lunes, 20 de mayo de 2024

JOVEN DESCONOCIDO

 


               Al fin, todos la habían visto menos ella. Era la casa más antigua de Lago Hermoso. Tenía un parque de más de mil metros, que según decían fue hecho por un famoso paisajista inglés a principios del siglo veinte. Los mármoles eran italianos y la herrería española. Un estanque formado el arroyo que atravesaba un sector del jardín, estaba lleno de aves acuáticas y plantas con flores. Leticia caminó sorprendida por el alto pasadizo de árboles gigantes. Cada rincón de la casa le atraía por su color a tiempo desgastado. El musgo había marcado cada piedra, cada estatua, cada columna con una pátina inusual. Luego, entre el alto matorral, se sorprendió y gritó. Nadie le había hablado de ese extraño personaje que encontró frente a sí. El hombre, era un ser verdaderamente feo, desagradable. Por su rostro una enorme cicatriz atravesaba su mejilla izquierda y su párpado casi oculto tras una larga melena rojiza mostraba la falta de un ojo. Su paso casi imperceptible la había dejado paralizada. De los labios desdentados apenas salió un agudo chistido y con sus manos agudas mostró un mastín que ferozmente le hacía frente. Leticia, cerró los ojos y dio media vuelta para regresar a la casa. Un dedo afilado y mugriento se lo impidió. Su camisa entre esas manos horrorosas, parecía un mantillón de fiesta. Se detuvo y observó la figura. Apenas gesticulaba. ¿Era eso una sonrisa? Soltó el hombre a Leticia y le dio un ramillete de violetas y juncos en señal de amistad. Ella sonrió levemente. Ya sin tanto temor y le preguntó quién era. El infeliz, comprobó, no podía hablar.

               Él partió sin antes hacerle una inusitada reverencia. El dogo salió tras el hombre sin siquiera gruñir. Se perdió tras una alta pared de piedra cubierta de enredaderas y zarzamoras. Un griterío de pájaros y aves silvestres cubrieron el paso sobre los adoquines que tapizaban parte del camino. Al divisar la fachada de la casa suspiró. En la balaustrada vio la figura varonil de Ezequiel que esperaba que los ayudantes terminaran de acomodar los muebles. El camión que los había traído ya estaba casi vacío. La tarde se imponía con sus cálidos colores morados y sus ruidos. Verlo le tradujo el miedo en alegría. Se acercó casi corriendo en el último tramo. Las risas claras de Romina y Tatiana le ampararon las nostalgias de ese cambio de hogar. La pobreza había terminado y por fin la vida recobraba el orden natural. Recuperar la casa era el principio.

               Todos, esa noche se sentaron a comer sabiendo que nunca volverían a ser los mismos después de tanto sufrimiento. Que ya no regresarían ni el primo Jeremías ni Mario. Ellos serían una presencia en el recuerdo. La charla igual se hizo amena. Había mucho por hacer y decir sobre esa casa y Leticia contó el inesperado encuentro en el bosquecito de castaños.

               Ezequiel quedó perplejo. No conocía ni tenía noticias que por los alrededores vivieran hombre alguno; lo que lo llevó a tomar medidas de precaución con respecto a puertas y ventanales exteriores. No obstante nunca supieron que en forma permanente fueron observados por aquel desconocido.

               Transcurrido algunas semanas nadie volvió a hablar de ese episodio. Romina continuó su rutina con el piano. Su Chopin y Schubert mejoraban día a día. Tatiana iba y venía de la ciudad con sus telas adamascadas y terciopelos con los que fabricaba capas y ropa para damas que comenzaban a hacer vida social. Leticia consiguió que un posadero de la ciudad le comprara todos sus pasteles y dulces. Así la casa era una permanente fábrica de productos caseros. Había que recuperar lo perdido en la “quiebra” del abuelo. Ezequiel tenía el deber de trabajar los campos y hacer rendir los establos.

               De vez en cuando aparecían hombres pidiendo trabajo o acilo y ellos le proveían de algún apoyo pensando en sus parientes en “paro”. Una tarde de invierno cuando ya estaban junto a la chimenea, Ezequiel sintió ruidos en la leñera. Tomó su rifle y salió. Allí se enfrentó con un personaje atroz. Éste, al verlo, se quedó sorprendido. Lo encontró con unos leños entre sus brazos. El hombre parecía un mendigo. Tal vez era un forastero hambriento, pensó, y recordó que Leticia le había hablado de un encuentro semejante. Interrogó, pues, al hombre y éste tratando de zafarse, dejó caer la madera e intentó salir. No se lo permitió. Cuando quiso prenderlo del brazo para introducirlo en los cobertizos, el viejo mastín atacó. Salvó la mano gracias a la gruesa capa de fieltro. El menesteroso, tomó al animal con fuerza y evitó un accidente. Agradecido, Ezequiel lo invitó a pasar y el hombre entró por su voluntad a la cocina. La sorpresa de Tatiana y Romina no se hizo esperar. Cada una soltó una palabra de desagrado. El pobre infeliz se acurrucó junto al hogar, se despojó de un viejo abrigo sucio y calentó sus manos contrahechas en el calor. Al entrar allí la cocinera se persignó. Miró al muchacho y les comenzó a relatar su historia. Ese mozo, no tenía aun treinta años, había sido hijo del patrón con una muchacha de servicio. Lo había abandonado de pequeño. El muchacho, siempre se dedicó a cuidar animales y un funesto día cayó un rayo en su cabaña. Se produjo un incendio,  lo atrapó una viga, lo encontraron medio muerto. Se había quemado la cara y roto la mandíbula, perdió parte de la lengua..., en fin un desgraciado accidente. La mujer le proporcionó un cubo con agua caliente, se bañó  y Ezequiel le dio ropa de Jeremías que había quedado en el desván. Así descubrieron un muchacho joven, fuerte y con un enorme potencial para las innumerables tareas de la casa. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido.

               ¿Cómo harían para recuperar su confianza? Tal vez con el tiempo aceptara a todos en la casa y regresara.

 

 

 

                         

LA SELVA INQUIETA

 

           Recogió la red, el espinel y las boyas. El agua crispaba la barca que se arrebataba en la orilla. “Tucú” saltó hasta la arena húmeda y ladrando se perdió entre los camalotes. En un costal, juntó los pescados que le había regalado el río. Su río. Esa lengua feroz que solía maltratarlo con la creciente que llegaba desde el norte. Ese día llevaba un buen almuerzo para su familia. Ya eran siete. Se agregaría su suegro y su cuñada pasada la época de cosecha de tabaco en Oberá.

            Descalzo, con su cuero libre al viento, sometió la humilde barca a un empujón fuerte y la ató a un ñandubay. El sol amainaba con la tarde. Y el calor se escondía como niño travieso. Se puso una camisa sudada. Calzó unas ojotas de goma y dejó el bote. Caminó silbando un “chamamé” para que su mujer supiera que volvía.

            De lejos vio el vuelo errante de los cardenales que regresarían buscando alimento para sus pichones. Algunos loros y guacamayos coloridos iluminaron sus alas con los últimos rayos de sol. Con cuidado, por las yararás, camino el trecho que lo unía a la casa. El techo de quincho y palmera resistía las lluvias en la primavera. Él, subía a revisarla y a veces encontraba bichos y arañas entre las cabreadas.

            La tierra apisonada le dio tranquilidad, los niños alborotaban el pedazo de terrón ganado a la selva que perpetua, agredía el espacio. Machete en mano, cortaba cada nueva hierba que intentaba asomar del piso. Era su templo, su lugar en el mundo.

            ¡Pero el río…ese era su amado bienhechor! La María, asomó su rostro quemado por el fuerte clima del monte. Ya estaba lista para parir de nuevo, su gran milagro era tener hijos sanos y felices, en ese pequeño mundo vegetal. Cuando entró, echó la carga sobre la mesa achuelaza junto al fogón y los fuegos, calentaban agua para que los “gurises” no enfermaran de parásitos y otros males. Hacía un para de años pasó el lanchón de prefectura y una médica blanca y joven le enseñó un montón de mañas para que nadie fuera a necesitar ir al pueblo.

            De la chacra, sacó limones y paltas, hizo una ollaza de pescado frito y caldo, el pan crujiente sacado a la mañana del horno de barro, acompañó el hambre de los niños y de Servando.  Se tiró en la hamaca, a fumar un tabaco envuelto con miel de camoatí y se quedó dormido. Miles de insectos le perforaron la piel. Nada lo despertó.

            La luna anaranjada iluminaba el espacio de selva ruidosa y libre. María, cerró los ojos sonriendo. ¡Ese día habían comido bien los “cunumí”! Un carayá curioso se aseguró un lugar sobre el hombro de Servando. Se despertó el hombre y de un manotazo lo espantó, justo para ver que una serpiente se acercaba silenciosa a sus pies. Sacó el facón, lo blandió con destreza y cayó la cabeza de la maligna. Mañana recogería el cuero para estirarlo. Pagaban bien los cueros en el boliche.

            Pasaron dos o tres días y llegó un hombre que no conocían. Se presentó con gestos raros. Desconfiada María, se guardó en el rancho. ¡Que hable con Servando!

            ¿Qué quiere? Unos niños no pueden vivir sin ir a la escuela. Dijo y miró de frente muy formal. Me manda el intendente para que inscriba a los chicos. Y le pidió documentos. ¡Ninguno lo tiene! Dijo el padre y el hombre endureció el seño. ¿Cómo? ¿Y usted? Tampoco, acá no necesitamos esos papeles. Además, cuando el río crece se moja todo y se pierde el sello y la escritura. Entonces, me tiene que acompañar a la prefectura. ¿En calidad de qué? De… detenido. ¡Usté está loco!

            María se acercó, su mirada sombría imitaba una yarará vieja. ¡Acá nadie se va! Y menos el Servando, que trae la comida todos los días. O me dará el pescado y la nutria o el capibara usté. Salga de nuestra casa y de nuestra selva.

            El hombre, cabizbajo se fue alejando con la cabeza torcida. Ya verán estos torpes. Volveré con un gendarme. Y se acabarán los pretextos.

            Pasó un tiempo y llegó la inundación. Y con ella el rancho se fue desdibujando en la selva. María y Servando con su bote se habían ido, lejos con sus niños y animales. Cuando vino el prefecto a buscarlos sólo encontró un trozo de tapera y la selva que envolvía todo. El ruido de insectos y guacamayos era el sonido de una sinfonía intermitente de vida en esa jungla.

             

           

MARTHIN LUTHER KING

 


Luces y sombras en tu morada

Hombre de palabras y de acciones

No violencia

Camino silencioso a la libertad

Amor fraterno.

Grito sin expresión de pánico

Alarido de labios apretados

Caminante de huellas fantasmales

Que atormentaron los prejuicios.

Un estallido de garganta herida

Sale una mariposa de color de sangre

Lame el viento la palabra “Freedon”

Dios en tus manos vacías y dormidas

Dios en la conciencia de los otros hombres

Dios perdonando el oscuro intento de tu muerte

 

Hombre sin sombras. Luminaria en la tierra.

Caído. Desterrado al silencio. Muerto.

El hombre con nombre de rebelde cristiano,

Vive en la memoria de un pueblo que espera

Libertad, libres, libertos y librados.

Negritud asombrada con estirpe de reyes

Que se asoma en la tierra violada.

JUDITH

             Habían llegado los soldados. La calle era un doloroso espectro de gente en fila que se arrastraba con los pequeños bultos que les permitían los infantes del ejército. Los gritos asustaban más que sus cuerpos jóvenes y maltratados. De ambos lados, los que como fantasmas ambulaban con la mirada perdida y los que los arreaban como ganado.

            Yo había salido de la oficina donde mi patrón me mandó a llevar papeles muy importantes, cuando me crucé con una mujer, cuya mirada desesperada, arrastraba una carriola en la que una bebé indiferente se adormecía. La estrella amarilla pegada en su raída ropita de fieltro, me acerqué. Un grito me dejó casi paralizada. Pero no era para mí. Se había caído una anciana. Aproveché y cogí a la niña, mientras la madre dejaba en mis manos un pequeño bulto con algo desconocido en ese momento. La mujer no tenía lágrimas, pero suspiró y me rogó. “Se la dejo, es suya ahora, gracias”.

            De pronto era una madre. Los pocos metros que caminé envolviendo la beba, fueron kilómetros en mis latidos locos de terror. Si me habían visto, yo sería una más en las largas colas de los sentenciados. Me escabullí por calles oscuras y grises. Las ventanas cerradas, las puertas rotas, acribilladas. Negocios apedreados y mutilados por los vándalos.

            Llegué a mi barrio, único barrio católico dentro de la zona. Más al norte están los barrios protestantes con sus templos cerrados. Nosotros participamos en las noches de algunas ceremonias, siempre escondiéndonos por las dudas que también nos atacaran.

            Me llamo María de la Misericordia. Soy sobrina del párroco español que hace más de veinte años fue trasladado desde España a Alemania. Me dicen Mani desde muy pequeña. ¿Nunca supe bien porqué!

            De repente al ingresar la vecina me miró raro, pero yo apoyé mis dedos, que tiritaban, sobre mis labios y entré cerrando la puerta de ingreso con tres llaves y cierres. Nos mueve el terror. Lo primero que hice fue calentar agua para bañar a la creatura. Eso la sedó y se durmió. Debía tener mucha hambre porque buscaba sorber sus dedos. Arranqué la estrella amarilla de su ropa, que metí en la salamandra y quemé, la escondí,  la famosa estrellita, en una hendija  que rasgué en la parte interna de la pata de la mesa de luz. Detrás de dicha estrella habían bordado el nombre de la creatura: Judith Bergman. Y la fecha de nacimiento: 18 de febrero de 1933. Entonces tenía nueve meses y medio. El frío había despoblado aun más las lúgubres calles del barrio. Comí un trozo de pan de centeno y media patata. Cada día tenía que cuidar más la comida que se nos restringía para la guerra. Esa noche dormí apenas.

 

Varias veces vinieron por el barrio buscado gente que se pudiera esconder. Una mañana, me despertaron a las patadas sobre la puerta, que gracias a Dios era fuerte. Abrí, cubriéndome con una colcha, que tomé de la sala, y me enfrenté a dos oficiales de la Gestapo, que me empujaron y comenzaron a revisar todo. Mi niña dormía y despertó llorando, la levante en brazos y acurruqué en mi pecho. Me sentaron y comenzaron a pregurtame miles de datos: ¿De quién es esta niña? ¿Cómo la había concebido si no tenía marido?... Yo avergonzándome, más por mentir que por lo que les dije, me planté y les expresé: “Hace unos meses, más ni quiero recordar la fecha, regresaba de mi trabajo y alguien me tomó de atrás, me tapó boca y ojos, me arrastró tras unos trastos y me violó”. Nueve meses después nació Dulce María, mi hija del dolor. Soy católica y jamás mataría un bebé antes de nacer. No le vi jamás el rostro al maldito que me hizo esto, pero acá soy feliz con mi hija a pesar de no saber quién fue su padre. Dulce María buscaba mi seno, como si supiera que tenía que demostrar que era mi hija. Los hombres miraron toda la casa, vieron las imágenes de Cristo y María Inmaculada, sólo uno se cuadró frente a ellos, los otros se rieron y le dijeron improperios en su idioma de cuartel. Me dieron una cartilla especial y me dieron la orden de ir todos los meses a mostrar al médico del cuartel general, a la niña. Yo me hice la señal de la cruz y la pequeña intentó imitarme, cosa que les causo mucha risa. A mí, paz.

 

Las bombas comenzaron a acercarse, por lo que nos trasladaron a la campiña. Nos instalamos por la organización de nuestra parroquia en una granja donde de ser secretaria me convertí en trabajadora de la tierra. ¡Pero no nos faltaba tanta comida y podía alimentar a mi pequeña niña! Aprendió rápido a rezar oraciones católicas. Ya me encargaría yo a su tiempo de decirle que y quién era, enseñarle los ritos y su historia, la de su pueblo. ¡Ahora no podía ya que le enseñé que era muy malo mentir y que no eran agradables las niñas y niños que preguntaban todo el día el famoso: ¿Y por qué?!

En la campiña era más fácil, pero muchos seres que huían robaban nuestras patatas y animales de granja, tuvimos que hacerles sus nidos dentro de la casa que era una verdadera fortaleza medieval. De piedra y rollizos que difícilmente se podían romper sin herramientas muy fuertes. Sólo una bomba o un obús podían agujerearla.

Un día cayó cerca de nuestra granja un avión enemigo. O amigo. En ese momento ya no sabíamos qué sucedía en nuestro mundo que estaba patas para arribas. Escuchamos de hornos para humanos. No les creíamos, después supimos tristemente que era verdad.

Una noche escuchamos que avanzaban tanques. Eran los que venían a “salvarnos”.

Por las dudas, yo escondí bien los papeles reales de Dulce María y me aferré a la pata de la mesa de luz donde tenía escondida la “estrella con su nombre y fecha de nacimiento”.

Eran americanos, según el piloto, que había caído cerca de nuestra vivienda, que hablaba inglés y alemán, nos pudo explicar  varios temas de estos sucesos.

Me ofrecieron llevarme a la ciudad, siempre con la niña. Como intérprete con los soldados prisioneros que no habían logrado escapar. ¡Pobres, eran niños de catorce y quince años!

Pasé unos meses muy laboriosos, que me dieron como regalo poder ir a vivir a los Estados Unidos de América como exiliada. ¡Acepté! Huí del horror de las verdades que se sucedieron.

Cuando Dulce María llegó a New York, entregué los verdaderos papeles que me diera su madre en ese bultito mínimo al recoger la pequeña.  Ahora se llamaba Judth Bergman. Tenía seis años y la llevé a un templo de su religión, la presenté como una heroína, pidiendo le enseñaran quién era realmente. Todos lloraban, yo también. Ella se aferraba a mi cuello y ellos entendieron que no podían separarla de mí.

Pasaron los años, ella me cuida ahora que tengo 75 años. Se casó con un buen hombre judío, que tuvo la paciencia de enseñarle a ser una verdadera judía. Tuvo cinco hijos y a una de las niñas, le puso mi nombre  aunque tuvo que discutir mucho con muchos que no la entendían, era una forma de agradecer mi amor. Cada noche viene a mi lecho, me da de comer en la boca, porque sufro una parálisis en las manos por tanto trabajar y luego de besar mi frente, como yo hacía cuando ella era pequeña, me arropa y deja una pequeña luz encendida por si la necesito. Aaron su esposo se da una vueltita por mi habitación y me espía, pero yo me hago la dormida. No puedo dormir pensando la vida que nos tocó vivir y el sufrimiento de millones de personas que por defender una Fe, murieron y mueren sin sentido. Armenios, Musulmanes, Tutsis, Utus, cristianos, gitanos, asiáticos y sacerdotes de religiones del mundo que considero, mientras miro por el ventanal las estrellas, que son santos sin estar en los altares de ningún lugar de la tierra.

EN LA TRASTIENDA

 

            El mercadillo estaba repleto de vendedores y transito de comerciantes que a viva voz intentaban atraer  compradores. Los vegetales brillantes y las aves colgaban como flores vivas de colores de los tenderetes. El perfume fuerte, mezcla de mil especies, merodeaba por entre las alfombras y vestidos de mujeres y niños.

            De un pequeño portal, salía una música fuerte que aturdía y rompía los oídos de los caminantes. Azedinne se cubrió el rostro y tras el velo buscó con desesperación a ese hermoso joven que le había ofertado un collar de turquesas en la feria del mes pasado.

            Su padre no le había permitido regresar y le dio varias monedas a su hermano Abdhul para que la acompañara a la Medina. Éste por dinero era capaz de ir hasta a la tienda de ropa del centro más caro de la ciudad. El minarete comenzó a llamar a la oración y todo quedó quieto. Los hombres de rodillas con la frente al piso, rezaban las azuras del Corán y las mujeres de bruces como verdaderas esclavas del Venerado. La mayoría sabía de memoria el libro sagrado, pero por ser mujeres no podían rezar a viva voz como los hombres.

            Un extranjero, las miraba asombrado. Azedinne le escuchó decir que parecían flores negras gigantes postradas en las piedras. Pronto todo se volvió a mover, los hombres caminaron a las tiendas, los ancianos a sentarse en los portales rezando con su rosario de cuentas infinitas y las mujeres como pájaros oscuros comprando con la ayuda de sus hermanos o hijos varones.

            Ella, caminó despacio observando con sus ojos que transparentaban dulzura. Ojos negros de azabache luminoso, se llenaron de tristeza cuando lo vio. Estaba en la  trastienda de un negocio tomado de la mano con una joven extranjera. Su corazón se desmembró. Salió corriendo y su velo voló por el aire. Un susurro de temor y el manotazo del hermano la pusieron en alerta rápido. El muchacho salió tras ella, la alcanzó y le pasó el velo. Mientras la miraba con una forma amorosa y bella. ¿Qué hacía esa extranjera en la tienda?

             Abdhul la sentó en una silla y le ayudó a componerse, para eso era un “hombre” de trece años. Mientras le prometía que averiguaría sobre el joven vendedor. ¡Claro que por un billete!

            Durante los días de la semana,  Abdhul, se entretuvo en la Medina haciendo preguntas sobre el joyero. ¿Es casado? ¿La tienda es de él? ¿Y la extranjera? Toda clase de interrogantes que los mayores comenzaron a preocuparse porque no era bueno que un muchacho averiguara tanto. Todos comentaban sobre su hermana, que había cometido el pecado de hacer volar su velo. Él, avergonzado daba mil explicaciones.

            Su madre comenzó a sospechar. Le quería sonsacar el tan interesante apuro que había adquirido de ir al mercadillo de la Medina. Pero él, serio, solo contestaba que andaba buscando un ajedrez especial. ¡Que Alá, lo perdone! Mentía descaradamente.

            Un amigo del padre apareció por la casa de los chicos. Venía como “casamentero” a preguntar por Azedinne. Y el padre, inocente le pidió una visita de los padres del muchacho.

            Arreglaron la boda. Y dicen que ha quedado en la historia del mercadillo el vuelo del velo de Azedinne al que le han agregado mil fantasías de amor.

DE CACERÍA

 

            Lucio, Marcos, Leonardo y Jorge, decidieron hacer un viaje al sur de la Pampa para hacer un fin de semana cazando. ¿Por primera vez las esposas aceptaban que fueran juntos en la casa rodante de Marcos! Ellos no sabían que ellas tenían planes propios. Usarían ese fin de semana sin esposos para ir  de compras, a la peluquería y comer en algún restaurante de moda. Todos ganaban, ellos no tener que despertarse temprano para ir a sus trabajos y ellas hacer esas cosas de “mujeres” que ciertamente molestaban  a los maridos.

            En la camioneta se acomodaron con tantas cosas que parecía que iban a dar la vuelta al mundo. Rosita, les había preparado sus codiciadas tortitas con chicharrón y las puso en una caja de galletas, que cuando quisieron acordar quedaba la mitad. ¿Eran tan ricas! Partieron bien temprano al llegar a Desaguadero, no advirtieron que en la otra cabina venían los “nuevos” esos que había invitado Leonardo y que no conocían de antes de esa expedición. Lucas pidió que lo cambiaran con el otro grupo para ir chequeando qué tal eran.

            Charló un rato y cuando andaban ya por el campo traviesa, por una de esas rutas de pura tierra, uno de los que viajaban sacó un revolver y disparó a una liebre que corría como libre, no más. ¿Buen susto y bronca se llevó Lucas, tenían por costumbre no llevar armas con balas en la cabina! Puramente por precaución.

            “Las armas las carga el Demonio y la descargan los tontos” decían en cada cacería.

CANDELARIA

 


Odio, Candelaria sentía un odio inevitable, incontrolable. Era una espina clavada en su corazón de mulata. Su vergüenza la dejaba sin palabras cuando tenía que ocuparse de las niñas. Los Lastra eran ese tipo de familia antigua que recibían a las huérfanas para darles un techo, comida y algo de trabajo. Bueno, mucho, muchísimo trabajo. La mayor era una chica callada y triste, pero en su mirada había un desprecio visible hacia las servidoras. Se llamaba Sofía.

La segunda era parlanchina y juguetona, pero educada por una madre muy permisiva, era caprichosa y vivaz, se llamaba Belinda. Y todo el día molestaba con preguntas tontas a las pobres muchachas que ayudaban en la casa. Y la más pequeña, Suspiro, era dulce y sencilla, pero sus hermanas eran verdaderos gendarmes para que no se encariñara con el personal de la casa.

Candelaria, tenía un hermoso cabello ondulado que ataba en una enorme trenza que caía sobre su piel morena en la espalda. Siempre usaba la ropa que le dejaban las niñas, descalza, sus pies de piel gruesa se había acostumbrado a deslizarse sin que la escucharan por las habitaciones de la casa. Odiaba a las tres, porque le hablaban de fantasmas, de demonios que impedían que durmiera tranquila. Odiaba a la madre, porque nunca le permitía ir a ver a su única familia. Su abuela Hersilia, vieja de color que trabajó años en la casa del boticario del pueblo. Ya casi ciega, la habían dejado vivir en la parte trasera de la casa del boticario, un solterón agudo y lleno de melindres que asustaba a la gente con sus espejuelos de oro y su gran bigote cano.

Candelaria tenía que sufrir con las picardías de las muchachas de la casa. Los Lastra eran gente respetada y seca, pero siempre le recargaban de tareas los días que ella podía salir a ver a su anciana abuela.

Odiaba a don Plácido… el patrón, porque cuando nadie lo miraba perdía sus dedos de aguja entre los muslos dorados de la Candelaria. El hombre, la perseguía por los pasillos y corredores de la casa y le tocaba los senos pequeñitos, desde que se hizo una adolescente y cambió su cuerpo de nena en mujercita. ¿Por qué no le hacía eso a sus hijas? Hasta que un día lo vio. Tocaba a la Sofía. Le levantaba la pollerita del vestido amarillo y perdía sus garfios entre la piel nívea de la chica. Y otra vez lo vio con Belinda que la había sentado en sus piernas cuando se hamacaba en el patio bajo las glicinas y enredaderas. ¡No dijo nada! Solo miró y se dio cuenta que disfrutaba ver que el don Plácido era un rufián como el lechero, que manoseaba a la cocinera. Le dio pena por la Suspiro. Era la más buena. La madre o se hacía la tonta o era ciega.

Y ella se quedó callada hasta que una noche entró el patrón a su habitación en calzones y quiso agarrarla. El grito que pegó se escuchó hasta en el gallinero. Salió todo el mundo a ver qué pasaba y la vieron que de un mordiscón le había arrancado un pedazo de carne al hombre. La entrepierna sangraba y el no sabía si llorar o taparse.

Esa noche la patrona le dio con el cinturón una docena de guascazos. A ella, que era la ofendida. Las chicas la escupieron y se mofaron por no haberse callado. Se vistió como pudo, sacó un pequeño atado de ropa y salió despacito rumbo a lo del boticario. Amanecía. Esperó en el zaguán hasta que abrieran. Entró, ya era otro día.

Ese día, doña Hersilia y el boticario, la recogieron como a un perrito perdido. Cuando le preguntaron qué había pasado, no dijo nada. ¿Quién le iba a creer a la mulata que los Lastra eran así?