martes, 31 de marzo de 2020

LA PESTE EN MI VIDA




                        El Cristo está en cada uno de los que atienden a los enfermos. N.N.

            ¡No tienes que salir de tu casa, te acecha la muerte! Mis hijos me apremian. Y yo como una oveja en el campo, regreso al redil.
            ¿Quién imaginaba, hijos, que estaría encerrada sin pecado en las paredes de mi casa, con mis libros y mis sueños? Cuando ayer soñaba con atravesar el océano hacia Europa y luego peregrinar a Tierra Santa y llegar a Medjugorje? Y, si, obedezco a la realidad y me recojo en esta maravilla que es la literatura.
            Mi ciudad, desértica y luchadora, con su oasis logrado por la fuerza del trabajo del hombre, se arrima a un acantilado sin mar, y nos azota un mal invisible que como dioses paganos nos atisba febril, buscando a quienes como yo, hemos atravesado muchos febreros y algunos amores.
            Hoy me planteo una oportunidad, resistir y volar con las palabras y los ángeles hacia las ventanas desde donde espiaré a mis amigos, que también están encerrados en sus mundo imperfectos y opresivos; y ¿si por casualidad me reencuentro con mi misma, con mi sombra y mis recuerdos? ¡No al caos, no al miedo!
            Ahí afuera, detrás de los vidrios, hay un mundo que hasta hace muy poco, me llenaba de esperanzas, de enojos, de extrañezas, de penas y alegrías. Mendoza, sigue un ritmo secreto como el ritmo donde se fermenta el vino, ese que nos hace únicos en el mundo con un Malbec que llena de orgullo con medallas de oro y fiestas. En un país donde he peleado con los poderosos ingratos que han aumentado la pobreza y el hambre, llenando de seres la capital y sus alrededores con los que hoy sufren sin trabajo y aterrorizados por esta “Peste” que llegó de tan lejos.
            Hoy, sin “grietas”, de frente se pusieron muchos, casi todos de espaldas a la maldad y, lucha codo a codo con la muerte. ¡Qué sorpresa! Mi país, un precioso territorio, con todos los climas y paisajes, hoy está de pie frente a la furia de un “ignoto invisible con nombre Real”. ¡Cuando en diciembre se pasó el mando a un nuevo presidente, nadie imaginó lo que le tocaría! El caos.  Quiénes no lo votamos, éramos escépticos a su conducción. Y se unieron Todos los políticos para bien de la población, un desafío inimaginable un año antes.
            Cuando enciendo la Televisión y escucho lo que está pasando en el país de mis abuelos: Italia, mi corazón solloza y ruega a Dios que calme la marea de este mar terrorífico. Pero también estoy pendiente, tal vez demasiado, de cada uno de los países que he tenido la suerte de conocer y de aquellos que transité con novelas o libros de historia en mi vida de estudiante y mi juventud. Pienso mucho en India, México, Chile, España, Turquía, y muchos otros que no nombran los periodistas porque el horror está puesto en New York que nunca imaginó estar abrazado por la “parca” y en Michigan donde pasé hermosos días de primavera cerca de los lagos en Grand Rapid.
            Mis hijos y mis nietos, lejos. No puedo sino comunicarme por Internet, uno de ellos, Esteban el hijo del medio, tiene tanto miedo que pasemos por la prueba final, la muerte, que nos llama cada vez que puede. Nos reta, nos ilumina con sus consejos, nos ama. Cada uno de los muchachos y mi hija, pendientes de qué podemos hacer para no estar sin compañía… y hay tanto para hacer.
            Como me encanta cocinar, hago los platos que hacía mucho no preparaba. ¡No soy un Cheff excelente, pero me defiendo. Tejo mucho. Adoro mis lanas y agujas. Hago colchas y tapices para pie de camas, regalos que van por el mundo como sello de cariño. Eso me recuerda la novela mexicana de “Como Lágrimas para Chocolate”, creo que así le pusieron también a la película y había una escena en que partía una de las jóvenes con una larguísima colcha tejida al crochet como hago yo.
            Leo mucho, rezo, miro alguna serie o novela turca, películas y palabras cruzadas. Tal vez supere el virus chino, pero logre también evitar la enfermedad de  Alzheimer.
            Con la ayuda de Dios y de los cuidados de mi familia y de mi propio cuidado, lograremos eludir a la “Señora de Negro”, que ya pasó con su tarea inevitable en muchos casos, por un sin fin de hogares. Agradezco a mis compatriotas que en las calles: soldados, policías, bomberos, gendarmes y gente de seguridad; a los recolectores que en la noche recogen nuestros bolsones de los cestos, a médicos, enfermeros, camilleros, personal de limpieza, hemoterapistas, radiólogos, pediatras y gerontólogos que luchan contra viento  tras este invitado inoportuno. No me olvido de chóferes de ambulancias, camiones de reparto y reposición de alimentos, transportes públicos y transportistas en general, que ponen el pecho para nuestra tranquilidad y para que no nos falte nada. No quiero olvidarme de nadie. Supe que muchos religiosos: curas y pastores, monjas y religiosas laicas, han contraído el mal y han dejado su vida en esto. ¡Cómo dar las gracias a cada uno! Imposible.
            Seguiré orando por todos y cada uno, por mi fe y por su vida. Dios los proteja a todos.
           
           



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