lunes, 26 de febrero de 2018

ELIGIO BARRIENTOS




            Era tarde y se alejaban los últimos turistas. Poco había vendido ese día. Llevaría unos plátanos y cinco huevos de pollo taxcoano y algunas setas azules del campo arriba.
            La pobreza los sumía cada día en más pobreza. Es como una piedra de lápida negra como la que le pusieron al compadre Yoloxochilt en los funerales de diciembre. Cada día hunde más al finado. Sacó un montón de monedas y compró unas tortillas a una paisana. Acomodó su tilma y comenzó a caminar entre las piedras. La pirámide del Sol, estaba de un color diferente, un rayo rojo y añil desdibujaba su cúspide. Se sentó en una piedra y sintió que se movía. Se desprendían pequeños pedriscos grises y negros.
            El aroma de los viejos piletones donde dejaban los corazones de los enemigos de “Quetzalcóatl”, olían a muerte y sangre ácida y ferrosa. Se hincó y le pidió a la Madre de Dios, la Guadalupe que lo cuidara. Pero el rugido de los guardianes amarillo y marrón con ojos brillantes como ascuas, aterraban sus oídos secos. Los felinos se acercaban olisqueando su cuerpo febril. Quiso correr hacia la pirámide de la Luna, pero las piernas no respondían. Sintió la voz de Onésimo, su compadre que lo arrastraba de los pies. ¡Vamos compadre que se viene el terremoto fuerte…! y vio saltar sobre las enormes piedras a la “serpiente alada” que se dibujaba en la orilla de la entrada del templo azteca. Se protegía del mundo oscuro de los dioses malignos. “Huitzilopochtli” descendía por las intensas calles que dividían ambas pirámides. Eligio Barrientos se paró frente al monstruo inhumano y con una tilma humilde tapó al dios de la muerte. Onésimo lo encontró entre los muros deshidratado pero vivo. Los escombros evitaron que los perros vagabundos lo hicieran presa de sus colmillos  hambrientos.
            Cuando llegó a lo que fuera su casa, sólo encontró a la mujer y sus siete hijos, buscando entre los cascotes y desperdicios lo que había quedado de su triste pobreza campesina.



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