lunes, 22 de mayo de 2017

CURINAO MAPUCHE

Curinao con sus pies desprovistos, casi arrastrando su pena por las rústicas piedras del sendero. Ha trajinado el invierno entre las altas araucarias. Nada queda de la vieja heredad de sus mayores. Mira sobre el volcán que fuma despacito y piensa en el dios de sus ancestros. Ya ni siquiera vomita fuego, está todo muerto. Un ave grita entre las copas de los álamos y levanta la vista, el indio, para seguir el rumbo del ave. Ésta se pierde en un horizonte de color bermellón y oro. Mira con sus ojos de grafito adormecido y siente en su pecho un fuego novedoso, siente que sus dioses mapuches aún lo miran desde ese bello cielo infinito. Busca de entre sus prendas de lana tosca y saca una pulida "ruca" cálida. Se agacha y limpia un trozo de tierra donde cae aún la ceniza gris del Curirayén misterioso. Lanza las rucas, tibias aún por la sobadura de sus manos... y las tira al aire, como le enseñara Ngenechen el dios mapuche, El de antes de los blancos. Están prohibido entre los huincas hablar de ese dios. Por eso él, ha escondido bien sus rucas viejas. Quiere elevar una plegaria. Hacer un nguillatún, como los hacían los ancianos. Su mujer está tan débil, con su nuevo parto. Ha tenido veintitrés hijos fuertes y ahora, justo ahora, viene a sentirse mal. ¿ Qué puede hacer él, ahí no hay nada... ni blancos, ni maistros, ni curas para darle una mano! Las rucas hablan. Él debe buscar ayuda en Calafquén. Hacia allá camina. Corre. Pasa el sol sobre sus hombros.
   El mediodía cae como un río de lava del volcán y atisba el poblado con sus casas de madera y el humo de las chimeneas grises. Un hombre viene a caballo por el camino sombreado y lleno de musgo. Es Antimilla Punulef, su compadre, que se acerca desde el pueblo. Una sonrisa desdentada le amaina el apuro y el miedo. Se abrazan. La breve ceremonia  los acerca. Pide ayuda.- ¡ Es urgente! ¡Mi mujer puede morirse!- expresa acongojado.
    Antimilla busca a la vieja médica nonagenaria, con habilidad en los secretos. Parten como aves emigrando hacia el rancho de la parturienta en apuros. Prosperino, el nieto de Rosamela, acompaña con su caballo a la anciana que viaja en un carro hecho de madera y cuero, tapada con unas pieles de ovejas nonatas. El grupo avanza rápido en la desolación, a pesar de todo, hay frutillas silvestres y piñones entre las cenizas del volcán dormido ahora. Algo queda para comer entre agua ardiente y agua fresca del arroyo. Se acercan a la casucha y presiente el silencio pesado como lava helada. Un  grupo de niños desarrapados sale al encuentro de los peregrinos. Millaray, la mayora, se acerca con cara de alegría y susto. ¡Viene la médica! Su padre y otra gente que ella no conoce. Tiene vergüenza.
   La comitiva entra en la habitación. Los niños han mantenido caliente el recinto. Panchito y Carmelinda, hacen un caldillo en una marmita ennegrecida por el fuego. Está todo tiznado.
   La Rosamela echa a todos. Sus buenas manos de artista de Dios, harán renacer la vida de ese cuerpo seco de tanto parir y amamantar. Prosperino es el único que puede estar presente y ayudar a su abuela médica. Trae una calabaza con un menjunje y le da a beber a la parturienta. La “dotora” reza en su lengua madre mapuche. Seguro que el dios de los mapuches escuchará sus ruegos. Nace el primer niño, luego el segundo... y corona el tercero. Un ruidosos griterío de las pequeñas gargantas despierta a los hermanitos pequeños que duermen junto al fuego.
- ¡ Nacieron...!- Sí, nacieron. Y Curinao, el padre, se postra ante el Dios Infinito y de su garganta seca sale un
-¡ Gloria a Dios en las alturas, glorifico al Dios de la tierra y de los Mapuches! -
   La vida responde a los llamados del hombre humilde de la tierra. Gracia eterna al que quita las penas del hombre. Curinao, indio noble, recibió en sus brazos los tres niños. Ya tenía veintiséis hijos. Ya cumplió con su sangre y con sus mayores. Con su raza mapuche y silenciosa. Curinao abrazó a Licán Ray, su mujer, le besó la frente afiebrada y le comunicó que ese sería su último parto. Ella le sonrió y lo bendijo. Un suspiro salió de su garganta tibia... ¡ Gracias Dios, que ha tenido piedad de esta mujer! Y se durmió sonriendo.
           
                                                  


UN POEMA VIEJO

Si  me desalojo de los sueños

si me destierro hacia el confín de las palabras
si penetro en el túnel verde del abismo
estaré caminando en el borde del desierto
y la ráfaga indeleble de un beso
transformará mi crepúsculo en una carga de suspiros.
Guardaré el secreto entre las sábanas
Comeré damascos con tu boca dormida
Soñaré inexplicablemente, arco iris de magnolias
Volveré sobre los pasos de la niña perdida
Para amar al hombre que me espera en los sueños.


            

lunes, 15 de mayo de 2017

FUEGO

LIBERTAD… ANSIADA LIBERTAD.

Caminaba por el sendero sobre los acantilados. El viento lo empujaba hacia el mar. Se sostuvo de las enormes piedras que servían de pared evitando que las majadas cayeran por el precipicio. Su silbido atrajo a las ovejas que se habían dispersado para buscar su alimento entre las rocas. Las fue llevando hacia la zona cercana a la cabaña.
Encendió un buen fuego. Crepitaban los leños entre las piedras. Un reflejo rojo  semejante a un sueño crepuscular, se fue apoderando de la cara de Timoty. Comió un trozo de pan con queso que le puso tía Cateryn en la alforja. Sentado se apoyó en el rústico pasto del almiar, y se fue quedando quieto. Esa noche las hembras parirán y algunas necesitarán de mi ayuda.  Se quedó dormido.
Un enorme fuego se consumía frente al hombre que lo miraba con curiosidad. Su figura era extraña. “Levántate y camina”, esa voz era turbia y lo llevaba hacia una elevación del terreno. –“Mira tu futuro, debes aprender a cuidar la llama de tu juventud, si no lo haces, serás un pobre pastor senil, sin hogar”- lo hacía andar entre un estrecho pasaje de tierra árida. –“Si no imitas a tus ancestros, será el fin de tu linaje”- “Mira cómo lo hago yo, habilidad que heredé de mis antepasados y te traslado para que sepas realizar esta faena con escrupulosa precisión”. Y lo veía hacer fuego con una pequeña varilla sobre un tronco. Con unas manos rugosas y descuidadas.
 Se fue despertando con el vagido de las hembras en parición. Corrió, pero era tarde dos habían quedado en pleno trabajo sin poder expulsar los nonatos y estaban muertas. El sol se iba despertando y el fuego de la hoguera se dormía. El tío Jeremy lo golpearía al ver su negligencia.  
Miró hacia la cabaña y vio luz. Ya estaban atareados en la cocina y seguro el primo Isaías, ayudando con los animales y el forraje. Sacó un cuchillo afilado y fue separando la piel de los nonatos y de las ovejas muertas. La carne sería secada y ahumada, las pieles guardadas por valiosas.
Cuando terminó, comenzó a silbar y arrastró a los animales hacia el corral. Al ingresar a la cabaña, la tía Cateryn estaba arrebolada con el fogón donde se cocinaba una sopa de habichuelas y carne  de conejo. Se detuvo ante la imperiosa voz del tío. –Jovencito… ¿cuántas ovejas nacieron anoche? ¿Y qué traes ahí entre tus prendas?
El ancho capote de lana no logró ocultar el bulto de pieles y carne. –Nacieron siete y dos murieron… en el trabajo de parto. -¿Madre y cría? No puede ser y ¿Tú qué hacías para evitarlo?- Y se fue a la clava donde pendía un lazo de cuero. Lo tomó con ira y en sus ojos se encendió ardiente la ira. –Eres un indolente, un necio, un malvado… no tienes futuro- y comenzó a azotarle las piernas. No comerás hoy en nuestra casa. ¡Vete! Arréglate como puedas haragán, estúpido.
Timoty sin decir una sola palabra dejó la carne y las pieles sobre un mesón junto a la olla que borboteaba en la cocina. La tía lo miró con tristeza. ¡Ese pobre muchacho era tan poco hábil para las tareas que se le encomendaban; que pasaba muchos días en el granero junto a los animales, sin comer. Se quedaba dormido hasta que Tom, el perro, lamiéndole el rostro, lo hacía volver a la realidad. Salió disparado pero no se quedó en el habitual linde. Salió a deambular por el bosque, silbando una canción que recordaba solía entonar su padre cuando vivían en York. Tom, lo seguía con la cabeza gacha y la lengua sedienta con saliva que dejaba un hilo en el frío terreno como para saber regresar. Se sentó en un árbol que había derrumbado el viento, esa racha de aire que desgajaba abedules o pinos enormes, que a veces solían juntar en la carreta y luego secaban para tener buen fuego en el duro invierno, que era violento en la región. Olvidó la alforja y allí tenía cerrillos para encender el fuego. Recordó su sueño, el viejo que le había mostrado como prender la llama sin fósforos. Tomó un tronco de pino y lo apretó bajo los pies, y con un palillo comenzó a frotar, le dolían las manos, le sangraron por hacer tanta fuerza hasta que un sutil humito comenzó a desprenderse entre las hebras de lana que había acomodado junto al palo. Lloró, por primera vez en muchos años lloró y de su garganta salió  un amenazador grito gutural. Era su triunfo sobre la muerte.
El fuego asustó al can que comenzó a gruñir y luego corrió hacia la espesura del bosque. Estaba solo. Estaba vivo. Estaba libre.
Comenzó un ritual de antiguas brujerías… dando vueltas y vueltas en rededor de la fogata, blandiendo un cuchillo que por pequeño parecía de juguete y no de un guerrero.
Tom regresó y le lamió las manos heridas. Lo acarició y sintió que ya no necesitaba a sus tíos y el albergue que le obligaba a ser un servil ayudante para subsistir. Ya era hombre. Ahora se animaría a ir a la ciudad a buscar en el bar alguien que le pagara por su trabajo. Pero esperaría un poco. Primero tenía que recuperar los papeles que guardaban en la casa en un antiguo baúl, sus parientes. Conocería su verdadera identidad, su origen, su casta y con eso estaría más liberado. No tuvo miedo. Se animó a pasar la noche en la espesura y con una fogata que ahuyentaba a los lobos y alimañas hostiles. Lo despertaron los gritos de Isaías y su tío Jeremy. Lo estaban buscando. ¡Bueno, parece que se asustaron! Mejor contesto y que vean que ya soy un hombre. Sintió un hambre feroz. Ellos llegaron guiados por el perro. Lo abrazaron y lo tocaban para cerciorarse que no estaba herido. Solo las manos muy despellejadas. Regresó caminando lento a la cabaña. Tía Cateryn le puso frente a la nariz un jarro de cerveza y un trozo de carne asada con manzanas y patatas. Comió con desgano, no quería perder su libertad y dejarlos pensando que era un triste hambriento. Sacó de su capote un puñado de setas que recogiera en el bosque y que Cateryn apreciaba mucho, las dejó sobre el mesón y se fue a los corrales. El perfume envolvió la cocina.
Isaías, se acercó y le preguntó si en la noche no había oído a los fantasmas. Su risotada desperdigó a las gallinas y a los gansos. - ¡Fantasmas… si que eres niño!- y siguió recolectando huevos de entre los nidos de las aves. -¡No me hagas reír tanto, yo no solo no le temo a las ánimas ni creo en fantasmas! Mi madre me enseñó a exorcizar con un rito de los antiguos cristianos que habitaban por aquí. – Tom se acercó y le traía en el hocico una paloma cazada por él. –Toma, llévale a tu madre para que la ponga en el cocido, que con esas setas y nueces que recogí ayer, se harán un festín. Acarició al perro y con sumo cuidado colocó las diferentes posturas de aves en canastos con paja seca.
Ingresó a la casa y el calor interior invadió su cuerpo helado por el aire frío de la región. ¡Qué gozo proporcionaba el hogar con el perfume de los leños que crepitaban en el fogón! La vida. Un sueño que iba despertando su instinto de muchacho veinteañero.
Pidió prestado el caballo para ir al pueblo. Con rezongos el tío le permitió aprestarlo y cabalgar. Disfrutaba su libertad.
Después de un tiempo a lo lejos escuchó el murmullo del río y el ruido de los jamelgos sobre el puente de madera que permitía entrar en el poblado. Las primeras casuchas tenían el color humo de las chimeneas primitivas. Vio algunos escoceses que con su ropa típica se movían rumbo a la taberna. Otros iban a comerciar en la feria del lugar.
Se cruzó con familias que junto al padre seguían de a pie el camino. Llegó a la calle principal, pasó frente a las ruinas de lo que fuera un convento antes de la persecución, vio algunos mendigos que buscaban una limosna entre las manos laboriosas de los granjeros, y algunas muchachas que mostraba su figura tratando de conseguir clientes para las tabernas. Recordó desdibujada a su madre. ¡Era hermosa! Recordó el cabello rojo que se desparramaba sobre su espalda como lenguas de fuego, sus ojos grises y su boca pequeña. ¡Esos labios que lo besaban cada noche cuando era pequeño! Suspiró. No podía llorar, era un hombre y libre. Un soldado se plantó frente a él y le propinó un puñetazo. Ahora eres un soldado del rey, irás a la lucha con la bandera de tu país. Lo maniataron y cayó del caballo. Rodó y así se perdió en el tiempo la memoria del pequeño Timoty. Había perdido su lograda libertad.

PUERTAS ABIERTAS DE LA TURQUÍA ANTIGUA.

 PUETA A UNA CIUDADELA ANTERIOR A JESUCRISTO EN TURQUÍA.
 EN KAPADOSSIA LAS PUERTAS ERAN ABIERTAS EN LA PIEDRA Y SE CERRABAN CON ENORMES RUEDAS DE GRANITO.
CASAS DE LOS PRIMITIVOS CRISTIANOS DE KAPADOSSIA.

SE FUE CON LAS ALAS DESPLEGADAS

Retazo de sonrisa

Se fue el sol 
la lira 
el viento
nos ha quedado     sospecho    el sonido del tiempo fugaz
la chispa arrinconada de la risa
su cuerpo de milagros escondidos
unos brazos enormes de glorieta con jazmines
el torso borroneado de ternura
tal que si viniera mañana
será un verano con todas sus locuras infantiles
será la música sincopada de la vida
su voz transmitiendo a cada instante la fuerza del amor

Se ha ido como el pez
buscando lo imposible           el mar infinito
caracolas doradas          mucha espuma

No lloraré hoy   no llores   volverá. Ya volverá

tal vez mañana.  

POEMA SIN NOMBRE

          El vuelo de un pájaro es mi futuro de hembra
           perdida en el agua,
            castigo de tiempo hecho espiga.

            Un duende escondido en la huella del aire
            como  sombra,
            crepúsculo  que duerme en el frío lecho.
           
            Mi vuelo que huye de toda cuerda tensada.
           Con miedo  al dolor que provoca la vida.

            Sin rostro y sin labios. Soy.
            Bostezo de tiempo y de atisbo crepuscular.
          Tendida a los pies como un ave sin ojos.
            Huyendo.

            Sin alas ni plumas que amainen los golpes sobre el cieno.
            Mi vuelo perdido en la noche sin gozo.
           Un nombre.
           Un suspiro.

            Mujer con destino impuesto.

CUENTO

EL RECUERDO

                                   Necesitó tiempo para desplazar su desencanto. Abigail cerró la puerta y se dejó deslizar por la pared contando una a una sus lágrimas. Volvía a la realidad después de un sueño irreal. Siempre lo negó, intuyó tal vez, hasta que lo supo. Su mágica experiencia era de una inverosimilitud lógica. Ella sabía. Ese hombre era imposible en realidad. Disfrutó cuando lo vio llegar así de entre las tinieblas de su vida descolorida. Era un rayo de sol para sus cuarenta y pico de años perdidos cuidando la vieja casa de sus padres. Se miró al espejo y vio a una mujer patéticamente sola. Por eso aceptó la invitación. Hacía más de diez años que no salía de la casa. Tenía una grieta en su alma que se agrandaba en cada noche contemplando el jardín con sus viejas estatuas traídas desde Roma.
                                   Sus padres no la habían preparado para esa vida que le tocó vivir después del caos que causó la quiebra de la empresa. Sus amigos desaparecieron y sus hermanos escaparon. Nadie quedó, sí, el anciano jardinero y su mujer que la cuidaron como a una hija. Su vida se fue amoldando a ese mutismo que le imponía la desdicha. Y llegó él, como un rayo de sol, más cálido que un durazno maduro.
                                   La llevó a la ciudad, al club, al teatro...; aquellos que no la veían desde entonces se acercaron curiosos. Mala gente se dijo, muy mala. Ahora no los necesitaba, tenía la compañía de ese hombre magnífico, que la llenaba de alborozo. ¡ Eres mi mariposa! Te amo. Y ella le creyó. Entró a la gran casa como se recibe a un rey , con todos los honores.  Los viejos sufrieron en silencio. Ella no escuchó la breve amonestación que le dieron sus amigos de siempre. Creyó que eran celos.
                                  

                                    Hacía un rato que se fueron los hombres de seguridad. Lo esposaron y quedó a disposición de un juez. Había que esperar el juicio y la sentencia. Desde el banco le confirmaron que había sacado todo los bienes que le dejaran sus padres. Él, gerente del banco, conociendo  los valores que habían a su nombre se acercó a su corazón solitario, le robó las claves y estaba a punto de escapar cuando un cajero advirtió la maniobra. Ella como una mariposa se había acercado a la luz de un fuego muy peligroso. El cajero, que amaba en secreto a la mujer, conociendo la infamia, la había salvado.