que había sucedido. Una joven sicóloga la despertó, pasado el trance de mayor peligro. ¿Qué había hecho para que, siendo tan adinerada cayera en semejantes manos asesinas?

            Su cuerpo estaba tan frágil, su salud tan al límite, que apenas podía abrir los labios para responder. Una historia de horror, que pudo ser su última historia, había convertido su alegre existencia juvenil en un verdadero abismo. Habló sin pausas. Su voz apenas audible parecía un mantra.

           

            Cuando llegó de Estambul, su padre, se sorprendió al ver la palidez del rostro de Valeria. Su risa muerta en los labios sellados. Sus ojos orlados de una espesa niebla oscura. Un mutismo insoportable la convirtió en una anciana de quince años. Nada parecía interesarle. Todo lo intentó, desde regalarle un auto deportivo de famosa marca, hasta invitarla a viajar en un crucero por las Antillas.  No hubo ninguna señal de volver a tener a su niña adorada. No volvió a sentirla parlotear por horas por el celular con sus amigas. Pedía que contestaran que estaba ausente cuando alguna amiga le llamaba. No salía. No jugaba más al tenis ni al golf. Una pequeña renguera hizo que el padre notara un cambio en el cuerpo. La llamó y la interrogó. Un grito de dolor hizo que su querido progenitor, diera un salto y abrazándola, le suplicó que le hablara sobre lo que le sucedía. Valeria sólo pudo llorar. No logró decir la verdad de su amargura. El tiempo pasó. Hubo otros viajes de su padre, y otros maridos para su madre.

 

             

INTRIGA DEL MÁS ALLÁ


         Las piedras del estrecho camino malgastan las suelas de los zapatones de Jeshua. Un olor acre a sudor mezclado con excremento humano y orín, cachetea el buen humor del joven arqueólogo. Su buen gusto y educación refinada lo deja pávido. ¿Eso será todo el tiempo? Ha llegado a Tel Aviv, el jueves. No quiso esperar el sabash, para conocer la sinagoga más famosa entre los conocedores de arte de París. Cuando ingresó, lo afrentaron los enormes bitreaux de Marx Chagal. ¿Qué maravilla! Quedó un rato largo disfrutando el ingreso del sol en los cristales multicolor. Pensó en la gente de África y recordó sus disputas con ciertos clérigos católicos. Sonrió. Un rabí se acercó y lo invitó a salir. La sorpresa lo dejó en silencio. ¿No estaba siempre abierta la gran sinagoga? No. Hay atentados, dijo el rabí y suavemente lo empujó cerrando la enorme puerta. Tras él, quedaron sus contradicciones.

         Ya en la calle buscó un taxi e hizo que lo trasladara a la Terminal de micros. Allí buscó el transporte que lo condujo a la zona de Haifa. Se durmió un trecho. Despertó en dos oportunidades en que soldados armados detuvieron el bus para observar la documentación de quienes viajaban. Sus armas, ametralladoras modernísimas,  los hacían desplazarse con cierta dificultad. Sus rostros desencajados, lamentables, miraban con asombro a los viajeros extranjeros. Cargaban granadas. ¡Tan jóvenes! Piensa. Esos muchachos crédulos. ¡Cretinos! ¿Quiénes? ¿Los  jóvenes muchachos que van a la muerte o a matar o los que detentan el poder? ¡Políticos inútiles enquistados en sus bancas sin lograr una paz entre los beligerantes! Desciende y se ve rodeado de un gentío promiscuo. Árabes, monjes cristianos, turistas del mundo, palestinos, más monjes cristianos, mercaderes, orientales cargando electrónica que atrapa o pretende atrapar la historia… idiotas. ¡Todos idiotas! Todos.

         Camina sin detenerse. Allí el olor es diferente. El vientecillo alarga el perfume del mar lejano. Sonríe. No es muy diferente del metro de París. El tufo humano, ahora que se ha poblado de gente extranjera: árabes, africanos; esta población es idéntica a la parisién. Reconozco que los parisinos no somos muy amigos de gastar agua en duchas largas como los americanos, pero toda Europa tiene poco agua y el mundo estará en guerra por el agua en los próximos siglos…Recuerda su beca en New York. Allí no era un lujo bañarse. Sigue transpirando para mimetizarse con el gentío. Su meta es la tumba que ha encontrado debajo de un antiguo muro Rudolf, apenas una semana antes. “Es del siglo I, y está intacta” – ese fue el e mail que recibió. -“Ven urgente” - y para allí partió en cuanto tuvo su visa aceptada. Convocatoria y solicitud que emanaba de un equipo multidisciplinario, que si bien estaba diseminado por otros territorios, se juntaba en 48 horas tan pronto se comunicaban.

         Primero llegó Celso Mucci, especialista en excavaciones; luego Damaris Hainzhë, doctora en desconocidas lenguas muertas; a Chakravarty Dattha, joven indi, investigador de las interrelaciones religiosas de oriente y occidente, costó recuperarlo, ya que estaba prisionero de los talibanes y se tuvo que recurrir a una fuerte presión de príncipes sauditas. Su liberación fue aplaudida por el mundo entero. Julios Patershonn llegó tras él. Geólogo e ingeniero avezado en capas tectónicas, era imprescindible para este trabajo y estaba en la zona de Nazca. Los demás eran colegas de Israel. Conocen su suelo, sus costumbres y nos facilitarán el movimiento. Pensó y comunicó al equipo ávido de comenzar.

 

ZENÓN SOSA, EL VIEJO


            El sol penetraba el sudor grasiento del cuello del hombre. Febril, con las manos ensangrentadas, escarbaba entre las piedras y cascotes de roca que habían explotado sobre su compañero. Recordaba aquél día en la taberna, cuando el Belisario Yuspe, habló del oro. Les contó la leyenda que había escuchado de boca de sus antepasados. Una historia que se transmitía de generación en generación.

Allí, en esa montaña sagrada para los huarpes, había vetas de oro que los extranjeros, en tiempos de antes no pudieron encontrar jamás. Esos rubios ladrones que habían llegado de quién sabe dónde a quitarles la riqueza. Esos hombres rústicos se enamoraron de la historia. Zenón Sosa cuatreriaba, por causa del cierre de la Mina de Cobre El Retortuño.  Los gringos la compraron para dejarlos sin trabajo y sin mina.

Ahora arriaba caballos de los campos y él, perdió todo. Tal vez, ése era su destino; arrancarle a la roca la sangre mineral que escondía y salir de la pobreza. ¡Maldita pobreza del hombre de la tierra! Lo buscó al Lisandro Quiróz, compadre, y lo invitó. ¡Vamos a intentarlo!

            Mucho costó juntar una pequeña recua de mulas, que apenas cargaron. El Lisandro, trajo candiles y cartuchos de dinamita que robó en el polvorín de Uspallata en una noche oscura. Se había arrastrado bajo las alambradas, distrayendo a los guardianes con su perro que era un maula. Inteligente el animal, se hizo el herido jugando con los sentimientos de los guardias. Los cartuchos eran seis, pero causó alarma en el pueblo cuando el griterío hizo que una patrulla arremetiera fiera en cada rancho, buscando el explosivo. La redada no dio con ellos que ya habían salido rumbo a la cordillera. Tenían que jugarse antes que llegara la nieve. Si los agarraba el temporal, iban a volver como el famoso “descabezado”. El Futre, ese misterioso hombre, del que todos hablaban y algunos, entre grapa y grapa, decían haberlo visto cuando cruzaban para Chile. -¡Es mentira...! – pensó el Zenón, -¡Son embuste de hembra para justificarse con su hombre cuando se preñan de otro!- y escupiendo la tierra, hizo una cruz de barro para confirmar su dicho.- ¡El Futre no existió nunca, Lisandro, ¿usté se piensa que un señorito de ciudá, va dirse al campo ansí como ansí nomás, sin priendas güenas? Busque el mejor poncho que encuentre para pasar el frío, la cordillera es una puta.¡ Mujer arisca! Y el oro puede que se nos niegue si está tan dentro.”

            Salieron apenitas clareaba el día. Huían de los milicos. ¡No fuera que los sorprendieran con la dinamita! En la cuesta empinada cada metro era más difícil. Los cardones espinudos, indicaban la altura. El Lisandro se recordó que había una maldición que contaban los huarpes. El miedo no lo hizo recular, era bien macho. Zenón sudaba a pesar del frío.

Las manos arrancaban las piedras tratado de sacar al compadre. No había tiempo que perder. 

No miró el brillo del oro, luchó. Una lluvia de escombros lo tapó. El “Descabezado” tranquilo se alejó de la mina. Había hecho lo suyo, cumplía con el mandato de los Huarpes, “El oro huarpe no iba a ser de nadie, la Pacha Mama era la única dueña

 

 

Vocabulario:

Huarpes: tribu de nativos de la región de Cuyo, en la actual Argentina. Sus costumbres     tranquilas y de laboreo de la tierra los hizo ser dominados por los Incas y luego se mezclaron con los españoles en la conquista. Quedan aun familias descendientes de Huarpes en la zona de Lavalle y Malargüe.

Cuatreriando: cuatreros: ladrón de ganado.

Uspallata: pueblo de frontera entre Argentina y Chile.

Futre: leyenda que cuenta que en una apuesta un hijo de hombre principal, prometió cruzar a Chile a caballo y sólo vestido con frac, galera y capa. La leyenda dice que se congeló y el caballo regresó a la ciudad con el muchacho erguido pero que en el galope había perdido la cabeza. La gente de campo dice que se aparece entre las montañas antes de los temporales de nieve para prevenir a los que osan viajar sin cuidado.

¿Usté se piensa que un señorito de la ciudá, va dirse al campo ansí como ansí nomás sin priendas güenas?: sociolecto propio de hombres rústicos del campo argentino.

Naides: idem a lo anterior: nadie

Maula: malo, falso, pícaro.

Pacha Mama: diosa de la tierra en las comunidades nativas.