Es
mejor poner el corazón, sin encontrar palabras, que encontrarlas...sin que el
corazón participe.
Pablo se quedó sentado en la misma silla del mismo café de
siempre. Su corazón estaba quieto. Un rumor envolvía el lugar, los parroquianos
lo miraban con displicencia. ¿Todos sabían? O a él le parecía que cada uno de
esos hombres y mujeres conocían los profundos horrores por los que había
pasado. Lucrecia. Pensó en la lejana imagen de esa mujer que pasó por su vida
con el fuego incontrolable de la pasión prohibida. ¿Adónde estaría hoy? Será una mujer anodina, gris y
amargada como está Tatiana, llena d rencor y encerrada por los miedos a la
vida.
Tal vez, si la viera pasar cerca no la reconocería. Recordó
el color de su piel, el perfume de lavanda de su ropa interior, las uñas
esmaltadas color ciruela, sus tacones. La había amado. En la oficina
disimulaban su frenesí amatorio. El jefe los observaba y con sus pequeños
lentes de fisgón, parecía un búho nocturno al acecho. La codiciaba. Pero era
mía, entonces era mía.
Un maldito día lo trasladaron a otra sucursal. A los pocos
días la fue a buscar y la vio del brazo del jefe. Salió en un coche nuevo,
brillante como el zorro blanco que envolvía su cuello. ¡Se vendió! La rabia le
hizo cometer aquella locura. Lo pagó bien. Siete años adentro entre rejas.
Después, lo natural. Buscar un trabajo digno en otra parte.
Se fue de la zona y se conchavó en un almacén enorme de los
suburbios. Allí conoció a Tatiana. Era tímida y callada. Una fémina sin
instrucción ni clase, pero le tenía la covacha y la ropa bien. Le dio tres
hijos, rubios como ella, insulsos como ella y necios como él.
Ahora, que ella estaba al borde de la muerte, con una
enfermedad sin cura, se daba cuenta que nunca la quiso, pero la respetaba. La
cuidaba. Y los muchachos, que habían partido de la casa, ya tenían su vida
lejos y mejor que la de ellos.
Terminó el cigarrillo y el café. Dejó dos billetes junto al
azucarero. Cerró el periódico y lo dejó junto a otros en un revistero. Tomó el
sombrero y se lo caló hasta las cejas. Luego apretando la gabardina miró a los
comensales y se fue derechito a la calle. Bajaron, todos, la mirada. ¡Ahí,
estaba su foto! En la portada a todo color.
“Una vez más, el
“Chacal” de Quilmes, degolló a su mujer”. La pobre, estaba desahuciada por la
ciencia y él, haciendo gala de su experiencia, le cortó la garganta.
Caminó calle arriba, llegó al distrito 66 y se entregó.
Pablo Rinocenti, se había condolido de su mujer enferma y del sufrimiento que
padecía. No tenía dinero para pagar sus drogas y solo, no tuvo el corazón para
dejarla seguir padeciendo…total, ya conocía la oscuridad de la celda cuando
mató al fulano que le arrebató a su amor.
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