martes, 5 de enero de 2021

LA ENVIDIA


                        Cuando llegó a la dirección que le diera Micaela, se recortó la figura escultural de Guillermina, que contra el enorme paredón del cementerio pareció un pájaro derrotado. Una lágrima de desencanto se desprendió de sus bellos ojos dejando un surco en el suave maquillaje sofisticado. Cerró los puños y con dolor comprendió el error, haber confiado.

Pecosa, de cabello castaño oscuro y ojos verdes, Guillermina era una nena de esas que en el barrio todos miraban. Tenía una sonrisa alegre y jugaba con destreza. Su padre tenía un negocio de comestibles. Su madre era una mujer simple. Adoraban a esa hija que había llegado casi cuando las esperanzas de amor se pierden.

                        Un día cruzó el farmacéutico y tomándola de la mano la invitó a jugar con su pequeña. Fue un encuentro feliz. Se hicieron inseparables. Micaela era hábil en el piano, con los patines, declamando y era muy hermosa. Juntas hacían las tareas escolares, aprendieron a jugar tenis, hacían gimnasia y disfrutaban de todo lo que el mundo de los adolescentes les llenaba la vida. Comenzaron a salir de compras y a bailar las matinés con los chicos de la escuela. Se enamoraban y dejaban de “amar” con el mismo ritmo de todas las muchachas de su edad.

                        El primer concierto de Micaela fue un éxito y su figura de niña frágil le atrajo un puñado de cargosos admiradores almibarados, que ella despedía con una chispa de superioridad. Guillermina la admiraba. Veía sus pequeñas manos jugar en el teclado y soñaba con tener la misma habilidad, pero no estaba dotada para la música. Se terminó su adolescencia con sólo dos diferencias: Guillermina había crecido y estaba altísima, su figura se destacaba por la perfección de sus medidas y Micaela quedó con su cuerpo casi infantil, sin curvas y de estatura normal. Los chicos del barrio le hacían toda clase de burlas pero ellas no hacían caso a los torpes compañeros. Las largas piernas torneadas, la cintura fina, los senos graciosos y la belleza atigrada de la primer muchacha era un suplicio inconfesado para la otra. Nada hacía parecer que Micaela sufriera. Pero la madre, que observaba, se preguntaba cuándo comenzarían los problemas.

                        Ingresar a la universidad les dio un respiro. Se trasladaron a la capital, alquilaron un pequeño departamento y cada una comenzó la carrera elegida. Micaela además continuó sus clases de piano en el conservatorio nacional con maestros de prestigio internacional. Mientras estudiaban no tenían tiempo para arreglarse, sí para sentirse acompañadas en ese mundo insólito de la gran ciudad. En sus ratos libres, Guillermina completaba sus clases de idiomas extranjeros e hizo un curso de modelo a sugerencia de otras compañeras de la facultad. Cada día estaba más hermosa.

                        Ambas recibieron su título con honores. Eran ganadoras en todo...pero, Micaela veía celosa, cómo su amiga atraía la mirada de los hombres que a ella le interesaban.

                        Regresaron esas vacaciones a su pueblo que las recibió con ardor y sorpresa. Eran un orgullo para todos. Así fue que el día que se llamó a un casting de animadoras para el canal de TV. de la pequeña ciudad, Micaela le dio a su amiga del alma, una dirección equivocada y ella apareció en el programa mostrando todas sus habilidades. Es lógico saber cómo murió esa amistad.

 

                                                          

EL ÁNGEL NEGRO

             Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.

            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.

            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.

 

 

EL INFIERNO TAN TEMIDO

             Te juro Victorio que tuve el sueño tan pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. El verano se está acabando y nunca imaginé que viviría para contarte lo que he vivido en mis casi cincuenta años.

            Cuando era chico me decían que iba a ser monaguillo. Sí, yo, monaguillo. Mirá que cuando la conocí a la Perla mi madre se quedó boquiabierta. Con esas “pechugas” de actriz de cine porno, y esa largas piernas torneadas por el baile. Bueno, adiós monaguillo. Me metí hasta el tuétano.

            Íbamos a las milongas y probé de todo. De “Todo” con eso creo que me entendés. Un día, maldita sea mi suerte se me cruzó la “Ñata” otra flor de mina que rompía la tierra y le aflojé al calzoncillo. La perla me dejó con un ojo negro y un puntazo en el pecho.

            Me curé en el “Fiorito”. Salí medio golpeado pero seguí de farra. El “Chantecler”, “El Folies” eran como mi casa. Salía con el sol y me iba al correo donde ponía un sello tras otro en cartas que iban quién sabe a donde. Salía con el ocaso y derechito al casino, si ganaba, esa noche champagne si perdía caña. Las minas me dominaron siempre.

            ¡A veces me pregunto si por ahí no hay pibes que lleven mi nombre! ¿Pobres pibes! Yo iba a ser monaguillo… del demonio, tal vez.

            Comencé a perder el pelo, la calva era una cancha de básquet. Brillaba con la luna. El sol, me desconocía. Y llegaron los cuarenta y los pasé sin verlos. Las minas me dejaron y miré a las más chicas. Me llevaron en “cana” era un degenerado, dijo un juez y adentro. Pasaré cinco años. ¡Es un infierno! ¿Victorio, alguna vez viviste en el infierno?

            Yo sí, es muy jodido. Aquí, sos menos que mierda. Los pungas con los narcos, los canas con la “merca” que le sacan a los tipos. El que no te usa te casca. ¿Y cómo? Sos, total basura. Victorio no te acerques al gordo de la camiseta negra con la calavera, ese es una mina. Bueno, eso se cree él. ¡Un asco! Y este otro, el “Jeringa”, bueno, ese anda armado siempre con chuza y no respires cerca porque te atraviesa la nuca.

            ¡Victorio! ¿Qué te pasa, hermano, soy el monaguillo? Victorio… Victorio. No te mueras. Anoche tuve un sueño pacífico, sereno que se prolongó a lo largo de la noche. Y ahora vos te vas a morir en mis brazos. Amigo no te mueras en este infierno tan temido. Ya vienen. Adiós Victorio. ¡Todo por robarte a tu piba!

 

NUESTRO PARAÍSO

                 A la saga de un centauro correremos...

me dijiste, empinando mi cuello sobre el muro

de espejos de la alcoba

el mundo pareció descalabrarse en estallidos,

caían rastros de tormentas en el lino blanco de la cama

fuego, mucho fuego de antorchas

destruyendo la calma de nuestro paraíso.

 

Y el paraíso se transformó en un mar embravecido.

Cada ola era una ráfaga de pétalos de suave terciopelo,

donde una mano atrapaba los suspiros.

Hoy somos un puñado de loicas que cantan lejos

y los nidos están desparramados como fuentes sin agua.

 

Me dijiste haz silencio mientras besamos la piel

mientras   vemos el sol apagarse tras los muros.

Las montañas se abren en bramidos rotundos y voraces.

La nieve cae entre las sábanas que lloran el néctar

de tus besos   y mis besos que perdimos en la noche.

 

¡Mira el centauro que nos quiere tentar con sus rugidos!

RECUERDOS IMPERDIBLES

 

            La ambulancia se detiene frente a una casa humilde en un barrio tranquilo, deja sólo las luces intermitentes que iluminan en rojo y azul la fachada derruida. La mujer que desciende del vehículo, prácticamente arrastra el maletín médico. Su cuerpo agotado insinúa un profundo ensimismamiento. A su lado, el chofer, con una radio pegada a la oreja, disfruta un partido de fútbol al que no puede asistir.

            Cae la tarde, con su mantilla fibrilante de insectos ruidosos. El húmedo calor sofocan al crepúsculo. Un suave golpe en la puerta cancel, transpuesto el zaguán, pasando la sala de recepción, una lamparilla dibuja la alcoba sedienta de vida.

            Semiadormecida yace la solitaria anciana. Abre los ojos lentamente, perezosa y ávida de recibir amigos. Una sonrisa juguetona desdibuja el silencio. Estira el brazo fuera de la primorosa colcha tejida que tapa su cuerpo debilitado por los años, mientras pronuncia palabras de tierno reconocimiento a la pareja de profesionales.

            La médica le toca amablemente la frente, sin mirarla y se desparrama en una hamaca junto al lecho de la enferma. La joven Valentina, no tiene fuerzas para hablar. El chofer ensimismado con el partido se aparta de la mujer. ¡ Está tan sola! Pero la doctora, que por la mañana ha recibido la sentencia de divorcio, tiene un bloque de cemento en el corazón y no habla. No puede, el ancla que se clava en la garganta le impide sentir su corazón herido. Sólo siente el débil corazón de la anciana.

            Como ausente comienza con las preguntas de rutina, que anota en la carpeta, mientras asoman a sus recuerdos los brazos otrora amorosos de Ramiro, su ex esposo. Recuerda cuando por las escalinatas de la facultad la elevaba en sus brazos haciéndola volar como a un pájaro libre, vueltas y vueltas. Su risa fuerte. Sus besos calientes. Recuerda el nacimiento de Natacha y Franco, sus pequeños hijos. Recuerda la boda. Recuerda, recuerdos que le van achicando el pecho. Una lágrima sutil se desliza por su rostro cansado. Ha estado de guardia setenta y dos horas continuadas. Los niños con su madre hoy, ayer con la otra abuela. La casa, cuando regrese estará tan fría como su alma.

            La enferma, observa todo con estupor y sufre. Los ojillos empequeñecidos por la pena que comparte sin palabras. Las cataratas tamizan las sombras, pero su espíritu ve la soledad de Valeria. Entonces le toma la mano, que se detiene en su ir y venir de médica. Automáticamente le sonríe y con sus manos artríticos le señala un álbum en el anaquel de la biblioteca.

            Tito, el chofer, le alcanza el preciado volumen. Al abrirlo, una minuciosa pegatina de recortes de periódicos le muestran el acopio amoroso de la anciana. Tienen fecha. Algunos son de Los Andes, otros del Mendoza y los más antiguos del diario La Libertad. También hay algunos del diario Uno. Valentina se sorprende y Tito se acerca para mirar.

            La mujer busca con ansiedad entre los recortes y les muestra fotos. –“Son de la época en que en los periódicos, se podían leer buenas noticias. Ahora sólo se comunican desastres, muertes, asesinatos y robos. Estos eran de 1956, cuando con mis alumnos de la escuela, ganamos el viaje sanmartiniano, y este es de cuando vos, Valentina te ganaste la beca Calle.¿ Te acordás cómo te ayudé, para que fueras la mejor? Tu padre estaba muy enfermo y no ibas a poder seguir la escuela. Mirá,  acá en este recorte está la medalla de oro que sacamos con el proyecto de vacunación en la campaña.¡ Me acuerdo la carita de los niños entre las viñas, tratando de escaparse por el miedo! Y este recorte es cuando te recibiste de médica. Tu boda. Allí te perdí. Pero un día regresaste.”- las manos temblorosas recorren las páginas con ternura.

            Valentina ha quedado sin habla. Mueve las páginas del álbum y se encuentra con la vida de cada uno de los chicos y compañeras de la primaria. Mira los anaqueles de la biblioteca y observa por primera vez, que hay decenas de álbumes iguales.

            Tito saca otro y se encuentra la foto del actual gobernador, y del jugador de Gimnasia y Esgrima que él admira y sigue encontrando vidas. En cada recorte de diario hay un retazo de historia de la ciudad ajena que pierde su memoria en desvergonzados olvidos.

-¡Mire, doctora, la maestra ha guardado toda la historia de sus alumnos. Pero es cierto... se corta en... ¡ –“¡Estos tiempos, en que sólo se conoce lo feo de la vida, lo que empaña la esperanza de la gente, la falta de recursos para la educación, el hambre”! -  se acomoda la anciana en su lecho y continúa - “ Antes, y no hace mucho tiempo, era noticia un joven que lograba hacer carrera, un becado, un artista que descollaba o un muchacho decente que ayudaba a la gente. Ahora sólo es noticia lo dramático y feo. Y todo pasa rápido y se olvida. Como se olvidarán de mí, y también de ustedes, que día a día hacen milagros para llegar a los pobres que no tenemos posibilidades de ir por nuestros propios medios a curarnos. – se ha agotado en su charla. Penetra entre ellos el silencio agudo de la meditación. Espontáneamente Valentina abraza a su antigua maestra, a quien había olvidado. Se disculpa y sonriente le promete regresar cada vez que pueda, pero no sólo para controlarle la presión sino para hablar de los viejos tiempos. Tiempos que ha perdido y que la prisa de estos tiempos le han impuesto a su vida. Piensa en los niños. Se detiene tan sólo a darle una receta. Disculpándose, la rompe y promete traerle los medicamentos. Otro abrazo y una despedida cargada de afecto y de recuerdos. Sus hijos la esperan y ella tiene algo importante que contarles, recuperó un retacito de su vida.  ¡ Qué lástima que no guardó los diarios en su época!

-¡ Valentina llévate el álbum de tu vida yo ya no lo necesito! – dice la anciana y recuesta su cabellera blanca sobre la almohada. Seguirá soñando con ellos, sus hijos del corazón, que en cada recorte de periódico atesoró por años.

DON JOSÉ EL BUEN MECÁNICO

  Un día supimos que el vecino se llamaba  José y era un verdadero mago para arreglar todo. Eran épocas en que las casas no tenían rejas y las puertas cancel permanecían abiertas en los zaguanes.  Las veredas brillaban y a la nochecita se escuchaba el silbato del policía que hacía la ronda para tranquilizar a las familias. Todos se conocían y salían en las tardes de veranos con silletas a tomar el fresco en las veredas. Los niños jugaban con las bicicletas o patines. Otros a la mancha venenosa o las bolitas. La payana era el preferido de las chicas de doce a trece años y los varoncitos las miraban de reojo mientras intercambiaban figuritas de fútbol o automovilismo, la difícil era la de Fangio en Italia. Los vecinos hablaban trivialidades o sobre fútbol y las mujeres de la última película o novela en capítulos de folletín.

Don José, como todos, se sentaba en una silla baja y entre las piernas colocaba algún motorcito que estaba limpiando o arreglando. Sus manos siempre hábiles, tenían impregnado el aceite de máquina o la grasa de litio. Hacía maravilla con las “Singer” cuando se trababan y ya sabía arreglar los lavarropas a paleta, que eran el tesoro de algunas señoras del vecindario. 

Los chicos lo querían y lo rodeaban porque mientras hacía sus tareas contaba historias de cuando era chico. Había vivido siempre junto a la alameda, al lado de la sinagoga y los rabinos le daban un espacio para que guardara algunas máquinas que no le entraban en su tallercito.

Un día se fue del barrio sin explicaciones, se lo extrañó tanto, que todos preguntaban por él. Una vecina le contó a mi mamá, que el bueno de don José, se había enamorado de una mujer casada, que vivía en la calle España. El marido, que era violento y golpeador, lo descubrió y prometió matarlo con su escopeta. Huyó, sin dudas. Así después de muchos años lo vimos regresar, canoso y senil el rostro, buscándola. Supo que había enviudado. Nunca la encontró. Le dijeron que estaba internada en “El Sauce”, el psiquiátrico de Bermejo. El viejo la fue a buscar, pero nadie quiso decirle si ella vivía. Papá, me relató, que Asunción, así se llamaba aquella mujer, había vagado un tiempo por el barrio hablando sola, juntaba bolsas con papeles y trapos, dormía con unos perros callejeros y que nadie la ayudaba. Apenado papá, trató de ayudarla, pero se negaba asustada. Él, le  pidió a un amigo que la internaran y cuando desapareció, creyó que había sido en un hospital de enfermos mentales. Mamá me contó otra cosa… pero prefiero olvidarlo, ¿para qué saber cosas tan tristes que no tienen remedio?

EL CALLEJÓN DE LOS RABILOSTKY

    Aun la calle tenía ese sabor de la tierra virgen, como de potrero. Separaba la zona nueva de la vieja, era un callejón sin forma. Cerca, el ferrocarril, que transportaba mercadería a Bs. As.,  congregaba alrededor de sus veredas, a trabajadores golondrina en espera. Junto al callejón se quedaban sentados, le daban un cierto vapor siniestro a las cuadras que circundaban los vetustos galpones. Había gente muy pobre, hambrienta, que se paraba en las veredas de tierra apisonada, esperando ser convocada para alguna changa. Obreros casuales, alcohólicos escondiendo su botella en las acequias, groseros en el lenguaje y peleadores, pero respetuosos de las señoras y niños de la zona. Recuerdo que le despojaban a ese lado del barrio la posibilidad de crece y modernizarse. Incluso había una fonda que llamaban: “La Cueva del Chancho”. ¡Era sucia y temible! El olor a grasa y fritangas invadía varias casas.

Pero había un límite. Era el callejón de los Rabilostky, donde florecía la panadería más surtida de la alameda. Allí paraban autos modernos, carretelas, bicicletas y motonetas para abastecerse del mejor pan y facturas de la zona.

Ningún hombre que no estuviera sobrio se atrevía a pasar por allí, pues don Samuel, que tenía cinco hijas mujeres era como un gladiador cuidando su puesto de combate. Rubias y de ojos celestes, las muchachas, solían atender en épocas de vacaciones. Eran estudiantes brillantes y todas llegaron a ser abanderadas del Max Nordeaux, el colegio hebreo de calle Alberdi.

Una mañana del verano del 63, un voraz incendio apresó la casa que estaba detrás de la panadería, donde habitaba la familia de don Samuel. Un enjambre de curiosos se arremolinó tratando de hacer algo, pero nadie se atrevía a saltar la tapia, con las llamas que tentaban al infierno. Sólo un hombrecito de la esquina del ferrocarril, uno de esos eternos esperanzados por trabajo; se metió en la acequia, empapó sus pobres ropas y trepó por el muro del callejón. Así fue ayudando una a una a las muchachas, que chamuscadas, lloraban a los gritos. Por último saltó la madre que cayó en brazos del valiente obrero. Don Samuel,  encendido y despatarrado, cae en la tierra del callejón, aun agitado por el esfuerzo y el terror. Un grito de “Viva” explotó en las gargantas de los mirones y un abrazo fraternal con lágrimas negras de hollín, surcaron los rostros de los dos hombres.

Después de la reconstrucción, el valiente salvador, comenzó a trabajar en la panadería y envejeció al lado de don Samuel que le enseñó el oficio.

Hoy después que el barrio cambió tanto, me acerco a saludar a los fantasmas de aquella niñez mía, tan difícil. Pero a veces, siento las voces de la gente que se agolpa para saludarme y me pregunta por cada uno de los que se han ido. Algunos a barrios cerrados y otros lejos. No quiero hablar de los que por vejez, ya no están juntos a nosotros, es la vida que corre como el agua del Tajamar y las acequias. Esa Alameda  que dicen que plantó San Martín y que fue el eje de vitalidad, de sueños, de penas compartidas, alegrías propias y ajenas. Allí aprendí a amar la diferencia, a respetar a cada uno por ser quien era y cuando paso con la premura de este tiempo, no sé si debo llorar o reír… siento que pertenezco como un grano de sal en el mar de la vida a ese espacio llamado barrio.