El hombre es la mueca del
silencio.
Diego
Lerer.
No sentía ni tu aliento, ni tu
pulso. Sólo el fuerte perfume de diamelas y heliotropos que le dan un sabor
frenético a todo tu ser. Penetré en la oscuridad de la noche donde estallaban
como fuegos de artificio los recuerdos dormidos o escondidos por perversos y
obstinados. Tú, la mujer prohibida. Lejos la verdad de tu vida real. Marqué
ávido tu número de teléfono para escuchar esa voz planetaria y helicoide. Tras
el otro aparato, una voz varonil ya conocida y realmente odiada me dejó
perplejo y mudo. Corté la comunicación, inventando una escusa casi cómica y
pueril. ¡Cómo decir que eras tú a quien yo ansiaba! Tomé la determinación
exacta. Me senté a esperarte como siempre lo hago en el sillón detrás de los
sicomoros exóticos. Esperé en silencio. Soñé contigo y cuando sentí la llave en
la puerta elevé el mortal amigo de mi locura y vomité su plomo devastador en tu
frágil figura. Ahora miro perdido en la noche silenciosa tu bello rostro. Mi
sangre fluye con borbotones mágicos sobre tu piel de seda y nieve. Muero, sí,
pero nadie, nadie podrá amarte como lo hice yo en esta vida. Trato de llegar
hasta tu cuerpo inerte y se va desplegando mi cuerpo inmaterial sobre ti en
besos apasionados y me voy yendo y observo una mueca destemplada en mi antiguo
rostro. Una mueca de ira y dolor por no poder amarte. Silencio. Sólo queda el
silencio del jardín nocturno donde un casal de alondras hacen el amor entre las
frondas de los rododendros en flor.
MENDOZA
27 - 7 - 99.
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