martes, 2 de febrero de 2021

LA CASA AMARILLA

 Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.

 

 

  

LA SELVA INQUIETA

             Recogió la red, el espinel y las boyas. El agua crispaba la barca que se arrebataba en la orilla. “Tucú” saltó hasta la arena húmeda y ladrando se perdió entre los camalotes. En un costal, juntó los pescados que le había regalado el río. Su río. Esa lengua feroz que solía maltratarlo con la creciente que llegaba desde el norte. Ese día llevaba un buen almuerzo para su familia. Ya eran siete. Se agregaría su suegro y su cuñada pasada la época de cosecha de tabaco en Oberá.

            Descalzo, con su cuero libre al viento, sometió la humilde barca a un empujón fuerte y la ató a un ñandubay. El sol amainaba con la tarde. Y el calor se escondía como niño travieso. Se puso una camisa sudada. Calzó unas ojotas de goma y dejó el bote. Caminó silbando un “chamamé” para que su mujer supiera que volvía.

            De lejos vio el vuelo errante de los cardenales que regresarían buscando alimento para sus pichones. Algunos loros y guacamayos coloridos iluminaron sus alas con los últimos rayos de sol. Con cuidado, por las yararás, camino el trecho que lo unía a la casa. El techo de quincho y palmera resistía las lluvias en la primavera. Él, subía a revisarla y a veces encontraba bichos y arañas entre las cabreadas.

            La tierra apisonada le dio tranquilidad, los niños alborotaban el pedazo de terrón ganado a la selva que perpetua, agredía el espacio. Machete en mano, cortaba cada nueva hierba que intentaba asomar del piso. Era su templo, su lugar en el mundo.

            ¡Pero el río…ese era su amado bienhechor! La María, asomó su rostro quemado por el fuerte clima del monte. Ya estaba lista para parir de nuevo, su gran milagro era tener hijos sanos y felices, en ese pequeño mundo vegetal. Cuando entró, echó la carga sobre la mesa achuelaza junto al fogón y los fuegos, calentaban agua para que los “gurises” no enfermaran de parásitos y otros males. Hacía un para de años pasó el lanchón de prefectura y una médica blanca y joven le enseñó un montón de mañas para que nadie fuera a necesitar ir al pueblo.

            De la chacra, sacó limones y paltas, hizo una ollaza de pescado frito y caldo, el pan crujiente sacado a la mañana del horno de barro, acompañó el hambre de los niños y de Servando.  Se tiró en la hamaca, a fumar un tabaco envuelto con miel de camoatí y se quedó dormido. Miles de insectos le perforaron la piel. Nada lo despertó.

            La luna anaranjada iluminaba el espacio de selva ruidosa y libre. María, cerró los ojos sonriendo. ¡Ese día habían comido bien los “cunumí”! Un carayá curioso se aseguró un lugar sobre el hombro de Servando. Se despertó el hombre y de un manotazo lo espantó, justo para ver que una serpiente se acercaba silenciosa a sus pies. Sacó el facón, lo blandió con destreza y cayó la cabeza de la maligna. Mañana recogería el cuero para estirarlo. Pagaban bien los cueros en el boliche.

            Pasaron dos o tres días y llegó un hombre que no conocían. Se presentó con gestos raros. Desconfiada María, se guardó en el rancho. ¡Que hable con Servando!

            ¿Qué quiere? Unos niños no pueden vivir sin ir a la escuela. Dijo y miró de frente muy formal. Me manda el intendente para que inscriba a los chicos. Y le pidió documentos. ¡Ninguno lo tiene! Dijo el padre y el hombre endureció el seño. ¿Cómo? ¿Y usted? Tampoco, acá no necesitamos esos papeles. Además, cuando el río crece se moja todo y se pierde el sello y la escritura. Entonces, me tiene que acompañar a la prefectura. ¿En calidad de qué? De… detenido. ¡Usté está loco!

            María se acercó, su mirada sombría imitaba una yarará vieja. ¡Acá nadie se va! Y menos el Servando, que trae la comida todos los días. O me dará el pescado y la nutria o el capibara usté. Salga de nuestra casa y de nuestra selva.

            El hombre, cabizbajo se fue alejando con la cabeza torcida. Ya verán estos torpes. Volveré con un gendarme. Y se acabarán los pretextos.

            Pasó un tiempo y llegó la inundación. Y con ella el rancho se fue desdibujando en la selva. María y Servando con su bote se habían ido, lejos con sus niños y animales. Cuando vino el prefecto a buscarlos sólo encontró un trozo de tapera y la selva que envolvía todo. El ruido de insectos y guacamayos era el sonido de una sinfonía intermitente de vida en esa jungla.

             

           

MUJERES DE INDIA

 Mariposas brillantes que se mueven en las calles

Con los saris multicolores entre el fango y el oro.

Mujeres alfareras, tejedoras, mendigas,

Comerciantes, campesinas,  religiosas,

Madres, abuelas cuidadoras de miríadas de niños.

Son millones de flores de colores que caminan entre las callejuelas

Rojo y oro, azul, granate, azafrán, violeta,

Amarillo, turquesa, verdes y blanco.

Sonrientes y afables, inocentes y alegres.

Son mujeres que transportan enormes bultos y caminan,

Inspiradas en dioses que le exigen peregrinar día y noche

Hacia el Ganges sagrado, a los templos milenarios.

Son flores que trabajan en los parques, las tiendas, las veredas,

Las chabolas y enormes casas parentales.

Las casan desde niñas. Con sus rostros alhajados en oro

Marcados con pinturas rituales, de colores sonrientes

Y ruidosas rutinas de tambores y campanas en las festividades.

Son mariposas de alas angelicales, con colores que brillan.

Mujeres de sonrisas preciosas e ingenuas.

Mujeres de la India, hermosas y llenas de bondades.

Mujeres de la India, que aun siendo mendigas son bellas mariposas…

lunes, 1 de febrero de 2021

UN EXTRAÑO EN LA TIERRA

 

Llegó con el silencio y sigilo de los desconocidos. Pantalón de lona y alpargatas viejas. Un sombrero sudado y deforme como las manos en sarmientos resecos, artríticos y secos. La mirada gacha, agazapada en desuso de amistades y vecindad de hombres.

Tez morena y piel desgajada con el sol salitroso de las viñas. Sediento, se agachó sobre un grifo y bebió con ansias el líquido que fluía a borbotones. Un raro ruido partió de la garganta del hombre. Me pareció un desgarro de animal doliente.

Me tendió la mano y pronunció un saludo. Albano Sosa, para servirle. Me sequé las manos en el delantal, estaba amasando el pan, y le estiré mi mano, que como paloma blanca se perdió entre los cayos de la suya. Sombrero en el pecho con la otra, artrítica hasta el dolor de ser hachero y podador.

Busco trabajo, si lo tiene. Dijo en un masticado decir de castellano de poco uso. ¿Casa y comida como pago? ¡Ah, algo de tabaco para el vicio! Su cabello ralo, hirsuto y graso, se despeñó sobre los hombros y la espalda. Era un hijo de la tierra, nativo auténtico que arrastraba su indefectible pobreza y pena.

¡Eustaquio…! ¡Eustaquio, venga acá, lleve al hombre al cobertizo a ubicar sus petates en un catre! Ingresé en la casa, los fuegos crepitaban en el fogón donde pronto se cocinaría el pan y los pucheros. Cuando sonó el golpe del arado, que cuelga del peral del patio; aparecieron los obreros y se fueron entando en el tablón debajo del parral. Cada uno con su tristeza o alegría incrustada en el rostro o la mirada. Llegó el forastero.

Eustaquio baquiano, les dijo el nombre en un sustituto de presentación pueblera. Se sentó en una punta y alguien le acercó un plato y un tenedor, no había cuchillos a la vista. Un jarro de latón con agua. ¡El vino sólo en sábados de fiesta! ¡Hay que evitar peleas y refriegas!

Se bendijo la comida, costumbre de los campos de mi tierra. Y los platos rebosantes de carne y verduras con sabor a romero y laurel, despertó el hambre agazapada en los trabajadores de las viñas.  El pan caliente y sabroso, hecho recién por mis manos inquietas mejoró los rostros y alguno hizo un chiste y otro le contestó en su lengua. Después una canasta con frutas de la chacra. Y cada hombre se fue a descansar bajo un árbol del huerto o de la parte cercana a las acequias.

Albano, se levantó del banco y comenzó a recoger los restos de pan y pequeños trozos de carne adherida a los huesos. Los guardó en una pequeña bolsa y se fue a su catre. Se quedó dormido, sus ronquidos se escucharon desde mi dormitorio. Igual mi quedé dormida.

Un murmullo de hombres sorprendidos me despertó. Eustaquio hablaba con Albano. Había estado preso. Había encontrado a su mujer en su lecho con su compadre y el cuchillo voló. Una nube de sangre cubrió los cuerpos. Se presentó al comisario con la faca y fue para adentro. ¡Un gaucho no tiene quien lo defienda!

Me quedé perpleja. ¿Qué hago, lo sigo conchabando o lo echo? Lo hablé con mi vecino, Don Mauricio Ojeda. ¡Dele una oportunidad María! Así lo hice.

Han pasado diez años. Eustaquio nos dejó y lo llevamos al camposanto de Villa De La Cruz. Y es Albano el que lleva la chacra y los viñedos. Resultó hombre de pocas palabras pero fiel y sensato. Hoy  mi mano derecha.

    

EL CÍRCULO INFINITO

 

            Euterpe se asomaba en el pinar con su flauta de plata. El sonido saturaba la belleza de la brisa. El agua caía derrochona en el pedregal desde la altura de cornisa al abismo. Así la soñó el chico rústico que pastoreaba en la colina del poblado de hispania. Los animales caminaban entre las piedras buscando hierbas frescas sin rodar por el risco.

            Jordi se despertó y miró el sol que se iba recostando en la frontera este y calculó que pronto escucharía las campanas de la ermita que llamaban a oración. Su alforja llena de setas y piñones, llenarían de alegría a su abuela y a madre.

Tenía frío. Sentía sus piernas duras por el aire helado que azotaba en esa zona que le permitía llevar su majada a pacer. De la bolsa que llevaba atravesada al pecho sacó un trozo de pan de centeno y queso de oveja que hacía su madre. Estiró los brazos y el cuello, que entumecido le permitió soñar con otra vida.

Recordó la figura que le mostró don Jaime, el padre cura, con las imágenes de una señora con un niño pequeño en brazos, retozón el crío. Le había hablado de tantas cosas que se mezclaban en su corta frente, y su corazón razonaba que no podía ser que en ese lugar tan lejos de la gente, se viera una dama tan gentil y bonita como esa.

Bajó por la pedrera hasta la casa, metió la majada en el capril y se animó a entrar. Por la puerta del frente vio un caballo ensillado con alforja de cuero y plata que brillaba, con los últimos rayos de sol del poniente.

Entró, callado y simple. Vio a su madre en el suelo. A su abuela en el lecho. Un charco de sangre envolvía el silencio. Un cuchillo en la mesa. El fuego que apenas iluminaba la figura de un hombre. Era don Jaime que sostenía el cuerpo de su padre con un tiro de pistola en las sienes.

Jordi no entendía nada. Don Jaime se acercó y abrazó al niño. Tu padre ha bebido tanto… que perdió la conciencia y ya ves, ahora estás solo con tus ovejas. Cayó de espaldas y vio a Euterpe que venía caminando con la flauta de plata y besaba su frente y la música envolvía la estancia donde todo parecía que estaba en medio del pinar, y la bella Señora con el Niño se acercaba a besarlo en donde había caído como un trozo de piedra.

PERDIDO

 

Vete

Camina con cuidado

Puedes tropezar por el camino

Con la tristeza

Con la nostalgia

Con el trágico ritual del olvido

Es posible que te encuentres con un portal

Allí abrirás el hueco en un espejo

Donde está la imagen de un demiurgo sorprendido

Vete y cambia el rumbo

Tu destino de eterno trashumante

El del viajero que no conoce el espacio de su alma

El que desplaza los desiertos

Los caminos vegetales

Los vestigios arcaicos de su estirpe.

Yo espero en la piedra elemental del fuego

En los leños sedientos de las lluvias

En la esfera del recuerdo

Sustituye lo pasado en futuro.

Complace la audaz esperanza que has perdido.

Si tropiezas, estaré ahí esperando

Las alas abiertas del recuerdo envolviendo tu ser

Que ha perdido el norte.

Yo, acá, espero.

Como siempre, como antes, como ahora.

 

 

PRIMICIA

 

            Eloisa cayó sobre el pavimento cuando el paragolpe del coche la llevó por delante. El coche huyó y sus manos laxas hicieron una pirueta en el aire. Alguien corrió hasta ella y alcanzó a oír un nombre: Karlo.

            Pronto la sirena aguda de una ambulancia desparramó tranquilidad entre la gete que rodearon a la muchacha. La anciana que oyó el nombre le explicó a los paramédicos lo escuchado. Despertó en un quirófano desconocido. Luces y olores medicinales que la sedaban para que los profesionales hicieran lo que debían hacer. Curarla.

            No supo lo que le hicieron, pero despertó con vendas y tubos plásticos por todos lados. Sus ojos abiertos con espanto preguntaban. ¿Qué me ha sucedido? Vio el rostro amable de un enfermero cuya ropa de tonos suaves, le recordaron que esa mañana, mientras desayunaba leyendo el horóscopo en la tableta, le anunciaba una catarata de desastres. Quiso reír y no pudo. La anestesia se lo impedía.

Se durmió. Como fantasmas angelicales se movía gente a su alrededor. Soñó con Karlo. Su antiguo amigo de la orquesta, ejecutaba el fagot y su melodía ingresaba a su mente como un cálido humor de dulce color celeste. Perdió la noción del tiempo.

Un amable caballero llegó con una libreta haciendo preguntas. Dijo su nombre y dio los datos de su trabajo, su cátedra y hasta le dio idea del automóvil que la atropelló. Luego comenzó a sentir apetito y sed. Le dieron una dieta líquida que seguro serviría para mejorar su estado. Alguien le trajo flores y una caja con bombones. No dejó nombre. ¿Quién podía ser? Un compañero de la orquesta o de la universidad. La médica que venía todos los días a revisar sus operaciones, le explicó que había tenido suerte, pudo matarte, le dijo. Y volvió a recordar su mañana antes del accidente.

Pasaron varios días y comenzaron los tratamientos para que volviera a caminar. Aprendió gracias a los amables terapeutas. Y llegaban las flores y un día apareció un hombre de cabello cano. Era quien la había atropellado. Le pidió de mil maneras que lo disculpara…ese día su hijo, había matado a su novia y él, estaba fuera de si. Hablaron como viejos amigos. El caballero, pagó todos los gastos y un cheque por la pérdida de su trabajo. En fin, cada vez que venía Eloisa, se sentía más a gusto.

La mañana en que le dieron el alta, ya caminaba con dificultad pero lo hacía bien. Un coche la llevó al departamento. Sobre la mesa, el periódico le anunciaba que iba a encontrar el amor. Rió a carcajadas. Al rato sonó el teléfono. Era su amigo el músico que había regresado de dar conciertos por el mundo y quería verla. Eloisa muerta de risa le dijo: Mi horóscopo dice que encontraré a mi amor hoy. ¿no serás tú, verdad? Del otro lado escuchó la voz de una mujer que le decía: Karlo, ya está tu comida lista. Entonces comprendió que era un amigo que no buscaba sino verla.

Dos días después, llegó un mensajero con un papel que le decía: Señorita Eloisa Bernardes, su médico de cabecera necesita verla. Cuando acudió, se quedó sorprendida, allí frente a ella estaba el hombre más guapo y sonriente que la esperaba. Y soñó que ese podía ser su futuro amor.