lunes, 13 de abril de 2026

SÍMDROME DE TRAICIÓN (Capitulo 17)

 

“Entonces también ellos pelearon por lo nuestro, o lo de ellos, que en este caso viene a ser lo mismo. Lucio, la razón y la justicia están de nuestro lado, si hasta el gringo afincado en estas tierras es capaz de dar la vida por defenderla.” Mano a Mano con el Restaurador y otras yerbas acerca de Caseros. Luis Alberto Vespa. 1997

 

            El atentado en Chile fue un éxito. Un hombre muerto por la causa no es pérdida, es ganancia para la Revolución Proletaria. Muríó el Camarada Músico, gran violinista y un enorme revolucionario, dejando su estrella en la frente de un grupo de aristócratas ladrones.

El Comandante Toyo está inquieto, se comunica con clave verde para saber cómo sigue el paquete.

 

            Delfina abre los ojos y por primera vez en un tiempo impreciso ve luz natural. El sol entra por una rendija de la ventana y ella trata de incorporarse. No tiene fuerza y una esposa metálica en el tobillo la ata a una parte metálica de la cama. Es una antigua cama de bronce muy bella. Observa detenidamente la habitación. Es amplia, sobria, con una cómoda donde hay un sin fin de frascos y remedios. El suero cuelga de un clavo en la pared, donde antes sin duda hubo un cuadro, ya que ha quedado una marca amarillenta en la pintura que pudo ser celeste pálido cuando la pintaron.

            Por primera vez en ¿cuánto tiempo? siente hambre. Sus mejillas se humedecen con lágrimas que suman tibieza a la que siente con esa manta que la envuelve. Escucha la estridencia de “Los Iracundos” en un Long Play que rueda fuera de la estancia. ¿Adónde la han llevado? Las cárceles del pueblo donde estuvo no tienen nada que ver con este tipo de lugar. Su mente desvaría. Cree estar en su casa. Soñó todo lo que ha vivido o le ocurre realmente. Su mente afiebrada pasa de la realidad a la ensoñación o al delirio.

            Sus hijos. ¿Qué hacen sus hijos? Tiene que preparar a Sol para participar en la escuela. Es una pastorcita en la fiesta. El dolor se está escapando de sus heridas. Gabriel debe estar por regresar del cuartel. Le encantan los Iracundos y si van a bailar este sábado, invitará a María Clara con ese chico que conoció en Texas. ¿Pero no hay nadie que venga a darme un beso? Mañana voy a ir a la peluquería, se toca la cabeza y descubre que no tiene el largo cabello que tanto cuida. ¿Qué me está pasando?

            El ruido de un motor que se acalla la retrotrae a su estado hipnótico. Debe cuidarse del enemigo. Hay una guerrillera que la odia mucho, no sabe por qué.

            La llave destraba la puerta con un sonido herrumbroso. La humedad y la sal, hacen estrago en las casas junto al mar. Ingresa un hombre. No está encapuchado. Ella finge dormir. El joven le toma el pulso y la presión. Agrega una ampolla al suero y sale. Cuando está llegando a la salida del dormitorio, ella gime y llama a Gabriel. Él no se vuelve, se coloca rápidamente un pasa montaña y se acerca. Observa que está despierta. Entonces sin hablarle, le ofrece agua. Delfina bebe y se incorpora. Eso es lo que el joven esperaba para saber que ya se tienen que ir de la casa de Cariló.

            Una vez cerrada con llave la puerta, se detiene y llama a un teléfono y habla en clave. Viajará esa noche para devolver el paquete.

            Luego el encapuchado le sirve una sopa y comida sencilla para no destrabar la mejoría. Es urgente que regrese a la ciudad.

            En la noche la viste y envuelve cuidadosamente con una manta de viaje y la lleva atada en la cajuela. Cerca de La Plata, la saca y la pone en el asiento de atrás. La lleva sedada. Si lo detiene un Grupo de Tarea, dirá que está dormida y vuelven de un fin de semana de amor en la costa. Su tipo de vestimenta y todo él, se mimetiza con los chicos bien de la sociedad porteña. No tiene documentos falsos y toda su vida está limpia. Por donde se lo investigue, es el candidato perfecto para la Clave Verde de la organización.

            En efecto, lo detiene un oficial de la Federal, le pide los papeles y miran con una linterna a Delfina que duerme plácida en el asiento trasero. Lo dejan ir. Nunca podrían reconocerla, antes era rubia, ahora teñida, pelo cortísimo y tan delgada; es otra persona diferente. Ni su familia la podría conocer.

            Le han indicado otra cueva. En medio de un barrio en Tigre. Una casita de madera, con pequeño jardín, árboles frutales, hamaca en la parte trasera. Nada llama la atención a los ojos comunes de los vecinos. Incluso allí vive una familia con abuelos y perros.

            Detiene la camioneta y saca a la mujer ingresándola a una cochera de chapa. Abajo, en un sótano, está el refugio de la guerrilla. No sólo estará ella, sino que hay tres más.

            Pronto Delfina los conocería y comprendería cuán difícil es escapar de sus captores.

            Cuando despierta del calmante, está recostada en una especie de camilla de cemento, atada de pies y manos. Cerca, en una jaula metálica hay un hombre de barba y bigotes canos. Es de gran tamaño y se debe doblar sobre sí mismo para entrar en lo que parece ser una celda. Delgado y con ojos afiebrados. Tiene hambre. Le duele el cuerpo por la postura infame en que se ve obligado a permanecer.  Canta una tonada francesa. Ella, que habla francés le contesta en su idioma. Él, comienza a llorar como niño. Ella le pide que recen juntos. - Soy ateo, no creo en Dios, pero usted rece yo trataré de imitarla, tal vez salga de acá, si salimos, creyendo en ese Dios del que tanto me han hablado mis abuelos. -

            A través de un débil muro escucha la voz afónica de otro hombre. Me llamo Gustavo Sosa y soy policía. Ayer me llevaron a otra cueva y me han golpeado tanto que creo tengo una costilla fisurada. ¿Ustedes quiénes son?

            Ella duda. El francés también, pero la necesidad de comunicarse con otro ser humano les hace pronunciar sus nombres: -“Mi nombre es Gerard Gaubiert, soy dueño de un astillero en Doc Sud, me sacaron de casa en octubre y no he salido sino cuando me golpean o me llevan a otra cárcel del pueblo en otra zona. Nací en París y hace tres años vine a este país, buscando a una hermana monja que ha desaparecido.” *a

            - Mi nombre es Delfina Cuenca de Dacosta, soy esposa de un oficial del Ejército y no se cuánto tiempo he estado encerrada. Creo que en el verano, después de un acto en el Comado en Jefe del Ejército me llevaron. He estado muy enferma, pero un guerrillero me curó. Mi mente no es muy clara. Tengo cuatro niños pequeños. Ya quiero que esto se termine, prefiero morir a pasar lo que estamos viviendo. Lo dice de un tirón porque sabe que es la única oportunidad de hablar con gente de su misma condición.

            El ruido metálico de una puerta al abrirse los hace acurrucarse. Entran dos revolucionarios. El grito que da uno de ellos retumba en la guarida. ¡Silencio! Ustedes están listos para una fotografía que se mostrará al pueblo. Deben permanecer callados o les daremos una lección como al cabrón de Sosa, que quiso hacerse el machito con la Comandante Mara.

- ¿Usted es Delfina Cuenca? De gracias a su dios, que está viva. Un camarada de Texas, le salvó la vida. Estaría congelada. ¿Acaso son tan ignorantes y soberbios que no entienden que son Mierda, que no valen Nada?

- ¡El franchute buscando a una camarada nuestra desaparecida e indagando cosas que no le atañen! Su hermana está muerta por las tropas enemigas de la revolución. Pídale a los Ángeles de Misericordia de la Marina que se la devuelvan. Nosotros se lo vamos a agradecer. Además, usted es igual a todos los traidores imperialistas; vienen a hacer negocio a costillas del proletariado. Puede hacerle compañía a su preciosa hermanita. Además no dudo que la yegua era una lesbiana con traje de monja.

Delfina suspira apenas. Cómo quisiera volver a estar dopada. Este tiempo de locura es demasiado para su corazón. Ya no puede llorar.

La visten de nuevo con ropas militares, rústicas y malolientes. Pero nada es peor que el tener que mostrarse desnuda frente a guerrilleros y compañeros de sala. Aunque los separa una reja, su pudor le impide mostrarse así. Piensa en su hija Sol, en María Clara y en su madre. ¡Dios misericordioso, apura este dolor! Comienza a rezar el rosario en francés y recibe una cachetada que le rompe un diente y parte del labio superior. Sangra, otra vez sangra. Jesús pasó por cosas peores, dice en voz alta. Recibe un puntapié en la ingle y cae desmayada.

La llamada que recibe Florencio, el hijastro de Edgar Juvar Leylakson, en Tennesse, donde está haciendo un post grado, lo llenan de alegría, podrá darle algún dato a María Clara sobre Delfina. Del otro aparato se lo prohíben. Debe venir al país si quiere hacer algún tipo de contacto. Recibe un cable en clave. Saca las claves y con cuidado descifra lo que quiere saber. Se tiene que proteger, pues su padre está en un lugar muy importante y lo pueden matar.

 

            Mara regresa esa mañana a su trabajo satisfecha. Cuando llega se encuentra con unos marinos acompañados de extranjeros que están buscando al francés. Muy desorientados, los franceses, piden por la vida de las ciudadanas y ciudadanos galos, pero el Coronel Bernárdez y el Mayor Canardi, no tienen sino vagas ideas del paradero de esas monjas. No tienen noticias del recoveco en el que están metidos. Trampas mortales de su  propia tarea.

            Reina López saca a relucir ciertas notas que llegaron al escritorio de sus jefes y mira con sorna a los marinos. Éstos se escudan en palabras armadas y prometen moverse para recuperar a los extraviados. Todo es una tremenda mentira, piensan, pero ninguno se muestra tal cual es. Unos por creerse capaces de hacer justicia y los otros, por hipócritas.

            La llamada de Dacosta, permite distender la reunión. Mara o Reina, se hace a un lado. Llega Marcelo Pedriel con la noticia que se ha encontrado el cadáver de un obrero en el astillero de Doc Sud, lugar donde fue capturado el francés. Mira a la secretaria de reojo y siente que ha dado en el blanco, ella sabe qué sucedió allí.

            Gracias a Dios su padre ha regresado a Chile hace un rato y él, recuerda que debe esconder su verdad y seguir trabajando en la oscuridad.

 

*a : Nombre irreal que hace referencia a las monjas francesas desaparecidas y a un alto ejecutivo torturado por la guerrilla y muerto en el país.

 

 

                                              

 

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