domingo, 7 de abril de 2024

UNOS PANES SOBRE LA MESA

 


FULBIO

Si caminaba un trecho más, encontraría la cornisa de piedras que rodeaba el límite del redil. Sus pies doloridos y mal equipados arrastraban con pena su menester como labriego. La casa grande parecía dormir a esa hora. Los perros no se acercaron para torearlo por pereza y decencia. No hacía frío, pero un vientecillo áspero tremolaba en la fértil parcela de trigo que comenzaba a dorarse en su madurez.

Seguido por su caballo, llegó al pesebre perfumado a pasto fresco. Lo dejó envuelto en una manta decolorada de lana rústica. Cerca de la puerta se lavó con agua fresca de la fuente que manaba descontrolada hacia la vega. Su brazo sostenía el rifle y del hombro colgaban dos liebres que cazara para la cena. Ingresó en la cocina. El perfume a romero y cebollas invadió su alegría. Hogar. Él, era un simple labriego asalariado pero sentía pertenecer.

Nació allí, en la casa, como un duende inevitable de los dueños; se paseó por las habitaciones siendo niño, pero llegando a la adolescencia ya fue ubicado en la zona de servicio. Amaba a esa gente. Eran su familia. El dueño, un astuto comerciante, postrado en una silla de ruedas por efecto de la guerra. La señora, una dama dulce y misteriosa que caminaba como un pajarillo sobre las alfombras, siempre lista para sus hijos que llegaban como gazapos a la mesa, hambrientos y ruidosos.

Nunca le pegaron, ni lo maltrataron. Tal vez, porque era muy parecido al mayor de los niños de la casa. Su madre, era la doncella de la señora. La cuidaba y parecían amigas.

Un día uno de los muchachos se burló de su madre y el señor, encolerizado le dio un azote con la fusta del caballo que montaba cuando recorría el campo. El chico lloró a mandíbula loca, sus gritos se escuchaban desde el gallinero donde Fulbio, se escondió. No quería ser la causa de los golpes. ¡Pero su mamá se metió en la cocina y lloró mucho! No entendía el motivo.

Al día siguiente tuvo que llevar la comida a la habitación del muchacho y este le gritó que lo odiaba. ¿Por qué sería? El chico le descargó su enojo contándole que su padre era el mismo que el de él. ¿Cómo? Sí, mi padre es tu padre, pero tú, eres hijo de la doncella y no de mamá. Salió corriendo. Se escondió en el establo. Lo vino a buscar la cocinera. Debía irse al monasterio por una orden del señor. Eso fue lo que hizo. Partió.

Al tiempo, lo fueron a buscar, tenía que trabajar en el campo. Ya los muchachos habían crecido y no había quien cuidara de la vega. Aró, sembró y cuidó a cada animal de la casa. Ya tenía como veinte años. No le permitieron ser cura, como le proponían en la abadía sus maestros. Manso, volvió y siguió siendo el labrador de la tierra.

Su madre, ya anciana, le explicó, que su futuro era mantener el bienestar de la familia. Eso la incluía a ella. Supo que cada año, sembraría, cosecharía para tener granos, porque tenía que transformar el trigo en pan para los habitantes de la casa. Su casa. Su familia y su vida.

 

CUANDO MIRA DESDE ARRIBA

 


Cuadrícula estrecha de colores verdes

repujados todos en el cuero rústico entre los parrales

en la tierra árida de color de talco

lanzas que se elevan          brillante esperanza

un hombre agachado

su áspera espalda marcando los hilos que llevan el agua

un chorro de néctar de color naranja y marrones viejos y ocres amargos

volverá en el vino de un tal vez mañana

el añejo porte de hombre gastado     de silencio triste de amigo lejano.

Abra una ventana de viñas brotadas cuajadas de frutos

que arrullan el canto de los amplios álamos

mas...

una cumbre oscura         un sol que amenaza

vendimia se acerca.         Una gran tormenta se aprieta entre nubes y

el granizo artero  que arremete fiero

la verde vereda de parra y frutales.

Espera el “tomero” con la azada en mano      el agua no alcanza

la tormenta arrecia      cae el alarido de nubes de hielo

ya no queda nada          queda solamente un hombre mirando

hacia el infinito desde los parrales

allá entre las cumbres

donde la montaña esconde su trampa de espanto

hay un hombre solo...   solo con su pena...   solo con su llanto

que nadie ha  escuchado  porque no es de machos...

se avecina un tiempo de dolor sin quejas

volverá en otoño de añejos colores a llenar lagares con roja esperanza

y una mañanita de sol veraniego entre las hileras

volverá su canto...

 

AMANCIO...PADRE POR AMOR

 


                                               Amancio Urtubia había nacido junto a los surcos de la viña. Su piel salobre tenía el color del sudor agrio del sol siestero. Fue engendrado a deshora y por un macho bravucón y curdado que desapareció ahí mismo. La Amalia lo parió como pudo, sola y triste, casi como a un malquerido y expulsado por una brujería hecha atrás de su conciencia india. Vino el tiempo de criarlo y lo hizo sin caricias ni besos, simplemente lo crió. Un día de esos, ella, encontró al Zahir Mussaza, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas y mil objetos llamativos que vendía por las fincas. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado como el mismo infierno. Limpió vidrios y puertas y le dio al hombre, un lugar de macho y alegrías. Zahir la aquerenció como premio a sus desvelos. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso "eso"...Amancio en un cuchitril en la parte de atrás...y cerca de la letrina. Nunca a la escuela, es cierto, pero sí a trabajar la chacra y con sus añitos frescos a estrenar coraje de agua helada en invierno; en esa palangana donde podía higienizarse, rompiendo primero una capa de hielo. A bañarse en el tanque de cemento en la finca de don Tito, en esos días calientes de enero y febrero.

            Trabajo le sobró siempre. Aprendió a podar, a aporcar y hacer bien toda clase de injertos. Los vecinos lo buscaban, a pesar de sus años, para que los hiciera en durazneros, perales, ciruelos...y las mujeres en los rosales...todos le daban algo, menos plata que recibía el padrastro. Siempre vistió ropa usada y gastada, que su madre remendaba. Alegre y obediente, nunca se quejó y su madre se fue haciendo más suave. Él, sólo, se fue haciendo grande. Ya tenía trece años. Una tarde de invierno, a la oración, don Zahir lo llamó a voces, asustado y nervioso...-¡Amancio, vení muchacho...tu madre...no se ve bien,... la pobre! De pronto una bocanada de sangre y un grito. Los ojos se quedaron quietos y así se murió, sin ayuda de un médico que llegó tarde. Cáncer, - dijo – Lo tenía hace rato ella ¿Cómo hizo para pasarlo parada? ¡Debe haber sufrido dolores muy crueles! Silencio.

            - Amancio quédate cuidando todo...no podés dejar la casa. - fue la orden del padrastro.

            -¡Don Zahir...no le parece que el chico tiene que despedir a su madre!- opinan los meteretes de las fincas aledañas.

            - No puede dejar la casa...y punto. Tiene que hacer mil cosas que no esperan. - el hombre sale ofuscado y casi tropieza con el niño viejo. No pudo acompañarla.

            Las cosas siguen su tiempo de reloj sin cuerda, la primavera regresa y los árboles frutales le regalan sus primicias. Este año la cosecha va a ser un espectáculo, muy buena... Amancio comienza su nueva tarea... ser ama de casa. Cocina, friega, plancha, y más le falta tiempo a su poco tiempo. Zahir le ordena que entre..."Dormí en la cama de tu vieja", sus cosas son tuyas ahora. Busca de su pocilga unos pequeños tesoros. En una cajita de lata tiene unas figuritas nuevas, unas piedras que encontró en el lecho del zanjón y parecen objetos preciosos, una cucharita labrada en plata que encontró en la calle el día que fue a la iglesia por primera vez. Como no sabe leer tiene un libro sin abrir y apenas lo toca para no desparramarlo! Entra en la casa y penetra en ese santuario donde dormía su madre. Un terror quieto lo abruma. Es de noche y se tira sobre la cama. Siente el perfume a romero del cabello de la desposeída, tiene miedo. En la oscuridad cree ver los ojos negros y brillantes la difunta. Por primera vez la llora. Así acepta la suerte de infelicidad y penas que le ha tocado.

            Grande ya, es tan bueno que todos lo quieren. Zahir ya está viejo. No sale todos los días con su carretela llena de trastos milagreros. Le pesan los años y siente que ya no puede. El chico lo ayuda y por primera vez, se avergüenza del mal trato. Sale un día a la ciudad. Nada le dice al Amancio, como siempre. Cuando regresa le explica que si él muere, en un cajón de su ropero hay una llave, con algo que será para él. No se la da, pero en eso queda todo. Pasa el tiempo. Una mañana temprano Amancio siente un golpe extraño, fuerte, corre a ver. ¿Qué sucede? Encuentra al viejo caído, con medio cuerpo en la cama y el resto en el piso. Sale corriendo a llamar a Don Tito...alguien que escucha los gritos llama a una ambulancia. Cuando llega está muy mal y lo trasladan al hospital. Don Tito se va con Zahir y a la tardecita regresa buscando los papeles del hombre. El viejo ha muerto. 

            ¡De nuevo solo en ese caserón que él ve un poco amigo y otro poco como enemigo! Camina y retumban sus pasos por la casa vacía. Tiene mucho miedo y se duerme vestido como quien puede ser echado del lugar. Don Tito viene a buscarlo y lo lleva al cementerio...ve como una a una echan cucharadas de tierra sobre un humilde cajón de madera. Todos lo abrazan y algunos le ofrecen ayuda. ¿Ayuda para qué? Si él siempre se arregló solito...y comienza a andar su territorio de descubrimientos.

            Llega a la casa y toma todo lo que queda del viejo, hace un atado y lo lleva a su antigua habitación. De pronto recuerda el tema de la llave. Obediente la busca y comienza a desandar habitaciones. Frente al ropero tiembla, retrocede, siente vergüenza y terror del difunto. Pero sabiendo que tiene la orden aquella vez, abre el cajón y da un paso atrás sorprendido, un montón de fajos de billetes atados con piolines le sonríen. También papeles envueltos en plástico arrugado. ¡No sabe leer...tendrá que pedirle a don Tito ayuda! Esa noche no puede dormirse rápido, pero el cansancio lo arremete. Se duerme y sueña. Éstos lo llevan a su más tierna infancia, a su dolor de desamor y desamado. Sueña el frío de sus noches y de las miradas indiferentes de su triste madre y de Zahir. Un escalofrío le recorre el alma y su cuerpo quieto y se despierta. Gracias a Dios está solo.

            Pasan unos días y una mañana llega un hombre joven con otro no tanto, en un coche nuevo. Lo buscan a él...y allí se presentan  abogados de una firma antigua. Vienen a decirle que el viejo padrastro le ha dejado una pequeña fortuna en bonos y oro. ¡Sonríe y su perfil de niño...tiene diecisiete años impresiona a los profesionales! Está lleno de sorpresa. ¿A él, don Zahir le ha dejado algo?

            - No poco, no algo...te ha dejado mucho. Tres fincas, doce casas de alquiler, joyas y papeles que cotizan en la Bolsa. ¡No puede ser, no entiende nada, si apenas le hablaba, si nunca lo quiso!

            - Señor yo no sé leer. Nunca fui a la escuela y ¿qué voy a hacer si de acá no he salido nunca? No he ido nunca a la ciudad...nunca jamás.

            Los hombres lo miran curiosos y opinan: “Es mejor ellos le ayudan y que le manejan todo...” Mas el muchacho recuerda palabras del padrastro. ¡Nunca confíes en nadie y menos si es estudiado y de la ciudad! ¡Los señoritos son todos unos sinvergüenzas no hay que creerle! Les dice que hablará con su tío Tito y que ya hablará con ellos. Los abogados se van refunfuñando. Él, sueña despierto. Don Tito, Don Cosme y Don Nerio lo ayudan, le enseñan a firmar y le leen los papeles y aprende de a poco... ¡es tan joven! Al tiempo ya sabe manejar las cuentas y muy bien las fincas.

             Ya tiene veinte años, y es un patrón generoso. En medio de las hileras un tractor sacrifica a una muchacha cosechadora, que queda destrozada tras los enormes neumáticos. Policías y jueces van y vienen. Pero nadie observa que a la orilla del cuadro hay un bebé llorando. Nadie lo alza ni lo lleva. Tampoco es reclamado y así le llega el Pedro, por olvido e indiferencia, también burocracia. Al tiempo le llega la Rosa de mano de la Romina, hija del contratista de La Pedrera, viudo y alcohólico, es madre-niña, que enamorada de un joven se va y la deja..." Por sólo unas horitas... usted es tan bueno". Nunca regresa. Rosa es  miedo e ignorancia. Después llega el Julio (indiferencia paterna) y la Claudia con soledad y pena que le recuerda a su madre.

            Y así se le llena la casa de niños que nadie quiere. Sólo él siente amor, los manda a la escuela. Un día llega el primer título de técnico electricista, el Pedro; después una maestra, la Rosita y una dentista y un aviador, la Claudia y el Julio y pasa el tiempo y vienen los casamientos y fiestas de bautismo. Y el Amancio solitario, que no tuvo casi madre, nunca conoció a su padre, sufrió mucho a su padrastro...hoy rodeado del amor de esos "hijos" que son su familia vive en un cielo de estrellas. Es abuelo.

            En un otoño de cosecha...a las once de la noche cierra los ojos a un sueño de tiempo inmemorial...Amancio Urtubia ha muerto. Ha dejado una familia enorme...él que no conoció mujer en su lecho, para criar a los chicos...de la calle. Amancio Urtubia recorre la ruta de amor más grande...la que lo lleva  a Dios.

                                                                      

 

ARROYO EL INDIO MUERTO

             

            Apenas habían llegado los cosechadores al pequeño pueblo cuando el comisario Fernández, llamó a Cárdenas a su despacho. Un nuevo incendio estaba consumiendo el cuartel sur del arroyo Empedrado, que desembocaba en Indio Muerto. Nadie podía sofocar esos malditos fuegos que se llevaban todo. Los animales que podían huir, quedaban tan heridos por las espantadas, que había que sacrificarlos. De la cosecha no quedaba nada. Los hombres que mandaba el gobierno habían encontrado entre los muros quemados de un galpón el cuerpo irreconocible de... ¿quién sabe qué infeliz, que no alcanzó a escapar de las llamas? Sólo el cráneo negro y los húmeros, que apenas se tocaban se deshacían en las manos de los de “criminalística”. Ellos, los expertos, se sorprendían del estado de los restos. Nada quedaba que les ayudara a desentrañar el misterio de la identidad del desgraciado. Seguían los incendios por la zona norte. Los vientos se movían como “olas de tormenta”en el océano. Cuando abrían picadas en un lugar, ya se había desplazado el fuego hacia otro lado. Un magnífico hidroavión comenzó a despanzar agua sobre el cuartel nordeste. Fernández trataba de mantener a su gente alerta y lista. Había muchos forasteros en el pueblo.  No se conocía a toda la gente y si alguien se perdía él sería el responsable.

            Cárdenas estaba proveyendo de palas a los obreros que se acercaron para ayudar, cuando vio a Eulogio, pasar con una carretilla hacia el galpón de los herreros. Le llamó la atención el bulto que tapaba con una lona sucia. Alguien lo distrajo. Se dedicó a entregar picos a los hombres del pueblo cercano. Ellos querían evitar que el fuego les llegara. Los aviones hidrantes iban y venían desde el río al nuevo campo en llamas.

            Fernández estaba de parabienes cuando supo que se había sofocado el foco del Norte. Luego de dos días entre los árboles quemados encontraron una calavera. Otra más. Esta vez tenía el cráneo roto con un martillazo. Cárdenas llamó a su jefe y le comentó que había observado a Eulogio pasar el otro día con un extraño bulto, pero una carcajada lo dejó un instante paralizado. Eulogio les traía una de aquellas famosas cabezas que hacía de barro cocido. Desde niño las hacía. Eulogio era deficiente mental y no era capaz de matar una mosca. Sonriendo se la dejó en el umbral de la comisaría. La baba del muchacho, que ya tenía como cuarenta años; mojaba esa cabezota malformada con la que él infeliz se distraía.

            Cárdenas trató de sacarla del medió en el momento mismo que Eulogio con un martillo la empezaba a romper. La herramienta estaba muy sucia. Tenía pelos y sangre. Barro y el mango algo quemado. También vio que los brazos del lelo, tenía una seria quemadura y la ropa agujeros hechos por el fuego. Fernández le preguntó: - ¿Con qué se había hecho eso?- A lo que el muchachote contestaba sin palabras y sólo reía y reía sin dar mayor precisión. Nada sacarían de allí. Cárdenas lo tomó con algo de brusquedad y lo obligó a entrar en la comisaría. Él, Eulogio, se tiró al piso y se puso a llorar con temor. Se orinó y se secaba los mocos con la parte de su manga donde tenía la quemadura. Luego de arrastrarse y gimotear un rato, Fernández lo hizo tranquilizar. Le dio  un vaso de cola y un resto de emparedado que había en la mesa. Trató de indagar pormenores. No logró nada. Llegaron desde la zona este con la noticia que se había iniciado un nuevo incendio. Era totalmente intencional. Era imposible impedir que se apagara en forma rápida. Ambos policías despidieron al enfermo con la seguridad, ahora, que él nada tenía que ver en el asunto. Salió como disparado.

            En ese tercer fuego también encontraron un cráneo roto a martillazos. Quemado. Pero por algunas piezas de metal de la ropa, supieron que era un peón del campo donde vivía Eulogio. El padre del muchacho era uno de los que más había ayudado en la terrible tarea de apagar los fuegos. Cuando vio llegar a la autoridad salió corriendo como quien se lo lleva una tormenta. Se internó en el monte. Hasta allí llegaron más personas para buscándolo. El rastrillaje dio su resultado. Allí estaba el viejo martillando la cabezota de su pobre idiota. Comprendieron con dolor. Todos pensaban que ese juego que Eulogio tenía desde niño de armar cabezas de barro y romperlas con un martillo, había sido sólo un juego, pero en realidad el pobre “tonto” tan sólo imitaba lo que su padre hacía en cada asesinato.

                                                                      

 

                                                                                 

martes, 2 de abril de 2024

LAS JOYAS

 


La exposición de joyas antiguas y cajas de música alemanas del siglo XVII,XVIII y XIX, había logrado un enorme despliegue de interesados. Coleccionistas, comerciantes, policías y vigilantes privados rondaban el lugar. También ladrones de “guante blanco”, ladronzuelos y rateros.

Kitty y Franco habían viajado en diferentes medios de transporte, a horas dispares. Él, alquiló una casa antigua en las afueras de Recchè, la ciudad de las grandes subastas de arte del sur. Venían de Filipinas, por donde por “casualidad” habían “adquirido” unas piezas de 500 A.C. y donde se perdió el gran diamante “Mariposa” de 68, 47 Kilates, en un extraño color amarillo humo.

Olivia Colinner reconoció a kitty cuando pasó frente a una ventana de la casona. Ignoraban la mujer la reconocería. Había pasado once años en la misma celda. Ambas con prontuario frondoso por robo de importantes joyerías y subastas. Después fue captada por un inspector del centro de Investigación para este tipo de estafadores de alto nivel. Y necesariamente tuvo que transformar su imagen.

Una peluca azul, lentes de contacto verde jade, unas horas de cama solar y un traje de origen francés Coco Chanel, la mutó en una dama exótica y distante. Ahora debía entrar en el predio cuando más gente se aglomeraba.

Mientras tanto los centinelas contratados estaban parados estratégicamente. Con el rostro inexpresivo, con la mano sosteniendo el arma reglamentaria, con un dejo de serenidad, pasó el control. Observaba a la concurrencia. ¡Nunca se sabe cuando aparece el demonio!

Renzo Racco está nervioso, alerta, ha escuchado rumores en la calle, en el hall del hotel y en el restaurante del “Olimpo”, que merodean indeseables. La rutina no puede adueñarse de su vida que en general es tranquila.

La exposición de objetos tan valiosos lo ha puesto nervioso. Sus compañeros no creen que ocurra nada serio. Renzo, está convencido que la calma es artificial.

De repente, desde el techo se desprende Kitty con un arma láser, comenzó a caer sobre la vitrina del gran diamante “Mariposa”, pero… allí la esperaba Olivia que con el apoyo de Renzo, la arrancaron de allí, la esposaron y desaparecieron hacia la “Central” de INTERPOL.

Inexplicablemente, el diamante y varias joyas de máximo valor desaparecieron de los escaparates.

RÍO ESCARLATA

 


Plantaré un ceibo que arrulle al río en su violencia roja

 

El lago se teñirá de granate con las flores cuando el viento azote

 

Entonces no será espejo, ni lago, ni río. Una ciénaga.

 

Agitaré un pañuelo en la orilla para llorar  la ausencia

 

Luego agitaré los vientos y las aguas. Los peces huirán sedientos de sol

 

Cuando esté todo hecho, recordaré el rostro del amor.

 

Un amor que nunca pudo ser ni fue. Las flores flotarán río abajo

 

Ruborizando el agua en remolinos. Rojos y escarlatas y encarnados.

 

Fuego perenne en el silencio del agua que galonea el ceibo.

 

Estaré parada, sola y recogiendo latidos, uno a uno, latidos

 

Que reconfortarán el silencio de la orilla del río.

LA COCINERA

 


            La pobreza amansó a los críos de la casona campesina. Eran once entre mujercitas y varones. Con ropas remendadas, zapatos rotos y usados que heredaban de los mayores se iban transformando en mozos que trabajaban a destajo en los campos vecinos y en la chacra, las mujeres mantenían vegetales y algunas aves y conejos para la olla. Siempre los fuegos encendidos para esas bocas hambrientas.

            Cuando Catalina, la mayor cumplió los doce años, su madre enfermó. El padre la llevó en la volanta al pueblo y un médico la revisó. Le diagnosticó la enfermedad que asolaba las casas humildes: tuberculosis. No había remedio. Duró unos meses y una mañana de domingo, las campanas del campo santo, sonaron a desgracia.

            Catalina, se transformó en la madre sustituta con doce años. Una noche de tormenta bajo el rugido de truenos y relámpagos, vio entrar a su padre, con terrible olor a ron, y la tomó por la fuerza. Ahora la hizo mujer con prepotencia de macho. Luego salió golpeando la puerta, blasfemando y al día siguiente lo encontraron en el cobertizo colgado de una viga del techo.

            La joven niña, llamó a un vecino para pedir ayuda. Éste la miró con extraña sagacidad y le hizo algunas preguntas sospechosas que ella evitó. Su hermana pequeña dos días después cumplió dos años y se acercaba a ella buscando el pecho materno. A los días vino un alguacil de la ciudad con el vecino a indagar sobre los sucesos  pero, Catalina, superó el interrogatorio. Su corazón destrozado, se aferraba al amor de sus muchachos.

            De vez en cuando venía una vecina para enseñarle alguna receta de cocina. Aprendió mucho de ella. Esta buena mujer al verla la primera vez, se sorprendió. ¡Catalina estaba embarazada!

            Nunca puso atención a su preñez, pero llegado el tiempo, la hizo llamar para que le ayudara a dar a luz, ella ya sabía como cuidar un recién nacido. Sus hermanos fueron sus maestros. Le puso como nombre Dulce, era una niña rubicunda, silenciosa que esperaba los pechos núbiles de su madre hermana. ¡Le llamaba la atención a Catalina, que tenía ojos rasgados y siempre la lengüita afuera de la boca, como si le sobrara! No sabía que su hija era especial. Una situación normal de ser hija de su propio padre.

            Fue pasando el tiempo y ya sus hermanos habían crecido y trabajaban la chacra y se asentaban por chacras cercanas para traer un salario que entregaban a su hermana y que ésta, diligente repartía justiciera entre todos. Dulce, la pequeña, tardó en caminar y hablaba y reía sin aprender demasiado, pero todos la amaban.

            Por pudor, Catalina nunca se confió a nadie, excepto a la amiga de su madre que le enseñó a cocinar como profesional. Por lo que un día, vino un caballero de la ciudad y la contrató para que trabajara en su bodegón. Allí, llegaba con una bicicleta que compraron con los ahorros los muchachos y bien temprano preparaba verduras, picaba carne de pollo, conejo y vacunos dándole a cada cliente el gusto en cada plato que preparaba. Se había corrido la voz. Venían de lugares un tanto lejanos y el lugar se hizo popular.

            Sus lentejas, con chorizos, costillitas menudas de puerco, verduras y sabor exquisito era un plato de día sábado. El arroz con pollo trozado y verduras olorosas, el de jueves y los ravioles rellenos de requesón y nueces con salsa de tomates maduros y albahaca en días domingos, era la predilección de los comensales.

            Un día necesitó traer a Dulce consigo, los niños, no tan niños ya, trabajaban en la cosecha de maíz y las muchachas en la chacra de espárragos. Por lo que la pequeña merodeaba entre las mesas del comedor. Entró un caballero trajeado con un enorme reloj de oro que atravesaba su barriga con una cadena gruesa. Se sentó, atusó sus bigotes y tomando la servilleta, la colocó sobre su pecho. Dulce se acercó y le dio una manito. Él, se asombró de ver a la niña. Llamó al dueño y le indagó si era su hija. ¡No!, dijo es de la cocinera. Llámela.

            Catalina se arremangó, enrolló el delantal sobre su delgado vientre y se acercó. Era la primera vez, que entraba al sitio donde se servían sus delicias. Rubicunda y asustada, se avecinó a la mesa. Allí, se quedó parada, muda y cabizbaja. ¿Qué necesita el señor? Soy el médico del Valle Angosto, y me sorprendió tu hermosa hija. ¿Cuándo la engendraste? ¿Qué edad tenías? ¿Quién y dónde está el padre? Una mirada de terror apretó también la garganta de la muchacha.