lunes, 13 de diciembre de 2021

COSAS QUE PASAN

 

…y que patatín y que patatán, siguió diciendo cosas sin ton ni son.

 

            Las nubes difuminaban los aleros del viejo caserón. Diulka, se enfrentó con la sólida figura de Yurka Jaroliw. Éste con la mirada áspera y soto terrada, le ha marcado el rostro con un revés. ¡Siempre igual! Porque no lo miró como a él le agrada. Ese machismo relajado de su pueblo montañés. Ella ha recuperado las ovejas diseminadas por el valle, limpió los gallineros, alimentó la cerda que está pronta a parir y ha cocinado un buen “gulasch” para Yurka. ¿Qué más puede hacer para tenerlo conforme?

                        Recuerda cómo ha llorado su madre cuando el abuelo le informó que venía Yurka Jaroliw a llevarla como esposa. Pero las mujeres en su tierra no tienen voz. Menos las viudas de guerra. Su padre murió en un hoyo infecto en la frontera. Una granada lo disolvió en el barro.

                        A su marido no pudo darle un hijo. Tal vez es lo que ese hombre le enrostra cada vez que toma alcohol preparado en su viejo alambique de cobre. Vuelve del cobertizo, tambaleándose y murmurando palabras sin ton ni son. Ella no entiende ese dialecto del marido. Y él, nunca le aclara el significado de sus palabrotas que a los gritos profiere con el puño elevado al cielo. Es un necio. Le teme, como todas las mujeres de ese pueblo temen a los hombres. ¡Es cierto, piensa, siempre me ha permitido ir a la feria, me ha comprado telas para hacer los acolchados y su ropa, que arregla el techo después de las tormentas! Es cierto. Pero ella cuando va a la plaza donde merodean los jóvenes del otro pueblo, sabe que la miran con codicia. Diulka es bella. Aun joven con veinte años. Seis lleva casada. Usa el cabello entrelazado con cintas negras como es la costumbre entre las de su clan, los zarcillos de granate de su abuela brillan en las pequeñas orejas transparentes, es su único lujo; y los ojos, esos dos cielos de primavera, rodeados de sombras, le dan apariencia de tristeza. Diulka es triste.

                        Yurka, la observa. La atrae y fija la mirada en su rostro arrebolado para descubrir algún secreto. Ella, no tiene ningún secreto. Sólo miedo. El Pope, le ha dado una estampa del Santo Patrono y reza. Siempre reza. Pero el hombre no habla. Sólo vocifera cuando bebe. Esta tormenta, con nubes de extraño color naranja, parece esgrimir una amenaza. Y Diulka, se refugia en la cabaña, los animales aúllan, porque presienten.

                       

 

 

 

De pronto se estremece la tierra. Comienza a brotar agua hirviendo de grietas que como pústulas amargas se abren en el pequeño campo.

Surge un bramido aterrador y todo se desbarata; los caballos relinchan y cocean desesperados. Diulka apresurada, abre los cierres del granero. Allí, tirado entre parvas de heno, su marido duerme. Un fuego arremolina cada trozo de madera del galpón en llamaradas gigantes. Ella, suelta a los animales. No hace otra cosa que huir. Corre, corre y se pierde entre los nogales en llama.

 

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