lunes, 10 de abril de 2023

EL ENCUENTRO


El esclavo negro le ayudaba cuando quedaba clavada en el barro apestoso de la calle de Los Peregrinos. Iba rumbo al único templo de anglicanos que se permitía en ese Buenos Aires de 19840, las mujeres la miraban de soslayo. Era inglesa. Rubia de ojos celestes y su cutis, antaño fresco y muy sonrosado, ahora era un triste pergamino amarillento

. El clima de ese país no era para damas como ella. Caminaba con sus zapatos de seda traídos de Londres en barco, y cada día la dificultad se hacía peor. (Dice Borges que ella había sido muy hermosa) y que la vida en la colonia, le jugó una mala pasada.

En las alforjas, el negrito, apretaba un fardo de espigas de trigo y semillas embolsadas para enviar a la Gran Bretaña. Pasó por la vereda de la catedral, salía un proseción a un santo de no sabía ella de quién se trataba. Había visto en la Recova a una figura fugaz, vestida con atuendo de araucanos o pampas. No le puso atención, ese ser dormía envuelta en un poncho hilachento.

Llegó al atrio del templo. Había varios caballeros bien ataviados a la usanza de Londres. También mendigos. Eran hombres hambrientos y rústicos que salían del arrabal, de los cuarteles del regimiento que arremetía contra los godos en el norte.

Su hermoso vestido de seda celeste arrastraba el lodo y la mugre de varias veredas de la ciudad. El cabello cubierto por una mantilla española, parecía las crines de un potrillo alerta en medio de las pampas húmedas. Comenzó a llover. Nuevamente corrió agua por el barro de la única avenida que circundaba el cabildo.

Entró por la puerta lateral del templo y encontró a Sir Williams Gray y a su bella esposa, recién llegada en una goleta desde Montevideo. El saludo, las presentaciones y un besamanos ligero. El asombro de la joven mujer al ver la piel de la dama. Mery Mac Stawsen apretó la mandíbula. Se ruborizó y escondió los pies. ¡Antes, había sido la esposa de un importante comerciante caído en una emboscada de pillos! Ahora trabajaba en el hotel Británico de la ciudad.

Luego de la ceremonia religiosa, el doctor Stone, la saludó brevemente y le preguntó por su hija. Una lágrima atravesó las curtidas mejillas de Mery. Él, sabía que un malón sse había robado a su pequeña hija Britain en el 38. Tenía apenas doce años y nunca más supo de ella.

Salió del templo como un viento de las costas altas de Irlanda. El negro comprendió que algo malo había vivido la señora, pero sólo atinó a desandar por el mismo camino. El fango era más pesado. En la Recova, frente a ella se paró una india de ojos azules y cabello rojizo como el de su querida Britain. Vestida con el traje pampa. Su rostro oscurecido y coloreado con pinturas rituales de los nativos.

Se plantó frente a ella. Puso algo en sus manos. Era el guardapelos de plata que llevaba de niña. (Dice Borges que no pudo hablar el buen inglés de su madre) y se inclinó para darle una puñalada en el vientre.

Regresó con sus dos hijos pampas hacia las tolderías de atrás de la frontera. Y dicen que cuando una dama inglesa camina por Buenos Aires, ahora, en el 2000, un frío les penetra por los huesos. Oyen, dicen asustadas, el grito feroz que da una mujer en un inglés poco entendible, mezclado con un grito gutural en un idioma desconocido. Y en el piso de piedras de la vereda, un charco de sangre forma el mapa poco claro de Gran Bretaña…

 

LA CAJA


 

Soy una caja de cartón corrugado. Tengo un color indefinido entre gris y celeste. Tengo dos hendiduras a los lados para introducir cosas. Me agrada estar con mi tapa prolijamente puesta para evitar que se escapen los sueños.

Me gusta estar cerca del calor de la ventana para espiar por las pequeñas hendiduras el sol y las flores del jardín. Para mí hay música siempre, porque a mi lado está la compactera. El olor del café recién hecho en la mañana o del vino tinto en la noche, me penetra hasta por los pequeños resquicios que se abren en mi materia.

Por allí… algunas primaveras se escapan mis sonidos como pequeñas mariposas. Deambulan por la casa, desmembrando sonrisas de otros seres parecidos a mí. Otras, soy como una larga cinta de seda de color sahumerio. Soy y no soy. Me gustaría estar sin que nadie advirtiera que puedo ser abierta, transportada, rellenada, rota. Mi espíritu se enrosca como un resorte dispuesto a saltar, si alguien abre mi tapa. Adentro tengo cosas. Cartas de amor, fotos y rosas mustias.

Tengo muchas historias para relatar, secretos muy interesantes que esconden mis paredes. ¡Por ejemplo…un romance entre el marido de Victoria e Ivana! Ella es hermana de la esposa de Rogelio. Y yo los vi. esconderse en mi rincón detrás de la mampara de seda con flores de peonías chinas que guarda la vista directa a la puerta; allí se besaban con verdadera lujuria. Y la pobre Victoria, no imagina que su propia hermana, la traicione. Él, es un verdadero seductor. Hace un tiempo, para mis días de cartón imprecisos, lo vi atrapar a una chiquilina que servía en la casa. Fue antes que Victoria perdiera el bebé, cayendo por la escalera. Desde acá no pude saber qué pasó en realidad. Escuché gritos y una pelea, pero no entendía que sucesos reales se desarrollaban abajo. Pasaron muchas cosas. Una noche del verano del setenta y dos, entraron ladrones a la casa. Eran unos seres sucios con olor a mugre y aliento a alcohol. Yo traté de parecer indiferente, pero me vieron y se acercaron con artes malignas y me sacudieron, abrieron mi delicada tapa y revolvieron mi interior. Me violaron, eso sentí. No pude hacer nada. Dejaron todo mi mundo desparramado por el suelo. ¿Acaso podrían robarme los secretos? Igual, tiempo humano después, Victoria vino hacia mí y amorosa guardó las fotos, cartas y recuerdos, con amor. Como si tuviera un sentimiento enorme con mi pequeño interior.

Ahora he sentido un ruido extraño en la planta baja. Rogelio, sacó hace unos días la compactera y ya no escucho música, pero siento mejor lo que hablan. Parece que Ivana se va, viaja a Italia. El revuelo se produjo, cuando Victoria le encontró en la cartera un mensaje de Rogelio. ¡Si yo pudiera hablar! Le avisaría a la muchacha que su amado hace planes para irse con Ivana. Para distraerla le ha traído un perro pequeño, peludo y gritón. Pero yo los conozco, son subterfugios y mentiras que van a terminar mal.

Recién escuché una charla vergonzosa, Rogelio ha comprado un arma. Victoria le echó en cara el hecho de gastar en algo para ella “innecesario”. Desde mi interior temblé al oír la carcajada de Ivana y Rogelio. Sentí los sollozos de Victoria. Un ruido ensordecedor y un grito.

Ahora hay silencio. Desde una ranura vi, que arrastraban el cuerpo de mi querida Victoria, lo ocultaron tras la mampara de peonías de seda. Allí, ellos, se besaron e hicieron el amor. ¡Ivana y el traidor! Ella, mi amiga, estaba cubierta de sangre. Quieta como yo y en silencio. Salieron, ellos, riéndose.

Hace un tiempo, no puedo decir cuánto, llegó un hombre con cara de intriga. Encontró a Victoria. Llamó a voces y entraron varios más y comenzaron a revisar todo. Hablaban entre ellos. Se preguntaban qué había sucedido ahí. Y yo, no puedo hablar. Soy una antigua caja de cartón que tiene muchas historias pero no tengo voz.

Quisiera decirles que Rogelio e Ivana, que lloran y gimotean son los autores. ¿Quién le creería a una caja de cartón?

 

Mensaje personal.

 He regresado después de una operación.

UN EXTRAÑO EN LA TIERRA


 

Llegó con el silencio y sigilo de los desconocidos. Pantalón de lona y alpargatas viejas. Un sombrero sudado y deforme como las manos en sarmientos resecos, artríticos y secos. La mirada gacha, agazapada en desuso de amistades y vecindad de hombres.

Tez morena y piel desgajada con el sol salitroso de las viñas. Sediento, se agachó sobre un grifo y bebió con ansias el líquido que fluía a borbotones. Un raro ruido partió de la garganta del hombre. Me pareció un desgarro de animal doliente.

Me tendió la mano y pronunció un saludo. Albano Sosa, para servirle. Me sequé las manos en el delantal, estaba amasando el pan, y le estiré mi mano, que como paloma blanca se perdió entre los cayos de la suya. Sombrero en el pecho con la otra, artrítica hasta el dolor de ser hachero y podador.

Busco trabajo, si lo tiene. Dijo en un masticado decir de castellano de poco uso. ¿Casa y comida como pago? ¡Ah, algo de tabaco para el vicio! Su cabello ralo, hirsuto y graso, se despeñó sobre los hombros y la espalda. Era un hijo de la tierra, nativo auténtico que arrastraba su indefectible pobreza y pena.

¡Eustaquio…! ¡Eustaquio, venga acá, lleve al hombre al cobertizo a ubicar sus petates en un catre! Ingresé en la casa, los fuegos crepitaban en el fogón donde pronto se cocinaría el pan y los pucheros. Cuando sonó el golpe del arado, que cuelga del peral del patio; aparecieron los obreros y se fueron entando en el tablón debajo del parral. Cada uno con su tristeza o alegría incrustada en el rostro o la mirada. Llegó el forastero.

Eustaquio baquiano, les dijo el nombre en un sustituto de presentación pueblera. Se sentó en una punta y alguien le acercó un plato y un tenedor, no había cuchillos a la vista. Un jarro de latón con agua. ¡El vino sólo en sábados de fiesta! ¡Hay que evitar peleas y refriegas!

Se bendijo la comida, costumbre de los campos de mi tierra. Y los platos rebosantes de carne y verduras con sabor a romero y laurel, despertó el hambre agazapada en los trabajadores de las viñas.  El pan caliente y sabroso, hecho recién por mis manos inquietas mejoró los rostros y alguno hizo un chiste y otro le contestó en su lengua. Después una canasta con frutas de la chacra. Y cada hombre se fue a descansar bajo un árbol del huerto o de la parte cercana a las acequias.

Albano, se levantó del banco y comenzó a recoger los restos de pan y pequeños trozos de carne adherida a los huesos. Los guardó en una pequeña bolsa y se fue a su catre. Se quedó dormido, sus ronquidos se escucharon desde mi dormitorio. Igual mi quedé dormida.

Un murmullo de hombres sorprendidos me despertó. Eustaquio hablaba con Albano. Había estado preso. Había encontrado a su mujer en su lecho con su compadre y el cuchillo voló. Una nube de sangre cubrió los cuerpos. Se presentó al comisario con la faca y fue para adentro. ¡Un gaucho no tiene quien lo defienda!

Me quedé perpleja. ¿Qué hago, lo sigo conchabando o lo echo? Lo hablé con mi vecino, Don Mauricio Ojeda. ¡Dele una oportunidad María! Así lo hice.

Han pasado diez años. Eustaquio nos dejó y lo llevamos al camposanto de Villa De La Cruz. Y es Albano el que lleva la chacra y los viñedos. Resultó hombre de pocas palabras pero fiel y sensato. Hoy  mi mano derecha.

    

IRINEO

 


 

Llegó como una ráfaga de viento helado. Su frente era un cric crac de estalactitas de acero, su cerebro una madeja de hilos de hielo. Un sudor hervía en su piel morena. Se preguntaba si esos cuervos que entraban y salían de su cuerpo eran reales. Afuera llovía a cachetadas de fuego helado.

No había temblado tanto desde que Sebastián partió por el terraplén de camino a la manifestación de los mineros. Pero estaba allí, parado en la que fuera la puerta de la gran casa. ¡No había nadie a la vista! El silencio mortal, retenía hasta el murmullo del agua que en pequeños chorrillos corría entre las piedras del que fuera el más bello jardín de la región.

El valle pactaba su existencia con el abandono y la muerte. Todos se habían ido y quedaban apenas un par de ancianos en algunas casitas desperdigadas por las laderas oeste. Hacía dos o tres semanas vio a Eladia Verón, arreando su majada de cabras. Su rostro craquelado de sol y frío. Sola. Con el suave tintineo de los cencerros de las madrinas. Esa vieja ya no lloraba, estaba hecha de sal y roca como las veredas del pueblo.

Miró, hacia el este y supo que se avecinaba una nevisca opresiva. El pecho le cantaba un dolor morado y sibilante. Eso le quedó de la mina. ¡El carbón arrulla como pequeños alfileres de humo en los pulmones! Todos se fueron cuando cerraron el socavón infernal. El derrumbe de una de las galerías, con los hombres dentro, atrajo a los periodistas de lugres lejanos y el revuelo fue infernal. ¡Pero nada se compara con el infierno de las minas!

Volvió a merodear y golpeó con fuerza. El ruido certero sobre un portal de roble no puede ser eludido. Salió la dama. ¡Una ruina inesperada de lo que fuera antaño! La melena descalabrada sobre una bata deforme y triste. Los ojos hinchados y una mirada desorbitada lo inquirieron con desafío a destiempo. Su corazón desgajado por la pena se plantó frente a esa mujer heroica que había soportado el latrocinio de los poderosos del banco.

Se sacó el sombrero, que auguraba pobreza y agua. ¡Señora, se necesita su presencia en la tabaquería! Hay una reunión de los que nos quedamos. Usted que sabe leer y de leyes, nos puede ayudar a domesticar la ira. La patrona parecía perdida entre tinieblas inexistentes. Los otrora ojos dorados, parecían dos quietas brasas marrones, y secas. ¿Irineo, buenos días, vio que linda está la fuente? Se volvió a mirar el sitio donde hubo una hermosa fuente y hoy era un poco de escombros con maleza. ¡Si, señora, le prometo venir a arreglarla cuando pase el temporal!

Me manda el Demetrio, el de la casa de la vertiente; él, dice que sin usted es imposible hacer nada. Será esta noche a la oración. ¡Si usted quiere yo vengo a buscarla con mi calesa! Ella lo observa con mirada extraviada y suspira, a la oración…sí, a la oración.

El hombre se toca el ala del sombrero y se va alejando, cuando siente una carcajada que lo detiene. Se vuelve y la ve cómo se esfuma detrás de la gran puerta.

¿Qué le pasará en la mente a la dama? Acaso no fue una amazona que atravesaba los campos como una ráfaga de fuego en su potro negro azulado, aterrando a las ovejas y aves domésticas que merodeaban entre los parterres buscando gusanillos o insectos que era su dieta generosa mientras no les tiraban cebada o restos de pan de mijo.

¡Esa no parecía la mujer joven, pelirroja de mirada dorada y sugestiva que cautivaba a los parroquianos en las ferias o en la oficina de correo! Todo eso cerrado y muerto, como el poblado.

 

 

Irineo siguió bajo el viento helado. Su cuerpo se curvaba con las ráfagas heladas y el chubasco. No tenía la fuerza de antaño. Desde que se fuera su hijo con el niño, su fe, había abandonado los sueños. Su mujer había caído en un silencio de dolor tan profundo que parecía una amortajada en vida. Él, cocinaba, lavaba, trabajaba la granja y ayudaba a pastorear a los animales: ovejas, cabras y vacas, que no por pequeños grupos necesitaban pasturas frescas aun en ese clima inhóspito que atravesaba la tierra.

Su mundo derrumbado como la mina, estaba en una oquedad impensada unos años atrás cuando todo parecía que el valle vivía una eterna primavera. Cerró los ojos un minuto y se dejó caer en un murallón que rodeaba la hacienda. El agua se estaba desmayando y comenzaba a subir la niebla. Irineo soñó por unos momentos. Se alejó en el tiempo.

 

El calor del sol pegaba sobre el bosque con la insistencia del deshielo. Goteaba de los árboles y pinos como caireles de cristal el agua de la nevada de ese invierno. Entre los trozos de hielo que se despertaban con la fuerza de los brotes de narcisos, tulipanes y crocos, aparecía una rala pastura verde clara que iluminaba la esperanza de  las bestias y golpeteaba el corazón de los humanos.

La mina parecía un desborde de carbón que privilegiaba el futuro con un calor veraniego o unos fogones crepitantes con las ollas y peroles repletos de carne de cerdo o cordero. Olores primitivos augurando felicidad de estómagos laboriosos.

En la casa grande había una actividad de peregrinos amigos que llegaban a dar su alegría a los patrones. La dama impecable con su vestimenta elegante solía montar con esos amigos y en grupos de a cuatro o cinco caballos, cabalgaban buscando esos rincones de belleza increíble del valle. ¡Valle de las Rocas Encantadas! y ¡Valle Azul! Una zona que envolvía el rumor del viento y escondía una riqueza impresionante de minerales y carbón.

No faltaba el tintineo de algún trineo en las partes llanas, donde en pleno invierno acercaban a los niños y jóvenes al lago helado para patinar y jugar con sus amigos y compañeros de charadas. Ahora, servía para montar hacia las pequeñas praderas barrosas donde los zagalones iban a recolectar flores que llenarían los búcaros con la belleza de arco iris colorida y perfumada. Las abejas y mangangá rodeaban a los hilarantes jóvenes. ¡Otra época! La primavera que asomaba inquieta, gratificante y alucinada. El frío huía como el mismo demonio dejando a las ardillas y pájaros disfrutar del llamado a aparearse y continuar la vida.

Esa mañana llegó un vehículo nunca visto en el Valle Azul. Una berlina que dejaba tras si, una nube de polvo manchando el rostro de la decena de niños que corrían tras ese Citroën 7A, que sin descanso seguía el camino hacia la casa del patrón, dueño de la mina. Descendió un chofer cuyo rostro impenetrable, tenía una visible cicatriz sobre la mejilla izquierda. Abrió la puerta de su acompañante rodeando el coche y de él, se apeó un caballero de estatura elevada, rostro enjuto y mirada profunda.

El amo, caminó sonriente hacia ese hombre, le tendió la mano y dándole algunas suaves palmadas en la espalda, lo invitó a entrar en la gran casa. Atrás viajaba un segundo coche, más deteriorado, pero cuyo color y ronroneo del motor atrajo a los parroquianos que nunca había visto ese modelo de transporte y algunos no sabían siquiera cómo se movía. En él, viajaban dos hombres y dos mujeres.

El, hombre que luego se conocía como el “Ingeniero”, tenía un aspecto majestuosos. Era muy alto, delgado y de tes de blancura extraña. Sus ojos de azul profundo, contrastaba con el cabello casi blanco cortado en forma rasante. Su mano derecha se apoyaba en un exquisito bastón cuyo pomo era de marfil simulando la cabeza de un león. Una evidente renquera, que trataba de disimular con un andar noble, avizoraba un quebranta pierna en sus movimientos. Del otro vehículo, descendieron dos hombres y dos jóvenes mujeres. Uno era de contextura fuerte, algo obeso, con enormes gafas de carey y el otro era más alto, delgado y cuya piel se notaba estaba tostada por el sol. Pero ninguno daba la imagen de ser trabajadores de la tierra o de la mina. Las pobres muchachas, esqueléticas, eran unos maniquíes vestidos con ropas finas y caras, pero de un bajo nivel social evidente por cómo se movían. Seguro que venían de pasar hambre como los habitantes del valle.

El ingeniero, contratado por don Tobías Guerrero y Ramos, sentado en el escritorio, comenzó a resaltar el paisaje desde donde habían atravesado medio país. Comenzaron las preguntas sobre la mina y la vida en el valle. Así llegó la hora de la cena en que fueron todos, incluyendo las jóvenes acompañantes pasaron al comedor. La cocinera, mujer de fuerte carácter había previsto cuatro platos, no tan extravagantes como sustanciosos y buenos. El menú comenzaba con consomé de cebolla, ajo, con pasta de sémola; la entrada estaba deliciosamente pensada: cangrejo al puerro con papines en manteca, el plato principal… “carré de cerdo” en salsa de vino “cabernet” y un postre de la región de manzanas y queso con miel. Don Tobías había sacado sus vinos atesorados para ciertas circunstancias especiales y ésta era una de ellas.

¡Sorprendía ver cómo engullían las muchachas todo lo que pasaba por sus narices! Mucho maquillaje y poca educación. Pero eran bonitas y muy, muy calladas, cosa que a la señora Alejandrina desagradó. Los hombres algo más sobrios, cuidaban mucho las formas y ante la desfachatez de las mujercitas, trataban de mantener una inusual compostura que el ingeniero manejaba con la mirada gélida de lado a lado.

En el pueblo había una revolución, se juntaron en la barbería y en la taberna para hablar. Unos asombrados con los automóviles, pero todos luego de chismorrear sobre los vehículos, se preguntaban si el amo, vendería la mina, si eran agentes del gobierno o los mandaban los dueños del banco para expropiar la mina. Entre el humo del tabaco, el polvo de carbón penetrado en la ropa y el innegable sudor hediondo, por el miedo de caer en la volteada… el lugar era insoportable.

Mientras en el valle los recién llegados buscaban afanosamente una casa para vivir, dado que no había un hotel o albergue digno para instalarse; la euforia y contradicción iba en aumento. ¡Se llama Ralfh Heins y viene de Alemania!  ¿Es un espía del innombrable? ¿Será en serio ingeniero? Los comentarios subían de tono y la desconfianza también. Algunos parroquianos creían que ese suceso traería mayor fortaleza a la región; otros dudaban.

 

El Valle Azul había expandido en Valle de las Rocas Encantadas todo el malestar por la intromisión en su tranquilidad. Ya la canícula se desparramaba en las callejuelas terrosas de casas bajas con un verano pegajoso y obsceno. Las mujeres simples se acercaban al río para lavar la ropa y chapalear en el agua, con risas y los hijos inmersos en las aguas claras del río, jugaban sin sentirse intimidados por el agua del deshielo. Fría, agua helada.

Pasaron unos meses y cerca del otoño, sucedió el gran incidente. El ingeniero había llamado a los mineros para una reunión. El clima hostil se había instalado contra esos hombres. El simpático regordete de gafas, resultó un controlador malhumorado que aguijoneaba a los mineros a trabajar más horas por el mismo pago. El otro reflejaba su autoritarismo con frases crueles que denostaban el duro trabajo en los socavones. Las tareas se duplicaban y el rendimiento agotaba a los hombres. Hasta ese día que en la junta, se desplomó un sueño.

A partir de este otoño, vendrán a trabajar obreros de otras ciudades de lo contrario, los niños de diez años tendrán que entrar en los nuevos túneles. Se armó una protesta general. ¡Los niños no! ¡Imposible que se traiga gente de otros pueblos, eso traerá otros problemas…! Don Tobías, interrumpió al “ingeniero”. ¡Nunca se ha hecho trabajar a los niños! Es imposible. La mano de don Tobías, fue directo al pecho. Un dolor agudo había dejado al bonachón amo sin habla. Rojo, púrpura, sin aliento lo sostuvo Irineo, un jovencito que sentado cerca del sillón del patrón, corrió en su ayuda.

La gente se quedó incrustada en un silencio oscuro. Las únicas voces que se oían eran las de los tres extranjeros. Discutían entre sí, con el áspero idioma que usaban y que nadie entendía.

Llamaron al chofer y trasladaron a don Tobías a su chalet. Alejandrina corrió a sostener a su esposo y lo llevaron al lecho. Luego se llamó a un médico del Valle de las Rocas. El anciano galeno, luego de una minuciosa observación y diálogo con el enfermo, descubrió, que tenía frente a sí, a un hombre muy delicado cuyo corazón palpitaba dolor.

Los poblanos se habían alejado lentamente, preocupados por el futuro y la salud de don Tobías. Hablaban en voz baja, como presintiendo una catástrofe.

 

Irineo, se alzó, salió del rudo pedregal donde se había quedado pensando. Los recuerdos, no le habían permitido advertir que la nevisca cubría su cuerpo y le frío le calaba los huesos. Se irguió y caminó lentamente hacia su hogar. En el camino se cruzó con Belidoro Anzueta, el anciano transportaba un bulto de arpillera como si sostuviera medio planeta sobre sus espaldas. ¿Para dónde va, Belidoro? Lo ayudo. Y tomando una Manila del fardo, caminó junto al hombre. Silenciosos, austeros de palabras, sólo se escuchaba el silbido de los pulmones de ambos que pretendían allanar el camino.

Mi mujer está muy enojada, dijo el anciano. Sólo piensa en nuestra hija que se fue a la ciudad y no ha vuelto. Se marchó con el mequetrefe del gringo, y estaba preñada, seguro que eso la hizo huir de este agujero enorme. Estoy triste. Belidoro, yo tengo un odio que me carcome el hueserío y la cabeza. Piense que la mina aun tiene carbón y no está muerta.

No Irineo, olvídese, después de lo ocurrido con esos malditos, acá ya no nos levantamos más. ¿Su hijo y su nieto? En la ciudad, él, trabaja y estudia, el niño está en un instituto para aprender a leer los labios, nació sordo, creemos que por el estallido en la mina. Diga que ahora hay ese tipo de escuelas.

Mi mujer llora y se lamenta. ¡Tan finos que se veían! Y eran unos timadores. Le costó la vida a don Tobías y a todo un pueblo. ¡Ya llegamos! Gracias y saludo a su mujer.

Cuando llegó a la casa la sorpresa de ver a su mujer vestida, peinada y sentada junto a la chimenea, lo dejó perplejo. ¿Acá esto? ¿Qué ha pasado? ¿Ha llegado nuestro hijo y nuestro nieto? Verlo ingresar en la cocina y estrecharse en un abrazo forzudo lo hizo llorar. Su hermoso muchacho había regresado.

Padre, me he recibido de ingeniero. El niño, tímido se acercó y comenzó con sus señas a platicar con el padre. Dice que se acuerda de cuando ibas con él a pescar a la laguna. Y corrió a abrazar al abuelo. Irineo se secaba las lágrimas con el dorso del brazo. ¡Por fin su mujer estaba viva! ¡Por fin su hijo había regresado y había logrado lo que nunca él, imaginó! ¡Por fin volvía ha sentirse pleno! Un minuto de felicidad que quedaría en su alma como la salida cálida del sol de verano.

La conversación duró un rato largo, se empaparon de los hechos pueblerinos del valle mientras Macarena, su mujer comenzó a cocinar un ragú de carne d cerdo con verduras de la chacra. Huevos escalfados con jamón serrano y pan que amasó con habilidad increíble. Se hizo la noche y el niño se quedó dormido, luego de comer esa sana y amorosa cena. Abierta la alcoba que dejara hermética en la partida, Daniel, ingresó a los recuerdos como un fantasma convertido en hombre listo y seguro.

Se sacó la ropa de ciudad y abriendo el ropero extrajo la antigua ropa de hijo de minero, pobre y raída, pero fiel para su futura práctica. ¡El hijo pródigo…ha vuelto! Y vaya si haremos cambios en el Valle. El perfume a humedad y encierro no había hecho colapsar el aroma del cabello de su amada esposa. La traidora se había aferrado al “ingeniero” que resultó un truhán y ella se hundió en el lago dejando al niño que apenas tenía unos meses. El cansancio lo dejó dormido, y en sueños le pareció… ver la figura de una mujer. Soñó. Y al despertar el mundo que lo rodeaba era perturbador.

 

La reunión en la tabaquería había reunido a los habitantes de Valle de las Rocas Encantadas y Valle Azul, eran unos treinta hombres y doce a trece mujeres, todas viudas o solas por emigrar sus maridos e hijos a las ciudades. La pobreza envolvía el lugar, los hombres, rústicos y míseros, buscaban la belleza de la otrora bella dama: Alejandrina, quien ingresó semejando un alma en pena. La antes hermosa mujer ahora delgadísima, encanecida y triste. ¡Un murmullo de aprobación la animó! Era la Dama, la esposa de quien fuera su patrón (generoso y noble) que murió por la estafa que le hicieran los intrusos que él supuso buenos hombres. Resultaron se ex convictos del ejército alemán escapados por un incidente creado en una refriega en la penitenciaría donde cumplían una amplia condena. ¡No eran ingleses, ni siquiera buenos alemanes! Truhanes de innobles propósitos.

Esa noche se acordó un plan para reflotar los valles. En principio, había que hacer regresar a los jóvenes d las ciudades y países cercanos que emigraron por la falta de futuro. Luego los más viejos, conocedores de los filones de la mina, plantaron cómo se podía comenzar a trabajar.

Alejandrina habló al final. Su voz había recuperado el ritmo de la vida. ¡Amigos, me quedan algunas joyas del pasado, serán un comienzo! Espero que Ireneo pueda viajar a venderlas a la ciudad. ¿Confían como yo todos ustedes? Un ¡Sí, señora! Bramó en el reducido espacio. El humor había inyectado esa enorme fuerza llamada Esperanza.

La llegada del hijo de Irineo era una señal de superación. Él, propuso buscar otras fuentes de trabajo: un hotel, un comedor de buena cocina campestre, reinventar el lago con paseos por el mismo en botes que atrajeran gente de las ciudades. El entusiasmo agregó las palabras de Belidoro Anzueta… “Yo he encontrado en un socavón un filón de plata”

En sus intentos por activar el carbón, en una de las entradas, de la vieja mina, trabajó a espaldas de la gente y buscó y arañó la tierra hasta encontrar eso tan inesperado.

Mostrando trozos de plata mezclada con carbón, escudriñando también encontró unos pequeños diamantes… ¿Toda una esperanza para los poblanos? Allí comenzó una gran discusión. Cada uno de los asistentes opinaba y el sonido iba subiendo… subiendo.

Ireneo, dejó el pequeño atadijo bajo la máquina registradora de la tabaquería. Salió en silencio, disimulando la huída. Las voces se oían desde cierta distancia. Corrió hasta el galpón donde el comisariato, entró rompiendo un candado y encontró el coche de Ralfh Heins, le extrajo una enorme carpa que lo cubría. Lo sacó urgido por el tiempo y ni se detuvo a cerrar el gran portón. ¡Qué importa si nadie se dará cuenta! Salió por la carretera que rodeaba el pueblo. La aguja del velocímetro aumentaba en la medida que más se alejaba. Los pinares comenzaron a pasar junto a él, como la tropa urgida de un imaginario batallón que iba a la guerra.

El estallido lo descolocó. ¡Había ocurrido lo esperado. Apretó el pie en ele acelerador. De frente le pareció que un enorme vehículo se acercaba. La luz intensa y fuerte lo deslumbraba. Comenzó a sentir calor. ¿Qué extraño, si afuera hay nieve acumulado? El calor era cada vez más fuerte. No había tiempo que perder. Le dolían las manos que tenían un extraño color morado negruzco. Miró al costado y se sintió con deseos de vomitar. A su lado sentado con su uniforme de las S.S. estaba Ralfh Heins, con un balazo en la cabeza. En la mano desfallecida sobre sus piernas corría sangre y manchaba la “Luger P08”, que desmayada sobriamente dejaba ver las cruces de hierro que coqueteaban en su pecho hundido. ¡Le sorprendió! La luz cada vez más fuerte, lo encandilaba. Vio acercarse a don Cosme Guerrero y Ramos, su temido y odiado patrón. De su chaqueta salían fajos de billetes de varios colores, bolsas pequeñas que tintineaban con oro y plata, tenía la mirada ansiosa de la avaricia. Luego se avecinó doña Alejandrina, su cuerpo antaño bello y escultural, estaba cubierto por pequeños niños nonatos que se aferraban a sus brazos, piernas, cuello y pechos macilentos. Luego vio a su mujer que reía divertida abrazada a los variados hombres que le acariciaban los senos y el pubis guarro y a su hijo que lo miraba con un odio enfermizo blandiendo un cinturón con el que solía golpearlo cuando robaba comida de la alacena.

El calor aumentaba y él, cada vez apretaba más el acelerador para escapar de la caravana de personas que maltrechas seguían el vehículo. La gran luz s iba opacando y el calor agobiante le provocaba un fuerte sudor pringoso y de olor nauseabundo. Se tiró sobre el auto el niño, su nieto. En la mano llevaba un cuchillo. Era enorme. Quiso detenerse y no pudo. El muchacho cada vez más cerca y las ventanillas bajas, permitían oír las palabras soeces que le profería: “malvado”, “asesino”, “demonio”, “hijo de la puta madre”… y cerró los oídos para no escuchar a su amado nieto decir esos improperios. De repente se le atravesó Belidoro Anzueta con un enorme pecho destrozado y blandiendo un hacha y las manos llenas de sangre mezclada con trozos de plata y oro. Lo atacó con furia, pero el hacha seguía sin hacerle el más mínimo destrozo en el auto o el cuerpo. Pasó de largo junto a Eladia Verón que lo miró con mucha pena. Eladia, era la única que no lo amenazaba ni se veía ensangrentada. ¿Estaba en la reunión en la tabquería? No, no la había visto. Eso lo tranquilizó. ¿Pero porqué allí, caminando junto al pinar del escarpado paso por la montaña? Luego lo supo.

El calor era insufrible. Comenzó a ingresar a un túnel cuya oscuridad lo turbó hasta sentir terror. ¿Era eso el infierno?

 

Comisario, el occiso estaba incrustado en un enorme árbol a la orilla del camino. Atropelló en su carrera a una mujer que pastoreaba ovejas, golpeándola y el frío la mató. Hipotermia, anoté en la planilla. El hombre tenía las manos quemadas. La investigación dirá si fue él, le que puso la bomba en la tabaquería. Pero se nota que no sabía conducir, era inexperto con los fierros (el ayudante del comisario, un novel aprendiz de investigador, detective y técnico agente en casos policiales) siguió observando lo que había quedado de ese antiguo pero hermoso Citroën 7A, y encontró en el asiento delantero una “LugerP08” de las que sabía se usaban en los “Campos de exterminio en la Segunda Guerra en Alemania”. ¿Cómo había llegado allí? Otra incógnita para los inspectores. Los vehículos llegaron desde la capital. La policía debía conocer los sucesos en ese bucólico valle. En menos de un año siete bombas en diferentes lugares con muertes de poblanos, personal contratado en la mina y patrones

Entre los escombros de la tabaquería encontraron algunas pistas. ¡Son trozos de dinamita usada antiguamente en los socavones de minas cerradas!

Los cuerpos que estaban diseminados por el predio, eran irreconocibles, pero los peritos se dividieron entre le auto estrellado y el lugar del estallido. Por ciertos huesos y dentaduras, el A.D.N. sería el resultado de dicha tarea.

Llegaron periodistas de la capital con un sin fin de material tecnológico, y pronto estaba en todos los periódicos y canales de Televisión. Valle Azul y Valle de las Rocas Encantadas, se había visibilizadas, el sueño del iracundo Irineo.

 

Mientras ellos transitaban y laboriosamente se enfrascaban en determinar los personajes muertos, cada uno fue ingresando en ese oscuro mundo donde la Verdad se desconoce. Pero cada uno mostraba al inquieto Irineo, los vicios y maldades que habían cometido: ira, vanidad, mentira, soberbia, robo, ambición, avaricia, lujuria, muerte, envidia, corrupción y maldad.

Solo se salvaba la vieja pastora, que sin saber que el auto que la envistió, le acompañaría con la visión del envilecimiento de quienes convivían en el valle aparentando ser gente de bien.

Los fantasmas iban y venían por el pinar y los hombres que trataban de sacar el cuerpo destrozado de Irineo, no los podrían ver jamás.

 

EL CÍRCULO INFINITO

 


 

            Euterpe se asomaba en el pinar con su flauta de plata. El sonido saturaba la belleza de la brisa. El agua caía derrochona en el pedregal desde la altura de cornisa al abismo. Así la soñó el chico rústico que pastoreaba en la colina del poblado de hispania. Los animales caminaban entre las piedras buscando hierbas frescas sin rodar por el risco.

            Jordi se despertó y miró el sol que se iba recostando en la frontera este y calculó que pronto escucharía las campanas de la ermita que llamaban a oración. Su alforja llena de setas y piñones, llenarían de alegría a su abuela y a madre.

Tenía frío. Sentía sus piernas duras por el aire helado que azotaba en esa zona que le permitía llevar su majada a pacer. De la bolsa que llevaba atravesada al pecho sacó un trozo de pan de centeno y queso de oveja que hacía su madre. Estiró los brazos y el cuello, que entumecido le permitió soñar con otra vida.

Recordó la figura que le mostró don Jaime, el padre cura, con las imágenes de una señora con un niño pequeño en brazos, retozón el crío. Le había hablado de tantas cosas que se mezclaban en su corta frente, y su corazón razonaba que no podía ser que en ese lugar tan lejos de la gente, se viera una dama tan gentil y bonita como esa.

Bajó por la pedrera hasta la casa, metió la majada en el capril y se animó a entrar. Por la puerta del frente vio un caballo ensillado con alforja de cuero y plata que brillaba, con los últimos rayos de sol del poniente.

Entró, callado y simple. Vio a su madre en el suelo. A su abuela en el lecho. Un charco de sangre envolvía el silencio. Un cuchillo en la mesa. El fuego que apenas iluminaba la figura de un hombre. Era don Jaime que sostenía el cuerpo de su padre con un tiro de pistola en las sienes.

Jordi no entendía nada. Don Jaime se acercó y abrazó al niño. Tu padre ha bebido tanto… que perdió la conciencia y ya ves, ahora estás solo con tus ovejas. Cayó de espaldas y vio a Euterpe que venía caminando con la flauta de plata y besaba su frente y la música envolvía la estancia donde todo parecía que estaba en medio del pinar, y la bella Señora con el Niño se acercaba a besarlo en donde había caído como un trozo de piedra.

LA COFRADÍA

 

 

Laureano llegó apurado, tiró sobre el sillón azul, la gabardina y el sombrero. Las llaves cantaban en sus manos temblorosas. Acababa de chocar en la avenida de Las Peñas. Justo ese bendito día tenía que accidentarse. Se miró en el espejo del dormitorio y vio un hilo de sangre que corría por su rostro. Se tocó la cabeza y se dio cuenta que tenía un herida pequeña pero profunda. Se cambió la camisa y se acicaló. Enfrentaría a las veinte una gran cantidad de personajes en la Facultad de Derecho.

Sacó del placard una chalina y se envolvió el cuello, escondiendo otra marca que le dejara el cinturón de seguridad con la compresión del choque. Se colocó un pequeño parche y salió. El coche estaba abollado y recordó la cara de agua fiesta de la mujer y el hombre del otro vehículo. ¡Qué pena! Subió por la colectora hasta la avenida y rogó no encontrar a los policías de tránsito. Por fin llegó al terraplén donde dejaría su automóvil.

Entró con cuidado por un pasillo poco transitado. Se oía a lo lejos el ruido de las charlas de los asistentes a la convocatoria del decano. Cuando abrió la puerta al salón se quedó paralizado. Allí, frente a él, estaban en pié a quienes atropellara en la calle Las Peñas. ¡Gracias al destino, se había detenido y entregado su tarjeta con los datos del seguro!

Flavio Olivera, se acercó y lo invitó a subir al estrado. Y Laureano, sintió que un fuego le atravesaba el rostro. Era la mirada pegajosa de la mujer. Con discreción le preguntó a Flavio quiénes eran esas personas… ¡Ah, los dueños de la facultad! ¡Ella es la hija del ministro de asuntos legales del gobierno saliente y su marido es consejero de la comuna! Sus piernas temblaban. Sus latidos se debían escuchar en el silencio de la noche.

El decano lo presentó: “Señores, con ustedes nuestro querido y recién galardonado Laureano Tancredi”. Se perdía el apellido con los aplausos. Pero un para de ojos verdes se incrustaban en su cuerpo, sus manos también tremolaban. Les había destruido el “Porche” en el choque. Y estaban allí, mirándolo como un par de mafiosos cuando quieren destruir a un enemigo. Sacó un papel de su bolsillo y trató de leer un párrafo. Ella, comenzó a toser. Y todas las miradas se dirigieron a la mujer. ¡Bueno es decir que era hermosa, elegante y denotaba fortaleza de carácter!

Se hizo un silencio y Laureano, comenzó a relatar lo que había sucedido unas horas antes. La gente lo miraba sorprendida. Y públicamente se disculpó. Por supuesto el hombre, aseguró que había sido un incidente sin mayor problema y que lo importante allí era el premio que la Cofradía le otorgaba al muchacho.

Cuando terminó el acto, el decano le indicó que se acercara al buffet donde lo esperaba un grupo de periodistas. Él, intentó escabullirse, pero fue inevitable. Los flashes de las cámaras lo desquiciaban, usó toda su paciencia contestando las preguntas. Al salir hacia la calle, vio su coche ardiendo sobre un pequeño círculo de gasolina. Junto a el, la mujer se había parado con los brazos en cruz. ¡Cómo lamentamos su problema, ahora tendrá en qué gastar el premio que le hemos conferido! Y se fue riéndo.