jueves, 6 de enero de 2022

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA

 Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector u la gente prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacra fotos que atesoro con amor.

Yo no quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.

 

¡MATA A TU PATRÓN, ADELAIDA!

 

            El país era un caos, los automóviles pasaban como balas por las calles y se oían balas en la noche. Es una asonada. No, es una revolución. No lo crean es una reivindicación social. Es la nueva política que viene.

            Y hasta el hartazgo en los medios radiales se oían a politólogos hablar. Los diarios ardían. El mundo estaba patas para arriba, señor. Yo había entrado a trabajar en esa casa como ayudante de un pediatra muy amable. Su mujer era una excelente ama de casa y tenía muchos niños; cinco para ser exacta.

            Nunca me faltaron al respeto, me hicieron sentir despreciada o me obligaron a hacer tareas superiores a mis posibilidades. Fíjese, señor, que me daban a elegir la presa de pollo o el mejor bife de la fuente. Me hacían servir primero a mí y luego doña Raquel, le servía a mi patrón y a los chicos. Al final ella se quedaba con lo que quedaba, generalmente lo más pequeño o lo que sobraba. ¡Nunca la oí renegar del trabajo que le daba coser la ropa de toda la familia! Muchas mañanas yo me levantaba y saliendo de mi habitación veía que ella no se había acostado terminando una camisa o una prenda para los niños.

            Mire señor, me pagaban antes que terminara el mes y siempre me daban algo más como una especie de propina o premio por alguna tarea especial que hubiera hecho: limpiar los bronces, cambiar cortinas y almidonarlas, hasta si servía un café sin que me lo pidieran como idea mía para que se sentara un rato el doctor a charlar con la esposa.

            La casa era grande, pero no demasiado. Era una casa como para varias personas, pero no brillaba el lujo o algún despropósito. Muchas veces él, el patrón atendía a un niño y no cobraba si veía que era gente de trabajo y pobre. ¡Hasta les daba los remedios, esas muestras gratis que le dan los laboratorios!

            Yo, lo digo sin vergüenza, me enamoré de esa familia. Eran buenos, muy religiosos y vivían como cualquier obrero, sólo que tenían escuela. ¡Si yo hubiera podido ir a estudiar no me hubiera sucedido todo aquello!

            Una noche sonó el timbre y fui a abrir la puerta, pensando en un niño enfermo que llegaba sin aviso. ¡No, era mi ex marido! Él, es un alto personaje en los sindicatos de madereros. Manda como “patrón de estancia”, así decía él, que se jactaba de ser mejor que los estancieros. Nunca conocí a uno. Vino y me sacó casi a la rastra. Entre después de darle un buen empujón y le avisé a uno de los chicos, el mayor, el Pipi, que salía un momento con un pariente. Que le avisara a su mamá. Salí y en la esquina había una chata con dos tipos armados hasta los dientes. Me metieron de “prepo” en la chata y salieron echando chispas. Llegamos al parque y allí me dieron un ultimátum…”Tenés que matar a tus patrones y a los pendejos”

            Se imaginan como temblaba. Yo sabía que son de los de la pesada del sindicato. No me la iban a perdonar. Temblaba como una lámina de metal, me castañeteaban los dientes y las rodillas bailaban una contra la otra. ¡Qué julepe! En una bolsa entré el arma con seis balas en la misma y otra caja más. Porque eran siete, sí, siete con el Pipi y la Clarita. Sole tenía tres años y Luchi cinco. El bebé no caminaba todavía pero ni se lo sentía de tan bueno.

            Esa noche no pude dormir, fui como seis veces al baño, tenía vómitos y colitis. ¡No es para menos! Yo, Adelaida Gauna tenía que matar a esa gente hermosa por orden de un atado de locos gremialistas. En la mañana la señora me preguntó ¿Cómo le fue anoche con su pariente? Y le tuve que mentir. Vino a avisarme que me tengo que ir señora. Mi abuela en San Juan está moribunda y no hay quien la cuide y pensaron que yo soy la mejor nieta para cuidarla, así que esta tarde cuando termine las tareas me voy.

            ¡Qué pena Adelaida! La queremos tanto, pero está bien usted se merece cuidar a su familia.

            Me temblaba el cuerpo. Hice todo lo que pude para no mostrar mi miedo y mi vergüenza. Me pagaron con un premio por mi trabajo y salí corriendo. Me subí en la Terminal De Micros el primer coche rumbo a Buenos Aires, ya que allá es tan grande que no me iba a encontrar. Por lo menos en un largo tiempo, plata tenía, ahorraba algo de mi sueldo todos los meses y más lo que me habían dado al salir.

            Viví escondida en un pueblito del sur de Buenos Aires cinco años. Trabajé de vendedora ambulante, vendí helados, cociné en una fonda, hasta cargué bolsas en una feria de verduras. Un día hubo una revolución y sacaron a los palos a muchos, especialmente a algunos políticos mafiosos. Yo escuchaba las radios de noche en la pensión. ¡Ah, me mudé cuatro veces a distintos pueblos y nunca di mi nombre ni mi documento! Les decía que me lo habían quitado en un trabajo unos patrones malos.

            Supe porque me atreví a llamar a una comadre, que mi ex marido estaba preso; había matado a unos mayoristas de madera. Y volví. Dejé pasar quince años… y fui a buscar al doctor y a su familia. ¡Los encontré! Estaban muy felices de verme. Cuando les conté mi historia, me abrazaron y me pidieron que almorzara con ellos.

            El Pipi, me contó de usted, que es su profe del secundario y que escribe historias verdaderas, por eso me atreví a relatarle mi verdadera vida. ¡Pensar que me querían obligar a matar a toda la familia de mis patrones, por no estar metidos en los chanchullos del gobierno! Adelaida Gauna, nunca hubiera hecho algo tan horroroso.

EL HORÚTA

 

El agua subía distrayendo la costa  para derrumbar los camalotes isleños. El Horúta continuó empujando la jangada hacia el pueblo Tapí Purá. La ranchada se dormía en la superficie de las aguas que aleteaban como pájaros alertas. De vez en cuando se oía el grito del macaco aullador, agudo y sólido. Las mojadas cachas se apilaban en la mitad del madero, parecían el cadáver de la tapera.

Un chajá voló asentándose en el esqueleto de un ñandubay. Rápidamente se pobló de aves blancas y negras. De cuellos largos y afilados picos prestos a romper las valvas de los caracoles del río. Ojos ávidos de mirar pequeños peces y alevinos que poblarían las orillas con las aguas mansas. El Horúta se acordó del árbol del playón del pueblo que en navidad una “doñita” se porfiaba en adornar con chucherías brillantes y caramelos para los niños. Eso parecía ese armazón de palos desgajados y cubierto de pájaros. Pasó un lanchón de prefectura y levantó una lluvia de agua fría que le humedeció el miedo. No confiaba en los extraños, milicos, venidos desde quién sabe que lugar… solían quitarles los cueros y le propinaban rebencazos por cazar en el río o lagunas. Tenía recuerdos en las costillas.  Su odio antiguo le penetró el alma. Pensó en la Negra, china fuerte que le dio siete hijos desde que la trajo de Paysandú. A tiempo la mandó río abajo a casa de los Rosales con los críos. Ella tosía mucho y el Coté, tenía calentura en el cuerpo pequeño. Allá había una “dotora” hábil  que le sacaría el mal de ojos y cualquier maldad del cuerpo. La Virgen de Iratí le sacaría los demonios chicos y con la seca estarían buenos.

¡Cuando él era niño, necesitó la médica de Caá Guazú! Le dio algunos yuyos y le curó la gusanada de las tripas. Le enseñó a mamá vieja a cocer todo y el agua en especial, porque ya venía sucia por el río.

Los carpinchos, ahora, se amontonaban sobre los irupés y los chanchos del monte escapaban por las orillas cenagosas de la rivera. ¡Todo está patas para arriba, que carajo! El sol había desaparecido de las aguas tras los montes. Las ranas y sapos rompían el tibio ronroneo del agua contra la jangada y sus llamados de amor comenzaron a ponerlo nervioso.

Si no llego pronto, me cubre la noche y los yacarés salen de sus madrigueras… nuevamente sintió frío. No había luna, su amiga. De pronto chocó la pértiga con una roca y se quebró. Estaba en apuros. El urutaú gritó entre los árboles advirtiendo que ya había movimientos en el  oleaje. En el recodo vio que había una luz silenciosa y un hombre le hacía señas desde la otra orilla. Era el Ñato Leiva. Se sintió en la gloria. Abocinó los labios y gritó por ayuda. Entre los árboles vio que se acercaban varios compadres en un bote. La ayuda llegó en el momento justo en que un yacaré coleteaba junto a la jangada. Perdió unas cachas para asustar al bicho. Ya sabía cómo le molestarían los gritos de la Negra. No tenían casi nada y perdía ollas y jarros. Un rebencazo y se callaría, pero ella tenía siempre razón. Se secó con el dorso de la manga una lágrima que iracunda se metió en su cara. El chasquido de la cuerda que le tiró el Ñato era su salvación. La apretó entre las manos que ya sangraban por el esfuerzo. El abrazo llegó corto y fuerte. Remaron para la costa y allí, se encontró con la lancha de prefectura. Había un grupo de familias que comían alrededor de un fuego, asado que hacía mucho no comía él. Con el cuchillo en la mano, el prefecto le pasó un buen trozo de carne cocida. Comió en silencio. Desconfiado, puso la carne en un trozo de pan de grasa. Le supo a miel. Una india se le acercó con una jarra de cerveza, la espuma se le quedó coronando la barba crecida. El Ñato le habló en guaraní para que no le entendieran los milicos. Supo que su mujer e hijos estaban bien en la estancia. Pero el agua había llegado hasta el terraplén.

Acomodó la hamaca y se echó a dormir. Mañana si había un mañana, seguiría en el río para encontrar otra vida.

 

EL HOMBRE DEL BASTÓN

 

Amanecía en “Las Compuertas”, campo si los había, pletórico de sembradíos. El trigo en paños se movía como la cabellera rubia de una doncella, los girasoles, abrazaban el sol con un esfuerzo supremo de convertirse en ese inmenso disco de fuego, alabando al demiurgo, el maíz estiraba sus verdes brazos hacia el infinito con sus penachos dorados que inseminaban los granos de los maíces.

El ladrido de los dogos, alteraban el suave sonido de las aves. Unas nubes rosadas se almacenaban sobre los eucaliptos al oeste. Entre la vegetación, sobresalía la casa. Antigua y dura. Las piedras con musgo empobrecían las viejas paredes despintadas y la cal sólo se enseñoreaba en las zonas altas. Los ventanales distraían la mirada de los que se atrevían a llegar hasta el portón de hierro en la entrada. Atadas con cadenas, se retorcían los postigotes rotos por las tormentas.

Un parterre de flores amarillas, apretaban sus pétalos dorados, confiando en la orilla de la escalera la entrada. La puerta, despintada había sido verde. Una aldaba de bronce, con la figura de un extraño duende o demonio, servía de anzuelo para llamar a los habitantes de ese caserón avejentado.

Celmira, se asomó, cuando los animales comenzaron a desgarrar sonidos agudos. Una sombra se deslizaba sobre los pastos duros del camino. Un sombrero negro, ocupaba el cuerpo de un alguien atrevido y ajeno. La capa soportaba el torso desgarbado del personaje y un bastón sobresalía a cada tranco que revoleaba para sacarse de encima los perrazos.

¿Quién vive? Gritó la mujer, secándose en el delantal las manos húmedas de miedo. Deténgase o disparo. Los animales dejaron de ladrar y zigzaguearon alrededor del cuerpo mustio y desgarbado. Ella, abrió la ventana con cuidado. Apenas asomó el rostro y el perfume del tabaco fino y a humedad del susodicho, le dio en la nariz.

Mi nombre es Plácido Villoria. Vengo desde el Cortijo de Andrada. Me envía don Lezica. Quiero hablar con usted o con su padre.

Celmira, sintió un escalofrío. ¿No sabía Lezica que su padre yacía en un lecho perdido, sin conocer a nadie, ni siquiera a ella? Cerró la ventana y pidió licencia para acomodarse un poco. En realidad, buscó el viejo revolver de Francisco y lo escondió bajo su delantal de cocina. Abrió lentamente la puerta. Lo miró de frente. Unos ojos negros se clavaron punzantes en su rostro. Hable conmigo, mi padre duerme y no lo voy a despertar por un desconocido. Hizo un ademán y la rodearon los mastines.

¿Puedo pasar?- dijo el desconocido. ¡De ninguna manera! Acá no entra nadie sin mi consentimiento o el de mi capataz. Francisco ha ido a comprar herraduras y un barril al pueblo. Regresará más tarde. ¿Qué necesita?

Disculpe mi atrevimiento, pero, don Lezica y su tío Andrada, me pidieron que viniera a por la cosecha del trigo. Quieren comprarla y yo se las voy a llevar al molino de Ahumada. Quieren que me diga un precio a pagar por todo el grano.

Celmira, se acomodó contra la pared, necesitaba aire. ¿Cuánto podría pedir por semejante cantidad de trigo? Se restregó las manos. El hombre clavó sus ojos de ascuas en los dedos deformados por el trabajo duro que veía en ellas. Lo voy a pensar. Esperaré que venga mi capataz y haré números con mi padre.

Plácido Villoria sonrió, le brilló un diente forrado en oro en una boca austera de otros dientes. Si quiere lo esperamos. O despierte a su padre y él, podrá decirme cuánto quiere. Sacudió el bastón sobre el lomo de un animal que se acercaba mucho. ¡Ey, no me muerdas tunante!

Sal de ahí, Ulises, el señor te tiene miedo. Y el animal bajó las orejas pero el brillo de los pelos marrones, erizados, reflejaba su astucia y atención. ¡Dije que no pasa nadie a esta casa!

A lo lejos una nube de polvo se acercaba. Era Francisco que regresaba antes de lo previsto. Llegó con los caballos sudados y sedientos. Al apearse, mostró el trabuco en su cintura. ¿Qué anda buscando el caballero? Doña Celmira, vaya adentro que yo me arreglo con este señor.

Ulises, se sentó entre ambos gruñendo. Celmira, ingresó, pero quedó con las orejas pegadas a la ranura de la puerta. Desconfiaba de ese hombre. Difícil que Lezica y Andrada, no supieran que su padre tenía demencia senil. Ellos, si bien hacía tiempo no venían por el campo, sabían por los obreros, que el dueño de Las Compuertas, ya no sabía ni que su hija era ella. Quien lo cuidaba, le daba de comer en la boca y lo afeitaba. Difícil era bañarlo. Y el médico venía una vez por mes a revisarlo, darle algún remedio o tizana para que no tosiera tanto. De golpe sintió un estampido.

Abrió la puerta y Ulises, saltó sobre el bandido. Le asió con sus colmillos la mano y evitó que detonara otro balazo a Francisco. Éste, yacía bajo un charco de sangre. Un calor agrio le atravesó el cuello a la mujer y un grito salió apenas de su garganta herida.

La empujó y con el bastón le hincó un afilado puntazo en el pecho. Ulises, cayó herido también, y se vinieron los demás animales y desgarraron al asesino.

La noche se desparramaba sobre la escena cuando llegó un desorientado Lezica, herido pero vivo. Él, no había logrado desatarse antes, para avisarles a sus vecinos que ese matrero les venía a robar.

Cuando abrió la puerta de la habitación del viejo, éste, lo miró y dijo: Lezica, ayude a mi Celmira y a Francisco. Algo malo ha pasado. Yo nunca he podido. Y se volvió a perder en su universo de olvidos.

miércoles, 5 de enero de 2022

2038, UN AÑO DESPUÉS

              

            Dejo los dibujos y el guión sobre el escritorio de mi trabajo y comienzo a leer los mensajes de texto que recibo a diario. Un sofoco de papeles llena mi mesa. Detrás, en los estantes la colección de historietas de los años 1920, 1930, 1940, hasta la fecha, son el mismísimo collar de diamantes y perlas que regresan a la vida, no sólo a sus autores, dibujantes y guionistas, sino a los personajes como “Alvar Mayor” y tantos otros que me inspiran.

Estoy produciendo un personaje nuevo, con dibujos hiperrealistas.

            Son pocos los creadores cuyas viñetas no estudié y que conozco como el contorno de la cintura de mi amada Gaby. Puedo relatar y diseñar a Trillo o Brecchia como una tabla de multiplicar, pienso mientras abro uno a uno los mensajes en mi pantalla táctil. Hay una invitación  que despierta mi atención. Me tienta con palabras interesantes. Es de un tal Arthur Mc. Harrynthon. Tiene historietas de Oesterheld, inéditas, dice. Otra de Wood editada en Edimburgo en el siglo pasado. He aceptado una cita en Agoterre y Selteviño, en el café de “Los Argonautas”. Hacia allá me dirijo.

            Miro el reloj y tomo un taxi hasta estación Carapallo. Allí, me meto en la estación de trenes. El andén está vacío. Me siento en una banqueta de acero. Una pantalla gigante sirve de distracción con propaganda política de las nuevas élite. Cierro los párpados. Instalo en mi interior un mundo de viñetas para la nueva tanda en la revista “El Innegable Rufián”.

            Llega la máquina y al tañido agudo de un gong se abren las puertas. Subo. Me siento. No hay otro pasajero. Arranca y el silbido aletarga mi mente. Coloco en la ranura del GPS., la tarjeta con la dirección a la que asisto. La máquina me la devuelve marcada. No podré usarla nuevamente Un sonido musical, anuncia la próxima detención del tren. Se abren las portezuelas e ingresan varios hombres de unos veinte a treinta años. Altos, delgados, vestidos de traje de fibra micro elástica gris, camisa celeste, corbata  azul con rayas plateadas que monitorean sus movimientos. Todos peinados y afeitados igual. Parecen clones de un humano del siglo XX. En su teléfono móvil comienzan a escribir mensajes. ¿Qué dirán éstos? En sus oídos, mínimos micrófonos, le agregan, tal vez, noticias, música u órdenes del dictador.

No me miran y eso me permite observarlos. Extraigo sutil una libreta electrónica dibujo sus movimientos: exactos, febriles. El convoy apresta su  movimiento con un sonido diferente.

Tras un trecho corto se detiene en otro punto de la ruta, ingresan féminas jóvenes. Todas vestidas con trajes de fibra adhesiva activadora de código numérico de Dignidad Vital, con diferente estructura molecular a las ya usadas en el otro nivel de superficie. Botas altas, abrigos de paño de fibra óptico-termo variable  y un bolso de tamaño regulable. Como tocadas por un instrumento invisible, abren el bolso y comienzan a extraer una pantalla de cristal de cuarzo espejada. Con una mano la sostienen y con un tubo, de una crema coloreada, la van esparciendo por el rostro, dándoles aspecto humano. Luego se aplican un tornasol con brillo de diferentes tonos iridiscente en los párpados. Los ojos adquieren el tono del polvo desparramado. Un lápiz óptico láser delinea el contorno de las órbitas aumentando la profundidad de la visión para ver en 3D, luego con otro artilugio extraño arquean las pestañas. Un pequeño cilindro con tono rojo les devuelve forma y color, a lo que parece ser su boca.     

Están maquilladas igual a las mujeres de mis historietas y dibujos que transitan mi pantalla. ¡Pero a medida que ellas van logrando esa transformación casi humana los robot-masculinos tornan pálidos y demacrados desdibujando su atuendo!

En la próxima parada, elevándose de sus asientos, se apretujan en la puerta y descienden apurados, desaparecen.

El tren continúa y me dispongo a salir en la estación donde debo encontrarme con el desconocido, pero una de las mujeres que está sentada allí, pone un pie y me hace caer de bruces. Todas se agazapan sobre mí. Me tocan, me palpan y me muestran sus bragas fosforescentes. Nunca pensé que pasaría por esta situación. Me arañan, incluso quieren desvestirme. Tironeo y puedo desprenderme de sus manos.

Prácticamente me largo del coche de un salto antes que cierren la puerta y continúe el convoy. El ruido del tren se extingue en la profundidad de la tierra. Las luces me indican por dónde debo ascender a la superficie. Un zorro-policía-verde se acerca y me da una insignia. “Usted es un héroe”, me dice. “Logró evitar ser usado como semental por la manada del Tercer Grado Infra Terreno”. Sólo atino a seguir, agradeciendo el lazo amarillo, que se pega en la pechera de mi traje. ¿Será un signo de supervivencia?

            Al salir a la calle, veo el famoso café de “Los Argonautas”. Sonriente un hombre muy anciano de larga barba cana, me muestra detrás del vidrio del escaparate, unos amarillentos álbumes. Corro, y en cuanto entro, comprendo que estoy en una de las oficinas del Dictador. Me esperaban. Caí en una trampa, pienso.

            Ahora estoy en un asilo en la campiña. El edificio es una vieja fábrica de productos lácteos que han reciclado. Hay perfume a leche y desinfectante. Un personaje por habitáculo. No hablo con nadie. Nadie habla acá. Se sienten quejas y llantos. Yo no me lamento, porque ponen en mi mesa papel y lapiceras de color y puedo dibujar y crear. Cada noche desaparecen mis viñetas y trabajos. No puedo seguir el hilo secuencial como antes hacía. Día a día empiezo un trabajo nuevo, distinto. La soledad me exaspera. Soy un ser lúdico y social. Espero, siempre espero, que entre alguien y hable conmigo. Quiero contar que soy… era, un gran historietista. ¿Ahora qué soy?

            En mi otro escritorio, el de antes que sucediera esto, están las pruebas de mi trabajo. Nunca podré hacer conocer a la verdadera gente del futuro que hay un mundo hermoso, diferente, donde se puede pensar y mostrar lo que es la Libertad de Crear.

            En el asilo donde me guardan, hago a hurtadillas como un Conde de Montecristo, las historietas que espero algún siglo aparezcan y demuestren lo que ha sido capaz un hombre de ADN humano. En ellas cuento que fui indiferente a las mujeres del tren. ¿Cómo será el mundo lejos de esta celda en los años transcurridos? ¿Existirán los laboratorios genéticos? ¿Me habrán clonado? ¿Seré el Clon de un Historietista?

           

    

             

NUESTRO PARAÍSO


A la saga de un centauro correremos...

me dijiste, empinando mi cuello sobre el muro

de espejos de la alcoba

el mundo pareció descalabrarse en estallidos,

caían rastros de tormentas en el lino blanco de la cama

fuego, mucho fuego de antorchas

destruyendo la calma de nuestro paraíso.

 

Y el paraíso se transformó en un mar embravecido.

Cada ola era una ráfaga de pétalos de suave terciopelo,

donde una mano atrapaba los suspiros.

Hoy somos un puñado de loicas que cantan lejos

y los nidos están desparramados como fuentes sin agua.

 

Me dijiste haz silencio mientras besamos la piel

mientras   vemos el sol apagarse tras los muros.

Las montañas se abren en bramidos rotundos y voraces.

La nieve cae entre las sábanas que lloran el néctar

de tus besos   y mis besos que perdimos en la noche.

 

¡Mira el centauro que nos quiere tentar con sus rugidos!

 

GAITAS EN LA MEMORIA

 

                      Orieta se despertó con un sudor que empapaba la almohada y el camisón. No hacía ni frío ni calor. La primavera se había presentado diferente a otros años. Con el control remoto abrió la cortina que oscurecía la habitación. ¿Había soñado o vivido una experiencia notable?

Nació en una ciudad mediterránea de Argentina. Sus padres y abuelos eran italianos y habían llegado en el tren desde Buenos Aires para vivir en el interior; además, no tenía ningún antepasado galés, escocés o gallego; sin embargo siempre tenía ese sueño recurrente. Las gaitas llegaban de lejos con su sonido agridulce. Agudo y melancólico. Ella sentía que paseaba descalza sobre un prado de trébol verde, entre robles antiguos, fuertes y poblados de pájaros desconocidos.

Se veía a sí misma vestida con una túnica de lino fino, el cabello suelto hasta la cintura y sus manos como cuellos de gansos de plumón se movían al ritmo de dichas melodías. Nunca se animó a confiarle a su madre ni a Enrique su experiencia.

Debe ser una vida anterior, le dijo una compañera de la facultad que amaba el ocultismo y la New Age. ¡En vidas pasadas has vivido en el país Celta, en Dublin o en Stonehenge. Yo me reí a carcajadas.

¡Soy más “tana” que la tarantela y la pizza…! Pero me dejó pensando. Desde los cinco años o antes yo sentía esa música y me perturbaba.

Comencé a investigar. Fui a la escuela de música y me mandaron a una biblioteca enorme. Cuando entré, los allí presentes me miraron sorprendidos. 

¡Yanneth Jones, cuándo regresaste? ¿No era que no reemprenderías nunca la vuelta a este país que fue tan agreste para tu música?

Yo los quedé mirando estupefacta. Me llamo Orieta Strucchi y siempre viví en este lugar. Jamás me fui y he venido a investigar por una melodía que me tiene asombrada. Sueño siempre con gaitas y… relaté por primera vez, sin vergüenza mis visiones nocturnas.

Se había hecho un silencio mayúsculo. Me miraban con temor y curiosidad. Un joven músico, con seguridad, se acercó y me dijo: - Mira, no se si lo que te voy a decir puede servirte de algo…, acá vino hace unos años, una becaria que tocaba la gaita muy, muy bien. Era la profesora más querida de la academia. Delgada, de largo cabello rojo que coronaba su cadera, siempre vestida con una túnica de lino suave de color claro… y un día, se enamoró del profesor Cándido Cazares. Él, era un hombre mayor. Violinista. Soltero. Creo que el amor fue mutuo, pero… esta historia no podía terminar como en las películas. ¿Sabes? Una mañana viniendo para las cátedras lo atropelló un coche y quedó en coma. Cuando despertó estaba totalmente amnésico. Aun vive en un geriátrico del estado. No conoce a ningún alumno ni a profesores y a ella, la echó del nosocomio. Sólo, nadie supo por qué la reconoció,  antes que ella se alejara le suplicó tocara una antigua partitura con la gaita. Ese sonido quedó en la memoria colectiva de la academia. Dicen los que cuidan de él y acá en las salas, en ciertas noches, se escucha la gaita de Yanneth Jones con su clara música de gaita.

Salí desconcertada, peor que cuando entré. Sigo en algunas noches, soñando con esa estridente música celta de gaita.