lunes, 23 de marzo de 2020

RECUERDOS DE MI INFANCIA


              Sentados en el caliente muro divisorio entre la casa y el jardín, Atilio y Guillermina jugaban. Recortaban figuras de revistas y las pegaban en pequeños recuadros de papel cartón. Luego pasaban horas hablando sobre lo que veían en las figuras. Inventaban historias y leyendas que servían para atemperar las tediosas siestas en que toda la familia dormía. La primera en salir, somnolienta aun, era la tía Eufemia. Les traía agua fresca del aljibe, con zumo de alguna fruta fresca de estación, para los cuerpos sedientos.
              Luego llegaba Sergio que les hacía alguna adivinanza o trabalenguas y se dirigía a la sala. Allí comenzaba a sonar monótono el chelo del primo. Cuando se presentaba el abuelo, les enviaba una sonrisa algo distraída con la mano en alto, entraba con su violín y ensayaban horas y horas las partituras de color ocre que el tiempo hacia más interesante. Faltaban pentagramas enteros. Pero era maravillosa la mezcla irreverente de los clásicos.
              Así crecimos, llenos de melodías y compases que nos tentaba a tomar el piano de la abuela y comenzar a estudiar. Las tardes y las noches se dilataban entre risas, sonrisas y comentarios. Los vecinos nos tenían por una familia poco seria, pero un día sucedió lo inesperado, Sergio tenía la edad de marchar al ejército. Se fue con su pequeña mochila de inquietud, sorpresa y miedo. Nunca imaginamos lo que devendría.
              Una guerra insensata de desplegó entre los dos países vecinos al nuestro. Nos involucraba indirectamente. El abuelo había sido un mediador entre ambos países hacía como treinta años. Llamaron a papá para que interviniera. Sergio en ese entonces era candidato a ocupar un lugar en la banda del ejército, pero acompaño a nuestro padre a ese viaje sin sentido. Así pasó de músico a ayudante de diplomático.
              Atilio, viendo la tristeza de los mayores, comenzó el trabajo de armar una orquestita con toda la familia. El entusiasmo del abuelo, que ay sordo, mantenía el ánimo de las mujeres, aunque lo vimos llorisquear en muchas oportunidades.
              Una mañana que ensayábamos en la galería oeste, vimos que llegaba un coche oficial con la bandera de la cruz roja. Bajó un joven regiamente vestido y preguntó por mamá.
Tía Eufemia, lo invitó a ingresar a la galería. Se interrumpió la música. Quedaron los sonidos suspendidos bajo las glicinas.
En voz muy baja, le comunicó algo. Un estallido, sangre… humo, muerte. Papá no regresaría, Sergio estaba grave. El abuelo se acercó con pausa, no emitió sonido. Pero con la mano apoyada en el pecho comenzó a sollozar muy quedo.
Mamá partió en el coche que trajo la noticia. Pasó un tiempo en que prudentes no volvimos a ensayar. Nos acercó la Oda a la Alegría y sonaba muy linda, cuando llegaron Sergio y mamá. Sergio estaba herido. Ciego. Pero acercó el abuelo el chelo y lo sentó junto a mí y todos juntos comenzamos a tocar. Habían regresado, teníamos motivos suficientes para festejar.



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