miércoles, 15 de abril de 2020

LAS ZAPATILLAS DE BAILE




            La joven se miraba al espejo. Esperaba que la llamaran para entrar a bailar al plató. Estaba descompuesta; pero igual recordaba lo que pasó.
En la función anterior un público manifestó su desencanto por el retiro de la primera bailarina. Esa famosa joven que vomitaba y vomitaba antes de bailar. En realidad, nadie sabía que estaba embarazada; que la había violado el dueño del teatro entre los trebejos de tramoya y sólo el tramoyista los había espiado. ¡Nunca se atrevería a denunciarlo! Sabía que lo echaría inmedediatamente. Un pacto de silencio empujaba a los empleados del odeón para evitar que cerraran el único lugar donde podían desempeñar su trabajo.
            La bella “Julieta y el hermoso Romeo con sus mayas viejas y ajadas, siguieron bailando hasta completar el ballet. Cuando cayó el telón, ingresó un policía con un médico tinto en sangre. En un callejón cercano al teatro habían encontrado el cuerpo del tramoyista, con la yugular cercenada. Un silencio profundo se hizo en los entretelones del teatro. Nadie se atrevió a pronunciar palabra.
            Se miraron unos a otros. El policía les obligó a sentarse en el suelo y comenzó a indagar mirando a los ojos de cada uno de los personajes del teatro. Un horror atravesaba el cuerpo de los frágiles muchachos. Sabían que se delatarían. Otros, realmente desconocían lo ocurrido con la primera bailarina hoy reemplazada por Jazmín Otero.
            Un arrogante patrón caminaba furibundo entre el personal, con la mirada fija en cada uno, amenazante y sarcástico; no hablen… decía su actitud, que no pasó por alto al Inspector que ingresó tras el oficial de la policía inicialmente interrogante.
            Jazmín, muy descompuesta cayó desmayada. Mirko, la recogió e intentó sacarla del lugar, cosa que fue impedida por el nuevo inquisidor. ¡Esta joven debe saber algo! Y un murmullo se desbarrancó entre los presentes. ¿Ella también?
            El hombre de gabardina negra con oídos acostumbrados a los susurros, entendió que había un secreto conocido por todos. E indagó con fiereza a los presentes. Los fuertes gritos retumbaban como timbales en el teatro. ¿Qué está pasando aquí? Urge que hablen o los arrestaré a todos. El temblor de los artistas era clásico. No Estrabn acostumbrados a enfrentar ese tipo de trato.
            Una voz cansina y trémula dijo: - Hay una posibilidad. Ayer nuestra querida Muriel, se desmayó y hubo que reemplazarla hoy porque está embarazada. Tal vez, el tramoyista tenía algo que ver… era un padre negado.- Y se hizo un silencio gélido.
            -¿Es posible que Muriel o como se llame esa muchacha, sea la asesina? – preguntó al patrón. ¡Si, claro es una mujer fuerte y odiosa! El grupo se rió a carcajadas. ¿Fuerte y odiosa? Si era débil y amorosa, jamás se negó a pesar de que fue maltratada por usted, dijo sin temores  el pianista.
            No pasó por alto el comentario. Bueno serán todos indagados y queda arrestado el señor, dijo mandando al policía a apresar al hombre. Jazmín despertó. Mirko la sostuvo y ella señalando al patrón dijo: Yo pude ver que violó a Muriel, usted es un malvado. ¡Asesino! Gritaron todos. E inesperadamente, éste sacó un pequeño revolver y detonó un tiro en la sien, cayendo sobre el plató. La sangre cubrió las zapatillas de bailes de los artistas. ¡Todas, ahora, eran zapatillas rojas tintas en sangre!

LA SEÑORA DE TAL




            Llegó en verano, con altiva mirada. No saludó a ninguna de las personas de la cuadra. Vestía con  la última moda que mostraban los magacines y vidrieras de los escaparates más caros. Sus largas piernas perfectas, su cabellera hermosa, larga y de un dorado perfecto. Manos impecables y cuerpo escultural.
            La casa era muy bella, grande, iluminada y discreta. El personal llegaba temprano y se retiraba tarde. Tres automóviles diferentes esperaban en el garaje.
            Un cambio en la economía me dejó sin mi puesto en el banco y salí del apuro, cuando Ernesto me ofreció su taxi. ¡Sólo de noche! Claro, de día lo trabajaba él. Salí de 23 a 6 de la mañana. Difícil acostumbrarme a ese horario, pero Carmelita, mi esposa  trabajaba en una escuela y el salario era escaso.
            Ella, la vecina nueva jamás nos saludó y menos ahora que yo salía de noche con el taxi. Y un día, como por casualidad me mandan a un motel de lujo a buscar una pareja. El muchacho era joven y salió muy nervioso. Detrás, ¡Oh, sorpresa! Ella, nuestra vecina. Un sudor frío le recorrió la frente. Subió atrás y el hombre me pidió que la llevara a su casa, que el viajaba en unas horas. ¡Era el amante! Pero no mostré el más mínimo asombro. Me suplicó silencio. Yo le prometí discreción y secreto. Unas lágrimas le hicieron correr el rimel. Le pasé un pañuelo de papel y se secó las lágrimas.
            ¡Si mi marido sabe… me mata! Yo no la he visto, dije. La dejé en la puerta de su casa, luego de dar unas vueltas para que se tranquilizara. ¡Gracias!
            Ahora cuando sale me saluda afable. Y a mi esposa le dije que la traje del cine junto a unas amigas. ¡Cómo nadie se imagina, no quiero una muerte en mi conciencia!

UN AMOR IMPOSIBLE



PARECE QUE LA LUNA HA DESPERTADO DE SU SIESTA. SAYUNG CHIN. COREA

        Macarena despertó sorprendida cuando sintió ruidos extraños en la calle. Era como un silbido de barco o sirena de una fábrica cercana. Se asomó al ventanal y sólo vio un auto que araba con los neumáticos el cemento de la calle. Volvió al lecho y se acurrucó en su edredón. Era pleno invierno y si bien no había nevado aún, pronto se cubrirían los tejados, autos y jardines de nieve. Aletargada, sintió la tibieza de “Chispa” su gata. Ronroneaba y lamía su frente para demostrarle su amor incondicional. ¡Era su único amor! Su ex novio la dejó el verano anterior y se fue a trabajar a otro continente. Ella quedó con la utopía del regreso, pidiéndole perdón… pero nunca llegó; ni él, ni el perdón.
        Miró el reloj y era muy temprano para comenzar el día. El amanecer había moreteado las nubes como algodón apaleado. Sonrió cuando la gata bajó lánguida de la cama. Deslizó su pereza hacia la cocina y desapareció tras la puerta entre cerrada. Macarena haciendo un enorme esfuerzo se estiró para ir a la ducha. El agua caliente la animó. Su “cueva” estaba tibia como nido y se sintió agradecida a sus jefes, que le permitían mandar las investigaciones de negocio por Internet. También agradeció a la vida y a su Dios que le había permitido estudiar una carrera interesante y liberal.
        No ganaba mucho, pero lo que tenía en el banco le permitía vivir bastante bien, sin grandes alardes ni presunciones. Estaba tranquila. Su madre en una ciudad cercana solía venir los fines de semana y salían al cine o al teatro, luego a cenar en algún rincón donde no hubiera tantos comensales que interrumpieran su camaradería. ¡Desde que vino a la ciudad, comenzó a tener mejor trato y comprensión con ella! Antes discutían y solían decir cosas hirientes, por el pasado. Ahora eso había quedado atrás. Sola y sosegada, hacía su vida.
        Salió de la ducha, se secó el cabello con un aparato ruidoso y cuando caminaba hacia el dormitorio, escuchó el timbreo del aparato de la planta baja. Miró por la ventana, envuelta en la bata, y vio un coche de techo azul con letras blancas en la calle. Eran policías. Atendió por el fono de la cocina. Pedían hablar con las personas del edificio. Ella les dijo que debían esperar y que se identificaran dejando por le visor su identidad. Se vistió sin apuro y se maquilló levemente. Luego, hizo una oración pidiendo ayuda a sus ángeles guardianes y aceptó que subieran al departamento.
        “Chispa” se adelantó a olisquear a los que habían ingresado. Uno era un hombre obeso, calvo y de buen talante, sonreía y el otro, joven alto, inquieto y nervioso. Usaba anteojos oscuros a causa de la luz que entraba por el ventanal. La gata, se subió a los brazos del sillón donde se había sentado el varón mayor. Éste comenzó a hacerle mimos a Chispa, que ronroneaba feliz. Sonó el timbre y al abrir, apareció una mujer de mediana edad, muy seria y se precipitó dentro como si alguien la hubiera invitado. Se presentó a Macarena como la oficial inspectora Olivera. Advirtió que los otros dos nunca habían dicho su nombre.
        ¡Disculpen, pero sus nombres? Nunca han dicho sus nombres. La mujer hizo un gesto amable y ellos dieron su cargo: Inspector Correa y subinspector Forneri. ¡Bien qué necesitan! Olivera se adelantó insinuando que seguro la joven había escuchado o visto algo esa madrugada. Rotundamente No. Yo dormía hasta que los ruidos que hacía el portero me despertaron, más, había entrado a ducharme cuando logré oír un insistente sonido en la cocina del pequeño conserje eléctrico que tiene el edificio. Mintió. No quería complicarse en quién sabe que cosa ocurriera en su vecindario.
        Se miraron extrañados los tres policías. ¿No escuchó los disparos? ¿Han matado a dos personas casi en la puerta del edificio y usted dormía? ¡Qué extraño! Su vecino del departamento abajo sintió incluso, la huída de un automóvil. Y Macarena comenzó a mirarlos cual si fueran extraterrestres. ¡No, yo cuando duermo, duermo! Chispa, saltó y trató de subir al regazo de Olivera que con un gesto áspero la sacó. ¡Perdón, odio a los gatos! El atento Forneri, se acercó y tomó a Chispa con afecto y le hizo unas caricias. Macarena sonrió; le cayó bien ese muchacho. Él, se sacó los anteojos y ella se quedó muda, es un decir, al ver los ojos verdes del hombre. Bueno, bueno, creo que entre sueños escuché un silbido o una sirena, un ruido que no me llamó mucho la atención. Luego seguí durmiendo, no se qué hora era.
        ¡AH, bueno, algo es algo! Su vecino dice que eran más o menos las cuatro de la mañana. Que no había salido el sol todavía y Macarena recordó el poema: “Parece que la luna ha despertado de su siesta”, que había leído esa noche en un libro de poesía antigua coreana. Recordó el color violeta-malva en las nubes. Ahora había comenzado una suave nevisca. ¡Sí, puede ser! Pero nunca me asomé ni salí de mi lecho. Nada puedo decir. Olivera la miró con desdén. ¿Usted señorita…no trabaja?
        Mi nombre es Macarena Robles. Y trabajó en una empresa de Noruega. Mis jefes reciben por Internet mis investigaciones y me depositan en el banco Noruego, sucursal capital mi sueldo. Puedo darle mi clave si es tan importante. Forneri, carraspeó y se la pidió. La otra mujer se quedó sorprendida. ¿Para qué quiere este chico la clave? Pero no dijo nada.


        Salieron y al asomarse vio una camioneta que llevaba unos cuerpos. Chispa se había encaramado a su espalda. Desde abajo, Forneri la saludo con la mano. Ella se quedó espiando. Nada le dio la impresión que había conocido al que sería el amor de su vida.
         A la semana apareció en la pantalla de su computadora, un mensaje de Forneri. Se llamaba Pablo y le contaba algunos entretelones del hecho. Eran una pareja que tenían un romance prohibido y el marido despechado había tomado cartas en el asunto, matando a ambos. Macarena, buscó en los periódicos por Google y conoció toda la controvertida intriga del “affaire”. Dos días después  se presentó el joven y la invitó a salir. La llevó a un resto donde la calidad del lugar le encantó. Comió poco, como siempre y hablaron hasta que el chef los echó. Salieron bajo una nevada copiosa. Llegaron al departamento y ella lo invitó, pero él, declinó el convite. ¡Ya habrá tiempo!


TRAVESURAS EN MIS VIAJES

 ESCOCIA, UNA RUINA MUY ANTIGUA EN ALGÚN LUGAR DEL PASEO
EN UN MUSEO DE ITALIA, DELEITÁNDOME DE LOS GRANDESPINTORES 
EN EL BAZAR DE LAS ESPECIES DE TURQUÍA, EL JOVEN TRATÁNDOME DE VENDER "TODO" Y EL OTRO HACIENDO PAYASADAS. ¡LO IMPORTANTE ES VENDER!

MONÓLOGO INTERIOR


   Me siento como enjaulado. Hoy me he levantado tarde, como siempre, así nunca voy a llegar temprano a ningún lado. Viste minina, la vida es un ir y venir. Ayer la vi, estaba sentada en El Molino, con ese fulano, el pintorcito. Un segundón. Es cierto que yo con mi facultad nunca tenía tiempo para llevarla al teatro. Esta tarde tengo que ver los resultados de mi cultivo de bacterias. Ahora minina siento unas ganas locas de abrazarla, tocarle el hombro transportándole mi pereza a la espalda con mis manos húmedas por el calor de sus besos. Casi como si apretara una rosa recién cortada. Hablando de rosas, te acordás ese poema de Neruda, ese... a ver si recítalo, vos sabés a cual me refiero. Bueno sino te recordás no importa. Tal vez Buscaglia u Onetti. Sos una mimosa, gatita, igual que ella. Una gata. Me acuerdo cuando nos quedamos cocinando chuletas de cerdo con puré de manzanas. Me parece tener aun el sabor de sus besos con olor a hogar. En el hotel, te dije, ¿no? Hay una piba que se hace la artista, camina desde el amanecer vendiendo su sonrisa y yo, tonto como siempre, le compraría una semana de sonrisa para olvidarme de Ella. Ayer arreglé un poco acá pero soy un desastre, si estuviera ella, minina, comeríamos los salamines de mi tía leyendo a Cortazar y escucharíamos al Negro Lavié en Caño 14. O a Goyeneche...te acordás las noches en que me abrazaba en la cama porque tenía frío. La lectura era como la manta que nos cobijaba de la hambruna y de la soledad. Leer a Borges era una vestimenta para el desaliento y el frío. Sos tonta venir a refugiarte en mi cama. Sin el calor de su cuerpo es como un moretón en la espalda o el vientre. Su vientre era de seda y mostacillas. Me producía calor aun en los días de frío y la cobardía de no llegar a darle todo lo que se merecía. Me acuerdo de sus dedos metidos en su largo cabello castaño, parecían  colmillos finos de marfil. Su risa me penetraba la ingenuidad de creer que sería para siempre. No existe el para siempre. Salí de mi saco que tengo que salir para tomar el tren a La Lucila. Allá me espera Susana, no Susana del Piero no, eso es imposible. Susana una viejarda que me tiene preparado un buen asado de cerdo a la parrilla. Es una bióloga con la que estamos haciendo un trabajo. Quedate tranquila. Ya vuelvo. Me arreglaré, sin ella me arreglaré igual. Es difícil. Chau Gata, amiga.

OTRO INFIEL QUE DESPLAZA EL OLVIDO




            Apesta el olor a fritura en la galería. Los visillos se desdibujan sobre el corredor que lleva en damero a los fondos de la casa vieja. Hace calor y humedad. Las chicharras clamorean encaminando sus atractivos sexuales a las hembras. Un sopor manifiesto se despliega en los dormitorios sombríos. Lentos ventiladores perezosos se desdoblan en aspas gastadas con zumbidos de insectos invisibles, sobre las sábanas de algodón que clarean las sombras. Clavo de olor, canela y vainilla. Fantino yace semidesnudo bajo el sopor del ron y la cerveza. Noche tras noche amancebado con las busconas de Puerto las Rocas. Un vientecillo suave, mueve las cortinas de la puerta ventana, atrayendo aire con olor a río. Espanta las moscas y mosquitos, que en la oscuridad sacrifican su necesidad de sangre en la grosera piel del ajumado moreno.
            Temprano ha comenzado el ruido de los carros que llevan el pescado y los mariscos al mercado. El grito de los hombres que trabajan, no lo despiertan de sus interminables borracheras. Una gallina atrevida ingresa en la habitación en penumbra y picotea el piso donde hay restos mutilados de comidas derrochadas en la jarana. Nadie se atrevería como el ave a acercarse. Seguramente, un zapatazo sería la respuesta. Sin embargo, Nunila, escoba en mano limpia el patio de tierra, sacando hasta brillo al polvo. Su cadera gruesa, sostiene la enorme falda blanca de algodón con puntillas. Sus manos hábiles fabrican para ella y los extranjeros metros y metros de puntillas en la penumbra de la tarde cuando espera el grito de Fantino. Odia esa voz. Odia al hombre. Odia el mundo y a las hembras que venden su cuerpo a ese gordo infame y alcoholizado que está siempre tirado, fingiendo vivir, sólo para copular noche tras noche.
            Nunila, fue bella. Morena de ojos claros y largísimo pelo ondulado con brillo de perlas negras. Creyó en él. Creyó que la sacaba del infierno de su rancho, donde cada hombre era más y más bruto con el ron o la ginebra. Estaba allí, ahora, en las sombras de esa vieja casa que guardaba sus secretos. Antigua estirpe de otras épocas, donde el oro relucía entre los marrulleros comerciantes que atraían las minas del interior. Cada barco que atracaba, era un escándalo en el puerto. Atiborrado de mujerzuelas y borrachos. Gritos y peleas, que acababan en las zanjas con sangre de infelices nunca buscados por nadie. Marginales. Para Puerto las Rocas, no había una ley y si la había, nadie sabía cuál era. Nunila en silencio sobrevivía al horror de los sucesos. Callada, cocinaba plátanos fritos, mariscos y pescado, arroz con cerdo. Nunca le dio ni una moneda el Fantino, nunca. Sólo vivía de sus manualidades. Pagaba a las rameras con algunos billetes que conseguía de los extranjeros que se enamoraban de sus encajes. El ron y el alcohol, lo traía Amancio, dueño de las hembras. Ella era fiel. Salía con su turbante atando el pelo y la pollera suelta que le cubría hasta los tobillos. Ella no era igual a esas desheredadas que traían cada noche.
            A veces, se atrevía a los altos, por la escalera desvencijada y entraba en la gran alcoba de la señora Santina y abría los cofres cubiertos de mantos de seda. Se ponía uno de aquellos trajes de seda antiguo. Se sujetaba el pelo con peinetas de carey o nácar y usaba los aretes de oro y zafiros. Se transformaba en señora. En dama. Descalza caminaba sobre la alfombra de Persia. Se daba aire con el abanico de plumas de ave del paraíso. El espejo le devolvía un fantasma. Gloriosa en su belleza nativa. Majestuosa en su porte de reina. El mejor era el verde agua, con encaje de Bruselas. Las enormes enaguas de lino, aun conservaban la fortaleza del almidón y su cuerpo parecía una pintura arcaica de la colonia. Todo eso era de otro siglo. De otra vida. Después se desvestía, guardaba sus secretos y volvía a su vestido de algodón blanco y a su turbante. Nada sacaba para sí, su marido, si la viera, le daría tantos palos como pelos tenía en la cabeza. La señora Santina era la suegra, que cuidó hasta la muerte y que nunca la consideró esposa del hijo idealizado. ¡Si lo viera! Borracho todo el día. Follando cada noche con una o dos y hasta tres mestizas del puerto. Caería en otra apoplejía como la que sufrió cuando supo que su marido tenía una manceba… y con nueve hijos por ahí, en las afueras de Puerto las Rocas.
            Solía tomar el cuadro con el rostro de doña Santina y hablarle. Como le hablaba en el lecho, mientras le lavaba las heridas provocadas por las horas en el lecho, o los insectos. Otras veces, cuando le daba de comer en la boca, la madre, se negaba y una lágrima corría por su piel lechosa. Ella con un pañuelo de encaje las secaba mientras acariciaba sus manos. Igual, nunca la quiso. Nunca devolvió un gesto, una palabra, nada. Era mestiza. Su madre negra y su padre blanco de ojos claros. Por eso ella tenía esos ojos de cielo cambiante según se avecinaba la tormenta. Un día en la feria, tropezó con un hombre que le dijo:- “¡Hembra tienes ojos de mar tormentoso! ¡Sí que eres bella!- Huyó, Nunila, dejando la cesta con la compra sobre la mesa de madera en la calle, perdida. Perdida ella, en el temor de las palabras escuchadas. El extranjero trató de correr tras ella, que se perdió entre los callejones malolientes del puerto. Y lloró su destino. Entre los paraísos en flor, lloró su suerte.
            Al regresar a la casona, un grupo ruidoso de gente, entre ellos dos vecinos y el Amancio, la esperaban. Algo extraordinario había ocurrido. El marido, Fantino, había salido gritando por la calle y cayó como partido por un rayo en las piedras mugrientas. Balbuceaba algo. Una espuma blancuzca le burbujeaba entre los labios. Santina vino a buscarme, Mamá, y dando un revolcón en la tierra, perdió el conocimiento. Sus ojos en blanco y sus uñas amoratadas, como lo que se podía ver de los labios, fueron lo último que se vio, antes de pasar a otra vida.
            Nunila, con el señorío de siempre y su silencio, redujo todo a un sepelio corto. Sin ruido y sin llantos equívocos. Pocos fueron a acompañarla. ¡Mejor!
            Una semana después, limpió la casa. Pintó con cal cada habitación, lavó y cepilló cada ventana, mueble y piso, dejando que la luz de la vida regresara a la vivienda. Se transformó en la dama que era. Con las telas de los vestidos de doña Santina, se hizo ropa acorde a la época, se colocó el cabello con las peinetas de su suegra y habilitó el salón, para que allí se aprendiera a fabricar los encajes que ella sabía confeccionar. Pronto las muchachas de otros barrios llegaron a aprender. El murmullo de las voces juveniles, le cambió el tono a la zona.
            Un atardecer, sentada Nunila en la galería, vio bajar por la escalera a doña Santina, con su mejor traje de seda amarillo pálido, le tomó la mano y dejó en el hueco de ambas, una caja llena de joyas, que la muchacha nunca supo que existían. Luego le dio un beso en la frente y salió por la galería desapareciendo entre los jazmines.   

OTRORA ERA AMOR


Tener en las manos pétalos de seda
besos tibios con sabor a niebla
pasto azul de espuma   de trigales
que se recuestan en sueños  volando a un confín de oro
dunas escarpadas con aljibes secos.
Palabras sin néctar de duraznos violetas
mariposas pobladas de sangre de planetas
brillante noche en riesgo de una guerra perpetua
sin otro hogar que un silbo del viento
ojos prendidos a pájaros de hielo
nácar que atraviesa un jardín de tormentas
donde la diosa del amor moviliza una gema de fuego
en la mirada de los hombres
con ráfagas doradas de belleza y
en el cuerpo ejercitando la promesa de un amor
apasionado que procrea lirios